miércoles, diciembre 30, 2009

La gente piensa

Algo está pasando en el Sur: aquellos que nunca tuvieron acceso a las páginas impresas -salvo como "modelos" en libros de antropología- han empezado a llenar centrales, arrebatar titulares, desacreditar ministros y ocupar sillones presidenciales. ¿Es eso bueno? ¿Es eso malo? Ni uno, ni otro. Se trata de un proceso histórico-evolutivo normal, una fase más del andar humano en el mundo. Pero cómo duele, oh, sí, señor, cómo duele a quienes ven reducida su influencia y su poder. Es que, por supuesto, cualquier proceso de empoderamiento, en un mundo de ideas que valen por su concreción física, implica el "desempoderamiento" de los que ostentaban aquella rancia y aristocrática capacidad absoluta de (y aquí puede ser: gobernar, administrar, juzgar, matar).

El principal problema, y ésta es sólo una humilde opinión, es que la historia ha venido siendo escrita desde una perspectiva occidental, de raíces greco-romanas. Se cree, por tanto, que todo proceso de desarrollo debe tener como base el "buen vivir", entendido como el establecimiento de familias nucleares (y sólo nucleares) en cómodas casas urbanas, fortalecido por una educación sin perspectiva local (E, de elefante, J, de jirafa), basada en conocimientos acumulados tras siglos de investigación y exterminio de especies "inferiores". No olvidemos, claro, construir el centro de salud más cercano, salvoconducto de todo gobierno que busca ganarse el favor popular sin complicarse la vida. ¿Para qué instaurar la semilla del saber? ¿Por qué implementar costosos proyectos de desarrollo, si las personas quieren ver resultados inmediatos para las elecciones del próximo año?

Durante mucho tiempo, tal vez desde que dejamos de ser colonias, hemos sido "atendidos" por nuestros gobernantes con una actitud ambigua de "buena voluntad", sumada a una suerte de "decencia cristiana". Mientras tanto, importantes familias han seguido enriqueciéndose y, aún hoy, debemos soportar a cultísimas figuras públicas que, por televisión, piden respeto a su color de piel, apellido y nivel académico. Ellos llevan la "razón histórica". Los que pensamos diferente, a jodernos.

Ese punto de vista discriminatorio y malicioso, esa tendencia a diferenciar entre "artistas" y "artesanos", entre "cultura" y "folclor", a no medir y medirnos con la misma vara, pese a la procedencia nacional o racial (gran excepción el Inca Garcilazo de la Vega, aunque por decenios fuera presentado a la intelectualidad española con rasgos acriollados). Ese peso máximo aplicado a lo occidental, esa admiración ciega por lo "blanco", eso, eso es lo que ahora nos hace recelar de los levantamientos campesinos contra alternativas de desarrollo neoliberales, nos induce a llamarles "ignorantes", a acusarles de "terrorismo", de "narcotráfico", de todo lo malo (o feo) que se nos ocurra, porque estamos enfermos de prejuicios, porque tenemos miedo a nuestro propio pueblo, porque siempre es más fácil mantener el status quo, la sensación de crecimiento económico indiscriminado, en lugar de guardar silencio un momento y escuchar...



La Vieja Europa es famosa por sus excentricidades, por sus abusos y supersticiones, aunque ha presentado estos elementos al mundo envueltos en pan de oro, protegidos por la intangibilidad de la tradición. ¿Por qué no brindar el mismo reconocimiento a otras culturas?

...

Discutí hace un par de semanas con un colega de Piura, periodista él, acerca del último incidente relacionado con la resistencia popular a la explotación minera de la empresa Monterrico Metals. Me comentó, un tanto escandalizado, que los miembros de la Ronda Campesina habían instalado retenes de control de tráfico en diferentes áreas de la zona en conflicto, lo cual le resultaba ilegal, y que habían disparado a la policía con fusiles AKM (al parecer, el único tipo de armas militares al que suele tener acceso la población civil, por su repetida mención en los periódicos). "Eso es terrorismo", me dijo sin dudar y yo, tratando de mantener la compostura retórica (en honor a la amistad), respondí: "No, querido, eso no es terrorismo y ten mucho cuidado con escribir esas impresiones en tus reportajes. El terrorismo implica un uso sistemático del terror: asesinatos, secuestros, explosivos... Además, no estamos hablando de una organización ideológica, ni de un adoctrinamiento. ¿Somos tan soberbios como para no admitir que incluso las personas a quienes siempre hemos mirado por sobre el hombro y creído incapaces de 'razonar', pueden de pronto formular un argumento irrefutable y luchar? Dime..."

Sí, la verdad es que, muchas veces, somos así de soberbios (y ruidosos, y prepotentes, etcétera). Le pedí a mi colega una investigación semántica y otra jurídica, qué menos. Todas esas muertes y agresiones (y he dicho todas), merecen respeto y justicia. Lo que aún no consigo entender es la falta de sensibilidad y empatía de tantos compatriotas y autoridades: el sólo hecho de que comunidades enteras, acalladas durante décadas por la pobreza y el constante riesgo de discriminación, se organicen y levanten, ¿no debería llenarnos de alegría? ¿No es un paso importante en el desarrollo de nuestra democracia y una verdadera identidad nacional pluricultural?

Ay, los seres humanos son criaturas muy extrañas...

Little Junio goes to Prague (1)


Absinthe testing!

Hey, I said just test...

Oh, forget it!
You're a "poet", guy...

Confianza....

Para empezar, no tienen idea de lo que es protección de la propiedad. Te dejan por ahí a tus anchas, no te piden cantidad de documentos, como lo haría un buen empleado en Perú, ni te preguntan por tu nacionalidad, cuando creen que eres diferente al promedio.

Luego, hacen cosas estúpidas como dejarte vivir en sus casas mientras ellos están de vacaciones, o te pagan por llevarte a pasear a sus hijos y te invitan a comer en la mesa del patrón aunque seas la "chica de los recados domésticos".

Para mayor escándalo, en la biblioteca sólo te piden el DNI a fin de saber quién eres, pero no se lo quedan hasta que sales del edificio. Es decir, ya te puedes llevar todos los documentos que se te ocurran, ni siquiera se van a enterar.

¿Otra cosa por la que no me gustan los europeos? Esa confianza idiota en los bares (sobre todo en Bilbao) de no cobrarte nada por adelantado. Tú pides vino, cerveza, coges todos los pintxos que puedas imaginar, y los encargados te preguntaran A TI cuánto consumiste. ¿Te parece posible tal nivel de imprudencia? No, si yo alucino...

Lo que es peor, ya no en España (vale, País Vasco), sino más al norte: cuando entras al tranvía, o al metro, puedes hacerlo directamente, y a cualquier vagón. Nadie, PERO NADIE controlará si has picado tu ticket en alguna tonta máquina or something like this.

Lo más jodido, el motivo por el cual metería a todos los europeos en una cámara de gas: Hace dos días envié a mi madre, a través de WESTERN UNION, una humilde cantidad de euros desde Praga. Como esta gente del Este no tiene idea alguna sobre los "last-names" compuestos, pusieron los apellidos de mi progenitora como se les dio la gana y ahora la buena mujer no puede cobrar. Esta mañana permanecí DOS HORAS en una oficina de Pilsen (Republica Checa) tratando de arreglar el entuerto, y los amables eslavos no entendían una cuestión MUY BASICA: "Si tu eres la dueña de la plata, te conocen y tu madre tiene el código, ¿por qué no le entregan el dinero?"

Buena pregunta...

Pero no, no es ese mi real motivo de odio hacia los europeos, sino que tienen una extraña tendencia a engordarme... Es decir, no se dan cuenta de que creen, arbitrariamente, que siempre tengo ganas de comer los mejores platos de su ciudad y que tienen derecho a mantenerme a punta de delicias. ¿Qué les pasa? ¿No piensan en que una quiere estar delgada para el novio? Son unos desadaptados, no se enteran...

Ya para poner la guinda, que alguno te financie la mitad del pasaje a Munich. No, si son gente rara, no deberían existir, al carajo con ellos...

Puf...

A la próxima persona que me pregunte por qué me gusta estar aquí...

P.D: Me refiero solamente a mis amigas, amigos, y mis mejores experiencias en general (por si acaso)...

lunes, diciembre 21, 2009

de viaje

Hoy he iniciado un viaje dentro de un viaje más largo. En realidad, empezó ayer, cuando cogí el bus Bilbao-Madrid. Pero ayer fue día de despedidas, besos dulces, abrazos cálidos, los mejores deseos con un nudo en la garganta, que empiezan cada historia (porque cada historia, nos guste o no, empieza con una despedida).
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Anoche nevó. Afortunadamente, Madrid es seco. En Bilbao sería imposible no tiritar con el abrigo sobre la camiseta, sin chompa de lana enmedio. Aquí, aunque la temperatura es más baja, me siento a gusto. Ni siquiera el catarro se ha dado por aludido.
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Tal vez vaya al cine dentro de un rato, pausa merecida en el listado de asuntos por resolver, antes de tomar un avión, mañana. No he olvidado el pasaporte, a los "no comunitarios" no nos basta el DNI de extranjeros.
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Qué ganas de estar sola tengo hoy. Entiendo el motivo: cuando se avecina un vuelo, un traslado, un pequeño (o gran) cambio en el estado habitual, necesito concentrar mi atención en todos los detalles. Demando, por tanto, soledad. Pienso un poco y reconozco que sólo admito la presencia de mi madre o algún apreciado amante, si lo hubiera, pues en tales situaciones, la necesidad de alargar los minutos y matizar los futuros recuerdos le ganan a cualquier practicidad y/o misantropía.
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Debo comprar un medicamento que corte los síntomas de la gripe, no quiero tener problemas con los bávaros apenas aterrizar.
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También una tarjeta de llamadas internacionales, ya sabes, para hablar con la familia en navidad y cosas de esas.
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Fui al cine.

jueves, diciembre 17, 2009

Ay, esos bolis...


