miércoles, agosto 31, 2016

El Vestido. Una catarsis, para empezar.

Estoy en Italia. He cancelado un día de playa familiar, para quedarme aquí, remordiendo el alma. 

Normalmente, cuando llego, disfruto. Contradiciendo a personas malintencionadas, no lo estaba buscando (de haberlo hecho, me habría quedado en Bilbao, hace 6 años). Tampoco lo sobrevaloro, pues la etapa de la ensoñación y las ansias de vivir la aventura ultramarina quedó bien satisfecha con horarios interminables de trabajo, concesiones y precariedad, allá por mis veinte y muchos. Sencillamente, disfruto o, al menos, lo intento.

Pero esta vez, Europa me pilla en otro lugar.

A finales de julio, mi familia y yo llegamos a Sullana. La casa de mi madre sigue siendo un espacio destartalado, plagado de cosas viejas. Sin embargo, es lo habitual, por tanto, no me incomoda.  Extrañamente, me hace sentir “en casa”. Esto es algo difícil de comprender para quien ha tenido un sitio más, digamos, “terminado”: sin rincones proveedores de polvo ni paredes de concreto crudo.

Hasta los 20 años, viví la “mediocridad” estructural latinoamericana sin vergüenza alguna, más bien como símbolo importante de mi identidad: la casita que los abuelos obsequiaron a mamá, fue construida sin instrucción arquitectónica, malas conexiones eléctricas y pésimo sistema de drenaje. Las inundaciones, durante el periodo lluvioso, eran pan de cada día. Llegué a pensar que tal cosa sucedía a todas las familias del mundo, que no había otra forma de vivir, baldear, trapear, soñar y morir.

Me ahorraré la historia de quiebra económica, es aburrida. Sólo compartiré un agridulce recuerdo de mi adolescencia: pasamos a una azotea mal cerrada, calaminas llenas de agujeros y cortinas en lugar de paredes. Mi mayor ilusión a los 14 años era tener una habitación con puerta. Nada más.

Ahora bien: aunque parezca mentira, no me quejo. Este pasado, tan presente, me ayuda a comprender por qué a mi madre le cuesta tanto invertir en remozamiento hogareño y mi abuela, de 82 años, sigue empeñada en habitar una casa que cae a pedazos.

He pasado el último mes pegada a mi abuela como garrapata, siguiéndola y llevándola a todas partes, con una cámara y una grabadora de voz. Todo muy informal, muy a salto de mata, sin mucho tiempo para planificar (mi trabajo remunerado de la temporada terminó dos semanas después de haber empezado las “vacaciones” familiares) y con bastantes conflictos de pareja. Debo reconocer que mi compañero se ha comportado a la altura de su estatura y de las circunstancias, pero no he podido evitar que las amenazas del “tercer mundo” desgasten su buen humor y generosidad habituales.

Como sea, he vuelto a compartir espacios personales con mi abuela y ha sido la mejor decisión del año. También la peor. Debí mirar de frente una realidad que me había empeñado en evadir durante una década. Ahora me siento egoísta, culpable y miserable, sobre todo cuando ella me mira sonriente y me dice estar bastante satisfecha de mis logros. ¿Cuáles logros, mamá Blanca? ¡Soy una (pinche) consultora sin trabajo estable, que se niega a reconocer su fracaso profesional! En fin, es lo que tienen las abuelas, mucha buena voluntad con los nietos, digo yo.

El caso es que ahora estoy en Italia, con la familia paterna de mi hija, y desearía con todo mi corazón seguir conversando con mi abuela sobre la cantidad de historias repetidas que no paraba de contarme. Necesito escucharlas mil veces más, para poder desterrar por completo aquellas narraciones que me habían llegado filtradas por sus hijos (mi madre y mis tíos). Los hijos podemos ser unos grandísimos cabrones con nuestras madres, incluso cuando intentamos juzgar desde el amor. Mejor sería no juzgar desde ninguna perspectiva (aplícate el cuento, nena).  

Que no se mal entienda: mi madre y mis tíos son seres humanos estupendos. Curiosos, pero estupendos. Sin embargo, esta vez, por primera vez en mi vida, he pasado de ellos, para bien.

En estos días, me estoy sorteando peligrosamente el afecto de la familia italiana. Yo lo advertí: esta introspección traería dificultades. Es normal que no haya una comprensión plena de la etapa que estoy viviendo, de la necesidad masoquista de mantener la contemplación hacia mis recuerdos y los diálogos con mi abuela, para no romper el círculo de este amor doloroso que acabo de reactivar. Soy la hija pródiga, soy la que se fue, me he permitido volver y hacer preguntas, remover heridas, invadir privacidades y secretos con una cámara y una enorme grabadora de audio…

¡Por el amor del cielo, me siento una mierda! Estoy totalmente rota por dentro, debo darle forma a una historia de ingratitud, no esperen que sea la persona más accesible del planeta justo ahora, ¡déjenme en paz!

Escrito esto, y compartido con el mundo, a falta de capacidad de decirlo claro y firme, en castellano, inglés e italiano, procedo a revisar el material audiovisual y detectar carencias logísticas.

Mamá Blanca: con todo mi complicado cariño, para ti. 


sábado, julio 16, 2016

Madre Colectiva. Madre Comunidad.

jhkjhkj

Vicky: te has ido. Y es ridículo escribirte ahora, no entrarás a este blog, ya no miras Facebook, pasas de todo esto. Parece curioso que una escéptica como yo piense en tu transcendencia. Pero, ¿sabes? No soy escéptica en realidad. De hecho, me considero animista en esencia y creo haberlo sido siempre, desde pequeña.

Tú fuiste, en gran parte, el tipo de hogar que quisiera ser para mi niña: abierta, cálida, con panes rellenos de jamón y leche caliente para los fenómenos esos que se han encerrado en el cuarto de tu hijo a ver ora anime, ora Jeunet, ora Kieslowski, ora MTV. Allí estabas, y no reparabas en palabras tiernas, abrazos y besos.

Vicky: en verdad, en verdad, no voy a olvidarme de ti.

Justo en ese momento en que te despedías de tus seres amados, mi hija rompió en llanto y yo pensé: “alguien se va”. Y no me acordé en ti, pese a haberte tenido presente toda la semana, horas antes. Lo siento. Lo siento muchísimo.

Vicky: te amo. No tanto como tu hijo, tu hija o tu esposo, o tal vez tanto como ellos, pero diferente, porque no fuiste mi madre. Sin embargo, fuiste muchos ejemplos, mucha apertura, mucha colectividad. Tú misma dejaste clara la individualidad, tú misma nos enseñaste a amar a cada persona en su universo y diversidad. Tú misma me dejaste llorar como una nena por un ex novio ingrato, y me dijiste: ¡Ánimo, Angelita! Y me diste chocolate, y me abrazaste, y creo que tu partida es una mierda dantesca. Sin embargo, comprendo que necesitabas descansar.

Quisiera que el trabajo, nunca más, me quite tiempo para acercarme a todas las personas que podrían ser tú.

Vicky: gracias por tanto amor.

Buen viaje. Buen destino. Feliz eternidad. 


jueves, mayo 26, 2016

Aligerando el peso de "criar con apego"

Advertencia: este texto está basado en mi experiencia con especialistas en crianza con apego, que fue bastante mala. Lo comparto porque sé que no soy el único caso “de rebote” y, sobre el papel, resulta más fácil de analizar y sopesar. 

También es un desahogo.

