lunes, diciembre 31, 2007

12 uvas


He aquí mis propósitos para la celebración de esta noche, y el 2008:

  1. No enrollarme con españoles de dudosa sexualidad. Luego se ponen presumidos con algún gay jovencito, se van de morros y te jodieron la celebración.
  2. No enrollarme con españoles.
  3. ¡¡¡NO ENROLLARME!!!
  4. Dormir menos.
  5. Fumar menos.
  6. Beber menos.
  7. Ser brillante en los estudios, pero ser conciente de estar estudiando y de estar metiendo toda la cabeza en ello. Sé que soy genial, pero me gustaría recordar los procesos de mi genialidad, vaya…
  8. No volver a “aquello que nos hacía sentir tan fuertes”.
  9. Ser más atenta y cariñosa con mis amigas del alma y mis amigos del corazón.
  10. Llamar disciplinadamente a mamá una vez por semana, sin depresión que valga.
  11. Superar la fase de saludar y averiguar direcciones en idioma quechua.
  12. Recuperar el registro de voz que tenía a los 19 años (lo cual va íntimamente ligado a los propósitos 5 y 6).

En fin, aquí nadie vuelve a fojas cero, el tiempo es lineal y te desperdicia si lo desperdicias. Nada termina esta noche, ni empieza un minuto después. Todo sigue y el mejorar o irnos al diablo, ya depende de cuánta voluntad pongamos en ello.

La vida es hermosa…

domingo, diciembre 30, 2007

Instinto


No deseo reabrir heridas que hace mucho, sin darme cuenta y sin mayor técnica, cautericé. Sin embargo, te agradezco la oportunidad de decírtelo, eso te hace grande, Corazón. Eso y todos los pequeños detalles importantes que tienes para mí.

Te quiero. Te conocí cuando ambos éramos conejos, bellos y alegres, jugando en el campo y comiendo flores. Me sentí feliz de comprenderte, mi niño.

Hoy no sé bien lo que eres, aunque te quiero más que nunca. Yo sé lo que soy (no te lo diré) y, mucho más importante aún, sé qué estoy buscando: ¿Un hombre? No, sería mucho pedir a la naturaleza. Un caballo. Eso es, quiero un caballo (y también un gato).

No puedo. Es que... hueles diferente, amor. ¿Cambiaste de olor o cambié yo?

viernes, diciembre 28, 2007

Una mierda de vídeo...

Entre sueños, rumbo a Salvación (Manu, selva sur de Perú), hace algunos meses.

Prometí no volver a meterme con español alguno, menos si era hippie o fumador compulsivo de porros, y conocí a Carlos.
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Hace mucho no pensaba en Carlos (es que hoy me escribió un masivo). Gran tipo, el malagueño. Cooperante, hippie y fumador compulsivo de porros. Seguramente es feliz y eso siempre es bueno. Menos mal que nunca me gustó más de la cuenta. Lindo niño, como buen andaluz.

No puedo seguir renegando de Paulina Rubio (o de quienes escriben sus letras), a fin de cuentas, también es mujer. Y una mujer siempre sabe… Ayudarnos y protegernos nosotras mismas, ¿no?

Está gritando, ya sé que no se entera. ¡Hey, corazón escucha a tu cabeza! ¿Pero a dónde vas? ¿Me estás escuchando? ¿Qué hay de tu orgullo? ¿En qué habíamos quedado?

La noche empieza y con ella mi camino. Te busco a solas con mi mejor vestido. Pero ¿Dónde estás? ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Qué es lo que queda después de tantos años?

Miro esos ojos que un día me miraron; busco tu boca, tus manos, tus abrazos… Pero tú no sientes nada y te disfrazas de cordialidad.
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Ni una sola palabra, ni gestos ni miradas apasionadas, ni rastro de los besos que antes me dabas hasta el amanecer…
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Ni una de las sonrisas por las que cada noche y todos los días sollozan estos ojos en lo que ahora te ves.
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Como un juguete que choca contra un muro, salgo a encontrarte y me pierdo en cuanto busco una oportunidad, un milagro o un hechizo: volverme guapa y tú, guapo conmigo.

Frente a los ojos que un día me miraron pongo mi espalda y algunos cuantos pasos y me apunto otra derrota, mientras mi boca dice "nunca más".
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No puede ser. No soy yo. Me pesa tanto el corazón por no ser de hielo cuando el Cielo me pide PACIENCIA.
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¡Yo quiero un gato!

jueves, diciembre 27, 2007

Ayer


Todo bien, pero tengo necesidad de escribir.

Es el orden natural, es el modo en que alguna especie de “amo” tira de cuerdas e hilos, un día, y nos coloca frente a una verdad a destiempo, una verdad tal vez necesaria, por su propia naturaleza inevitable, pero también dolorosa, pese a las circunstancias, pese a mis lágrimas compensadas, pese a que la vida es así.

Lo miro y recuerdo: mi niño, ayer habría estallado en felicidad ante lo dicho, habría muerto de amor al verte dormir cerca de mí, habría recuperado los sueños…

Este blog nació cuando él me dejó, hace poco más de tres años.

Ahora me mira, tal vez con más cariño, con fantasías renovadas, con aquello que nunca existió entonces, latiéndole en el pecho. Y yo: no puedo. Lo siento, pero no.

El amor evoluciona, lo he descubierto. O desaparece, o contamina, o cambia. Ha cambiado para mí, es dulzura, familiaridad, seguridad, amistad. Nada más. Una pena que la amistad, de los más importantes afectos, signifique tan poco en los corazones apasionados. Una pena, pero es lo que hay.

Tardé mucho tiempo en sacarte de mí, cariño. He llorado recordando aquella inocencia que luego me empeñé en perder, y mi incapacidad de volver atrás. No puedo. Se vive hacia adelante. Te quiero, pero en algún momento suave entre mis tormentas, te olvidé.

Estas cosas no matan a nadie, ya lo sabemos. Estarás bien.

domingo, diciembre 23, 2007

Ego te absolvo

¿Quieres que escupa en tu copa de vino, y mee en mi lata de cerveza vacía, para ti? ¿Quieres que mastique un poco de mi sándwich y lo deje caer en tu boca, sin tocar mis labios? Tal vez… Tal vez hasta te pida que tragues la mitad, esto que ya no quiero, sin morder, entero, como muchos me han pedido que trague sus porquerías, para luego escandalizarse por saber hacerlo bien…

¿Quieres lavar la vajilla que he dejado acumular estos días de retiro, porque pensé que no vendrías (o no lo recordé) y me dio igual comer, tanto que conseguí perder peso, sólo moviendo los dedos y sintiendo música?

Estás aquí, mi perro, y no te eché de menos. Pero te amo ahora, como el cerebro que sostiene tu genialidad y la comprensión de mis hermosos (y estúpidos) ojos. Ahora estás aquí y me aguantas, porque soy tu ama.

He podido saltar sobre tu estómago, sentirlo crujir, oler tu miedo y tu placer, sin hacer nada, sólo danzar, danzar sobre ti, apretar tu cuello y mirarte.

Eres asqueroso. Soy tu dios. Eres basura. Traga mi saliva, cariño, sin tocarme. Si sólo piensas en tocarme, si sólo lo imaginas, desaparecerá esta imagen, se irán mis carcajadas, dejarás de sentir mis zapatos de suela ancha sobre tus grandes pobrezas, me desvaneceré.

Sigue muriendo. ¡Muere! Pero no en este salón, no aquí, ni ahora, no te quiero muerto. Te quiero para mí, sin ser de mí. La propiedad envilece y somos del viento.

Respira. No te oigo respirar. ¡Respira! No quiero oírte respirar. No quiero oírte hablar. No quiero oírte gemir, ni decir. Sólo sé que soy bella, aunque lo digas a gritos. No me importa, eres un perro, el perro adora, sin criterio. Soy hermosa, con criterio. Estoy enferma. Estamos enfermos, locos.

Pero está bien, amor. Está bien.

Ahora somos hermanos, somos laxos… y ésta es nuestra canción.

sábado, diciembre 22, 2007

Fundido a blanco

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Me disfracé como suelo ser cuando no estoy disfrazada, sólo porque sabía: hoy seré golpeada, necesito un escudo. Una mujer sabe.

Vestí como visto en mis sueños, de inmortalidad, de ausencia, de vacío.

Sabía que me odiarías por eso, pues sueles odiar lo que amo.

Creo que nunca dejé de ser yo, igual que tú, tantas veces el mismo, con diferentes ojos, distintas sonrisas, misma máscara.

Aún no puedes llevarme contigo, querido demonio. Aún me quedan días en el monte, en mi caverna, en el pecho, en la lengua, en el mar, entre mis piernas, en mis amantes, en mis mundos. Aún no.
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Aún me gusta.

viernes, diciembre 21, 2007

Bipolar

Quise recordar cómo lucía en la universidad, agradecer a quienes me acogieron por entonces. Recordar, además, que no conozco Praga, y disfrutar este vídeo reencauchado que Angel y yo descubrimos alguna Noche Vieja, en uno de mis rincones.

La crueldad sólo tiene perdón si se sostiene en la locura. La locura puede nacer alimentada por la crueldad. ¿Hasta qué punto eres conciente y en qué momento tus demonios empiezan a conducir tus emociones y tristezas? ¿Puedes asir el timón, sin medicamentos, ni crisis alguna? ¿Puedes recuperar el mando, desde donde estás, escondido?

Han pasado algunos años los últimos días. Han pasado hacia atrás, te han traído de vuelta al agujero que te hace feliz, ahí, justo ahí, desde donde no salen personas “serias” (¡qué equivocada está la convención social!). Ahí, donde puedes olvidar quién eres, y ser parte de las pinturas de las paredes, o el aroma a incienso, o el humo de los pitillos, o la caca del gato.

Olvidarte, sólo sentir música por debajo de las uñas, uñas mordidas de manías, de inseguridad, de te da igual ponerlas bonitas, como toda una dama. Música.

Eso, o la montaña. O la playa. O casa.

La realidad está al dirigir la vista a un lugar distinto, a un movimiento de tus ojos. Pero prefieres seguir pegada entre tu estómago y tus ovarios, entre tus tripas y el corazón. Ahí, donde casi nunca miras, sólo envías alcohol y agua oxigenada, confiando en que el tiempo, ¡oh, el tiempo!, desinfectará y cuidará tus heridas, mientras tú sigues viviendo.

Hace mucho que no mirabas aquí dentro, niña, ¿te gusta lo que ves? Por lo menos, ya no huele mal. Y está recubierto de tendones que se han unido como han podido, haciendo cayo. Se nota el desvirgue, se nota que has estado entregando pedazos de ti, arrancándolos sin cirugía y sin reparar en el dolor, pues es parte de compartir, y compartiendo has sido feliz, como cualquier animalito inocente… Como un jodido conejo, blanco y gordo, saltanto por la pradera. Así, tan cual.
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En fin, mira cómo un hombre mata a sus amigos, haciéndoles creer en su propia muerte. Di: ¡Qué hijo de puta! Y recuerda que no conoces Praga. Y recuerda que nada tiene que ver en la crueldad de un hombre que su madre haya sino o no una puta. Y recuerda, también, que la sombra de tu amado resplandecerá entre el frío color de la plata, y te dirá: “¡Oh, hermosa mía, que todos tus pecados entren en mí!"
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Agradece por ser tú.
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¡Ah, la luna!...


martes, diciembre 18, 2007

Mala época

Un conocido me explicó el término: te sucede cuando has quedado muy mal parado de una ruptura amorosa (con el corazón destrozado y todo eso), luego te das a la “vida bohemia” y terminas haciendo cosas que antes ligeramente calificabas de “negativas”. Es como perder la memora inmediata. La conciencia moral, a fuerza de repetición, se hace más y más condescendiente, vives el día a día con apetito voraz, sin reparar siquiera en el ya débil sentimiento de culpa. En fin, que todo empieza a darte igual y tu arrebato se expande, hasta descubrir, de pronto, que eres capaz de hacer tanto daño como te lo hicieron a ti.