El asunto es el siguiente: estoy a punto de permitirme generar un oscuro prejuicio contra los bolivianos, a partir de una serie de juicios reales a los que he llegado en estos meses de convivencia con una pareja de cruceños.

No son mala gente, pero viven sobreviviendo en la ilegalidad y eso implica reducir al mínimo los servicios de habitación, por el máximo costo razonable.

La situación no es infrahumana, por cierto. Digamos que no vivo en un “piso-patera” y el lugar es bonito. Sin embargo, luego de haber compartido casa con españoles, manteniendo siempre relaciones democráticas y responsabilidades horizontales (pese a un par de neuróticas, para matizar), me vine a meter en una especie de “pensión universitaria”, donde los patrones son dueños del salón, la tele, y todos los servicios del lugar.

Es un negocio bastante usual: ellos consiguen un piso de tres habitaciones, por un precio “razonable” (dicen que 800 euros al mes, a saber) y subarriendan a dos o tres inquilinos, por 250 ó 300 euros cada habitación. Algunos llegan a meter hasta 10 personas y, aún así, el costo suele ser desorbitado. Afortunadamente, éste no es el caso.

Entonces bien, el moro, el joyero y yo pagamos, en total, 600 euros, con lo cual, los “dueños” cubren sólo el 25%, más los servicios.

Ahora, la “letra pequeña” del contrato:
  • El teléfono fijo es sólo del matrimonio.
  • El salón es territorio del matrimonio. Si quieren, pueden encerrarse días enteros. A veces “invitan” a pasar a los demás, pero se reservan el derecho a echarnos si, por ejemplo, quieren hablar por teléfono.
  • Tienen servicio de cable, teléfono e Internet, sin embargo, sólo encienden el WiFi cuando ellos quieren ver televisión. Los de la ONGD me dejaron un portátil tres fines de semana, para avanzar con mis diseños, y la doña me aclaró que “la habitación no se alquila con Internet”, que “el router gasta corriente y el ordenador también”. He de mencionar que ellos no tienen computadora.
  • No encienden la calefacción, porque dispara el precio de la luz. Recomiendan que “hay que abrigarse bien”.
  • Las habitaciones no vienen con sábanas, ni frazadas.
  • Pese a que los inquilinos “no debemos asumir el lugar como un piso compartido”, sí se nos exige apechugar y responder por las subidas de la cuota de la comunidad y los servicios.
Por cierto, no hay contrato, pues los dueños están aspirando a recibir ayudas sociales y no pueden registrar a otras personas en la vivienda que ocupan. Eso nos deja a los demás sin empadronamiento, por tanto, sin posibilidad de acceder a diversos servicios públicos a los que tenemos derecho por el sólo hecho de estar dejando el pellejo aquí.

Vamos a aclararnos un poco: la situación de los extranjeros no está para mezquindades y oportunismos, sino más bien debería animarnos a fortalecer lazos de solidaridad. El trato con los señores del piso no es malo, pero sí inestable, adaptable a sus intereses y conveniencias, según la necesidad. Y yo estoy un poco harta del discurso de “colaboración recíproca”, que no es sino un intercambio de favores, una especie de “te ayudo para que me ayudes”, “te sostengo y retengo con regalías, para que sigas pagándome puntualmente, mes a mes, pero no reconozco tus derechos más básicos”…

Se quejan de pobres y por sus manos circula mucho más dinero del que yo puedo haber tenido desde que llegué a Bilbao. Encargan joyas de 200 euros, compran mercadería, envían remesas de 400 euros a Bolivia, y no precisamente para mantener a la mamá enferma…

Como no es una “opresión sistemática”, puedo pasar los días con buen humor (y encender mi radiador de luz alógena 20 minutos cada dos noches, sin que se enteren, o tendré la culpa de la muerte de Jesucristo, joder). Pero he decidido, entre otras cosas, no hacer limpieza a profundidad de las zonas compartidas, sino sólo lo que ensucio… ¿O acaso en las pensiones universitarias la gente se pone de acuerdo para asear el baño común los fines de semana? ¿No se hace cargo de eso la casera? Pues lo mismo.
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Mientras no nos muramos de frío, todo estará bien (y ya queda poco).

El otro día le dije al joyero, también cruceño, que “nunca más en mi vida me metería a vivir con bolivianos”. Él, con paciencia y tolerancia, como corresponde a un buen cohabitante, observó que “no todos los bolivianos somos iguales, Angelita”, a lo que yo repuse: “¡Pero si así son ustedes, los de Santa Cruz, que se jactan de ser lo más elevado de su país, cómo serán los demás!”. Reímos.
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Buen tipo, el joyero, muy vivido. Es agradable conversar con él, salvo cuando se pone "clasista" y, al igual que el matrimonio, empieza a despotricar de “los collas”, esa “indiada ignorante” que ha reelegido como presidente al “indio bruto ese, que ni secundaria tiene”…

Homo homini lupus est
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Acotación necesaria:

Desde que llegué aquí sólo he tenido trato con una señora de los alrededores de La Paz, en el altiplano boliviano. Indígena quechua y portadora del mal de Chagas. Trabajadora. Asumió la noticia de su enfermedad con mucha tranquilidad (estábamos juntas en Médicos del Mundo) y su preocupación inmediata fue si acaso sus hijos tendrían lo mismo.

Hay gente para todo…

jueves, diciembre 10, 2009

Avatares...

Acabo de ver este trailer de una nueva película de James Cameron, Avatar. Seguramente será taquillera:


Official Avatar Movie

Pese a que el arte y el comercio no tienen fronteras (y este tipo de películas suelen ser una mezcla no siempre bien balanceada de ambos), me sabe un poco mal que Estados Unidos esté invirtiendo y promocionando filmes que atacan sus intereses económicos (y los del “mundo desarrollado”), tocando de manera directa los conflictos sociales generados por la sobreexplotación de recursos naturales, la expropiación de tierras y el exterminio étnico.

¿Qué pasa con el mundo? ¿Se ha declarado un jubileo internacional con perdón para todo el que se comporte de manera políticamente correcta? ¿Se querrán resarcir de lo que hicieron con los pieles rojas, y siguen haciendo con otras poblaciones a través de grandes empresas?

Actualmente, en nuestro planeta y fuera de cualquier ficción, comunidades indígenas vienen luchando desde hace muchos años por sus tierras. No son ni estilizados, ni azules, ni alienígenas, sino seres humanos de sangre roja, a quienes nadie dedica películas y más bien desprecian piadosamente con el mantra aquél de “son gente ignorante, manipulada por”…

Campesinos torturados en el año 2005 por las fuerzas de seguridad de la empresa minera Río Blanco Cooper, en la sierra de Piura (Perú).
La lista es muy larga. Se trata de hechos que no deben quedar soslayados por la superficialidad mediática. No es un juego.

martes, diciembre 08, 2009

Sumas y restas

El otro día un profesor del master nos preguntó si estábamos a gusto aquí. El colombiano respondió que sí, muy a gusto. Lleva poco más de un año en Bilbao y está por terminar su período de prácticas. Yo hice dos años hace pocos días. No contesté, sólo sonreí y me encogí de hombros. El buen hombre infirió, sin ser un genio, claro, que no estaba contenta. Entonces, agregó: “Pero aquí sigues, maja”. Es verdad, aquí sigo…

Permítaseme convertir un simple diálogo retórico en matemáticas:

1. Llegué en noviembre de 2007, para hacer un master, sin ningún tipo de beca, totalmente endeudada, pero aún ilusionada por haber conseguido vencer una serie de obstáculos, etcétera. Eso sí, a trabajar durante las mañanas, como buena clasemediavenidamenos, ¡que aquí nadie es hija de gamonales latinoamericanos, por dios!

2. En mayo de 2008 me comunicaron que mi destino de prácticas sería El Salvador. No tardé mucho en descubrir que:
f
  • Una sudamericana necesita visado para entrar en Centroamérica.
  • El trámite tardaría alrededor de 3 meses.
  • El centro de estudios donde hice el master me daría todo el apoyo moral del mundo, nada más.
  • No tenía dinero ni tiempo para perderlo en más papeleos (no volveré a contar la triste historia de la seguridad social para estudiantes).

3. Decidí irme a Perú a hacer las prácticas y, por ganas de no sentirme tan frustrada con eso de no tener libre tránsito en mi propio continente, y con intención ilusa de volver a ver a un chico con quien, por entonces, tuve un amago de romance, planifiqué las cosas de la siguiente manera: me voy 3 meses de prácticas a Perú y luego termino el proceso en Pamplona, de modo que tendré tiempo de buscarme un trabajito que me permita ir haciéndome de un ahorro y pagar deudas.

Digamos que este punto 3 es el único del cual tengo total culpa y, lo admito, fue una soberana estupidez.