Mi hija tiene ahora dos años y ocho meses. Es una niña saludable y nació bien, gracias a profesionales médicos de una clínica privada, en Quito. He puesto en práctica todos los tópicos de la crianza con apego: con algunos, la cosa fue llevadera; otros me costaron dejar un buen trabajo y sobrecargarme de quehacer para poder acceder a proyectos laborales por cuenta propia. Estoy convencida de que yo no fui formada para esto. Sin embargo, mi hija es una niña fuerte, enfática en lo que le gusta y no le gusta y, según puedo percibir, bastante feliz. 

Va a la guardería desde hace un mes.

Ana y yo, en la Laguna Cuyabeno, diciembre de 2015.

El paradigma de la crianza con apego, del modo en que viene siendo impuesto a la sociedad occidental, se me desvela cada vez con mayor claridad como una maliciosa forma de neo-machismo, con finalidades peligrosas: ratificar el papel de las mujeres como cuidadoras instintivas (sin pago mediante, por supuesto), relegar a los padres de responsabilidades reproductivas y, lo aún peor: obligar a las madres a agregar un ladrillo más a la inmensa carga de culpas que ya llevamos, normalmente, encima.

Si no tuviste la experiencia “piel con piel” cuando nació tu hijo, ya puedes empezar a sumar traumas. Así es. A partir del momento en que sólo pudiste darle un beso y dejar que se lo lleven para revisarlo y bañarlo (mientras te remendaban la panza), tu bebé pertenece al grupo de seres humanos con alto riesgo de desarrollar conductas violentas en el futuro. Da igual si le crías con todo el amor posible, has perdido la primera batalla. ¿Qué clase de buena madre permite que bañen a su bebé apenas nacer?

Yo tuve a mi hija recién nacida en brazos hasta el día siguiente. Como me gusta mantener todo bajo control, aún en momentos de crisis, me permití solicitar a las enfermeras no cortar el cordón umbilical hasta que éste dejara de latir. Es una situación llena de sangre, fluidos y olores. No hubiera deseado hacerlo de otro modo, sin embargo, por todo el respeto que me merecen las madres, no se me ocurriría conminar a ninguna a hacer lo que hice yo. Yo soy yo. Cada una de ustedes, señoras, es cada una de ustedes. Y habrán sido plenamente dichosas en sus respectivas historias. O no, pero si pueden tener a sus niños en brazos, vivos, imagino que todo lo demás, de momento, les da igual.  

Si no amamantas a tu cría hasta que la cría quiera, debes tolerar la etiqueta de madre desnaturalizada. Ningún/a gurú de la crianza con apego se esforzará por comprender que te duele, que estás cansada, que estás harta, que, desde tu instinto materno, consideras que tu nene o nena está ya en edad de no buscarte las tetas cada vez que te mira o, sencillamente, que no te da la gana. Como mucho, y flaco favor harán con ello, se dedicarán a analizar las devastadoras causas sociales (¡abajo el capitalismo!) que han distorsionado tu naturaleza mamífera, al punto que prefieres volver al trabajo y cuidar tu carrera, que ser la abnegada protectora a tiempo completo de un cachorro ultra demandante de cuatro años de edad. 

El biberón, por supuesto, es la encarnación del mal. Eres mejor madre si permites que tu bebé llore de hambre durante horas (porque no te sale suficiente leche) que dándole fórmula.

Yo di fórmula a mi hija entre los 2 y los 6 meses. Cuando empezó a comer, ella sola dejó el biberón. Siguió enganchada a la teta, claro. Un médico cercano a la familia, amigo, me dijo: “Te van a advertir constantemente que ahora tu hija corre mayor riesgo de contraer infecciones estomacales por usar biberón, porque así está en los Manuales del Ministerio se Salud, pero no hagas caso. Allí escribimos (sí, él asesoraba la redacción de esos manuales) consideraciones generales, teniendo en cuenta situaciones extremas. Evidentemente, en un ambiente sobre expuesto a las bacterias, la tetina del biberón podría ser un vector. Pero si tú mantienes todo limpio y esterilizado, irá viento en popa”. Los médicos que tienen interiorizado eso de cuidar y escuchar a las madres, para asegurar la salud de los hijos, merecen un altar.

Si no llevas a tu bebé encima a todas partes, estás haciéndole sentir abandonado. Así de sencillo. El cochecito es un invento nefasto que las aristócratas europeas usaban para desentenderse de sus crías, por eso luego todas merecieron pasar por la guillotina (madres y crías, por supuesto, porque al ser criadas en cochecitos, no salieron buenas personas). Al bebé se le lleva cargado, envuelto en fulares de telas indias o fibra de bambú, de colores andinos, así te ves más chic.

¡Chic se va a ver la giba precoz que te va a salir dentro de pocos años, mi reina! ¿Sabes qué te digo? ¡Haz lo que te salga de los ovarios! Y si quieres portear a tu cachorro, porque no te alcanza para el coche y/o te identificas ideológicamente con el asunto, pero eres torpe para anudar telas y pañuelos (como yo), consigue alguna mochila ergonómica que se ajuste fácilmente a tu cuerpo (puedes encontrarlas de segunda mano) ¡y a caminar! 

Si no quieres dormir con tu bebé recién nacido, empezará la cantaleta de la regulación de la temperatura, la disminución del riesgo de muerte súbita, los japoneses y la madre que te parió. Los “expertos” aseguran que tu instinto hará que duermas bien y no aplastes a la criatura, pero a ninguno de ellos le importa saber tus particulares deseos. Y es que, si eres madre, deberías dejar de pensar en dormir (lo poco que puedas) en la posición que te resulte más cómoda. Más bien, te corresponde convertirte en una extensión biológica de tu cachorro, servirle de almohada, colchón, teta express y cualquier otro elemento básico de supervivencia.  

Mira: si quieres hacer colecho, hazlo, pero no hay derecho a que te miren con reprobación, como si estuvieras comiéndote a tus crías, sólo porque no se te antoja compartir la cama con ellas.

Si decides contratar una niñera en cuanto se te acabe la baja por maternidad en el trabajo: ¡Perdiste tu acreditación como madre! Pero claro, así de feo no te lo van a decir, se esforzarán por ser políticamente correctos y empezarán a trabajar la culpa desde “el sistema”. Ese maldito sistema que obliga a las mujeres a trabajar en lugar de dejarlas quedarse en casa, cuidando a sus bebés. Espera, what? ¿De qué estamos hablando? Años de lucha feminista para que las mujeres podamos gobernar la construcción de nuestras vidas, ¿y ahora resulta que la opción de insertarse en el sistema laboral es mala? ¿Me pueden explicar por qué?

Vamos a ver: las contrataciones ordinarias no son inclusivas, discriminan a las mujeres por características inmanentes, como la posibilidad de quedar encintas, parir hijos o sufrir cólicos premenstruales. A esto, sumemos  la diferencia de salarios y la exigencia de horas presenciales inútiles para valorar perfiles de ascenso. Eso es injusto y tiene que cambiar. Injusto es, también, que no haya guarderías en las oficinas. Injusto es que el padre de la criatura no asuma su co-responsabilidad reproductiva en esta historia (vale, hombre, no podrás dar teta, pero todo lo demás, sí). Injusto es que una madre con deseos de trabajar deba sentirse avergonzada por ello.

Si le pones horarios, podrías estar anulando la sabiduría natural que tiene tu hijo para mostrar sus necesidades y cumplir sus actividades biológicas. Esto tiene lógica. Lo bebés son puro instinto y sensaciones, no tienen malicia, ni necesidad de adaptarse a rutinas para estar mejor. Admitamos de una vez que establecer horarios es una necesidad de los adultos cuidadores: porque debemos trabajar, porque estamos acostumbrados a tres comidas cada día, porque así nos han formado y ya está.