Entonces, puedes decidir detenerte o seguir. Yo decidí detenerme, pero los seres marginados que me acompañaron por pequeños tramos de aquel colorido y deplorable camino me sonreían con verdadera sinceridad, me acogían con verdadero cariño, me aceptaban, sin ser menos, ni más. Sólo por eso, pienso, podría valer la pena seguir, porque el vacío se compensa con amistad sincera y compañía amena, aunque tribal.

A veces pasa. A veces pasa. Xavi me ha dicho: ser de mundo no quiere decir mantenernos siempre fuertes o que no nos duelan las ofensas, ni lo injusto que nos ocurre. Ser de mundo quiere decir que somos capaces de comprender a las demás personas, sin juzgar, sin catalogar, sin tachar.

Soy de mundo. ¿Habrá alguien de mundo por ahí, para mí? ¿Me pedirá, acaso, ser su princesa vampira? ¿Me perdonará por lo que nunca me vio hacer, porque no me conocía?

Muy importante: el perdón. He descubierto que, para algunos, siempre resultaré, sencillamente, imperdonable. Una jodida imperdonable.

A remontar el vuelo si amablemente te echan, pues, mariposa, que sentir miedo es un derecho humano. O remonta antes de saber, pues tus días están contados y aún queda polvo de estrellas en tus alas.

A fin de cuentas, siempre nos quedará la música. La música, el litio y París.
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lunes, diciembre 17, 2007

Pamplona



No la recordaba tan fría. Sin embargo, hizo buen sol y bajo sol, en clima seco, se está muy bien.

También se está a gusto andando caminos ya conocidos, aún recordando no haber contado más con volver a hacerlo. Incluso, como dijo Alberto, cuando todo parecía un comentario sencillo, sin mayor certeza. Lo que era, claro está.

Y sucedió, después de seis años.

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No necesité ser explícita. No necesité discutir. Las sonrisas, los preciosos ojos de Nerea, sin cuestionar, sólo observando, escuchando. Personas diferentes, pero hermano y hermana, ambos.

Podría decirse que perder el rastro tanto tiempo enfría las relaciones. Depende. Las parejas tienden a romper, ese tipo de amor es frágil cuando es falso (y pocas veces es real), pero el amor de amigos es superior, casi divino. Pareciera que no, pero ahí está. Pareciera que no, pero hay cariño, y el paso del tiempo no se siente, ni la edad.

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De vez en cuando, leí recientemente, los seres humanos ansiamos relacionarnos con quienes nos entenderán y nos acogerán, aunque hablemos sólo en medias palabras. Ya pasó la etapa de querernos querer, ya nos queremos y, por ello, nos aceptamos.

A veces, sobre todo cuando te lo piensas, descubres que “ser nuevo en un lugar” fatiga mucho. Tal vez por eso, como propuesta inicial, rechacé dedicar tiempo a los intercambios exclusivamente personales, para dar preferencia a lo académico y, por qué no decirlo, al “contacto útil”.

Pero soy social por naturaleza, aunque no pertenezca en particular a ninguna especie.

Y ha sido bueno dedicar el sábado a quienes no sólo caigo bien, gusto y/o llamo la atención, sino a dos personas que me quieren desde hace mucho tiempo.

Entonces… Debo agradecer a Dios (y a estas fechas de mierda) esos abrazos interminables y fortísimos, que acaban sólo porque el bus se va. Son cosas que se echan de menos y así es mejor, porque luego adquieren mayor valor.

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martes, diciembre 11, 2007

Equalité

Tengo tanto derecho a identificarme con el agricultor indígena de la puna cusqueña, como lo tengo de quedarme hasta las tantas de la madrugada en alguna linda cenita, discutiendo con europeos acerca de tópicos que me revuelven el estómago, aquí, en Bilbao.

Soy igual en ambos casos, tal vez con referentes distintos. Y como yo, cualquiera. Es lo que hay, mi querida
Lucía.


Y dice sentirse un poco mal por tener tanto y otros tan poco, mientras el humo empieza a hornearnos. No te sientas mal, niña, porque un par de personas que te aman han trabajado desde que naciste para “hacerte” como mejor les pareció, y eso está bien. Agradece.

Ahora que eres grande, ahora que has visto lo que pocos y puedes comparar, comparar sin ofender, pero saber la diferencia, preocúpate por aprovechar mejor las oportunidades ofrecidas por tu entorno.

¿Privilegiada? No lo creo. Con más de dónde optar, materialmente sí. Pero se trata de aquello que has entendido como “opción”, que no es universal, pese a tu pesar.

Saca de tu cabecita la idea de estar mejor. La mejoría respecto a algo sobreentiende “lo peor” del otro lado. Esto tal vez sea útil en términos económicos, pero mira, la vida es riquísima, los seres humanos, cada uno de nosotros, somos capaces de montarnos en la historia como mejor nos parece.

No te negaré que existen desventajas. Pero los opresores están en todo el mundo y siguen ocasionando injusticias…

La injusticia de morir por defender un sueño; la injusticia de quedarme pequeño por mala nutrición; la injusticia de no poder protestar, porque no sé o tengo miedo; la injusticia de no formar parte de mi realidad política que, aunque nos joda, existe, y tengo el derecho/deber de ser partícipe; la injusticia de no saber leer y permitir, con esto, que un par de listos me estafen; la injusticia de perder mis tierras; la injusticia de sentir hambre; la injusticia de sentir frío; la injusticia de vivir en la calle; la injusticia de trabajar con cinco años de edad; la injusticia de que mi madre me haya alquilado a los productores de cocaína, en la selva, porque así ayudo a mis hermanos más pequeños; la injusticia de no poder escoger el número de hijos que quiero tener; la injusticia de no poder aceptar sin vergüenza que quiero tener muchos hijos, porque es mal visto en el mundo moderno; la injusticia de tener que dedicarme a tiempo completo a mi trabajo, porque soy mujer y debo andar demostrando mi valor y mi capacidad, en vez de estar sobreentendido, aunque no se me dé la gana hacerlo notar; la injusticia de ser considerada “panfletaria” por no ser más académica en clase, sin saber (ni preguntar) qué atrocidades he debido soportar en mi vida; la injusticia de postergar proyectos, por falta de recursos; la injusticia de que destruyan mis cerros, pues la minería es progreso; la injusticia de tener que adorar al dios que me imponen; la injusticia de no querer vivir, aunque la vida sea mi única oportunidad de estar vivo.

No les mires desde arriba, guapa. No les compadezcas (no nos compadezcas). Somos tan iguales como distintas. Puedo tratar de resolver mis problemas sola, aunque un poco de ayuda no me vendría mal. Recuérdalo.

Ni siquiera el más pobre necesita lástima. Necesitamos ser iguales en derechos y en dignidad. Necesitamos que sepas: esto es un sistema. No tienes la obligación de enviarnos donaciones, nosotros no deberíamos creer tampoco que es tu obligación. La solidaridad no es obligación de nadie, sino una cualidad que nos pertenece, como animales y seres humanos. Una necesidad de supervivencia recíproca. Un modo natural de existir, que se ha perdido, porque hemos olvidado que compartimos un solo planeta.

¿Te cuento algo? Cuando empecé a trabajar en esto del desarrollo, supe, en poco tiempo, que la agencia de cooperación titular era parte de todo un movimiento actual de conservación de recursos naturales. En mi país, muchas instituciones que trabajan por las áreas protegidas, tienen en el ideario un principio básico nunca evidenciado: la naturaleza sobre los seres humanos (como si no fuéramos también parte de ella).

El bosque de neblina me sirve más sin gente, la selva sur de Perú me viene mejor sin nativos. La acción antropogénica sólo debilita los ecosistemas, y a estas alturas de la historia, los científicos, quienes todo lo saben, han descubierto que debemos cuidar, que debemos proteger, que debemos conservar cada arbolito, cada animalito, cada colchón de agua, cada banco de oxígeno.

La extrema pobreza de las familias humanas habitantes de los valiosos ecosistemas, empeora el asunto: más deforestación, más expansión agrícola, más destrucción.

No hay desprendimiento gratuito, colega. Resulta más sencillo controlar a personas “instruidas”, que a toda esa “pobre gente”. Habrá que organizar, pues, programas de educación. Habrá que capacitar y dar mejor servicio de salud, a manera de trueque, para que me escuchen. Habrá, también, que apoyar ciertas políticas expansionistas de grandes empresarios, pues con ellos seguramente el presidente podrá razonar de “igual a igual”, y tendrá menos líos de administración (y no deberá aprender quechua, que tanto asco da a alguna cultísima congresista peruana).

No hay desprendimiento gratuito, entiéndelo, asimílalo, porque será útil para entender: sí, esto es un sistema.

Empieza, como te dije al principio, valorando lo que tienes y haciendo un mejor uso de tus recursos. Ahorra agua, fuma menos, respeta a tus vecinos. No te indignes con facilidad por la pasividad de los ciudadanos de a pie, ellos no tienen la obligación de saber. En todo caso, tu obligación es decirles, informarles, convencerles de esto, de la repercusión de sus acciones, de la igualdad de derechos y dignidad, de agradecer lo que tienen y ayudar, si desean, a quienes tienen menos, sin sentir lástima, sin sentir compasión. La caridad no es la buena acción del día, para luego ir tranquilo a la cama, sino un estilo de vida, un compartir entre iguales, porque humanos somos todos, aún quienes consideras “parias”, aún quienes no quieres en tu entorno social, aún quien te cae mal, aún quien no te conoce.

Sonríe enternecida con tus niños del Sahara, aprende y comparte gratitud, pero no los mires de arriba hacia abajo (aunque seas más alta). Indígnate si ves injusticia, porque es como eres, es lo que te ha tocado y debes vivirlo, pues te hará feliz. Indígnate y actúa, como lo has hecho hasta ahora, porque es tu función.

Pero no me pidas que participe en la conversación de hoy, esa en la que filosofaban todos sobre un mensaje para conmover a la sociedad. Triste sociedad si necesita ser “conmovida” para sentir cercanos a congéneres de otras razas, de otras latitudes. Tal vez sea así, pero pese a vivir en un país donde la discriminación siempre está a la orden del día, créeme, me duele interiorizarlo, aceptarlo como legítimo y, más aún, participar.

Confía en tu entorno, en su necesidad de información. Tal vez baste saber esto, que todo es un sistema, que todo lo ocurrido afecta, rebota, y si ya lo sabes, no te corresponde echarte para atrás, aunque tengas derecho a hacerlo.

Podrás decir que confío demasiado en las personas. No te engañes, conozco un poco de todo, por resumir. Justamente por eso, insisto en confiar y respetar, que ya bastantes muertes han ocasionado quienes creyeron tener la última palabra.