4. Ya en Perú, fue difícil evitar la tentación de volver a entrar a Europa, pues tenía permiso de ingreso y pasaje (cortesía, eso sí, de una beca). En ese momento me sentí como se hubiese sentido cualquier personita común y corriente de un país del Sur, ante la posibilidad de buscar fortuna en el “primer mundo” (traducible a "hacer un doctorado"). Fui así de básica, así de ciega y así de impresionable. Y es que, a fin de cuentas, ¿qué soy si no una personita común y corriente de un país del Sur?

5. Al volver debí terminar mis prácticas, no remuneradas. Afortunadamente, unos buenos amigos de Pamplona me adoptaron durante 3 meses y mis colegas de la oficina encontraron el modo de compensarme de a poquitos mi esfuerzo y atención. Ya por entonces, mi cuenta bancaria estaba totalmente vacía y vivía de convites, como corresponde a una mujer independiente de 28 años, con estudios superiores, perdida por el mundo.

6. En Bilbao, a partir de enero de 2009, empecé a trabajar en una empresa pequeña. Debí hacer cosas para las que no estaba preparada: secretaría y administración de la oficina, más algunas labores de Marketing. Rechacé el Marketing como opción laboral por principios, allá en mis años universitarios. Y no tengo vocación de secretaria, lo lamento, soy una inútil para eso, demasiado compromiso, prefiero limpiar culitos.

Me fue mal allí. Por una serie de cuestiones personales, comprendí que no era un lugar apropiado para mí, pero traté de disuadirme y darme ánimos. Sin embargo, sucedió que:

  • Los primeros días de junio sufrí una crisis de ansiedad suficientemente fuerte como para tumbarme en la cama. Me pasé el día llorando, ahogándome en taquicardias y miedo, hasta que mi red de apoyo decidió llevarme a Madrid. Hecho. Pasé ahí una semana y volví decidida a dejar mi trabajo (y, con él, Bilbao).
  • Desde Madrid contacté con mis colegas de Pamplona, quienes en cuestión de días me ofrecieron un trabajo, bajo las siguientes condiciones: “Hacerte cargo de temas de proyectos y comunicación, jornada completa y, ya lo sentimos, pero no podemos ofrecerte más de 1200 euros netos”.

Había estado ganado menos de la mitad, con disponibilidad casi exclusiva...

7. Segundo craso error: me quedé en Bilbao, por un aumento de sueldo (siempre menos que en Pamplona) y ganas de terminar lo empezado… Tardé sesenta días más en largarme definitivamente, sin finiquito ni reconocimiento alguno. El sólo hecho de irme me convirtió en blanco de críticas, acusaciones e insultos.

De todos modos, me gusta haberme atrevido a romper una relación que me hacía daño… Pero claro, me quedé sin trabajo y con ahorros que me sostuvieron los meses de setiembre y octubre, más algunos ingresitos (150 euros o así) por diseñar carteles. Sí.

8. A diciembre de 2009, tengo 0,53 euros en mi cuenta bancaria usual, 300 en una a plazo fijo (que ya estoy por asaltar) y 100 euros en mi mesa de noche: 50 que me han sobrado de un pago y 50 que me dejó el pelirrojo, por si las moscas. Debo agregar que él, Ernesto y mis padres adoptivos de Pamplona me han ayudado a pagar habitación, comida y metro los meses de octubre y noviembre, y mencionar a mis amigos de la ONGD de Santutxu, por su compañía, apoyo, almuerzos comunitarios y vicios varios.

Así las cosas.

En este preciso momento me encuentro a la espera de un par de pagos más, grandes, por el diseño de una revista. Si todo sale bien, también haré algo en enero y entonces podré comprarme el billete de regreso a casa (mi permiso de residencia vence en febrero). Para entonces me darán el título de “Master universitaria en alguna cosa de esas modernas”, o sea que el ciclo quedará cerrado por completo. Me vine a hacer un postgrado, regreso con el cartón…

Entenderán entonces que no era fácil responder a mi profesor, pues la simple y única frase que se me ocurrió antes de decidir encogerme de hombros, no habría valido toda esta historia: “Sí, aquí sigo, porque he hecho malas gestiones y no tengo un duro para volver”.

Y agregaría en silencio: “Además, hay personas de las que aún no me quiero despedir, porque sé cuánto las voy a extrañar”…

viernes, diciembre 04, 2009

Charla en Bilbao

Tal parece que Lucía se está consolidando como “la chica de los carteles”. De algo hay que vivir, ¿no?

En todo caso, me gustaría invitar a todas las personas interesadas en temas internacionales y Derechos Humanos a esta charla, organizada y dirigida por colombianos implicados en luchas sociales contra la impunidad del actual gobierno de su país, y algunos refugiados.

Es sobrecogedor el modo en que las víctimas, hijos e hijas de víctimas y demás protagonistas de constantes violaciones a los derechos fundamentales, relatan estos hechos y, lo más importante, siguen en pie. Recomendable acercarse a esta realidad sin un televisor de por medio:
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jueves, diciembre 03, 2009

Acerca de mujeres prepotentes y hombres con síndrome premenstrual

Mi intolerancia a la “espontaneidad” se está haciendo crónica. Cosas claras, por favor. Pero claras de verdad, es decir, no sólo dichas a la cara, así, a lo bestia, sino previamente analizadas. Momentos malos los tenemos todos (y todas), pero hacer de la susceptibilidad una característica inherente de la personalidad, no es sano. Ni sano, ni respetable.

Soy una llorona incontenible. Y B hace mucho ruido cuando come. Y C no es persona hasta el café de las 10 a eme. Y D, a sus treinta y pocos, no puede quedarse quieta en un solo lugar, sigue buscando “su sitio”. Pero puedo confiar en B, C y D porque sé que practican un afecto estable, y que, si se enfadan por alguna acción u omisión, ya se les pasará. No van por la vida exigiendo pruebas épicas de amistad.

Hace un par de años, antes de venir a Bilbao, peleé con un buen amigo. Buena gente, pero sensible hasta los testículos y, cual nene malcriado, un día decidió “no hablarme nunca más en la vida” porque no pude quedar con él y su novio apenas volví de Cuzco. Exceso de compromisos, creo que alegué. Y cierto fue, claro, pero olvidé un detalle importante: la administración de su tiempo, las cosas que, para verme, había dejado de hacer. En fin, organización interna.

Así, odiándome desde el fondo de su corazón, me envió un par de e-mails purgantes de esos donde se dice todo lo que nos tiene traumatizados desde la primera infancia, en plan “me he dado cuenta de la clase de persona que eres”, “después de todo lo que he hecho por ti”, etcétera.

Por fortuna, su novio de entonces no acató la postura de su ofendida pareja y pasó una tarde de compras conmigo…

¿Qué hacer? El proceso siempre es el mismo, aunque el tiempo de cada etapa (y su calado) disminuyen conforme se gana experiencia:

Primero: el “shock”. En definitiva, uno nunca espera un mensaje cargado de insultos, acusaciones, juicios y cobro de favores, mucho menos de una persona querida. Ahora bien, tampoco me voy a hacer la inocente: yo sabía que lo había plantado y le ofrecí disculpas sin dramatismo (esta manía de algunas personas de confundir sequedad con soberbia, carajo) y me esperaba un reclamo justo, mas no cantidad de adjetivos intolerables, comprensibles sólo cuando hay cariño (y paciencia, paciencia).

Segundo: la rabia. ¿Quién se cree este huevón para decirme tales cosas? Es evidente que, ante una agresión, nos defenderemos casi instintivamente y con pleno derecho, sobre todo si no tenemos la voluntad sometida o padecemos de una dudosamente digna humildad (mansedad, creo que le llaman).

Tercero: el complejo de culpa. Pasado el shock y la ira, una empieza a preguntarse si acaso no ha hecho algo realmente malo, demoníaco, que la ha convertido en merecedora universal de todas las acusaciones formuladas por el amigo, que es amigo a fin de cuentas y algo de razón tendrá, ¿no? Empiezan repasos enfermizos e interminables de las acciones de los últimos días, a dónde fui, qué comí, qué pude comentar, con quién, para qué, a dónde va a llegar el mundo como está y la gallina de los huevos de carbón.

Este es el preciso momento en que socializamos el asunto con otros amigos, porque claro, ellos han de tener motivos para querernos y nos dirán si acaso hemos mutado realmente en una criatura monstruosa e insensible. El diálogo seguirá un orden ya determinado: se compartirá el suceso (indignación recíproca), se hablará de las cualidades de la receptora de los insultos y, por último y con calma, se empezarán a analizar los motivos por los cuales el emisor ofendido ha escrito lo escrito, considerando, por supuesto, cualquier situación personal agravante, del tipo: estaría en un mal momento, habrá tenido un día jodido en la oficina, le estará por venir la regla (a estas alturas, aplicable a machos y hembras), se le moriría la abuelita, qué sé yo.

El cuarto momento resulta crucial, pues es cuando decidimos lo que vamos a hacer. Aquí ya entra en juego la personalidad de cada quién. En mi caso, reluce una carta desfavorable: cuando alguien me ha insultado y me ha hecho daño, y no considero que los motivos sean coherentes con la magnitud de su reacción, me alejo, el orgullo puede conmigo.