No es ilícito generar rutinas en torno a un bebé, para que la vida de todos pueda ser más armoniosa, dentro de lo que cabe. No está mal pedir ayuda a la abuela para que la madre parturienta pueda tomar una ducha, tranquila. Pero pretender que el cachorro comprenda nuestras necesidades sólo nos va a traer frustraciones y enojos. No comprenden nuestras necesidades, están ocupados intentando canalizar las suyas, son puro impulso de sobrevivencia y la mamá, como primer sujeto de afecto (luego hay más), significa el ser que les mantiene a salvo. Entendamos eso, para empezar. Luego, construyamos alternativas. La abuela es una. Contratar una niñera, otra. Que mamá trabaje por la mañana y papá por la tarde, una más. La guardería, como apoyo social, también cuenta. La decisión es totalmente íntima. Quien te salga con remilgos, ya podría ofrecer apoyo logístico antes de hablar.

Como comenté hace poco a una amiga, estamos pasando del paradigma de la “superwoman”, que apenas avanza y vive estresada (gracias a la sobrecarga de trabajo productivo - reproductivo), a la falacia de la “flowermother”, que anda todo el tiempo exhibiendo una amplia sonrisa prozac, aunque su vida esté patas arriba, y nunca termina lo que empieza, porque, ¿total?, ahí sigue la sobrecarga y peinar  a los niños no es prioridad.  

Pues fíjense lo que tengo que decir a todas y todos los expertos en crianza con apego del mundo: para gurús, mi bisabuela materna, que no escribió un solo libro en su vida, ni terminó el colegio, pero apostaba por un acercamiento humano, real, con ternura y exabruptos, con días buenos y días malos, sin obligación de dar pecho a tiempo completo, con capacidad comunitaria para contener y apoyar a una madre cansada, sin juicios, ni presiones. Además, se llevaba a los nietos a dormir con ella para que sus hijas pudieran estudiar.

Eso en empatía, lo demás es paté. 

viernes, mayo 20, 2016

Eri

Bilbao, 2009

No recuerdo cada día a Erika. Es decir, no todos los días recuerdo que no está. Como sucede con las amigas alejadas por giros de la vida, podría ser que hace mucho no nos escribimos, pero, en algún momento, un destello rememora la recíproca existencia, sonreímos y seguimos felices de sabernos queridas.

Sin embargo, Erika se fue hace algunos años.

Suelo recordarla sin dolor. Sin embargo, hoy, estos días, habría querido que esa enfermedad haya sido una pesadilla y nunca se la llevara.

Erika era fiel lectora de mis desvaríos y, en público o en privado, desde Madrid, México, Francia o Guinea, respondía a mi llamado y me acompañaba. ¡Cuántas veces me acompañó, sin estar a mi lado!

Deseo que Ana pueda tener, algún día, una persona como Erika en su vida. Pero que no la pierda, que no la pierda, porque es una falta inmensa.

Aquí me quedo, con ganas de recibir un comentario suyo, alegre, pese a su propia melancolía.

De pie. 

jueves, mayo 19, 2016

Las compañeras del fondo

Siempre hablo de mis gallinas, lo sé, soy muy pesada y lo admito con orgullo. Pero es que las gallinas son, para mí, criaturas directamente asociadas a la vida de los seres humanos. Cuando Ana nació, por ejemplo, no podía concebir su aprendizaje del mundo sin el murmullo de gallinas y pollitos, allá al fondo.

Ana y Totó, primer (y único) pollito-mascota de la casa.
- 25 de febrero de 2015 -

Adoro a mis gallinas. Están locas, son asustadizas, pero identifican rápidamente a quien las alimenta, a quien asea su espacio y, por supuesto, a quien las daña. Cuando me acerco al gallinero, vienen corriendo a la puerta, para recibirme. Pero si voy con una persona desconocida, se contienen, aunque les acaba venciendo la curiosidad. 

Una vez, en un panfleto bilbaíno, leí un artículo que intentaba desprestigiar a las gallinas. El autor, antropocéntrico, afirmaba burlón que nada podía haber tan triste como la vida de un pollo. Quizás es más triste un activista de izquierdas que necesita despreciar a las gallinas para dar algún sentido a su propia existencia, digo yo. En todo caso, es verdad que los seres humanos, con nuestras ansias de consumo, hemos generado una industria dedicada a arruinar la vida de criaturas que, a su muerte, nos darán de comer. Y eso es, como poco, miserable.

Ana y Pepe, pollito que sufrió las consecuencias de ser criado por una gallina de pelea.
- 13 de septiembre de 2015 - 

La tía Quiqui criaba gallinas, preparaba remedios caseros y procuraba ejercicios de autoabastecimiento doméstico. Además, tejía, con cuatro panillas finas, unas medias de hilo maravillosas.

Entre los varios conocimientos de la tía, estaba prever precisamente el día en que una gallina empezaría a poner huevos, dejaría de hacerlo, enfermaría, se recuperaría, nacerían sus polluelos, o moriría. Lo sabía con la precisión de un reloj suizo. Por supuesto, también determinaba cuándo debía sacrificar a una de sus protegidas. Y es que, para ella, criar gallinas era eso: alimentar, cuidar y acompañar la vida de unas criaturas que, a su muerte, darían a su familia de comer, ayudarían a sobrellevar una anemia o aliviarían el resfriado infantil de alguna querida sobrina.

El Negro y el Canche, primeros pollitos nacidos en #LaCasa.
- 5 de abril de 2015 -

A partir de ese principio, con intención de combatir una plaga de hormigas sin insecticidas y bajo los efectos eufóricos de La Gallina Pintadita y El Pollito Amarillito, mi compañero y yo decidimos criar gallinas. Empezamos en febrero del año 2015, con una madre de edad mediana y dos hijos adolescentes, adoptivos (larga historia). Les pusimos Nonna Papera y los Juveniles. Luego nos obsequiaron a Totó. La Papera tuvo dos hijos más: el Negro y el Canche. Y entre una cosa y la otra, llegamos a una población de 13 aves en 16 metros cuadrados. Afortunadamente, el control de natalidad está funcionando, ahora sólo son 7 hembras en el gallinero, 2 de ellas en producción de huevos, y 3 pollitos sueltos por el jardín (de allí saldrá el próximo gallo reproductor, que quizás llevaremos a alguna finca).

"Ya vienen": de este modo anuncié que llegarían las salvadoras del huerto, para acabar con la plaga de hormigas. ¡Estaba muy emocionada! ¡Me lo imaginaba con todo y la harmónica de Once Upon a Time in the West! Cosas de frikis, no intentar comprender.
- febrero de 2015 -


Requieren mucha atención: el agua se cambia a diario; reciben dos raciones de comida al día: una de maíz y otra de sobras de verduras y frutas; limpio el gallinero superficialmente cada 3 días, para recoger el estiércol y ponerlo en la compostera (así reducimos su acidez) y, una vez a la semana, sábado o domingo, hago una limpieza profunda, que implica pasar agua con legía y remover el suelo con una pala. Esto último es de gran importancia, pues las aves entierran semillas y restos orgánicos que luego se pudren y, ¡ala, fuegos fatuos en el corral! ¡A ver a quién asesinaron esta vez, las bichas esas!

Las gallinas no son semilleras, es decir, no esparcen semillas enteras con las heces. Más bien, las semillas son la base de su alimentación, entonces, poseen un aparato digestivo que les permite triturarlas y extraer nutrientes de ellas. En compensación, la gallinaza (o pollinaza) es un abono riquísimo. Otra ventaja: las aves mantienen bajo control estricto la población de insectos dañinos para las plantas. Gracias a todo este sistema, conseguimos sostener de manera casi autosuficiente nuestro pequeño espacio de producción familiar.

