jueves, diciembre 03, 2009

Acerca de mujeres prepotentes y hombres con síndrome premenstrual

Mi intolerancia a la “espontaneidad” se está haciendo crónica. Cosas claras, por favor. Pero claras de verdad, es decir, no sólo dichas a la cara, así, a lo bestia, sino previamente analizadas. Momentos malos los tenemos todos (y todas), pero hacer de la susceptibilidad una característica inherente de la personalidad, no es sano. Ni sano, ni respetable.

Soy una llorona incontenible. Y B hace mucho ruido cuando come. Y C no es persona hasta el café de las 10 a eme. Y D, a sus treinta y pocos, no puede quedarse quieta en un solo lugar, sigue buscando “su sitio”. Pero puedo confiar en B, C y D porque sé que practican un afecto estable, y que, si se enfadan por alguna acción u omisión, ya se les pasará. No van por la vida exigiendo pruebas épicas de amistad.

Hace un par de años, antes de venir a Bilbao, peleé con un buen amigo. Buena gente, pero sensible hasta los testículos y, cual nene malcriado, un día decidió “no hablarme nunca más en la vida” porque no pude quedar con él y su novio apenas volví de Cuzco. Exceso de compromisos, creo que alegué. Y cierto fue, claro, pero olvidé un detalle importante: la administración de su tiempo, las cosas que, para verme, había dejado de hacer. En fin, organización interna.

Así, odiándome desde el fondo de su corazón, me envió un par de e-mails purgantes de esos donde se dice todo lo que nos tiene traumatizados desde la primera infancia, en plan “me he dado cuenta de la clase de persona que eres”, “después de todo lo que he hecho por ti”, etcétera.

Por fortuna, su novio de entonces no acató la postura de su ofendida pareja y pasó una tarde de compras conmigo…

¿Qué hacer? El proceso siempre es el mismo, aunque el tiempo de cada etapa (y su calado) disminuyen conforme se gana experiencia:

Primero: el “shock”. En definitiva, uno nunca espera un mensaje cargado de insultos, acusaciones, juicios y cobro de favores, mucho menos de una persona querida. Ahora bien, tampoco me voy a hacer la inocente: yo sabía que lo había plantado y le ofrecí disculpas sin dramatismo (esta manía de algunas personas de confundir sequedad con soberbia, carajo) y me esperaba un reclamo justo, mas no cantidad de adjetivos intolerables, comprensibles sólo cuando hay cariño (y paciencia, paciencia).

Segundo: la rabia. ¿Quién se cree este huevón para decirme tales cosas? Es evidente que, ante una agresión, nos defenderemos casi instintivamente y con pleno derecho, sobre todo si no tenemos la voluntad sometida o padecemos de una dudosamente digna humildad (mansedad, creo que le llaman).

Tercero: el complejo de culpa. Pasado el shock y la ira, una empieza a preguntarse si acaso no ha hecho algo realmente malo, demoníaco, que la ha convertido en merecedora universal de todas las acusaciones formuladas por el amigo, que es amigo a fin de cuentas y algo de razón tendrá, ¿no? Empiezan repasos enfermizos e interminables de las acciones de los últimos días, a dónde fui, qué comí, qué pude comentar, con quién, para qué, a dónde va a llegar el mundo como está y la gallina de los huevos de carbón.

Este es el preciso momento en que socializamos el asunto con otros amigos, porque claro, ellos han de tener motivos para querernos y nos dirán si acaso hemos mutado realmente en una criatura monstruosa e insensible. El diálogo seguirá un orden ya determinado: se compartirá el suceso (indignación recíproca), se hablará de las cualidades de la receptora de los insultos y, por último y con calma, se empezarán a analizar los motivos por los cuales el emisor ofendido ha escrito lo escrito, considerando, por supuesto, cualquier situación personal agravante, del tipo: estaría en un mal momento, habrá tenido un día jodido en la oficina, le estará por venir la regla (a estas alturas, aplicable a machos y hembras), se le moriría la abuelita, qué sé yo.