Igualdad, Lucía. Igualdad, equidad y rompernos la espalda trabajando, en lo que nos ha tocado. Eso y más.

lunes, diciembre 10, 2007

Cinco minutos


Hoy no sé si agradecer como tantos días que lo habrían merecido, pero lo olvidé. Hoy estoy gris, como este nubarrón encima mío, puesto a seguirme desde Getxo, dentro del metro, incluso, lloviendo copioso y yo, sin paraguas.

(Tengo frío)

Dicen: así es el País Vasco, frío y lluvioso.

Digo lo contrario. El nubarrón es real y también que anoche no conseguí calentar mis pies sin calcetines de la más gruesa alpaca adulterada, de mercadillo artesanal cusqueño. Pero el mar es impresionante. Violento, duro, fuerte, bello.

Sin embargo, no es Máncora.

Cruzo los dedos (y confío, y rezo, y lloro, porque me está por venir) para conseguir trabajo. Un mes después, no da lugar a seguirnos ubicando, ni acostumbrando. Somos parte de esto ahora, ¡Ala! ¡A producir! ¡A insertarse en el sistema!

Provocan cierta envidia quienes pueden ser estudiantes y sólo eso. Envidia sana. ¿Sana? ¡Si es envidia, no es sana! Bueno… Entonces no sé. Tendría que aprender a definir la sensación aquella que mueve el corazón cuando suspiramos y decimos: “¡Quién como él/ella!”.

Pero se olvida pronto este apretujón. Se trata, simplemente, de diferentes oportunidades, de maneras distintas de llegar a un objetivo, de modos de vida, de condiciones económicas, de familias, de costumbres, de cómo sabemos hacer las cosas. De riqueza, ni más, ni menos. Riqueza.

Entonces, ánimo (pese al nubarrón y que me está por venir). Ánimo aunque sea fin de año y las personas racionales afirmen que, estadísticamente, ya no hay posibilidad de encontrar.

Días complejos. Alguien ha dejado de confiar en mí y me ha golpeado. Otro alguien piensa que, por ser bueno, yo debería considerar la posibilidad de amarle (como él me ama), para así no sufrir más. Aún no soy capaz de aceptar seguir este raciocinio, sin protestar.

Yo sé: para que algo crezca, debe empezar por existir. Siento: deseos de escoger. Y me he planteado: conseguir un trabajo, estudiar, dejar que las cosas caigan por su propio peso…

Estoy a gusto con la suavidad de estos paseos por la Ría.

Estoy a gusto con el mirador y el metro de última hora.

Estoy a gusto y ahora sólo debo terminar de armarme. Cada pieza vale, cada pieza me completa. Cada pieza…

(He sentido miedo)

Suelo caer de pie. Estaré bien.

miércoles, diciembre 05, 2007

Puzzle


Alguno dio la partida. El primer tiempo supo a durazno, casi sentí su textura. Nada más. Mirarle mirarme. Sonreírle a una frente aguda. Confundir. Descubrir: estoy condicionada a no querer querer bien.

¿A qué vienes? ¿De qué vas?

Miedo.

Sentir: soy nueva y soy yo. Saber: no quiero tener miedo. Lamentar: ¿Habré dejado mi lastre allá, con los míos, con mis seres amados? No averiguar. Tiempo. Resentimiento. Recelo. Lejanía. Los míos. ¿Los míos? Mi casa… Escribo desde mi casa hoy, aunque a una buena madre le duela oírlo. Siempre estoy en mi casa.

Saber: no sé porqué no debo. No es como el durazno. Es sudor. Es real. Es humano. Raspa. Hace daño. Golpea. Come. Duda. Huele. Teme. Cuestiona. Juzga. Saliva. Sonríe. Abraza. Teme. Piensa. Besa. Descarta. Recupera. Piensa: bienestar. Piensa: ¿pronto? Piensa: ¿y ahora qué?

¿Ahora?

Ahora abrázame, que te gusta y me gusta. Déjame ocupar ese espacio que, por hoy, guardas para mí. Sólo eso.

Salgo, tarareando una canción tonta de Julieta Venegas. Corro tras el tren, que me deja o no, depende del sol. Estudio. Escribo. Llamo. Pienso: ¡lindo! Entiendo: todo a su tiempo. Certifico: siempre hay tiempo. Recuerdo: debo llamar a mi madre el sábado. Repaso el día: agotador y útil. Siento: bienestar.

sábado, diciembre 01, 2007

India, negra... ¡Y fea!

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A mi comunidad "marrón":

¿Alguna vez han escuchado asociada la palabra “blanca” al adjetivo “fea”? Yo nunca. Lo más relacionado a esto ha sido “desabrida”. Por supuesto, lo desabrido no ha de ser una característica exclusiva de la gente blanca, como no lo es la fealdad de las pieles oscuras o las razas indígenas.

Sin embargo, asociar una denominación racial (india, negra) a un adjetivo calificativo (fea) parece ser una costumbre demasiado arraigada, tanto que ni siquiera se es conciente de lo que se dice, cuando se dice.

“Serrano bruto” o “cholo bruto” es otra historia. En este caso, la generalidad peca de mayor atrevimiento ignorante, ya que se asocia al “bajo criterio e incapacidad de aprendizaje” (que es lo que quiere decir “bruto”, en este caso, no “recio, tosco u ordinario”) con la procedencia geográfica.

Es decir, al expresarnos de los modos citados no sólo demostramos ser prejuiciosos, sino también estúpidos, por tener el criterio tan reducido. Pero bueno, la estupidez, cuando se hace costumbre, no duele tanto, ¿verdad?

Una amiga mía, muy buena amiga, por cierto, tenía una cómica idea fijadísima en su cabeza: “El racismo es un vicio propio de las personas blancas. Sólo los blancos pueden despreciar a los negros. El desprecio que los negros sienten por lo blancos no es racismo, sino complejo de inferioridad”.

Genial sería que ni blancos, ni negros, ni amarillos, ni marrones canela, marrones café o marrones chocolate sintieran desprecio por las personas que les son “fisiológicamente diferentes”. Genial sería también que existiera una raza incapacitada de despreciar, para copiar sus genes y expandirlos por el mundo. Pero en fin, pareciera que la idea de “superioridad” es un vicio que nos viene casi innato, parte de muchas cosas inútiles que deberíamos todos aprender a desterrar.

Siguiendo con la teoría de mi amiga ítalo-peruana, ¡pobres de todos nosotros los no blancos! ¡Estamos condenados a pasarnos la vida envidiando la poca pigmentación de nuestros semejantes arios y afines! ¡Qué pena, penita, penaaaaaa!

Conozco el orgullo y el nivel de racismo que puede existir entre negros de diferentes orígenes, y de negros hacia “los demás”. Es que, además de la raza blanca (de cuya raíz han salido personajes como Bush y Bin Laden, aunque no me lo crean), es la única que puede considerarse aún “bastante pura”.

Otros grupos raciales bastante conservados (es decir, antes de que Europa decidiera “conquistar el mundo”) son algunos derivados de la raíz mongólica (o mongoloide, que también es correcto), a saber: los asiáticos amarillos y todas las culturas nativas extendidas desde el Asia y Oceanía, hacia América.

Sí pues, Atahualpa tenía mucho en común con Atila, Toro Sentado y cualquier simpático esquimal.

El peruano promedio, salvo el indígena quechua, aymara o nativo de la selva, es una derivación de mixturas que empezó con la mongoloide y una declinación de la aria: los godos españoles, ya bastante mezclados con latinos (romanos) y arios de oriente medio y del norte de África (musulmantes en su mayoría, aunque también árabes) y gitanos, gente de cabellos oscuros venidos de Europa del Este.

Entonces, lo epañole andaluce que llegaron a América hace quinientos quince años, ya traían menudas mezclas en su sangre. Acá, por las buenas o por las malas, terminaron de desparramar semillas y somos, pues, lo que somos.

Por supuesto, a lo largo de nuestra historia como colonia y república, hemos recibido cientos de inmigrantes (por fuerza o por necesidad). Así tenemos a negros, chinos, japoneses, judíos, alemanes e italianos, para citar a quienes formaron los grupos culturales diferenciados con más evidencia en este país.

Nuestro querido Perú es, entonces, una bonita fusión, a base de movimientos migratorios, comunidades indígenas y los cientos de miles de marrones que por aquí andamos, algunos con el cabello más grueso, otros con la tez más clara, y en fin, la misma especie, pues, con distinto origen geográfico, acento y oportunidades.

A estas alturas, me resulta una soberana pérdida de tiempo hurgar en los árboles genealógicos de cada familia, sólo para saber qué tanto de inga o mandinga tiene. Sé de personas que sí lo hacen. En fin, acepto que a veces resulta entretenido y es interesante averiguar de dónde venimos, que no determina lo que somos en verdad (uno de mis tatarabuelos por parte de madre, por cierto, fue español… y sacerdote).

Creo que también resulta útil para descubrir riesgos de enfermedades congénitas. Pero bueno, la diferencia se marca en el presente. Las acciones buenas o malas las comete cada quién, no el apellido.

De todos modos, Perú seguirá siendo discriminador en masa aún por mucho tiempo. Lo que cualquiera de nosotros podría hacer ante esto, sin invertir un sol, es moderar hábitos personales, como tener cuidado al decir las frases con que inicié este post. Pensar bien antes de hablar, evitando así que, a fuerza de repetición, continúe siendo una dañina costumbre en el inconciente popular. Todo empieza en pequeños detalles.

Hace algunos años, y a raíz de un odio familiar muy exacerbado (pugna por herencias, se llama “legalmente”), la esposa de algún tío o primo de mi padre, acusó a cierta estudiante de Comunicaciones de primer año (¿es necesario aclarar que estoy hablando de mí?), de insultar por el campus a un par de señoritas brasileñas, hijas de algún otro miembro de aquella familia que, gracias al dios, ya no es mía. He aquí su indignadísimo discurso:

¡Esa india fea y negra ha estado maltratando a las gringuitas! ¿Qué se habrá creído esa chola? ¡Es que les tiene cólera a las gringuitas, porque es fea y negra!

Por supuesto, de ser cierto lo del escándalo que la señora contaba, esta servidora no habría durado dos meses más en aquella universidad, por ser privada y tener una serie de normas de conducta. Las chicas brasileñas pueden dar fe de ello. Menos mal que el tiempo lo aclara todo.

Y así como me han llamado negra, chola e india de indígena (¡lo de fea sí que fue por pura envidia!), la primera vez que anduve dando tumbos por Europa me confundieron con india (de la India). Si creen que el despiste es particularidad de los europeos, se equivocan: cierto vocalista de cierta banda de rock, en Perú, me dijo lo mismo, un día en que él intentaba ser amable sin mayor interés (claro que sí).

A fin de cuentas, en mi país todos tenemos un poco de todo y se nos ha de notar con mayor o menor intensidad, según cómo nos caiga la luz del sol y los ojitos que nos miren, esa la verdad. Entonces, ¿para qué perder más tiempo discutiéndolo, digo yo?

Últimos sucesos:

Anoche salí con gente del Máster, de bares, por ahí. Ya de mañana, cuando tocaba el “pintxo” respectivo (¡cómo eché de menos una buena fuente de ceviche, carajo!), me acerqué a la barra para pedir lo mío. Al hacerlo, pasé junto a dos chicos, uno de ellos, muy atractivo, se quedó mirándome un poco sorprendido. Escuché luego que le dijo a su amigo, emocionado:

¡Pocahontas, tío! ¿La has visto?

Ay, estos vascos impresionables y pasados de vueltas… ¿No digo yo?

