jueves, septiembre 29, 2011

In memoriam



La semana pasada conocí a Keneth, un niño asesinado en 2009, en Jalapa, Guatemala. Tenía 4 años. Dicen sus padres que las secuestradoras querían venderlo a una red de tráfico infantil para adopciones ilegales, uno de tantos negocios negros que proveen recursos y vergüenza a este país. Eran vecinas, por eso el pequeño se acercó a ellas ese triste día de diciembre y nunca más apareció.

Según la investigación judicial, las mujeres entraron en pánico cuando el barrio entero se puso en marcha para buscarlo, luego de que la denuncia fuera rechazada por la policía (ante la ausencia de una legislación ad hoc, se actuaba según el patrón de las desapariciones de adultos y la búsqueda empezaba después de 48 horas sin noticias). Ellas temieron ser linchadas y decidieron proteger sus vidas “ocultado las pruebas”. Golpearon a Keneth con una barreta de hierro hasta matarlo y lo enterraron en el jardín de la casa que habitaban (o en la cocina, según el croquis de la fiscalía, ya qué más da).

Los padres de Keneth han repetido demasiadas veces la historia y demasiadas veces se les ha quebrado la voz. Él calla, ella llora en silencio. La condena a 50 años de prisión les ha brindado cierta tranquilidad, pero nadie devolverá al niño. Afortunadamente, la hija menor de la pareja, de 2 años, les mantiene entretenidos. Eso y las próximas alteraciones hormonales del hijo mayor, casi adolescente, quien crece a la sombra de su hermanito y necesita mucha atención y, sobretodo, amor.

Pero la vida de la familia no se reduce ahora a protegerse y cuidarse, pese a que en Jalapa todo se sabe y han recibido fuertes amenazas por parte de simpatizantes de las asesinas (puedo llamarlas así habiéndose demostrado su culpa). Ella atiende un comercio casero y, junto a él, forma parte activa de un proceso que ha movilizado a otras madres y otros padres que, como ellos, han perdido algún hijo o hija en condiciones similares. Quizás, en unos años, Guatemala cuente con un sistema de alerta efectivo en todo el país, que active la búsqueda inmediata de niños y niñas secuestrados para diversos fines (tráfico de órganos, adopciones ilegales, prostitución y esclavitud). Mientras tanto, esto sigue siendo una suma de esfuerzos individuales, aunque institucionalizados por el Estado y apoyados por organizaciones locales e internacionales.

La solución sistémica es aún tan lejana que ni siquiera se percibe, y no quiero elucubrar sobre injusticia social, empobrecimiento, oferta y demanda.

Sí me gustaría contar que conocí a Keneth, un niño asesinado en 2009, en Jalapa, viendo a su padre caminar hacia el salón de clases de una escuelita para dar un taller y enseñar a maestras y madres (no habían más hombres en esa ocasión) cómo evitar que les suceda a sus hijos e hijas. Observándole observar algún pequeño de la misma edad, con el pecho contraído y una sonrisa triste. Conocí a Keneth en el álbum de fotos familiares, con las respectivas aclaraciones de su hermano mayor (su pelo le crecía así, le gustaba jugar con ese camión, se reía muchísimo en el agua). Le conocí jugando a desordenar juguetes –y la casa entera- con su hermana menor (tenía 3 meses cuando ocurrió aquello y es tan inquieta como él) y contándole a su mamá qué son las polladas bailables, a las que sí he ido (Laura Bozzo es demasiado internacional).

Conocí a Keneth, a su familia. Y ha sido hermoso. Un ramalazo de vida. Una bendición.

martes, septiembre 06, 2011

¿El valor de una vida?

No fue hasta que estuve dentro, con mi mochila acomodada en el asiento desocupado detrás del piloto, que vi al otro policía al final del bus. El de adelante es más usual y suele notarse desde afuera. Comprendí la demora. Corrijo, no comprendí, sino corroboré los motivos que venía pensando tras veinte minutos de espera: las líneas 1 y 2 han sido víctimas de extorsión y amenazas, otra vez.

Pese al panorama, continué lamentando haber olvidado en casa el sueño del celta y me mantuve en la estratégica situación de posible daño colateral durante el cuarto de hora que duró el trayecto, confiada en que ningún sicario sería suficientemente necio para perpetrar crimen alguno en plena avenida principal, atestada de tráfico, militares y guardia civil.