A estas alturas del texto, noto que hablar o escribir sobre gallinas me hace feliz, tan feliz que olvido, voluntariamente, la parte dura del proceso: nuestras gallinas producen huevos, pero también carne. Y para obtener la carne, ya se sabe, es necesario matar.

Tercera generación: la Juvenil (gallina de pelea, A.K.A. "fina") descansa junto a sus crías (empolladas, no biológicas) en una deliciosa piscina de tierra.
- 9 de agosto de 2015 -
Cuarta generación: Nonna Papera empolló 5 huevos y sacó 4 pollitos, todas hembras: dos cariocas y dos negras.
- 18 de noviembrede 2015 -
Los polluelos crecen: el poderoso gallo Gris, la gallina Pintada y la gallina Roja (los tres de la tercera generación).
- 4 de marzo de 2016 -

Hasta el momento, no me he atrevido a matar, siempre lo hace alguien más. Yo sólo cumplo el vil encargo de coger al ave, tranquilizarla y entregarla. Aprovecho la confianza generada y la traiciono. Por convicción animista, suelo pedir perdón a la elegida o al elegido. La última vez, expliqué a la Pintada que mi hija estaba enferma y yo me encontraba seriamente preocupada. En tanto seamos consumidores de carne, no veo una opción más humana de hacer las cosas.

Última parvada (quinta generación), hijos biológicos de Nonna Papera y el gallo Gris. Actualmente, los pollitos tienen 3 meses y andan sueltos por el jardín.
- 14 de marzo de 2016 -
Producción: sólo Nonna Papera y la Roja se encuentran en edad fértil. El color de los huevos depende de la pigmentación de las gallinas.
- 18 de mayo de 2016 -

La vida de una gallina no es naturalmente triste (que la hagamos triste es otro asunto). Sin embargo, no me gustaría ser una gallina.

Voy a verlas ahora. Les daré una ración extra de maíz triturado (lo prefieren al de grano, están aniñadas) y les agradeceré la compañía y el aprendizaje. Pensar en la felicidad de mi hija al ver nacer pollitos, me ayuda a descansar de mi estado de tensión defensiva habitual. 


El grupo -casi- completo: dos gallinas de la tercera generación (Roja y Brava) y cuatro gallinas de la cuarta generación (cariocas y negras).
- 18 de mayo de 2016 -

jueves, febrero 25, 2016

Intergeneracional

He escuchado que es imposible (o, al menos, sumamente difícil) establecer amistades reales entre personas de diferentes generaciones. Pienso que quien lo afirma se equivoca. Es posible tener amigos mucho más jóvenes o mucho mayores. Sólo es necesario ser versátil: a veces te toca acompañar al hospital a tu amiga de 68 años, porque ha tenido un resbalón en casa y no es edad para quedarse tranquila ante esas caídas. Otra, escuchar con paciencia y perspectiva los problemas de tu “hija adoptiva” de 19 y ayudarle a encontrar respuestas, desde tu experiencia de 30 y tantos. Si de verdad te interesa, lo haces con amor, del mismo modo que actuarías con un amigo o amiga de tu edad.   

Foto: http://www.humancamp.net/blog/?p=276

A veces, en el día a día de mi trabajo, me encuentro confundida. Más allá del impacto previsto en el marco lógico, es inevitable convertir algunas de las acciones habituales en modelos. Sobre todo si trabajas con jóvenes. Pese a la poca gana de los jóvenes. De forma evidente o absolutamente imperceptible, ellos recogen pedacitos de todo y lo reproducen en sus universos personales. A veces, sale bien. Otras, mal. Pero, ¿mal, en verdad?

Hace un montón de años fui convocada para trabajar en un colegio de Sullana, la ciudad donde crecí. Me ofrecieron la administración de la radio y el taller de periodismo, que se dictaba a adolescentes de secundaria. Todo un reto.

Salió mal. Mi experiencia en docencia era (y sigue siendo) nula y para estar allí se necesitaba un mínimo de estructura. Pese a ello, los jóvenes aprendieron y disfrutaron. Además de metodología, me faltó disciplina: anotaciones en el libro de incidencias, castigos, ese tipo de medidas. Por cierto, tampoco debí dejar a los alumnos tareas demasiado activas, pues varias veces interrumpieron la tranquilidad habitual de un colegio de curas.

Como consecuencia de mi paso, una joven perdió la confianza plena del director, fue estigmatizada hasta terminar la secundaria, humillada y denigrada. ¿La causa? Ella cometió un error al defenderme de murmuraciones y yo la defendí de ese error. La lógica del entonces magíster fue curiosa: ninguna persona asume la culpa de otra sin interés de por medio. Entonces, Angela es lesbiana y quiere que Pepita sea su amante. Fin de la discusión.

Pepita es como mi hermana menor, nos queremos de manera irrefrenable, en confianza plena. Pero, disculpará usted señor magíster (ahora doctor): Pepita nunca fue mi amante. Nos une algo que usted tal vez desconoce, pero existe. Se llama amistad.

Aquella experiencia me alejó por mucho tiempo de los jóvenes. Dirigí mi energía al trabajo social, empecé la militancia en los procesos de desarrollo humano. Exploré lugares de mi región hasta entonces desconocidos. Hice un poco de docencia universitaria, lo mínimo, nada del otro mundo. Escribí, fotografié, me frustré, tomé decisiones tontas, fui a por ellas, caí, me levanté (aún no me lo creo) y seguí.

Años más tarde, vengo a parar a una región amazónica del Ecuador y, voilà!, mi primera opción laboral luego de la baja maternal (voluntaria, con renuncia al trabajo y sin ninguna compensación económica) es un proyecto dirigido a jóvenes. Genial (entre dientes). Además, ¿a quién, en su sano juicio, no le gusta trabajar con jóvenes? (¡A mí, a mí!).

Empecé a ser adulta hace rato. No siempre se nota, pero es así. A verme como adulta (obviando la ropa), hablar como adulta, razonar como adulta y calcular como adulta. Acepto, por tanto, la responsabilidad que me corresponde, no sólo respecto a mi hija o mi compañero, sino ante el mundo. Y, tras un año de trabajo con jóvenes de la región, debo decir que ellos nunca fueron el problema. Ellos, pese a sus múltiples indecisiones, falta de voluntad y habitual pérdida del propio norte, son jodidamente maravillosos, tal como corresponde a los seres humanos de esa edad.

El problema somos nosotros: los que hemos crecido pensando que nuestro aprendizaje es lo único que tiene valor y nos tomamos la prerrogativa de imponerlo a los demás.

Hace poco ocurrió un incidente: estábamos construyendo algo en un colegio, pequeña iniciativa bajo responsabilidad de gobiernos locales, activa a pedido de un grupo de chicos. Justo ese día, el director no se encontraba y los profesores a cargo tenían cosas más importantes qué hacer. La zona de trabajo estaba bastante alejada de las aulas, entonces es comprensible que llevar hasta allá una jarra de agua a los albañiles era demasiado. Debemos ser adultos comprensivos y empáticos con las necesidades de los demás adultos, ¿total?, en otras oportunidades somos chéveres.

De desplante en desplante, terminó la jornada. Me quedé a cargo de las frustraciones de todos y sólo atiné a despedirme de la manera menos seca posible. Los chicos, en cambio, estaban tristes y avergonzados. Cuando el director les preguntó qué tal todo, soltaron el rollo, con 16 años de pasión y desadaptación a la norma. Ellos, tan malos estrategas, cometieron el error de decir a la autoridad que los encargados no habían apoyado a los trabajadores.

