domingo, mayo 31, 2015

Hasta siempre, pequeñito.


Hace una semana, en nuestra maravillosa mini-granja de 40 metros cuadrados, ocurrió un crimen: el gallo Juvenil mató al pollo Totó. 

Totó fue la primera mascota de mi hija. Un bicho encantador, mimoso, juguetón y comelón. Precioso, Totó. Tuvo una muerte cruel, en soledad, abandonado en el gallinero por sus padres humanos, adoptados por impronta.

Ese sábado, salimos a pasar la mañana con un grupo de trabajo de mi compañero. Al volver, Juvenil había acribillado a picotazos al pollo pre-adolescente. Totó estaba arrinconado tras la planta de papa china, acurrucado, ensangrentado, inmóvil.

Me dolió. Y a él, supongo, le dolió muchísimo más.

Cuando llegó a casa, nadie le estaba esperando. Una buena señora, al ver a mi niña, decidió quitar un polluelo a su gallina, reciente madre, y apareció con la pequeña pelota amarilla en una caja. Estaba loco de angustia, buscó a su mamá por todo el jardín, gritando desesperado. Ana, en cambio, no podía dejar de reír, con esa risa profunda y maravillosa de los niños pequeños cuando están inmensamente contentos. Fue ella quien le llamó Totó.

Totó, arisco al principio, aceptó el calor humano para sobrevivir y, poco a poco, se convirtió en el molesto cachorro que reclama comida a un lado de la mesa, entre otras interrelaciones típicas entre personas y mascotas. Ana lo amaba. Yo también, por eso rabiaba en silencio cuando mi compañero hacía pesadas bromas sobre cómo nos lo comeríamos si resultaba ser gallo.

Por supuesto, era gallo. O podría haberlo sido, si no encontraba en su camino la agresividad de Juvenil, fruto de la ambición y la descarnada violencia de los seres humanos.

Juvenil llegó a casa junto a su hermana y su madre, unos días antes que Totó. Con ellos, iniciamos la aventura de criar aves de corral. La idea inicial era tener sólo gallinas, para abastecernos de huevos. Sin embargo, allí estaba Juvenil, claramente macho y, lo que era peor: diferente a su madre. 

La madre, Nonna Papera (Abuela Pata en italiano), es runa o campesina. Quisimos que fuera así desde el principio. Nos habían recomendado "ponedoras", pero no queríamos ningún animal demasiado manipulado. Las runas han pasado por un proceso de domesticación por cruce y crianza sin llegar al manejo genético. 

Mis conocimientos sobre gallinas son puros recuerdos de niñez. La tía Quiqui siempre crió pollos de patio en casa de la abuela, mis primas y yo le ayudábamos a alimentarlos, a sostenerlos para cortarles las plumas guías, a sacar los huevos de los nidos, a cuidar de los pollitos. Incluso, a veces, los desplumábamos tras algún sacrificio dominguero. 

Todos estos meses he lamentado no haber aprendido más de la tía Quiqui. Era una bruja maravillosa, estaba totalmente conectada a sus animales, les hablaba, les hacía felices. Sabía, al despertar, si los pollitos habían roto el cascarón, si la gallina viejita había muerto, si había algún conflicto social de esos que siempre suelen montarse en los gallineros. 

La tía Quiqui, por ejemplo, no se hubiera limitado a dejar a Juvenil y Totó en espacios diferentes, sabiendo que el gallo podía entrar donde estaban los demás pollos. Probablemente, tampoco hubiera postergado la matanza del gallo joven que empieza a cantar. Habría sabido que Totó tenía miedo.

Por un momento, pensé que todas las gallinas habían sido partícipes del asesinato. Tuve que respirar hondo antes de entrar al corral, para repasar los hechos (y, ya de paso, darles de comer). Los pequeños pollos de Nonna Papera piaban desesperados. Ella me miraba de reojo, evitaba confrontarme. Pero estaba limpia. 

Entonces fui a buscar a Juvenil y su hermana. Dos días antes había comprobado que, en efecto, no eran hijos biológicos de la gallina, sino que pertenecían a una especie de pollos que aquí llaman "finos". Era un gallo de pelea, sin ningún cruce con la runa.

Lo busqué. Estaba tras las yucas, en el cercado de las tortugas. Se puso nervioso ante mi cercanía. Tenía el pico, el cuello y las patas manchados de sangre. Fuiste tú. 

Estaba muy enojada, sobre todo conmigo misma. Cuando algunas personas supieron que Juvenil era un gallo de pelea, me ofrecieron dinero a cambio de él. Me negué. Aún no soy vegetariana, pero estoy en contra del maltrato a los animales. Para mí, las peleas son una brutalidad de la que no me interesa ser partícipe. Pregunté por Totó, dijeron que en tanto fuera un pollo, no había problema. 

...

Juvenil, voy a matarte. Tienes sangre en el pico, estás condenado a ser violento. Además, tarde o temprano iba a suceder. Lo siento, pero más siento lo que ha pasado aquí. Debí meterte en una jaula o poner a Totó a mejor recaudo. Debí quedarme en casa esta mañana, pues a última hora ya no quería salir. Lamento que seas así, que hayamos atrofiado a tu especie al punto de hacerte capaz de matar un polluelo. Perdóname.

...

Doña Nidia, sustituta en Lago Agrio de todas las mujeres campesinas y sabias de mi familia materna, vino al atardecer. Sin que Juvenil se diera mucha cuenta, entre ambas, hicimos lo pactado.