You labeled me, I’ll label you (So I dub thee unforgiven…)

Cuando las personas nos “hacemos públicas”, cuando decimos lo que pensamos y sentimos, nos exponemos de manera irremediable al juicio y la valoración. Una acción siempre genera reacción y los seres humanos tendemos a opinar, aunque no nos hayan preguntado, sobre todo en sociedades donde lo más importante no es escuchar, sino hacerse oír.

El quinto momento no tiene lugar, ni palabras. Es la espera, es el tiempo que debe pasar para que las heridas se curen y las personas, si se quieren, se perdonen. Esa espera es necesaria y sana y, en la lejanía, ayuda a que cada parte implicada en el conflicto se tranquilice y valore con calma al “amigo perdido”. Creo que está permitido ponerse en todas las situaciones, buenas y malas, para valorar. Las relaciones fuertes no se diluyen a causa de un único conflicto, por más que éste haya hecho doler. Al menos, es así desde mi experiencia.

El amigo sincero no aprovechará la distancia para destrozar la imagen del otro, por ejemplo, ni utilizará las debilidades del colega, conocidas y reconocidas gracias a la cercanía y la confianza, para hacer daño. Si alguno de los individuos hace tal cosa ya no con dolor, sino con premeditación y alevosía, deberíamos agradecer al cielo todo lo ocurrido: siempre es bueno deshacerse de afectos que no merecen la pena.

Hace unas semanas conversé por teléfono con ese chico que había prometido no hablarme nunca más en la vida. Se le pasó la rabia algún tiempo después, tardó varios meses en animarse a escribirme y, cuando por fin lo hizo, fue bien recibido. Después de todo, lo quiero.

La verdad es que extraño muchísimo a mi gente de allá…

Esta temporada he pasado por dos conflictos similares al que montó el colega de Perú, con dos mujeres a las que siempre tuve por maduras, respetables y, sin duda, mejores personas que yo (los cronopios somos ingratos por naturaleza). Respetables siguen siendo, el concepto de madurez es discutible y no volveré a situarme debajo de nadie, por un demonio, que para ángeles en la tierra, mi mamá y pocas más.
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A veces me siento cansada...
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¿La gente puede llegar a comportarse del modo en que la tratan? Sí.

Y la gente tiene que trabajar.

domingo, noviembre 29, 2009

Malditas canciones, Nº2: La chica de Málaga

Tengo un reproductor digital de música. Mi primer reproductor digital de música, por cortesía del pelirrojo. Hasta hace pocos meses usé discman y, dicho sea de paso, anduve con walkman hasta que mi hermano lo rompió, hace un par de años. Y ahora tengo un aparatito pequeñito, pequeñito, que hará más llevaderos mis traslados de un punto a otro de la ciudad.

Me lo trajo ayer por la tarde, con algunas canciones y bandas sonoras grabadas. He de mencionar cierta afición común por Tarantino, lo cual nos llevó, como quien no quiere la cosa, a la versión modernizada de una vieja ranchera cargada de amor y melancolía, conocidísima, ya clásica: La Malagueña (o Malagueña Salerosa).

No puedo dar fe de la primera vez que la oí, pues seguramente mis padres la habrían escuchado cuando yo estaba en la cuna. Pero sí sé en qué momento la identifiqué y reconocí: hace bastantes años, durante mi pubertad, en la voz indefinida y vulgar de un jovencito argentino llamado Pablito Ruiz, en versión pop simple para adolescentes.

Reconozco que compartí, en su momento, la euforia colectiva de mis coetáneas, presa de los desbarajustes hormonales propios de esa época, reforzada por el marketing mediático que rodeaba a aquél muchachito encantador, ídolo de masas sin siquiera haber acabado de ganar estatura… Para que luego no se diga que la vaca no recuerda cuando fue ternera.

Gracias a la red del vecino, pudimos buscar el dichoso vídeo en concierto y comprendí, quizás por los años, la indignación que mostró mi progenitor ante el atentado cultural contra una canción que merecía respeto. El buen hombre, en su afán por hacer de mí una mujer de criterio agudo y esnobista (sí, fue su culpa), me sentó un día en un sillón de la sala y me hizo escuchar, repetidas veces, la versión ranchera de La Malagueña, explicándome por qué ésta tenía mejor calidad interpretativa e instrumental que el bodrio del Pablito Ruiz ese, pobre chico, no tiene la culpa, allá los padres y demás adultos sinvergüenzas, etcétera.

Recuerdo que me sobrecogió. La encontré triste, no me sonaba en absoluto a una canción de amor, porque claro, a los once o doce años pocos seres humanos tienen la mala suerte de percibir dolor en el amor. Mi padre hubo de aceptar mi observación: “Ya, pero la de Pablito Ruiz es más alegre”. Sí, pues, era más alegre.

Diecinueve años depués, puedo agregar: "Y también mala, muy mala". Sin embargo, me recuerda una época bonita y eso le brinda amnistía. Aquí está, con toda la desfachatez de mi corazón (¿a qué está graciosito el mocoso?):

Y ésta versión fue la que me hizo escuchar mi padre:

He pensado, respecto a esto, que así como el sentido del gusto se afina con la edad, ha de suceder lo mismo con el oído. Cuando somos niños apenas podemos tolerar sabores agridulces, sin embargo, cuando vamos creciendo notamos cómo, poco a poco, introducimos variaciones. Yo he sentido esa misma apertura gradual con la música, aunque la apreciación de este arte tiene como condición indispensable el aporte espiritual que nos vaya dando la experiencia.

A los once años, la Malagueña ranchera era triste y me provocaba una punzada en el pecho que no comprendía y sólo podía rechazar. Hoy por hoy, puedo disfrutar esa tristeza, decorarla con palabras y colores. Pienso en los niños que nacen y crecen rodeados de melancolía, de letras dolorosas cargadas de significado, y se me ocurre que deben hacerse adultos muy rápido. ¿Podríamos hacer un análisis sociológico que relacione el nivel de desarrollo y la idiosincrasia de una comunidad, con la música que producen y escuchan?

Por cierto, y esto surgió de la conversación con el pelirrojo ayer, mientras nos reíamos de mí y mi afición por Pablito Ruiz: ¿Por qué la música pop dirigida a púberes y quinceañeros es tan sosa y de mala calidad? ¿Será que la industria (administrada por empresarios adultos, claro está) se empeña en atontarles? ¿O es que directamente se parte del prejuicio de que a esas edades las personas somos naturalmente estúpidas? A tener cuidado con generar círculos viciosos, pues no debemos olvidar que, muchas veces, los seres vivos nos “hacemos” como se nos trata.

Aquí la versión por-rock Siglo XI, utilizada por Tarantino en Kill Bill Vol. 2:

Y una "lírica", interpretada por Plácido Domingo, que hay para todo:

domingo, noviembre 15, 2009

Cuestiones semánticas (y culturales)

En la cocina

Lo primero que hice al descubrir que todos los paisanos de mis caseros repetían el mismo error semántico al atribuir adjetivos calificativos a la comida, fue descartar la sinestesia. Salvo, claro, que todo un colectivo de bolivianos cruceños* (que quede claro**) padezca de alguna variedad de sinestesia colectiva cuya existencia, hasta el momento, he ignorado.

El caso es que desde que llegué a esta casa, a propósito de la preparación de alguno de mis menjunjes peruano-españoles, me han estado preguntando “oiga, ¿y ese plato es lindo?”. Las primeras veces miraba el plato para tratar de adivinar por qué querrían saber si estéticamente cumplía con los parámetros de belleza establecidos en alguna convención internacional sobre modelos, anchura y colores de platos de loza barata, pero al poco tiempo noté que no se referían al continente, sino al contenido. Mejor dicho, el buen hombre o la buena mujer me estaban preguntando si la comida tenía buen sabor.

No quise razonar sobre esto una noche en que se pusieron a discutir sobre frutas hermosas…

Sin embargo, desde que he oído hablar a los señores de casa me he venido preguntando si acaso yo misma he usado los adjetivos adecuados para calificar el sabor de una comida. Lo normal, como buena peruana costeña apitucada, es decir que “¡Todo está buenaaaazo!”, pero ya no me quedaba muy claro si esto, pese a ser menos chocante que “lindo” para caracterizar pimientos al piquillo o lentejas cocidas, era correcto. Así que me metí a la página Web de la Real Academia Española, y hallé lo siguiente:

Apetecible. 1. adj. Digno de apetecerse.
Bueno, a: 3. adj. Gustoso, apetecible, agradable, divertido.
Delicioso, sa. 1. adj. Capaz de causar delicia, muy agradable o ameno.
Exquisito, ta. 1. adj. De singular y extraordinaria calidad, primor o gusto en su especie.
Sabroso, sa. 1. adj. Sazonado y grato al sentido del gusto. / 2. adj. Delicioso, gustoso, deleitable al ánimo. / 3. adj. coloq. Ligeramente salado.

Por cierto, ningún significado de los adjetivos “lindo” y “hermoso” corresponde a una percepción del sentido del gusto, por tanto, no sería semánticamente correcto utilizarlo para definir un sabor. Pero en fin, dicen que el lenguaje es de quien lo habla y se reinventa con el uso, ¿no? No obstante, tampoco está bien exagerar.

En el “Subway”

Iba yo en el metro, tratando de terminar de leer La Caverna, cuando noté que un muchachito se acercaba más y más a mí. Pensé que le interesaba saber qué libro llevaba, pero al detectar un profundo olor a alcohol, me dije no, ni hablar, éste va a empezar a hacerse el interesante, puf.