Es sólo para que quede claro que las percepciones fallan y es bonito que cada uno de nosotros sea como es, para empezar.

Luego, un vídeo de Bon Jovi, así dejamos la modorra. A ver si alguien encuentra por ahí a una chica parecida a mí (pero mucho más guapa, claro).

Y eso.

lunes, noviembre 26, 2007

Bigmouth strikes again

Día extraño. De esos típicos domingos que empiezan mal, muy mal, sobre todo después del dolor de cabeza que algún espíritu de sábado en la madrugada provocó, sin querer hacer daño, claro (como siempre, pues).

Noticias de muerte y peligrosidad, dicen las crónicas y los amigos lejanos, que necesitan un abrazo fortísimo, pero siempre hay quién se los dé, porque son buena gente.

Lecturas adelantadas, posibilidades de trabajo, todo el día en pijama. Tania, la pobre, también melancólica, la sensación sobre toda la casa, tal vez hace falta la ruidosa y alegre María, o es que hemos sincronizado los días de mala leche, a saber.

Creo que nunca me acostumbraré al dolor (bendito sea dios). Si tan sólo no hubiera habido escándalo. Los sueños rotos, una ya se los sabe asumir. Y bien pensado, ¿de qué sueños estoy hablando?

Va a ser que ni siquiera sin esperar se hace esperar una decepción.

Si tan sólo alguno de los dos se mordía la lengua. Ay de estos seres humanos emotivos, que tan rápido como dicen ser felices, se cagan de miedo. ¡Ay, el escándalo!

Como decía, en pijama el día entero. Luego, planes de esos que, sin ser planes, salen genial. Ir a ver el fútbol y tomar unas cervezas con uno de los vecinos vino bien. También airearme. Ya lo de Tania, un brochecito dorado, el adecuado traga-recuerdos emocional, así, sin pensarlo mucho.

Fuimos, por fin, a ver Las 13 Rosas. Y volvimos andando por la playa, de noche, sin sentir frío. Estuvo bien la película, lloramos como magdalenas cansadas de llorar, es decir, no tanto, pero igual sí.

Banda sonora melosa. Buen inicio. Estoy jodidamente acostumbrada a la violencia real y mediática, descubrí. Algo se ha podrido aquí dentro.

Mientras lo injusto siga pareciéndomelo…

Otra vez lunes.

domingo, noviembre 25, 2007

A mis amigas

Todos dicen “muy rápido”, “muy rápido”, y tú sabes hacerlo sólo de este modo. Rápido. Alguien te enseñó, hace tiempo, que no, pero tú aprendiste mal, aprendiste dando todo cuando él, para él, como él, porque él. Y rápido, por supuesto. Rápido.

Pensabas, acaso alguno en particular, acaso quien sea indicado, acaso un muchacho o un hombre bueno, acaso para ti, acaso no importará. Pero importa, siempre importa, carajo. Siempre.

Ahora sabes: no existe el indicado antes de serlo. Y has dejado de creer en su llegada, en su partida, en que dure siquiera dos días, en nada, porque es mejor, recuerdas, cuando no esperas más, porque estás cansada y con la tripa revuelta de esperar.

Te duele. Reconoces el dolor. Sabes qué hace falta. Distancia. Aprenderás a estar lejos a su lado, siempre se aprende algo nuevo. Distancia, bloqueo. Le dijiste: “mírame bien”. Obviaste: “es la última vez que te miro así”.

Es que ya sabes lo de luego, ya lo sabes, ni siquiera debes pensártelo, ni siquiera suponer. Sabes, además, que todo es una bendición, a fin de cuentas, aunque la ilusión esté dañada y tú misma. Nada más.

Entonces, sigues andando y todos aún opinan “muy rápido”. Sigues andando, con tus entrañas recogidas en un trapo sucio, porque las mostraste todas, le dijiste: mira, esto lo llevo dentro. Olvidaste preguntar si le daba asco saberlo, es algo que siempre se pregunta.

Y muy rápido lo que sea. Muy rápido le juzgaste bueno. Muy rápido te juzgó mala. Muy rápido notaste que no, que mejor no, que no es conveniente. Así que mírame bien, porque es la última vez que, al mirarme, te miro también. Y ya.

Hace mucho que abandoné definitivamente Madrid.


miércoles, noviembre 14, 2007

Viento en popa (y bolsillos)

Esta vez mi habitación es verde. De paredes cremas, claro, pero sábanas verdes. Iratxe tiene buenos gustos para estas cosas, y es que cuando una casa es amoblada, viene hasta con frazadas.
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Me toca luchar con cierta tendencia al aislamiento y una buena dosis de malinterpretado autismo intelectual. Tengo compañeras de piso, ahora están viendo televisión. No dan la telenovela de las diez, que veía allá, por tanto, me da igual. Pero son lindas. Una altota, de cabello castaño y otra rubia, más menudita. Las españolas suelen ser bonitas.

Los profesores, apasionados. Académicos, también. Buena señal. Me han gustado las tres primeras clases. El grupo, visto en general, con interés y experiencia, tendencias socialistas y ganas de hacer mucho bien. Que nos dure.

Mañana debo ir a las 6 de la mañana a la comisaría, a ver si consigo sacar mi carné de residente extranjero. Lo necesito para crear una cuenta en banco local, ya no les sirve el pasaporte (desde hace dos meses). Sin carné, además, es imposible conseguir trabajo. Trabajito de medio tiempo, necesario para no perder la costumbre y paliar deudas. Es temprano aún, no nos toca rompernos la cabeza pensando en ello.

María me ha dado una pastilla de valeriana. Con lo buena que estaba la valeriana en infusión, pero progreso es progreso (y gastritis, también). Ojalá haga el efecto esperado, contrarreste el café largo que tomé esta tarde, culpa del frío y el desfase horario. Pensar que en casa (Perú) son las 5 de la tarde, y yo, con el trajín del día y siendo las 23.30, no consigo siquiera un amago de sueño.

Iratxe se ha propuesto conseguirme novio. No quiero novio. Pretendientes, sí, siempre es bueno, entretiene. Uno en cada ciudad, como los marinos (es que dije a Paty, a propósito de ese catalán que me tomó algunas fotos en primer plano, creyendo que no me daba cuenta: en fin, uno en Barcelona me vendría bien. ¿Total? Ya tengo otros dos, en Madrid y Girona).

Mujer sobrada. Mujer presumida. Mujer vanidosa. Mujer, ocasión de pecado. Mujer, la tendencia al mal. Mujer mujer, y ya.

Nada de suposiciones ni consejos dramáticos, carajo. Mi cabeza, hoy por hoy, está concentrada en recuperar el mes perdido y aprender más sobre lo que, a golpes y porrazos, he estado aprendiendo desde que dejé la universidad.

Se trata de consolidar mi derecho a ser libre.

Es hora de (re)intentar hacerlo todo bien, a la legal y con decencia, que nos lo merecemos, ¿verdad, Corazón? Dos años de “mala época” ya me valen. Todo cansa y enferma. Mejor, por las buenas.

Ahora estoy en licencia, gracias al cielo pude darme el lujo de tomármela y hacer el postgrado. ¿Mejorar mi nivel de competitividad? Sí, podría ser. Pero yo decía: es bueno en lo personal. Como la vida: sigues, paras, tomas un respiro, recuperas fuerzas y conocimientos, y le das a la marcha otra vez (marcha de caminar, no de ir a los bares).

¿Será más fuerte la valeriana que la cafeína? Lo sabremos en el próximo capítulo de…


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A propósito de mi foto para el carné de extranjero
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Encontré a esta niña en el caserío Río Claro (sierra norte de Perú). Le pregunté: ¿Puedo tomarte una foto? Dudó. Sonrió. Dijo: ¡Ya, pero me espera un ratito! Volvió con el cabello mojado y un peine viejo, tratando de arreglarse como veía hacerlo a mamá. Se hizo media colita y, mientras tanto, posó.

Así somos, pues. Siempre, aunque algunas digan que no y algunos se quejen. Así somos, aún sin querer serlo (a veces).

lunes, noviembre 12, 2007

Inverno


Reconocí a quien quise hace cuatro años, cuando aún era pura, capaz de no temer. Recuerdo que rompió (me rompió) porque estaba lejos, era difícil, era ingenuo pensar, era imposible conseguir, era tonto imaginar.

Almorzamos juntos ayer, entre buenos amigos y familiares emocionados. Nada es imposible. ¿Todo es posible, aún fuera de tiempo?

No es un hombre de mundo, interesante, culto, filántropo, mayor. Es el chiquillo que quise amar cuando fui chiquilla. Le amé. No sé si le amo. Sigue siendo ese chiquillo que evitó herirme y consiguió mostrarme una existencia hermosa, que no volví a sentir, pese a insistir. Sigue siendo ese niño. Mi niño.

Pensé: es un buen amigo, será inofensivo. Pensó lo mismo. Nos equivocamos. Sin embargo, es bueno saber que no sólo mi suelo se ha movido, también el suyo. Es bueno saber.

Madrid estaba soleado. El Bilbao hace frío. El frío es hermoso cuando el corazón va lleno de sueños y los pies no resbalan al caminar. Buenos zapatos. Bello.

sábado, noviembre 10, 2007

Aeropuerto. Viernes. Madrugada.


Acabo de sufrir la pérdida de documentos importantes y mucho dinero, sin embargo, estoy en la puerta de embarque número 19, como si nada pasara. El chequeo, la revisión del equipaje y la mismísima oficina de migraciones, no dieron mayor problema, ni maltrato alguno. Tal vez hemos sido los primeros pasajeros de la jornada. O tal vez, una vez aquí, muchos detalles ya no importan.

He comprobado que odio en demasía despedir a las personas justo antes de pasar por ese túnel, desde el cual ni siquiera voltearán (voltearemos) a mirar. Todos los restaurantes y cafeterías de la zona de espera me supieron más bien a cámaras de tortura, donde parientes, amantes, amigos, padres, hijos, se reúnen antes del vuelo, fingiendo que todo está bien, sonriendo como sonríen quienes acaban de perder algo de sí mismos, tragando saliva, mordiéndose los labios, o clavándose las uñas en las palmas de las manos.

“Todo va a estar bien”, “todo es para mejor”, “pronto nos veremos de nuevo”. Verdades sin sentido, pese a ser verdades.

Quizás he pasado por muchas despedidas y cada una de ellas ha sacado un pedazo vital de mi corazón. Carne arrancada a picotazos, sin ninguna piedad, pero sin ganas de hacer daño. Ironía. Por eso, hoy prefiero ahorrar este dolor a quienes más amo. Tal vez para ellos la faena sea importante, pero no necesitan decirme adiós justo antes del embarque, para mostrar su amor. Me satisface más bien verles tranquilos en el jaleo y contentos, aún teniéndome lejos. Nada mejor que ver vivir a tus mayores amores. Nada mejor para ser feliz, aunque estés al otro lado del mundo, pasándolo pésimo o genial.

No entiendo cómo perdí mi billetera. La cuidé durante todo el día, pero al final, al final, desapareció. Aún no tengo claro qué sucedió. Último recuerdo: la abrí para sacar 20 dólares, lo único que llevaría conmigo a la cena, pues arriesgaba demasiado con la cartera entera. Última visión a la foto de mi madre y mi hermano adolescente (el otro, el púber, rompió su imagen en un arranque de injustificada ira. Luego dijo que en realidad estaba escondida, pero nunca me la dio). Después, no sé.