Yo, a mis 35 años, no lo habría hecho así. No lo haría si tuviera que hacerlo. Y me avergüenzo de ello. Me avergüenza más admitir que tal vez no lo habría hecho a los 16 años, pese a la rabia, porque tenía que proteger un lugar en el cuadro de honor y en casa me regañaban si bajaba medio punto en conducta. Aprendí a callar porque era lo conveniente. Niña modelo, adolescente tranquila, joven sumisa. Muérdete la lengua, cállate, no seas respondona, no te metas.

Cuando supe lo que había ocurrido en el colegio, sentí, como primer impulso, culpa por no haberlo previsto y recomendado a los jóvenes callar y esperar. A esa edad, no es recomendable "tener problemas" con los maestros.

Sin embargo, la época escolar es un suspiro en la vida. Y si allí aprendes a callar ante lo injusto, es probable que siempre lo hagas, aun cuando no debas.

Recuerdo una conversación posterior con Pepita, cuyo nombre real es otro. Ella se ríe de lo ocurrido en la secundaria y no se arrepiente de haber dejado salir su lado más contestatario, desde allí hasta el resto de su vida. Tiene un trabajo que le encanta, ha viajado mucho, es una mujer completa, independiente, satisfecha y feliz.

No me considero inspiradora de nada, sencillamente estaba. 

Y ahora, como adulta, tengo la obligación de bajar la tensión de este asunto, entre adultos, pero también he de valorar, en público, la honestidad de los chicos y sus ganas de que todo funcione. Considero que es lo que correcto, lo justo, lo que en verdad está bien. 

lunes, enero 18, 2016

Des-categorizar


Tengo una hija de dos años y cuatro meses. Se llama Ana. Es lo más inmenso de mi vida. Gracias a ella, río hasta las lágrimas, incluso las veces en que la mandaría a freír monos. Tiene carácter fuerte. Me gusta. Pero debo controlarme siempre para no denigrarla cuando se obstina con algo que a mí me parece mal. Quizás el objeto de su deseo, en ese momento, no sea lo más conveniente. En eso, creo, todas las mamás de algún niño o niña de esa edad podemos estar de acuerdo, pasa a menudo. Sin embargo, y lo sé ahora, no sé corregir sin categorizar.


Crecí creyendo ser una especie de niña “superdotada”, por mis calificaciones escolares, pero también poseedora de un carácter malo. “Te traerá muchas desgracias”, sentenciaba mi madre, una y otra vez. “Así nadie te va a querer”, agregaba la multitud de tíos; “salió al padre, pues”, concluía mi abuela materna.

El único que nunca catalogó mi carácter endemoniado fue, por supuesto, papá. Ambos tuvimos siempre los mismos exabruptos (los aprendí de él). Intentó ejercer control para ahorrarme malos ratos, pero sólo consiguió que callara la rabia por varios días y la soltara toda de golpe, sin pensar. Pretender ser quien no eres, sólo para tranquilizar a los demás, nunca ha sido una buena práctica.

Tengo, por tanto, un carácter terrible, pero soy incapaz de cortar en seco y desde el principio a quien me está mortificando, sobre todo en el ámbito laboral (herencia, quizás, de una conducta “impecable” en el colegio, por obligación). Con los años, admito que he aprendido a ser más oportuna y clara al expresar mis deseos y exponer mis decisiones. Pero aún hay mucho que des-aprender.

Entonces, mi niña, que no mide un metro, lanza un sonoro “¡no!” y me quedo fría. Lo automático es: pellizcar y/o dar un palmazo en las nalgas y/o pegar un grito. Pego el grito, ¡ahí te quedas, pues! ¡Ya me avisarás cuando se te antoje! ¡Entonces me voy sin ti! Y me alejo para bajar el calentón.

Quienes estamos programados para criar pegando (porque nos pegaron), sólo tenemos dos posibles reacciones iniciales: 1) damos el golpe o 2) no lo damos, pero nos lo aguantamos. Dar el golpe desfoga y lleva, poco a poco, a la normalización de ese acto de violencia. Aguantarlo, en cambio, genera conflictos internos. ¿Por qué aguantar? Porque, de momento, no hay más. Tener más posibilidades implica haber pasado por un proceso racional que cuesta mucho. Se trata de cuestionar el modo en que nos criaron. A los 35 años y con una hija, desaparece esa capacidad adolescente de juzgar a los padres sin compasión. Es diferente. Duele.

Estoy entrenando para no insultar ni desacreditar. Ana no tiene mal carácter, ni es nerviosa (como ya algún pariente ha empezado a decir). Ana es Ana. Dichosa ella que puede negarse a hacer algo que no desea hacer, sin cargo de conciencia, sin miedo a quedar mal, sin sentirse comprometida a complacer. Y me vuelve loca, lo admito. No estoy acostumbrada a sentir frustración y mi perfeccionismo se me atasca en la garganta cuando la nena decide que quiere ir al parque con la camiseta más vieja y manchada que tiene, sin poder humano que pueda convencerla de lo contrario.

Mi compañero, en cambio, lleva todo esto de mejor humor y va por ahí con su pequeña y maravillosa harapienta, bien orgulloso y feliz. 

PROTOCOLO DE ATENCIÓN a personas que no son parte de nuestra población beneficiaria


Hace un año y un día, mi casa se vio invadida por personal del Ministerio de Salud Pública del Ecuador, sucursal Sucumbíos.

Mi compañero estaba de viaje con los jefes de la ONG, así que me dejó a cargo. De paso, y por accidente, se llevó mis llaves. Quien tenía la copia de seguridad, a su vez, olvidó el celular en algún lado y tardó una vida en responder.

Era aún temprano. A través de la ventana vi detenerse frente a casa una camioneta del MSP. Bajó un hombre, dio unos golpecitos, atendí, saludó y preguntó por la señorita Nombre-y-Apellidos. Ella vive en el apartamento de arriba, respondí.

Reacción siguiente: ¡Aquí es! Llamadas telefónicas, motos, gente con radios y celulares, dos camionetas más y el tipo inicial: señora, tenemos que fumigar su casa y revisar todas los posibles criaderos de zancudos. La señorita Nombre-y-Apellidos ha regresado de sus vacaciones contagiada con el virus de la chikunguña. Es el primer caso en la provincia y debemos evitar una epidemia. Ahora, si nos permite…

Así entraron a casa veinte desconocidos, en tropel, escudriñando cada rincón, haciéndome fotos, fotografiando a mi hija sin decir por qué, para qué.

Empecé a llamar al compañero. Ya estaba lejos, no podía volver.

En medio del caos, recordé que la señorita Nombre-y-Apellidos y yo nos habíamos encontrado de visita a un bebé recién nacido, días atrás. Llamé a la madre y le expliqué la situación. Mira, no sé cuál es el tiempo de incubación del virus, pero te lo digo por si acaso se puede hacer algo de manera preventiva, qué sé yo, tienes un niño chiquito, supongo que un mínimo de atención servirá para algo, aunque esperemos que no pase nada. Un abrazo. Que todo esté bien.

Esperé en el patio, impotente, sentada con mi hija en brazos, mirando cómo pisoteaban todo. Los invasores daban por hecho que el agua de las tortugas tenía larvas (pese a haberles explicado que la cambié unas horas antes), insistían con las fotografías, cogían sin permiso plátanos de un racimo colgado junto a la lavandería, reían, fingían no oírme cuando les hablaba, husmeaban, fumigaban.

