jueves, noviembre 24, 2016

A propósito de Maléfica y la niñez (SPOILER)

Hace varios años, una compañera del colegio, resentida porque su novio (ahora esposo y padre de sus hijos) había tenido una hija en otra relación, llamó a aquella bebé recién nacida: “Engendro del demonio”. Desde entonces, no he querido volver a verla. Sólo espero, en verdad, que haya tenido la oportunidad de superar ese odio. 



ADVERTENCIA: ESTO ES SPOILER.

Vi Maléfica con ganas, pues me habían dado grandes referencias y me gusta Angelina Jolie.

Pese al final predecible, sobre todo en la línea que ha tomado Disney desde La Princesa y el Sapo, me quedé siempre con un sinsabor que intentaré explicar:

Es indiscutible que Stefan fue cruel e inescrupuloso. Se valió de la confianza y el amor de Maléfica para traicionarla y conseguir el poder y la riqueza que ansió desde que era un niño. Listo, hasta aquí tenemos al perfecto villano odiable.

Sin embargo, Maléfica, despechada, cae en una oscura espiral de venganza, que llega hasta su expresión más baja: desquitarse con la hija de su ex amante.

En esto no hay medias tintas: quienes cometen actos contra la seguridad y la integridad de los niños, con el fin de dañar a sus padres, están clasificados como criminales de la peor calaña, en cualquier parte del mundo. La gente sana no busca revancha en los niños. No se maldice a un niño. No.

Bien sabido es que los seres humanos estamos compuestos de claroscuros. Yo misma, muchas veces, me regocijo bajo la protección de las sombras y soy capaz de generar pensamientos plenamente retorcidos. Todos podemos ser malos.

Maléfica, en la historia, se envilece al punto de destruirse sí misma. Sin embargo, ella se ve redimida por el amor de la pequeña Aurora, esa niña condenada a morir (o su eufemismo, "dormir eternamente") a los 16 años, tras un accidente con una aguja envenenada.

Maléfica tiene tiempo de arrepentirse y, en buena parte, asumir la crianza de Aurora. Esto le salva el alma.

Hasta aquí, muy bonito.

Todos estamos deslumbrados por la sanación de Maléfica y el cambio que experimenta a lo largo de los años. Pero, ¿nos hemos preguntado qué fue de la madre de Aurora? La película pretende mostrarla como una joven “interesada” que se casa con el rey, tiene una hija con él y, luego, desaparece. Se le menciona en algún momento: Stefan, totalmente cegado por el odio y la sed de venganza contra Maléfica, es informado de que la reina está muriendo. Le da igual, sigue en lo suyo.  

Es de suponer, entonces, que la reina muere sola, además de haber sido privada, durante años, de la posibilidad de cuidar y amar a su hija. La maldición de Maléfica no sólo afectó a su agresor, sino también arrancó a una niña inocente de los brazos de su madre y condenó a ambas a la desgracia.

Yo no encuentro justo que Maléfica haya podido volver a ser feliz gracias al cariño de una niña, arrebatado a otra mujer.

Yo no encuentro justo que el rey haya sido tan plano, como personaje, al punto de no ser capaz de conmoverse por la pérdida de su esposa o el regreso de su hija.

Comprendo que esto puede suceder, que las personas somos capaces de hundirnos en la peor maldad y no mirar más allá de nuestras narices. Acepto que el lenguaje cinematográfico tiene necesidad de muchas licencias para no recargar una historia. Pero si necesito material para empoderar a mi hija sobre mujeres fuertes, no escogería a Maléfica como una película edificante.

Para terminar: es posible que Maléfica, arrepentida, haya merecido nuestro perdón, pero su dignidad se levanta sobre demasiados muertos y eso, a mi parecer, debería haberse visto reflejado en algún momento. Merecía, por lo menos, un intento de restauración.  

lunes, noviembre 21, 2016

Divorcio, echando cuentas, rápido y mal.

Origen de la foto: http://www.notariosenred.com/2015/06/de-matrimonios-y-divorcios-ante-notario-la-ley-de-jurisdiccion-voluntaria/

El matrimonio, desde el punto de vista civil, es una empresa. Esta empresa, por supuesto, mueve dinero. Pero no todo el trabajo que se lleva a cabo allí dentro es compensado en moneda.  

Una amiga muy querida está ahora en proceso de divorcio. Uno de los principales motivos, además de la violencia psicológica que ha padecido durante años, es el control por poder económico.

Los bienes materiales adquiridos en sociedad matrimonial pertenecen a la pareja, y no solamente por haberse casado bajo la modalidad de “propiedades mancomunadas”, sino porque, durante el tiempo que han vivido juntos, se han dado dinámicas económicas, en efectivo o ahorro, que es importante tener en cuenta.

Por ejemplo, digamos que el futuro ex marido recibe un salario de 10.000,00 soles mensuales, y aporta un promedio de 7.000,00 soles mensuales al hogar (70% de su salario, el resto lo ahorra y/o entrega a su familia materna y/o utiliza en diversos usos personales) en concepto de:

  • Pago de hipoteca de casa: 2.000,00 soles.
  • Servicios y mantenimiento: 1.000,00 soles.
  • Escolarización de los hijos: 2.000,00 soles.
  • Transporte escolar: 500,00 soles.
  • Alimentación: 1.500,00 soles.

Por su parte, la futura ex esposa, recibe un salario significativamente inferior, pese a tener el mismo nivel universitario y de posgrados. Esto sucede, en parte, porque abandonó un trabajo en nómina hace algunos años, para hacerse cargo de tareas reproductivas (cuidado de hijos y esposo, administración doméstica). Ahora mismo, por contrato a terceros, gana alrededor de 4.000,00 soles al mes*, que invierte en concepto de:

  • Pago de asistencia doméstica: 800,00 soles.
  • Alimentación (gastos diarios acumulados): 1200,00 soles.
  • Requerimientos escolares extra: 1.000,00 soles.
  • Ropa y accesorios de los hijos: 1.000,00 soles.

A este aporte, hay que sumar otros servicios que ella brinda al hogar y que no suelen verse, mucho menos contabilizarse:

  • Monitoreo de avance escolar de los niños, asistencia a reuniones, tareas, preparación para exámenes, otros: una institutriz cualificada podría cobrar, como mínimo, 1.600,00 soles al mes.
  • Pago de cuentas y mantenimiento doméstico: el salario mensual de un tramitador podría llegar a 1.200,00 soles mensuales.
  • Cocina, repostería, limpieza: el sueldo mínimo vital para este tipo de trabajo, en Perú, al mes, está por los 750,00 soles.
  • Cuidado de la salud familiar: una enfermera cobra alrededor de 800,00 soles por este tipo de servicio, a media jornada.