Dejaron dos lugares vacíos en una parada y me senté. Él hizo lo mismo, a mi lado, e inició la conversación sin ninguna vergüenza, con una frase que podría haber sonado profunda e inteligente en otras circunstancias, a saber: “Veo que disfrutas de las novelas románticas”. Lo miré con todo el desprecio que merece un ser humano tan erróneamente osado, pero de inmediato esbocé una tolerante y educada sonrisa, culpa de mi padre y sus lecciones de respeto a la humanidad***, que el jovencito interpretó, cómo no, como una invitación a seguir hablando.

Soporté así unas cuarenta paradas (muchas más de las que tiene el metro de Bilbao, en circunstancias normales) hasta que pude levantarme de un salto y decir “¡Esta es la mía, aquí me bajo!”, manifiesto de libertad que fue seguido por un amenazador “¡Te acompaño!”, un cortés “no es necesario” y un definitivo “no me cuesta nada, vamos”. Vamos, pues.

Habíame confesado el cruceño (sí, también) que gustaba de escribir poesía y tuvo a bien detener mi paso y, con su cara muy cerca a la mía, empezar a declamar una que, según él, escribió pensando en que alguna vez me encontraría y yo, claro, notando a cada palabra que se la estaba inventando en ese preciso momento, ¡por favor, Dios, mátame ya!

Y ocurrió el milagro. Mejor dicho, ocurrió que se me acabaron, al mismo tiempo, la paciencia y la buena educación, efecto retardado detonado por una simple, anticuada y melosa frase: “Tanto tiempo esperando por ti, hermosa doncella”. Fue acabar de decir la palabreja y a mí darme el ataque de risa sin poder parar, y él “¿Qué es tan gracioso?”, y yo “¡Lo de doncella!”, y él ¿Qué tiene?, y yo: "¡Que ya no se me puede llamar doncella!", y él, ya notablemente enfadado “¡Será acaso que a ti te falta mucho para llegar a ser una doncella!”, y yo, recobrando la compostura y dándome cuenta que la cosa no iba a llegar a ningún lado, le di dos besos, un abrazo, le agradecí el poema, ofrecí disculpas, las buenas noches y me largué a casa, dejándolo abandonado en medio de la plaza Unamuno, a las tantas de la madrugada.

¿Dudas? Veamos:

Doncella. (Del lat. vulg. *domnicĕlla).
1. f. Mujer que no ha conocido varón.
2. f. Criada que sirve cerca de la señora, o que se ocupa en los menesteres domésticos ajenos a la cocina.

No añadiré más comentarios.

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* De la región de Santa Cruz.
** Digo “que quede claro” porque he notado que a los bolivianos “cruceños” les gusta dejar sentada la diferencia cultural y racial con respecto a sus compatriotas del altiplano, a quienes suelen llamar, a veces despectivamente, “collas”.
*** Frase de mi padre, regañándome: “No te rías de la ignorancia de los demás, pues hasta la persona más humilde será capaz de enseñarte algo que tú no sabes”. Ay…

viernes, noviembre 13, 2009

Para Sophia (o "la crisis de los casi 30")

He estado pensando en unas cuantas tonterías, como que en el bar de la esquina siguen poniendo la música que me gusta y me estoy pasando con las cervezas, sin ser alcohólica, aunque lo peor del vicio no es lo que cuesta sino que engorda. Por cierto, he dejado de fumar y descubrí que mi nuevo “personaje símbolo” de manías otakus es nada menos que la atractiva Misato Katsuragi, por unas cuantas coincidencias contundentes:

  1. Tiene 29 años.
  2. Es económica y laboralmente independiente.
  3. Es buena profesional, en su especialidad.
  4. Es hermosa (modestia aparte, aunque no comparto su voluptuosidad, yo soy del tipo “planita”).
  5. Cena cerveza.
  6. Tiene una extraña tendencia a fijarse en chicos menores que ella.
  7. El Complejo de Electra (por un padre muerto, por supuesto) no le ayuda mucho a consolidar relaciones con hombres mayores que ella.
  8. Tiene espasmos de inmadurez que la meten en más de un lío.
  9. Casi siempre está riendo.
  10. Es depresiva.

Sólo me falta una mascota, un amante pasional y ganar suficiente dinero para pagar un mini apartamento. Sin embargo, veo que si las cosas siguen así, no podré…

Por cierto, yo soy ésta:

Y he pensado en muchas tonterías últimamente, porque así no me entero de las cuentas atrasadas y de que esta temporada me corresponde pagar las consecuencias de una serie de decisiones precipitadas tomadas durante los últimos meses. La primera: volver a Bilbao. La segunda: tener miedo de perder lo poco que tenía.

El gran jefe suele cantarme una canción repetida y cansona, que va algo así: “Es queeeee contigo la verdad es que no se sabe qué va a pasar y no generas sensación de seguridad”. Sé que lo dice porque padece de incontinente honestidad, pero a veces peca de ligero.

Y es que no soy inestable, aunque acepto que durante los últimos meses he dado esa imagen en determinados entornos, sobre todo en aquellos relacionados con personas que han ejercido algún tipo de presión sobre mí, para condicionar mis decisiones. No niego, sin embargo, que fue culpa mía la primera mala elección, pero no por eso estoy apestada, ni soy “un riesgo”.

Conversé con una buena amiga de Pamplona hace un par de meses, cuando apenas había renunciado a mi trabajo y la exjefa me dijo que, al “contratarme”, sabía que yo en algún momento querría irme a mi país y no me importaría dejarla tirada.

Ante ese comentario y mi estúpida tendencia a sentirme culpable por todo, mi colega respondió: “No creas eso, no pienses eso. Cualquier persona, española o extranjera, puede dejar un trabajo por diversos motivos. Y tú eres como cualquier otro ser humano, con esa misma libertad, vengas de donde vengas”.

Hasta ese momento no se me había ocurrido pensarlo así y tal reflexión me ayudó a descubrir una serie de posturas generalizadas, acerca de contrataciones y relaciones laborales entre nacionales y extranjeros. Quiero destacar aquí una actitud por demás insana, que consiste en creer y hacer creer al empleado que al otorgársele un puesto de trabajo se le está haciendo un favor. A eso habría que sumarle un detalle importante (y detonante): si el contratado se encuentra en una situación “difícil”, que implica riesgo de discriminación, la autopercepción del contratante llegará a rozar con la magnanimidad.

Da igual en qué circunstancias me fui, los motivos que me llevaron a tomar esa decisión y lo que ocurrió después. El asunto es que me atreví a romper una relación que me hacía daño, no sólo emocionalmente, sino también moral y económicamente. A los 29 años, con una carrera bien hecha y un puto master de los cojones, no se puede andar de “practicante” por la vida, ganando 500 soles mensuales (en equivalente valorativo y pagando alquiler, comida y remesa) y currando incluso sábados, si fuera necesario, gracias a una ventajosa condición inicial “sugerida” por la empresa, de palabra, claro, todo de palabra…

No podría afirmar que hubo mala fe, pero así como se desliza la serpiente de la caridad en estas relaciones entre “superior e inferior”, también se ha de colar la conveniencia. ¿Por qué no? En tanto seres humanos, tenemos todo el equipamiento necesario para obrar mal. De modo que un día me cansé de que me traten como inmigrante y de tener miedo a no tener un duro, pasé por alto cualquier compromiso y gratitud, y aquí me tienen, reivindicada, libre y sin un duro, pero con trabajo y posibilidades.

Sin embargo, sigo cansada de que me traten como inmigrante, por ello estoy pensando seriamente en volver a casa cuando termine algunos encargos providenciales, que no han dejado de salir.

Esta mañana, conversando con una compañera de la oficina, me oí decir lo siguiente: “El gran jefe insiste en que yo debería hacer “lo que sea” para quedarme. “Lo que sea” implica trabajar en cualquier cosa. Cualquier cosa incluye limpiar casas y culitos. Hace un año y medio limpié casas y culitos, esos trabajos fueron una bendición. Sin embargo, luego de acabar el master, vivir lo que he vivido, gastar lo que he gastado y ver cómo mis compañeros del master consiguen buenos trabajos y yo tengo que agradecer migajas por “mi condición de inmigrante”, pues… No, cariño, no voy volver a limpiar casas ni culitos bilbaínos”.

Quiero dejar algo claro: no menosprecio la hostelería, ni el cuidado de personas. Necesidad es necesidad y se me dan bien los niños y los viejitos. Claro, de mejor ánimo haría estas cosas en el UK o en Alemania, pues me pagarían tres veces más que aquí y, en compensación, practicaría inglés y/o aprendería alemán.