A la mañana siguiente, el gallo no cantó. Totó tampoco estaba alborotando el gallinero, en su afán de salir a desayunar con los humanos. Nonna Papera y sus polluelos rascaban el piso en busca de semillas y lombrices, como cada día. La gallina fina paseaba por el jardín. Aquí no ha pasado nada, pensé. Ana estaba en mis brazos, mirándome. Me vi obligada a sonreír.

Era domingo. Nos esperaba un viaje largo hasta La Bonita, para trabajar.

jueves, abril 16, 2015

Una cooperante en la luna de Antigua



Con el tiempo me he dado cuenta que, pese al esfuerzo, me es imposible liberarme de prejuicios o, en todo caso, de actitudes defensivas frente a determinadas posturas ya ni siquiera contrarias, sino diferentes.

Hago el ejercicio de respetar, al menos callando, y luego me obligo a reflexionar sobre la reacción que sostuve y aquello que preferí no decir. Muchas veces llego a dos conclusiones un tanto dolorosas: la primera, sigo siendo tan visceral como a los 20 años, por lo tanto, ésta ya no es una característica de juventud, sino pura y dura forma de ser. La segunda, a pesar de lo visceral, me cuesta mucho decir algo si adivino que podría generar una discusión interminable. Como consecuencia, la mayor parte del tiempo me quedo muda y ardida, hasta que toca explotar y ahí sí cae quien cae, aunque sea inocente (ejemplo: tú que estás leyendo este blog).

Triste, vergonzoso y cierto.

Le he dado vuelta a todo esto porque, hace dos meses, escuché a una joven –e inexperta- cooperante europea comentar a mi compañero una posible designación a Guatemala. Estaba interesada, sobre todo, en aquella leyenda urbana acerca de la violencia social generalizada y el alto riesgo que esto significa para las mujeres extranjeras.

Mi compañero, que tiende a no darle mayor importancia al asunto (es sarcasmo), empezó por relatar las normativas de seguridad que las organizaciones internacionales aplican a sus funcionarios, desde el respeto a horarios específicos, prohibiciones de uso de transporte público y zonificación de áreas habitables, hasta los más escalofriantes relatos del día a día en un barranco urbano. Así, sin pelos en la lengua ni sutilezas, apareció ante nosotros, nuevamente, la bestia de veinte familias poderosas, un ejército, cuchucientas maras y nosecuántas redes de narcotráfico, sometiendo a innumerables colectivos humanos.

Hasta ahora, lo admito, me es difícil comenzar una charla sobre Guatemala. Luego, por supuesto, me voy de largo. “Es un país complicado, pero entrañable”, suelo introducir. A continuación, agrego: “Allí hice amistades increíbles”. Mi compañero, por su parte, es más escéptico. Le cuesta recordar el cariño antes de la amenaza y la inseguridad. Siempre atribuí esta diferencia de interpretaciones a nuestra procedencia: él, italiano, provinciano de pueblo chico, clase media, ninguna necesidad básica insatisfecha, estado corrupto pero funcional, vida tranquila, en general. Yo, peruana, provinciana de pueblo chico, clase media baja, inserción laboral adolescente, constante amenaza de miseria, discriminación, explotación, agresiones sexuales, estado corrupto y poco funcional, vida relativamente tranquila, pero con alarmas, previsiones, alteraciones que, de tan constantes, se hacen normales. Otra cosa.

Sin embargo, nunca tuve que tomar tantas precauciones para salir a la calle como en Ciudad de Guatemala, lo admito. En parte, creo, porque antes de llegar allí viví tres años en España. Tenía las "defensas" bajas.

Pese a todo, aun plenamente concienciada del peligro, con precedentes de agresiones cercanas y un vecino de la oficina de seguridad de naciones unidas hablándole a mi conciencia, decidí, un buen día, mudarme a una zona de la ciudad más alejada de la organización internacional donde trabajé por dos años y, confundida entre la gente, a la espera del bus urbano, disfruté del anonimato y la felicidad de ser parte de un sistema ajeno, cosa que cualquier viajero agradece en algún momento de su vida.

En esas divagaciones estaba mientras daba teta a Ana (últimamente, parece que todo transcurre mientras doy teta a Ana), cuando  escuché a la joven e inexperta cooperante europea decir: “¡Ah, con todas esa reglas, prohibiciones y horarios, no sé si quiero vivir en un país como Guatemala! ¡No podría renunciar a mi libertad!”.

Me quedé fría. Le estábamos explicando, a grandes rasgos, cómo se mantiene andando un estado fallido, los contrapuntos sociales, el inmenso amor que sobrevive a las balas de la bestia, la injusticia, la muerte. Intentábamos hacerle ver la pertinencia de la norma para quienes no estaban preparados ante tal contexto, la evolución que, de manera natural, sucederá conforme avance su conocimiento del entorno; el riesgo real que, día a día, corren las personas para llevar a cabo acciones tan ordinarias como tomar el bus al trabajo y a ella sólo le importaba su libertad, es decir, la posibilidad de hacer lo que quiera, cuando quiera, como quiera.

He tenido una formación filosófica cristiana. Esta (frecuente) reducción de libertad a facultad plena de hacer lo que me pica, aquí y ahora, sin ápice de responsabilidad, me duele. Tiene que haber algo más.

No es mi intención culpabilizar a las víctimas, conozco bien el discurso. Estoy de acuerdo en que nadie, NADIE tiene derecho a agredir, dañar, matar para robar, violar o por quítame estas pajas, da igual. Nadie. También estoy de acuerdo en que ninguna mujer es responsable de las agresiones sexuales que pueda padecer, así vaya desnuda y borracha por la calle. Ese no es el punto.