¡Una vida por 200 quetzales!, he oído y leído innumerables veces. Reflexionaba entorno a la gran falacia romántica que algún iluminado (o iluminada, pues también las hay) dejó escapar, probablemente en pleno dolor por pérdida cercana, y que el mundo entero se ha encargado de reproducir sin respeto a los derechos de autor, como un inmejorable grito indignado. Una vida por 200 quetzales…

¿Pero acaso es posible monetizar el valor de una vida? El sólo intento me resulta inmoral. 200 quetzales. ¿Daría menos rabia si el sicario cobrara más? Unos cinco mil dólares, por ejemplo, así ya podríamos decir que la motivación fue mayor y quizás hasta usaríamos el monto como atenuante en el juicio, si hubiera juicio. Cinco mil dólares son cinco mil dólares. El hombre sin nombre no cobraba menos por cazar bandidos y ahí lo tienes, un héroe clásico de todos los tiempos, mientras acá nos las vemos con pandilleros de poca monta (y corta edad), que sólo cobran 200 quetzales por despacharse inocentes.

Una vida no vale 200 quetzales. Ni cinco mil dólares. Ninguna vida tiene valor monetario, pese a las aseguradoras, los fondos de jubilación y las consignas de los políticos para ganar votos en estas elecciones. Y los sicarios, estos sicarios en particular, no cobran 200 quetzales por vida, sino por trabajo hecho. Es diferente. A muchos de ellos no les importa de quién es padre el piloto, ni el miserable salario del policía cada fin de mes. Les interesa el dinero, pues claramente tienen necesidad de él. Y de “ascender” socialmente dentro del grupo marginal al que pertenecen, en ausencia de estructuras “decentes”. A falta de Estado.

No defiendo a los asesinos, a ninguno, ni siquiera a los genocidas que ahora aspiran a puestos de alto mando a nivel internacional. Sólo me pregunto: ¿Por qué en este país, y en el mío, hay tantos chicos y chicas de doce, trece o catorce años, dispuestos a matar y dejarse matar por 200 quetzales?

viernes, junio 17, 2011

Taxi viejito

NOTA: esta es una experiencia sui géneris, no intento inducir a nadie a cambiar sus hábitos y precauciones. Yo soy yo y mis circunstancias. Que quede claro.

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La gente siempre quiere subirse a los carros bonitos, desprecian los destartalados como quien huye de un pasado turbio, aún cuando lo han detenido segundos antes y el conductor ya está preguntando a dónde van. “No, no”, balbucean, haciendo un gesto estúpido con la mano. ¿Tanto cuesta agacharse un poco, mirar al chofer, decirle: “Lo siento, lo paré por error, muchas gracias y perdón por las molestias”. No, lo dejo sin explicación y me voy a buscar un carro más chévere, como si eso me asegurase que nadie me va a violar o robar allí. Vaya criterio...

Era mayo, por la noche. Me encontraba en plena Avenida Faucett, frente al Jorge Chávez, con los rezagados de Armonía 10, intentando buscar un taxi que me llevara a Surco por veinte soles. No desvariaba, existen. Fue buena la espera, pude dar a mi hermano todos los besos y apretujones que se me antojaron entre cada “no” rotundo o arranco sin dar respuesta, porque así de chulo creo que soy. Quizás un poquito de buena educación me habría animado a pagar más.

Se hacía tarde y al día siguiente tocaba viaje interamericano (gracioso asunto, bien podría haberme quedado allí de haber llevado las maletas). Empezaba a inquietarme. Pensé que tendría que aflojar un poco la cartera y ofrecer algo más, pero me daba rabia haber llegado hasta San Martín (y luego al Callao), desde Surco, en transporte público, y tirarme 400% más de taxi para la vuelta. Todas las combis “fuera de servicio”, por supuesto.

¿Qué hacer ante tal tesitura? Fingir que todo está bien frente al respetable, intentar que la espera no resulte aburrida y de pronto ver que se detiene un taxi blanco bastante feo y pequeño, y el hombre de dentro pregunta con los ojos negros muy abiertos y un gesto sereno: ¿A dónde va, señorita? ¡A Surco! ¿Cuánto para Surco? Quince soles, me dice. Y yo corro a despedirme de mis compañeros de faena, dar muchos más besos a mi hermano y acomodarme en el asiento del copiloto, colocarme el cinturón y hacer “chau” con la mano, toda sonriente y sin pizca de reina, pero satisfecha

Se hace llamar Juanito. Juanito Mil Oficios. Es tacneño, divorciado, tiene dos hijas casi de mi edad y trabaja porque así hace frente a las emergencias económicas que siempre ocurren. Se cuida mucho de quién sube a su carro, habla con amabilidad e interés, no da consejos sin que se los pidan y cuenta su vida de manera divertida. Por entonces, se mostraba algo escéptico al panorama electoral, todo lo escéptico que puede ser un estoico de solemnidad. Pero prefería el respeto a La Memoria, sin más. Por lo general, quienes se dedican a vivir, poco tiempo tienen para filosofar.

