sábado, julio 16, 2016

Madre Colectiva. Madre Comunidad.

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Vicky: te has ido. Y es ridículo escribirte ahora, no entrarás a este blog, ya no miras Facebook, pasas de todo esto. Parece curioso que una escéptica como yo piense en tu transcendencia. Pero, ¿sabes? No soy escéptica en realidad. De hecho, me considero animista en esencia y creo haberlo sido siempre, desde pequeña.

Tú fuiste, en gran parte, el tipo de hogar que quisiera ser para mi niña: abierta, cálida, con panes rellenos de jamón y leche caliente para los fenómenos esos que se han encerrado en el cuarto de tu hijo a ver ora anime, ora Jeunet, ora Kieslowski, ora MTV. Allí estabas, y no reparabas en palabras tiernas, abrazos y besos.

Vicky: en verdad, en verdad, no voy a olvidarme de ti.

Justo en ese momento en que te despedías de tus seres amados, mi hija rompió en llanto y yo pensé: “alguien se va”. Y no me acordé en ti, pese a haberte tenido presente toda la semana, horas antes. Lo siento. Lo siento muchísimo.

Vicky: te amo. No tanto como tu hijo, tu hija o tu esposo, o tal vez tanto como ellos, pero diferente, porque no fuiste mi madre. Sin embargo, fuiste muchos ejemplos, mucha apertura, mucha colectividad. Tú misma dejaste clara la individualidad, tú misma nos enseñaste a amar a cada persona en su universo y diversidad. Tú misma me dejaste llorar como una nena por un ex novio ingrato, y me dijiste: ¡Ánimo, Angelita! Y me diste chocolate, y me abrazaste, y creo que tu partida es una mierda dantesca. Sin embargo, comprendo que necesitabas descansar.

Quisiera que el trabajo, nunca más, me quite tiempo para acercarme a todas las personas que podrían ser tú.

Vicky: gracias por tanto amor.

Buen viaje. Buen destino. Feliz eternidad. 


jueves, mayo 26, 2016

Aligerando el peso de "criar con apego"

Advertencia: este texto está basado en mi experiencia con especialistas en crianza con apego, que fue bastante mala. Lo comparto porque sé que no soy el único caso “de rebote” y, sobre el papel, resulta más fácil de analizar y sopesar. 

También es un desahogo.

Mi hija tiene ahora dos años y ocho meses. Es una niña saludable y nació bien, gracias a profesionales médicos de una clínica privada, en Quito. He puesto en práctica todos los tópicos de la crianza con apego: con algunos, la cosa fue llevadera; otros me costaron dejar un buen trabajo y sobrecargarme de quehacer para poder acceder a proyectos laborales por cuenta propia. Estoy convencida de que yo no fui formada para esto. Sin embargo, mi hija es una niña fuerte, enfática en lo que le gusta y no le gusta y, según puedo percibir, bastante feliz. 

Va a la guardería desde hace un mes.

Ana y yo, en la Laguna Cuyabeno, diciembre de 2015.

El paradigma de la crianza con apego, del modo en que viene siendo impuesto a la sociedad occidental, se me desvela cada vez con mayor claridad como una maliciosa forma de neo-machismo, con finalidades peligrosas: ratificar el papel de las mujeres como cuidadoras instintivas (sin pago mediante, por supuesto), relegar a los padres de responsabilidades reproductivas y, lo aún peor: obligar a las madres a agregar un ladrillo más a la inmensa carga de culpas que ya llevamos, normalmente, encima.

Si no tuviste la experiencia “piel con piel” cuando nació tu hijo, ya puedes empezar a sumar traumas. Así es. A partir del momento en que sólo pudiste darle un beso y dejar que se lo lleven para revisarlo y bañarlo (mientras te remendaban la panza), tu bebé pertenece al grupo de seres humanos con alto riesgo de desarrollar conductas violentas en el futuro. Da igual si le crías con todo el amor posible, has perdido la primera batalla. ¿Qué clase de buena madre permite que bañen a su bebé apenas nacer?

Yo tuve a mi hija recién nacida en brazos hasta el día siguiente. Como me gusta mantener todo bajo control, aún en momentos de crisis, me permití solicitar a las enfermeras no cortar el cordón umbilical hasta que éste dejara de latir. Es una situación llena de sangre, fluidos y olores. No hubiera deseado hacerlo de otro modo, sin embargo, por todo el respeto que me merecen las madres, no se me ocurriría conminar a ninguna a hacer lo que hice yo. Yo soy yo. Cada una de ustedes, señoras, es cada una de ustedes. Y habrán sido plenamente dichosas en sus respectivas historias. O no, pero si pueden tener a sus niños en brazos, vivos, imagino que todo lo demás, de momento, les da igual.  

Si no amamantas a tu cría hasta que la cría quiera, debes tolerar la etiqueta de madre desnaturalizada. Ningún/a gurú de la crianza con apego se esforzará por comprender que te duele, que estás cansada, que estás harta, que, desde tu instinto materno, consideras que tu nene o nena está ya en edad de no buscarte las tetas cada vez que te mira o, sencillamente, que no te da la gana. Como mucho, y flaco favor harán con ello, se dedicarán a analizar las devastadoras causas sociales (¡abajo el capitalismo!) que han distorsionado tu naturaleza mamífera, al punto que prefieres volver al trabajo y cuidar tu carrera, que ser la abnegada protectora a tiempo completo de un cachorro ultra demandante de cuatro años de edad. 

El biberón, por supuesto, es la encarnación del mal. Eres mejor madre si permites que tu bebé llore de hambre durante horas (porque no te sale suficiente leche) que dándole fórmula.

Yo di fórmula a mi hija entre los 2 y los 6 meses. Cuando empezó a comer, ella sola dejó el biberón. Siguió enganchada a la teta, claro. Un médico cercano a la familia, amigo, me dijo: “Te van a advertir constantemente que ahora tu hija corre mayor riesgo de contraer infecciones estomacales por usar biberón, porque así está en los Manuales del Ministerio se Salud, pero no hagas caso. Allí escribimos (sí, él asesoraba la redacción de esos manuales) consideraciones generales, teniendo en cuenta situaciones extremas. Evidentemente, en un ambiente sobre expuesto a las bacterias, la tetina del biberón podría ser un vector. Pero si tú mantienes todo limpio y esterilizado, irá viento en popa”. Los médicos que tienen interiorizado eso de cuidar y escuchar a las madres, para asegurar la salud de los hijos, merecen un altar.

Si no llevas a tu bebé encima a todas partes, estás haciéndole sentir abandonado. Así de sencillo. El cochecito es un invento nefasto que las aristócratas europeas usaban para desentenderse de sus crías, por eso luego todas merecieron pasar por la guillotina (madres y crías, por supuesto, porque al ser criadas en cochecitos, no salieron buenas personas). Al bebé se le lleva cargado, envuelto en fulares de telas indias o fibra de bambú, de colores andinos, así te ves más chic.

¡Chic se va a ver la giba precoz que te va a salir dentro de pocos años, mi reina! ¿Sabes qué te digo? ¡Haz lo que te salga de los ovarios! Y si quieres portear a tu cachorro, porque no te alcanza para el coche y/o te identificas ideológicamente con el asunto, pero eres torpe para anudar telas y pañuelos (como yo), consigue alguna mochila ergonómica que se ajuste fácilmente a tu cuerpo (puedes encontrarlas de segunda mano) ¡y a caminar! 

Si no quieres dormir con tu bebé recién nacido, empezará la cantaleta de la regulación de la temperatura, la disminución del riesgo de muerte súbita, los japoneses y la madre que te parió. Los “expertos” aseguran que tu instinto hará que duermas bien y no aplastes a la criatura, pero a ninguno de ellos le importa saber tus particulares deseos. Y es que, si eres madre, deberías dejar de pensar en dormir (lo poco que puedas) en la posición que te resulte más cómoda. Más bien, te corresponde convertirte en una extensión biológica de tu cachorro, servirle de almohada, colchón, teta express y cualquier otro elemento básico de supervivencia.  

Mira: si quieres hacer colecho, hazlo, pero no hay derecho a que te miren con reprobación, como si estuvieras comiéndote a tus crías, sólo porque no se te antoja compartir la cama con ellas.

Si decides contratar una niñera en cuanto se te acabe la baja por maternidad en el trabajo: ¡Perdiste tu acreditación como madre! Pero claro, así de feo no te lo van a decir, se esforzarán por ser políticamente correctos y empezarán a trabajar la culpa desde “el sistema”. Ese maldito sistema que obliga a las mujeres a trabajar en lugar de dejarlas quedarse en casa, cuidando a sus bebés. Espera, what? ¿De qué estamos hablando? Años de lucha feminista para que las mujeres podamos gobernar la construcción de nuestras vidas, ¿y ahora resulta que la opción de insertarse en el sistema laboral es mala? ¿Me pueden explicar por qué?

