sábado, agosto 10, 2013

Mitología moderna y embarazo - Mito ya superado Nº1

Digamos que aún queda tiempo para cantar victoria, vamos por el séptimo mes (semana cronológica 34, semana 35 según ecografía). Sin embargo, esta mañana desperté pensando en la cantidad de “amorosas advertencias” (más bien amenazas) recibidas a lo largo de mi embarazo, desde el primer instante en que la noticia del embrión trascendió a la pareja.

He optado por categorizar los mitos en ya superados y por superar, e irlos publicando uno a uno. Así, por lo menos, me distraigo y olvido los achaques maternales del tercer trimestre.


Mito ya superado Nº1: los antibióticos.

No se debe tomar ningún tipo de medicamento durante el embarazo, mucho menos antibióticos, da igual si tienes alguna infección.

Estos mensajes fueron enviados desde el occidente europeo, donde, evidentemente, no hay exposición a enfermedades tropicales, el agua del grifo está perfectamente potabilizada y no contiene metales pesados (además de los parásitos habituales).

Resulta insoportable escuchar recitar todos los riesgos a los que estás exponiendo a tu bebé por tomar antibióticos bajo prescripción médica y habiendo averiguado en diferentes fuentes sus efectos durante el embarazo, para aliviar una molesta infección a las vías urinarias. Las recomendaciones de tipo: “basta con beber mucha agua” o “debes follar menos” llegaron en tropel, al punto que empecé a valorar la posibilidad de cerrar mi cuenta en Facebook y todos mis correos electrónicos.

Descubrí un nuevo tipo de desolación, mezclada con impotencia. Todos los dedos índices señaladores pertenecían a personas queridas.

Además, por entonces apenas llevaba 1 mes viviendo en Lago Agrio, toda lógica (experiencia de viajera) indicaba que me encontraba padeciendo una de mis infecciones de bienvenida habituales a cada proceso de adaptación (bronquitis, gastroenteritis y cistitis). ¿Coincidió con el embarazo? Bueno pues, a echarle ovarios. La posibilidad de “desembarazarme” hasta superar la etapa de las enfermedades no era opción.

Entonces, obedecí a una ginecóloga bien recomendada y corroboré sus consejos con los de mi cuñada, la doula de la familia: tomar antibióticos no es lo mejor, pero peor aún sería dejar cultivar más bacterias y que éstas lleguen a los riñones. Por amor a tu bebé, y a ti misma, cúrate ya. 

Afortunadamente, tardé algún tiempo en padecer otro problema de salud, una nueva cistitis hace un par de semanas. La vejiga tiene límites y el peso que la aplasta es cada vez mayor. Salvo eso y un par de gripes devastadoras, he podido llevar una vida bastante normal, con alimentación balanceada, controles bimestrales, viajes eventuales y un aceptable nivel de tranquilidad (si obviamos todo el mes de junio en la oficina).

Aprendizaje Nº1: antes de compartir cualquier noticia de preñez, es mejor conseguir un/a médico de confianza, una buena partera y, en lo posible, avisar a uno o dos amigos especialistas capaces de dar segundas opiniones con claridad y sin alarmar a la madre en potencia.

Aprendizaje Nº2: por más experiencia que se tenga, es necesario cuidar la forma de hablar y dar consejos a las mujeres encintas, sobre todo durante su primer trimestre, pues en esta etapa hay un alto riesgo de pérdida del embrión, las hormonas han empezado a alborotarse y el estado de ánimo de las mujeres no es el más óptimo para “tomarse con madurez y de la mejor forma” las intromisiones externas (máxime si éstas son invasivas). 

NOTA para listillos/as: en esta región no hay arándano. 

domingo, agosto 04, 2013

Los niños, las niñas y yo


He de confesarlo: no me gustan los niños. Suelo llevarme bien con ellos (dicen que tengo “ángel”), pero una cosa es ser capaz de establecer relaciones saludables y otra bien diferente que me gusten porque sí, porque son niños y eso debería ser suficiente motivo para gustar de ellos. No, no, y no, aunque me llamen amargada a todo nivel.

Desde que cumplí 18, sólo he estado totalmente cómoda con cuatro niños: Salma, Andrea, Iñaki y Lucas.