Me llevó durante 25 minutos y por larguísimas carreteras a mi destino. Me dejó en la puerta de casa, me dio su teléfono para cualquier otra carrera (no fui capaz de decirle que estaba a punto de salir del país) y una dirección de correo electrónico, por si surge una eventualidad. Creyente y educado, como buen cincuentón criado a la antigua y con cierta formación militar, me dio un apretón de manos que se convirtió en abrazo honesto y muchas bendiciones.

Creo que en verdad soy una buena copiloto.

No se hizo de rogar cuando le dije que se quedara con el vuelto de veinte, dada la distancia. Agradezco a la vida el poder permitirme estos gestos. Llegué con bien. Fue un domingo genial.

martes, marzo 08, 2011

Da igual cómo, siempre deben mantenerse bonitas y "limpias"



Un gran número de hombres (demasiado alto) tiende a pensar y sentir que el sacrificado sufrimiento de las mujeres es muy romántico. Desde la abnegación maternal (elevada a niveles angélicos) hasta la "dulce" locura que ayuda a evadir el recuerdo del amante ausente, historia, música y literatura están plagadas de mujeres-víctimas cuya salvación y dignificación no es otra que ser las privilegiadas donantes de ese inmenso amor doloroso y cansino, sádico generador de dignidad.

La heroica prostituta ha de ser reconocida como tal (como heroica pese a puta) por el valiente (aquí: caballero andante, vaquero, antropólogo blanco, marine, escritor, etc.). Entre putas, no hay lugar para la admiración. O tal vez sí, en historias escritas por hombres "bohemios" y mujeres menospreciadas por ser "feministas", como si ser feminista fuese un virus que reduce la capacidad intelectual, en lugar de brindar una perspectiva diferente para mirar la vida.

Cualquier ideología o persona que cuestiona el sistema establecido será subversiva. Lo fue Jesús de Nazaret. Occidente se ha hecho cargo de encumbrar a unos y sepultar a otros y ha ponderado las corrientes filosóficas más convenientes, según la época. Esto se sabe. ¿Existen, entonces, verdades incuestionables?

Como agnóstica ilustrada, respeto la fe de los demás, pero me estoy volviendo irritable en una sociedad anestesiada e invadida de superstición, llena de creyentes decentes que van por la vida mirando hacia el otro lado y pecando de omisión.

Tiendo a teorizar sobre comportamientos sociales, pero trato de jugar con generalidades y probabilidades y, con mucho esfuerzo, evitar prejuicios. Sin embargo, muchas veces no me libro de ser juzgada. Prerrogativa de cada quién, qué se le va a hacer.

Pocos días atrás, un hombre decente decidió despreciar mi amistad y cariño al enterarse que hace algún tiempo, en España, en mi condición de mujer inmigrante latinoamericana y pobre (aunque no en la miseria), me planteé la posibilidad de aceptar las atenciones de un joven a cambio de asegurar un negocio favorable a la mujer que me pagaba el salario. ¡Eso es prostitución!, expresó indignado. ¡Y no, tú no, tú no!...

¿Yo no? ¿Por qué no? ¿Qué me hace diferente y menos vulnerable que cualquier otra mujer en mi situación? Desesperada, confusa, incapaz de percibir mis propias capacidades porque alguien -otra mujer- se había hecho cargo de reducirlas al mínimo, lo justo para tener una servidora fiel. Sin recursos.

El hombre decente no me dejó terminar la historia, se despidió diciendo "fue un placer" y manifestó un simpático deseo: "espero que la próxima vez que lo hagas con alguien, sea porque quieres".

Catalogada y descartada sin posibilidad de réplica, me guardé cualquier explicación extra. Borré, apagué y me fui.

El final era éste: no tuve necesidad de hacer nada por interés, pues soy una chica afortunada y tengo buenos amigos. El joven del favor nunca otorgado es ahora uno de ellos. Los límites de la moral tradicional varían cuando prima la necesidad de supervivencia y haberme encontrado cerca de la frontera me ha permitido ser capaz de no juzgar. O por lo menos, dejarme de tarea constante intentar no hacerlo.

Y procurar ser feliz...

jueves, marzo 03, 2011

Lo que no debería cambiar



Temo haber perdido el sentido de la diversión. Estuve en una clase de Karate hace algunos días, el Karate es una disciplina (un arte) que llamó mi atención desde siempre. De 5 a 8 años la practiqué con ahínco, mis padres me metieron a la academia porque los ejercicios podían ayudarme con la rehabilitación. Volví a intentarlo a los 14, pero ya era una adolescente gorda y llena de complejos. Lo dejé irremediablemente.

