jueves, diciembre 30, 2010

¿Caballerosidad, discriminación o todas las anteriores?

Mantengo un saludable conflicto con mis amigos más conservadores y “bien educados” respecto a todos aquellos gestos de “caballerosidad”. Pero antes de empezar a despotricar, me permitiré decir que me gustan las personas con buenos modales. Esto implica: saludar mirando a los ojos, respetar las normas de tránsito, ceder el asiento a quien esté más cansado o cansada, no aprovecharse malamente de los demás, etcétera.

(Admito variantes culturales, con total intolerancia a la auto humillación).

Pero el asunto de la “caballerosidad” va más allá del sencillo “estar bien”. Implica una clara relación de poder, donde el hombre protege y la mujer se deja proteger. Es propio de una "dama" dejarse proteger y las mujeres que han roto ese sistema, a lo largo de la historia, han sido llamadas de mil formas. Ahora mismo, somos “modernas”, “liberales” o “feministas” (en sentido peyorativo, además). Pero nunca, sencillamente, mujeres. Un calificativo debe acompañar nuestra forma independiente de ser, pues llamándonos sólo “mujeres”, somos incomprensibles.

Partiendo, entonces, de que la “caballerosidad” es fruto de un sistema de relaciones desiguales entre “el que conquista” y “la que se deja conquistar”, “el que mata dragones” y “la que espera ser rescatada por su héroe”, y demás imágenes épicas, me niego a ser parte del juego. No hay que ser muy listo para entender la carga patriarcal detrás del modo en que se han establecido las reglas. Todo a nuestro alrededor facilita el desenvolvimiento público de los hombres, en tanto las mujeres necesitamos constante vigilancia y compañía, porque nos encontramos expuestas y resultamos vulnerables. El inconsciente colectivo nos percibe en desventaja.

Es verdad, somos físicamente más frágiles que los hombres, pero si las estructuras sociales hubiesen sido pensadas con una visión de equidad, no por hombres-autoridad que "en la intimidad, consultaban con sus esposas”, el riesgo de sufrir acoso, abuso o malos tratos sería menor.

Quienes hicieron las reglas creyeron que la historia no cambiaría: nuestra prioridad, como mujeres, siempre será conseguir un marido que, entre otras cosas, cuide de nosotras.

El hombre es el único animal capaz de dañar a las hembras de su especie.

- - -

El colmo de la tontería es cuando algún hombre lastimero y bienintencionado pretende hacernos sentir mal por rechazar sus atenciones y no dejarle ser educado. Olvidan, por ejemplo, que una primera regla de educación es preguntar: ¿Puedo hacer algo por ti? Si no, estaremos repitiendo la historia del boy scout que ayudó a cruzar la calle a la viejecita que no quería ir al otro lado de la calzada. No interferir, sino buscar la cooperación. Ahí hay equidad, por supuesto, pues se parte del respeto a la voluntad de la mujer, y no la imposición de una ayuda, sólo por mantener una trasnochada imagen de caballerosa galantería.

Tratándose de mí, algunas veces los chicos me piden llevar la bolsa pesada sólo para evitar las burlas y recriminaciones de sus amigos. Comprendo el reparo, pero yo misma he debido superar varios niveles de “qué dirán” a lo largo de mi vida, por tanto, al desatender la solicitud ("déjame ayudarte, por favor”) no estoy exigiendo nada que no haya hecho yo.

Ahora bien, me encantan los chicos bien educados, pero también las chicas. Me gustan mucho, adoro, muero por las personas que se fijan en los detalles y no desaprovechan oportunidades de hacer bien, de atender, de brindar, de acompañar, de sonreír a quien sea, a quien lo necesite. Lo veo en amigos y en amigas, en gente bien educada, pero además generosa. Eso está muy dentro y sale a relucir a través de gestos de caballerosidad o cualquier otra forma de hacer. Pero es diferente, está por encima de la convención.

- - -

En Guatemala he vuelto a percibir esa necesidad masculina imperiosa de atender a las mujeres. Digo imperiosa por lo impositiva que resulta. Esta falsa vocación de porteadores...

Salí del aeropuerto, me esperaban un vasco y un señor local, de logística, quien prácticamente me quitó la maleta de las manos para subirla al vehículo. Miré al vasco sorprendida y me dijo: “Aquí te tienes que dejar, o se va a sentir despreciado. Es más, déjame llevarte la mochila, o voy a quedar fatal”. Con dos frases intencionadas me introdujo a la situación, no tan distinta a la de mi entorno en Piura. Hizo bien.

- - -

En este periodo, a mi condición de mujer se ha sumado otra característica: latinoamericana. Estoy aquí bajo “modalidad europea”, pero choco a la vista inmediatamente (el color marrón). Gracias a este privilegio ambiguo, he sido “víctima” varias veces de un trato desigual: algunos guatemaltecos guardan admiración y distancias respetuosas con las europeas “de verdad”, pero cuestionan fácilmente a las que perciben como “familiares”.

Sólo dos ejemplos, de muchos más:

1:

Durante mi primera semana aquí me llevaron a cenar con una cooperante italiana que estaba por irse. Ella y yo éramos “extrajeras”, además del vasco anteriormente citado. Los demás, de Guatemala. Las chapinas pidieron soda y jugos de fruta. Uno de los chicos, Coca Cola. El otro, una yarda de cerveza negra, al igual que nosotros, los foráneos.

Fui la primera en ser atendida y al ver el tamaño de la copa, el de la Coca Cola dijo, sorprendido: ¡Qué borracha!...

A veces es bueno fingir sordera. Calladito se quedó cuando trajeron la yarda de la italiana.

2:

Hace pocas noches tuve una reunión, también con gente relacionada al trabajo. Vi a dos chicos “solos” empeñados en conocer a un grupo de chicas suecas que andaban por ahí. Al poco rato, terminamos en el mismo grupo y uno de ellos, el más chulo, me preguntó: “¿Y tú no extrañas a tu familia? ¿Qué dice tu mamá de que viajes tanto? Es raro que una chica ande sola por el mundo, ¿verdad?”.

Con mi mejor sonrisa, dije: “¿Le has planteado esto a alguna de las suecas? Porque somos de la misma edad y ellas también tienen familia, madres...”

Me miró en silencio. Luego explicó que a mí me sentía más “cercana”, por ser latinoamericana (y eso le daba derecho a ser “impertinente sin mala intención”, claro). Que él tenía una hija adolescente, que las mujeres de acá somos más apegadas a la familia, más formales, más conservadoras, más...

Pese a que la discriminación me afectaba directamente, sentí tristeza por la percepción que algunas personas (algunos hombres) tienen de las mujeres europeas: la misma que algunos hombres españoles, en España, tienen de las mujeres como yo.

- - -

Los caballeros pertenecen al medioevo. Quizás entonces era necesario un gobierno “por la fuerza”. Ahora, resulta retrógrada. Casi tan retrógrada como intentar mantener un sistema de castas y grupos tradicionales de poder. Ya no más.

miércoles, diciembre 29, 2010

Pfffff... En fin.

Hoy un guatemalteco “bien” me preguntó si acaso era posible que los extranjeros generásemos una real empatía con los problemas de su país. Empecé respondiendo que era esa una buena pregunta. Se burló un buen rato. Según él, aquello significaba: “No te sé responder”. Cuando me dejó hablar, entre carcajadas, le dije que la empatía no era cuestión de instituciones, sino de personas.

Luego me contó que los españoles no tenían autoridad moral para pretender cambiar las cosas, después de haber jodido tanto a Latinoamérica. Y que los indígenas no tenían otra opción que aprender a hablar perfectamente el español, eso les abriría las puertas al mundo, a las negociaciones, al desarrollo. Que si el latín era una legua muerta, los derivados de las raíces mayas podían serlo también.

Es latifundista cafetalero. Ha crecido pagando el mínimo vital a sus peones, pero aportando extras de acuerdo a su trabajo, a su rendimiento, a la riqueza que podían generarle. Así son las cosas, bonita, NO PUEDES CAMBIAR EL SISTEMA.

Pero, ¿les has preguntado a ellos qué quieren? ¡No, porque ellos no saben! Vale, ellos no saben. ¿Te das cuenta de que estás actuando como los españoles y extranjeros a los que tanto criticas? “Vienen a imponer un modelo de desarrollo improcedente, sin preguntarnos”, dices. Y tampoco preguntas a los indígenas qué es lo que quieren. “Es que ellos no saben”, insiste.

Me doy cuenta de lo que quiere: la razón. Diplomacia. Bueno, pues, seré diplomática. Entiendo lo que dices, eres un buen empleador (mentira cochina). Pero, ¿y los demás? Tú sostienes que es cuestión de idioma. No me parece el único impedimento. ¿Crees que sólo hablando castellano perfectamente van a salir de la pobreza? No, qué va. Están jodidos por todas partes. Qué bueno, por lo menos lo reconoces. No intento darte lecciones de nada, soy menor que tú, tienes más experiencia. No sé acerca de mis jefes, ni de tantos directores regionales que han pasado, ellos y ellas no son culpa mía. Me interesa crear cierta conciencia entre las personas como tú, tanto como me gustaría conseguirlo en mi país. Y no para que mis peones me guarden lealtad, sino, sencillamente, por justicia.

Sí, es que en el fondo todos somos “buena gente”.