Andrea, 3 años, hija de un amigo vasco. Nos queríamos mucho, pero no porque ella era niña y yo, una adulta soltera que podía prestarle atención. Con los niños pasa como con cualquier ser humano: al principio hay distante observación. Luego, si sucede el “gancho”, empieza a nacer el cariño. Y cuando quieres a alguien, le quieres con niñerías incluidas. Y es recíproco.

A Andrea yo no le tomaba el pelo y ella no hacía berrinches mientras estaba conmigo. Podía hablarle sin mimarla y ella, llamarme para jugar, sin cansarme. Nunca tuve intención de hacerla comportarse “como adulta”, sencillamente exigí un razonable respeto de espacios que ella asumió sin dejar de ser niña. Quizás por eso éramos capaces de estar juntas durante mucho tiempo, haciendo trastadas, corriendo y muriendo de risa.

Salma, de 2 años, fue mi compañera de piso por varios meses en Guatemala (larga historia). En tales circunstancias, no es difícil conocer y querer.

Me contrataron para cuidar a Iñaki durante la temporada del Máster en Bilbao. Era un bebé. Bicho despierto y llamativo. Gran compañero de paseos.

Lucas, el hijo de mi amiga Indira, sencillamente genial. 

Entonces, me gustan Salma, Andrea, Iñaki y Lucas, en sus respectivas singularidades. Pero no todas las niñas y niños del mundo.

En general, niñas y niños son sujetos de derecho, merecen mucha protección y comprensión, nadie debería hacerles daño, condicionar su conducta a golpes, insultarles, forzarles a trabajar en actividades riesgosas, privarles de garantías básicas, violarles, secuestrarles, asesinarles. Frente a tales circunstancias, soy una defensora incansable.

Pasando a ámbitos más personales, se me encienden las alarmas cuando veo una adolescente cuidando de un hermano o hermana mucho menor. Esos típicos casos del embarazo inesperado de la madre, 12 o 13 años después de su último parto, que convierten a las hermanas mayores en empleadas a tiempo casi completo, al servicio del “nuevo gran motivo de felicidad”. Y una mierda.


Cuidar de un bebé es duro. Más duro aún si eres chica, tienes 13 años y te ha caído la responsabilidad de ayudar a criar al esperado varón. Probablemente, padre y abuela paterna se pondrán en tu contra y te regañarán de manera violenta por todas las travesuras del pequeño, tu madre estará irritada y cansada, se hará de la vista gorda y aprovechará tu mano de obra sin dudarlo mucho, otros miembros de tu familia se comportarán cual consentidores babosos, luego que a ti te metían bronca hasta por caminar con los pies torcidos. Y deberás comprenderlos: todos han envejecido desde tu nacimiento. 

Esto suele suceder, con mayores o menores malos tratos a las niñeras de turno. Cuando he podido preguntar a algunas madres sobre la situación, me han respondido, muy sueltas de huesos: “Le toca, pues, para eso es la hermana mayor”. ¿Le toca? Perdone, señora, pero la criatura es suya, usted tuvo el orgasmo (si lo tuvo), usted la parió y si a alguien “le toca” es a su digna persona y a su digno cónyuge, no a la pobre muchacha que seguramente no puede ni estudiar bien ni tontear con sus amigas, por atender al reyezuelo.

Comprendo que las familias se organizan internamente como mejor pueden, pero asumir el apoyo de cada miembro como una obligación, sujeta a correcciones prepotentes, es un riesgo que siempre, siempre se corre en estructuras desiguales. La mayoría de núcleos familiares son estructuras desiguales.

Pero en fin, no me gustan los niños. Ni los “bien educados”, que comen los chizitos a pequeños mordiscos (créanme, para algunas madres esa es la gran cosa) ni los “mal educados”, que lanzan manotazos a sus pobres progenitoras al primer deseo no satisfecho. Soy perfectamente capaz de llevarme bien con un modelo o con el otro, una vez superadas las presentaciones iniciales, siempre y cuando el cachorro humano entienda que no me voy a tirar al suelo a jugar sólo porque se le da la gana y que al primer manotazo se queda allí, sin perro que le ladre. A mí no me vale esa estupidez de “es chiquito, no sabe”. Si un niño golpea, conoce muy bien el poder de los golpes. Probablemente, ve golpes a su alrededor, tal vez los padece. Adultos del entorno: déjense de cojudeces y busquen ayuda psicológica cuanto antes.