Vamos a ver: las contrataciones ordinarias no son inclusivas, discriminan a las mujeres por características inmanentes, como la posibilidad de quedar encintas, parir hijos o sufrir cólicos premenstruales. A esto, sumemos  la diferencia de salarios y la exigencia de horas presenciales inútiles para valorar perfiles de ascenso. Eso es injusto y tiene que cambiar. Injusto es, también, que no haya guarderías en las oficinas. Injusto es que el padre de la criatura no asuma su co-responsabilidad reproductiva en esta historia (vale, hombre, no podrás dar teta, pero todo lo demás, sí). Injusto es que una madre con deseos de trabajar deba sentirse avergonzada por ello.

Si le pones horarios, podrías estar anulando la sabiduría natural que tiene tu hijo para mostrar sus necesidades y cumplir sus actividades biológicas. Esto tiene lógica. Lo bebés son puro instinto y sensaciones, no tienen malicia, ni necesidad de adaptarse a rutinas para estar mejor. Admitamos de una vez que establecer horarios es una necesidad de los adultos cuidadores: porque debemos trabajar, porque estamos acostumbrados a tres comidas cada día, porque así nos han formado y ya está.

No es ilícito generar rutinas en torno a un bebé, para que la vida de todos pueda ser más armoniosa, dentro de lo que cabe. No está mal pedir ayuda a la abuela para que la madre parturienta pueda tomar una ducha, tranquila. Pero pretender que el cachorro comprenda nuestras necesidades sólo nos va a traer frustraciones y enojos. No comprenden nuestras necesidades, están ocupados intentando canalizar las suyas, son puro impulso de sobrevivencia y la mamá, como primer sujeto de afecto (luego hay más), significa el ser que les mantiene a salvo. Entendamos eso, para empezar. Luego, construyamos alternativas. La abuela es una. Contratar una niñera, otra. Que mamá trabaje por la mañana y papá por la tarde, una más. La guardería, como apoyo social, también cuenta. La decisión es totalmente íntima. Quien te salga con remilgos, ya podría ofrecer apoyo logístico antes de hablar.

Como comenté hace poco a una amiga, estamos pasando del paradigma de la “superwoman”, que apenas avanza y vive estresada (gracias a la sobrecarga de trabajo productivo - reproductivo), a la falacia de la “flowermother”, que anda todo el tiempo exhibiendo una amplia sonrisa prozac, aunque su vida esté patas arriba, y nunca termina lo que empieza, porque, ¿total?, ahí sigue la sobrecarga y peinar  a los niños no es prioridad.  

Pues fíjense lo que tengo que decir a todas y todos los expertos en crianza con apego del mundo: para gurús, mi bisabuela materna, que no escribió un solo libro en su vida, ni terminó el colegio, pero apostaba por un acercamiento humano, real, con ternura y exabruptos, con días buenos y días malos, sin obligación de dar pecho a tiempo completo, con capacidad comunitaria para contener y apoyar a una madre cansada, sin juicios, ni presiones. Además, se llevaba a los nietos a dormir con ella para que sus hijas pudieran estudiar.

Eso en empatía, lo demás es paté. 

viernes, mayo 20, 2016

Eri

Bilbao, 2009

No recuerdo cada día a Erika. Es decir, no todos los días recuerdo que no está. Como sucede con las amigas alejadas por giros de la vida, podría ser que hace mucho no nos escribimos, pero, en algún momento, un destello rememora la recíproca existencia, sonreímos y seguimos felices de sabernos queridas.

Sin embargo, Erika se fue hace algunos años.

Suelo recordarla sin dolor. Sin embargo, hoy, estos días, habría querido que esa enfermedad haya sido una pesadilla y nunca se la llevara.

Erika era fiel lectora de mis desvaríos y, en público o en privado, desde Madrid, México, Francia o Guinea, respondía a mi llamado y me acompañaba. ¡Cuántas veces me acompañó, sin estar a mi lado!

Deseo que Ana pueda tener, algún día, una persona como Erika en su vida. Pero que no la pierda, que no la pierda, porque es una falta inmensa.

Aquí me quedo, con ganas de recibir un comentario suyo, alegre, pese a su propia melancolía.

De pie. 

jueves, mayo 19, 2016

Las compañeras del fondo

Siempre hablo de mis gallinas, lo sé, soy muy pesada y lo admito con orgullo. Pero es que las gallinas son, para mí, criaturas directamente asociadas a la vida de los seres humanos. Cuando Ana nació, por ejemplo, no podía concebir su aprendizaje del mundo sin el murmullo de gallinas y pollitos, allá al fondo.

Ana y Totó, primer (y único) pollito-mascota de la casa.
- 25 de febrero de 2015 -

Adoro a mis gallinas. Están locas, son asustadizas, pero identifican rápidamente a quien las alimenta, a quien asea su espacio y, por supuesto, a quien las daña. Cuando me acerco al gallinero, vienen corriendo a la puerta, para recibirme. Pero si voy con una persona desconocida, se contienen, aunque les acaba venciendo la curiosidad. 

Una vez, en un panfleto bilbaíno, leí un artículo que intentaba desprestigiar a las gallinas. El autor, antropocéntrico, afirmaba burlón que nada podía haber tan triste como la vida de un pollo. Quizás es más triste un activista de izquierdas que necesita despreciar a las gallinas para dar algún sentido a su propia existencia, digo yo. En todo caso, es verdad que los seres humanos, con nuestras ansias de consumo, hemos generado una industria dedicada a arruinar la vida de criaturas que, a su muerte, nos darán de comer. Y eso es, como poco, miserable.

Ana y Pepe, pollito que sufrió las consecuencias de ser criado por una gallina de pelea.
- 13 de septiembre de 2015 - 

La tía Quiqui criaba gallinas, preparaba remedios caseros y procuraba ejercicios de autoabastecimiento doméstico. Además, tejía, con cuatro panillas finas, unas medias de hilo maravillosas.

Entre los varios conocimientos de la tía, estaba prever precisamente el día en que una gallina empezaría a poner huevos, dejaría de hacerlo, enfermaría, se recuperaría, nacerían sus polluelos, o moriría. Lo sabía con la precisión de un reloj suizo. Por supuesto, también determinaba cuándo debía sacrificar a una de sus protegidas. Y es que, para ella, criar gallinas era eso: alimentar, cuidar y acompañar la vida de unas criaturas que, a su muerte, darían a su familia de comer, ayudarían a sobrellevar una anemia o aliviarían el resfriado infantil de alguna querida sobrina.

El Negro y el Canche, primeros pollitos nacidos en #LaCasa.
- 5 de abril de 2015 -

A partir de ese principio, con intención de combatir una plaga de hormigas sin insecticidas y bajo los efectos eufóricos de La Gallina Pintadita y El Pollito Amarillito, mi compañero y yo decidimos criar gallinas. Empezamos en febrero del año 2015, con una madre de edad mediana y dos hijos adolescentes, adoptivos (larga historia). Les pusimos Nonna Papera y los Juveniles. Luego nos obsequiaron a Totó. La Papera tuvo dos hijos más: el Negro y el Canche. Y entre una cosa y la otra, llegamos a una población de 13 aves en 16 metros cuadrados. Afortunadamente, el control de natalidad está funcionando, ahora sólo son 7 hembras en el gallinero, 2 de ellas en producción de huevos, y 3 pollitos sueltos por el jardín (de allí saldrá el próximo gallo reproductor, que quizás llevaremos a alguna finca).

"Ya vienen": de este modo anuncié que llegarían las salvadoras del huerto, para acabar con la plaga de hormigas. ¡Estaba muy emocionada! ¡Me lo imaginaba con todo y la harmónica de Once Upon a Time in the West! Cosas de frikis, no intentar comprender.
- febrero de 2015 -


Requieren mucha atención: el agua se cambia a diario; reciben dos raciones de comida al día: una de maíz y otra de sobras de verduras y frutas; limpio el gallinero superficialmente cada 3 días, para recoger el estiércol y ponerlo en la compostera (así reducimos su acidez) y, una vez a la semana, sábado o domingo, hago una limpieza profunda, que implica pasar agua con legía y remover el suelo con una pala. Esto último es de gran importancia, pues las aves entierran semillas y restos orgánicos que luego se pudren y, ¡ala, fuegos fatuos en el corral! ¡A ver a quién asesinaron esta vez, las bichas esas!

Las gallinas no son semilleras, es decir, no esparcen semillas enteras con las heces. Más bien, las semillas son la base de su alimentación, entonces, poseen un aparato digestivo que les permite triturarlas y extraer nutrientes de ellas. En compensación, la gallinaza (o pollinaza) es un abono riquísimo. Otra ventaja: las aves mantienen bajo control estricto la población de insectos dañinos para las plantas. Gracias a todo este sistema, conseguimos sostener de manera casi autosuficiente nuestro pequeño espacio de producción familiar.

A estas alturas del texto, noto que hablar o escribir sobre gallinas me hace feliz, tan feliz que olvido, voluntariamente, la parte dura del proceso: nuestras gallinas producen huevos, pero también carne. Y para obtener la carne, ya se sabe, es necesario matar.