---

Actualización 30/12/2010:

Una amiga indígena, maya kaqchikel, a quien conocí en Bilbao (líder, la muchacha), ha comentado al respecto:

En verdad no me sorprende la conversación que tuviste, es una muestra del racismo arraigado en nuestro país, que con el pasar de los años ha ido tomando diferentes matices y líneas. Buscan los medios para justificar las desigualdades e inequidades existentes en nuestros países. Lo que escuchaste es sólo un lado de la modeda, sería bueno que pudieras conversar con personas de otros pueblos de nuestro país, como Mayas, Xincas, Garífunas, verás que tienen otra mirada y otra historia.

Ese pedacido de diálogo te da un panorama de los grandes retos que tenemos que enfrentar los pueblos indígenas, estamos en un sistema que aún no termina de reconocer nuestra existencia en derechos. Sí somos útiles para atraer turismo, pero no cuando demandamos derechos.

Ayer recorrí esta ciudad con algo de profundidad y encontré los vestigios de las dictaduras: intentos burdos de europeización. No es difícil imaginar regímenes empeñados en desaparecer "culturas inferiores", a fuerza de abuso y pistola. Percibo una separación entre: "nosotros, los mestizos casi blancos", y "ellos, los pobrecitos ignorantes". Me es imposible no hacer una comparación superficial con Perú. Aún con todo, tengo un país bastante más integrado, como consecuencia positiva de la emigración a Lima desde el interior, durante las últimas décadas del siglo XX.

Aquí, la tendencia a mantener las clases sociales de antaño es tan fuerte, que resulta ridícula por su nivel de atraso y negación de la realidad. Lamentablemente, una ridiculez que hace muchísimo daño.

jueves, diciembre 23, 2010

Ya que somos racionales...

A veces despierto llorando, acaba de morir mi padre. Luego de unos segundos respiro profundo. Murió, sí, pero hace ya varios años. Aquello que me duele tanto fue superado, no tengo por qué llorar. Dejo de hacerlo y, acto seguido, soy capaz de cambiar de pensamiento y hasta de reír (del día a día, del presente).

Hoy he optado por intentar dilucidar qué es el perdón. Ha sido un día de soledad, pese a que me hice amiga de las compañeras de Comunicación (el gato se fue de vacaciones, los ratones hicimos lo correspondiente a tal acontecimiento) y estuvimos de cháchara durante una hora de almuerzo alargada. Considero días solitarios aquellos en los que echo de menos y recuerdo. Recuerdo lo bueno, pero también lo malo. Lo bueno queda enmarcado o sirve para enviar un e-mail, SMS o llamada trasnochada a personas que nunca dejaron de quererme. Lo malo, qué sé yo, aprendizaje.

Dicen que perdonar es olvidar. Temo que es mentira. No padezco demencia senil, ¿por qué tendría que olvidar? Tal vez perdonar sea dejar de estar enfadada o triste, ¿pero eso quiere decir que mi relación con las personas que me hicieron daño debe ser maravillosa? No. Depende. Cuando alguien me ha perdonado, he intentado hacer méritos para ganarme nuevamente su confianza. Los méritos son importantes, las heridas sanan con cariño y cuidados.

He pensado (a veces pienso) que el perdón, a fin de cuentas, es aprender a vivir con lo ocurrido. Da igual el otro (o la otra). ¿Quién es el otro? Perdonar podría ser sonreír y confiar en mí y en otras personas, pese a aquello (a todo aquello). Sin odiar, por supuesto, pero sin amar. Lo contrario al amor no es el odio, sino el desamor.

Pero doy por hecho que a veces pasará como en mi sueño: recordaré el daño y tal vez me dolerá tanto como cuando me lo hicieron, hasta respirar unos segundos y decirme: “Oye, ¿acaso esto no lo superé ya?" Y luego, seré capaz de cambiar de pensamiento y hasta de reír (del día a día, del presente).

Creo que la mirra le sienta mal a mi sinusitis.

sábado, diciembre 18, 2010

Reconociendo(me)

A ratos me siento invadida por una sensación cálida, similar a la que produce la ternura. Intuyo que se debe a mis circunstancias, he dejado de permanecer en tránsito y empiezo a adherirme a un entorno cargado de certezas, pese a la incertidumbre de apenas llegar.

Hace unos días fui a un mercado bonito, lleno de gente parecida a las personas que he visto a mi lado desde que puedo recordar. Estaba en un barrio antiguo y sencillo, de casas bajas y cuadradas, cristales finos en las ventanas, colores vivos. Se trata de una zona considerada “insegura”. Sin embargo, desde mi arribo no sentí tanta libertad como allí. Quizás las sonrisas devueltas...

Me encuentro en una situación estratégica y a la vez complicada. Estoy aquí avalada por un organismo gubernamental español. Soy sudamericana. Y de clase media baja. Puedo permitirme saber que es más fácil ser asaltado en una zona comercial de nivel elevado, que en un mercado con alta presencia indígena. También entiendo que la prudencia es importante y no deseo pasar por una experiencia de esas en este -bonito- lugar.


miércoles, diciembre 15, 2010

Pura percepción

Me enteré después de haber hecho los planes para Navidad y era el segundo correo electrónico en ese tono: Nosotras tenemos el control, ustedes obedecen y se aguantan. Me pasó un mes antes, a la semana de llegar a Perú. Según me dijeron inicialmente (debí tener una grabadora conmigo entonces, y siempre) no era necesario hacer cierto curso de “introducción a”. O lo era, pero podría considerarse “motivo de fuerza mayor” estar en otro país. Vale, bien. Les creí. Entonces, me avisaron que sí, que todo concedido y el dichoso curso. Expliqué: me encuentro en otro continente, les consulté antes de irme, ¿sería posible algún aplazo? Ninguna respuesta.

Días después, mensaje general: “Os dijimos desde el principio que no tendríais subvención sin curso”. Frustración y 300 euros perdidos por adelanto de vuelo. Ninguna otra opción así de buena en el horizonte (hay que decirlo). Las manos atadas. Había costado mucho llegar hasta allí (demasiada mierda).

Y ahora, otra vez. Días antes: “Os dije que no hiciérais nada antes de consultar”. Días después, y en everyone: “Si no se van en noviembre, no hay subvención”. E Indira, yo, Zigor, todos montando ilusiones tontas: Navidad en Suecia, encuentro cercano en lugar neutral, algunos trabajos pendientes de diseño. ¿Opciones? Ninguna. ¿Razonar? Las condiciones estaban dadas (¿o no?).

Acatar. Pero hay desánimo, ganas de mandar todo al carajo. Si niegan lo escrito, ¿no negarán con más ahínco lo dicho sin registro? ¿Merecerá la pena reclamar? ¿Es esto lo que las personas poderosas llaman “tener clase”? ¿Entonces qué? Lo dicho, acatar, como soldados en reserva. Ya estoy en ello, gestionando visado (punto) Es todo cuanto puedo informar por ahora (punto) En cuanto tenga novedades, retomaré comunicación (punto final)

Aún deprimidos, comentamos el suceso a David, haciendo especial hincapié en las contradicciones. Y David, de quien sólo es preciso afirmar que es muy sueco, observó: “Bueno, no me sorprende. Eso es muy latino”.

He aquí la diferencia entre Descartes y Kant. Para que luego los de Europa del sur crean ser lo que no.

Indira, por estos lares me esperaban en enero. Mucho temo que el "apuro" vino sólo de una o dos oficinas y querían despacharnos pronto, para no arruinar-se las fiestas de fin de año (no lo pensé antes, aún he de conservar un poco de inocente buena fe). Coméntalo por ahí.

viernes, diciembre 10, 2010

La maldición de Lady Oscar

No lo pensé hasta que uno de mis novios más influyentes estuvo quejándose del daño que “Candy Candy” hizo a mi generación. Desde entonces, afirmaba, todas las mujeres deseaban un Terrence Grandchester en sus vidas. El hombre perfecto, aristocrático, distante, hermoso, que tanto podía querernos como rechazarnos. Eso, según él, ponía en desventaja a “los hombres buenos”. El pobre inocente se consideraba así, lo máximo, tal cual, y yo, por pura inexperiencia, me sentía obligada a cargar con la responsabilidad de ser una mala novia, estúpida mujer influenciada por Candy Candy, tras la búsqueda del “antihéroe patán por excelencia que me amara pese a odiar al resto de la humanidad y no valorar debidamente lo presente”.

Lo peor de todo es que, durante mucho tiempo, fui víctima de esa culpa.

Sin embargo, y pese a que estuve totalmente dominada por su sabiduría y saber estar en las relaciones, recuerdo haber tenido suficiente fuerza para decirle, uno de esos días de recriminaciones varias relacionadas con traumas de mi niñez, que no, que no fue Candy Candy el anime que me había marcado, sino otro, uno de una chica a la que crían y educan como chico, noble, bella, elegante, fuerte, amada en silencio durante toda la vida por el único hombre amigo que fue capaz de quererla pese a ser ella, a veces tan “hombre” como él.

Y sin embargo, tan mujer.

martes, diciembre 07, 2010

La Sirenita estaba en China

M
¿En vez de ir a Cristiania decidieron caminar todo eso para ver a La Sirenita? ¡Pero si es una estatuilla de nada, chiquitina!

A
Ya lo sé. En principio no pensábamos ir a verla (ni se me había ocurrido, satisfice mi frikismo escogiendo un hostal en la avenida Hans Chistian Andersen), pero alguien nos dijo que la estatua estaba en el pabellón danés de la EXPO 2010, en Shanghai, y en compensación un artista chino había puesto una pantalla donde podríamos verla en circuito cerrado, con público alrededor.

M
¿Y?