Esto es lo que, se supone, deberíamos hacer todas las madres del mundo, “por amor”

No voy a hablar aquí de patriarcado, pero sí me gustaría que observen una realidad insoslayable:

El trabajo reproductivo que esta mujer ha hecho durante todos sus años de matrimonio, ha significado un ahorro familiar de  4.350,00 soles mensuales, sin impuestos.

Mejor dicho, en este matrimonio que, para bien o para mal, se acaba, la esposa ha aportado, cada mes, 8.350,00 soles**, una parte en moneda y la otra, en ahorro. Esto ha repercutido, por supuesto, en el bienestar de toda la familia y, lo más importante: ha permitido que el hombre proveedor pueda adquirir una casa y destinar parte de su salario a usos personales.

Ella, sin embargo, no sólo no tiene un centavo en su cuenta bancaria, sino que, además, “ha perdido puntos profesionales” debido a los años que decidió dejar de trabajar, lo que hace más difícil su re-inserción en un sistema laboral estable.

Elección de vida o no, deberíamos tener en cuenta esta desafortunada desventaja a la hora de “hablar en plata”, antes de menospreciar el trabajo de las mujeres-madres al interior de la casa, antes de llamarnos “mantenidas”, antes de tildarnos de abusivas cuando ponemos en manos de un juez nuestra demanda de divorcio y repartición de bienes.

Querido hombre: si tu pareja o ex pareja no es negligente con los hijos, ni con el hogar (tú tampoco, claro), entonces esfuérzate un poquito por ver lo que ella está ganando y perdiendo en esta ecuación, pon la parte que te corresponde o paga la pensión de alimentos, sin quejarte tanto.

Mujer, madre de hombre: esa “bruja” es la mamá y cuidadora de tus nietos. Modera tus opiniones, deja de meter cizaña, que ya bastante pesado ha de ser un divorcio, como para obligar a la futura ex nuera a aguantar tus majaderías.

Mujer, madre de mujer: es innegable que conoces más que nadie a tu hija, pero, en este particular, haz el favor de tragarte el orgullo herido por la vergüenza social que significa una separación, intenta ser justa y apoya, en vez de estorbar.   

Hombre, padre de mujer: tu hija te necesita más que nunca. Puedes estar en desacuerdo con ella, pero te necesita. Recuerda una cosa: muy pocas personas se divorcian por capricho. Si crees que tu hija es una de ellas, tú y tu esposa deberían revisar el método de crianza aplicado. Duro, ¿eh? 

A todas las personas del entorno, casadas o no: si no somos capaces de tener empatía, entonces, al menos, respetemos. Y, por favor, evitemos usar el arma arrojadiza del sufrimiento de los hijos, pues seguramente es lo primero que ha pensado la pareja cuando entró en esta espiral. Si tanto nos importa el bienestar de los hijos, podríamos ofrecernos como voluntarios/as para hacer actividades con ellos, que ayuden a bajar el estrés y la presión sobre los adultos en conflicto. Eso, nada más. 

--
* El monto de 4.000,00 es el salario aproximado de un trabajo que ha tenido durante el último año, bajo la modalidad de "servicios profesionales". Esto significa que su pago no está asociado a ningún impuesto ni servicio social. 

** Durante todo el tiempo que duró la sociedad matrimonial, la mujer pasó por temporadas en las que ganó aún más dinero, y otras en las que dejó el trabajo productivo para dedicarse a cuidados familiares (reproductivo). Por lo general, en las épocas en que sólo se cuenta con el salario de los esposos, si bien ellos deben asumir más gastos, las mujeres solemos tomar mayor carga doméstica, para incrementar el ahorro. En cualquier caso, es importante tener en cuenta que todas las mujeres dedicadas a labores reproductivas generamos ahorro financiero para la familia. De ningún modo se nos "mantiene gratis", como ordinariamente se suele asumir.  

martes, octubre 11, 2016

El fantasma de la sagrada chancla y (múltiples) teorías sobre crianza infantil


Hace pocos días conversé con uno de esos especialistas en cualquier tipo de crianza infantil (siempre me los topo, debo tener un imán) acerca del maltrato a los niños. Para no ir demasiado lejos, nos centramos en los castigos físicos como métodos educativos.

Voy a ser clara desde el principio: considero que ningún castigo físico es un método adecuado para educar a seres humanos. Golpear a alguien puede, de hecho, disuadirle de volver a cometer una acción no deseada por el castigador (dejemos en suspenso si es por el bien de la persona agredida, o no), escarmentarle o hacerle sentir miedo.

Sin embargo, no voy por la vida evitando que mi hija sienta miedo. Me explico: no la amenazo con el cuco, pero sí le diré lo que podría pasar si manipula de manera irresponsable la llave del gas o se lanza a la pista sin mirar a ambos lados o con el semáforo en rojo.

Volviendo al castigo físico: en algún momento, se tuvo como norma indiscutible que los azotes desapasionados, como consecuencia de una “mala” acción, eran necesarios para que el ser humano “en formación” (nota: el ser humano siempre es, nunca está en formación) aprendiera a comportarse. Ahora, por supuesto, están siendo promocionados, a diestra y siniestra, cientos de métodos para educar a los niños sin levantar la mano ni subir mínimamente la voz.

Todo esto es muy bonito y ha generado interesantes títulos de incontables libros. Sin embargo, debemos tener en cuenta dos cosas fundamentales:

Primero: leer no nos convierte en especialistas en crianza positiva. Puede ser que tengamos toda la buena intención del mundo pero, eventualmente, perderemos el control. En tales circunstancias, lo último que necesitamos es un experto recordándonos que somos un fiasco.

Segundo: la mayoría de gente que conozco, de mi generación, fue “corregida” a latigazos y sopapos. Algunos están replicando exactamente lo recibido, pues no hacerlo significaría haber pasado por un proceso de reflexión, aceptación del daño, perdón a los agresores (mamá, papá, abuela, etcétera) y búsqueda de alternativas diferentes. Llegar a esto cuesta y duele mucho. Ponerlo en práctica, es constante (y conflictiva) paramnesia. No nos engañemos: muchas veces no nos sale bien. Quien diga lo contrario, no pasa más de 2 horas al día en dedicación exclusiva a sus hijos y/o tiene asistencia doméstica a tiempo completo y/o siempre está fumado.