No me gustan los niños, por tanto, no les hago el más mínimo caso cuando lloran por capricho. ¿Cómo sé que es por capricho? Un ejemplo: están dibujando juntos y de pronto tú pintas uno de los pétalos de tu flor de un color, él/ella te dice que lo quería de otro, tira todo y empieza a llorar. Eso es capricho. Si se porta así “porque está cansado/a” (excusa típica), que lo aguanten sus padres o abuelos, principales responsables de su poca tolerancia al fracaso. Yo, a lo mío, sin cargo de conciencia.

Como no me gustan, me irrita cuando les obligan a darme besos o abrazos. Pequeño o pequeña: si no quieres, no me beses. Yo tampoco tengo ganas de besar a un desconocido. Quizás, luego de jugar, conversar un poco y ver que nos llevamos bien, a ti y a mí se nos quite el reparo. De momento, establece tu relación conmigo como te plazca, pero no se te ocurra abusar, porque te voy a poner el pare. 

Ahora bien, si se trata de jugar, y tengo ganas, me apunto sin problema. Una de las cosas que admiro de los niños (no me gustan, pero tampoco estoy ciega) es esa capacidad de correr por correr, saltar por saltar y jugar por jugar, sólo por disfrutar el proceso, sin pensar quién llega primero. A la gente de mi edad se le enciende el afán de competencia antes de saber siquiera de qué va el asunto. No hay nada más patético que un treintañero reclamado un punto. En este sentido, los niños no son naturalmente idiotas.

Entonces, sí, cuando quiero jugar con una pelota o correr un poco, tener niños al lado es maravilloso. Además, aunque no me gusten los niños sólo por el hecho de ser niños, no me molestan alrededor (salvo me duelan las muelas). Es cuestión de personalidades. El “dejad que los niños vengan a mí” no va conmigo. Prefiero saber quiénes son, antes de decidir si me gasto en un afecto o no. A fin de cuentas, ellos también deciden, tienen personalidad, gustos y preferencias.

Así voy por el mundo: admitiendo que no me gustan los niños, pero dando la impresión de que me encantan y que yo les gusto a ellos, quizás porque no les huyo: los niños son parte de nuestras sociedades, su coexistencia con los adultos es necesaria. No me resulta para nada incómodo cargarlos, entretenerlos, cambiarles los pañales y conversar con ellos, da igual si tienen 7 meses o 7 años. Soy capaz de comprender sus limitaciones sin subestimarlos, pero también de establecer mis pautas, para evitar que se me suban a la yugular, todo esto porque parto de un principio básico: los niños no son tontos.

Escribo todo esto porque llevo meses reflexionando acerca de mi real actitud hacia los niños...

Además, aún me quedan aproximadamente 47 días para permitirme altas dosis de sarcasmo y cinismo, antes de tener conmigo a mi hija o hijo. Dicen las malas lenguas que el bebé me transmitirá una especie de infección crónica, disminuirá mi sentido de la vista, agudizará mi olfato y oído, me producirá hipertrofia cardíaca, empezaré a alucinar con ángeles y padeceré paranoia compulsiva el resto de mi vida.

miércoles, julio 17, 2013

Sexo in utero


Algunas personas insisten en que “debería estar segura del sexo del bebé desde ahora, porque eso me ayudará a estar preparada”.

El uso del ultrasonido para estudiar humanos in utero no tiene ni 50 años, ante los 300 mil que llevamos dando lata los homo sapiens modernos. Además, en la actualidad, sólo un porcentaje muy bajo de mujeres embarazadas, a nivel mundial, puede darse el lujo de hacerse ecografías.

Comprendo que la certeza sobre el sexo de los bebés sea esencial en países donde se practica el aborto selectivo de niñas, como China o la India. Será también vital en familias con mucha opresión machista, donde suegra y marido exigen a las jóvenes madres parir varones (evidentemente, desconocen que el sexo lo determina el hombre).

Pero, ¿por qué yo debería estar preparada? ¿Preparada para qué? Aunque consciente de la discriminación por razones de género, soy una mujer activa ante la exclusión, por tanto, no temo por el futuro de mi hija, como legítimamente temerían varias mujeres víctimas de violencia que conozco. Si es niño, lo mismo: desde casa, pondremos todo de nuestra parte para no convertirlo en un principito privilegiado (y desubicado). Ya está.