A
¡Teníamos que sacarle fotos a esa pantalla para reírnos!

M
Ya, pero bueno, no entiendo por qué los daneses le dan tanta importancia a esa estatua...

A
Es por el personaje que representa. Y por Andersen, claro.

M
¿Ese quién es? ¿El escultor que hizo a La Sirenita?

A
Casi. Es el que escribió el cuento.

M
Ah...

A
...

miércoles, diciembre 01, 2010

Paciencia, valor y FE

Acabo de terminar con mis maletas, luego tocará dejar un paquete de 20 kilos en Correos, porque sale más barato que comprar un bulto extra en el avión. Por lo demás, intento pensar poco, sólo porque es imposible no pensar.

Me quedan algunas horas. Quizás la emoción de “lo nuevo” y la cantidad de trabajo que aún tengo pendiente, estén contribuyendo a esta saludable inercia. Sin embargo, llevo varios días con espasmos de tristeza. Voy a dejar muchas cosas buenas aquí, gente que me quiere de verdad. Pienso en Zigor y su camino de regreso, desde el aeropuerto, y desearía encontrar el antídoto ideal para ahorrarle ese dolor tan bien conocido. Lo que sería capaz de sacrificar a cambio de...

Ayer me despedí de Bilbao y su apestosa Ría. Le devolví algo que un amigo me regaló hace dos años, cuando una funcionaria pública rechazó mis papeles de renovación de permiso de residencia con muy agria actitud. El contenido me lo llevo dentro, donde no pesa el exceso de equipaje.

Por ahora, no más vueltas al asunto. Guatemala, próxima estación.

jueves, noviembre 25, 2010

Lengua materna

A veces, casi siempre antes de alguna granizada, hace ese frío seco que no cala los huesos, pero hiere la piel. Entonces duele en el alma quitarse los guantes de lana y beber agua en la fuente de uno de tantos parques preparados para niños modernos: columpios con revestimiento de plástico, piso recubierto de caucho multicolor, etcétera.

Ya casi es mi turno. Una pareja de novios adolescentes espera delante de mí que un grupo de sudorosos niños terminen. A esas edades no bastan dos o tres tragos para calmar la sed y la conducta normalizada consiste en turnarse los sorbos, una y otra vez.

Cuando por fin me dejan sola con el grifo y presiono el botón para dejar salir el agua, noto una presencia amigable y transparente al lado. Miro hacia abajo. Un paquetito sonriente, le pondría un par de años. Tiene finas fibras de cabello color polen y ojos azules almendrados. Ha colocado su manito justo debajo del chorro y, a juzgar por la humedad de las mangas de su abrigo, lleva buen rato entreteniéndose allí.

Habiendo pasado una infancia llena de cuidados extremos, calcetines gruesos, baños de agua tibia y constante riesgo a contraer bronquitis, un niño tan pequeñito con las manos mojadas, y en un lugar frío, me resulta difícil de comprender. Temo por él, por su salud y por alergias que quizás no padece. Cierro el grifo, no bebo agua, ¿dónde está tu mamá?

Miro alrededor. No parece vasco, es demasiado blanco. ¿Será uno de esos rusos adoptados? Empiezo a creer que sí. ¿Dónde está tu mamá, bonito? ¿Dónde está tu mamá?

No hay respuesta. ¿Podría ser Ama? Non da ama?

Nada. Seguramente lo estoy haciendo muy mal, pero insisto:

Non da ama?

Sonrisas. Entonces, “amatxu”. Todos los niños y niñas de este pueblo saben qué es “amatxu”.

Non da amatxu?

Sigue mirando hacia arriba, el paquetito. Estira insistente la mano debajo del grifo y muy bajito, muy bajito, me dice:

“More”.

viernes, noviembre 19, 2010

Cerrando

Casi me voy, pero todavía. De hecho, aún estoy aquí y quedan pendientes varias despedidas. No quiero despedirme, prefiero fingir que no pasa nada, tomar un tren, un bus y, cuando nadie esté mirando, subirme al avión. Pero es seguro que no podré evadirme esta vez, pues, muy a mi pesar y gracias a Dios, no estoy sola.

miércoles, noviembre 17, 2010

Mamadou

Conozco un africano de cuarenta años. Se llama Mamadou, el nombre del Profeta Mahoma en wólof, idioma nativo de Senegal y otros países de África Subsahariana. Guardo como recuerdos suyos varios pares de calcetines, un anillo barato y un par de conversaciones sanas en el tren al Nunca Jamás. Es parte de aquello que más echaré de menos cuando deje Bilbao (además del novio, amigas y amigos).

Mamadou habla (y lee) perfectamente tres idiomas: francés, wólof y árabe. Ha aprendido español en dos años y empieza a intentar el inglés (calcetines se dice socks). Me gusta, es bueno, sabe mucho, nunca intenta ligar. Tiene más cultura, educación y humildad que cualquier vasco promedio, pero es un paria. No tiene papeles.

Espero poder ver sus ojos limpios y sus incisivos separados (como los del Profeta) una vez más. Tal vez si pienso en no encontrármelo, me lo encuentre por casualidad.

viernes, noviembre 12, 2010

¿De qué color pintamos nuestra piel?

No sé los niños y niñas de ahora, pero cuando yo era pequeña solía pintarme rosa. Al menos en los dibujos de los primeros años, de doce colores fundamentales en cajitas de cartón. Una vez tuve acceso a un estuche plástico de veinticuatro plumones, todo un lujo. Vi nuevos tonos entre el rosa y el marrón, escogí un naranja “acanelado” (por llamarlo de algún modo) y, desde entonces, empecé a usarlo para mí y otros seres humanos de mi entorno. Fue tal vez el primer momento en que tuve conciencia de eso llamado raza.

Recordé recientemente todo este proceso porque Lucas, un niño sueco de 5 años, hijo de una querida amiga peruana, nos mostró este dibujo de sí mismo:

Pensé, con sorpresa: ¡Se pinta marrón!, y admiré de inmediato esa capacidad de percibirse diferente, sin sentirse por ello extraño. He observado a Lucas, sueco de nacimiento y herencia paterna, jugar juegos suecos con otros niños suecos, en sueco. Lucas es un sueco-peruano cobrizo que también habla español y se dibuja marrón. Yo soy una peruana cobriza y de niña me dibujaba rosa, porque nadie se atrevía a corregir ese error.

sábado, octubre 30, 2010

A puertas de fin de año

Éste será el cuarto año consecutivo que no paso la navidad en casa, con mi familia. Lejos de sentir nostalgia (a estas alturas no, quizás ya en los días previos), tengo curiosidad por saber dónde me tocará esta vez.

martes, octubre 26, 2010

La foto del candil

Mis amigos españoles no saben mirar esta foto. Creen que deben ponerse tristes y renegar de sus riquezas o defender con argumentos antropológicos y socioeconómicos su tan preciado bienestar. A mí han empezado a divertirme esas reacciones, una vez adquirida la costumbre, claro está.

No culpo a mis amigos españoles. Ellos no saben -no tienen por qué saber- que esta foto es la ilustración de una noche cercana, olor a leña, comida abundante y hortalizas frescas, lavadas bajo un chorro de agua fría, sin potabilizar.

Ellos piensan, al verla, cuánto sufre esta pobre gente, y yo les explico con paciencia y tolerancia: “son gente pobre, según las estadísticas económicas oficiales, pero no son pobre gente”. Sé que para entenderlo tendrían que estar allí, tendrían que escuchar a la mayor de las hermanas comentando sus aventuras escolares y sus proyectos, al padre y sus cuatrocientos libros leídos con linterna, entre cosecha y cosecha, a la madre y su preocupación por la educación superior de las hijas, a la abuela y esa sabia humildad con que sobrelleva sus males.

Tal vez, si profundizo más en esto, dirán que filosofo sobre la vida, sobre la inocencia indígena y los tópicos típicos del subdesarrollo. Yo no podré quitarles esas ideas de la cabeza (ni me apetece intentarlo) porque sé que no es fácil comprender lo que se desconoce. Me limitaré a decirles que no soy una observadora externa de ese entorno, sino parte de él. Que yo también estoy sentada con ellas, junto al candil. Que les ayudé a colorear. Que intenten mirales a través de mí.

Mis amigos españoles, si me quieren, comprenderán en vez de compadecer a otras personas que también me quieren. Entonces podré contarles que llegué a ese lugar luego de un entretenido viaje en autobús, lleno de curvas y baches, que el chófer iba bebiendo cerveza con dos colegas y yo debí hacerme inyectar una intravenosa en el centro de salud, porque pillé un mal de altura nunca antes padecido (aquí, el estómago se me ha vuelto débil). Y, estoy segura, conseguiré emocionarles cuando les diga que una de las niñas se lanzó a mi cuello apenas verme, gritando: ¡Madrina, madrina!, mientras su joven madre contenía las lágrimas y la risa nerviosa pues, aunque contenta, no se lo podía creer.

Las adolescentes de esta foto son capaces de sentir dolor por las personas que sufren injusticia y violencia porque, mira tú, ellas no se perciben sufriendo. Aceptan con humildad su realidad, pero se enfrentan con esfuerzo y decisión al determinismo histórico del país. Se permiten soñar.

Mis amigos españoles no saben mirar esta foto. Creen que deben ponerse tristes. A mí me alegra el corazón.

sábado, octubre 23, 2010

Un hombre de nombre convencional

He de admitir que la desconfianza me ha hecho cobarde y he optado por conservar cerca de mí a personas que conozco y reconozco buenas, pero me he enamorado caprichosamente (qué es enamorarse sino un capricho bioquímico) de un individuo cuya mirada dulce (otra vez la mirada, los vampiros and nothing else matters) me indujo a soñar y soñar con sucesos nunca ocurridos y que jamás, jamás tendrán lugar en esta incierta realidad que en pocos días será otra y otra y otra.