Creo que no estamos siendo justos con nosotros mismos. Nos estamos exigiendo demasiado, queremos dar a nuestros hijos algo que no tenemos. Porque ¿quién nos ha enseñado a corregir sin gritar o golpear?

¿Los hijos son inocentes del pasado? ¡Es verdad, qué genios son, ahora les doy su premio, listillos! ¡Por supuesto, nuestros hijos son inocentes! Además, en el mejor de los casos, nosotros escogimos tenerlos. Pero sí son parte de nuestras vidas y nuestras vidas son una adición de constantes experiencias.

Que los Estados conviertan el castigo físico en algo ilegal, me parece un paso importante. No obstante, un Estado ineficiente, corrupto, violento, explotador, propiciador de inequidad, tiene más bien poca autoridad para exigir(nos) a padres y madres mantener siempre la compostura.  

Actuar para reducir las formas violentas de crianza es un proceso social que implica políticas públicas adecuadas, acompañamiento profesional (no sólo presencia policial y castigo) y la participación de toda la ciudadanía.

Por favor, entréguenos los mecanismos adecuados para no estallar si la niña cambia de opinión y ahora desea un helado de fresa en vez del que pidió hace dos minutos, de chocolate, justo en el momento de cierre de una consultoría (tras varios días sin dormir y sólo beber café). ¿Cómo podemos iniciar un proceso de apoyo a una madre no acompañada, que tiene a cargo tres criaturas y siempre está histérica, gritándoles? Dígannos de qué manera podemos ayudar a un niño que sufre maltrato leve no premeditado, porque su padre cree (con fe) que un golpe oportuno es mejor que años de sufrimiento por acciones delictivas.

Explíquennos el modo de comprometernos con el bien superior del niño, desde el principio, desde que no es urgente llamar al 911.  

Y dejen de juzgarnos. Dejen de pretender que los demás debemos actuar del modo que ustedes consideran “correcto”.

Está claro, entonces, que el maltrato, de cualquier tipo, es algo malo.

Pero dimensiona. Contextualiza. Deja la teoría e intenta comprender: si tu esposa, criada bajo el principio de la sagrada chancla voladora, está a punto de un colapso, tras  seis horas de dedicación exclusiva al nene de dos años y medio, por piedad, por empatía, por humanidad, no intentes darle un sermón erudito sobre la civilización occidental y sus maravillosos resultados (poniendo de ejemplo a tus amigos o tu familia).

Más bien… ¿Más bien? ¡Qué te voy a decir yo! ¡Tú sabrás! ¿Hablas de amor? ¡Sabrás, entonces, cómo usar ese amor de manera adecuada para resolver una crisis! Y sabrás, también, evitar que tu hijo meta un clavo en el tomacorriente, a una distancia de 10 metros (créeme, ninguna persona con algo sentido común te criticará si, en tal circunstancia, te ves obligado a gritar o lanzar algo).

¿Por qué nos resulta tan fácil caer en el vicio de creernos infalibles y enseñar a todo mundo cómo hacer las cosas?

Voy por un café. Valeriana, mejor.

miércoles, agosto 31, 2016

El Vestido. Una catarsis, para empezar.

Estoy en Italia. He cancelado un día de playa familiar, para quedarme aquí, remordiendo el alma. 

Normalmente, cuando llego, disfruto. Contradiciendo a personas malintencionadas, no lo estaba buscando (de haberlo hecho, me habría quedado en Bilbao, hace 6 años). Tampoco lo sobrevaloro, pues la etapa de la ensoñación y las ansias de vivir la aventura ultramarina quedó bien satisfecha con horarios interminables de trabajo, concesiones y precariedad, allá por mis veinte y muchos. Sencillamente, disfruto o, al menos, lo intento.

Pero esta vez, Europa me pilla en otro lugar.

A finales de julio, mi familia y yo llegamos a Sullana. La casa de mi madre sigue siendo un espacio destartalado, plagado de cosas viejas. Sin embargo, es lo habitual, por tanto, no me incomoda.  Extrañamente, me hace sentir “en casa”. Esto es algo difícil de comprender para quien ha tenido un sitio más, digamos, “terminado”: sin rincones proveedores de polvo ni paredes de concreto crudo.

Hasta los 20 años, viví la “mediocridad” estructural latinoamericana sin vergüenza alguna, más bien como símbolo importante de mi identidad: la casita que los abuelos obsequiaron a mamá, fue construida sin instrucción arquitectónica, malas conexiones eléctricas y pésimo sistema de drenaje. Las inundaciones, durante el periodo lluvioso, eran pan de cada día. Llegué a pensar que tal cosa sucedía a todas las familias del mundo, que no había otra forma de vivir, baldear, trapear, soñar y morir.

Me ahorraré la historia de quiebra económica, es aburrida. Sólo compartiré un agridulce recuerdo de mi adolescencia: pasamos a una azotea mal cerrada, calaminas llenas de agujeros y cortinas en lugar de paredes. Mi mayor ilusión a los 14 años era tener una habitación con puerta. Nada más.

Ahora bien: aunque parezca mentira, no me quejo. Este pasado, tan presente, me ayuda a comprender por qué a mi madre le cuesta tanto invertir en remozamiento hogareño y mi abuela, de 82 años, sigue empeñada en habitar una casa que cae a pedazos.

He pasado el último mes pegada a mi abuela como garrapata, siguiéndola y llevándola a todas partes, con una cámara y una grabadora de voz. Todo muy informal, muy a salto de mata, sin mucho tiempo para planificar (mi trabajo remunerado de la temporada terminó dos semanas después de haber empezado las “vacaciones” familiares) y con bastantes conflictos de pareja. Debo reconocer que mi compañero se ha comportado a la altura de su estatura y de las circunstancias, pero no he podido evitar que las amenazas del “tercer mundo” desgasten su buen humor y generosidad habituales.

Como sea, he vuelto a compartir espacios personales con mi abuela y ha sido la mejor decisión del año. También la peor. Debí mirar de frente una realidad que me había empeñado en evadir durante una década. Ahora me siento egoísta, culpable y miserable, sobre todo cuando ella me mira sonriente y me dice estar bastante satisfecha de mis logros. ¿Cuáles logros, mamá Blanca? ¡Soy una (pinche) consultora sin trabajo estable, que se niega a reconocer su fracaso profesional! En fin, es lo que tienen las abuelas, mucha buena voluntad con los nietos, digo yo.