Supongo: no la saqué conmigo, tenía claro que era riesgoso. Pero estaba aturdida, cansada, atolondrada. Tal vez sí la saqué. De hecho, la saqué. Me gustaría recordarlo, así estaría todo claro y no daría más vueltas. La llevé conmigo, seguramente la metí en los bolsillos pequeños de una casaca nueva, y no sé más. Cayó por algún lugar de la avenida Salaverry, ojalá la encuentre un indigente.

Pero no recuerdo haberla llevado conmigo. Seguro que sí, seguro que sí.

Es bueno que el documento vital aquí, en el aeropuerto, sea el pasaporte. Lástima no haber dividido el dinero. Lástima haber decidido llevar algo de efectivo. Lástima las tarjetas del banco. Qué carajos, seguro alguien me prestará, hasta que mi tarjeta quede nuevamente habilitada (dentro de un mes, siendo positivos).

Me gustaría recordar si la llevé conmigo o no. En casa no estaba. En fin.

Lo bueno es que uní a dos amigas fenomenales, que por carácter y Piura social más demás, no generaban la mejor empatía del mundo, juntas. Y claro, mi linda María Esther y su padre, muy atentos ambos, muy buenos, muy siempre allí, aunque acabé gorreándoles algunos billetes y todo el crédito del celular, sin contar que no pagué ni el peaje hasta aquí. De esas amigas que, gracias a Dios, me tocan. Chévere.

Además, Shirley y este turrón de Doña Pepa que compartiré, mañana, con Elizabeth.

Hoy no ha sido un día bueno, sobre todo por culpa mía. Me he comportado como una idiota con muchas personas, pensando en sepia y sabor a pastel exageradamente dulce, dulce justo antes del agrio o podrido. Ha sido un día en que no fui suficientemente buena, ni suficientemente paciente, ni suficientemente comprensiva, ni suficientemente lista. Tal vez esta sensación de sí, porque sí, pero no, no ayuda. Cuestión de seguir madurando, pues.

Sin embargo, estoy aquí, en la sala de embarque número 19, con sed, aunque es mejor aguantar un poco, que no me hace gracia ser de las primeras en mear en el avión. No puedo creer que haya guardado hasta mi ropa sucia, pero no recordar cómo perdí la billetera.

En algún momento quise no venir. Y pensé: tiene su lado bueno, tiene a mis hermanos y a mi mamá. Eso es excelente. Pero opté por probar, que otros elementos pongan una barrera realmente infranqueable: Migraciones, por ejemplo, ante la falta de mi DNI. Igual sucedió con la visa: mis hermanos, mis hermanos, pero igual lo intento, que me la nieguen. La concedieron. Tarde, pero la concedieron. Y aquí estoy.

Los caminos de Krishna son excesivamente incomprensibles. En fin, que los dioses digan y decidan, yo pienso dormir al menos cinco horas seguidas, que ando trasnochada desde ayer, por esperar la última hora para llegar de Piura (pero valió la pena). Tal vez por eso ando tonta y pierdo billeteras.

A ver qué pasa, pues, y seguir confiando en la providencia. En que la Providencia cuide a mi madre y mis hermanitos, para empezar, y amigos, amigos. Yo, a España.

España… Ya era hora de volver. Esta mañana pude aclarar una de las razones por las cuales mi organismo entero tiende a ese país: la posibilidad de ser grosera en defensa propia y con razón, en castellano, sin luego tener que pedir perdón. Pensar que muchas personas no tienen idea de lo gratificante y desestresante que esta tontería puede llegar a ser, vaya. Además de la maestría, claro está.

Entonces, ¡a por ello! (misia y adormecida aún).

miércoles, noviembre 07, 2007

Disimulando


Una tarde con Angel, buscando combi por la Prolongación Grau, de Piura. Necesito no pensar en importante.

Pato

Angela: ¿Sabes? El domingo descubrí que mi amiga Periquita mete el pie al caminar, como patito… Suelo fijarme en eso porque yo también lo meto así.
Angel: ¿Ah sí? Pero no se te nota mucho.
Angela: No, porque me acuerdo que "no debo" y lo saco. Además, con lo de la luxación de caderas y el pie plano, mis padres siempre pusieron especial énfasis en mi modo de caminar y todo lo relacionado a ello.
Angel: Claro, entonces pudieron corregir cualquier problemilla.
Angela: Casi. He usado todo tipo de zapatos ortopédicos, incluso algunos cuya suela me hacía resbalar los pies hacia fuera. Ya no caminaba como patito, sino como pingüino. Si a eso sumamos los pellizcotes de mi mamá...
Angel: Ahora la Angelita camina derechita.
Angela: No, se centraron en piernas y pies, pero no vieron mi postura general. Sigo siendo “torcidita”.
Angel: ¡No tanto! Se te ve bien.
Angela: ¡Lo sé!... Pucha, además ahora tengo fastidiadas las rodillas.

A propósito de “Señora del Destino”

Angela: Es bonita, la novela, sólo que se alarga y alarga, cada capítulo es una hora en la vida de los personajes y no puede ser, pues, no puede ser. ¡El tiempo es oro! Ya he debido resignarme a que me iré antes de ver el final.
Angel: Igual puedes inventarte un final y luego comprobar.
Angela: Puede ser… ¿La estarán transmitiendo en España?
Angel: Todo es posible…

Ginecológico

Angel: Yiaic…
Angela: ¿Qué?
Angel: Esa imagen, una pareja de adolescentes frente a un centro de ecografías, la chica llorando.
Angela: Pucha, jodido.
Angel: Sí.
Angela: Deberíamos ser como los animales salvajes.
Angel: ¿Tener crías cada cierto tiempo y andar por ahí, comiendo pastito?
Angela: Preñarte cuando te toca, sin padres que te digan lo avergonzados que están de ti y de lo que dirá el vecino, sin que todo el planeta te recuerde el modo idiota en que has frustrado tu vida y tu posible carrera, sin un novio que te haga sentir mierda porque no se hizo cargo, o dudó de su paternidad, o a lo mejor que se queda contigo, pero también desgraciado y marcado.
Angel: ¿Cómo sería, entonces?
Angela: La hembras salen preñada y toda la manada, hasta el vecino, procura su bien. La cuidan, la atienden, le ayudan. La hembra mantiene al macho lejos, salvo que sea de alguna especie que vive en pareja. En fin, si la hembra ve que el macho amenaza a la cría, lo echa a arañazos o patadas, la crianza es compartida por la comunidad y no hay vecinos.
Angel: Siempre debe haber algún vecino…
Angela: Bueno que el vecino mantenga distancia. Y si el vecino jode mucho…
Angel: La hembra se lo come.
Angela: Eso mismo. Se lo come y alimenta con él a su cría.
Angel: Chévere.

Leyes

Angela: Es lo que dicen: que la ley de la selva no es andarse matando porque sí, eso sólo hacemos los humanos civilizados. En la selva matas para comer o cuando te sientes amenazado.
Angel: Sí, pues. Eso me ha recordado lo que suele decir el papá de Nicky.
Angela: Por cierto, no me he despedido de Nicky…
Angel: Yo le digo de tu parte.
Angela: ¡Mira, combi! ¿Va a Tallanes?

miércoles, octubre 31, 2007

Positivo

Se lo conté a mi abuelita sin mucho entusiasmo, pues sé de sobra lo poco que le entusiasma este asunto. Aún no comprende, pobre, cómo llegué a “escapar” de la rectitud moral tradicional, que implica salir de casa sólo del brazo del esposo.

Mujer de su generación, a fin y al cabo, pero la he escuchado defenderme con el corazón en la mano, cuando alguno de mis hermanos, sólo para contrariar, empieza a burlarse de mi “soltería”. En fin, mujer de su generación y todo, pero mujer a fin de cuentas.

Me miró, abriendo mucho sus ojitos brillantes, y dijo:

- ¿Acaso no puedes quedarte quieta en tu sitio, muchacha?

Y respondí, amorosa, aún preguntándome cuál diablos será “mi sitio”:

- Lo siento, mamita… ¡Es que salí falladita!

Luego, la abracé. Aceptó mi abrazo con cariño, es más, se acurrucó en mí. No es una mujer cariñosa, mi abuelita, pero sabe cuándo. Sabe cuándo.

martes, octubre 23, 2007

Estupidez Media (se pronuncia "midia") - Parte I


Vengo quejándome hace mucho del modo en que ha degenerado la publicidad. Ya el hecho de crear una necesidad, a fin de posicionar un producto, me resulta maquiavélicamente inmoral, pero cuando el mensaje ralla en el completo desarraigo de afectos y principios importantes para cualquier ser humano, el asunto supera toda mi alicaída tolerancia ante el televisor (casi nunca veo tele y cuando lo hago, me convierto en un ser absolutamente criticón, renegón y pesado).

De todos modos, algo muy importante a observar en la publicidad es la creatividad. La creatividad es el elemento sublime que convierte a esas herramientas de venta en obras de arte, en segundos que merecen ser compilados, vistos, discutidos. En mi caso particular, casi nunca recuerdo el producto. Eso no quiere decir que el anuncio sea malo, pues yo no soy precisamente un “target” atractivo para casi ningún vendedor (salvo que ande en alguna de mis etapas pseudos bulímicas o con el síndrome premenstrual). Pero eso, que poco recuerdo al anunciante, salvo me llame mucho la atención, por bueno, malo o indignante.

Mi ventaja es que poseo muy mala memoria (todo exceso trae consecuencias). Entonces, la última publicidad que vi por televisión, antes de las dos desgracias comentadas en este post, fue una que pasaban por Navidad, el año pasado. En una academia, un limeñísimo profesor enseñaba a un grupo de tristes personas cómo poner una cara grata y emocionada ante un pésimo regalo de Navidad.

No voy a discutir aquí sobre el doble discurso de toda la vida, que se intensifica de modo nauseabundo durante estas fiestas. Sin embargo, apelaré a una universal decencia ante los dones y presentes. Ya lo dice un refrán forjado en pagano: “A caballo regalado, no se le mira el diente”. ¿Por qué no miramos los dientes del caballo regalado? Para no saber su edad, detalle importante al determinar la utilidad de estos equinos. Es decir, la calidad de un obsequio no se juzga, mucho menos en público, porque se trata de algo que nos han entregado voluntariamente, implicando un previo desprendimiento. Puede costar mucho o poco, pero ahí está, tiene su valor.

¿Quieres ser un profesional?

Efe es una cadena de tiendas de electrodomésticos que existe desde que me acuerdo. Precios módicos, crédito para personas con ingresos mínimos, sin trámites ni condiciones (mentira, siempre piden un aval), entre otras ventajas.

Está ofreciendo, desde hace un par de meses, computadoras personales de 1500 soles, a plazos. Genial, muchos padres de familia podrán ahora dotar a sus retoñitos de la herramienta de moda, para hacer las tareas escolares y tener “acceso al mundo”, a través de Internet (luego uno se pregunta por qué los adolescentes no pueden ir de viaje sin buscar desesperadamente algún cyber café, apenas hacen una parada).

Bueno pues, que tenga computadora quien pueda pagarla, es como la gente “se desarrolla” en este mundo nuestro, democráticamente liberal.

Sin embargo, ¿quién dice que para ser grandes, inteligentes y/o profesionales, necesitamos un aparato de estos en casa, con conexión a Internet? Pues la publicidad de turno de tiendas Efe, ni más, ni menos.