El punto es, pequeña saltamontes, que hay siete millones y medio de guatemaltecas que viven en riesgo de ser violentadas. Pese a ello, trabajan, abordan buses, conducen carros, salen a tomar algo con sus amigas, pisan fuerte, aman su país a pesar de la violencia, la sumisión pos guerra civil (o conflicto armado), el miedo.

También debes tener en cuenta que hay muchas extranjeras viviendo en Guatemala. Ellas han aprendido a respetar las reglas de seguridad y también a romperlas cuando el sexto sentido, debidamente entrenado, les indica que no hay problema. Ellas salen de fiesta, se enamoran, van de paseo, conocen de cabo a rabo ese maravilloso país. Ellas han escogido quedarse allí.

En Guatemala, cada día mueren, son violadas o golpeadas muchas mujeres, guatemaltecas y extranjeras, sencillamente por ser mujeres. Por cierto, ninguna de ellas es tan estúpida para salir a caminar a las 11 de la noche, con afán reivindicativo. Sí lo harían de no tener más remedio.

No me hables de libertad para juerguear en Guatemala, pequeña saltamontes. Si vas (honestamente, espero que no), verás qué desmadre de juergas te vas a pegar. La gente a tu alrededor te protegerá, tú te quejarás de esa protección, creerás que todos exageran, hasta que suceda algo malo muy cerca de ti y entonces cogerás tu avión y regresarás a casa, convencida de ser una especie de héroe sobreviviente de la violencia centroamericana, cuando en verdad eres una niñata desubicada más, con ínfulas de salvadora de la humanidad.

Guatemala no necesita salvadoras que pasean borrachas a medianoche por Zona 1 para demostrar que las mujeres somos libres e independientes. Necesita respeto y empatía. Respeto, por la cantidad de heroicas mujeres guatemaltecas (heroicas de verdad) que han muerto por revelarse a la opresión, o aguantan injusticias para mantener a salvo a sus familias, o han sido violadas por hablar demasiado alto o plantarle cara al miedo. Empatía, porque tu libertad no vale más que la de esos siete millones y medio, pese a tu pasaporte.

Imagino, en cualquier caso, que esto se te va a pasar con el tiempo, la experiencia, la madurez. O cuando te salga un puesto como UNV y la deslumbrante posibilidad de hacer carrera en la ONU te convierta en la hedonista más obediente de la temporada (a veces sucede). En cualquier caso, y ahora sí bien dicho, siempre tendrás una ventaja significativa: libertad para elegir. Es tu prerrogativa. Siéntete un ser privilegiado. Y vete por ahí.  