El caso es que ahora estoy en Italia, con la familia paterna de mi hija, y desearía con todo mi corazón seguir conversando con mi abuela sobre la cantidad de historias repetidas que no paraba de contarme. Necesito escucharlas mil veces más, para poder desterrar por completo aquellas narraciones que me habían llegado filtradas por sus hijos (mi madre y mis tíos). Los hijos podemos ser unos grandísimos cabrones con nuestras madres, incluso cuando intentamos juzgar desde el amor. Mejor sería no juzgar desde ninguna perspectiva (aplícate el cuento, nena).  

Que no se mal entienda: mi madre y mis tíos son seres humanos estupendos. Curiosos, pero estupendos. Sin embargo, esta vez, por primera vez en mi vida, he pasado de ellos, para bien.

En estos días, me estoy sorteando peligrosamente el afecto de la familia italiana. Yo lo advertí: esta introspección traería dificultades. Es normal que no haya una comprensión plena de la etapa que estoy viviendo, de la necesidad masoquista de mantener la contemplación hacia mis recuerdos y los diálogos con mi abuela, para no romper el círculo de este amor doloroso que acabo de reactivar. Soy la hija pródiga, soy la que se fue, me he permitido volver y hacer preguntas, remover heridas, invadir privacidades y secretos con una cámara y una enorme grabadora de audio…

¡Por el amor del cielo, me siento una mierda! Estoy totalmente rota por dentro, debo darle forma a una historia de ingratitud, no esperen que sea la persona más accesible del planeta justo ahora, ¡déjenme en paz!

Escrito esto, y compartido con el mundo, a falta de capacidad de decirlo claro y firme, en castellano, inglés e italiano, procedo a revisar el material audiovisual y detectar carencias logísticas.

Mamá Blanca: con todo mi complicado cariño, para ti. 


sábado, julio 16, 2016

Madre Colectiva. Madre Comunidad.

jhkjhkj

Vicky: te has ido. Y es ridículo escribirte ahora, no entrarás a este blog, ya no miras Facebook, pasas de todo esto. Parece curioso que una escéptica como yo piense en tu transcendencia. Pero, ¿sabes? No soy escéptica en realidad. De hecho, me considero animista en esencia y creo haberlo sido siempre, desde pequeña.

Tú fuiste, en gran parte, el tipo de hogar que quisiera ser para mi niña: abierta, cálida, con panes rellenos de jamón y leche caliente para los fenómenos esos que se han encerrado en el cuarto de tu hijo a ver ora anime, ora Jeunet, ora Kieslowski, ora MTV. Allí estabas, y no reparabas en palabras tiernas, abrazos y besos.

Vicky: en verdad, en verdad, no voy a olvidarme de ti.

Justo en ese momento en que te despedías de tus seres amados, mi hija rompió en llanto y yo pensé: “alguien se va”. Y no me acordé en ti, pese a haberte tenido presente toda la semana, horas antes. Lo siento. Lo siento muchísimo.

Vicky: te amo. No tanto como tu hijo, tu hija o tu esposo, o tal vez tanto como ellos, pero diferente, porque no fuiste mi madre. Sin embargo, fuiste muchos ejemplos, mucha apertura, mucha colectividad. Tú misma dejaste clara la individualidad, tú misma nos enseñaste a amar a cada persona en su universo y diversidad. Tú misma me dejaste llorar como una nena por un ex novio ingrato, y me dijiste: ¡Ánimo, Angelita! Y me diste chocolate, y me abrazaste, y creo que tu partida es una mierda dantesca. Sin embargo, comprendo que necesitabas descansar.

Quisiera que el trabajo, nunca más, me quite tiempo para acercarme a todas las personas que podrían ser tú.

Vicky: gracias por tanto amor.

Buen viaje. Buen destino. Feliz eternidad. 


jueves, mayo 26, 2016

Aligerando el peso de "criar con apego"

Advertencia: este texto está basado en mi experiencia con especialistas en crianza con apego, que fue bastante mala. Lo comparto porque sé que no soy el único caso “de rebote” y, sobre el papel, resulta más fácil de analizar y sopesar. 

También es un desahogo.

Mi hija tiene ahora dos años y ocho meses. Es una niña saludable y nació bien, gracias a profesionales médicos de una clínica privada, en Quito. He puesto en práctica todos los tópicos de la crianza con apego: con algunos, la cosa fue llevadera; otros me costaron dejar un buen trabajo y sobrecargarme de quehacer para poder acceder a proyectos laborales por cuenta propia. Estoy convencida de que yo no fui formada para esto. Sin embargo, mi hija es una niña fuerte, enfática en lo que le gusta y no le gusta y, según puedo percibir, bastante feliz. 

Va a la guardería desde hace un mes.

Ana y yo, en la Laguna Cuyabeno, diciembre de 2015.

El paradigma de la crianza con apego, del modo en que viene siendo impuesto a la sociedad occidental, se me desvela cada vez con mayor claridad como una maliciosa forma de neo-machismo, con finalidades peligrosas: ratificar el papel de las mujeres como cuidadoras instintivas (sin pago mediante, por supuesto), relegar a los padres de responsabilidades reproductivas y, lo aún peor: obligar a las madres a agregar un ladrillo más a la inmensa carga de culpas que ya llevamos, normalmente, encima.

Si no tuviste la experiencia “piel con piel” cuando nació tu hijo, ya puedes empezar a sumar traumas. Así es. A partir del momento en que sólo pudiste darle un beso y dejar que se lo lleven para revisarlo y bañarlo (mientras te remendaban la panza), tu bebé pertenece al grupo de seres humanos con alto riesgo de desarrollar conductas violentas en el futuro. Da igual si le crías con todo el amor posible, has perdido la primera batalla. ¿Qué clase de buena madre permite que bañen a su bebé apenas nacer?

Yo tuve a mi hija recién nacida en brazos hasta el día siguiente. Como me gusta mantener todo bajo control, aún en momentos de crisis, me permití solicitar a las enfermeras no cortar el cordón umbilical hasta que éste dejara de latir. Es una situación llena de sangre, fluidos y olores. No hubiera deseado hacerlo de otro modo, sin embargo, por todo el respeto que me merecen las madres, no se me ocurriría conminar a ninguna a hacer lo que hice yo. Yo soy yo. Cada una de ustedes, señoras, es cada una de ustedes. Y habrán sido plenamente dichosas en sus respectivas historias. O no, pero si pueden tener a sus niños en brazos, vivos, imagino que todo lo demás, de momento, les da igual.  