Cada persona es libre de hacerse las ecografías que le plazcan, pero sobre mi cuerpo y el bebé dentro de él, decido yo y coparticipa el corresponsable de todo esto, mi compañero, bajo una respetuosa guía especializada.

Pequeño/a Alien: continúa disfrutando de tu condición social asexuada, ahora que puedes, pues en cuanto delates tu sexo biológico, todo lo que te rodea intentará condicionar tu identidad. 

viernes, julio 12, 2013

Relato (cuasi escatológico) doméstico


El único indicio de que aquello pudo haber empezado a ocurrir antes de ir a Perú para las fiestas de fin de año, es una extraña respuesta que di, con plena espontaneidad, cuando alguien me preguntó por mis impresiones iniciales de la nueva ciudad: huele feo.

Mi compañero me miró preocupado y un poco incómodo, pues conocía muy bien mi mala predisposición hacia Lago Agrio (aún activa en ciertos aspectos). Entonces, hice un pequeño "arreglo": debo haber percibido un mal olor y se me ha grabado, entonces ahora estoy generalizando y digo que la ciudad huele feo, pero no es verdad.

Terminaron las fiestas y volvimos a Lago, atravesando Ecuador de suroeste a noreste. Tras 18 horas de viaje en uno de los peores buses de mi historia, y casi sin sentir el taxi desde la terminal, entramos a casa y aquella miasma agridulce y fosforescente me recibió con un fuerte golpe en la cara.

Intenté atar cabos: teníamos ratones en el solar del fondo y una noche nos topamos con una rata husmeando en la cocina. Ratas y ratones + olor agridulce: por aquí hay un cadáver.

Lo comenté a mi compañero, quien nunca en vida sua se había topado de cerca con un animal muerto en estado de descomposición. Ignoraba, por tanto, cualquier indicio olfativo referente al tema y como buen hombre (además, italiano) decidió que yo estaba alucinando.

Como usté diga seño, intentaré seguir viviendo normalmente pese a la hediondez imaginaria, pué.

Pasaron pocos días, cuando una mañana de esas en que me encontraba intentando ser una buena ama de casa (afortunadamente para ambos, tal situación duró un suspiro) percibí el origen indiscutible del hedor. ¡Imaginario, mis tetas! ¡Aquí ha muerto un bicho y un bicho grande, además! 

Esperé a mi querido esposo con una sonrisa en los labios y una demanda firme: debemos abrir la estufa, lo que apesta está allí. 

Aún incrédulo, pese a admitir que, en efecto, olía a rayos, fue por la caja de herramientas y, de mala gana, levantó la lámina de las hornillas. El algodón que rodeaba el horno estaba roído y manchado por un líquido marrón y baboso. ¿Habrá habido un nido? Sí, seguramente. Pero, ¿y si movemos un poquito aquí? 

Gusanos. 

La lógica del compañero nos llevaba a la conclusión de que era un nido de gusanos. Con bolitas de caca de roedor, claro. Pero nido y de gusanos. Punto. Eché un vistazo... 

Amor, en serio, hay un cadáver. 

¿Cómo lo sabes?

Porque huele a cadáver...

Ah, pero también puede ser la caca y...

¡Y estos son gusanos de muerto! 

¿Eso cómo lo puedes saber?

Pues verás...

Hice una lista ligeramente ilustrada de la cantidad de ratas difuntas que habíamos encontrado en casa, cuando vivíamos en un primer piso, techo de calamina, espacios entre nuestra pared y la del vecino y una extraña obsesión de mis padres por poner veneno en todas las esquinas.

El pobre, anonadado, procedió a desenroscar todos los tornillos circundantes, a fin de abrir la estufa lo más posible y ver qué encontrábamos. Moviendo aquí y acá, asomándome por las rendijas, pude ver, por fin, a un costado y ya casi en el suelo, la enorme y macabra silueta. 

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Limpiar todo el despelote fue un reto asumido en equipo, aunque me tocó llevar la voz cantante debido a la acumulación de experiencias similares. Lo más difícil fue eliminar totalmente la pestilencia, nos llevó una semana de lavados con lejía, perfumes, ventanas abiertas y ventiladores. 