Tercera generación: la Juvenil (gallina de pelea, A.K.A. "fina") descansa junto a sus crías (empolladas, no biológicas) en una deliciosa piscina de tierra.
- 9 de agosto de 2015 -
Cuarta generación: Nonna Papera empolló 5 huevos y sacó 4 pollitos, todas hembras: dos cariocas y dos negras.
- 18 de noviembrede 2015 -
Los polluelos crecen: el poderoso gallo Gris, la gallina Pintada y la gallina Roja (los tres de la tercera generación).
- 4 de marzo de 2016 -

Hasta el momento, no me he atrevido a matar, siempre lo hace alguien más. Yo sólo cumplo el vil encargo de coger al ave, tranquilizarla y entregarla. Aprovecho la confianza generada y la traiciono. Por convicción animista, suelo pedir perdón a la elegida o al elegido. La última vez, expliqué a la Pintada que mi hija estaba enferma y yo me encontraba seriamente preocupada. En tanto seamos consumidores de carne, no veo una opción más humana de hacer las cosas.

Última parvada (quinta generación), hijos biológicos de Nonna Papera y el gallo Gris. Actualmente, los pollitos tienen 3 meses y andan sueltos por el jardín.
- 14 de marzo de 2016 -
Producción: sólo Nonna Papera y la Roja se encuentran en edad fértil. El color de los huevos depende de la pigmentación de las gallinas.
- 18 de mayo de 2016 -

La vida de una gallina no es naturalmente triste (que la hagamos triste es otro asunto). Sin embargo, no me gustaría ser una gallina.

Voy a verlas ahora. Les daré una ración extra de maíz triturado (lo prefieren al de grano, están aniñadas) y les agradeceré la compañía y el aprendizaje. Pensar en la felicidad de mi hija al ver nacer pollitos, me ayuda a descansar de mi estado de tensión defensiva habitual. 


El grupo -casi- completo: dos gallinas de la tercera generación (Roja y Brava) y cuatro gallinas de la cuarta generación (cariocas y negras).
- 18 de mayo de 2016 -

jueves, febrero 25, 2016

Intergeneracional

He escuchado que es imposible (o, al menos, sumamente difícil) establecer amistades reales entre personas de diferentes generaciones. Pienso que quien lo afirma se equivoca. Es posible tener amigos mucho más jóvenes o mucho mayores. Sólo es necesario ser versátil: a veces te toca acompañar al hospital a tu amiga de 68 años, porque ha tenido un resbalón en casa y no es edad para quedarse tranquila ante esas caídas. Otra, escuchar con paciencia y perspectiva los problemas de tu “hija adoptiva” de 19 y ayudarle a encontrar respuestas, desde tu experiencia de 30 y tantos. Si de verdad te interesa, lo haces con amor, del mismo modo que actuarías con un amigo o amiga de tu edad.   

Foto: http://www.humancamp.net/blog/?p=276

A veces, en el día a día de mi trabajo, me encuentro confundida. Más allá del impacto previsto en el marco lógico, es inevitable convertir algunas de las acciones habituales en modelos. Sobre todo si trabajas con jóvenes. Pese a la poca gana de los jóvenes. De forma evidente o absolutamente imperceptible, ellos recogen pedacitos de todo y lo reproducen en sus universos personales. A veces, sale bien. Otras, mal. Pero, ¿mal, en verdad?

Hace un montón de años fui convocada para trabajar en un colegio de Sullana, la ciudad donde crecí. Me ofrecieron la administración de la radio y el taller de periodismo, que se dictaba a adolescentes de secundaria. Todo un reto.

Salió mal. Mi experiencia en docencia era (y sigue siendo) nula y para estar allí se necesitaba un mínimo de estructura. Pese a ello, los jóvenes aprendieron y disfrutaron. Además de metodología, me faltó disciplina: anotaciones en el libro de incidencias, castigos, ese tipo de medidas. Por cierto, tampoco debí dejar a los alumnos tareas demasiado activas, pues varias veces interrumpieron la tranquilidad habitual de un colegio de curas.

Como consecuencia de mi paso, una joven perdió la confianza plena del director, fue estigmatizada hasta terminar la secundaria, humillada y denigrada. ¿La causa? Ella cometió un error al defenderme de murmuraciones y yo la defendí de ese error. La lógica del entonces magíster fue curiosa: ninguna persona asume la culpa de otra sin interés de por medio. Entonces, Angela es lesbiana y quiere que Pepita sea su amante. Fin de la discusión.

Pepita es como mi hermana menor, nos queremos de manera irrefrenable, en confianza plena. Pero, disculpará usted señor magíster (ahora doctor): Pepita nunca fue mi amante. Nos une algo que usted tal vez desconoce, pero existe. Se llama amistad.

Aquella experiencia me alejó por mucho tiempo de los jóvenes. Dirigí mi energía al trabajo social, empecé la militancia en los procesos de desarrollo humano. Exploré lugares de mi región hasta entonces desconocidos. Hice un poco de docencia universitaria, lo mínimo, nada del otro mundo. Escribí, fotografié, me frustré, tomé decisiones tontas, fui a por ellas, caí, me levanté (aún no me lo creo) y seguí.

Años más tarde, vengo a parar a una región amazónica del Ecuador y, voilà!, mi primera opción laboral luego de la baja maternal (voluntaria, con renuncia al trabajo y sin ninguna compensación económica) es un proyecto dirigido a jóvenes. Genial (entre dientes). Además, ¿a quién, en su sano juicio, no le gusta trabajar con jóvenes? (¡A mí, a mí!).

Empecé a ser adulta hace rato. No siempre se nota, pero es así. A verme como adulta (obviando la ropa), hablar como adulta, razonar como adulta y calcular como adulta. Acepto, por tanto, la responsabilidad que me corresponde, no sólo respecto a mi hija o mi compañero, sino ante el mundo. Y, tras un año de trabajo con jóvenes de la región, debo decir que ellos nunca fueron el problema. Ellos, pese a sus múltiples indecisiones, falta de voluntad y habitual pérdida del propio norte, son jodidamente maravillosos, tal como corresponde a los seres humanos de esa edad.

El problema somos nosotros: los que hemos crecido pensando que nuestro aprendizaje es lo único que tiene valor y nos tomamos la prerrogativa de imponerlo a los demás.

Hace poco ocurrió un incidente: estábamos construyendo algo en un colegio, pequeña iniciativa bajo responsabilidad de gobiernos locales, activa a pedido de un grupo de chicos. Justo ese día, el director no se encontraba y los profesores a cargo tenían cosas más importantes qué hacer. La zona de trabajo estaba bastante alejada de las aulas, entonces es comprensible que llevar hasta allá una jarra de agua a los albañiles era demasiado. Debemos ser adultos comprensivos y empáticos con las necesidades de los demás adultos, ¿total?, en otras oportunidades somos chéveres.

De desplante en desplante, terminó la jornada. Me quedé a cargo de las frustraciones de todos y sólo atiné a despedirme de la manera menos seca posible. Los chicos, en cambio, estaban tristes y avergonzados. Cuando el director les preguntó qué tal todo, soltaron el rollo, con 16 años de pasión y desadaptación a la norma. Ellos, tan malos estrategas, cometieron el error de decir a la autoridad que los encargados no habían apoyado a los trabajadores.

Yo, a mis 35 años, no lo habría hecho así. No lo haría si tuviera que hacerlo. Y me avergüenzo de ello. Me avergüenza más admitir que tal vez no lo habría hecho a los 16 años, pese a la rabia, porque tenía que proteger un lugar en el cuadro de honor y en casa me regañaban si bajaba medio punto en conducta. Aprendí a callar porque era lo conveniente. Niña modelo, adolescente tranquila, joven sumisa. Muérdete la lengua, cállate, no seas respondona, no te metas.

Cuando supe lo que había ocurrido en el colegio, sentí, como primer impulso, culpa por no haberlo previsto y recomendado a los jóvenes callar y esperar. A esa edad, no es recomendable "tener problemas" con los maestros.

Sin embargo, la época escolar es un suspiro en la vida. Y si allí aprendes a callar ante lo injusto, es probable que siempre lo hagas, aun cuando no debas.

Recuerdo una conversación posterior con Pepita, cuyo nombre real es otro. Ella se ríe de lo ocurrido en la secundaria y no se arrepiente de haber dejado salir su lado más contestatario, desde allí hasta el resto de su vida. Tiene un trabajo que le encanta, ha viajado mucho, es una mujer completa, independiente, satisfecha y feliz.

No me considero inspiradora de nada, sencillamente estaba. 