Si no amamantas a tu cría hasta que la cría quiera, debes tolerar la etiqueta de madre desnaturalizada. Ningún/a gurú de la crianza con apego se esforzará por comprender que te duele, que estás cansada, que estás harta, que, desde tu instinto materno, consideras que tu nene o nena está ya en edad de no buscarte las tetas cada vez que te mira o, sencillamente, que no te da la gana. Como mucho, y flaco favor harán con ello, se dedicarán a analizar las devastadoras causas sociales (¡abajo el capitalismo!) que han distorsionado tu naturaleza mamífera, al punto que prefieres volver al trabajo y cuidar tu carrera, que ser la abnegada protectora a tiempo completo de un cachorro ultra demandante de cuatro años de edad. 

El biberón, por supuesto, es la encarnación del mal. Eres mejor madre si permites que tu bebé llore de hambre durante horas (porque no te sale suficiente leche) que dándole fórmula.

Yo di fórmula a mi hija entre los 2 y los 6 meses. Cuando empezó a comer, ella sola dejó el biberón. Siguió enganchada a la teta, claro. Un médico cercano a la familia, amigo, me dijo: “Te van a advertir constantemente que ahora tu hija corre mayor riesgo de contraer infecciones estomacales por usar biberón, porque así está en los Manuales del Ministerio se Salud, pero no hagas caso. Allí escribimos (sí, él asesoraba la redacción de esos manuales) consideraciones generales, teniendo en cuenta situaciones extremas. Evidentemente, en un ambiente sobre expuesto a las bacterias, la tetina del biberón podría ser un vector. Pero si tú mantienes todo limpio y esterilizado, irá viento en popa”. Los médicos que tienen interiorizado eso de cuidar y escuchar a las madres, para asegurar la salud de los hijos, merecen un altar.

Si no llevas a tu bebé encima a todas partes, estás haciéndole sentir abandonado. Así de sencillo. El cochecito es un invento nefasto que las aristócratas europeas usaban para desentenderse de sus crías, por eso luego todas merecieron pasar por la guillotina (madres y crías, por supuesto, porque al ser criadas en cochecitos, no salieron buenas personas). Al bebé se le lleva cargado, envuelto en fulares de telas indias o fibra de bambú, de colores andinos, así te ves más chic.

¡Chic se va a ver la giba precoz que te va a salir dentro de pocos años, mi reina! ¿Sabes qué te digo? ¡Haz lo que te salga de los ovarios! Y si quieres portear a tu cachorro, porque no te alcanza para el coche y/o te identificas ideológicamente con el asunto, pero eres torpe para anudar telas y pañuelos (como yo), consigue alguna mochila ergonómica que se ajuste fácilmente a tu cuerpo (puedes encontrarlas de segunda mano) ¡y a caminar! 

Si no quieres dormir con tu bebé recién nacido, empezará la cantaleta de la regulación de la temperatura, la disminución del riesgo de muerte súbita, los japoneses y la madre que te parió. Los “expertos” aseguran que tu instinto hará que duermas bien y no aplastes a la criatura, pero a ninguno de ellos le importa saber tus particulares deseos. Y es que, si eres madre, deberías dejar de pensar en dormir (lo poco que puedas) en la posición que te resulte más cómoda. Más bien, te corresponde convertirte en una extensión biológica de tu cachorro, servirle de almohada, colchón, teta express y cualquier otro elemento básico de supervivencia.  

Mira: si quieres hacer colecho, hazlo, pero no hay derecho a que te miren con reprobación, como si estuvieras comiéndote a tus crías, sólo porque no se te antoja compartir la cama con ellas.

Si decides contratar una niñera en cuanto se te acabe la baja por maternidad en el trabajo: ¡Perdiste tu acreditación como madre! Pero claro, así de feo no te lo van a decir, se esforzarán por ser políticamente correctos y empezarán a trabajar la culpa desde “el sistema”. Ese maldito sistema que obliga a las mujeres a trabajar en lugar de dejarlas quedarse en casa, cuidando a sus bebés. Espera, what? ¿De qué estamos hablando? Años de lucha feminista para que las mujeres podamos gobernar la construcción de nuestras vidas, ¿y ahora resulta que la opción de insertarse en el sistema laboral es mala? ¿Me pueden explicar por qué?

Vamos a ver: las contrataciones ordinarias no son inclusivas, discriminan a las mujeres por características inmanentes, como la posibilidad de quedar encintas, parir hijos o sufrir cólicos premenstruales. A esto, sumemos  la diferencia de salarios y la exigencia de horas presenciales inútiles para valorar perfiles de ascenso. Eso es injusto y tiene que cambiar. Injusto es, también, que no haya guarderías en las oficinas. Injusto es que el padre de la criatura no asuma su co-responsabilidad reproductiva en esta historia (vale, hombre, no podrás dar teta, pero todo lo demás, sí). Injusto es que una madre con deseos de trabajar deba sentirse avergonzada por ello.

Si le pones horarios, podrías estar anulando la sabiduría natural que tiene tu hijo para mostrar sus necesidades y cumplir sus actividades biológicas. Esto tiene lógica. Lo bebés son puro instinto y sensaciones, no tienen malicia, ni necesidad de adaptarse a rutinas para estar mejor. Admitamos de una vez que establecer horarios es una necesidad de los adultos cuidadores: porque debemos trabajar, porque estamos acostumbrados a tres comidas cada día, porque así nos han formado y ya está.

No es ilícito generar rutinas en torno a un bebé, para que la vida de todos pueda ser más armoniosa, dentro de lo que cabe. No está mal pedir ayuda a la abuela para que la madre parturienta pueda tomar una ducha, tranquila. Pero pretender que el cachorro comprenda nuestras necesidades sólo nos va a traer frustraciones y enojos. No comprenden nuestras necesidades, están ocupados intentando canalizar las suyas, son puro impulso de sobrevivencia y la mamá, como primer sujeto de afecto (luego hay más), significa el ser que les mantiene a salvo. Entendamos eso, para empezar. Luego, construyamos alternativas. La abuela es una. Contratar una niñera, otra. Que mamá trabaje por la mañana y papá por la tarde, una más. La guardería, como apoyo social, también cuenta. La decisión es totalmente íntima. Quien te salga con remilgos, ya podría ofrecer apoyo logístico antes de hablar.