El cuarto momento resulta crucial, pues es cuando decidimos lo que vamos a hacer. Aquí ya entra en juego la personalidad de cada quién. En mi caso, reluce una carta desfavorable: cuando alguien me ha insultado y me ha hecho daño, y no considero que los motivos sean coherentes con la magnitud de su reacción, me alejo, el orgullo puede conmigo.

You labeled me, I’ll label you (So I dub thee unforgiven…)

Cuando las personas nos “hacemos públicas”, cuando decimos lo que pensamos y sentimos, nos exponemos de manera irremediable al juicio y la valoración. Una acción siempre genera reacción y los seres humanos tendemos a opinar, aunque no nos hayan preguntado, sobre todo en sociedades donde lo más importante no es escuchar, sino hacerse oír.

El quinto momento no tiene lugar, ni palabras. Es la espera, es el tiempo que debe pasar para que las heridas se curen y las personas, si se quieren, se perdonen. Esa espera es necesaria y sana y, en la lejanía, ayuda a que cada parte implicada en el conflicto se tranquilice y valore con calma al “amigo perdido”. Creo que está permitido ponerse en todas las situaciones, buenas y malas, para valorar. Las relaciones fuertes no se diluyen a causa de un único conflicto, por más que éste haya hecho doler. Al menos, es así desde mi experiencia.

El amigo sincero no aprovechará la distancia para destrozar la imagen del otro, por ejemplo, ni utilizará las debilidades del colega, conocidas y reconocidas gracias a la cercanía y la confianza, para hacer daño. Si alguno de los individuos hace tal cosa ya no con dolor, sino con premeditación y alevosía, deberíamos agradecer al cielo todo lo ocurrido: siempre es bueno deshacerse de afectos que no merecen la pena.

Hace unas semanas conversé por teléfono con ese chico que había prometido no hablarme nunca más en la vida. Se le pasó la rabia algún tiempo después, tardó varios meses en animarse a escribirme y, cuando por fin lo hizo, fue bien recibido. Después de todo, lo quiero.

La verdad es que extraño muchísimo a mi gente de allá…

Esta temporada he pasado por dos conflictos similares al que montó el colega de Perú, con dos mujeres a las que siempre tuve por maduras, respetables y, sin duda, mejores personas que yo (los cronopios somos ingratos por naturaleza). Respetables siguen siendo, el concepto de madurez es discutible y no volveré a situarme debajo de nadie, por un demonio, que para ángeles en la tierra, mi mamá y pocas más.
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A veces me siento cansada...
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¿La gente puede llegar a comportarse del modo en que la tratan? Sí.

Y la gente tiene que trabajar.

2 comentarios:

Galileus dijo...

Hey Angela!
Aquí Galileus. Has descrito muy bien el proceso posterior a una riña entre amigos entrañables. Esá como para una tesis (bueno, creo que estoy exagerando, para un monografía al menos).

Me quedo con una frase tuya: "(...) en sociedades donde lo más importante no es escuchar, sino hacerse oír". Me deja qué pensar.

:)

Un beso!

Galileus.

Angela dijo...

Hooola, Galileus!

Sí, pues, hay que pasar por ello y observarlo a la distancia, para poder establecer parámetros y describirlo sin apasionamientos.

Ahora bien, yo pregunto: ¿Qué pasa si quien te monta el follón no es precisamente un amigo entrañable? Es decir, si lo hace una persona buena, a quien aprecias mucho, pero no llega a ser precisamente entrañable, en tanto que no has compartido suficiente tiempo como para que no puedas "dejarlo ir" con mayor facilidad...

Hum... Difícil... A veces hay que ser prácticos. No sé.

¿Cómo van tu nene y tu nena?

Besos y abrazos!!!!

Angela