Y ahora, como adulta, tengo la obligación de bajar la tensión de este asunto, entre adultos, pero también he de valorar, en público, la honestidad de los chicos y sus ganas de que todo funcione. Considero que es lo que correcto, lo justo, lo que en verdad está bien. 

lunes, enero 18, 2016

Des-categorizar


Tengo una hija de dos años y cuatro meses. Se llama Ana. Es lo más inmenso de mi vida. Gracias a ella, río hasta las lágrimas, incluso las veces en que la mandaría a freír monos. Tiene carácter fuerte. Me gusta. Pero debo controlarme siempre para no denigrarla cuando se obstina con algo que a mí me parece mal. Quizás el objeto de su deseo, en ese momento, no sea lo más conveniente. En eso, creo, todas las mamás de algún niño o niña de esa edad podemos estar de acuerdo, pasa a menudo. Sin embargo, y lo sé ahora, no sé corregir sin categorizar.


Crecí creyendo ser una especie de niña “superdotada”, por mis calificaciones escolares, pero también poseedora de un carácter malo. “Te traerá muchas desgracias”, sentenciaba mi madre, una y otra vez. “Así nadie te va a querer”, agregaba la multitud de tíos; “salió al padre, pues”, concluía mi abuela materna.

El único que nunca catalogó mi carácter endemoniado fue, por supuesto, papá. Ambos tuvimos siempre los mismos exabruptos (los aprendí de él). Intentó ejercer control para ahorrarme malos ratos, pero sólo consiguió que callara la rabia por varios días y la soltara toda de golpe, sin pensar. Pretender ser quien no eres, sólo para tranquilizar a los demás, nunca ha sido una buena práctica.

Tengo, por tanto, un carácter terrible, pero soy incapaz de cortar en seco y desde el principio a quien me está mortificando, sobre todo en el ámbito laboral (herencia, quizás, de una conducta “impecable” en el colegio, por obligación). Con los años, admito que he aprendido a ser más oportuna y clara al expresar mis deseos y exponer mis decisiones. Pero aún hay mucho que des-aprender.

Entonces, mi niña, que no mide un metro, lanza un sonoro “¡no!” y me quedo fría. Lo automático es: pellizcar y/o dar un palmazo en las nalgas y/o pegar un grito. Pego el grito, ¡ahí te quedas, pues! ¡Ya me avisarás cuando se te antoje! ¡Entonces me voy sin ti! Y me alejo para bajar el calentón.

Quienes estamos programados para criar pegando (porque nos pegaron), sólo tenemos dos posibles reacciones iniciales: 1) damos el golpe o 2) no lo damos, pero nos lo aguantamos. Dar el golpe desfoga y lleva, poco a poco, a la normalización de ese acto de violencia. Aguantarlo, en cambio, genera conflictos internos. ¿Por qué aguantar? Porque, de momento, no hay más. Tener más posibilidades implica haber pasado por un proceso racional que cuesta mucho. Se trata de cuestionar el modo en que nos criaron. A los 35 años y con una hija, desaparece esa capacidad adolescente de juzgar a los padres sin compasión. Es diferente. Duele.

Estoy entrenando para no insultar ni desacreditar. Ana no tiene mal carácter, ni es nerviosa (como ya algún pariente ha empezado a decir). Ana es Ana. Dichosa ella que puede negarse a hacer algo que no desea hacer, sin cargo de conciencia, sin miedo a quedar mal, sin sentirse comprometida a complacer. Y me vuelve loca, lo admito. No estoy acostumbrada a sentir frustración y mi perfeccionismo se me atasca en la garganta cuando la nena decide que quiere ir al parque con la camiseta más vieja y manchada que tiene, sin poder humano que pueda convencerla de lo contrario.

Mi compañero, en cambio, lleva todo esto de mejor humor y va por ahí con su pequeña y maravillosa harapienta, bien orgulloso y feliz. 

PROTOCOLO DE ATENCIÓN a personas que no son parte de nuestra población beneficiaria


Hace un año y un día, mi casa se vio invadida por personal del Ministerio de Salud Pública del Ecuador, sucursal Sucumbíos.

Mi compañero estaba de viaje con los jefes de la ONG, así que me dejó a cargo. De paso, y por accidente, se llevó mis llaves. Quien tenía la copia de seguridad, a su vez, olvidó el celular en algún lado y tardó una vida en responder.

Era aún temprano. A través de la ventana vi detenerse frente a casa una camioneta del MSP. Bajó un hombre, dio unos golpecitos, atendí, saludó y preguntó por la señorita Nombre-y-Apellidos. Ella vive en el apartamento de arriba, respondí.

Reacción siguiente: ¡Aquí es! Llamadas telefónicas, motos, gente con radios y celulares, dos camionetas más y el tipo inicial: señora, tenemos que fumigar su casa y revisar todas los posibles criaderos de zancudos. La señorita Nombre-y-Apellidos ha regresado de sus vacaciones contagiada con el virus de la chikunguña. Es el primer caso en la provincia y debemos evitar una epidemia. Ahora, si nos permite…

Así entraron a casa veinte desconocidos, en tropel, escudriñando cada rincón, haciéndome fotos, fotografiando a mi hija sin decir por qué, para qué.

Empecé a llamar al compañero. Ya estaba lejos, no podía volver.

En medio del caos, recordé que la señorita Nombre-y-Apellidos y yo nos habíamos encontrado de visita a un bebé recién nacido, días atrás. Llamé a la madre y le expliqué la situación. Mira, no sé cuál es el tiempo de incubación del virus, pero te lo digo por si acaso se puede hacer algo de manera preventiva, qué sé yo, tienes un niño chiquito, supongo que un mínimo de atención servirá para algo, aunque esperemos que no pase nada. Un abrazo. Que todo esté bien.

Esperé en el patio, impotente, sentada con mi hija en brazos, mirando cómo pisoteaban todo. Los invasores daban por hecho que el agua de las tortugas tenía larvas (pese a haberles explicado que la cambié unas horas antes), insistían con las fotografías, cogían sin permiso plátanos de un racimo colgado junto a la lavandería, reían, fingían no oírme cuando les hablaba, husmeaban, fumigaban.

¿Qué hacer? Dejarles, por supuesto. A fin de cuentas, los funcionarios sólo estaban haciendo su trabajo. Yo era una mujer anónima con una niña pequeña en brazos, sin llaves.

Fuera de casa, con otras dos mujeres del edificio, expulsadas por la misma razón que Ana y yo, nos encontró conversando la vecina rubia de la esquina. ¿Quién es la funcionaria internacional con chikunguña? ¿Eres tú?, me señaló. No. ¿Qué es eso de alguien con chikunguña?, agregó otra. Tengo entendido que es una intervención de rutina. ¡No me vengan con cuentos! Yo soy Otro-Nombre-y-Apellidos, Título-Rimbombante, he trabajado en el Hospital y el director me ha informado que el motivo de la intervención es para prevenir la expansión del virus que una funcionaria internacional ha traído a la provincia.

Siguió hablando, pero no la escuché. Como caída del cielo, apareció la portadora de las llaves de seguridad. Ana y yo podíamos entrar y… cambiarnos de ropa para salir a comer afuera. El olor del insecticida estuvo presente hasta la noche.

Días después intenté hablar con personas de la organización donde trabajaba la funcionaria internacional. Era gente allegada a nosotros, sin amistad ni gran afecto, pero allegada. De cenar algunas veces y conversar un poco sobre la levedad del ser y el calor amazónico. Pensé, estúpida de mí, que eso tendría que haberme hecho merecedora de un aviso. Algo sencillo, humano, comunitario, de tipo: oye, mira, te pido discreción con esto, ha sucedido tal cosa, tenemos entendido que ya no está en etapa de contagio, pero dado que tienes una hija pequeña y vives a tres metros de la señorita Nombre-y-Apellidos, te lo decimos por si consideras necesario fumigar. Ah, y por cierto, te va a llegar el MSP con toda la parafernalia mediática, FYI.

Sin embargo, antes de que pudiera abrir la boca, recibí recriminaciones, acusaciones de escándalo y malas caras por haber “divulgado” la noticia. El más formal tuvo el detalle de darme el número telefónico de la jefa de operaciones del MSP, para que fuera a reclamarle a ella por la exagerada intervención

Encima de todo, debí sumarme al protocolo de protección de funcionarios internacionales, callar y quedar bien con el grupo. ¿La niña? Bien, gracias, ¿ves que no pasó nada?...

La madre que los parió.

Post data: siempre estaré agradecida con la familia ítalo-ecuatoriana de Lago Agrio, por habernos auxiliado y acompañado el resto de ese fin de semana. 

domingo, mayo 31, 2015

Hasta siempre, pequeñito.


Hace una semana, en nuestra maravillosa mini-granja de 40 metros cuadrados, ocurrió un crimen: el gallo Juvenil mató al pollo Totó. 

Totó fue la primera mascota de mi hija. Un bicho encantador, mimoso, juguetón y comelón. Precioso, Totó. Tuvo una muerte cruel, en soledad, abandonado en el gallinero por sus padres humanos, adoptados por impronta.