Pero en Bilbao, me niego. Y si esto es soberbia, que se me castigue por ello, pero me niego… Por ahora, a saber si luego me toca hacer cura de humildad…

Entonces bien, ¿qué quiero? Quiero vivir en un sitio pequeñito, pequeñito, donde nadie me ponga carteles –con faltas de ortografía- si no lavo los platos de la cena. Quiero no tener que compartir mi habitación con un taller de joyería ni soportar a inquilinas con neurosis varias. Me gustaría, en verdad, tener un sitio que pueda decorar a gusto, con un tocadiscos de aguja, un librero y un sofá remendado de Emaús. Y una gata, quiero una gata. Y, si no es mucho pedir, un compañero. Sí, un compañero, ¿por qué no? Quiero lo que quiere cualquier ser humano, lo que querría el negro que vende discos pirateados en la esquina, y conseguiría si pudiera permitírselo, aunque los blancos piensen que “las personas más sencillas y buenas se conforman con poco”. Ay, qué poco saben los blancos…

De todas maneras, y como primer paso, debo intentar salir de este círculo vicioso que ni siquiera consiguen comprender las personas más cercanas. No llegan a pensar, por ejemplo, que si alguien me dice: “quédate conmigo, te quiero”, yo podría buscar la forma de. No pueden imaginarse que si consigo un trabajo interesante, con un sueldo decente, podré pagar ese lugar chiquito, con los discos y la gata. No, y pocos están dispuestos a proporcionarme oportunidades (que incluyan invertir en trámites administrativos para un contrato de trabajo, más un sueldo justo) o amor “en serio”, porque no doy “imagen de estabilidad”, porque conmigo nunca se sabe, porque esto y aquello.

¡Y una mierda!

Entonces, ¿qué puedo hacer yo? Pues, por lo pronto, imaginar que ese lugar existe precisamente donde estoy, que es mis cinco metros cuadrados, y esperar el momento en que pueda dar un respiro de alivio, caer rendida en un sillón y decir: por fin en casa, la casita que puede estar justo al lado de donde vive mi madre, en la cima del Huascarán, en Huancavelica, Cusco o el Pirineo francés, qué más da.

El caracol ha aprendido a llevar consigo su propia estabilidad. El caracol está aprendiendo a estar solo (salvo, por supuesto, la gata).

Algunas personas nacimos con este sino, y es que ser un “culo inquieto”, sin dinero y con responsabilidades, como que no pega mucho, no va…

En fin. Pufff, por fin ha salido. Por fin.

lunes, noviembre 09, 2009

Malditas canciones, Nº 1: Mi padre y el tecno alemán

A veces basta un sonido para atraer recuerdos gratos, basados en una composición de imágenes fijas que, una junto a otra, consiguen reproducir movimientos, olores, melodías, sabores, sentimientos exactos, sonrisas, lágrimas.

En estos días, a propósito del vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, oí en algún documental las primeras palabras del famoso discurso de Jhon F. Kennedy, el 11 de junio de 1963: Two thousand years ago the proudest boast was "civis romanus sum" Today, in the world of freedom, the proudest boast is "Ich bin ein Berliner".

La frase trajo a mi memoria, de inmediato, una canción traspapelada entre muchas otras canciones amadas y voluntariamente “olvidadas”, City of Night (Berlin), de Peter Schilling.

Al principio resulta lenta, con un dramatismo, desde mi punto de vista, poco conseguido, aunque la sensación de persecución que marca el punteo de guitarra constante permite entrar en un coro que cambia de clave y compás, dando lugar a una melodía nostálgica y entrañable, suave como una canción de cuna, triste como la muerte de un ser amado, rítmica como un poema popular (Berlin, city of night, you sleep between the East and West, along the left and right…)

Aquí, el audio:
(Por favor, intenten ignorar a la señora punk del inicio, es que era eso o un vídeo de fotos de turistas latinoamericanos por la capital alemana, con la canción de fondo).


Sé que mis amigos de izquierda considerarán este post un tanto “reaccionario”, por citar el discurso de un presidente “imperialista”, contrario a los intereses comunistas de aquella época. Pero no es necesario ser una roja recalcitrante para observar el mundo con espíritu crítico y respetar el valor de la vida y la dignidad.

En todo caso, esta canción significa para mí algo bien distante a la política internacional: una vez, a los diecisiete o así, peleé con mi papá y nos dejamos de hablar. Pasó algo más de una semana y no sabía qué decir o qué hacer para acercarme y ofrecer disculpas, asegurándome de que no hubiese “represalias” de su parte (que de alguien he heredado la cabezonería).
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En esos días tristes andaba, cuando en medio de una práctica universitaria de Comunicación Radiofónica, encontré en el archivo musical del profe Quique un casete original de Peter Schilling, el album “The Different Story (World of Lust and Crime)”. Supe en ese momento que contaba con la herramienta adecuada para ablandar el corazón paterno y asegurarme un diálogo fluido, abrazo, besito y lagrimitas de alivio. Hice una copia de la dichosa cinta y se la llevé a Valverde como obsequio de buena voluntad, para hacer las paces.
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El resultado fue totalmente positivo y es por eso que, hoy por hoy, en Bilbao, más de diez años después, oír decir a Kennedy “Ich bin ein Berliner" me recuerda ese episodio de reconciliación con mi papá, un retazo colorido de esta vidita mía llena de remiendos y berenjenales.

Y a propósito de muros y vergüenzas humanas variadas, acabo de diseñar un cartel para promocionar charlas sobre el boicot académico a Israel, que toda Europa debería acatar si desea luchar de manera efectiva contra la represión a Palestina. Eso, entre otras cosas (una política exterior coherente ayudaría, pero ya se sabe que con presidentes, grandes empresarios y diplomáticos no se puede contar para estos fines).

Le he dicho al gran jefe que observe con detenimiento mis propuestas gráficas. Yo no soy de manifestaciones, se me da muy mal gritar arengas y llevar pancartas, me pongo mala, no sirvo para estas lides. A mí me va mejor con el trabajo oculto, ya lo he dicho antes, “el poder del poder en las sombras”. La labor de hormiga o de ratón. En fin, en esto también soy principiante. A ver qué tal:
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jueves, octubre 29, 2009

Ya que hablamos de "derechos"...

He recibido información a través de Youtube y diversos medios digitales, acerca de las diferentes reacciones de mi pueblo frente al Decreto Ley por la despenalización del aborto. Ahora mismo sólo puedo pensar “fuera de contexto”…


Niños con hambre...

Niños "víctimas colaterales" de bombardeos israelíes, en Palestina.

Niños-soldado, en la RD El Congo, realidad no tan lejana de lo que ocurre actualmente en Colombia, o sucedía en Perú (ahora que lo pienso, siguen alquilándose niños para la producción de PBC en la triple frontera Cusco-Puno-Madre de Dios).

Niños que corren el riesgo de morir de frío, en el altiplano peruano...


Los Derechos Humanos de estos niños tampoco fueron respetados, ¿esto ha motivado protestas tan descarnadas, a todo nivel? ¿Quién llama “pecadores” y “asesinos” a quienes dejan morir de hambre y frío a seres indefensos? ¿Quién condena a los señores de la guerra y se esfuerza por destruir las mafias de cuello blanco que hay tras el negocio armamentista mundial? ¿Acaso Dios también castigará a los culpables de todo esto?

Ojo: no considero en absoluto que el aborto solucione estos problemas sociales, sólo me dedico a descubrir muestras públicas de doble moral, aderezadas por la conveniencia de lo inmediato. No hay duda, los humanos somos de lo mejorcito que hay…

sábado, octubre 24, 2009

Muñeca

La dejé porque era fea, aunque tal vez sea correcto decir que se hizo fea poco a poco, que se afeó, lo cual le haría cierta justicia: no es fea, pero cuando decidí dejarla, todo lo bello que vi en ella al principio había desaparecido. Tal vez, debido a las circunstancias, ella atravesaba un momento feo que, valga la redundancia, la afeaba. O acaso yo empecé a ver reflejada en ella mi propia fealdad, no me gustó y me fui.
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Lo que llegué a lamentar, y aún lamento, fue lo tardío de mi decisión. Pude haberla dejado antes de verla fea, de modo que mi recuerdo mantuviera cierta hermosura, cierto aroma. Sin embargo, por cobardía, tardé. Pensé, ingenuamente, que esa fealdad era pasajera, que volvería a brillar como una rosa, pura, fragante. Pero, y aquí reconozco mi egoísmo, todas mis expectativas ante el retorno de su belleza buscaban justificar mi inicial decisión de quedarme con ella. No quería haberme equivocado de manera tan ridícula.
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Pero era fea o se hizo irremediablemente fea. Y tal vez he sido yo quien ha perdido la vista, la capacidad de ver su hermosura. Sin embargo, no lo siento. Nunca fue, sea dicho, físicamente fea, aunque tampoco plenamente agraciada. Yo la amaba y admiraba porque vi reflejada en su porte y su firmeza la sabiduría de Atenea, la elegancia de Afrodita, la cultura que adornó a Safo.
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No era, sin embargo, diosa ni poeta. Al igual que a mí, su humanidad la contaminaba constantemente, la corrompía, la, en resumen, afeaba estrepitosamente, condenándola a una carrera sin tregua por demostrar, gritar, demostrar, conseguir, demostrar, tener, demostrar. Atenea se vio reducida entonces a la burda ambición que hace girar el mundo de los humanos, los intereses básicos de las personas que, desde su nimiedad, buscan la inmortalidad sin poseer el don.
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Habría amado de igual manera su vulgaridad reconocida, su humildad. Pero no era ella una mujer humilde. Buena gente, sí, no lo voy a negar, ni dejaré de reconocer su bondad sencilla. Pero no pude soportar el envilecimiento progresivo de su alma, que tal vez no fue tal, tal vez ya estaba, como característica indeleble de su personalidad que no vi debido a mi ceguera, al deslumbramiento inicial que me hizo amarla, admirarla y respetarla.
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Pensé que podría soportar y acompañar, pero soy débil y fui doblemente débil al no irme a tiempo, asustado, y por irme luego, sin ser capaz de explicar, sencillamente porque siempre es difícil decir: te dejo porque ya no me gustas. Eso siempre requiere explicaciones extras, metáforas y eufemismos vacuos, palabreos inútiles que sólo agrandan las heridas y restan tiempo al tiempo.
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Entonces, ella se hizo fea y algún romántico podrá añadir que el conocimiento recíproco me ayudó a mirar su alma, la cual, a diferencia de su rostro de porcelana pura, siempre estuvo sucia. Y yo responderé: ¿Puedo ser capaz de atribuirme el derecho de juzgarla, si fue buena conmigo? Porque lo fue, lo fue a su modo. Entonces, intento no objetivarla, no catalogarla, no encasillarla. El esfuerzo es bueno, me enriquece. Pero no puedo evitar percibirla afeada, saberla fea, feísima, y sentirme profundamente herido por esa fealdad. Es entonces cuando digo: me voy, y ella me recrimina, se lanza sobre mí, intentando clavarme las uñas. Me insulta, me culpa, me acusa, y yo sólo puedo mantener sostenidos sus brazos, contener su desesperación, sin ganas ya de mirarla a los ojos, sin justificar mi huída -no tan- repentina, sin nada más qué decir.