Una de las decisiones positivas luego de esto fue que, en definitiva, no usaríamos veneno para combatir ratas y ratones, pues ninguno de los dos tenía intenciones de acarrear cuerpos (la casera y los vecinos ya andaban promocionando un raticida industrial ultra químico). Entonces, gato. Mejor gata, las hembras cazan más. 

A las dos semanas llegó Rita y nuestra vida se hizo más feliz. 

miércoles, julio 10, 2013

De cuando eras ternera...


Muchas veces he debido arrogarme el deber de ser la tía cínica que recuerda a jóvenes madres "la influencia  genética" en ciertas manifestaciones del carácter. Por ejemplo, cuando mi amiga Periquita clamó al cielo preguntándose por qué su dulce niña ni siquiera era capaz de probar algo antes de gritar, arrugando la nariz, "¡no me gusta!", tuve que decirle, muy a mi pesar (y dado el silencio generalizado): querida, tú eras así. 

¿Yo era así?, preguntó Periquita, sorprendida. Por supuesto, a veces tu nana debía prepararte comida diferente, obligada por tu madre y abuela, porque no te gustaba el color de la verdura. Incluso tuviste una época en la que no querías probar el chocolate, porque habías decidido que el marrón era feo. ¿En verdad no recuerdas eso? 

No, responde Periquita con total incredulidad. Y vuelve a lidiar con la nena, quien ha prestado atención a la conversación y ahora menos se come el apio ni cualquier otra cosa verde que flote en la sopa de pollo. 

Siendo honesta, no me creo mucho el tema genético en los berrinches de los niños, pero es irresistible recordar a madres y padres que: 1, alguna vez tuvieron la misma edad de sus hijos y 2, a tal edad se comportaban según su naturaleza, y no con la madurez que ahora creen haber tenido. 

Además, hay factores que no se toman en cuenta al valorar y catalogar el comportamiento de un niño pequeño: el más olvidado y, sin embargo, primordial, es su propia opinión. Evidentemente, todo acto tiene una causa y si ayer te gustaba el apio (¿estás segura de que le gustaba?) y hoy no, algo debe haber pasado. Quizás la explicación sea una fantasía infantil o que la textura del apio le da grima, en cualquier caso, vale la pena escuchar. 

Otro factor a tener en cuenta es que los niños no tienen el paladar y el sentido del gusto desarrollados del todo, por eso algunos sabores les resultan asquerosos. Con los años, "aprenderán" a comer alimentos que de chicos les hacían vomitar. 

También es importante saber explicarles por qué deben comer de manera balanceada. Como adultos, creemos hacerlo todo "por su bien" (sí, claro, hasta los correazos son por su bien), pero ¿los niños han comprendido qué es ese tan mencionado "bien" en cuyo nombre reciben gritos, regaños o hasta palizas? ¿Que no te importa si comprenden o no? Vaya, vaya, tú eres de los que aprendieron a no quejarse si el jefe les monta una bronca injusta y humillante, sin motivo aparente, ¿verdad?

Y algo que nunca debemos perder de vista: el ejemplo. Tal vez, sin darnos cuenta, hemos hecho ascos o arrugado la nariz ante alguna comida, bebida, animal o ser humano, justo cuando el niño nos estaba mirando. ¿Tienen idea de las consecuencias que esto tiene en los sentimientos y conductas de nuestros hijos? Es posible que, ante actitudes violentas y amenazas, callen y coman (o saluden, o hagan la tarea, etcétera) pero por dentro están empezando a vivir un duelo de contradicciones que el tiempo se encargará de evidenciar. 

No tengo autoridad de madre para hablar de esto (aún quedan dos meses de espera) pero sí tengo autoridad de hija (y de niñera). 

Ante la inminente llegada de un ser dependiente pero individual, totalmente a cargo de mí y mi compañero, es inevitable ventilar diferentes experiencias relacionadas con la maternidad, para identificar aquellos comportamientos que, según nuestro criterio, merecen ser replicados y, por supuesto, "descatalogar" normas, reglas y acciones que nos dejaron heridas e, incluso, traumas, básicamente porque nos gustaría criar un/a niño/a más feliz. 