Ese sábado, salimos a pasar la mañana con un grupo de trabajo de mi compañero. Al volver, Juvenil había acribillado a picotazos al pollo pre-adolescente. Totó estaba arrinconado tras la planta de papa china, acurrucado, ensangrentado, inmóvil.

Me dolió. Y a él, supongo, le dolió muchísimo más.

Cuando llegó a casa, nadie le estaba esperando. Una buena señora, al ver a mi niña, decidió quitar un polluelo a su gallina, reciente madre, y apareció con la pequeña pelota amarilla en una caja. Estaba loco de angustia, buscó a su mamá por todo el jardín, gritando desesperado. Ana, en cambio, no podía dejar de reír, con esa risa profunda y maravillosa de los niños pequeños cuando están inmensamente contentos. Fue ella quien le llamó Totó.

Totó, arisco al principio, aceptó el calor humano para sobrevivir y, poco a poco, se convirtió en el molesto cachorro que reclama comida a un lado de la mesa, entre otras interrelaciones típicas entre personas y mascotas. Ana lo amaba. Yo también, por eso rabiaba en silencio cuando mi compañero hacía pesadas bromas sobre cómo nos lo comeríamos si resultaba ser gallo.

Por supuesto, era gallo. O podría haberlo sido, si no encontraba en su camino la agresividad de Juvenil, fruto de la ambición y la descarnada violencia de los seres humanos.

Juvenil llegó a casa junto a su hermana y su madre, unos días antes que Totó. Con ellos, iniciamos la aventura de criar aves de corral. La idea inicial era tener sólo gallinas, para abastecernos de huevos. Sin embargo, allí estaba Juvenil, claramente macho y, lo que era peor: diferente a su madre. 

La madre, Nonna Papera (Abuela Pata en italiano), es runa o campesina. Quisimos que fuera así desde el principio. Nos habían recomendado "ponedoras", pero no queríamos ningún animal demasiado manipulado. Las runas han pasado por un proceso de domesticación por cruce y crianza sin llegar al manejo genético. 

Mis conocimientos sobre gallinas son puros recuerdos de niñez. La tía Quiqui siempre crió pollos de patio en casa de la abuela, mis primas y yo le ayudábamos a alimentarlos, a sostenerlos para cortarles las plumas guías, a sacar los huevos de los nidos, a cuidar de los pollitos. Incluso, a veces, los desplumábamos tras algún sacrificio dominguero. 

Todos estos meses he lamentado no haber aprendido más de la tía Quiqui. Era una bruja maravillosa, estaba totalmente conectada a sus animales, les hablaba, les hacía felices. Sabía, al despertar, si los pollitos habían roto el cascarón, si la gallina viejita había muerto, si había algún conflicto social de esos que siempre suelen montarse en los gallineros. 

La tía Quiqui, por ejemplo, no se hubiera limitado a dejar a Juvenil y Totó en espacios diferentes, sabiendo que el gallo podía entrar donde estaban los demás pollos. Probablemente, tampoco hubiera postergado la matanza del gallo joven que empieza a cantar. Habría sabido que Totó tenía miedo.

Por un momento, pensé que todas las gallinas habían sido partícipes del asesinato. Tuve que respirar hondo antes de entrar al corral, para repasar los hechos (y, ya de paso, darles de comer). Los pequeños pollos de Nonna Papera piaban desesperados. Ella me miraba de reojo, evitaba confrontarme. Pero estaba limpia. 

Entonces fui a buscar a Juvenil y su hermana. Dos días antes había comprobado que, en efecto, no eran hijos biológicos de la gallina, sino que pertenecían a una especie de pollos que aquí llaman "finos". Era un gallo de pelea, sin ningún cruce con la runa.

Lo busqué. Estaba tras las yucas, en el cercado de las tortugas. Se puso nervioso ante mi cercanía. Tenía el pico, el cuello y las patas manchados de sangre. Fuiste tú. 

Estaba muy enojada, sobre todo conmigo misma. Cuando algunas personas supieron que Juvenil era un gallo de pelea, me ofrecieron dinero a cambio de él. Me negué. Aún no soy vegetariana, pero estoy en contra del maltrato a los animales. Para mí, las peleas son una brutalidad de la que no me interesa ser partícipe. Pregunté por Totó, dijeron que en tanto fuera un pollo, no había problema. 

...

Juvenil, voy a matarte. Tienes sangre en el pico, estás condenado a ser violento. Además, tarde o temprano iba a suceder. Lo siento, pero más siento lo que ha pasado aquí. Debí meterte en una jaula o poner a Totó a mejor recaudo. Debí quedarme en casa esta mañana, pues a última hora ya no quería salir. Lamento que seas así, que hayamos atrofiado a tu especie al punto de hacerte capaz de matar un polluelo. Perdóname.

...

Doña Nidia, sustituta en Lago Agrio de todas las mujeres campesinas y sabias de mi familia materna, vino al atardecer. Sin que Juvenil se diera mucha cuenta, entre ambas, hicimos lo pactado.

A la mañana siguiente, el gallo no cantó. Totó tampoco estaba alborotando el gallinero, en su afán de salir a desayunar con los humanos. Nonna Papera y sus polluelos rascaban el piso en busca de semillas y lombrices, como cada día. La gallina fina paseaba por el jardín. Aquí no ha pasado nada, pensé. Ana estaba en mis brazos, mirándome. Me vi obligada a sonreír.

Era domingo. Nos esperaba un viaje largo hasta La Bonita, para trabajar.

jueves, abril 16, 2015

Una cooperante en la luna de Antigua



Con el tiempo me he dado cuenta que, pese al esfuerzo, me es imposible liberarme de prejuicios o, en todo caso, de actitudes defensivas frente a determinadas posturas ya ni siquiera contrarias, sino diferentes.

Hago el ejercicio de respetar, al menos callando, y luego me obligo a reflexionar sobre la reacción que sostuve y aquello que preferí no decir. Muchas veces llego a dos conclusiones un tanto dolorosas: la primera, sigo siendo tan visceral como a los 20 años, por lo tanto, ésta ya no es una característica de juventud, sino pura y dura forma de ser. La segunda, a pesar de lo visceral, me cuesta mucho decir algo si adivino que podría generar una discusión interminable. Como consecuencia, la mayor parte del tiempo me quedo muda y ardida, hasta que toca explotar y ahí sí cae quien cae, aunque sea inocente (ejemplo: tú que estás leyendo este blog).

Triste, vergonzoso y cierto.

Le he dado vuelta a todo esto porque, hace dos meses, escuché a una joven –e inexperta- cooperante europea comentar a mi compañero una posible designación a Guatemala. Estaba interesada, sobre todo, en aquella leyenda urbana acerca de la violencia social generalizada y el alto riesgo que esto significa para las mujeres extranjeras.

Mi compañero, que tiende a no darle mayor importancia al asunto (es sarcasmo), empezó por relatar las normativas de seguridad que las organizaciones internacionales aplican a sus funcionarios, desde el respeto a horarios específicos, prohibiciones de uso de transporte público y zonificación de áreas habitables, hasta los más escalofriantes relatos del día a día en un barranco urbano. Así, sin pelos en la lengua ni sutilezas, apareció ante nosotros, nuevamente, la bestia de veinte familias poderosas, un ejército, cuchucientas maras y nosecuántas redes de narcotráfico, sometiendo a innumerables colectivos humanos.

Hasta ahora, lo admito, me es difícil comenzar una charla sobre Guatemala. Luego, por supuesto, me voy de largo. “Es un país complicado, pero entrañable”, suelo introducir. A continuación, agrego: “Allí hice amistades increíbles”. Mi compañero, por su parte, es más escéptico. Le cuesta recordar el cariño antes de la amenaza y la inseguridad. Siempre atribuí esta diferencia de interpretaciones a nuestra procedencia: él, italiano, provinciano de pueblo chico, clase media, ninguna necesidad básica insatisfecha, estado corrupto pero funcional, vida tranquila, en general. Yo, peruana, provinciana de pueblo chico, clase media baja, inserción laboral adolescente, constante amenaza de miseria, discriminación, explotación, agresiones sexuales, estado corrupto y poco funcional, vida relativamente tranquila, pero con alarmas, previsiones, alteraciones que, de tan constantes, se hacen normales. Otra cosa.

Sin embargo, nunca tuve que tomar tantas precauciones para salir a la calle como en Ciudad de Guatemala, lo admito. En parte, creo, porque antes de llegar allí viví tres años en España. Tenía las "defensas" bajas.

Pese a todo, aun plenamente concienciada del peligro, con precedentes de agresiones cercanas y un vecino de la oficina de seguridad de naciones unidas hablándole a mi conciencia, decidí, un buen día, mudarme a una zona de la ciudad más alejada de la organización internacional donde trabajé por dos años y, confundida entre la gente, a la espera del bus urbano, disfruté del anonimato y la felicidad de ser parte de un sistema ajeno, cosa que cualquier viajero agradece en algún momento de su vida.