Él, por su parte, ha optado por alejarme de sí, colocando sus sentimientos y sus temores en una bandeja de cristal. Porque me voy. Porque deseo irme. Porque tengo ya un compañero en este viaje y no quiero que me recuerde dándole la espalda.

El hombre de nombre convencional rehuye mis miradas y contesta con cortesía a mis preguntas, evadiéndome, convirtiéndome en colectivo, “me gustó mucho que estuvierais en casa, sois personas agradables”. Así, bien. Yo querría abrazarle, agradecerle por ese miedo a la posibilidad de amarme, por esa manera tan limpia de restituirme al podio de las mujeres mujeres, mujeres que merecen ser amadas con formalidad, pese al hedonismo, la modernidad, el carnet de extranjería y demás.

Dice que no quiere una novia ausente. Lo entiendo. Comparto su miedo, celebro su sentido común. Lo que no es, no es. Duele, pero aún así, qué bonito... Qué bonito.

jueves, octubre 14, 2010

Desconocidas

Libre parafraseo de dos conversaciones recientes.


Primera: a propósito de esa tendencia tan familiar e irrespetuosa de hacer sentir culpables a las mujeres por no tener marido. Luego de soportar sonriente una serie de recomendaciones de tías, primas y demás fauna ya biológicamente trascendida (o en proceso), me topé con la única persona que, aún sin haberse privado de preguntar, fue capaz de comprender.

Piura. Calor. Polvo. Esperaba el autobús a Sullana. Una bebé (tiene aproximadamente 4 meses) monitorea por sobre el hombro de su mamá, va de persona en persona, se detiene en mí algunos segundos, continúa su recorrido visual.

Cola, control de metales, buenas tardes señorita, buen viaje. Busco mi asiento, mira qué bien, me toca justo al lado de la madre. Ya de tan cerca puedo notar lo joven que es.

La niña no soporta la inmovilidad, se estira, llora. Llevo cartulinas, improviso un abanico, le doy aire mientras la madre le canta e intenta darle pecho. Algunos minutos de tranquilidad. Observo, en voz alta, que tiene 4 meses. Acierto. ¡Sabes mucho de niños! ¿Tienes hijos? No, pero me ha tocado cuidar. ¿No tienes hijos? Bueno, se te nota muy chiquilla. ¿Cuántos años tienes? Treinta. ¡Treinta! Entonces ya has de estar casada. No, no lo estoy. ¿Y novio, tienes novio? No, no tengo novio. ¿No tienes novio? ¿Y por qué?

Porque ya he tenido.

Se me queda mirando con los ojos muy abiertos. Observa luego a la hija, que mama absorta en una realidad ya lejana al vaivén del autobús. La madre sonríe, vuelve a mí, sí, es mejor que no tengas novio, los hombres suelen portarse mal.

---


Segunda: en la cocina de un cuarto piso, con la compañera de alquiler de una amiga vasca, luego de las presentaciones formales, a propósito de la situación económica actual, el trabajo para inmigrantes y mi beca.

  • La compi: ¿Vosotras os conocéis de la oficina?
  • La vasca: Sí, pero Lucía llegó desde mucho antes que yo, sólo que estaba allí de manera... se podría decir “voluntaria”.
  • La compi: ¿Voluntaria? ¿Y todo este tiempo no te ofrecieron un trabajo allí?
  • Lucía: Lo cierto es que he estado trabajando para ellos, en servicios puntuales y por cuenta propia, cuestiones de comunicación...
  • La compi: Ya, pero yo me refiero a un contrato.
  • Lucía: Contrato, no. La posibilidad de enviar mi CV a convocatorias, sí. Pero un contrato, en plan: "mira, necesito a alguien con tu perfil, firma aquí", no.
  • La vasca: Ya, es algo que yo no he entendido todo este tiempo...
  • Lucía: Bueno, es que las convocatorias vienen de la central, en Madrid, y de allí definen si hay recursos para contratar a alguien nuevo. También está el tema de los requisitos, en Euskadi exigen saber euskara.
  • La compi: Bah, pero para cuestiones técnicas y si lo haces bien, qué más les da, ¿no?
  • Lucía: Vale, pero ten en cuenta también que es un rollo hacerle contrato a una extrajera con permiso de Estudiante, necesitas personas totalmente dispuestas a comerse el trámite y esperar tu permiso administrativo durante tres meses, sin cobrarte luego “el favor”.
  • La compi: ¡Joder con los trámites! ¡Al final es una pescadilla que se muerde la cola!
  • La vasca: Tal cual.
  • Lucía: Salvo que lleves aquí tres años, entonces es posible conseguir un contrato de trabajo, pedir arraigo y cambio de permiso, de Estudiante a Trabajadora.
  • La compi: ¿Y cuántos años llevas aquí?
  • Lucía: Pues... acabo de cumplir tres.
  • La compi: Vaya, o sea que si quisieras...
  • Lucía: Podría, sí.
  • La vasca: Pero no lo hará, se va a Centroamérica, becada, por un año o dos.
  • La compi: ¿Y el tiempo acumulado lo pierdes?
  • Lucía: Sí.
  • La compi: Y no te importará perderlo si ya tienes esa beca, ¿verdad?
  • Lucía: Siendo honesta, no.
  • La compi: ¿Es una buena beca?
  • Lucía: Bastante buena, sí.
  • La compi: ¡Pues mucho ánimo! ¿Ves? Por algo no te salieron cosas que te comprometieran con esto, ahora te vas y te vas contenta, te vas bien.

viernes, octubre 01, 2010

Resistencias


Acabo de tirarle la puerta a una usurera. No fue a la cara, sino al darse la vuelta luego de su último comentario: “Dile a tu mamá que por favor me pague, que no le estoy cobrando intereses y debió pagarme hace varios días”. No fue grosera (la grosera fui yo), pero intentó venderme el cuento aquél de “es que mis hijos están esperando que les lleve comida”. ¿Qué clase de prestamista informal no tiene dinero para la comida?

Intenté tener paciencia en tanto contenía la rabia. ¿Por qué mi madre necesitó meterse en tantas deudas? ¿En qué momento de mi historia familiar las relaciones se volvieron dependientes de los proveedores de recursos, y de nada sirvieron tantos años trabajando para el ministerio de educación, ni pequeñas empresas quebradas, ni una miserable (y empeñada) pensión de viudez, ni un carajo?

¿Qué me irritó tanto de esta mujer, la de la puerta? Como dije antes, no fue grosera, aunque sí contenía esa frustración que contienen las personas que deben cobrar aquí y allá para obtener ganancias. Me ha pasado, hasta cierto punto la entiendo. En España, en Bilbao, vivo sometida a los resultados de mis trabajos, siempre con el afán de cobrar para vivir, pero mi negocio no es entregar dinero a cambio de altos intereses (nunca he prestado con intereses).

No voy a valorar la moralidad de la usura, pero he de reconocer aquello que me hizo dejar en evidencia mi protesta: la actitud victimista de la señora, su enfado reprimido y la sugerencia de que, encima, nos está haciendo un favor.

Estoy cansada de damas bien educadas que apelan a sus posturas “finas” para enlodar a los demás. También estoy cansada de no reaccionar en el momento oportuno, de quedarme callada o salir huyendo. Cuando Ele Apellidoscastizos, una empresaria emergente del mundo de la cooperación, me dijo en la oficina (último día de empleo en precario, había renunciado la semana anterior): “Dame ese CD que te estás llevando a escondidas, porque seguramente me estás robando información confidencial”, yo tendría que haber sacado el CD de mi bolso, romperlo en pedazos y decirle: “¡De aquí no me muevo hasta que me pagues todo lo que me debes!”.

¿Mostrarle el CD, si no tenía nada que ocultar? ¿Y mi dignidad, qué? ¿Habría sido más conveniente humillarme ante el poder de una vasca sólo porque, hasta el momento, “me hacía el favor de tenerme trabajando”, y dejarle darse contra sus propios temores, al no encontrar nada más que documentos personales?

Pero fui suave, observé, en mi defensa, su falta de respeto. Y me fui. Debí tolerar amenazas e insultos por e-mail, constantes reproches y esa mala costumbre tan común entre las personas decentes: sacar en cara.

Dejó de acosarme vía Internet cuando le mencioné que me acusaba sin pruebas y que, por el contrario, yo estaba acumulando todo un historial de difamación. Tardó tres meses en pagarme sólo la tercera parte de lo acordado por un último trabajo, y lo hizo cuando le dije que estaba consultando al asesor legal de un sindicato (en España, la presencia sindical es importante). Toda la transacción se hizo a través de un gestor que siempre le advirtió acerca del "peligro" de contratar extranjeras. Por cuatro perras firmé un documento donde constaba que se había acabado mi “colaboración” con su empresa y me comprometía a “no reclamar ningún tipo de pago o beneficio a futuro”.

Necesitaba el dinero, por más miserable que haya sido la cantidad. Y me lo había ganado. Era mío.

A veces me pregunto por qué extraño orden supra natural me mantuve -entera- tanto tiempo en Bilbao y, lo más curioso, cómo es que he conseguido buenos recuerdos de allí.