miércoles, octubre 21, 2009

Grata sorpresa

Una noche de esas, que últimamente me suceden sólo de vez en cuando. Estudiantes jóvenes, latinoamericanos expatriados, bebiendo y añorando, como si de personajes cortasianos se tratara, sin las causas esnobistas de aquellos, pero sí compartiendo mucha, mucha indignación.

¿Y para qué sirve, a veces, la indignación? Para hablar, si no queda más remedio. Sólo para hablar y añorar.

Hay que reconocerlo: faltan trincheras, ovarios y testículos. O a lo mejor, sencillamente, carecemos de un arma, o la verdadera posibilidad de, como diría el Gran Jefe, “hacer la revolución”.

No, no hablemos de revolución. En las revoluciones siempre mueren los más pobres, los inocentes, los eternamente jodidos. Soy anti-revolucionaria. Apuesto por el ahorro de sangre, trabajo en solitario, cobro por baja, creo en minar bases, en el poder del poder bajo la sobra y de la mira telescópica de un francotirador.

En todo caso, fue agradable saber que Calle 13 no era un dúo reggaetonero usual. Me fastidiaron mucho con aquella huachafada de “atrévete te te, salte del closet”, sobre todo porque la mayoría de llamados masculinos a la liberación sexual femenina tienen como finalidad clave el beneficio hedonista de ellos, gracias a la desinhibición de ellas.

Pero los colombianos de esa noche me mostraron una canción que decía:

Allá abajo, en el hueco, en el volquete, nacen flores por ramillete. Casitas de colores con la ventana abierta, vecinas de la playa, puerta con puerta. Aquí yo tengo de tó, no me falta ná, tengo la noche que me sirve de sábana. Tengo los mejores paisajes del cielo, tengo una neverita repleta de cerveza con hielo…

Visto el vídeo, admito que, como peruana y latinoamericana, tiendo a conmoverme con esta clase de manifestaciones culturales. Esa contundencia que se dice bonito, tras una melodía alegre. Ese carácter jovial “pese a todo”, una manía poco entendida por pensadores puristas y cínicos peores que yo (porque soy cínica, pero no llego a ser maestra de tal postura filosófica).

En fin, ya se sabe que una canción no va a cambiar el mundo, pero a veces basta con que consiga hacer pensar y pensar es muy, muy necesario, sobre todo entre seres que nos jactamos todo el tiempo de poseer intelecto, libre albedrío, artes, etcétera, pero vivimos mirándonos al espejo.

Otro dato curioso: la camiseta del vocalista de Calle 13 al recoger su premio MTV Latino, en Bogotá, la semana pasada:
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“Uribe, paramilitar”. He tratado con suficientes colombianas exiliadas, perseguidas, acosadas por el actual gobierno colombiano, pero también suelo toparme con personas provenientes de clases altas que cuentan orgullosas sus relaciones con la familia presidencial, e inmigrantes sin papeles que defienden a un presidente “con huevos”, que por fin ha hecho frente a las FARC.

No me extraña, hay fujimoristas en Perú.

Quizás haga falta que todos nos quedemos físicamente ciegos, como en la novela del portugués, para que aprendamos a ver mejor.

martes, octubre 13, 2009

Babel


Fue tarde de médicos. Médicos del Mundo, para ser exactos. Una idea de esas altruistas y, a la vez, eficientes (extraña asociación), que nos viene bien a todos los extranjeros-no-europeos-ni-estadounidenses sin seguridad social: atienden rápido, bien y nos proporcionan las medicinas gratuitamente, cortesía de la Fundación Anesvad (dirán lo que quieran, pero ha sido una verdadera bendición en las épocas más difíciles).
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Gracias a una médica en concreto, que por ventura me toca casi siempre, pude recuperarme de una sinusitis en estado “fosa nasal a punto de generar necrosis”, conseguí análisis de sangre (estoy como una rosa, dicen) y detuve oportunamente un proceso infecciosos de uréteres que aún recuerdo con literal ardor.
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Lo admito, me desvivo por hacerles publicidad e invito a todos los extranjeros-no-europeos-ni-estadounidenses residentes en Bilbao a colaborar con la organización cuando consigan superar el inicial estado de miseria por el que todo recién llegado sin dinero debe pasar, pues así nos aseguraremos de que ningún paisano, negro o marrón, quede sin atención sanitaria, si acaso el francés, el italiano, el español, la alemana y secuaces, fracasan en sus intentos de frenar los movimientos migratorios humanos.
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Pero bueno, fue tarde de médicos. Llegué a consulta con cierta anticipación, preparada para encontrarme a algún yonqui antipático en la entrada. Al contrario, me atendió un muy amable hombre cincuentón que, rato después, bata en pecho, hiciera de asistente a la médica jovial de toda la vida.
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¿Tienes cita, maja? Sí, la saqué por teléfono antes de ayer. Vale, sí, aquí estás. Eres Lucía, ¿verdad? Ajá. Muy bien, pues espera un poquito, que hay algunos pacientes antes que tú. Ok, muchas gracias.
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La conversación de al lado llamó inmediatamente mi atención (y no sólo porque el moro estaba bueno, quede claro):
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  • El moro: Je viens de la France. J'ai vécu en France pendant deux années. Je suis ici depuis une semaine et ne parle pas Espagnol.
  • El negro: Oh, bien… Do you speak english?
  • El moro: Quoi?
  • El negro: Si tú hablas english… inglés.
  • El moro: Comment tu dit?
  • La sudaca mete su cuchara: L’anglais. Est-ce que tu parle l'anglais?
  • El moro: Oh, no, no. Je seulement parle français.
  • La sudaca (al negro): Not english, just french.
  • En negro (a la sudaca): You speak English!
  • La sudaca (pensando: ¿Quién me manda a mí a abrir la bocota? ¡Ya vamos a empezar a hacer el ridículo!): No, eh… Just a little bit.
  • El negro: Where are you from?
  • La sudaca: Perú, and you?
  • El negro: Nigeria.

Por cierto, aquí es preciso comentar que en su momento, haciendo fila para sacar documentos en la policía, una buena mujer nigeriana tuvo la paciencia y voluntad de explicarme que la composición fonética “naiyirria” quería decir Nigeria… ¡Hombre, que suena a africano si una no está familiarizada! (nunca mejor dicho).

En el lapso de mi conversación con el nigeriano, quien hacíase llamar Blessed, salió de consulta un argelino y entró el moro, que en verdad era marroquí. Pasaron sólo unos minutos cuando escuchamos vociferar a la médica: “¡Por favor, alguien que nos ayude, que este muchacho no se está enterando de nada!”.

Hay que señalar que las dos personas del consultorio que hablan el idioma de Sartre no estaban por ahí en ese momento. Entonces:

  • La peruana, al argelino: Oye, ve a ayudar a tu amigo, necesitan un traductor.
  • El argelino (a quien segundos antes se le oyó decir tres palabras en castellano): Moi? Mais je ne parle pas Espagnol!

El nigeriano empieza a reír. Lo siguiente ocurre a gritos y con todos los gestos y muecas imaginables:

  • La médica (desde el consultorio): ¡Necesito explicarle que debe tomar dos pastillas por la mañana y dos por la noche, durante cinco días!
  • La peruana: (al argelino) Eh… deux pilulaire pour le matin et… deux pour le… (Al nigeriano) Do you know how can I say “night” in french?
  • El nigeriano (partiéndose): I don’t know!
  • El argelino: Deux par le soir?
  • La peruana: Oui, oui, deux pour le matin el deux pour le soir, pendant cinq jours.

El argelino da las indicaciones al marroquí, EN ÁRABE. Sale el asistente y nos ruega entrar al consultorio.

  • La médica: el chico está muy mal de la garganta, tiene que cumplir exactamente con mis indicaciones, tomar estas pastillas y venir el lunes.
  • La peruana (angustiada): Eh… ton ami. No, no es así. Lui, no, il, eh… Shit! Vamos a ver: Il est très malade. Il doit (gesto de meterse una pastilla a la boca y tragar) deux (etcétera) et retourner ici lundi… (puf)

Buscamos un calendario, señalo el día. El argelino explica nuevamente en árabe. C’est bien. El marroquí quiere saber si el lunes le van a poner una inyección. Le quitamos esa loca idea de la misma aparatosa manera en que hemos sostenido los diálogos anteriores, en tanto el nigeriano se ahoga a carcajadas en la sala de espera, bendito (nuevamente, nunca mejor dicho).