En esas divagaciones estaba mientras daba teta a Ana (últimamente, parece que todo transcurre mientras doy teta a Ana), cuando  escuché a la joven e inexperta cooperante europea decir: “¡Ah, con todas esa reglas, prohibiciones y horarios, no sé si quiero vivir en un país como Guatemala! ¡No podría renunciar a mi libertad!”.

Me quedé fría. Le estábamos explicando, a grandes rasgos, cómo se mantiene andando un estado fallido, los contrapuntos sociales, el inmenso amor que sobrevive a las balas de la bestia, la injusticia, la muerte. Intentábamos hacerle ver la pertinencia de la norma para quienes no estaban preparados ante tal contexto, la evolución que, de manera natural, sucederá conforme avance su conocimiento del entorno; el riesgo real que, día a día, corren las personas para llevar a cabo acciones tan ordinarias como tomar el bus al trabajo y a ella sólo le importaba su libertad, es decir, la posibilidad de hacer lo que quiera, cuando quiera, como quiera.

He tenido una formación filosófica cristiana. Esta (frecuente) reducción de libertad a facultad plena de hacer lo que me pica, aquí y ahora, sin ápice de responsabilidad, me duele. Tiene que haber algo más.

No es mi intención culpabilizar a las víctimas, conozco bien el discurso. Estoy de acuerdo en que nadie, NADIE tiene derecho a agredir, dañar, matar para robar, violar o por quítame estas pajas, da igual. Nadie. También estoy de acuerdo en que ninguna mujer es responsable de las agresiones sexuales que pueda padecer, así vaya desnuda y borracha por la calle. Ese no es el punto.

El punto es, pequeña saltamontes, que hay siete millones y medio de guatemaltecas que viven en riesgo de ser violentadas. Pese a ello, trabajan, abordan buses, conducen carros, salen a tomar algo con sus amigas, pisan fuerte, aman su país a pesar de la violencia, la sumisión pos guerra civil (o conflicto armado), el miedo.

También debes tener en cuenta que hay muchas extranjeras viviendo en Guatemala. Ellas han aprendido a respetar las reglas de seguridad y también a romperlas cuando el sexto sentido, debidamente entrenado, les indica que no hay problema. Ellas salen de fiesta, se enamoran, van de paseo, conocen de cabo a rabo ese maravilloso país. Ellas han escogido quedarse allí.

En Guatemala, cada día mueren, son violadas o golpeadas muchas mujeres, guatemaltecas y extranjeras, sencillamente por ser mujeres. Por cierto, ninguna de ellas es tan estúpida para salir a caminar a las 11 de la noche, con afán reivindicativo. Sí lo harían de no tener más remedio.

No me hables de libertad para juerguear en Guatemala, pequeña saltamontes. Si vas (honestamente, espero que no), verás qué desmadre de juergas te vas a pegar. La gente a tu alrededor te protegerá, tú te quejarás de esa protección, creerás que todos exageran, hasta que suceda algo malo muy cerca de ti y entonces cogerás tu avión y regresarás a casa, convencida de ser una especie de héroe sobreviviente de la violencia centroamericana, cuando en verdad eres una niñata desubicada más, con ínfulas de salvadora de la humanidad.

Guatemala no necesita salvadoras que pasean borrachas a medianoche por Zona 1 para demostrar que las mujeres somos libres e independientes. Necesita respeto y empatía. Respeto, por la cantidad de heroicas mujeres guatemaltecas (heroicas de verdad) que han muerto por revelarse a la opresión, o aguantan injusticias para mantener a salvo a sus familias, o han sido violadas por hablar demasiado alto o plantarle cara al miedo. Empatía, porque tu libertad no vale más que la de esos siete millones y medio, pese a tu pasaporte.

Imagino, en cualquier caso, que esto se te va a pasar con el tiempo, la experiencia, la madurez. O cuando te salga un puesto como UNV y la deslumbrante posibilidad de hacer carrera en la ONU te convierta en la hedonista más obediente de la temporada (a veces sucede). En cualquier caso, y ahora sí bien dicho, siempre tendrás una ventaja significativa: libertad para elegir. Es tu prerrogativa. Siéntete un ser privilegiado. Y vete por ahí.  

lunes, abril 06, 2015

20 reivindicaciones de mi absoluto egoísmo


A tener en cuenta antes de pretender meterme en alguna discusión:
  1. Tengo una hija de un año y medio y acabo de empezar a trabajar fuera de casa, por tanto, casi siempre estoy cansada e irritable. Cuando estoy cansada e irritable, es mejor no insistir si pido por favor detener la discusión o dejarla para otro momento.
  2. Considero tener una amplia licencia para opinar sobre los países donde he vivido: España (4 años), Guatemala (2 años), Ecuador (van más de 2) y, por supuesto, Perú.
  3. No soy nacionalista, por lo tanto, puedo llegar a ser terriblemente crítica con mi país y mi cultura.
  4. Tampoco estoy demasiado alienada, por lo tanto, detesto pasarme la vida renegando de mi país y de mi cultura, a fin de adular insistentemente a otros países y culturas. Frases hechas del tipo “estamos años luz por detrás” me chirrían. Lo que es peor, me hacen imaginar un proceso reflexivo bastante escaso y conocimiento nulo de nuestra historia política. Sí, también me hago la esnobista.
  5. Creo firmemente que cualquier comportamiento humano derivado de usos, costumbres y creencias, podría siempre ser diferente, para mejor (traducido: nadie se autodestruye por romper tradiciones, en todo caso, le destruyen los demás).
  6. No odio a los creyentes, ni al clero católico en pleno, ni a los misioneros, ni a esos evangélicos pesados que cantan veinte horas seguidas con altavoz, aunque más de una vez sienta deseos de pasarme por ahí con un AKM.
  7. Me molesta que intenten evangelizarme. Enfurezco si, como condicionamiento para “convencerme”, se les ocurre “determinar” el futuro de mi hija.
  8. Hace mucho tiempo dejé de soñar con un mundo sin armas. Ahora me bastaría un mundo sin víctimas inocentes de la miseria humana.
  9. Los indígenas son seres humanos, es decir, perfectamente capaces de actuar mal. Entiendo que, al tratarse de grupos vulnerables, necesitan espacios especiales de expresión. Concuerdo en proteger sus territorios: si con ello se conservan culturas milenarias y un sinfín de recursos naturales, lo merecemos todos. Pero no espero de ellos sólo generosas maravillas espirituales. Son mis iguales, se equivocan, pueden ser crueles, tienen derecho a usar tecnología de última generación si se les da la gana (antropólog@s del mundo: la gente es como es, no como ustedes desearían que fuera).
  10. No amo los ejércitos, pero no me burlo ni critico a los soldados por el solo hecho de existir. Si algún cómodo cooperante internacional, con salario promedio-alto y todos los derechos sociales cubiertos por el Estado de su país, intenta desprestigiar, burlarse o denigrar a los soldados rasos de mi país, le voy a contar que, para empezar, estos chicos son, en su mayoría, hijos de esa gente pobre que la cooperación intenta ayudar. Listo.
  11. Si no has puesto nunca el pecho ante las balas o tu vida en peligro por defender y proteger a personas vulnerables, nunca digas en mi presencia “los curas son todos unos hijos de puta”. Conozco sacerdotes y monjas en diferentes países de América Latina que sí lo han hecho y, por éste y otros cien mil motivos, créeme, están veinte niveles espirituales budistas por encima de ti.
  12. Soy feminista. Si quieres hablar de feminismo conmigo, infórmate antes un poco. Frases como “las feministas odian a los hombres”, “las feministas quieren ser mejores que los hombres” o la asociación “feminismo – machismo” como antónimos, me van a hacer pensar que ignoras el tema. En otras circunstancias, me sentaría a conversar contigo y te explicaría algunas cosas, pero recuerda: tengo una hija de un año y medio y acabo de empezar a trabajar fuera de casa, por tanto, casi siempre estoy cansada e irritable. Anda, lee algunos artículos al respecto, no seas malit@.
  13. Tu paranoia conspiratoria post Guerra Fría me importa un carajo. Es decir, te puedo escuchar y tal vez me deje convencer por alguno de tus mejores argumentos. Pero, de entrada, es bueno que lo sepas: me importa un carajo.
  14. El Mercado no es intocable ni infalible.
  15. Soy fan de las vacunas, creo en la utilidad preventiva de cada una de ellas. Si no te gustan las vacunas, bien, es tu asunto. No me interesan tus argumentos (soy así de prepotente, antidemocrática y malaonda). Tampoco trataré de convencerte, sólo respetaré tu decisión y, en silencio, desearé que tus hijos salgan bien librados de todo este rollo ideológico o que te caiga un inspector del ministerio de salud.
  16. China (República Popular), en la práctica, hace mucho dejó de ser un Estado Comunista y desdeña los derechos humanos, aún siendo miembro del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (ironías de la diplomacia). Rusia, actualmente, no es Comunista en absoluto (¿nunca oíste hablar de la Perestroika?). Y, por más molestias que le siga causando a los “yanquees”, es uno de los Estados más corruptos del mundo y con uno de los mayores índices de asesinatos de mujeres por motivos de género. Que el afán de independencia y soberanía “anti-imperialista” de algunas naciones sudamericanas haya empujado a sus gobernantes a tener a China y Rusia de grandes aliados me resulta absolutamente preocupante. Hello! ¡Ya no estamos en los 70, dejen de vendernos el tema como la gran alternativa socialista y democrática del milenio, no somos idiotas! (digo yo).
  17. Me parece irresponsable celebrar, sin más, la presencia de soldados estadounidenses como apoyo para combatir el terrorismo en Perú. ¿Nunca has oído hablar de las bases militares en Colombia y todo lo que esto trajo consigo? No, por lo visto no.
  18. Candy (de Candy Candy) no es una prostituta por haber tenido 2 (DOS) novios y varios admiradores a lo largo de 6 años. Tampoco lo sería de haber tenido veinte. ¡No se te ocurra denigrar a Candy en mi presencia!
  19. Ser bueno no es ser tonto. Nunca se es demasiado bueno. Ser demasiado bueno no es un error. Si alguien abusa de una persona buena, quien tiene un serio problema es el abusador.
  20. Si es políticamente correcto hacer fiesta entre gente que, dos horas antes y en el ámbito laboral, estuvo a punto de arrancarse los ojos (y, luego de la fiesta, seguirá intentándolo), no me importa. Yo no estoy obligada a aguantar dobles discursos o máscaras en mis ratos libres, mucho menos en mi casa. Se entiende, ¿verdad?
Muy agradecida por su atención, quedo de ustedes (mentira, quedo de mí y de mi nena).