Ninguna persona es un fracaso si tiene amigos…

¿Por qué no la denuncié? Porque estuve en shock hasta mucho tiempo después de ocurrida la ofensa y me costaba comprender cómo había sido ella capaz de. Extraña mezcla de complejo de mujer maltratada y Síndrome de Estocolmo. Además, me había encariñado con su familia. Por entonces, la mujer estaba haciendo un service para un importante organismo gubernamental. Mal asunto, pésima oportunidad, hasta una sudamericana que todo lo ha aprendido “a la peruana” sabe mantener la clase.

Me fui de esa empresa porque, además de estar a disgusto y entristecida, mi trabajo no servía para ayudar a personas realmente necesitadas.

Escribo esto porque me hace falta una catarsis. Y porque haré un viaje interoceánico urgente, contra mi voluntad. Y porque quiero que quede escrito. Y porque ya me da igual.

jueves, septiembre 30, 2010

Reencuentro

Entre otros sucesos hermosos e intensos, esta corta visita a Perú me ha permitido reencontrar a un antiguo amigo. Amigo, pese a no habernos comunicado en años, pues me permitió, a los veinte, compartir una ilusión platónica maravillosa, sin daños personales, ni a terceros.

Es bonito haber coincidido, ya en el presente, entre malas noches laborales y sueños de justicia social.

jueves, septiembre 23, 2010

T


Me he quedado prendada a primera vista. Es hermoso. Tiene 16 y podría decirse que es un hombre, si no fuera por esa dulce tontería adolescente que aún salpica de inocencia su ya maltratada vida.

Al despedirnos, hace cuatro años, ambos sabíamos que sería difícil volver a vernos. Era un niño, me llegaba al pecho, por eso le pude abrazar y tomar el pelo tantas veces como se me antojó. Ahora tiene la estatura de un europeo flamenco estándar y mucha vitalidad, pese a haber sobrevivido a la desnutrición infantil. Curiosas derivaciones raciales peruanas.

No he podido dejar de pensar en él las últimas horas. Recuerdo haber seguido con especial atención cada una de sus acciones: los juegos con su sobrina pequeña, la carretilla presta a trasladar objetos pesados a cambio de una propina, los polos estampados con plantilla, de cuidadoso acabado. Mira al vacío cuando le pregunto por el futuro y sus propias posibilidades, va en cuarto de secundaria y quiere dejar el colegio, ponerse a trabajar.

Sus hermanas hicieron lo mismo, sobreviven como empleadas domésticas, con una tercera parte del sueldo mínimo vital. Después de todo, ya se les hace “un favor” al contratarlas.

Entiendo que esta situación deviene, en parte, de la desidia de sus padres. Sin embargo, cada caso merece ser considerado en contexto y es importante señalar que la desidia no es tal si se ha dado de manera inconsciente. Costumbres diferentes, desface. T, su madre y sus hermanas fueron criados como agricultores sin tierra, en la calle principal de un pueblo que se esfuerza por ser ciudad. Tienen a su alrededor restaurantes, empresas de transporte, negocios varios. La ley de oferta y demanda ha mellado la ancestral solidaridad campesina, no existe más la minga, sino el contrato por servicios y, por desgracia, también la servidumbre.

He notado cómo la gente que ocupa mejores casas y alardea de más civilizadas costumbres, miraba con sorpresa a esa extraña visitante que ha pasado unas cuantas tardes sentada en la acera frente a la casita sucia, sobre una jerga colorida. He sentido dolor ante el trato condescendiente que las personas “decentes” dedican a los pobres, aquella exclusión social disfrazada de pequeñas acciones misericordiosas, te doy trabajitos a cambio de la miseria que yo no aceptaría, te brindo consejos abstractos pero no pregunto por tus penas concretas, te saludo amablemente mas no permitiría que de ti se enamoren mis hijos o hijas.

T y sus hermanas no pueden viajar a Piura, salvo que algún pariente con mejor suerte les lleve de recogidos, para obligarlos a trabajar a cambio de cama y comida. T y sus hermanas no conseguirán ahorrar dinero y mejorar su calidad de vida si sólo ejercen labores no cualificadas. Ni siquiera podrán enamorarse de quien quieran, sino que, les guste o no, deberán conformarse con quien "les haga caso". Tengamos en cuenta que la mayor fue mamá soltera a los 15, de allí mi ahijada. Es poco probable que quien “les haga caso” traiga buenas intenciones. Hacer caso no es querer.

Para colmo, son físicamente bellos. Eso los hace más codiciables, empeora su vulnerabilidad.

He dicho a T que el apoyo externo no tendrá ningún valor si internamente, en el núcleo de la familia, no hay una ruptura dentro del círculo de pobreza en el que han estado viviendo. Los hombres mayores (abuelo, hermano y padre) han muerto ya. Un campesino sin tierra y establecido en un entorno semi-urbano se encuentra aún más expuesto a la discriminación. Es necesario aprender técnicas, conseguir algún tipo de especialización, gestionar el propio incremento de capacidades para poder, a mediano plazo, poseer recursos y escoger.

Hay algunas oportunidades a la vista, pero a veces las personas olvidan cómo aprovecharlas. Espero que no sea el caso...

jueves, septiembre 16, 2010

Para derrocar a Allende

Ayer tuve clase en un seminario de Comunicación para el Desarrollo. Mejor dicho, di la clase, por propia iniciativa y con apoyo de la profesora a cargo, una muy buena colega de Piura.

El tema: contextualizar el concepto de DESARROLLO y su evolución a lo largo de la historia del S.XX. Cosa fácil, pues la mayor parte de los sucesos ocurridos devienen de la posguerra y la división Este – Occidente, Comunismo – Capitalismo. Imaginé (ilusa) que los chicos y chicas de quinto año de carrera tendrían mucho interés en conocer los orígenes del actual neoliberalismo y todas las políticas internacionales referentes al desarrollo de los pueblos. Me equivoqué.

Hace mucho que no doy una clase y, lo admito, no soy una buena “profesora” si no encuentro respuesta. Como la docencia no es mi especialidad, siempre recurro a la interacción para facilitar el proceso de aprendizaje, intento generar un diálogo del que ambas partes podamos extraer conocimiento y beneficio. Pero no he podido desarrollar una técnica adecuada para acaparar la atención del público desde cero, mucho menos si demuestra claramente que el asunto poco le interesa.

Dos apuntes básicos:
  1. Los chicos y chicas de quinto año de Comunicaciones no conocen a Francis Ford Coppola. O, por lo menos, no les suena aquello de “Apocalypse Now”. Una pena, esa intro con “The end”, la Cabalgata de la Valkirias y la perdición del coronel Kurtz no tienen pierde. ¿Puede una generación -universitaria- entera vivir sin conocer la expresión: “Me encanta el aroma del napalm por la mañana”? Miedo me dan...
  2. A la pregunta: ¿Qué saben de la Revolución Cubana?, un alma sencilla respondió: “¿Fue para derrocar a Allende?”. Es decir, los datos les suenan, sí señor, claro que les suenan, dispersos. Creo que ya habían nacido cuando lo de Pinochet y el juez Garzón, pero no sé yo en qué estaban pensando sus padres, que no les explicaron. Es lo que tiene la generación del chat...
Gracias al Cielo, en todo grupo hay un contrincante interesante que genera debate y hace que el agobio merezca la pena. En este caso, dos, un chico muy puesto en historia universal y una niña bastante enterada de temas actuales. Dieron caña en el repaso de datos y los objetivos de desarrollo del milenio, respectivamente. Mi colega y yo incluso nos permitimos hablar sobre género, derechos sexuales y reproductivos y patentes. Y la pregunta retórica ¿quién creen que quedó como referente político y económico absoluto luego de que cayera la Unión Soviética?, recibió una contundente y esperanzadora respuesta: Superman.

Esperanzadora porque hay capacidad de interpretar símbolos y entender el sarcasmo.

Sí, pues, nos quedó Superman.

Dejo aquí una canción potente y un vídeo tan clásico como actual (aún hay demasiados hombres, demasiada gente causando demasiados problemas). A la salud de quienes tienen ganas de saber más:

martes, julio 20, 2010

Tía Charito


Todos en la familia -esa rama de mi familia paterna- estaban preocupados por el bienestar y el futuro de Charito. A mis siete u ocho años notaba la atención que cada persona prestaba a su estado civil, su situación presente y su porvenir, convirtiéndose en tema principal de discusión, preguntas y buenos deseos a quemarropa cada vez que ella, Charito, aparecía por casa, generalmente en Navidad, fecha que coincidía favorablemente con el cumpleaños de su padre y patriarca, don Manuel.

Una pariente especialmente extrovertida, cuñada de la protagonista y madre de dos hijas con fama de “las mejores en todo”, solía ser quien canalizaba los parabienes que el respetable no siempre se atrevía a manifestar en voz alta. Así pues, quedó un episodio cincelado entre mis recuerdos más nítidos, una vez que don Manuel calló un largo minuto, tal vez dos, antes de apagar 70 velas. Supuse que para inspirar suficiente aire, pero los adultos se empeñaban en afirmar que el ya anciano, aunque aún fuerte, pensaba en un deseo.

Y el deseo de esa ocasión fue, según la pariente espontánea, ¡un nieto de Charito! Más una sonora carcajada acompañada de risas ahogadas y un murmullo incómodo. Charito calló y sonrió. Don Manuel le dio la mano y se la apretó fuerte. Las eses fueron desapareciendo hasta que una llamada perfectamente vocalizada las ahogó por completo, era hora de servir la cena especial. Con la sonrisa contagiada en la cara, me acerqué a papá y mamá, que conversaban serios y apartados.