El discurso iba algo así:

Un grupo de niños están en el colegio, pensando en qué quieren ser cuando seas grande. Uno dice doctor (¿licenciado en medicina con doctorado? ¿Licenciado en derecho, con doctorado? ¿Licenciado en comunicación, con doctorado?), otro, arquitecto, y el protagonista de los 30 segundos de gloria, anuncia con decisión: ¡Yo seré ingeniero!

Entonces, una voz en off excesivamente emocionada, le da al niño la solución milagrosa para que su sueño se haga realidad: ¡Para conseguirlo, necesitas una computadora!

A partir de aquí, empieza el anuncio puramente técnico (modelos, costos, formas de pago) y, por supuesto, la repetición del mensaje de marras: “Necesitas una computadora para poder ser profesional”.

La verdad es que sentí asco. Pensé: acabo de comprar mi primera computadora, una laptop, a plazos (y no en tiendas Efe). ¿Por qué? Porque soy trabajadora independiente la mayor parte de mi tiempo, porque viajo continuamente, porque soy escritora reprimida y fotógrafa aficionada y ya vi la necesidad de ordenar mi vida artística en un soporte de fácil acceso, yo, a mis 27 y sin saber qué será de mí los próximos 15 meses.

Pero, ¿acaso necesité de una computadora en casa, durante la secundaria? Por entonces, ya algunos profesores nos encargaban trabajos digitados, y para eso estaban los centros de cómputo, donde podías mandar a hacer una monografía sin mucho problema.

En la universidad, lo mismo. Igual alguno tenía una computadora en la pensión y nos las arreglábamos para las impresiones y demás pormenores. Además, las cabinas de Internet empezaban a popularizarse, así que acceso a este medio masivo, teníamos.

Entonces… ¿En qué momento mis compañeros de promoción y demás contemporáneos necesitaron de una computadora para ser ahora profesionales? Ni qué decir de nuestros padres y hermanos mayores, quienes apenas soñaban con conseguir un acceso tan indiscriminado a cualquier tipo de información, sino que leían enciclopedias y libros, como dios manda.

La existencia de una determinada tecnología condiciona mucho la vida, es verdad. Yo tengo un blog colgado en la Web, no me quejo de ello. Resulta que escribir aquí se me hace vital, aunque no publique tan seguido.

Tener una computadora en casa facilita mucho la vida, es verdad, pero la vida no va a ser igual de fácil para todos y quienes la tienen más difícil, no van a morir de frustración, ni se quedarán en algún tipo de absurda mediocridad, como sugiere el ¿creativo? de la publicidad de tiendas Efe.

Las herramientas son eso: herramientas, sirven para ayudarnos a conseguir algo. Un automóvil no atropella a las personas, sino su conductor, por los motivos que sea. Una computadora, en sí misma, no ayudará a nadie a ser profesional. Cada quien puede llegar a ser lo que le plazca, si tiene una guía firme y positiva durante su niñez, si se presentan ante él las oportunidades adecuadas, si buenos maestros, si información (sea en libros impresos, sea en alguna computadora del Plan Huascarán), si fuerza de voluntad, si se le da la gana y tal.

Mejorar el nivel educativo de un país no es cuestión de infraestructura, ni de herramientas. Es cuestión de sistema, de formación, de personas, de presupuesto, de compromiso, de equidad, de justicia.

Es cuestión de empresas responsables, que tengan cuidado al dar mensajes públicos, porque puede desconcertar, confundir, engañar, generar expectativas falsas, necesidades totalmente innecesarias, complejos y más desigualdad.

Espero que todos los niños que deban ver esta publicidad, tengan una persona al lado, que sepa explicarles por qué eso que dicen en la tele es una estupidez, por más que sea la tele. Y que los responsables de imagen de tiendas Efe empiecen a contratar publicistas con criterio, respeto por su trabajo y compromiso social.

Aunque para esto tardará, ya que el segundo spot de la misma empresa me resultó un baldazo de agua fría aún más intolerable, no sólo porque el mensaje era errado, sino por el modo morboso en que se regodeaba en su equivocación.

Eso, en una segunda oportunidad de protestar un poco.

viernes, octubre 19, 2007

(In)completas

A Lucía, principalmente.
A mi segundo día de regla.
Y también a Daniel, Iván, José y Manolo.
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Escuchábamos juntas a Calamaro, tratando de decirle a una reciente exnovia, que desespera de esperarle, que no salía a buscarla juntamente porque corría el riesgo de encontrarla, que día y noche sigue mordiéndose las uñas del rencor, que aún le debe una canción de amor.

Admitía que el corazón se aferraba a lo perdido. Es verdad. El corazón suele aferrarse a los amores que ya se fueron, porque quisieron. Olvidamos los defectos suyos, que nos llevaron hasta el punto de ruptura, pero cómo recordamos los nuestros, cómo nos regodeamos en destriparlos, en culparnos, en insistir hasta, digamos, entender por qué, sumergidos en un tradicional estado de contemplación confusa que siempre, siempre, nos hará más daño del necesario, de lo justo.

Pero las relaciones reales -y sus respectivas rupturas- son sólo un modo de vivir, sufrir y aprender. Son tal vez la mitad de lo que forma nuestro querer “de pareja”, nuestra insistencia, nuestra esperanza terca y nuestra ilusión.

Existe otro tipo de “relaciones”, relaciones que, valga la redundancia y la contradicción, no existen. Son amores sin receptor, pese a que el receptor es real, sabe y también, a su modo, entrega amor. No podríamos llamarles “platónicas”, pues el platonismo implica silencio. Sin embargo, es contemplación, es construcción de fantasías en bases reales que jamás ocurrieron. Es amor en estado puro, sin justificación racional y sin experiencia, que puede fortalecerlo, como destruirlo de un momento a otro.

Nos encontramos tú y yo, amiga mía, mirando a una dulce pareja de enamorados jóvenes, y ambas tuvimos la misma idea que, luego de algunos indicios, nos animamos a confesar: “que les dure”. Podría parecer, siendo muy superficiales, que tiramos la toalla ya, que nos “amargamos”.

Pero, querida, ¿no soy acaso una mariposa libre, que emigra cuando la estación cambia, que prueba el placer momentáneo y se niega a bajar la plenitud de su vuelo? ¿No eres tú un ave espléndida, de alas firmes, que desprecia con honestidad los lugares mediocres, que no le servirán de nido? Tal vez sea un poco, un poco de amargura, consecuencia de saber o, aún peor, saber en carne propia. Saber es una ventaja, también una maldición.

Pero no podemos engañar a nuestro corazón. Hemos decidido protegerlo y me parece perfecto. Pero no le diremos que deje de dar saltitos si está emocionado. Y daremos saltitos con él, aunque debamos manifestarlos con coquetas estiradas de cuello, miradas fulminantes o sonrisas pícaras, pues así va este juego de poderes y, créeme, es lo que más nos conviene aquí, donde estamos.

Sin embargo, existe el momento clave, tal vez frente a la computadora, gracias al bendito Messenger, o una llamada al celular. “Sí, corazón, yo también te quiero mucho. Ve a dormir, que ya es muy tarde allá. Besitos. Buenas noches. Chau”, con voz melosa, emoción evidente y cariño totalmente sobreentendido.

¿Quién era?, preguntaste. Uno. No, uno así nomás, no. Se nota que es especial. Y sí, pues, es especial. Así como especial es ese muchacho guapo, que todos los días conversa contigo, Internet mediante, que no ves desde hace más de tres años y te empeñas en conservar dentro de tus afectos más importantes. “Porque no has estado con él, porque no ha tenido tiempo de quedarte mal”, te digo, sin ningún sarcasmo. “¡Conmigo no tienes que ser cruel!”, respondes. Y yo: pero sí honesta, corazón.

Tal vez es injusto suponer que nuestra musa lejana va a decepcionarnos de cerca, pues eso implicaría dar por hecho que en cuanto esté a nuestro lado, “intentaremos algo”. Y no, no necesariamente. Además, planificarlo con puntos y comas podría resultar hasta estúpido. Siempre es mejor que los sentimientos fluyan con suavidad, con naturalidad. Ese “hombre perfecto” al otro lado del teclado, pese a su imperfección, no es utilizable, en absoluto. No es “lo que evita que nos sintamos solas”, sino alguien que comparte con nosotras tiempo valioso entre el trabajo y el sueño, alguien amigo, pese a las insinuaciones, la sexualidad expresa y la nostalgia por lo no ocurrido.

Se trata de seres humanos con quienes compartimos nuestros sentimientos de manera personalísima, que no sería posible con un novio normal o alguna confusión de estas, pues generaría celos, malos entendidos, peleas desgastantes y demás enfermedades de riesgo crónico.

Nuestras musas lejanas son, sobre cualquier cosa, amigos. Amigos-pareja que no son pareja, y que nunca nos hicieron pasar por el embrollo de enamorarnos, desenamorarnos, justificar, pretender que nada ha pasado, mentir, jugar sin querer… En fin, que nunca nos hicieron llorar a la mala (porque hemos llorado, por supuesto que sí, sobre todo cuando recordamos cuán poco tiempo tuvimos).

Amigos porque, si queremos, podemos decirles, sin medir intensidad, que “me cogí a Fulano el fin de semana” o, simplemente, callar, pues todo lo que está sucediendo en este día a día normalísimo (con trabajo, familia, amigos, preocupaciones, responsabilidades, vocación, sueños por alcanzar, viajes, fiestas y días pico de excitación sexual), no tendría por qué perturbar la dulce armonía del momento exclusivo de ideas puras, de cariño sin barreras, de dormiré pensando en ti y sonrisas, porque no hay más preguntas y la realidad puede quedarse guardada en algún cajón, hasta mañana.

Extraño suceder de acontecimientos, extraño compromiso que implica una decisión personal, que podría ser “paso de esto” y sigo en mi usual rutina. Extraña inclinación iniciada con una sonrisa tímida, ante aquellos ojos preciosos y ese saludo dulce, allá en una playa ecuatoriana, luego de un año nuevo triste; o un intercambio de ideas en el Congreso de la República, seguida por cierta admiración profesional, consumada con una pizza comida con manos y dientes, risas y la última cerveza, que nunca llegó; o esa visita esperada con curiosidad y algo de vergüenza, en Cusco, y ganar confianza gracias a dos palabras (o exceso de mojitos), sentir confirmada toda la presunta bondad en su caballeresca abstención y decir adiós, con el corazón comprimido y los ojos brillantes, sin saber si sabrás más…

O mirarte durante tantos años, esperando una respuesta amable. Sentir tu amor-odio y seguirte el juego, para no ser menos, para no ser más. Hasta que por fin, tú también me quieres, cuando estabas a punto de partir…

Historias incompletas… Historias completas, destinadas a vivir una vida fantástica, alimentada sólo por la voluntad de querer y un cariño surgido en algún recodo del camino, sin justificación, pero con total verdad y admiración.

Otro tipo de amor, un platonismo evidenciado ante ambos, un procuremos vernos, aún sabiendo que será diferente, porque sí. Aún sabiendo que la realidad duele demasiado, pero existes y, de algún modo u otro, te amo.

Y así seguimos, mi querida Lucía, cantando para no olvidar, con muy poca maldad, pero cansadas de esperar. Seguimos alimentando sueños, poniendo rostros intercambiables a los “novios imaginarios”, mientras resolvemos nuestra vida con cuellos de camisa almidonados y sonrisas serviciales, porque todas esas personas lindas que nos miran atentas, no saben que algo nos duele por dentro.