Menos mal que nadie pensó en supositorios…

Acabado el trance, llegan las intérpretes oficiales de la organización.

¡Lucía, tu turno!

El mal que me aqueja estos días dio lugar a un rato más de risas, ay… En fin, mañana pasaré por las medicinas.

Lo dicho, fue una buena tarde de médicos.

Post data: en cuanto me encuentre estable y segura de permanecer al menos doce meses en un solo lugar, retomaré mis abandonadísimas clases de francés, para no volver a pasar por vergüenzas como ésta, caramba.

miércoles, septiembre 30, 2009

En defensa propia

Iba yo por la calle, mirando intensamente -por demanda de mi gradación de astigmatismo- una cartelera, cuando sentí acercarse veloz hacia mí una especie de puño que detuve sin mucho esfuerzo. En dos o tres segundos pude razonar y mis ideas pasaron por “a lo mejor la broma de alguien que me conoce y no saludé”, “un carterista”, hasta que la vi: se trataba, ni más ni menos, de una mujer rabiosa, quien a lo mejor pensó que la estaba observando (hay muchos enfermos sueltos en esta ciudad).

Una vez razonado y hallado el motivo de encontrarme sosteniendo un brazo ajeno, evitando con tal reflejo un certero golpe en la nariz, lo apreté fuerte, con toda la intención de hacerle daño, y lo lancé contra el pecho de su dueña, gritándole: ¿Eres idiota o qué? ¡Estoy mirando los carteles, no a ti, pobre loca!

No, no dije “de mierda”, últimamente esa palabreja no me sale con facilidad, ni siquiera cuando merece ser gritada con vísceras y contundencia. Será que estoy envejeciendo...

Lo grave de este asunto es que luego me quedé pensando, ¿y si no estaba loca en verdad?, ¿y si yo estaba interrumpiéndole el paso y decidió abrirse camino de forma poco ortodoxa?, ¿y si llegó a creer que podría actuar de esa manera conmigo porque, digamos, soy “marrón”? Es decir, ¿habría hecho lo mismo con una persona “nacional”?, ¿se habrá atribuido el derecho de hacerme daño por ser ella bilbaína -además de estar loca, claro- y yo extranjera?

Así, hasta llegar al metro.

Dos conclusiones: la primera, que no debo pensar tanto. La segunda: debo salir de este pueblo lo antes posible, el miedo ha empezado a hacerme mala.

viernes, septiembre 25, 2009

Autobús


Yo sé que él ha hecho muchas cosas que me favorecen, pero ese no es el espíritu.

¿Qué quieres decir con “el espíritu”?

La forma, la intención. Él me ha ayudado para que yo, a cambio, le brinde un servicio. Y ese servicio ha sido bueno, regular o malo, según mi nivel de especialización y mis capacidades, pero no se trató en ningún momento de un acto de gratitud, sino de trabajo…

Entonces, lo que dices es que él ha llegado a generar en ti la sensación de que al tenerte trabajando para sí, te estaba haciendo un favor, y que cada encargo era una oportunidad de aprendizaje, por tanto, le debías gratitud, ¿me equivoco?

No. De hecho, él ha dicho ver potencial en mí y yo me he preguntado –muchas veces- con qué derecho la gente de este país se lo pasa viendo “potencial” en las personas que venimos de fuera, como si sólo la praxis y la metodología locales fuesen válidas para generar “actos” y “actores” en el mundo profesional y en la vida…

Pasando por alto las experiencias previamente adquiridas. Es como estar condenado a ser un “diamante en bruto” para cualquier alma caritativa que quiera “ayudarte”, no alguien capaz de hacer bien varias cosas puntuales. Entiendo la buena intención al contratarte para hacer algo que no corresponde a tu perfil, pues al menos te generó una fuente de ingresos. Pero eso no es lo normal. A una persona se le da trabajo porque puede hacer ese trabajo (dejando de lado el proceso de adaptación y adiestramiento previos que corresponde brindar a cada empleado nuevo). Y como consecuencia, el “tener claro” desde el principio que esa no era tu especialidad, sino que se trataba de una “excusa” para incluirte en el equipo e ir superando tus "carencias" en el proceso…

Ha acabado generando una relación de dependencia bastante insana…

De gratitud ilimitada. Siempre le deberás un favor y tendrá potestad para reclamarte gratitud cuando lo crea conveniente. Qué situación más incómoda…

Incómoda y retorcida.

Tu as raison. ¿Y cómo se sale bien librado de eso?

Bien librado no se puede salir. Cuando a una relación laboral se anteponen sensibilidades, lo más seguro es que no haya forma de salir ileso…

No entiendo.

Te explico: de entrada se han confundido lo subjetivo y lo objetivo en la contratación. Un jefe no da trabajo a un empleado para “ayudarlo”, sino porque necesita de sus servicios. Pero, en este caso, ha sido al revés. El empleado (o sea, yo) ha sido contratado porque el jefe le ha considerado “potencialmente bueno”, y le ha puesto a trabajar “sin que éste tenga especiales capacidades para las funciones que debe hacer”. Ergo, el jefe está convencido de que está haciendo un favor al empleado y el empleado, a fuerza de costumbre y por no tener otra opción, acabará pensando-sintiendo-creyendo lo mismo.

Por tanto, una abdicación laboral adquirirá visos de ingratitud, deslealtad y “ruptura”.

Eso mismo. Y en una ruptura siempre entran en juego sentimientos heridos, pasiones y dolor.


Vale… ¡Carajo, qué pesadilla!

Dímelo a mí.

¿Y entonces, qué piensas hacer?

No sé… Alejarme un poco, para empezar. Y buscar otro trabajo.

Búscate uno donde tengas que describir lo que observas y en el campo…

Sí, sí, en esas ando. Y…

¿Y qué?

Nada, nada. Me distraje. Es que ese sonido de celular era igual al mío, de Lima, y me he acordado de cosas…

¿Qué cosas?

Cosas. Olores, sabores, voces, sensaciones. Cosas.

Cosas…

Sí… ¡Hey!

¿Qué pasa?

¡Que nos hemos pasado de parada!

¡Pucha!... Caminaremos, pues.

Sí, sí. Caminaremos un poco, que caminar siempre hace bien.

jueves, septiembre 24, 2009

en una especie de Limbo...

Asuka (¡As-KA!), la hija adoptiva de mis anfitriones...

Sophia y yo, luego de la compra, esperando el autobús.

A veces ocurre que se acercan. Los pichones tenían hambre. Mantuvieron un diálogo fluido conmigo, hasta que llegó Sophia, con la gata, y la madre cisne se nos enfadó.

¡El sol!

lunes, septiembre 21, 2009

Anacronía

Y hablando de finales, hace un par de días supe un detalle, un detalle pequeñito que debí saber hace dos años (por lo menos), frente a una conciliadora taza de café. Pero las vueltas de la vida no siempre permiten que los mensajes se transfieran de emisor a receptor, de manera personalizada, sin medio alguno. Los hados se empeñan en promover el infortunio, pero, oh, providencia, también llevan y traen noticias, palabras pequeñas, hilos sueltos de todos los colores que dejan colgados de los árboles, del portal de tu casa, bajo la almohada. Y habrá que tener ojos para ver, prestar atención y descubrir que lo que esperabas oír ha sido ya dicho y viene a ti, cargadito de ese contenido que tanto dolor te habría ahorrado y que ahora, aún a la distancia, te trae algo de paz.
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El hilito azul estaba sobre la mesa de centro, en el salón de una vieja amiga . Benditas sean las amigas.
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Por fin puedo...

domingo, septiembre 20, 2009

Preludio - esta vez interesa mucho la letra

Ya por la tarde supe que el haberme pasado la mañana repitiendo la misma canción-soundtrack de hace algunos años tenía valor clarividente, aunque claro, también es cierto que si tememos que el pan podría quemársenos en la puerta del horno, es justamente porque no se trata de una simple posibilidad entre varias, sino que, efectivamente, contamos con una serie de elementos que, sin mayor impulso, se acomodarán del modo adecuado, específico, justo para conseguir que todo, todo lo que venimos planeando y/o haciendo, termine mal.
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Es la historia de cómo a veces resulta imposible dejar un lugar llevándonos un buen recuerdo, de cómo sirve de poco dar cariño o poner empeño en una relación, si el final, ese final feliz o por lo menos conveniente, esa última, única oportunidad que tenemos de cerrar, poner la guinda, decir adiós, sale torcido, sucio, podrido, y manda al diablo -por un tiempo- todo lo bueno que pudo acontecer hasta un segundo antes del fin. Digo por un tiempo, porque el tiempo, cliché o mentira, siempre acaba poniendo las cosas en su lugar.
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En todo caso, advertir que no deberíamos meternos en situaciones cuyo desenlace presumimos fatal, pese a todos los esfuerzos in extremis. Eso es insano, dañito. Eso no merece la pena. Deberíamos ser más inteligentes la próxima vez, colega. Sí, eso mismo. La próxima vez...
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Afortunadamente, el cinismo. Para algo ha de servir la experiencia. Además, ya nos hemos curado del complejo de culpa, aunque a veces, las reminiscencias…
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No, no se trata de una jodida ruptura amorosa (puf).