Estuve en una clase de Karate hace algunos días, una clase de prueba, para mirar qué tal. El gimnasio queda por aquí cerca, en un edificio grande y elegante. Demasiado caro. Pero también demasiado divertido para ser Karate. Quizás estoy juzgando con atrevida ignorancia una moderna metodología probada, comprobada y bien valorada. Pero era divertida y acelerada, según los parámetros del siglo XXI, y el único que pegaba gritos era el sensei (con musculatura de pesas y mancuernas). A nosotras nos recomendó echar el aire con fuerza al tirar cada patada. Eché de menos el kiai.

A pocos sufrimientos físicos me he sometido los últimos diez años. Ha habido regímenes alimenticios estrictos y prolongados, complementados con otras prácticas nada saludables que me han dejado como recuerdo una deliciosa gastritis crónica. Eso, entre los 19 y 21 años. A los 22 años cambié la estupidez del peso por otra peor: el enamoramiento. Pero esa es otra historia. A los 23 fui por primera vez a la sierra y empecé a viajar por Perú. Conocí las montañas. Descubrí que tenía excelente forma física para el senderismo y desde entonces hasta los 27, fui una caminante respetada en mis círculos más cercanos.

Abocada a esta actividad “deportiva” (que yo siempre consideré de espiritual contemplación), perdí las uñas de los pies en repetidas ocasiones, padecí ampollas, picaduras de insectos antediluvianos, quemaduras de segundo grado, moretones y lesiones varias. La peor, en las rodillas, que aún se hace sentir, sobre todo cuando hay frío. Pero era feliz. De hecho, con ninguna otra actividad física me he sentido tan inmensamente feliz, aunque se tratase, muchas veces, de un sencillo medio de locomoción entre dos caseríos distantes, uno a cada lado del valle, a más de dos mil metros sobre el nivel del mar.

Me gustaba caminar, además, porque eso me permitía compartir por algunas horas el día a día de personas aisladas. Comprendía sus pies enormes y feos, sus uñas gruesas, su musculatura desarrollada a base de pico y pala, atados de leña, durezas de vida, de las de verdad.

Creo que tiendo a hacerme demasiadas preguntas. Ahora mismo soy la chica más fea. En Bilbao, nadie notaba que era fea. En Perú, creo que tampoco. Aquí lo soy, y bastante. Pero sólo en determinados momentos, con algunas personas. Cuando estoy cenando con mis compañeras de piso, por ejemplo, no me siento fea. En la oficina, tampoco. No soy fea en el Carmelo, ni en el Buen Pastor. No fui fea en Santa Cruz de Chinautla, aunque todo el tiempo me rodearon niñas aún más bonitas (que pensaban que la bonita era yo, pobrecillas). Pero soy fea en la calle, en este barrio, en el área de alrededor. Y soy fea, entre otras cosas, porque digo cosas idiotas de las que nadie quiere hablar y no tengo suficiente dinero -pese a la beca- para vestirme con mejor ropa (y disimular que no soy flaca).

El otro día le dije al espejo que no es ésta una buena edad para dejarse avasallar por ciertas actitudes discriminatorias (todas inconscientes, claro). Quizás soy la única en el ámbito que no habla fluidamente el inglés (eso me hace más fea todavía), pero al menos sé que aún queda mucho…

Pasado mañana es el cumpleaños del hijo de Olga. No recuerdo cómo se llama el niño. Debo comprarle un juguete (NO OLVIDAR).

jueves, febrero 17, 2011

eres tan bonita como esa ciudad española

Han empezado a gustarme los hombres con quienes me siento cómoda, da igual si tienen panza o son bajitos. ¿Será verdad que me hago mayor?

He pasado los últimos días escuchando a Dire Straits porque así puedo ver a mi padre junto a su tocadiscos portátil azul y a mi madre en la mesa del comedor, preparando un examen en esténcil. Soy la niña más feliz del mundo.

Aquí tengo un colega con quien puedo bailar en los pasillos del centro comercial, dos compañeras de mercado y un cura rojo -en Centroamérica- que recibe con humildad mis indicaciones técnicas en proyectos y vainas de esas.

A ver si todo esto sale bien.


martes, febrero 08, 2011

Todo y nada



Han pasado muchas cosas. Muchas, y no puedo escribir acerca de ninguna. Demasiadas personas, demasiados nombres, pocos años. Pocos años, pequeño porcentaje de la vida vivida, punzadas en el pecho, fastidio por un presente que sólo satisface por compartimentos. Deseo de plenitud.