lunes, abril 06, 2015

20 reivindicaciones de mi absoluto egoísmo


A tener en cuenta antes de pretender meterme en alguna discusión:
  1. Tengo una hija de un año y medio y acabo de empezar a trabajar fuera de casa, por tanto, casi siempre estoy cansada e irritable. Cuando estoy cansada e irritable, es mejor no insistir si pido por favor detener la discusión o dejarla para otro momento.
  2. Considero tener una amplia licencia para opinar sobre los países donde he vivido: España (4 años), Guatemala (2 años), Ecuador (van más de 2) y, por supuesto, Perú.
  3. No soy nacionalista, por lo tanto, puedo llegar a ser terriblemente crítica con mi país y mi cultura.
  4. Tampoco estoy demasiado alienada, por lo tanto, detesto pasarme la vida renegando de mi país y de mi cultura, a fin de adular insistentemente a otros países y culturas. Frases hechas del tipo “estamos años luz por detrás” me chirrían. Lo que es peor, me hacen imaginar un proceso reflexivo bastante escaso y conocimiento nulo de nuestra historia política. Sí, también me hago la esnobista.
  5. Creo firmemente que cualquier comportamiento humano derivado de usos, costumbres y creencias, podría siempre ser diferente, para mejor (traducido: nadie se autodestruye por romper tradiciones, en todo caso, le destruyen los demás).
  6. No odio a los creyentes, ni al clero católico en pleno, ni a los misioneros, ni a esos evangélicos pesados que cantan veinte horas seguidas con altavoz, aunque más de una vez sienta deseos de pasarme por ahí con un AKM.
  7. Me molesta que intenten evangelizarme. Enfurezco si, como condicionamiento para “convencerme”, se les ocurre “determinar” el futuro de mi hija.
  8. Hace mucho tiempo dejé de soñar con un mundo sin armas. Ahora me bastaría un mundo sin víctimas inocentes de la miseria humana.
  9. Los indígenas son seres humanos, es decir, perfectamente capaces de actuar mal. Entiendo que, al tratarse de grupos vulnerables, necesitan espacios especiales de expresión. Concuerdo en proteger sus territorios: si con ello se conservan culturas milenarias y un sinfín de recursos naturales, lo merecemos todos. Pero no espero de ellos sólo generosas maravillas espirituales. Son mis iguales, se equivocan, pueden ser crueles, tienen derecho a usar tecnología de última generación si se les da la gana (antropólog@s del mundo: la gente es como es, no como ustedes desearían que fuera).
  10. No amo los ejércitos, pero no me burlo ni critico a los soldados por el solo hecho de existir. Si algún cómodo cooperante internacional, con salario promedio-alto y todos los derechos sociales cubiertos por el Estado de su país, intenta desprestigiar, burlarse o denigrar a los soldados rasos de mi país, le voy a contar que, para empezar, estos chicos son, en su mayoría, hijos de esa gente pobre que la cooperación intenta ayudar. Listo.
  11. Si no has puesto nunca el pecho ante las balas o tu vida en peligro por defender y proteger a personas vulnerables, nunca digas en mi presencia “los curas son todos unos hijos de puta”. Conozco sacerdotes y monjas en diferentes países de América Latina que sí lo han hecho y, por éste y otros cien mil motivos, créeme, están veinte niveles espirituales budistas por encima de ti.
  12. Soy feminista. Si quieres hablar de feminismo conmigo, infórmate antes un poco. Frases como “las feministas odian a los hombres”, “las feministas quieren ser mejores que los hombres” o la asociación “feminismo – machismo” como antónimos, me van a hacer pensar que ignoras el tema. En otras circunstancias, me sentaría a conversar contigo y te explicaría algunas cosas, pero recuerda: tengo una hija de un año y medio y acabo de empezar a trabajar fuera de casa, por tanto, casi siempre estoy cansada e irritable. Anda, lee algunos artículos al respecto, no seas malit@.
  13. Tu paranoia conspiratoria post Guerra Fría me importa un carajo. Es decir, te puedo escuchar y tal vez me deje convencer por alguno de tus mejores argumentos. Pero, de entrada, es bueno que lo sepas: me importa un carajo.
  14. El Mercado no es intocable ni infalible.
  15. Soy fan de las vacunas, creo en la utilidad preventiva de cada una de ellas. Si no te gustan las vacunas, bien, es tu asunto. No me interesan tus argumentos (soy así de prepotente, antidemocrática y malaonda). Tampoco trataré de convencerte, sólo respetaré tu decisión y, en silencio, desearé que tus hijos salgan bien librados de todo este rollo ideológico o que te caiga un inspector del ministerio de salud.
  16. China (República Popular), en la práctica, hace mucho dejó de ser un Estado Comunista y desdeña los derechos humanos, aún siendo miembro del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (ironías de la diplomacia). Rusia, actualmente, no es Comunista en absoluto (¿nunca oíste hablar de la Perestroika?). Y, por más molestias que le siga causando a los “yanquees”, es uno de los Estados más corruptos del mundo y con uno de los mayores índices de asesinatos de mujeres por motivos de género. Que el afán de independencia y soberanía “anti-imperialista” de algunas naciones sudamericanas haya empujado a sus gobernantes a tener a China y Rusia de grandes aliados me resulta absolutamente preocupante. Hello! ¡Ya no estamos en los 70, dejen de vendernos el tema como la gran alternativa socialista y democrática del milenio, no somos idiotas! (digo yo).
  17. Me parece irresponsable celebrar, sin más, la presencia de soldados estadounidenses como apoyo para combatir el terrorismo en Perú. ¿Nunca has oído hablar de las bases militares en Colombia y todo lo que esto trajo consigo? No, por lo visto no.
  18. Candy (de Candy Candy) no es una prostituta por haber tenido 2 (DOS) novios y varios admiradores a lo largo de 6 años. Tampoco lo sería de haber tenido veinte. ¡No se te ocurra denigrar a Candy en mi presencia!
  19. Ser bueno no es ser tonto. Nunca se es demasiado bueno. Ser demasiado bueno no es un error. Si alguien abusa de una persona buena, quien tiene un serio problema es el abusador.
  20. Si es políticamente correcto hacer fiesta entre gente que, dos horas antes y en el ámbito laboral, estuvo a punto de arrancarse los ojos (y, luego de la fiesta, seguirá intentándolo), no me importa. Yo no estoy obligada a aguantar dobles discursos o máscaras en mis ratos libres, mucho menos en mi casa. Se entiende, ¿verdad?
Muy agradecida por su atención, quedo de ustedes (mentira, quedo de mí y de mi nena).

Angela

jueves, enero 22, 2015

Sobre adolescentes tiernos y otras vainas



Cada vez que suelto en público (gente de la cooperación internacional, oenegés y cosas de esas) la frase: “La verdad, admiro a quienes son capaces de trabajar con adolescentes, porque a mí no me gusta para nada, no los aguanto”, las reacciones -tremendas todas- suelen ir por la misma vía:

  • ¿Cómo puedes decir eso? ¡Si es maravilloso!
  • ¿Acaso ya olvidaste cuando fuiste adolescente?
  • ¡Pero si es muy intenso y divertido!
  • Los jóvenes necesitan ser escuchados, valorados y comprendidos.
  • No entiendo cómo puedes estar en este ámbito de trabajo, entonces.

Casi por inercia, tiendo a aclarar: “Vamos a ver: no tengo química con los adolescentes (mentira piadosa, suelo llevarme súper bien con muchos de ellos), prefiero colectivos de mujeres (adultas y adultas a la fuerza) o de niños. No he dicho que no necesiten ser escuchados o comprendidos, pero, y esto es totalmente personal, pienso que dándoles tanto espacio para hablar de sus problemas, tampoco se promueve la acción práctica y la búsqueda de soluciones. ¿Total? La adolescencia dura un suspiro y en breve se verán obligados a actuar como adultos con responsabilidades. Eso es algo que ningún experto en educación alternativa les cuenta”.

Ceños fruncidos, labios mordidos, irritación en mis interlocutores. Noto que me están perdonando la vida sólo porque son buena gente. Es lo que sucede cuando, en determinados espacios, abres el corazón y te muestras tal cual, sin correcciones políticas ni medias tintas.

  • ¡Pero por qué habría que truncar sus ilusiones y advertirles que el mundo es duro! ¡Son jóvenes, tienen derecho a soñar!