¿Qué hacer? Dejarles, por supuesto. A fin de cuentas, los funcionarios sólo estaban haciendo su trabajo. Yo era una mujer anónima con una niña pequeña en brazos, sin llaves.

Fuera de casa, con otras dos mujeres del edificio, expulsadas por la misma razón que Ana y yo, nos encontró conversando la vecina rubia de la esquina. ¿Quién es la funcionaria internacional con chikunguña? ¿Eres tú?, me señaló. No. ¿Qué es eso de alguien con chikunguña?, agregó otra. Tengo entendido que es una intervención de rutina. ¡No me vengan con cuentos! Yo soy Otro-Nombre-y-Apellidos, Título-Rimbombante, he trabajado en el Hospital y el director me ha informado que el motivo de la intervención es para prevenir la expansión del virus que una funcionaria internacional ha traído a la provincia.

Siguió hablando, pero no la escuché. Como caída del cielo, apareció la portadora de las llaves de seguridad. Ana y yo podíamos entrar y… cambiarnos de ropa para salir a comer afuera. El olor del insecticida estuvo presente hasta la noche.

Días después intenté hablar con personas de la organización donde trabajaba la funcionaria internacional. Era gente allegada a nosotros, sin amistad ni gran afecto, pero allegada. De cenar algunas veces y conversar un poco sobre la levedad del ser y el calor amazónico. Pensé, estúpida de mí, que eso tendría que haberme hecho merecedora de un aviso. Algo sencillo, humano, comunitario, de tipo: oye, mira, te pido discreción con esto, ha sucedido tal cosa, tenemos entendido que ya no está en etapa de contagio, pero dado que tienes una hija pequeña y vives a tres metros de la señorita Nombre-y-Apellidos, te lo decimos por si consideras necesario fumigar. Ah, y por cierto, te va a llegar el MSP con toda la parafernalia mediática, FYI.

Sin embargo, antes de que pudiera abrir la boca, recibí recriminaciones, acusaciones de escándalo y malas caras por haber “divulgado” la noticia. El más formal tuvo el detalle de darme el número telefónico de la jefa de operaciones del MSP, para que fuera a reclamarle a ella por la exagerada intervención

Encima de todo, debí sumarme al protocolo de protección de funcionarios internacionales, callar y quedar bien con el grupo. ¿La niña? Bien, gracias, ¿ves que no pasó nada?...

La madre que los parió.

Post data: siempre estaré agradecida con la familia ítalo-ecuatoriana de Lago Agrio, por habernos auxiliado y acompañado el resto de ese fin de semana. 

domingo, mayo 31, 2015

Hasta siempre, pequeñito.


Hace una semana, en nuestra maravillosa mini-granja de 40 metros cuadrados, ocurrió un crimen: el gallo Juvenil mató al pollo Totó. 

Totó fue la primera mascota de mi hija. Un bicho encantador, mimoso, juguetón y comelón. Precioso, Totó. Tuvo una muerte cruel, en soledad, abandonado en el gallinero por sus padres humanos, adoptados por impronta.

Ese sábado, salimos a pasar la mañana con un grupo de trabajo de mi compañero. Al volver, Juvenil había acribillado a picotazos al pollo pre-adolescente. Totó estaba arrinconado tras la planta de papa china, acurrucado, ensangrentado, inmóvil.

Me dolió. Y a él, supongo, le dolió muchísimo más.

Cuando llegó a casa, nadie le estaba esperando. Una buena señora, al ver a mi niña, decidió quitar un polluelo a su gallina, reciente madre, y apareció con la pequeña pelota amarilla en una caja. Estaba loco de angustia, buscó a su mamá por todo el jardín, gritando desesperado. Ana, en cambio, no podía dejar de reír, con esa risa profunda y maravillosa de los niños pequeños cuando están inmensamente contentos. Fue ella quien le llamó Totó.

Totó, arisco al principio, aceptó el calor humano para sobrevivir y, poco a poco, se convirtió en el molesto cachorro que reclama comida a un lado de la mesa, entre otras interrelaciones típicas entre personas y mascotas. Ana lo amaba. Yo también, por eso rabiaba en silencio cuando mi compañero hacía pesadas bromas sobre cómo nos lo comeríamos si resultaba ser gallo.

Por supuesto, era gallo. O podría haberlo sido, si no encontraba en su camino la agresividad de Juvenil, fruto de la ambición y la descarnada violencia de los seres humanos.

Juvenil llegó a casa junto a su hermana y su madre, unos días antes que Totó. Con ellos, iniciamos la aventura de criar aves de corral. La idea inicial era tener sólo gallinas, para abastecernos de huevos. Sin embargo, allí estaba Juvenil, claramente macho y, lo que era peor: diferente a su madre. 

La madre, Nonna Papera (Abuela Pata en italiano), es runa o campesina. Quisimos que fuera así desde el principio. Nos habían recomendado "ponedoras", pero no queríamos ningún animal demasiado manipulado. Las runas han pasado por un proceso de domesticación por cruce y crianza sin llegar al manejo genético. 

Mis conocimientos sobre gallinas son puros recuerdos de niñez. La tía Quiqui siempre crió pollos de patio en casa de la abuela, mis primas y yo le ayudábamos a alimentarlos, a sostenerlos para cortarles las plumas guías, a sacar los huevos de los nidos, a cuidar de los pollitos. Incluso, a veces, los desplumábamos tras algún sacrificio dominguero. 

Todos estos meses he lamentado no haber aprendido más de la tía Quiqui. Era una bruja maravillosa, estaba totalmente conectada a sus animales, les hablaba, les hacía felices. Sabía, al despertar, si los pollitos habían roto el cascarón, si la gallina viejita había muerto, si había algún conflicto social de esos que siempre suelen montarse en los gallineros. 

La tía Quiqui, por ejemplo, no se hubiera limitado a dejar a Juvenil y Totó en espacios diferentes, sabiendo que el gallo podía entrar donde estaban los demás pollos. Probablemente, tampoco hubiera postergado la matanza del gallo joven que empieza a cantar. Habría sabido que Totó tenía miedo.

Por un momento, pensé que todas las gallinas habían sido partícipes del asesinato. Tuve que respirar hondo antes de entrar al corral, para repasar los hechos (y, ya de paso, darles de comer). Los pequeños pollos de Nonna Papera piaban desesperados. Ella me miraba de reojo, evitaba confrontarme. Pero estaba limpia. 

Entonces fui a buscar a Juvenil y su hermana. Dos días antes había comprobado que, en efecto, no eran hijos biológicos de la gallina, sino que pertenecían a una especie de pollos que aquí llaman "finos". Era un gallo de pelea, sin ningún cruce con la runa.

Lo busqué. Estaba tras las yucas, en el cercado de las tortugas. Se puso nervioso ante mi cercanía. Tenía el pico, el cuello y las patas manchados de sangre. Fuiste tú. 

Estaba muy enojada, sobre todo conmigo misma. Cuando algunas personas supieron que Juvenil era un gallo de pelea, me ofrecieron dinero a cambio de él. Me negué. Aún no soy vegetariana, pero estoy en contra del maltrato a los animales. Para mí, las peleas son una brutalidad de la que no me interesa ser partícipe. Pregunté por Totó, dijeron que en tanto fuera un pollo, no había problema. 

...

Juvenil, voy a matarte. Tienes sangre en el pico, estás condenado a ser violento. Además, tarde o temprano iba a suceder. Lo siento, pero más siento lo que ha pasado aquí. Debí meterte en una jaula o poner a Totó a mejor recaudo. Debí quedarme en casa esta mañana, pues a última hora ya no quería salir. Lamento que seas así, que hayamos atrofiado a tu especie al punto de hacerte capaz de matar un polluelo. Perdóname.