Esto no significa juzgar la formación que nos dieron. A los padres se les quiere, pero reconocerlos como humanos (por tanto, imperfectos) es un paso muy importante para perdonar errores y viejas cicatrices. Además, es innegable que ahora empieza también el proceso de comprender y amar a los predecesores como nunca antes, puesto que por fin tendremos la oportunidad de estar en sus zapatos. El aprendizaje nunca termina. 

Aún así, se agradecerá tener apoyos contemporáneos (amigas y amigos) capaces de recordarnos quiénes somos cada vez que nos veamos tentados a caer en más populares, cómodos, románticos y trasnochados paradigmas de maternidad y paternidad.

viernes, julio 05, 2013

¡Me da igual!

Es curioso cómo a veces centramos el análisis de los grandes problemas de nuestra vida laboral en cuatro pavadas. Quizás sea una forma de evitar enfrentar situaciones incontrolables (en apariencia) y seguir andando de puntillas por la tangente, sin dejar, por ello, de quejarnos.

Recientemente sucedió algo, digamos, curioso: una usuaria denunció de manera infundada a una de mis compañeras de oficina (española, por tanto, más “sonora” de lo habitual en un país andino). Afirmo el infundio porque fui testigo del asunto y sabemos, además, que la “víctima” no las tiene todas consigo (no la compadezco, llega a ser muy pesada).

La usuaria alcanzó un reclamo escrito a la gerente, quien armó un pequeño escándalo de doble rasero: por un lado, reconoció en la denunciante varios matices de problemas mentales; por el otro, cuestionó a la española su tono grosero, su rudeza y, sobre todas las cosas, esa pésima actitud de que todo le daba igual.

Y es que “me da igual” es una de sus frases más recurrentes en cualquier conversación y reunión de equipo. - ¿Podemos hacerlo así o tú cómo lo prefieres? - A mí me da igual, como ustedes lo vean mejor. - ¿Te molestaría acompañarnos a una reunión el próximo viernes, a primera hora de la mañana, o es un problema? – Ningún problema, me da igual, voy con ustedes. - ¿Quieres sentarte adelante? – La verdad, me da igual.

Así, hasta el infinito.

Entonces, al no entender el conflicto de la gerente (quien ha vivido muchos años en España), preguntó al equipo y descubrió lo siguiente:

En América Latina, “me da igual” equivale a “no me importa”.

Esta última expresión tampoco es problemática en España, pero escarbando aún más, descubrió que “no me importa” es una frase prohibida en la crianza de los niños latinoamericanos "decentes y bien educados". Nunca podemos decir (admitir) que algo no nos importa, salvo al manifestar menosprecio hacia asuntos calificados como poco importantes por la norma social.

Es decir, mientras para una española, “no me importa” significa “no me molesta, no es un problema para mí, no me significa mayor esfuerzo hacerlo (ergo, puedo hacerlo y de buena gana)”, para una latinoamericana “bien criada”, “no me importa” quiere decir, como poco, “no me interesas, ya puede pasarte por encima un tráiler y ni siquiera me voy a inmutar, así de poco vales para mí”. ¿Exagero? No. A veces somos el non plus ultra de la susceptibilidad.

Para resumir: todos estos meses, la colega, con sus guturales “me da igual”, intentaba dejar claro que podíamos decidir y estaría de acuerdo, pero algunos le estaban entendiendo “hagan lo que les salga de los huevos, a fin de cuentas a mí me interesa un carajo lo que está pasando aquí”. Y, por lo visto, la gerente era de las más afectadas (pese a haber vivido muchos años en España).

¡Somos la hostia!

Considero muy importante que las personas foráneas comprendamos los códigos locales, por supervivencia y respeto. Al ser ésta una ciudad pequeña, la comunicación transcurre en tonos bajos y se requiere de muchos rodeos para hacer cualquier solicitud. Debemos aprender a comunicarnos en tales circunstancias, siempre y cuando no empeñemos nuestra personalidad (somos minoría, pero tenemos la prerrogativa de exigir respeto a la diversidad).

Ahora bien, en el ámbito laboral, nuestros compañeros deberían mostrarse dispuestos a poner de su parte y tratar de entender las diferencias culturales. No digo interpretarnos a la perfección, sino mirarnos con un poquito más de buena fe, en vez de ponerse a la defensiva y considerarnos los monstruos altaneros que no somos (ni queremos ser). Y, muy importante, corregirnos oportunamente si estamos usando términos inadecuados para la idiosincrasia local. A fin de cuentas, es parte del trabajo en equipo.