Ya está, soy un monstruo devorador de sueños juveniles, maldita cifra al servicio del Mercado. Hago un último intento de hacerme entender: “En mi país, un famoso músico ha iniciado un programa llamado “Sinfonía por el Perú”, que consiste en enseñar música a niños y jóvenes de escuelas marginales, formar orquestas y coros. Esto lo hacen dentro del contexto educativo formal (actividades extra-curriculares, les llaman) y uno de los resultados coyunturales, aunque esperado, es la mejora del aprovechamiento académico”.

  • ¡Ah, pero por qué tiene que valorarse lo académico! ¡Debería valorarse la nueva capacidad adquirida, la autoestima, la felicidad, los nuevos amigos, la ganancia personal que la música aporta, y no qué tan bien insertos están en el sistema!

Aclaro: “El aprovechamiento académico no es lo principal, pero sí bastante importante porque se trata de un programa adaptado a la curricula educativa del ministerio de educación. No es lo que se busca, pero tampoco negaremos su valía como resultado, sobre todo para niños cuyas vidas son bien difíciles y una de las pocas oportunidades que tienen para romper el círculo de la pobreza es aprovechar al máximo los recursos educativos. Además, pensemos en las familias: padres subempleados y madres analfabetas. Estos padres y estas madres quieren un futuro diferente para los hijos, por tanto, les obligan a estudiar. Si los chicos entran en una actividad que, al parecer, “les quita tiempo de estudio”, no les van a permitir seguir allí. Entonces, es bien necesario trabajar también con los padres y maestros, y, al mismo tiempo, dar a estas personas algún indicio práctico (mensurable) de que los hijos van bien".

  • ¡Ah, pero creer que un hijo es mejor o peor por sus calificaciones es un error!

También es un error vender cebo de culebra a un adolescente pobre. “Dedícate al rap y alcanzarás tus sueños”. Sin duda, ya. Lo que un joven necesita para ganarse la vida es aprender a hacer bien lo que quiere ofrecer a cambio de dinero (eso es cobrar, ¿o no?). Las ganas de apoyar el talento de los jóvenes se acaba cuando estos llegan a la mayoría de edad. La gente de a pie no paga por apoyar el talento, paga por un servicio bien hecho. Por otro lado, hacer las cosas bien, con todo el esfuerzo, perfeccionamiento y actualización que esto requiere, beneficia al actor, le hace cada vez mejor persona. Nadie pierde en esta ecuación. 

Si un chico quiere rapear, que rapee, pero debe hacerlo bien y ser consciente de algo importante: el talento, sin práctica, vale un carajo. No te digo que se meta al Conservatorio y aprenda a leer partituras. Sinatra nunca supo leer música, Susana Baca no lee música, pero ambos son referentes musicales de altísimo nivel profesional, porque han trabajado toda la vida. O sea, ¿quieres expresar tus sentimientos de vacío existencial adolescente? Perfecto, pero el arte de componer y conmover requiere de mucho, mucho esfuerzo. En resumen: puedes dedicarte a lo que te gusta y hacer de tu pasión un medio de subsistencia, pero eso te va a costar desvelos, cansancio, estrés, conflictos. Por mucho buen humor, nunca haces en patines todo el tramo. Es cuestión de constancia y de disciplina. Sí, disciplina es la palabra adecuada, aunque en contextos educativos posmodernos haya sido cargada de significados negativos. Incluso los futbolistas profesionales deben (deberían) entrenar bajo una fuerte disciplina.

  • Pero eso no se lo podemos decir, deben darse cuenta solos.

Eso lo dirá la vida. Y la vida son sus padres, hermanos, abuelos, tíos, vecinos, maestros, relaciones. El proceso de reflexión, tarde o temprano, sucede. Pero quienes trabajamos con ellos en un espacio de esparcimiento, siendo adultos, la mayoría con posgrados, tan favorecidos por el sistema educativo formal que podemos permitirnos viajar por el mundo, conseguir trabajo en cualquier sitio y dedicarnos a despotricar contra el sistema (perdonará usted el cinismo)... Digo, los adultos que hacemos de facilitadores en estos espacios tenemos la obligación de dar indicios, de dar mensajes.

Siempre me he negado a dejar que los adolescentes se regodeen en su condición de víctimas de un sistema de adultos malvados. Me niego a sentirme culpable de la desgracia emocional colectiva (y temporal, porque la adolescencia, como dije antes, pasa en un suspiro) de un montón de chicos que no conozco. Me niego, además, a creer que sólo gracias a mí y mi organización o mi proyecto, estos chicos pueden llegar a ser mejores ciudadanos. Es como pensar que a los bebés les va mejor en las guarderías que con sus madres. Es cierto que una intervención oportuna puede hacer la diferencia, pero nuestra intervención debe ser parte de la estructura social. No trabajamos solos, antes que nosotros están la familia, la escuela, el centro de trabajo (porque muchos chicos, le guste o no a la cooperación internacional, trabajan).

Pienso, además, que si queremos resultados con adolescentes, debemos poner buena parte de nuestro esfuerzo en los adultos que les rodean: madres, padres, maestros. Ellos tienen el control de los recursos, por tanto, son determinantes en los giros de vida que quieran dar los chicos. Y si los chicos tienen obligaciones económicas con sus familias, no voy a ser yo, licenciada y con master, mucho de esto gracias a los desvelos y exigencias de mi mamá y de mi papá, quien alimente la inconformidad pasiva respecto a lo que les ha tocado vivir. Es una coyuntura, acéptala, trabaja sobre ella y sácale provecho positivo.

  • Pero no todo tiene que ser útil, no todo tiene que ser práctico y aprovechable. La autoestima, por ejemplo...