Angela

jueves, enero 22, 2015

Sobre adolescentes tiernos y otras vainas



Cada vez que suelto en público (gente de la cooperación internacional, oenegés y cosas de esas) la frase: “La verdad, admiro a quienes son capaces de trabajar con adolescentes, porque a mí no me gusta para nada, no los aguanto”, las reacciones -tremendas todas- suelen ir por la misma vía:

  • ¿Cómo puedes decir eso? ¡Si es maravilloso!
  • ¿Acaso ya olvidaste cuando fuiste adolescente?
  • ¡Pero si es muy intenso y divertido!
  • Los jóvenes necesitan ser escuchados, valorados y comprendidos.
  • No entiendo cómo puedes estar en este ámbito de trabajo, entonces.

Casi por inercia, tiendo a aclarar: “Vamos a ver: no tengo química con los adolescentes (mentira piadosa, suelo llevarme súper bien con muchos de ellos), prefiero colectivos de mujeres (adultas y adultas a la fuerza) o de niños. No he dicho que no necesiten ser escuchados o comprendidos, pero, y esto es totalmente personal, pienso que dándoles tanto espacio para hablar de sus problemas, tampoco se promueve la acción práctica y la búsqueda de soluciones. ¿Total? La adolescencia dura un suspiro y en breve se verán obligados a actuar como adultos con responsabilidades. Eso es algo que ningún experto en educación alternativa les cuenta”.

Ceños fruncidos, labios mordidos, irritación en mis interlocutores. Noto que me están perdonando la vida sólo porque son buena gente. Es lo que sucede cuando, en determinados espacios, abres el corazón y te muestras tal cual, sin correcciones políticas ni medias tintas.

  • ¡Pero por qué habría que truncar sus ilusiones y advertirles que el mundo es duro! ¡Son jóvenes, tienen derecho a soñar!

Ya está, soy un monstruo devorador de sueños juveniles, maldita cifra al servicio del Mercado. Hago un último intento de hacerme entender: “En mi país, un famoso músico ha iniciado un programa llamado “Sinfonía por el Perú”, que consiste en enseñar música a niños y jóvenes de escuelas marginales, formar orquestas y coros. Esto lo hacen dentro del contexto educativo formal (actividades extra-curriculares, les llaman) y uno de los resultados coyunturales, aunque esperado, es la mejora del aprovechamiento académico”.

  • ¡Ah, pero por qué tiene que valorarse lo académico! ¡Debería valorarse la nueva capacidad adquirida, la autoestima, la felicidad, los nuevos amigos, la ganancia personal que la música aporta, y no qué tan bien insertos están en el sistema!

Aclaro: “El aprovechamiento académico no es lo principal, pero sí bastante importante porque se trata de un programa adaptado a la curricula educativa del ministerio de educación. No es lo que se busca, pero tampoco negaremos su valía como resultado, sobre todo para niños cuyas vidas son bien difíciles y una de las pocas oportunidades que tienen para romper el círculo de la pobreza es aprovechar al máximo los recursos educativos. Además, pensemos en las familias: padres subempleados y madres analfabetas. Estos padres y estas madres quieren un futuro diferente para los hijos, por tanto, les obligan a estudiar. Si los chicos entran en una actividad que, al parecer, “les quita tiempo de estudio”, no les van a permitir seguir allí. Entonces, es bien necesario trabajar también con los padres y maestros, y, al mismo tiempo, dar a estas personas algún indicio práctico (mensurable) de que los hijos van bien".

  • ¡Ah, pero creer que un hijo es mejor o peor por sus calificaciones es un error!

También es un error vender cebo de culebra a un adolescente pobre. “Dedícate al rap y alcanzarás tus sueños”. Sin duda, ya. Lo que un joven necesita para ganarse la vida es aprender a hacer bien lo que quiere ofrecer a cambio de dinero (eso es cobrar, ¿o no?). Las ganas de apoyar el talento de los jóvenes se acaba cuando estos llegan a la mayoría de edad. La gente de a pie no paga por apoyar el talento, paga por un servicio bien hecho. Por otro lado, hacer las cosas bien, con todo el esfuerzo, perfeccionamiento y actualización que esto requiere, beneficia al actor, le hace cada vez mejor persona. Nadie pierde en esta ecuación. 

Si un chico quiere rapear, que rapee, pero debe hacerlo bien y ser consciente de algo importante: el talento, sin práctica, vale un carajo. No te digo que se meta al Conservatorio y aprenda a leer partituras. Sinatra nunca supo leer música, Susana Baca no lee música, pero ambos son referentes musicales de altísimo nivel profesional, porque han trabajado toda la vida. O sea, ¿quieres expresar tus sentimientos de vacío existencial adolescente? Perfecto, pero el arte de componer y conmover requiere de mucho, mucho esfuerzo. En resumen: puedes dedicarte a lo que te gusta y hacer de tu pasión un medio de subsistencia, pero eso te va a costar desvelos, cansancio, estrés, conflictos. Por mucho buen humor, nunca haces en patines todo el tramo. Es cuestión de constancia y de disciplina. Sí, disciplina es la palabra adecuada, aunque en contextos educativos posmodernos haya sido cargada de significados negativos. Incluso los futbolistas profesionales deben (deberían) entrenar bajo una fuerte disciplina.

  • Pero eso no se lo podemos decir, deben darse cuenta solos.

Eso lo dirá la vida. Y la vida son sus padres, hermanos, abuelos, tíos, vecinos, maestros, relaciones. El proceso de reflexión, tarde o temprano, sucede. Pero quienes trabajamos con ellos en un espacio de esparcimiento, siendo adultos, la mayoría con posgrados, tan favorecidos por el sistema educativo formal que podemos permitirnos viajar por el mundo, conseguir trabajo en cualquier sitio y dedicarnos a despotricar contra el sistema (perdonará usted el cinismo)... Digo, los adultos que hacemos de facilitadores en estos espacios tenemos la obligación de dar indicios, de dar mensajes.

Siempre me he negado a dejar que los adolescentes se regodeen en su condición de víctimas de un sistema de adultos malvados. Me niego a sentirme culpable de la desgracia emocional colectiva (y temporal, porque la adolescencia, como dije antes, pasa en un suspiro) de un montón de chicos que no conozco. Me niego, además, a creer que sólo gracias a mí y mi organización o mi proyecto, estos chicos pueden llegar a ser mejores ciudadanos. Es como pensar que a los bebés les va mejor en las guarderías que con sus madres. Es cierto que una intervención oportuna puede hacer la diferencia, pero nuestra intervención debe ser parte de la estructura social. No trabajamos solos, antes que nosotros están la familia, la escuela, el centro de trabajo (porque muchos chicos, le guste o no a la cooperación internacional, trabajan).

Pienso, además, que si queremos resultados con adolescentes, debemos poner buena parte de nuestro esfuerzo en los adultos que les rodean: madres, padres, maestros. Ellos tienen el control de los recursos, por tanto, son determinantes en los giros de vida que quieran dar los chicos. Y si los chicos tienen obligaciones económicas con sus familias, no voy a ser yo, licenciada y con master, mucho de esto gracias a los desvelos y exigencias de mi mamá y de mi papá, quien alimente la inconformidad pasiva respecto a lo que les ha tocado vivir. Es una coyuntura, acéptala, trabaja sobre ella y sácale provecho positivo.