...

Doña Nidia, sustituta en Lago Agrio de todas las mujeres campesinas y sabias de mi familia materna, vino al atardecer. Sin que Juvenil se diera mucha cuenta, entre ambas, hicimos lo pactado.

A la mañana siguiente, el gallo no cantó. Totó tampoco estaba alborotando el gallinero, en su afán de salir a desayunar con los humanos. Nonna Papera y sus polluelos rascaban el piso en busca de semillas y lombrices, como cada día. La gallina fina paseaba por el jardín. Aquí no ha pasado nada, pensé. Ana estaba en mis brazos, mirándome. Me vi obligada a sonreír.

Era domingo. Nos esperaba un viaje largo hasta La Bonita, para trabajar.

jueves, abril 16, 2015

Una cooperante en la luna de Antigua



Con el tiempo me he dado cuenta que, pese al esfuerzo, me es imposible liberarme de prejuicios o, en todo caso, de actitudes defensivas frente a determinadas posturas ya ni siquiera contrarias, sino diferentes.

Hago el ejercicio de respetar, al menos callando, y luego me obligo a reflexionar sobre la reacción que sostuve y aquello que preferí no decir. Muchas veces llego a dos conclusiones un tanto dolorosas: la primera, sigo siendo tan visceral como a los 20 años, por lo tanto, ésta ya no es una característica de juventud, sino pura y dura forma de ser. La segunda, a pesar de lo visceral, me cuesta mucho decir algo si adivino que podría generar una discusión interminable. Como consecuencia, la mayor parte del tiempo me quedo muda y ardida, hasta que toca explotar y ahí sí cae quien cae, aunque sea inocente (ejemplo: tú que estás leyendo este blog).

Triste, vergonzoso y cierto.

Le he dado vuelta a todo esto porque, hace dos meses, escuché a una joven –e inexperta- cooperante europea comentar a mi compañero una posible designación a Guatemala. Estaba interesada, sobre todo, en aquella leyenda urbana acerca de la violencia social generalizada y el alto riesgo que esto significa para las mujeres extranjeras.

Mi compañero, que tiende a no darle mayor importancia al asunto (es sarcasmo), empezó por relatar las normativas de seguridad que las organizaciones internacionales aplican a sus funcionarios, desde el respeto a horarios específicos, prohibiciones de uso de transporte público y zonificación de áreas habitables, hasta los más escalofriantes relatos del día a día en un barranco urbano. Así, sin pelos en la lengua ni sutilezas, apareció ante nosotros, nuevamente, la bestia de veinte familias poderosas, un ejército, cuchucientas maras y nosecuántas redes de narcotráfico, sometiendo a innumerables colectivos humanos.

Hasta ahora, lo admito, me es difícil comenzar una charla sobre Guatemala. Luego, por supuesto, me voy de largo. “Es un país complicado, pero entrañable”, suelo introducir. A continuación, agrego: “Allí hice amistades increíbles”. Mi compañero, por su parte, es más escéptico. Le cuesta recordar el cariño antes de la amenaza y la inseguridad. Siempre atribuí esta diferencia de interpretaciones a nuestra procedencia: él, italiano, provinciano de pueblo chico, clase media, ninguna necesidad básica insatisfecha, estado corrupto pero funcional, vida tranquila, en general. Yo, peruana, provinciana de pueblo chico, clase media baja, inserción laboral adolescente, constante amenaza de miseria, discriminación, explotación, agresiones sexuales, estado corrupto y poco funcional, vida relativamente tranquila, pero con alarmas, previsiones, alteraciones que, de tan constantes, se hacen normales. Otra cosa.

Sin embargo, nunca tuve que tomar tantas precauciones para salir a la calle como en Ciudad de Guatemala, lo admito. En parte, creo, porque antes de llegar allí viví tres años en España. Tenía las "defensas" bajas.

Pese a todo, aun plenamente concienciada del peligro, con precedentes de agresiones cercanas y un vecino de la oficina de seguridad de naciones unidas hablándole a mi conciencia, decidí, un buen día, mudarme a una zona de la ciudad más alejada de la organización internacional donde trabajé por dos años y, confundida entre la gente, a la espera del bus urbano, disfruté del anonimato y la felicidad de ser parte de un sistema ajeno, cosa que cualquier viajero agradece en algún momento de su vida.

En esas divagaciones estaba mientras daba teta a Ana (últimamente, parece que todo transcurre mientras doy teta a Ana), cuando  escuché a la joven e inexperta cooperante europea decir: “¡Ah, con todas esa reglas, prohibiciones y horarios, no sé si quiero vivir en un país como Guatemala! ¡No podría renunciar a mi libertad!”.

Me quedé fría. Le estábamos explicando, a grandes rasgos, cómo se mantiene andando un estado fallido, los contrapuntos sociales, el inmenso amor que sobrevive a las balas de la bestia, la injusticia, la muerte. Intentábamos hacerle ver la pertinencia de la norma para quienes no estaban preparados ante tal contexto, la evolución que, de manera natural, sucederá conforme avance su conocimiento del entorno; el riesgo real que, día a día, corren las personas para llevar a cabo acciones tan ordinarias como tomar el bus al trabajo y a ella sólo le importaba su libertad, es decir, la posibilidad de hacer lo que quiera, cuando quiera, como quiera.

He tenido una formación filosófica cristiana. Esta (frecuente) reducción de libertad a facultad plena de hacer lo que me pica, aquí y ahora, sin ápice de responsabilidad, me duele. Tiene que haber algo más.

No es mi intención culpabilizar a las víctimas, conozco bien el discurso. Estoy de acuerdo en que nadie, NADIE tiene derecho a agredir, dañar, matar para robar, violar o por quítame estas pajas, da igual. Nadie. También estoy de acuerdo en que ninguna mujer es responsable de las agresiones sexuales que pueda padecer, así vaya desnuda y borracha por la calle. Ese no es el punto.

El punto es, pequeña saltamontes, que hay siete millones y medio de guatemaltecas que viven en riesgo de ser violentadas. Pese a ello, trabajan, abordan buses, conducen carros, salen a tomar algo con sus amigas, pisan fuerte, aman su país a pesar de la violencia, la sumisión pos guerra civil (o conflicto armado), el miedo.

También debes tener en cuenta que hay muchas extranjeras viviendo en Guatemala. Ellas han aprendido a respetar las reglas de seguridad y también a romperlas cuando el sexto sentido, debidamente entrenado, les indica que no hay problema. Ellas salen de fiesta, se enamoran, van de paseo, conocen de cabo a rabo ese maravilloso país. Ellas han escogido quedarse allí.

En Guatemala, cada día mueren, son violadas o golpeadas muchas mujeres, guatemaltecas y extranjeras, sencillamente por ser mujeres. Por cierto, ninguna de ellas es tan estúpida para salir a caminar a las 11 de la noche, con afán reivindicativo. Sí lo harían de no tener más remedio.

No me hables de libertad para juerguear en Guatemala, pequeña saltamontes. Si vas (honestamente, espero que no), verás qué desmadre de juergas te vas a pegar. La gente a tu alrededor te protegerá, tú te quejarás de esa protección, creerás que todos exageran, hasta que suceda algo malo muy cerca de ti y entonces cogerás tu avión y regresarás a casa, convencida de ser una especie de héroe sobreviviente de la violencia centroamericana, cuando en verdad eres una niñata desubicada más, con ínfulas de salvadora de la humanidad.