La autoestima crece conforme descubres y desarrollas habilidades que te hacen sentir bien contigo mismo, pero también en tanto tus capacidades son útiles y dan alegría a las personas que quieres. Esa es una parte de la autoestima poco difundida, siempre es “yo, me, mi, conmigo”, la interacción con el otro no cuenta o se interpreta como “concesión”, “complacencia”. Tendemos al hedonismo. La gente teme admitir que hacer felices a nuestros seres amados, en relaciones sanas, nos trae felicidad. Mira a mi hija de un año y medio: ella es inmensamente feliz cuando yo celebro algo que ha hecho y me llena de besos si siente que estoy un poco descontenta (no con ella, pero sí con el resto de la humanidad). En este tipo de amor tan puro e instintivo, aún no podemos hablar de “complacencia”.

Con muchos niños trabajadores sucede igual: en los casos más saludables, porque madres explotadoras cabronas de mierda y padres explotadores cabrones de mierda también hay, son ellos mismos, los niños, quienes quieren asumir responsabilidades para ayudar a las personas que más aman en este mundo. Una vez que han superado la etapa del “mío, mío”, los niños suelen ser criaturas absolutamente generosas. Cuando empieza la adolescencia, esta generosidad entra en conflicto con un intenso egoísmo. Es normal. Empezamos a autodefinirnos, a intentar comprender quiénes somos, qué queremos, qué hacemos aquí.

Entonces, me parece excelente brindar espacios de expansión, donde puedan compartir todo esto con sus pares, junto a personas adultas que no les van a juzgar. Sin embargo, es necesario que estos chicos sean conscientes de que ese espacio es artificial. Necesario e importante, sí, pero artificial en el sentido de que en una comunidad humana conformada de manera natural (no de naturaleza, sino de normal devenir), siempre habrá gente mayor de quiénes aprender (por acción u omisión) y niños pequeños a quiénes ayudar a cuidar y educar. Que el abuelo no es ningún anticuado ignorante de la vida. Que la madre no anda de mal humor porque les odia desde el fondo de su alma, sino porque trabaja 20 horas al día, el marido le pega, etcétera. Que, muchas veces, no es buena idea esperar amor de brazos cruzados. Que dar amor puede llegar a ser igual o más reconfortante.

  • Ya, pero en el caso de jóvenes que han sido violentados de diferentes maneras por la sociedad, no se les puede exigir que esperen cosas positivas de esa sociedad, sino más bien ayudarles a convertirse en actores de cambio.

De acuerdo. He tenido la invaluable oportunidad de trabajar con niñas y adolescentes víctimas de violencia sexual. Muchas de ellas han sido violadas desde pequeñitas por sus padres, abuelos u otros parientes cercanos. Esas chicas deben desaprender muchísimo antes de empezar a construir nuevas bases. Les ha fallado el mundo: el violador, por obvias razones; la madre, si hubo madre, por dejar que eso ocurra; el resto de la familia, por callar; la comunidad, las autoridades, el Estado. Y, sin pecar de exagerada, les hemos fallado tú y yo, por cada una de las veces que vemos una situación de maltrato y decidimos mirar hacia otro lado.

Las niñas y adolescentes víctimas de violencia sexual deben aprender, como primera cosa, que los padres y las madres no son infalibles, que los abuelos pueden cometer atrocidades, que las personas encargadas de protegerles se equivocaron, pero, y este pero aquí es sumamente importante, ellas no tienen la culpa de nada. No tienen la culpa, punto. Los malos fueron quienes les hicieron daño. Aquí tenemos un caso bien claro en el que sí podemos quitar toda la responsabilidad a los adolescentes, porque estamos hablando de víctimas. Víctimas reales, chicas y chicos excluidos o en alto riesgo de exclusión social, esclavizados, explotados, destruidos, no con bajón de ánimos por falta de mimos.

  • Pero no puedes disminuir los sentimientos de los chicos.

No los disminuyo. Entiendo que cada quién sufre a su medida, pero es importante dimensionar. Hay niños que llorarán porque les regalaron en Navidad una marca de zapatillas que no esperaban, pese a ser más caras. Bueno, no me parece un engreimiento. Quizás los padres les han acostumbrado a compensar con regalos la falta de tiempo en familia. En el fondo, esos niños están sufriendo porque no se sienten escuchados ni valorados por sus padres (ni siquiera saben qué marca de zapatillas preferían recibir en Navidad).

  • Bueno, aún con todo, no negarás que los jóvenes necesitan un espacio para expresarse y manifestar sus necesidades, sin mediadores adultos.

Ah, por supuesto. Pero parto de un principio básico: para reclamar derechos, primero que nada debes saber cuáles son tus derechos. Y lo sabes informándote. E informarse requiere un esfuerzo: leer, prestar atención, preguntar. No puedes sentarte en un rincón quejándote del entorno cuando desconoces por completo ese entorno. O conoces sólo las limitaciones, lo que te hace mal. Un ejemplo común:

Se supone que en un estado laico, el acceso a los anticonceptivos en los centros de salud es sencillo y gratuito. Sin embargo, un chico de 16 años y su novia de 14 van un día al subcentro AB a pedir condones y justo les tocó la auxiliar con objeción de conciencia que les manda a rezar. ¿Indignante? Por supuesto. Ante esto, normalmente los chicos bajan la cabeza y esperan la próxima “reunión de pares” para quejarse y asumir que el sistema se ha propuesto joderles y que la tipa aquella era una hija de puta.