Como comenté hace poco a una amiga, estamos pasando del paradigma de la “superwoman”, que apenas avanza y vive estresada (gracias a la sobrecarga de trabajo productivo - reproductivo), a la falacia de la “flowermother”, que anda todo el tiempo exhibiendo una amplia sonrisa prozac, aunque su vida esté patas arriba, y nunca termina lo que empieza, porque, ¿total?, ahí sigue la sobrecarga y peinar  a los niños no es prioridad.  

Pues fíjense lo que tengo que decir a todas y todos los expertos en crianza con apego del mundo: para gurús, mi bisabuela materna, que no escribió un solo libro en su vida, ni terminó el colegio, pero apostaba por un acercamiento humano, real, con ternura y exabruptos, con días buenos y días malos, sin obligación de dar pecho a tiempo completo, con capacidad comunitaria para contener y apoyar a una madre cansada, sin juicios, ni presiones. Además, se llevaba a los nietos a dormir con ella para que sus hijas pudieran estudiar.

Eso es empatía y lo demás, paté. 

viernes, mayo 20, 2016

Eri

Bilbao, 2009

No recuerdo cada día a Erika. Es decir, no todos los días recuerdo que no está. Como sucede con las amigas alejadas por giros de la vida, podría ser que hace mucho no nos escribimos, pero, en algún momento, un destello rememora la recíproca existencia, sonreímos y seguimos felices de sabernos queridas.

Sin embargo, Erika se fue hace algunos años.

Suelo recordarla sin dolor. Hoy no. Estos días, habría querido que esa enfermedad haya sido una pesadilla y nunca se la llevara.

Erika era fiel lectora de mis desvaríos y, en público o en privado, desde Madrid, México, Francia o Guinea, respondía a mi llamado y me acompañaba. ¡Cuántas veces me acompañó, sin estar a mi lado!

Deseo que Ana pueda tener, algún día, una persona como Erika en su vida. Pero que no la pierda, que no la pierda, porque es una falta inmensa.

Aquí me quedo, con ganas de recibir un comentario suyo, alegre, pese a su propia melancolía.

De pie. 

jueves, mayo 19, 2016

Las compañeras del fondo

Siempre hablo de mis gallinas, lo sé, soy muy pesada y lo admito con orgullo. Pero es que las gallinas son, para mí, criaturas directamente asociadas a la vida de los seres humanos. Cuando Ana nació, por ejemplo, no podía concebir su aprendizaje del mundo sin el murmullo de gallinas y pollitos, allá al fondo.

Ana y Totó, primer (y único) pollito-mascota de la casa.
- 25 de febrero de 2015 -

Adoro a mis gallinas. Están locas, son asustadizas, pero identifican rápidamente a quien las alimenta, a quien asea su espacio y, por supuesto, a quien las daña. Cuando me acerco al gallinero, vienen corriendo a la puerta, para recibirme. Pero si voy con una persona desconocida, se contienen, aunque les acaba venciendo la curiosidad. 

Una vez, en un panfleto bilbaíno, leí un artículo que intentaba desprestigiar a las gallinas. El autor, antropocéntrico, afirmaba burlón que nada podía haber tan triste como la vida de un pollo. Quizás es más triste un activista de izquierdas que necesita despreciar a las gallinas para dar algún sentido a su propia existencia, digo yo. En todo caso, es verdad que los seres humanos, con nuestras ansias de consumo, hemos generado una industria dedicada a arruinar la vida de criaturas que, a su muerte, nos darán de comer. Y eso es, como poco, miserable.

Ana y Pepe, pollito que sufrió las consecuencias de ser criado por una gallina de pelea.
- 13 de septiembre de 2015 - 

La tía Quiqui criaba gallinas, preparaba remedios caseros y procuraba ejercicios de autoabastecimiento doméstico. Además, tejía, con cuatro panillas finas, unas medias de hilo maravillosas.

Entre los varios conocimientos de la tía, estaba prever precisamente el día en que una gallina empezaría a poner huevos, dejaría de hacerlo, enfermaría, se recuperaría, nacerían sus polluelos, o moriría. Lo sabía con la precisión de un reloj suizo. Por supuesto, también determinaba cuándo debía sacrificar a una de sus protegidas. Y es que, para ella, criar gallinas era eso: alimentar, cuidar y acompañar la vida de unas criaturas que, a su muerte, darían a su familia de comer, ayudarían a sobrellevar una anemia o aliviarían el resfriado infantil de alguna querida sobrina.

El Negro y el Canche, primeros pollitos nacidos en #LaCasa.
- 5 de abril de 2015 -

A partir de ese principio, con intención de combatir una plaga de hormigas sin insecticidas y bajo los efectos eufóricos de La Gallina Pintadita y El Pollito Amarillito, mi compañero y yo decidimos criar gallinas. Empezamos en febrero del año 2015, con una madre de edad mediana y dos hijos adolescentes, adoptivos (larga historia). Les pusimos Nonna Papera y los Juveniles. Luego nos obsequiaron a Totó. La Papera tuvo dos hijos más: el Negro y el Canche. Y entre una cosa y la otra, llegamos a una población de 13 aves en 16 metros cuadrados. Afortunadamente, el control de natalidad está funcionando, ahora sólo son 7 hembras en el gallinero, 2 de ellas en producción de huevos, y 3 pollitos sueltos por el jardín (de allí saldrá el próximo gallo reproductor, que quizás llevaremos a alguna finca).

"Ya vienen": de este modo anuncié que llegarían las salvadoras del huerto, para acabar con la plaga de hormigas. ¡Estaba muy emocionada! ¡Me lo imaginaba con todo y la harmónica de Once Upon a Time in the West! Cosas de frikis, no intentar comprender.
- febrero de 2015 -


Requieren mucha atención: el agua se cambia a diario; reciben dos raciones de comida al día: una de maíz y otra de sobras de verduras y frutas; limpio el gallinero superficialmente cada 3 días, para recoger el estiércol y ponerlo en la compostera (así reducimos su acidez) y, una vez a la semana, sábado o domingo, hago una limpieza profunda, que implica pasar agua con legía y remover el suelo con una pala. Esto último es de gran importancia, pues las aves entierran semillas y restos orgánicos que luego se pudren y, ¡ala, fuegos fatuos en el corral! ¡A ver a quién asesinaron esta vez, las bichas esas!

Las gallinas no son semilleras, es decir, no esparcen semillas enteras con las heces. Más bien, las semillas son la base de su alimentación, entonces, poseen un aparato digestivo que les permite triturarlas y extraer nutrientes de ellas. En compensación, la gallinaza (o pollinaza) es un abono riquísimo. Otra ventaja: las aves mantienen bajo control estricto la población de insectos dañinos para las plantas. Gracias a todo este sistema, conseguimos sostener de manera casi autosuficiente nuestro pequeño espacio de producción familiar.