Les miré relajando el gesto, pues en casa nunca fue buena cosa mostrarse contraria al estado de ánimo de los adultos. Uno de los dos dijo: "Ha sido una falta de respeto".

Años después, entendí porqué.

Un día, hace mucho tiempo, decidí que quería parecerme a tía Charito, aunque pronto comprendí que no estaba bien encaminada. Ella perteneció a una familia de mayores recursos que la mía. Pudo aprender idiomas y hacer carrera en universidades de Lima, donde las relaciones siempre son más eficientes que en provincia. No tuvo que trabajar mientras sacaba los exámenes, y toda su atención juvenil pudo ir orientada a sus estudios y su realización profesional. Es un mérito grande para ella, sí señor, en el sentido de que supo aprovechar muy bien cada oportunidad que sus padres pudieron brindarle. A los 28 ya estaba empleada en la oficina peruana de Naciones Unidas y desde allí le fue posible acceder a mejores puestos. Trabajó en París y posteriormente fue enviada a La Haya, en Holanda, y viajó constantemente a diferentes sedes europeas. Se retiró hace algún tiempo y hoy, según sé, vive de sus rentas en Brasil, con la familia de su hermana, habiendo ya atendido y enterrado a sus padres en Sullana.

Nunca fui cercana a tía Charito. De ella recuerdo que siempre estaba lejos y solía traer chocolates rellenos con licores aromáticos, blusas de telas finísimas y las joyas más bonitas que una adolescente podía usar. Mi padre la quería mucho, tal parece que, al ser la menor de la familia, solía despertar ternura y afán de protección, sobre todo entre los hermanos y primos ligeramente mayores.
.
Toda admiración generalizada, sin embargo, vino siempre acompañada de una sutil compasión, exteriorizada por esa constante mención a su “soledad”. Y es que tía Charito no se casó, ni tuvo hijos. Eso sí, tenía un gato y me atrevería a decir que nunca careció de amantes. Muchas veces presencié tertulias donde respetables padres y madres de familia intentaban dilucidar los motivos que habían convertido a Charito en una soltera redomada; los más despiadados le llamaban egoísta, por haber dado la espalda a su instinto maternal a cambio de brindar mayor atención a su carrera (y un salario de Naciones Unidas, claro); los mesurados democráticos pedían respeto por su elección; las aves de mal agüero le vaticinaban una vejez triste, en el más absoluto olvido; las feministas embrionarias sospechaban -sospechábamos- que tal vez así como ella vivía, se vivía mejor.

Cumplí 30 años hace 40 días. Pronto iré a Perú y espero terminar mis trabajos de diseño y proyectos antes de subir al avión, para no dejar muchos pendientes y llevarme lo justo y necesario. Sólo serán dos meses. Veré a mi madre, hermanos, amigas. Tendré boda familiar y tal vez un trekking Choquequirao – Machu Picchu, amigo guía mediante. Una oficina de Naciones Unidas en el País Vasco me ha escogido como becaria y en cuanto la entidad financiadora haga el correspondiente desembolso, quizás hacia finales de noviembre, viajaré a Ciudad de Guatemala y permaneceré allí un año o dos. Ay... De salir todo bien, alquilaré un mini-depa con un librero enorme y conseguiré un gato o una gata. Por fin podré empezar a pagar deudas.

Ahora mismo vivo con dos colombianas de mucho carácter y mucha bondad, y el hijo de cinco años de una de ellas. Cuido a los niños pequeños de una limeña con gran necesidad de dar órdenes a subordinadas sumisas en el servicio doméstico y ya que pretendo ser una persona culta, tengo la obligación de comprender y callar. Además, los críos son encantadores y sólo serán tres semanas más. Eso sí, he establecido un límite y espero de corazón que no sea transgredido. Los años de exilio me han enseñado a valorar aún más la amistad, pero también a responder con firmeza ante cualquier maltrato o abuso, sobre todo si se trata de mí. No podré defender a otras personas si soy incapaz de reclamar respeto para mí misma -y hacerlo efectivo. La renuncia al “yo” es incompleta en los misioneros (pues tiene como fin último la contemplación de Dios y la salvación del propio espíritu) y falsa entre los cooperantes (sin comentarios).

Algunas mujeres de mi entorno han empezado a preguntarse por mi aislamiento, asumiendo éste, por supuesto, como condición inalienable de mi “ya evidente” tendencia a la soltería. Agradezco de buena gana su preocupación, pero entiendo a la perfección que ha empezado a sucederme lo que a tía Charito: me he convertido en culpable de mi supuesta soledad. Soy quien ha escogido el exilio y la inestabilidad, por tanto, he de comprender a los hombres, buenos hombres, pobres hombres, pues ninguno de ellos está dispuesto a atarse a una mujer que, al parecer, no desea ataduras. Soy quien prefiere trabajar para mejorar las dotes profesionales y pagar gastos familiares, que comprar una casa donde acogeré a los hijos que no tengo y al marido que no conozco. Soy la egoísta que, a la pregunta ¿qué quieres ser?, responde con naturalidad: una buena educadora y una periodista aún mejor. Y no ha reparado en su rango de edad, que la vida no espera, que las mujeres “se secan” por dentro y no pueden ser madres, que es antinatural no desear tener una criatura “sangre de mi sangre”, en vez de esa tontería de adoptar temporalmente a mis ahijadas de Chalaco y por tiempo indefinido a algún bebé ya nacido y desamparado (porque lo “propio” siempre es mejor).

Por cierto, quienes se atreven a pensar y sentir de este modo son mujeres que se consideran afortunadas progenitoras y estables madres de familia, o acaban de encontrar a un buen ser humano a quien llamar “el hombre de sus vidas”. Por fin han alcanzado sus atalayas y desde allí, nos observan con dulce piedad.

El mundo está lleno de formas de pensar peligrosas, que criminalizan lo diferente y generan discriminación.

Yo admiro a mis amigas solteras, amigas novias, amigas esposas y amigas madres. Y estoy segura de que ellas me admiran a mí (sus motivos han de tener). Ningún tipo de amor es posible sin una buena dosis de recíproca y sana admiración.

¿Es tan complicado pensar un poco antes de hablar y juzgar? Por lo visto, la “felicidad” no ha de existir para nadie: dicen que no existe para Charito, pues pese a ser una reputada profesional, nunca se casó. Y, por supuesto, no existe para las firmes familias que siempre la criticaron, pues pese a sus inmensas felicidades, tenían tiempo para envidiar. Envidia disfrazada de compasión y respetabilidad, que es aún peor. Envidia clara, pura y dura. Envidia soberbia. Envidia asesina. Envidia, sin más.

martes, julio 13, 2010

Gente, jodida gente...


Acaba de suceder algo desagradable, justo lo que necesitaba un agobiante mediodía de verano y luego de la semana pasada, que fue movida a más no poder.

Primero, el contexto: a finales del mes de junio recibí la llamada de una peruana que vive y trabaja en Bilbao. Está casada con un sudamericano de otra nacionalidad y tienen un niño y una niña, aún pequeños. Necesitaba una canguro, que es como llaman a las niñeras por acá.

Les conocí hace varios meses, en una comida intercultural. Me hablaron de la posibilidad de cuidar a sus niños en un futuro, pero la conversación no pasó a mayores. Hacia abril, ella me llamó para comentarme que en junio necesitaría que yo la reemplazara con una nena a la que suele cuidar y quedamos en que así sería. Llegó la última semana de mayo y nada, intenté llamarla varias veces, sin éxito. Supuse que el trabajo no saldría y me dediqué a seguir organizando mi vida.

Así, hasta la fecha en que por fin se puso en contacto conmigo para encargarme el cuidado y la protección de sus hijos durante el verano, para empezar al día siguiente. La propuesta me vino tan bien como mal. El dinero contante y sonante siempre es necesario, pero estaba ya metida en bastantes berenjenales. Ella, entre broma y en serio, me dijo “pero yo ya te había reservado para el verano”, y yo, con amabilidad, le expliqué que ya había hecho otros planes, que me iba a Perú la última semana de agosto, etcétera.

De todos modos, y dada la urgencia, acepté, aunque no acordamos costos. Ella y su marido calcularon que por la primera semana (jueves, sábado y domingo, 12 horas en total) me pagarían 50 euros. Es decir, a 4,1 euros la hora. Creí que, para empezar, estaría bien, pero sería necesario revisarlo de nuevo. Anteriormente, cuando he debido fungir de canguro con hijos de españolas, he recibido 6 euros/hora, tratándose, además, de un solo crío.

La semana pasada le comenté eso y ella me dijo que nunca jamás en su vida, cuando fue canguro, cobró por hora, a lo que yo agregué que a lo mejor lo de las horas servía para calcular el precio final, por semana o mes. Se quejó de una colega suya, que una vez le sacó 50 euros en un solo día (10 euros la hora, que no está mal) y quedamos en que yo haría mis cuentas y hablaríamos.

Lo hice, saqué cuentas, con la tarifa siguiente:
  • Por menos de 3 horas: 5 euros la hora.
  • Por 4 horas: 15 euros en total.
  • Entre 5 y 6 horas: 20 euros en total.
  • Por incremento sobre 6 horas fijas: 5 euros/hora.
  • Fines de semana: 5 euros/hora.

Dejé estos números en versión digital, con una nota que decía CLARAMENTE: “Es mi tarifa y está bastante ajustada, porque ya sé que ustedes no pueden pagar mucho por esto. Les pido por favor que la revisen con calma y me digan si tienen alguna observación, si les parece o no. Conversamos. Muchas gracias.”

