lunes, diciembre 21, 2009

de viaje

Hoy he iniciado un viaje dentro de un viaje más largo. En realidad, empezó ayer, cuando cogí el bus Bilbao-Madrid. Pero ayer fue día de despedidas, besos dulces, abrazos cálidos, los mejores deseos con un nudo en la garganta, que empiezan cada historia (porque cada historia, nos guste o no, empieza con una despedida).
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Anoche nevó. Afortunadamente, Madrid es seco. En Bilbao sería imposible no tiritar con el abrigo sobre la camiseta, sin chompa de lana enmedio. Aquí, aunque la temperatura es más baja, me siento a gusto. Ni siquiera el catarro se ha dado por aludido.
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Tal vez vaya al cine dentro de un rato, pausa merecida en el listado de asuntos por resolver, antes de tomar un avión, mañana. No he olvidado el pasaporte, a los "no comunitarios" no nos basta el DNI de extranjeros.
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Qué ganas de estar sola tengo hoy. Entiendo el motivo: cuando se avecina un vuelo, un traslado, un pequeño (o gran) cambio en el estado habitual, necesito concentrar mi atención en todos los detalles. Demando, por tanto, soledad. Pienso un poco y reconozco que sólo admito la presencia de mi madre o algún apreciado amante, si lo hubiera, pues en tales situaciones, la necesidad de alargar los minutos y matizar los futuros recuerdos le ganan a cualquier practicidad y/o misantropía.
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Debo comprar un medicamento que corte los síntomas de la gripe, no quiero tener problemas con los bávaros apenas aterrizar.
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También una tarjeta de llamadas internacionales, ya sabes, para hablar con la familia en navidad y cosas de esas.
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Fui al cine.