Guatemala no necesita salvadoras que pasean borrachas a medianoche por Zona 1 para demostrar que las mujeres somos libres e independientes. Necesita respeto y empatía. Respeto, por la cantidad de heroicas mujeres guatemaltecas (heroicas de verdad) que han muerto por revelarse a la opresión, o aguantan injusticias para mantener a salvo a sus familias, o han sido violadas por hablar demasiado alto o plantarle cara al miedo. Empatía, porque tu libertad no vale más que la de esos siete millones y medio, pese a tu pasaporte.

Imagino, en cualquier caso, que esto se te va a pasar con el tiempo, la experiencia, la madurez. O cuando te salga un puesto como UNV y la deslumbrante posibilidad de hacer carrera en la ONU te convierta en la hedonista más obediente de la temporada (a veces sucede). En cualquier caso, y ahora sí bien dicho, siempre tendrás una ventaja significativa: libertad para elegir. Es tu prerrogativa. Siéntete un ser privilegiado. Y vete por ahí.  

lunes, abril 06, 2015

20 reivindicaciones de mi absoluto egoísmo


A tener en cuenta antes de pretender meterme en alguna discusión:
  1. Tengo una hija de un año y medio y acabo de empezar a trabajar fuera de casa, por tanto, casi siempre estoy cansada e irritable. Cuando estoy cansada e irritable, es mejor no insistir si pido por favor detener la discusión o dejarla para otro momento.
  2. Considero tener una amplia licencia para opinar sobre los países donde he vivido: España (4 años), Guatemala (2 años), Ecuador (van más de 2) y, por supuesto, Perú.
  3. No soy nacionalista, por lo tanto, puedo llegar a ser terriblemente crítica con mi país y mi cultura.
  4. Tampoco estoy demasiado alienada, por lo tanto, detesto pasarme la vida renegando de mi país y de mi cultura, a fin de adular insistentemente a otros países y culturas. Frases hechas del tipo “estamos años luz por detrás” me chirrían. Lo que es peor, me hacen imaginar un proceso reflexivo bastante escaso y conocimiento nulo de nuestra historia política. Sí, también me hago la esnobista.
  5. Creo firmemente que cualquier comportamiento humano derivado de usos, costumbres y creencias, podría siempre ser diferente, para mejor (traducido: nadie se autodestruye por romper tradiciones, en todo caso, le destruyen los demás).
  6. No odio a los creyentes, ni al clero católico en pleno, ni a los misioneros, ni a esos evangélicos pesados que cantan veinte horas seguidas con altavoz, aunque más de una vez sienta deseos de pasarme por ahí con un AKM.
  7. Me molesta que intenten evangelizarme. Enfurezco si, como condicionamiento para “convencerme”, se les ocurre “determinar” el futuro de mi hija.
  8. Hace mucho tiempo dejé de soñar con un mundo sin armas. Ahora me bastaría un mundo sin víctimas inocentes de la miseria humana.
  9. Los indígenas son seres humanos, es decir, perfectamente capaces de actuar mal. Entiendo que, al tratarse de grupos vulnerables, necesitan espacios especiales de expresión. Concuerdo en proteger sus territorios: si con ello se conservan culturas milenarias y un sinfín de recursos naturales, lo merecemos todos. Pero no espero de ellos sólo generosas maravillas espirituales. Son mis iguales, se equivocan, pueden ser crueles, tienen derecho a usar tecnología de última generación si se les da la gana (antropólog@s del mundo: la gente es como es, no como ustedes desearían que fuera).
  10. No amo los ejércitos, pero no me burlo ni critico a los soldados por el solo hecho de existir. Si algún cómodo cooperante internacional, con salario promedio-alto y todos los derechos sociales cubiertos por el Estado de su país, intenta desprestigiar, burlarse o denigrar a los soldados rasos de mi país, le voy a contar que, para empezar, estos chicos son, en su mayoría, hijos de esa gente pobre que la cooperación intenta ayudar. Listo.
  11. Si no has puesto nunca el pecho ante las balas o tu vida en peligro por defender y proteger a personas vulnerables, nunca digas en mi presencia “los curas son todos unos hijos de puta”. Conozco sacerdotes y monjas en diferentes países de América Latina que sí lo han hecho y, por éste y otros cien mil motivos, créeme, están veinte niveles espirituales budistas por encima de ti.
  12. Soy feminista. Si quieres hablar de feminismo conmigo, infórmate antes un poco. Frases como “las feministas odian a los hombres”, “las feministas quieren ser mejores que los hombres” o la asociación “feminismo – machismo” como antónimos, me van a hacer pensar que ignoras el tema. En otras circunstancias, me sentaría a conversar contigo y te explicaría algunas cosas, pero recuerda: tengo una hija de un año y medio y acabo de empezar a trabajar fuera de casa, por tanto, casi siempre estoy cansada e irritable. Anda, lee algunos artículos al respecto, no seas malit@.
  13. Tu paranoia conspiratoria post Guerra Fría me importa un carajo. Es decir, te puedo escuchar y tal vez me deje convencer por alguno de tus mejores argumentos. Pero, de entrada, es bueno que lo sepas: me importa un carajo.
  14. El Mercado no es intocable ni infalible.
  15. Soy fan de las vacunas, creo en la utilidad preventiva de cada una de ellas. Si no te gustan las vacunas, bien, es tu asunto. No me interesan tus argumentos (soy así de prepotente, antidemocrática y malaonda). Tampoco trataré de convencerte, sólo respetaré tu decisión y, en silencio, desearé que tus hijos salgan bien librados de todo este rollo ideológico o que te caiga un inspector del ministerio de salud.
  16. China (República Popular), en la práctica, hace mucho dejó de ser un Estado Comunista y desdeña los derechos humanos, aún siendo miembro del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (ironías de la diplomacia). Rusia, actualmente, no es Comunista en absoluto (¿nunca oíste hablar de la Perestroika?). Y, por más molestias que le siga causando a los “yanquees”, es uno de los Estados más corruptos del mundo y con uno de los mayores índices de asesinatos de mujeres por motivos de género. Que el afán de independencia y soberanía “anti-imperialista” de algunas naciones sudamericanas haya empujado a sus gobernantes a tener a China y Rusia de grandes aliados me resulta absolutamente preocupante. Hello! ¡Ya no estamos en los 70, dejen de vendernos el tema como la gran alternativa socialista y democrática del milenio, no somos idiotas! (digo yo).
  17. Me parece irresponsable celebrar, sin más, la presencia de soldados estadounidenses como apoyo para combatir el terrorismo en Perú. ¿Nunca has oído hablar de las bases militares en Colombia y todo lo que esto trajo consigo? No, por lo visto no.
  18. Candy (de Candy Candy) no es una prostituta por haber tenido 2 (DOS) novios y varios admiradores a lo largo de 6 años. Tampoco lo sería de haber tenido veinte. ¡No se te ocurra denigrar a Candy en mi presencia!
  19. Ser bueno no es ser tonto. Nunca se es demasiado bueno. Ser demasiado bueno no es un error. Si alguien abusa de una persona buena, quien tiene un serio problema es el abusador.
  20. Si es políticamente correcto hacer fiesta entre gente que, dos horas antes y en el ámbito laboral, estuvo a punto de arrancarse los ojos (y, luego de la fiesta, seguirá intentándolo), no me importa. Yo no estoy obligada a aguantar dobles discursos o máscaras en mis ratos libres, mucho menos en mi casa. Se entiende, ¿verdad?
Muy agradecida por su atención, quedo de ustedes (mentira, quedo de mí y de mi nena).

Angela