A estas alturas del texto, noto que hablar o escribir sobre gallinas me hace feliz, tan feliz que olvido, voluntariamente, la parte dura del proceso: nuestras gallinas producen huevos, pero también carne. Y para obtener la carne, ya se sabe, es necesario matar.

Tercera generación: la Juvenil (gallina de pelea, A.K.A. "fina") descansa junto a sus crías (empolladas, no biológicas) en una deliciosa piscina de tierra.
- 9 de agosto de 2015 -
Cuarta generación: Nonna Papera empolló 5 huevos y sacó 4 pollitos, todas hembras: dos cariocas y dos negras.
- 18 de noviembrede 2015 -
Los polluelos crecen: el poderoso gallo Gris, la gallina Pintada y la gallina Roja (los tres de la tercera generación).
- 4 de marzo de 2016 -

Hasta el momento, no me he atrevido a matar, siempre lo hace alguien más. Yo sólo cumplo el vil encargo de coger al ave, tranquilizarla y entregarla. Aprovecho la confianza generada y la traiciono. Por convicción animista, suelo pedir perdón a la elegida o al elegido. La última vez, expliqué a la Pintada que mi hija estaba enferma y yo me encontraba seriamente preocupada. En tanto seamos consumidores de carne, no veo una opción más humana de hacer las cosas.

Última parvada (quinta generación), hijos biológicos de Nonna Papera y el gallo Gris. Actualmente, los pollitos tienen 3 meses y andan sueltos por el jardín.
- 14 de marzo de 2016 -
Producción: sólo Nonna Papera y la Roja se encuentran en edad fértil. El color de los huevos depende de la pigmentación de las gallinas.
- 18 de mayo de 2016 -

La vida de una gallina no es naturalmente triste (que la hagamos triste es otro asunto). Sin embargo, no me gustaría ser una gallina.

Voy a verlas ahora. Les daré una ración extra de maíz triturado (lo prefieren al de grano, están aniñadas) y les agradeceré la compañía y el aprendizaje. Pensar en la felicidad de mi hija al ver nacer pollitos, me ayuda a descansar de mi estado de tensión defensiva habitual. 


El grupo -casi- completo: dos gallinas de la tercera generación (Roja y Brava) y cuatro gallinas de la cuarta generación (cariocas y negras).
- 18 de mayo de 2016 -

lunes, mayo 16, 2016

La Bestia

Nunca he presumido de ser una persona buena. Tal vez íntegra, pero buena, en el sentido religioso y moral, no, nunca llegué a tanto. De hecho, mantener un equilibrio entre acciones y pensamientos me ha costado disgustos por montones, humillaciones, heridas en el orgullo y cientos de mantras u oraciones, según el momento espiritual de la vida. El tema es que no soy naturalmente buena: hacer el bien no es lo primero que se me viene a la cabeza en una situación determinada.

Fuente: http://www.fondos7.net/wallpaper-original/wallpapers/oscuridad-10915.jpg

Hacer lo correcto, eso sí. Es más sencillo hacer lo correcto, seguir un protocolo, callar si no se tiene respuestas que en verdad ayuden, acompañar si hay miedo, proteger. Lo correcto es más simple, no necesitas un móvil interno, una epifanía. No hago cosas “buenas” por ser buena persona, sino porque es así como sé que se debe hacer, por civismo, compañerismo, contrato social, aptitud, vocación u otro.

Pero no soy buena. Ni empática. Mi única acción en pos de la empatía es cerrar la boca y escuchar. Ah, y tragarme los juicios. Tengo grabados en el pecho todos los esfuerzos por no resultar demasiado prejuiciosa, ni juzgar a quien, por una razón u otra, he tenido la afortunada idea de confiarme algún sentimiento, problema o secreto. ¿Por qué a mí? ¿En verdad parezco estar medianamente interesada en tu historia? ¿En serio?

Sin embargo, sí estoy interesada en escuchar tu historia, aunque me la hayas contado cientos de veces, y seguramente intentaré ayudarte de la mejor manera posible, porque es lo que he visto hacer toda la vida a personas que quiero y admiro y, honestamente, no sé de qué otro modo actuar.

Pero sufro mucho. No es hipocresía, no me duele proceder de forma correcta, lo hago con gusto. Sufro porque los años, la experiencia, el hecho de tener una hija, no han conseguido arrancar de mí aquella bestia pegajosa y oscura, que siempre ha mantenido atrapado mi corazón y lo ha oprimido hasta provocarle infelicidad crónica. Nada, sigue allí, activa, respirando con pereza, como si en eso se le fuera la vida, soplo a soplo, latido a latido, y ni se inmuta cuando me embarga la alegría o me conmociona alguna pena.

Entonces, concluyo que no soy buena, porque las personas buenas suelen tener mucha paz, mucha calma, mucha satisfacción y mucha seguridad en avanzar hacia el futuro sin arrastrar deudas de ningún tipo. Yo, sin embargo, llevo procrastinando mi propia historia ya dos décadas. Vivo de espaldas a lo que debería haber significado mi búsqueda primigenia, el inicio de la locura, aquello que alguna vez, muerta de miedo, decidí dejar enterrado y olvidar.

Entonces, se acabó mi capacidad de escribir líneas acerca de mis destellos y de plasmar demonios en papel. Se acabó la oscuridad. Pasé a ser una deconstrucción de mí misma, sonrosada, multicolor, preocupada por alcanzar la felicidad de otros pero incapaz de asesinar a la bestia. Y allí sigue, chupando y doliendo. Allí sigue. Y, ¿sabes qué? No la enfrento porque soy cobarde, porque tal vez la batalla me lleve a perder personas sagradas y, a decir verdad, en esta lucha me encuentro inmensamente sola.

Me pregunto si mi hija se da cuenta de todo esto.

Como siempre, hay prioridades. Lantier debe descansar. Lo demás, es el espectáculo de variedades de siempre, sin otro particular. 

jueves, febrero 25, 2016

Intergeneracional

He escuchado que es imposible (o, al menos, sumamente difícil) establecer amistades reales entre personas de diferentes generaciones. Pienso que quien lo afirma se equivoca. Es posible tener amigos mucho más jóvenes o mucho mayores. Sólo es necesario ser versátil: a veces te toca acompañar al hospital a tu amiga de 68 años, porque ha tenido un resbalón en casa y no es edad para quedarse tranquila ante esas caídas. Otra, escuchar con paciencia y perspectiva los problemas de tu “hija adoptiva” de 19 y ayudarle a encontrar respuestas, desde tu experiencia de 30 y tantos. Si de verdad te interesa, lo haces con amor, del mismo modo que actuarías con un amigo o amiga de tu edad.   

