Mi amor por Make-up, la banda "de Saint Seiya"

Saint Seiya 1996 Song Collection es un recopilatorio de canciones grabadas por Make-Up, lanzado en conmemoración del décimo aniversario del estreno del anime.

Aunque mi primer referente de canciones en idioma japonés fue el entrañable Akira Kushida (Kidou Keiji Jiban) y, poco después, la preciosa voz de Hiroko Suzuki me rompió el corazón con Bara wa utsukushiku chiru, debo decir que mi obsesión adolescente fue Make-up. 

Escuché por primera vez la voz de su vocalista, Nobuo Yamada, el año 1994, en el capítulo décimo tercero del anime Saint Seiya. Luego de explicar al Dragón Negro lo importante que era para él ayudar a sus amigos, y el significado de la amistad para este grupo de guerreros adolescentes y huérfanos, Shyriu eleva su cosmos para ejecutar el Dragón Llameante. Durante esta secuencia, se escucha la canción Can't say goodbye, una composición de la banda de glam-metal japonesa Make-up, vigente durante los años 80 y parte de los 90.

Quedé impactada. 

En esa época, la serie era transmitida con la intro española, versión traducida de la composición francesa hecha ad hoc para la divulgación de este anime en Francia y Europa, Les Chevaliers du Zodiaque. Sin embargo, en un capítulo de la saga de las 12 casas, "se les escapó" (digo yo) Pegasus Fantasy.

Sin duda, se trataba de la voz de "Can't say good bye", pero, además, la melodía principal de esta canción era la misma de Pegasus Ryu Sei Ken, tema incidental que acompaña los momentos cumbres en combate de Seiya, el Caballero de Pegaso, compuesta por el maestro Seiji Yokoyama. 

Todo encajaba: ese tenía que ser el opening original. 

Por supuesto, yo no tenía más información que esa, conseguida, digamos, "de oído", y pude indagar en el material audiovisual porque grababa en VHS los episodios, para verlos con calma después de estudiar. Ni hablar de la ausencia total de Internet.

Mi papá estaba suscrito a revistas internacionales, así que empecé a revisar alguna referencia a "Saint Seiya" (lo único que pude entender de "Pegasus Fantasy") y, entre un artículo y otro, encontré un nombre importante: Make-up. Con este dato, mucha ilusión y ningún sentido del ridículo, me dirigí al único lugar de Sullana donde, seguramente, podrían ayudarme: el mercado abastecedor de música pirateada.

Fui tan insistente y tan, pero tan ilusa, que, quizás por considerarme adorable o para quitarse la molestia de encima, un buen hombre apuntó los datos y prometió buscar. 

Iba cada semana a fastidiarlo. 

Dos o tres meses después, me entregó un casete con una portada mal impresa, compuesta por algunas escenas del anime, y una lista de canciones en japonés, con títulos indescifrables. La primera, por supuesto, era "Pegasus Fantasy". Ahorros bien invertidos. Felicidad pura directo al walkman.    

Ahora bien, una cosa era buscar y otra, divulgar. Debido a una serie de prejuicios latentes en mi espacio social y la constante demonización del anime en aquella época (y siempre, qué pesadilla), me daba mucha vergüenza admitir en público que adoraba a una banda japonesa, por el soundtrack de Los Caballeros del Zodíaco. Guardadísimo lo tuve, hasta que fui a la universidad y vi que para ser considerado un verdadero seguidor era necesario tener plata, porque las revistas, los videos, los CD, el acceso a los espacios de discusión y el roce costaban más que el dinero de un mes de almuerzos a base de galletas Casino y gaseosas Chiqui.

Empezó otra etapa de mi vida, una bastante difícil. 

En el año 2000 (más o menos), llegó a Piura el Club Sugoi y los otakus misios como yo encontramos un pequeño refugio en un mundo que nos miraba feo porque vestíamos "raro" y dábamos la impresión de no trabajar jamás, aunque nuestras madrugadas se fueran en ello. Yo redactaba textos para una editorial chiquitita, hacía algunas ilustraciones muy básicas y creaba historias vinculadas a los temas que me pidieran, nunca usaba uniforme y, antes de dormir, me dedicaba a "corromper" a un primo pequeño mostrándole "esos dibujos del diablo" en Locomotion. 

Aún no había dado el salto que, posteriormente, me permitió conseguir trabajos mejor remunerados. Pero lamento no haber tenido más tiempo para hundirme en la miseria y disfrutar de estar allí, escribir, conversar, reemplazar las tres comidas del día con cerveza, de vez en cuando una hamburguesa de cartón, caminar por Piura sin rumbo, calzando esas botas Caterpillar negras, "de hombre", y hacer algo más transcendente con esta vaina que tengo atragantada en la garganta desde que me acuerdo.

Lo importante era producir dinero y no gastarlo en cosas inútiles como dibujos del diablo, música del diablo o clases de francés. ¿Japonés? ¿Qué es eso? ¿Para qué te va a servir?

Pese a todo, miro atrás y no cambiaría nada. O sí, cambiaría dos cosas: no fumaría todos los cigarrillos que fumé e invertiría dinero en estudiar lo que se me diera la gana. Lo demás, perfecto. Tenía motivos para estar triste y mantenerme aislada, así que viví el proceso como el cuerpo me pedía hacerlo. Afortunadamente, tuve buenos amigos y, de algún modo, James Hetfield, Nobuo Yamada y Chester Bennington se las arreglaron para salvarme la vida. 

Así que bien. 

Ahora, sencillamente me gustaría conseguir que mis hijas siempre puedan contar conmigo. Y poner los medios necesarios para, en efecto, apoyarlas cuando me necesiten, aunque eso signifique comprar un pasaje de última hora a Tailandia, con una visa oro de mi propiedad. 

Ah, claro, también que conozcan a Make-up. Aquí está:


Comentarios

Entradas populares