Nunca me tocaron el tema y como sólo fui dos días la semana pasada, tampoco yo lo hice. Pensaba hacerlo esta mañana, al darme ella el pago correspondiente. Empezó a sacar dinero y me dijo: “¿Tú, que todo lo apuntas y vas llevando cuentas, no sabes cuántas horas hiciste la semana anterior? Creo que sólo viniste un día, ¿verdad?”. No fue un día, fueron dos. ¿Leyeron la nota que les dejé en el ordenador? “Sí, y mi marido se ha quedado bastante cabreado con eso”…

Empezó la cantaleta: “¿Cómo es posible que nos dejes notas, acaso no tienes confianza? Nos ha sentado mal. Si no estabas contenta con algo, dinos a la cara. Si no eres capaz de decir las cosas a la cara, no vas a llegar muy lejos. Yo no quiero que la gente que viene a mi casa se sienta incómoda, has tenido oportunidad de hablar, de llamarnos por teléfono, de decirnos que no estabas contenta con el pago. En vez de eso, dejas una nota. Tú hablas de que estás haciendo un servicio, pero nosotros no lo vemos así. Sabemos que necesitas el dinero, pero esas no son formas…”

Y así hasta el infinito. Intenté explicarle, en buen plan primero, pero cada vez más fastidiada, que no fue mi intención molestar, que suelo trabajar con presupuestos de ese tipo (¡Dios mío, debieron ver cómo le ofendió escucharme decir “presupuesto”!), que si lo dejé por escrito era para que lo mirasen con calma y luego hablar en torno a ello, que la semana pasada fue un caos para mí y pensé que si no había comentarios al respecto era porque estaban de acuerdo. Fue inútil, no entendió. O, lo que es peor, no quiso entender. Me consideró a la defensiva y, a manera de colofón, señaló que no conseguiría convencerla de nada de lo que le estaba diciendo, que era mejor dejar las cosas así.

Pero claro, mañana debo volver a su casa, a las 8.15, en punto, no en “horario latino”, y seguir paso a paso sus indicaciones respecto al cuidado de sus hijos, todas las horas que me pueda quedar. Pero no, no se trata de un trabajo, no señor.

Me pregunto una cosa: si lo que querían era una “tía postiza” que cuidara de los pequeños, a cambio de lo que ellos consideren adecuado pagar, ¿por qué no dejarlo claro desde el principio? ¿Por qué creer, de manera tan descarada, que cualquier persona es capaz de dedicar entre 3 y 6 horas al día, de lunes a domingo, haciendo un servicio que, al menos aquí, se paga hasta a los amigos, y yo no soy amiga de ninguno de los dos? Y, por último, ¿por qué habiendo dejado yo las cartas sobre la mesa (el escritorio de SU portátil) y las cuentas claras, no son capaces de discutir sin hacerse los indignados?

Para rematar la estupidez: me entregó 55 euros de mala gana, porque a partir de esa fatídica nota su marido había deducido que yo estaba cobrando 5 euros la hora, punto pelota. Le dije que, según mis cuentas, no me debía 55, sino 30, más los 10 que quedaron debiéndome de la semana anterior. Se negó a recibir el vuelto. Enfadada, me dijo que eso lo restara de los próximos días.

Ya ni siquiera sé cómo llamar a esta actitud... Ay, pobres hijos.

sábado, junio 26, 2010

El feo...

No concibo admisible haber vivido todos estos años sin aprenderme de memoria esta cinta, con cada uno de sus sublimes detalles audiovisuales. Mucho peor y más imperdonable para una pseudo amante del cine: no haber admitido que “El bueno, el malo y el feo” era una película de culto, por prejuicios relativos al género y los derechos de los pueblos originarios.

¡Qué carajo! He aquí una muestra culpable y flagrante del daño que puede hacer la ideología a la capacidad de apreciación artística. Porque el arte, señoras y señores, es instintivo, por el sólo hecho contradictorio de nacer precisamente del alma humana, eso tan básico y elevado que nos hace, algunas desafortunadas veces, pensarnos superiores al resto de la creación/evolución.

En todo caso, voy a comentar que he quedado anonadada y extasiada con ese personaje entrañable e injustamente defenestado apodado “Tuco”, el feo, the ugly, il brutto. Un soberbio Eli Wallach dando vida a un chicano embrionario que representa lo más despreciable de una sociedad decadente: la pobreza que se vuelve agresión, la necesidad transformada en violencia, la traición como único medio de supervivencia.

Clint Eastwood es un anti héroe con mucha clase que repite el personaje de las dos películas anteriores (la Trilogía del dólar) y Lee Van Cleef es un villano que sabe comportarse según las exigencias y habilidades de su oponente. Evidentemente, maltrata, abusa y desprecia a Tuco, porque Tuco vale demasiado poco, si no nada, en un pacto entre caballeros. Tuco no es un señor, ni puede llegar a ser considerado respetable por sus oponentes. Sin embargo, el director le otorga sabiduría práctica indiscutible (If you have to shoot, just shoot, don't talk!) y le concede formar parte de una de las secuencias más hermosas de la película, en la que busca desesperadamente esa tumba que ha sido el hilo conductor de toda la historia, con un potente y dramático Ennio Morricone en un crescendo que culmina con el hallazgo y el éxtasis... El éxtasis del oro.



Entiendo perfectamente por qué Metallica usa este tema como Opening de todos sus conciertos. Larga vida al arte. Larga vida a Eli Wallach. Y a Clint Eastwood, aún hermoso, también.

viernes, junio 25, 2010

Gilbert


Aún llovía en Bilbao, pese a que el adverbio inicial convierte a la frase en una inútil redundancia. El agudo ardor al mear convenció a Lucía de dejar la oficina algunas horas antes (fue uno de esos días en que la condición “extensiva” de su media jornada se hacía efectiva), e ir a la sede de esa ONGD que brinda atención sanitaria a inmigrantes sin papeles.

Ahora bien, Lucía tiene papeles. Llegó aquí con visado de estudios y ha intentado estar al día en renovaciones. Lo que no tiene es un contrato de trabajo formal, ni dinero suficiente para pagar médicos privados. En la seguridad social no existe ningún apartado administrativo destinado estudiantes pobres. Su opción más cómoda es “extraviar” el NIE y universalizarse, alegando indigencia, pero antes esta servidora tendría que demostrarle con estadísticas y datos fidedignos que su “praxis ilegal” no va a perjudicar a ningún ser humano con necesidades más urgentes que las suyas. Y la verdad es que paso, ya se llevará un susto y se le caerán los escrúpulos.

Entonces, fue donde siempre, previa cita telefónica, y comunicó en pocas palabras sus malestares. Prueba química mediante, fue despedida con una receta de medicamentos para la cistitis y una pesada sensación de fracaso en la cerviz. No por estar enferma, claro, sino por esas cosas que le daban vueltas, la deuda para venir a Europa, su imposibilidad de encontrar un trabajo mejor.

Se detuvo en el puente del Arenal y se inclinó hacia la Ría inquieta. Permaneció meciéndose al compás de la marea viva y los reflejos verdosos del agua, unos cinco, diez, quince minutos, hasta que una voz gruesa preguntó con mucha educación: Excuse me, do you know where is the Athlantic bar? Lucía detectó un intenso acento británico y, resentida por haber sido interrumpida en medio de sus pensamientos deterministas, buscó enfadada al dueño de la voz, el acento y la educación, encontrándose con un hombre alto, de cabello gris, inmensa sonrisa y un paraguas ridículamente pequeño, quien sin dudar volvió a preguntar por el bar Athlantic ese, obstinado en su inglés, como si le importara un rábano estar en España, frente a una interlocutora con cara sudamericana.

No, no sé, lo siento mucho, respondió con cortesía (y una pronunciación bastante penosa), y empezó a andar presurosa, no vaya a ser. Bastaron tres pasos largos para, mierda, éste me está siguiendo, no se ha enterado que. Él volvió a hablarle, ¿conoces algún otro bar donde pueda tomar una cerveza y comer algo? Joder con el viejo, habría dicho yo, pero Lucía, a esas alturas, estaba ya abducida por el espíritu de la hospitalidad entre extraños y pasó en tres segundos de entristecida mestiza con cistitis y poca tolerancia al fracaso, a conocedora profunda del Casco Viejo y alrededores, como la palma de mi mano y sé de un sitio donde ponen unos pintxos que están increíbles, te puedo llevar hasta allí y dejarte un plano de la zona. Eso sí, en veinte minutos me voy, porque he quedado con una amiga peruana, como yo, y tengo ganas de verla.

Media hora, dos cañas y cualquier sospecha de mala intención diluida, luego de descubrir que el bar Athlantic no existe sino en la imaginación del caballero inglés, como recurso ingenioso para llamar la atención de la chica del puente, que parecía deseosa de convertirse en sirena. O en delfín de dos cabezas, por efecto de la contaminación.

El desconocido


Lo confieso, me gustan los hombres “masculinos”. Los nenes andróginos y sufrientes que siempre han despertado mis más bajos instintos lésbico-pedofílicos están bien para fantasear y aportar misterio a mi ya corroída imagen de “chicazo”, pero muy en el fondo de mi corazón y mis sueños húmedos, no me imagino compartiendo vida y sexo con un amanerado redomado y “sensible”, de esos que abundan en la actualidad, sino más bien acompañada de un hombre muy hombre, es decir, con suficiente capacidad de constante autoperfección en ámbitos varios, el intelectual y el dominio de las situaciones, para empezar.