Esta mañana, cuando el médico me informó que tengo el tabique desviado (probablemente hereditario), recordé que la producción de clorhidrato de cocaína es uno de los negocios más sangrientos e injustos del mundo. Por lo menos en Cusco, Puno y Madre de Dios mantiene activa la trata de personas, sobre todo niñas y niños (son pequeñitos, pueden meterse a los fosos de hojas de coca, cal y queroseno, y pisar, pisar, pisar).

A veces echo de menos la primera habitación independiente que tuve en Piura. Allí vivió Indira durante muchos años, fue su centro de operaciones y nido de amor (cómo cambian las cosas). Añoro llegar a esa ratonera con un baño aún más pequeño y sin puerta. Me pregunto por qué la extraño tanto, si era tan fea. Por entonces solía salir mucho con Yuri, un buen amigo. Era grato ser consciente del valor de las persona que me rodeaban, tener un buen trabajo y perspectivas más o menos claras de a dónde quería llegar.

También extraño a Carla, con y sin Metal, con y sin perros, con y sin cerveza, con y sin, pero siempre ella y todo lo que significaba ella: Tefo, Fernando y sus amores, toda aquella apariencia disfuncional que nos hacía tan extremadamente libres y tan realistas en nuestra ensoñación.

Dicen que para el viajero, volver a casa implica “ver que no ha pasado el tiempo”. Mentira. El tiempo pasa. Mis hermanos son mayores, muchas de mis amigas han dejado Piura, otras ya son madres, mis amigos están comprometidos o se han casado. Una sobrina nació en mi ausencia, otra viene en camino.

Me encontré escuchando una canción vieja y suspirando por un chico que venía confundido entre las notas. Uno de los que nunca me hicieron caso, claro. Creo que mis recuerdos “amatorios” más bonitos son de mi periodo platónico, que duró casi una década, porque el afecto que viene a mí en torno a ellos es totalmente mío y era un afecto confiado, dulce, naïf. Creo que, en general, disfruto de las canciones que, en mi ahora y a lo largo de esta corta historia, nadie me ha podido quitar (pienso en Ángel y esas interminables noches hablando de nada).

Debe ser la laringitis, esta mañana de médicos, las pastillas, la inyección. Debe ser que siento la carencia de una persona que pueda llamar al trabajo para avisar que no voy, si estoy demasiado débil para hacerme cargo del protocolo (suele ser alguien de la familia, una amiga cercana, el compañero o la mamá). Debe ser que hace mucho no me sentía tan sola... Debe ser que nunca hago caso cuando me mandan a descansar.

jueves, enero 06, 2011

Momento muerto


Tengo ganas de un martini azul, un martini azul en el Txo. Un martini azul en el Txo, con Zigor. Afuera, frío gélido. Dentro, intentar el rincón más alejado, donde el humo llegue menos.

(Ya es 2011, habrá entrado en vigor la prohibición de tabaco en cualquier lugar público. Será como con los toros, habrá “defensa de la tradición”).

Quiero un martini azul y quiero a Zigor y quiero estar en el Txo. Pero también me gustaría compartir una cena sencilla en casa, con mamá, hermanos, abuela, etcétera. Hacer planes de trabajo allá. Entiendo, sin embargo, que aún no es momento de tomar decisiones postergadas (por tanto, sigamos postergando).

También me gustaría pasar la noche entera bajando video clips con Tefo, mientras Carla nos manda al carajo y pide que la dejemos dormir. Despertar en colchones desperdigados e ir hasta la cocina por un café, evitando pisar gatos (gatitos pequeñitos). Que se nos atraviese el pitbull, amoroso a su modo perruno, y quita, qué asco, puf, buen chico.

Se me ocurre, además, que podría estar en el piso madrileño de Ernesto, despachándonos una botella de vino. O tomando unas cañas con Jorge, jugando con Andrea, cenando con Tania, atacando la nevera de Silvia y Alberto, cotorreando con Sophia.

Pero estoy en Guate, en la mesita del comedor de mi nuevo “sitio”, robando Internet a las oficinas de al lado. La sueca mira una película en su habitación. Tengo frente a mí un póster de los canales de Venecia, recuerdo transoceánico de otra de mis compañeras de piso. Mañana debo madrugar para ir a trabajar. Ya tengo pendientes y ese agradable estrés rutinario. Mujer atareada y pluriempleada, en esencia seguimos igual.

No hay martini, sino ron. Lo demás tendrá que esperar.