Continuemos, pues, fantaseando. ¿Total? Por ahora no tenemos a alguien insoportablemente real junto a nosotras, que pretenda acaparar nuestros suspiros. Ni siquiera historias cortas, sino cuentos, por lo pequeñitos y simples, con final contundente y sin dar lugar a pensar más. Nada más.

Mientras tanto, amiga mía, aquí en el asfalto, procuremos ser como las musas de Sabina o Calamaro. ¿Oyes cómo sufren ellos por ellas? ¿Oyes cómo las aman, sin ser correspondidos? ¿Oyes lo que han debido pasar para alcanzarlas? Podremos parecer muy por encima de todo, muy putas, por lejanas, por duras. Pero merecemos lucha y no menos, princesa. Merecemos a quien ahora desespera de esperarnos y llegue hasta nosotras, pese a los muros, los escudos, las garras y las máscaras. Así de difícil. Así de claro.


jueves, octubre 11, 2007

Trámites

Día invertido en ordenar archivos y avanzar algunos diseños urgentes, mientras los de la embajada española pueden tomarse el tiempo que quieran en decidir, a partir de una incoherente primera impresión, resultado de una entrevista a gritos de 5 minutos, si somos aptos o no, en vez de llamar a la universidad interesada y algunos contactos, que por las puras no hemos proporcionado cantidad de datos y papeles de solvencia, buscando visa para un sueño…
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miércoles, septiembre 26, 2007

Diferencias...

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Escuché hace poco a un músico de mi agrado, Enrique Bunbury, en una entrevista. Le preguntaron si había probado Peyote en alguna sesión de chamanismo en Latinoamérica, en su búsqueda por espiritualidad. Aceptó ser cristiano, que no es católico, por lo cual no había tenido necesidad de buscar “espiritualidad” en otras culturas. Sin embargo, dijo admirar el chamanismo y las culturas indígenas en general, por su alto grado de respeto y gratitud hacia la naturaleza.

Tal vez Bunbury no sea el mejor filósofo a citar, pero a estas alturas, creo que los filósofos más escuchados deberían ser quienes han dejado de lado la idea de un mundo creado para satisfacer al hombre, un mundo antropocéntrico que, mal entendido como está, se deprime cada día más. También aquellos que ceden la actitud erudita a los académicos más conservadores y comparten su sabiduría con sencillez y, sobre todo, mucho respeto.

¿Por qué no podemos admirar a otras culturas? Es difícil admirar lo que consideramos está “por debajo” de nosotros. Y ocurre mucho con los habitantes de las ciudades: el estar alejados de realidades diferentes ha afectado nuestros valores de tal modo que pareciera inconcebible poder vivir sin luz eléctrica. Pero sí se puede y tal carencia no significa “atraso”, sino, simplemente, otro ritmo, otras prioridades, otra manera de vivir, que puede ser buenísima o muy triste, según con qué dignidad queden cubiertas las demás necesidades.
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Recordé con cariño un pago a la tierra que presencié frente al nevado Colquepunko, durante la celebración al Señor del Coyllur Riti, hace algunos meses. Conocí a habitantes de Q’eros, el último remanente quechua de Perú. Totalmente quechua. Si alguna persona en este país puede jactarse de la pureza de su etnia, sería algún miembro de esa comunidad, a más de 4 mil metros sobre el nivel del mar.

Benito, uno de los señores, me saludó muy atento, muy encorvadito, como suelen ir ellos. Tomó mi mano con ambas suyas y me dijo: “Allillanchu, señorita”. Yo, que en unas cuantas clases de quechua pude aprender a saludar, respondí pronunciándolo todo mal y recibí una sonrisa cordial de respuesta.

Este joven llamó mi atención, por su rostro alegre y sonrisa que nunca desaparecía, pese a los sacos pesados que llevaban encima, desde Cusco, de vuelta a Q’eros, pasando por Colquepunko, para saludar al Señor y hacer el pago anual a la Mama Pacha. En el camino, conocí a dos más. Me dijeron que ya en el valle encontraríamos a Martín. Martín inspiraba obediencia, noté. Seguro era un anciano importante en su comunidad.

No era anciano, sino un adulto de cuarenta y muchos años. Nunca tan risueño como Benito. Soy respetuosa por principios y convicción, por ello, mi actitud hasta el momento había sido bastante agradable y el trato, horizontal. Sin embargo, conforme avanzaba el día y llegaba la hora del pago, los hombres de Q’eros se tornaron solemnes y serios. Entonces, entendí que algo muy valioso los colocaba por encima de mí y debía otorgarles ese lugar, aunque ellos no quisieran.

Ya no era solamente el hecho de ser ellos los conocedores de la zona, los agricultores fuertes que resisten el frío sin andar con una casaca de plumas, como la mía, los quechuas puros, los guías. Ellos eran los que sabían todo allí, yo no.


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Mi compañero de viaje, y buen amigo, contestó mi pregunta muda: Martín es un chamán de rango elevado, un Altomisayoq. En las actuales culturas andinas, estos son quienes están más cerca de lo divino. Son admiradísimos en sus pueblos. Todos los curanderos y brujos que hay en Cusco y alrededores, han debido pasar por la mano de estos hombres alguna vez. Los otros son Pampamisayoc, también chamanes, pero de poder más limitado. Sin embargo, son buenos también y respetados.

Benito era un chamán y ni siquiera se me había ocurrido. Tan acostumbrada que estaba a los chamanes emperifollados, que hacen espectáculos ruidosos y coloridos en la televisión, o en las plazas, o en sus oficinas, o en las mismas lagunas Huarinjas de Huancabamba, para satisfacción de políticos, gente del espectáculo limeño y turistas.

No sólo un chamán. Tenía el privilegio de haber sido escogido por el cielo. Es que la zona de Q’eros es tormentosa y, de cuando en cuando, el rayo escoge a un aprendiz. A Benito, literalmente, lo había partido un rayo a los doce años, así, huérfano y sin mayor gracia. Por cierto, tan “jovencito” no estaba, tenía treinta y ocho, esposa y dos hijitas preciosas.

Creencias populares que tal vez no interesen mucho a personas como nosotros, “occidentalmente sabios”. De acuerdo. Sin embargo, ¿qué sería lo universalmente admirable de estos señores? Muy sencillo: ellos son personas importantes, muy importantes... y no se les nota, porque no lo van pregonando por el mundo, ni colocándose por encima de nadie, ni pretendiendo ser dueños de cuanto material interesante se les cruce por la nariz.

¿Por qué sentirnos mejores que otros? Si lo pensamos claramente, casi todo lo que consideramos “diferenciador” nos viene de afuera: el dinero, las posesiones, la carrera universitaria, el estilo de música que preferimos… Hasta el modo en que hemos clasificado nuestros valores y metas ha tenido intervención externa.

Acepto que nuestra cultura y formación nos haga diferentes y, a veces, incompatibles (puedo avalar mi teoría citando desafortunadas experiencias amorosas con un par de españoles, o con un piurano conservador B+), pero ser “diferente” no significa ser mejor, ni peor. Además, apelando a nuestra “ventajosa” racionalidad, ya que somos humanos, podemos darnos cuenta que existen tipos de relaciones en las que es posible superar barreras de toda índole y ser totalmente inclusivos.

Una vez me pasé el día entero cuidando y conversando con una niña sordomuda, sin tener idea del lenguaje de señas. He sido guía y buena amiga de un israelí por Lima y Huancabamba. Un ángel iraquí me salvó de pasar la noche en una banca, cuando fui a Munich, y nos contamos nuestras vidas en un inglés decadente. Puedo seguir contando y admitir que si no he superado alguna “diferencia” evidente, ha sido por pura pereza.

Gracias a mi trabajo y andanzas, he conocido a muchas personas admirables que, en su vida diaria o en circunstancias difíciles, son capaces de abrir su corazón, acoger, ayudar, cuidar, confiar, conversar, amar, salva vidas de desconocidos, sin distinción. No vamos a decir, entonces, que no podemos siquiera tratar bien por instinto, más que por norma de buenos modales, a las personas de nuestro entorno y de nuestro país. A fin de cuentas y si pensamos un poquito, respetar las diferencias no cuesta mucho y puede ahorrarnos cientos de historias tristes, de intolerancia, de racismo, de masacres masivas, de desapariciones…

Sí pues, a eso iba, a propósito de noticias y opiniones a favor y en contra de dictadores venidos a menos, que no por dictadores me desagradan tanco como por genocidas y opresores.

domingo, septiembre 23, 2007

Nostalgia a futuro


Cuando Cayetana le dijo a Zulema que a veces sentía nostalgia de algo que no había ocurrido aún, la centroamericana sonrió con una dulce mezcla de compresión y tristeza. Carla, Rocío y yo, que observábamos y oíamos atentas el diálogo de las Princesas, suspiramos.

¿Quién no ha sentido nostalgia del futuro? Tal vez suene incoherente, sin embargo, sé que es posible. Cosa extraña y repetitiva en las mujeres, soñadoras por excelencia cuando se trata de amores. Es que no sentimos esta nostalgia por nada más.

Me explico: lo demás son retos, metas que iremos alcanzando con esfuerzo y trabajo, con sacrificios grandes y pequeños, con fe, pero en fin, incluso aunque no lleguemos a conseguirlas, estará bien, iremos a por más, a por algo nuevo, y seguiremos, porque es parte de nuestra naturaleza, ya no como mujeres, sino como seres humanos.

Cayetana sentía nostalgia por el amor que nunca tuvo y que, como prostituta, tal vez le era del todo vedado. Qué problema tratar de amar si hemos aprendido a lucrar con ello, pensarán los menos capaces de entender fondos y formas. Ningún problema. Cualquier persona, hasta la más fría del mundo, puede amar y, por supuesto, quiere ser amada.

Existe la esperanza de conocer al hombre especial que no será como los que le antecedieron. El que no nos juzgará, ni nos dirá, muy comprensivamente y tal vez para ganar puntos, que no nos juzga (pues entiende que con no decirlo basta).

Podría ser verdad eso que dice mi amiga Indira, que debo cambiar de ambiente, que merezco al caballero más bueno del mundo a mi lado. ¿Por qué no? Cualquier mujer buena lo merece, aunque tenga maneras fuertes, malinterpretadas como “masculinas”, o no pueda quedarse quieta en ningún lugar, ¿no es verdad, Susana?

Algunas hemos entrado en una etapa difícil. Es el momento donde los parientes mayores, que el ser parientes no les hace amigos, empiezan a preguntar: ¿Y tú, cuándo te casas? ¿Por qué no te casas? ¿Por qué no te has casado aún? ¿Cuándo consigues un novio? ¿Cuándo consigues un esposo? ¿Cuándo tienes hijos?

Me encantaría tener un hijo, lo prometo. Quiero ser una madre canguro, eso está clarísimo. Quiero un pequeño o una pequeña salida de mí, más otra amorosamente adoptada, a quienes pueda enseñar cosas, no importa si ahora mismo creo estar débil y prefiero la protección de un cómodo núcleo familiar. Puedo aprender, como cualquier mujer aprende, a ejecutar, con técnicas, lo que por instinto nos viene dado (es el instinto animal dentro de mí).

Quiero ser madre, pero no contemplo un padre en mi nostalgia…

No pretendo discutir aquí sobre la necesidad que un hijo tiene de un padre y una madre. A mí me crió la pareja humana, natural. A mis hermanos los crían dos hembras, la mamá y, a veces, la hermana mayor. No son menos que nadie por eso, ni mejores. Son modos de vivir, modos de crecer, como modos hay de ser feliz.