Foto: http://www.humancamp.net/blog/?p=276

A veces, en el día a día de mi trabajo, me encuentro confundida. Más allá del impacto previsto en el marco lógico, es inevitable convertir algunas de las acciones habituales en modelos. Sobre todo si trabajas con jóvenes. Pese a la poca gana de los jóvenes. De forma evidente o absolutamente imperceptible, ellos recogen pedacitos de todo y lo reproducen en sus universos personales. A veces, sale bien. Otras, mal. Pero, ¿mal, en verdad?

Hace un montón de años fui convocada para trabajar en un colegio de Sullana, la ciudad donde crecí. Me ofrecieron la administración de la radio y el taller de periodismo, que se dictaba a adolescentes de secundaria. Todo un reto.

Salió mal. Mi experiencia en docencia era (y sigue siendo) nula y para estar allí se necesitaba un mínimo de estructura. Pese a ello, los jóvenes aprendieron y disfrutaron. Además de metodología, me faltó disciplina: anotaciones en el libro de incidencias, castigos, ese tipo de medidas. Por cierto, tampoco debí dejar a los alumnos tareas demasiado activas, pues varias veces interrumpieron la tranquilidad habitual de un colegio de curas.

Como consecuencia de mi paso, una joven perdió la confianza plena del director, fue estigmatizada hasta terminar la secundaria, humillada y denigrada. ¿La causa? Ella cometió un error al defenderme de murmuraciones y yo la defendí de ese error. La lógica del entonces magíster fue curiosa: ninguna persona asume la culpa de otra sin interés de por medio. Entonces, Angela es lesbiana y quiere que Pepita sea su amante. Fin de la discusión.

Pepita es como mi hermana menor, nos queremos de manera irrefrenable, en confianza plena. Pero, disculpará usted señor magíster (ahora doctor): Pepita nunca fue mi amante. Nos une algo que usted tal vez desconoce, pero existe. Se llama amistad.

Aquella experiencia me alejó por mucho tiempo de los jóvenes. Dirigí mi energía al trabajo social, empecé la militancia en los procesos de desarrollo humano. Exploré lugares de mi región hasta entonces desconocidos. Hice un poco de docencia universitaria, lo mínimo, nada del otro mundo. Escribí, fotografié, me frustré, tomé decisiones tontas, fui a por ellas, caí, me levanté (aún no me lo creo) y seguí.

Años más tarde, vengo a parar a una región amazónica del Ecuador y, voilà!, mi primera opción laboral luego de la baja maternal (voluntaria, con renuncia al trabajo y sin ninguna compensación económica) es un proyecto dirigido a jóvenes. Genial (entre dientes). Además, ¿a quién, en su sano juicio, no le gusta trabajar con jóvenes? (¡A mí, a mí!).

Empecé a ser adulta hace rato. No siempre se nota, pero es así. A verme como adulta (obviando la ropa), hablar como adulta, razonar como adulta y calcular como adulta. Acepto, por tanto, la responsabilidad que me corresponde, no sólo respecto a mi hija o mi compañero, sino ante el mundo. Y, tras un año de trabajo con jóvenes de la región, debo decir que ellos nunca fueron el problema. Ellos, pese a sus múltiples indecisiones, falta de voluntad y habitual pérdida del propio norte, son jodidamente maravillosos, tal como corresponde a los seres humanos de esa edad.

El problema somos nosotros: los que hemos crecido pensando que nuestro aprendizaje es lo único que tiene valor y nos tomamos la prerrogativa de imponerlo a los demás.

Hace poco ocurrió un incidente: estábamos construyendo algo en un colegio, pequeña iniciativa bajo responsabilidad de gobiernos locales, activa a pedido de un grupo de chicos. Justo ese día, el director no se encontraba y los profesores a cargo tenían cosas más importantes qué hacer. La zona de trabajo estaba bastante alejada de las aulas, entonces es comprensible que llevar hasta allá una jarra de agua a los albañiles era demasiado. Debemos ser adultos comprensivos y empáticos con las necesidades de los demás adultos, ¿total?, en otras oportunidades somos chéveres.

De desplante en desplante, terminó la jornada. Me quedé a cargo de las frustraciones de todos y sólo atiné a despedirme de la manera menos seca posible. Los chicos, en cambio, estaban tristes y avergonzados. Cuando el director les preguntó qué tal todo, soltaron el rollo, con 16 años de pasión y desadaptación a la norma. Ellos, tan malos estrategas, cometieron el error de decir a la autoridad que los encargados no habían apoyado a los trabajadores.

Yo, a mis 35 años, no lo habría hecho así. No lo haría si tuviera que hacerlo. Y me avergüenzo de ello. Me avergüenza más admitir que tal vez no lo habría hecho a los 16 años, pese a la rabia, porque tenía que proteger un lugar en el cuadro de honor y en casa me regañaban si bajaba medio punto en conducta. Aprendí a callar porque era lo conveniente. Niña modelo, adolescente tranquila, joven sumisa. Muérdete la lengua, cállate, no seas respondona, no te metas.

Cuando supe lo que había ocurrido en el colegio, sentí, como primer impulso, culpa por no haberlo previsto y recomendado a los jóvenes callar y esperar. A esa edad, no es recomendable "tener problemas" con los maestros.

Sin embargo, la época escolar es un suspiro en la vida. Y si allí aprendes a callar ante lo injusto, es probable que siempre lo hagas, aun cuando no debas.

Recuerdo una conversación posterior con Pepita, cuyo nombre real es otro. Ella se ríe de lo ocurrido en la secundaria y no se arrepiente de haber dejado salir su lado más contestatario, desde allí hasta el resto de su vida. Tiene un trabajo que le encanta, ha viajado mucho, es una mujer completa, independiente, satisfecha y feliz.

No me considero inspiradora de nada, sencillamente estaba. 

Y ahora, como adulta, tengo la obligación de bajar la tensión de este asunto, entre adultos, pero también he de valorar, en público, la honestidad de los chicos y sus ganas de que todo funcione. Considero que es lo que correcto, lo justo, lo que en verdad está bien.