Bueno pues, la cosa cambiaría significativamente:

  • Si los chicos estuvieran bien enterados de la ley respecto al acceso de menores de edad a los anticonceptivos. Y eso suele saberse leyendo los coloridos carteles que adornan los centros de salud o visitando la Web oficial del ministerio (si tienen perfil en Facebook, poseen un mínimo de capacidades necesarias para navegar por otras páginas).
  • Si supieran que la objeción de conciencia en un estado laico y en los servicios públicos puede ser ilegal, pero no es ilegítima. Cualquier individuo puede mostrarse insumiso a una ley por cuestiones de principios o credo. ¿Que eso les fastidia? Sí. Pero la auxiliar en cuestión no es una hija de puta, ni les ha querido joder. Sólo ha ejercido un derecho.
  • Si supieran que, como usuarios y ciudadanos, tienen derecho a presentar una queja o denuncia a quien corresponda, con buena educación, aunque de manera insistente. Si lo hacen, es probable que la auxiliar reciba una amonestación (pues ha violado la ley) y ellos podrán obtener los condones de manera gratuita y más o menos discreta, tal como esperaban al principio. Fin.

¿Idílico? Sí, pero si los chicos no son capaces de recurrir a todas las instancias necesarias, con la frente al alto, para exigir que se les cumpla un derecho, ¿de qué empoderamiento estamos hablando? Quejarse ayuda a expulsar sentimientos negativos y eso está muy bien. Sin embargo, los adolescentes que sólo se quejan, pero son incapaces de informarse sobre cómo funciona su entorno y tienen miedo de reclamar lo que les corresponde, van camino a ser adultos sumisos (de esos que desfogan frustraciones con los más débiles a mano).

¿Espacios de expresión? Los que quieran. Yo, la primera que abogo por eso. ¿Lugares seguros donde dedicarse a socializar, conversar y ser adolescentes? ¡Claro que sí! Y las autoridades locales deberían preocuparse por brindar estos espacios, asegurar a los jóvenes ciudadanos oportunidades de ocio, diversión y aprendizaje colectivo en óptimas condiciones. ¿Darle vueltas una y otra vez a la incomprensión de los adultos? No, qué aburrimiento. ¿Permitirles comportarse de manera agresiva e irrespetuosa sólo porque aquella es una "forma de exteriorizar sus sentimientos"? Ni hablar...

La adolescencia es demasiado linda y corta para desperdiciarla discutiendo con el propio ombligo. Creo que los adolescentes, en sí mismos, tienen un potencial de crecimiento enorme, por eso deben aprovechar esos años para aprender, aprender cómo seguir siendo generosos como cuando niños, aprender cómo ser útiles a sí mismos y a su comunidad, dando lo mejor de sí. El oficio que escojan o si llegan a la universidad es, en verdad, relativo.

Como colectivo, pueden conseguir muchas reivindicaciones, pero deben saber qué es lo que están pidiendo, pues. Y está bien, no vamos a decirles qué deben hacer, pero al menos dejarles claras ciertas normas. ¿Que el maldito sistema? Sí pues, el sistema que a ti te permite viajar por todo el mundo sin visado y a mí, vacunar a mi hija. Una mierda de sistema éste en el que vivimos. Pero aquí estamos. No olvides que aquí estamos, nos guste o no. Y, como me decía una profesora de la universidad: “Antes de atreverte a romper una regla, ten la decencia de aprenderla. De otro modo, lo harás muy, muy mal”. Ratifico. Ya está.

miércoles, enero 21, 2015

Toxic tour en Sucumbíos: Caso Texaco

Dos años después, y aprovechando la visita de una familia amiga del compañero, nos animamos a hacer el famoso Toxic Tour en Sucumbíos. Este recorrido, organizado por el Frente de Defensa de la Amazonía, consiste en visitar diferentes zonas afectadas por derrames de petróleo ocurridos cuando la compañía Texaco (posteriormente comprada por Chevron) operaba en Ecuador (entre 1972 y 1992). El tour no tiene costo directo. A cambio, los organizadores solicitan difusión y/o donaciones a través de su página oficial en Facebook: https://www.facebook.com/ChevronToxicoOficial?fref=ts

Pese a que estuve muy animada e interesada en la información, al tratarse de una especie de "paseo familiar" no pude concentrar toda mi atención a los relatos de los guías (Pablo Fajardo, abogado del Caso Texaco-Chevron, y Donald Moncayo, representante de los afectados), ni siquiera acompañarles en el mismo vehículo (donde iba una reportera francesa). El papel de mamá ofrece limitaciones importantes a la función de reportera. Constantemente debí hacerme llamados de alerta: "No te metas ahí, no toques, no te entusiasmes", para no incomodar a quienes sí andaban en faceta profesional (con credenciales) o, por lo menos, llevaban los brazos libres y podían permitirse tomar apuntes. Zancadillas que estoy acostumbrada a ponerme.

A todo este agobio debo sumar una muy instintiva resistencia a exponer demasiado a la nena. El olor de petróleo no es atractivo, ni sano. Como aprendizaje: la próxima vez no sucumbiré a la presión de movernos en grupo, contrataré una niñera y le dejaré en casa. Mientras tanto, agradezco al buen padre de la criatura el esfuerzo en sostenerla y entretenerla mientras yo intentaba reconciliarme con su reflex. Entre una cosa y otra, hice esta primera publicación de la experiencia, intentando reírme un poco de la frustración que significa no poder hacer lo que amas por consideración a un amor aún mayor:


Agradezco también a mi querida amiga Paquita por destacar como única comentarista de la anécdota. No tengo intención de convertir mi perfil de Facebook en un espacio público, así que el petit comité que siempre se forma en torno a mis publicaciones me viene perfectamente bien. 

