¿Y si nos mudamos otra vez?

He retomado el hábito de hacer garabatos para expresar lo que pienso o siento. Al menos, me ayuda a practicar.


Por supuesto, no podía quedarme tranquila y seguir el plan más sensato: permanecer un año más en la ciudad natal pues, a fin de cuentas, el contrato en la sierra sur es anual, yo no tengo trabajo estable ni arraigado en un lugar específico, las clases virtuales han sido una pesadilla (con el perdón de maestros y maestras, ustedes estuvieron geniales pero yo llegué al límite) así que podríamos trasladar a la niña más grande al colegio donde estudié yo y buscar un nido sencillo y bonito para la niña pequeña. 

Era manejable mantener una dinámica de viajes, ahorrar dinero y aprovechar la valiosa red familiar, los lonches con la abuela, los tamales de la bisabuela cada domingo por la mañana, las plantas en el terreno, las amigas más cercanas, las clases de karate y el calor. 

Idílico. 

¡Pero no!

Tuve que levantarme una mañana de diciembre pensando que sería muy lindo y enriquecedor para todos los miembros de esta familia irnos a vivir juntos a un lugar diferente, enfrentar nuevos retos, buscar un colegio alternativo donde también den clases en quechua y, como todo cuando se dice suena fácil, ya estábamos conversando con la coordinadora para hacer el traslado de documentos escolares, recuperando viejos contactos de mi aventura cusqueña, allá por 2007, y mirando alquileres de casas grandes, bonitas, con jardín y patio porque, además de dos adultos y dos niñas, llegaremos con tres gatos. 

¡Alguien, por favor, desconécteme cinco minutos!

Aquí vamos de nuevo, pues. 



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