Pero no contemplo un padre en mi nostalgia.

Añoro un compañero y lo acepto. Reviso mis apuntes viejos y no encuentro en aquellas letras a quien quisiera recuperar del pasado, para tener conmigo hoy. El pasado pasó. Es experiencia, nada más… Y la experiencia sólo es útil si seguimos viviendo.

Ha sido un año bastante triste para mí, en afectos amorosos. Me crucé con algunos chicos que reabrieron mis heridas, buscando ellos curar las suyas conmigo. No me quejaré más al respecto, yo se los permití y ellos tenían derecho a intentar. Personalmente, prefiero sanar sola.

Duele, lo digo en voz alta y lo escribo, por si queda alguna duda. Duele mucho. La vida sigue y esto es una pequeña parte de todo lo que tengo. Lo sé, no necesito repetírmelo tantas veces. Lo sé muy bien, que tampoco me paso todo el día escribiendo.

Es sólo que tengo nostalgia de algo que nunca he tenido, de un amor de verdad, sin miedo, sin prejuicio. De valorarle y ser valorada por él, del mismo modo en que me valoran mis amigos y amigas: tanto, tanto, que no se arriesgarían a perderme. Tanto, tanto, que harían cualquier cosa por mantener alegre mi corazón.

Pensaba en todo esto mientras escuchaba una canción que se quedó en mí desde la primera vez que la oí. Es de Los Rodríguez, de hace algunos años ya. Me gusta porque dice lo que alguna vez podré decir (espero) y me hace “recordar” aquello que aún no he vivido.

No reniego de lo que ha pasado ya, pues todo, a fin de cuentas, tiene su gracia. Hoy tengo miedo y está bien. Imagino que ese sentimiento acabará algún día (mi cigarrillo sabe a pegamento). Una vez un ex novio me dijo: “Yo no soy un ensayo”. Respondió así a una frase que hace mucho dejó de ser mía: “Es que no sabía cómo hacer las cosas… no sabía”. Ahora sí sé y sé más bien que soy yo quien no es un ensayo y no lo seré más.

Ya no quiero darle vueltas a este asunto, hasta aquí estuvo bien, ya basta.

Y ahí vamos, Andrés…


sábado, septiembre 22, 2007

Otra vez un adiós definitivo

Dice el Dr. Bobadilla que no se puedes quedarte quieta en ningún sitio… y tiene razón. Acabas de subir a otro bus, el cuarto de la semana. Ya es costumbre, pues, y unos minutos luego de esa opresión liviana en el pecho, de nuevo al camino, como si nada, como siempre.

No podrás decir que duele, pero sí se corta un poquito la respiración. En algún lugar del camino aprendiste a reprimir las lagrimas, ¿total? Volverás, siempre vuelves, aunque tardes un poco. Y siempre dejas amigos detrás, sin proponértelo pero con ganas, a fin de cuentas, ¿a quien no le gusta hacer amigos, dime?

Tramposa. Reprimes las lágrimas porque sabes que si lloras, no pararás en mucho rato y eso te hará doler la cabeza, si bien también te ahorrará algunos sueños pesados y cierto amargor que a veces te escuece la lengua.

De todos modos, has quedado satisfecha. Una nueva clase, con nuevos universitarios. La vida académica te atrae, lo sé, pero no es todo lo que quieres. Te pican los pies. La psicóloga de esa empresa donde fuiste a aquella entrevista, hace un mes, pudo interpretarlo como inestabilidad. Bueno, sí, ¿y que?

Lo tienes asumido hace tiempo y te importa cada vez menos. Sabes lo que quieres, pero aún eres incapaz de sistematizarlo, colocarlo muy ordenadito en letras, separado en guiones o números, para resaltar la importancia de un objetivo sobre otro. Por ahora, estás esperando una respuesta que, sin ser vital, tensa hasta la médula.

Cruce

Ya en el bus, el celular que no ha parado de dar noticias curiosas desde ayer. Esta vez, Mario, el de la productora. “¿Aun estas en Chiclayo?”, pregunta. Él seguramente vuelve de Cajamarca y se va para Lima por la noche (otro viajero). Demasiado tarde y tú sin saldo, señorita trabajadora independiente. Ni modo. ¿Te bajarías del bus por verle? Hoy no, hoy debes llegar a casa y contar a tu madre que te presentaron como “especialista en comunicación para el desarrollo”, que a las madres siempre les gusta escuchar eso. Ya nos veremos otro día, Mario, aunque eso implique tener que despedirnos luego de unas horas. La vida es una correlación de encuentros y adioses, imparable, no sé si para los demás, para ti, sí.

Domestícame

Tuviste tiempo de ver a tu chico de Cusco y conversar. Conversar. Esencial, ¿verdad? Nunca conversaste antes con él, sólo acariciaste y sentiste. Sentiste lindo y luego sentiste cómo el patrón de hombre complicado se te repite hasta en las historias cortas. Preguntas: ¿Por qué tanto miedo? ¿Por qué siempre el fantasma de la ex novia amada? ¿Por qué todos? No encuentras respuesta. ¿Existe una respuesta? No estás de humor para pensar en ello, pero este adiós te dolió, no el de Cusco, que la celeridad de tu viaje te era prioritaria y el cinismo te mantuvo “regia” a tiempo completo.

Te dolió esta vez, porque antes de irse le dijiste: esta soy yo, así soy yo. Demasiado tarde, pero mejor así, ¿no? Imagina si le abrías tu corazón antes, cuando había tiempo. La misma lejanía seguramente y más triste aún.

Pudiste decirle, pudiste llorar un poco y luego, suspirar. Verlo alejarse con una ilusión nueva en el pecho conseguida allá en la selva, y mucho optimismo, el mismo brillo en los ojos que te hicieron confiar en él y luego, al decepcionarte, inventar una metáfora:

Cuando te echaste para atrás, mi niño, sentí haber pasado la tarde jugando con una linda niña de Chalaco, allá donde trabajé. Jugué llena de alegría con ella, corrí entre los árboles, arrebatada de inocencia y confianza, como si todo fuera bueno, sabiendo que me iré de Chalaco y no volveré en mucho tiempo, pero no importa, no importa.

Entonces, mi pequeña niña me dijo que debía ir a casa y me despedí con un abrazo amoroso. Y la vi alejarse, aún sonriendo, aún satisfecha. Luego, antes de dar la vuelta también y seguir mi camino, revisé mis cosas. Y descubrí que mi linda niña fue linda para distraerme, distraerme y no darme cuenta que se estaba robando mi cámara digital de fotografías, ni siquiera mía, sino del trabajo.

Así sentí cuando te echaste para atrás. Era imposible pensar en volver a correr contenta entre los árboles, contigo. Siento mucho no poder decir lo siento. Eres el segundo chico en el año que demuestra lo fácil que es olvidarme (el sexto de toda mi vida amorosa, todos, para no variar) y mi cariño hace algún tiempo dejó de ser idiota.

Aeropuerto

Juraste, luego de despedir tantas veces a ese novio que tuviste alguna vez, que no volverías a despedir a ningún amante pasajero (ni derivados), que no pasarías nuevamente por el pasaje oscuro de sensaciones contrapuestas, del cual siempre salías con un pedacito menos de tu corazón.

Pasaste el día a su lado, entre Miraflores y Quilca, entre Larcomar y el centro de Lima, bajando con ello la tensión del día siguiente, del día decisivo, ese en que te tocó enfrentar a un estresado funcionario del consulado, a ver si te dan la visa y puedes estudiar tu maestría de una vez.

Aún estabas en trámites y llevabas tu vida entera en un fólder institucional. Andar con el archivo en la mano no resultaba cómodo en absoluto, por eso le pediste a tu chico de Cusco que lo guardara en su mochila. Bien.

Al final, antes de partir al aeropuerto, besos y ninguna promesa, porque las promesas son peligrosas y eres realista, pese a ti misma. Además, la niña de Chalaco nunca te devolvió la cámara, aunque reconoció el robo y te ofreció disculpas. Peor es nada. No podrías volver a confiar en ella, aunque tu cariño sigue intacto o ha crecido, porque le dejaste ser parte de ti diciéndole quién eres.

Se fue. Fumaste el último cigarrillo que te convidó en el portal de tu amiga Karina, frente al Ministerio del Interior. Fumaste y evitaste pensar mucho. Echaste la colilla en el basurero de la entrada y subiste las escaleras hasta el primer piso. Entonces…

¡POR UN DEMONIO, MIS PAPELES!

Y buscaste un taxi a las doce de la noche. Y enrumbaste al aeropuerto, sabiendo que rompías un importante juramento hecho a ti misma, aquel día en que te cansaste de sufrir.

Taxi

Él se habría dado cuenta del asunto al chequear su pasaje, si no llegabas antes. Llegaste, menos mal.

Otra despedida, menos cálida, algo de cinismo recuperado y buen humor. Parece que no, pero sí has aprendido.

Ya con tu aspiración a la visa en las manos, subiste a un taxi blanco y desapareciste en la carretera, con el viento de Lima en la cara y sin saber qué sentir, qué pensar, qué querer. Lloraste. Demasiadas emociones en un día, demasiadas incluso en un mes, demasiado, pero bien.

Iván, también de Piura, te dejó llorar y te llevó, ya sin cobrar la carrera, a comprar cigarrillos. Compartió uno contigo. Conversó contigo. Es que hay ángeles en todos lados y eres afortunada, niña, porque encuentras uno cuando lo necesitas. A algunas personas no les sucede tan seguido (o sí, pero no se dan cuenta).

Necesitabas llorar, para llegar a casa con solo una cosa en tu cabeza: ordenar tus papeles, la entrevista es en unas horas más. Ordenarlos uno a uno, con paciencia, con cuidado, revisando una y otra vez. Lo que pasó al día siguiente aún no lo puedes descifrar, pero al menos recibieron todos tus documentos.

A esperar y que sea lo que Dios quiera.

Trotamundos

¿Por qué te mueves tanto, pequeña? ¿Por qué huyes tanto? ¿Huyes de ti? Imposible, te llevas doquiera que vayas, doquiera que estés vas pegada a las suelas de tus zapatos, como esas raíces que nadie ve. Es que van contigo. En la selva crecen palmeras que se mueven, ¿lo sabías? Eres como ellas, o como un trompo, hermoso y estable sobre su propio eje sólo cuando da vueltas y vueltas. Eres como la Tierra, como un explorador, sin freno.

¿Qué sembraron en tu alma cuando crecías? ¿Quién lo sembró? ¿Por qué? ¿Tendrá algún sentido tu búsqueda, servirá de algo, si no a ti, a otras personas, de modo que también a ti?

¿Qué estás buscando? ¿Paz? ¿Dios? ¿Algún compañero de tu especie, que disminuya con cariño la velocidad de tus pasos y permanezca cálido, a tu lado, pese a cualquier ex novia determinante, pese a cualquier “trauma” oportuno?

Quizás no sea una búsqueda, ¿has pensado en ello? Quizás sólo eres así y de ningún otro modo, aunque suene loco o incomprensible (me pregunto que dirán los psicólogos de esto). Quizás, simplemente, eres tú.

Colofón

El que valga no te “desquerrá” tan rápido, dice Ernesto… Ojalá tengas razón, amigo mío. Ojalá, algún día, alguien te dé la razón.