Ni más ni menos, los mismos esfuerzos que hago yo por ser una mujer muy mujer, que no van por el lado de arreglarme las uñas, cuidarme el cutis o aprender (de una buena vez, que ya me vale) a andar con tacones. No pienso en cuestiones estéticas, sino en comportamientos, madurez.

Todas las personas tenemos malos momentos, sí señor. Pero todo tiene un límite, creo. Quiero una pareja de locuras, que, sin embargo, no me vuelva loca de angustia, diciendo y desdiciendo, ocultando afectos y verdades. Un hombre muy hombre debe ser sincero y tener sentido de oportunidad, saber acompañar, callar cuando es preciso y poner la cara para la bofetada de rigor, si se la ha ganado. La vida no es maravillosa, tiende a ponerse difícil cuando menos preparados estamos para enfrentarla.

Quiero uno que ya haya dejado las drogas hace varios años, pues he descubierto que los rostros masculinos adoptan un relajo bastante idiota y poco atractivo cuando fuman marihuana. Además, no me veo criando a cinco preciosos niños adoptivos junto a un papanatas incapaz de autocontrolarse (que no es reprimirse, ojo, pues también lo quiero libre, muy libre). Que no padezca depresiones crónicas, porque esas cosas se heredan y/o transmiten por ósmosis emocional al resto de la familia. La verdad es que paso, ya bastante tengo yo controlando mis polos.

Un hombre que sepa comportarse (y me enseñe buenos modales, pues resulto ser bastante vikingo en finas lides). Culto, con suficiente experiencia de vida como para no hacerme llorar, salvo que sea absolutamente necesario (y mejor si de alegría). Alguien capaz de guardar silencio ante la buena música o el sonido de las hojas de los árboles cuando les da el viento. Vamos, yo sé que hablo mucho, muchísimo, pero no todo el tiempo. Hay momentos que no merecen la más mínima conversación y quien no sepa interpretar sonidos, miradas y gestos, no me sirve (así de claro).

No me gustan los hombres llorones y paso a explicarme, antes de que alguna feminista me lance un mordisco. Los seres humanos lloramos, es natural. La “masculinidad” que busco no es la camisa formal y el cabello suficientemente corto, no señora. Mucho menos la falta de sensibilidad. Si hay que llorar, se llora, pero no soporto a los que apelan constantemente a su susceptibilidad para conseguir compañía o sexo. No, no y no. Y los hay, los hay.

Me he cansado de pseudo artistas y bisexuales negados. No me imagino a Vargas Llosa llorando en las esquinas para conseguir un polvo, ni a García Márquez contando sus penas amorosas a la chica con la que luego intentará ligar. Demasiados hombres actuales, librepensadores ellos, amplios de miras, son incapaces, pero incapaces de decir algo bonito a sus amantes, tienen miedo de halagar, de galantear, dan la impresión de que son una especie de premio que nosotras nos hemos ganado, exigen cariño y atención, a cambio de medias verdades dichas a lo bestia, una y otra vez.

En mis relaciones siempre he cometido varios errores, uno de ellos es haber sido muy macho. Admito que desde pequeña quise ser hombre, pero no un hombre biológico, sino un hombre social. Ser el héroe, el pistolero, el filósofo, el misionero, el capitán. Hasta hace poco tiempo, en las películas y la literatura, las mujeres activas y con carácter solían ser brujas, locas o prostitutas. Mal asunto. En cambio, los hombres ganaban, tenían presencia, respeto, podían matar por honor, poseían el poder.

Por supuesto, y esto sí que lo dejo claro, deseaba ser tan fuerte y diestra con las armas como el personaje “western” de Clint Eastwood, pero para meterme en líos de pistoleros con él. No quería ser la damisela “protegida”, sino ayudarle, guardar su espalda. O por lo menos, no estorbar. Las chicas muy chicas suelen estorbar mucho, incluso a chicas-chicazo, como yo.

En consecuencia, por ser fuerte y "moderna", he desarrollado una tendencia enfermiza a relacionarme con hombres medio-hombres, pensando que, por cuestiones de igualdad, no habría problemas si siempre me correspondía proteger y cuidar. Yo entiendo que toda relación tiene subidas y bajadas, que el apoyo mutuo y el respeto ilimitado son importantes, que un día tocará a uno de los dos tirar del coche, mientras el otro se recupera de alguna herida. Vale, de acuerdo. Pero no, todo el tiempo en dependencia crónica, repitiendo el papel de "hermana mayor", no.

Uno de los hombres más hombres que conozco es gay. Un caballero. Una de las criaturas más interesantes e inteligentes con las que se pueda departir frente al mar. Las personas más fuertes que conozco son, en su mayoría, mujeres. Se aprende a ser fuerte cuando las cosas no son fáciles. Las dificultades nos hacen humildes, capaces de comprender y ayudar. Yo quiero un hombre muy hombre y muy fuerte, creo que es lo mínimo indispensable que puedo desear.

Y si no, pues nada de nada. Ya está.

sábado, junio 19, 2010

Homenaje

Los triste de esta semana fue que Saramago murió ayer y desde entonces he estado preguntándome a quién haré todas las preguntas apuntadas a pie de página y si alguien será capaz de enseñarme a no preguntar. Cortázar llevaba ya varios años muerto cuando le conocí y ni siquiera eso me ha impedido amar. Ahora, sin embargo, siento pena por Marta y el claro contraste entre la vida y la ausencia (siempre es duro perder al padre), aunque ella sonreirá recordando, cuando se le diluya la pena por la partida del alfarero.

martes, junio 15, 2010

Treinta tacos...

Hoy cumplo 30 años y no me puedo quejar. Cada vez me parezco más a quien quiero ser y me duelen menos los errores. Espero no llegar a ser quien quiero ser cuando no pueda disfrutarlo, aunque he de reconocer que tengo grabados casi todos los pasos dados, incluso los que quisiera poder olvidar. Pero así somos algunas, no olvidamos para poder agradecer de corazón lo bueno. Tampoco olvidamos lo malo, y eso no lo vamos a agradecer (se acabó el servilismo, señoras y señores).

Esto lo escribí pensando en Erika:

¿Te has dado cuenta qué bonitas son las canciones en honor a mujeres muertas? Alfonsina Storni juega con las caracolas marinas, una banda de chirihues ofrece un concierto a Violeta Parra y Chabuca Granda canta para los incas en el cielo. Aún no hay himno a Yma Sumac, pero no ha de tardar, no ha de tardar. ¿Tú crees que a nosotras nos lleguen a dedicar siquiera un verso?

No sé, ¡qué preguntas haces, Lucía! En todo caso, aún no tengo ganas de que me hagan una canción póstuma, carajo. ¡Bah, pero la querrás!, me dice provocando. Y yo: ¿Quieres dejar de hablar de muerte? ¡Qué ganas tienes de darle vueltas a temas macabros! Me mira desde su rincón en el justo centro del parque Echevarría, las piernas recogidas, los brazos cruzados, el rostro levantándose de entre las rodillas. Sonríe con una sonrisa vacía que unas veces refresca y otras, crispa los nervios, y me dice en tono neutro: No te confundas, P, no estoy hablando de muerte, sino de inmortalidad.

Llueve. Típico. Debemos recoger los restos de nuestro picnic nocturno y empezar a bajar la cuesta de Bayona, rumbo a la plaza Unamuno. No volveré a verla en mucho tiempo, me voy por algunos meses al otro lado del mar.

Esta es la canción que dedico a todas las mujeres inmortales que amo:

lunes, junio 07, 2010

Cuatro de la mañana

No tengo sueño. Me he preguntado si debido a los acontecimientos de las últimas semanas o porque anoche dormí demasiado. Tal vez se trate de una combinación de ambos motivos, pero he pasado de seguir dando vueltas en la cama y a la cabeza, de modo que aquí me tienes, frente a la computadora, rebuscando música e intentado ser menos dura conmigo misma, que es lo que hago cuando no tengo nada más que hacer.

Ante la casi inminente partida, me pregunto: ¿Qué será del Pelirrojo? Va a estar bien, eso seguro, pero sin mí. Por un lado, mejor, volverá a su estatus quo y tendrá más tiempo para sí mismo. Pero sé que me va a echar de menos (y yo a él, por supuesto). No temo, sin embargo, por mi destino o por mi soledad, tanto como por la suya, y la razón es lógica: será él quien se quede rodeado de recuerdos. Yo me voy a un lugar desconocido, pero a buen recaudo. Como sobreviví aquí, sobreviviré allá (e incluso mejor, pues tendré un trabajo y un salario-beca).

He conocido a más personas estos 32 meses, gente excelente, pero creo que nunca llegué a formar parte tan íntima de sus vidas. El Pelirrojo, en cambio, ha sido mi pareja, mi compañero de viaje, mi más entrañable amigo. Aquí da igual si estoy enamorada o no, si se me romperá el corazón por enésima vez con la partida o si “a estas alturas de mi vida debería procurar mayor estabilidad”. Me interesa saber, visualizar, prever que él no va a estar solo, que alguien podrá apreciar ese corazón tan lleno de dulzura, que alguna buena chica tendrá la suerte de mirar más allá de su actitud cínica y su mala leche, así como yo, alguna vez.

No entiendo bien qué está pasando conmigo, pero creo que es bonito querer así. Se llora mucho (en buena parte porque soy llorona), pero no hay desgarro. Será la experiencia transfigurada en sentimientos, digo yo.