Personalmente, lo tengo bastante más fácil que la colega española: el código peruano, aún con variantes, no es tan distinto al ecuatoriano, y luego de vivir en Guatemala (donde nadie nunca dice “no”) me resulta bastante sencillo sumarme a los rodeos, aunque la mayoría de veces me canso y acabo lanzando el mazazo final.

jueves, julio 04, 2013

Huevos


Hace algún tiempo, tuve la mala suerte de escuchar a un importante funcionario de una agencia de Naciones Unidas en un taller sobre alimentación balanceada dirigido a personas pobres pero emprendedoras. Digo mala suerte, porque aunque el tipo intentaba ser agradable, no podía ocultar cierto tono de superioridad que suele adoptar esta clase de gente cuando se dirige a mayorías de formación básica y contados ejemplares de educación media. 

Se hablaba de los nutrientes en alimentos comunes y de fácil acceso. Buena parte de la charla fue interactiva, con preguntas al público, respuestas aceleradas y premios (individuales de cartón con recetas nutritivas). La cosa parecía hasta divertida. 

Así transcurrieron tres cuartos de hora, hasta que una mujer de mediana edad, muy bien maquillada y plena de garbo, levantó la mano y observó: "También deberíamos tener cuidado con el origen de los alimentos. Por ejemplo, tengo entendido que los huevos de los supermercados son producidos en masa, por gallinas ponedoras alimentadas con pienso industrial, lleno de hormonas y antibióticos. Es evidente que comer esos huevos no es tan saludable como los de las gallinas criollas o de corral". 

El funcionario la observó con atención y sonrisa compasiva, la dejó hablar y luego, dando a su voz un matiz condescendiente, explicó que aquello era un mito. Que estábamos todos llenos de mitos. Que la cantidad de calcio, proteínas, grasas y vitaminas era la misma en todos los huevos de pollo del mundo, siendo indiferente la alimentación y crianza de las gallinas, así que daba igual dónde se adquirían los huevos, lo importante era consumirlos y, cuanto más baratos, mejor para el bolsillo.

Si sólo tenemos en cuenta la cuestión económica, sí, más baratos son los huevos de supermercado, pensé. Sin embargo, la discusión sobre el valor nutritivo de los huevos, según su procedencia, lleva años y siempre se publican nuevos resultados. La investigación avanza y no hay respuestas absolutas, pero por eso mismo, afirmar que lo dicho por la mujer elegante de mediana edad es un mito resulta arriesgado y bastante soberbio. Negligente, además, sostener tal postura frente a 40 personas que en verdad necesitan saber bien cómo mejorar su alimentación y asisten entusiasmadas a estos talleres, esperando conocer siempre un poco más para alcanzar mejores niveles de vida. 

¿Qué costaba dejar la respuesta pendiente, para buscar documentación? Estuve a punto de levantar la mano y sugerirlo, pero el logotipo de mi chaleco lo impedía por cuestión de protocolo. No es cosa buena contradecir en público a los expertos de "agencias hermanas" (aunque no iba a contradecirlo, la verdad). Me mordí la lengua y guardé la experiencia para una conversación de sobremesa con mi compañero, quien quedó aún más indignado que yo (pasada la posta, disminuye la presión). 

Estoy envejeciendo...

Poco después del suceso, me enteré de algo muy importante: la oficina donde trabaja el funcionario de los huevos mitológicos entrega bonos para intercambiar por comida en uno de los supermercados más grandes de la ciudad. Me tranquiliza saber que mi intuición no es maliciosa por nada. Fin. 

martes, julio 02, 2013

En otro lugar

Tenía previsto no volver a escribir hasta que tuviera algo bueno qué decir de los alrededores. Esto, cuando aún vivía en Guatemala. Ahora llevo 6 meses en Ecuador y apenas estoy dejando de sentir nostalgia por mi anterior país. Soy negligente con el tiempo e incumplidora de promesas. Veremos cómo me va en mi enésimo ejercicio por regresar, esta vez rodeada de amazonia destruida por el avance de la "civilización" y excesivo amor por el concreto. Ciudad ecléctica por donde se mire. Lago Agrio.