A continuación, fotos:



Empezamos el tour a las 9 de la mañana (una hora después de lo previsto, por estas "divagaciones horarias" tan habituales en la localidad). Don Víctor, poblador de la zona afectada, vino a nuestro encuentro para denunciar los males que sus vecinos padecen por vivir cerca de las piscinas de petróleo rellenadas por Texaco. También para vendernos café y tamales, por si no habíamos tenido tiempo de desayunar.  



Al excavar, a sólo 1 metro de profundidad encontramos petróleo. Moncayo explica que la Texaco rellenó esta piscina con tierra poco fértil, hace 20 años, para disimular el derrame. Actualmente, el petróleo sale a la superficie con facilidad, pero también contamina los pozos de agua subterránea que abastecen a las familias rurales de Sucumbíos.   


El ganado pasta tranquilamente junto a una piscina de petróleo. La leche y carne de estos animales son usadas para consumo humano.    


El aceite y el agua no se mezclan. Al agregar un poco de agua limpia a la tierra extraída de esta piscina, el petróleo sube a la superficie con facilidad. 


Rocío, compañera de nuestro día a día en Lago Agrio, abogada y defensora de Derechos Humanos, hace la prueba de rigor. No hay lugar a dudas: petróleo. 


Periodista, visitantes y guías frente al primer pozo que Texaco cavó en Sucumbíos. "Aquí empezó el mal de muchos y la riqueza de pocos", dice Moncayo. Cuenta, además, que esta zona estuvo habitada por indígenas siona hasta la llegada de la empresa petrolera. Ellos nunca recibieron compensación alguna por haber perdido el acceso a su territorio. El bosque primario ha desparecido por completo.


Pozo "Lago Agrio". Aquí se generó el "apodo" con el que todos conocemos a la ciudad de Nueva Loja, capital distrital. 


Esta mujer vive en una parroquia de la localidad. Padece, desde hace 30 años, de un mal en la piel que le ocasiona úlceras y picazón. Según cuenta, cuando era niña solía bañarse en un riachuelo cercano a su casa. No sabía nada de la contaminación. Actualmente, no tiene trabajo y buena parte del presupuesto familiar (aportado por su esposo) se va en medicinas. Ha llevado diferentes tratamientos, ninguno efectivo. Tiene 5 hijos. "No me dan trabajo porque la gente me tiene asco, dicen que estoy sarnosa", lamenta. 

Según Donald Moncayo, hay 14 casos sólo en esta parroquia, pero el Ministerio de Salud no proporciona datos al respecto.

Quien desee mayor información sobre éste y otros casos de afecciones, o esté en condiciones de brindar algún apoyo, puede contactar directamente con el Frente de Defensa de la Amazonía: 


La esposa del hombre que vive en esta casa murió debido a una infección respiratoria, luego de caer a una piscina de petróleo intentando rescatar una vaca. El viudo mantiene la cabaña llena de flores, pues se siente solo y confía en que así conseguirá una nueva compañera. 


Pablo Fajardo, abogado del Caso Chevron-Texaco. Fuimos afortunados al contar con su presencia en el tour.  


Una hermosa y extraña flor crece en la tierra contaminada. 


Peligro: petróleo en la superficie. 


 Manos sucias.


Donald Moncayo, guía principal del Toxic Tour, en una de las piscinas más desastrosas del recorrido: el petróleo está en la superficie de la tierra. Las constantes lluvias lo arrastran hasta un riachuelo que abastece de agua a las familias de los alrededores. 

Más información:
http://lamanosucia.com/ecuador-y-la-mano-sucia-de-chevron/
https://rsechile.wordpress.com/texaco-en-ecuador-el-peor-desastre-petrolero-del-mundo/

miércoles, enero 14, 2015

Excusas razonables


Me cuesta escribir. Temo sentarme frente a mi laptop y tener que levantarme en el preciso momento de la inspiración, para atender algún requerimiento (natural y justo) de mi hija de 16 meses. Arrastro el mismo miedo desde hace años, extrapolado al trabajo, la pareja, el corte de energía eléctrica. Excusas, sí, pero excusas razonables, posibles, adecuadas a cualquier procrastinación con algo de clase.


El tema central es el siguiente: a veces, cuando tengo tiempo y no estoy muriendo de sueño, releo algunas publicaciones pasadas y siento un retortijón en las tripas. No me reconozco. Me gusta, pero no soy yo. Quien escribe es una mujer joven, ansiosa de experiencia, idealista, temeraria y dulcemente triste. Lo anterior a dulcemente es manejable, pienso. No se llega a los 34 años sin escarmientos, digo. Pero la tristeza... La tristeza me puede, me asusta, no tengo ganas de enfrentarla y verme dividida en piezas, piezas multicolor que laten, cantan, cuentan una historia, escriben sin dudar, transmiten sin descanso, disfrutan enredando la narración hasta reventar y hacerse aún más pequeñas, más sangrantes, más tristes...

¿Por qué no escribes más?, me preguntó, hace poco, un querido amigo escritor. Porque no quiero despertar a la bestia, respondí. Asintió, entendió, comprendió y, con respeto, calló.

En todo caso, puedo intentar narrar el día a día o hacer una insoportable crónica sobre las vacaciones más trabajosas de toda mi vida adulta y consciente. Estuve a punto de matarlo, estuve a punto de morirme, pero los bajones y las crisis del tercer tipo no pueden sostenerse mucho tiempo si tienes al lado una niña pequeña, llena de alegría, amor por la vida y frugívora avidez. 

Por cierto, acaba de despertar y es hora de almorzar. Hasta luego, pues.