  • Pero no todo tiene que ser útil, no todo tiene que ser práctico y aprovechable. La autoestima, por ejemplo...

La autoestima crece conforme descubres y desarrollas habilidades que te hacen sentir bien contigo mismo, pero también en tanto tus capacidades son útiles y dan alegría a las personas que quieres. Esa es una parte de la autoestima poco difundida, siempre es “yo, me, mi, conmigo”, la interacción con el otro no cuenta o se interpreta como “concesión”, “complacencia”. Tendemos al hedonismo. La gente teme admitir que hacer felices a nuestros seres amados, en relaciones sanas, nos trae felicidad. Mira a mi hija de un año y medio: ella es inmensamente feliz cuando yo celebro algo que ha hecho y me llena de besos si siente que estoy un poco descontenta (no con ella, pero sí con el resto de la humanidad). En este tipo de amor tan puro e instintivo, aún no podemos hablar de “complacencia”.

Con muchos niños trabajadores sucede igual: en los casos más saludables, porque madres explotadoras cabronas de mierda y padres explotadores cabrones de mierda también hay, son ellos mismos, los niños, quienes quieren asumir responsabilidades para ayudar a las personas que más aman en este mundo. Una vez que han superado la etapa del “mío, mío”, los niños suelen ser criaturas absolutamente generosas. Cuando empieza la adolescencia, esta generosidad entra en conflicto con un intenso egoísmo. Es normal. Empezamos a autodefinirnos, a intentar comprender quiénes somos, qué queremos, qué hacemos aquí.

Entonces, me parece excelente brindar espacios de expansión, donde puedan compartir todo esto con sus pares, junto a personas adultas que no les van a juzgar. Sin embargo, es necesario que estos chicos sean conscientes de que ese espacio es artificial. Necesario e importante, sí, pero artificial en el sentido de que en una comunidad humana conformada de manera natural (no de naturaleza, sino de normal devenir), siempre habrá gente mayor de quiénes aprender (por acción u omisión) y niños pequeños a quiénes ayudar a cuidar y educar. Que el abuelo no es ningún anticuado ignorante de la vida. Que la madre no anda de mal humor porque les odia desde el fondo de su alma, sino porque trabaja 20 horas al día, el marido le pega, etcétera. Que, muchas veces, no es buena idea esperar amor de brazos cruzados. Que dar amor puede llegar a ser igual o más reconfortante.

  • Ya, pero en el caso de jóvenes que han sido violentados de diferentes maneras por la sociedad, no se les puede exigir que esperen cosas positivas de esa sociedad, sino más bien ayudarles a convertirse en actores de cambio.

De acuerdo. He tenido la invaluable oportunidad de trabajar con niñas y adolescentes víctimas de violencia sexual. Muchas de ellas han sido violadas desde pequeñitas por sus padres, abuelos u otros parientes cercanos. Esas chicas deben desaprender muchísimo antes de empezar a construir nuevas bases. Les ha fallado el mundo: el violador, por obvias razones; la madre, si hubo madre, por dejar que eso ocurra; el resto de la familia, por callar; la comunidad, las autoridades, el Estado. Y, sin pecar de exagerada, les hemos fallado tú y yo, por cada una de las veces que vemos una situación de maltrato y decidimos mirar hacia otro lado.

Las niñas y adolescentes víctimas de violencia sexual deben aprender, como primera cosa, que los padres y las madres no son infalibles, que los abuelos pueden cometer atrocidades, que las personas encargadas de protegerles se equivocaron, pero, y este pero aquí es sumamente importante, ellas no tienen la culpa de nada. No tienen la culpa, punto. Los malos fueron quienes les hicieron daño. Aquí tenemos un caso bien claro en el que sí podemos quitar toda la responsabilidad a los adolescentes, porque estamos hablando de víctimas. Víctimas reales, chicas y chicos excluidos o en alto riesgo de exclusión social, esclavizados, explotados, destruidos, no con bajón de ánimos por falta de mimos.

  • Pero no puedes disminuir los sentimientos de los chicos.

No los disminuyo. Entiendo que cada quién sufre a su medida, pero es importante dimensionar. Hay niños que llorarán porque les regalaron en Navidad una marca de zapatillas que no esperaban, pese a ser más caras. Bueno, no me parece un engreimiento. Quizás los padres les han acostumbrado a compensar con regalos la falta de tiempo en familia. En el fondo, esos niños están sufriendo porque no se sienten escuchados ni valorados por sus padres (ni siquiera saben qué marca de zapatillas preferían recibir en Navidad).

  • Bueno, aún con todo, no negarás que los jóvenes necesitan un espacio para expresarse y manifestar sus necesidades, sin mediadores adultos.

Ah, por supuesto. Pero parto de un principio básico: para reclamar derechos, primero que nada debes saber cuáles son tus derechos. Y lo sabes informándote. E informarse requiere un esfuerzo: leer, prestar atención, preguntar. No puedes sentarte en un rincón quejándote del entorno cuando desconoces por completo ese entorno. O conoces sólo las limitaciones, lo que te hace mal. Un ejemplo común:

Se supone que en un estado laico, el acceso a los anticonceptivos en los centros de salud es sencillo y gratuito. Sin embargo, un chico de 16 años y su novia de 14 van un día al subcentro AB a pedir condones y justo les tocó la auxiliar con objeción de conciencia que les manda a rezar. ¿Indignante? Por supuesto. Ante esto, normalmente los chicos bajan la cabeza y esperan la próxima “reunión de pares” para quejarse y asumir que el sistema se ha propuesto joderles y que la tipa aquella era una hija de puta.

Bueno pues, la cosa cambiaría significativamente:

  • Si los chicos estuvieran bien enterados de la ley respecto al acceso de menores de edad a los anticonceptivos. Y eso suele saberse leyendo los coloridos carteles que adornan los centros de salud o visitando la Web oficial del ministerio (si tienen perfil en Facebook, poseen un mínimo de capacidades necesarias para navegar por otras páginas).
  • Si supieran que la objeción de conciencia en un estado laico y en los servicios públicos puede ser ilegal, pero no es ilegítima. Cualquier individuo puede mostrarse insumiso a una ley por cuestiones de principios o credo. ¿Que eso les fastidia? Sí. Pero la auxiliar en cuestión no es una hija de puta, ni les ha querido joder. Sólo ha ejercido un derecho.
  • Si supieran que, como usuarios y ciudadanos, tienen derecho a presentar una queja o denuncia a quien corresponda, con buena educación, aunque de manera insistente. Si lo hacen, es probable que la auxiliar reciba una amonestación (pues ha violado la ley) y ellos podrán obtener los condones de manera gratuita y más o menos discreta, tal como esperaban al principio. Fin.

¿Idílico? Sí, pero si los chicos no son capaces de recurrir a todas las instancias necesarias, con la frente al alto, para exigir que se les cumpla un derecho, ¿de qué empoderamiento estamos hablando? Quejarse ayuda a expulsar sentimientos negativos y eso está muy bien. Sin embargo, los adolescentes que sólo se quejan, pero son incapaces de informarse sobre cómo funciona su entorno y tienen miedo de reclamar lo que les corresponde, van camino a ser adultos sumisos (de esos que desfogan frustraciones con los más débiles a mano).

¿Espacios de expresión? Los que quieran. Yo, la primera que abogo por eso. ¿Lugares seguros donde dedicarse a socializar, conversar y ser adolescentes? ¡Claro que sí! Y las autoridades locales deberían preocuparse por brindar estos espacios, asegurar a los jóvenes ciudadanos oportunidades de ocio, diversión y aprendizaje colectivo en óptimas condiciones. ¿Darle vueltas una y otra vez a la incomprensión de los adultos? No, qué aburrimiento. ¿Permitirles comportarse de manera agresiva e irrespetuosa sólo porque aquella es una "forma de exteriorizar sus sentimientos"? Ni hablar...

La adolescencia es demasiado linda y corta para desperdiciarla discutiendo con el propio ombligo. Creo que los adolescentes, en sí mismos, tienen un potencial de crecimiento enorme, por eso deben aprovechar esos años para aprender, aprender cómo seguir siendo generosos como cuando niños, aprender cómo ser útiles a sí mismos y a su comunidad, dando lo mejor de sí. El oficio que escojan o si llegan a la universidad es, en verdad, relativo.

Como colectivo, pueden conseguir muchas reivindicaciones, pero deben saber qué es lo que están pidiendo, pues. Y está bien, no vamos a decirles qué deben hacer, pero al menos dejarles claras ciertas normas. ¿Que el maldito sistema? Sí pues, el sistema que a ti te permite viajar por todo el mundo sin visado y a mí, vacunar a mi hija. Una mierda de sistema éste en el que vivimos. Pero aquí estamos. No olvides que aquí estamos, nos guste o no. Y, como me decía una profesora de la universidad: “Antes de atreverte a romper una regla, ten la decencia de aprenderla. De otro modo, lo harás muy, muy mal”. Ratifico. Ya está.