sábado, octubre 24, 2009

Muñeca

La dejé porque era fea, aunque tal vez sea correcto decir que se hizo fea poco a poco, que se afeó, lo cual le haría cierta justicia: no es fea, pero cuando decidí dejarla, todo lo bello que vi en ella al principio había desaparecido. Tal vez, debido a las circunstancias, ella atravesaba un momento feo que, valga la redundancia, la afeaba. O acaso yo empecé a ver reflejada en ella mi propia fealdad, no me gustó y me fui.
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Lo que llegué a lamentar, y aún lamento, fue lo tardío de mi decisión. Pude haberla dejado antes de verla fea, de modo que mi recuerdo mantuviera cierta hermosura, cierto aroma. Sin embargo, por cobardía, tardé. Pensé, ingenuamente, que esa fealdad era pasajera, que volvería a brillar como una rosa, pura, fragante. Pero, y aquí reconozco mi egoísmo, todas mis expectativas ante el retorno de su belleza buscaban justificar mi inicial decisión de quedarme con ella. No quería haberme equivocado de manera tan ridícula.
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Pero era fea o se hizo irremediablemente fea. Y tal vez he sido yo quien ha perdido la vista, la capacidad de ver su hermosura. Sin embargo, no lo siento. Nunca fue, sea dicho, físicamente fea, aunque tampoco plenamente agraciada. Yo la amaba y admiraba porque vi reflejada en su porte y su firmeza la sabiduría de Atenea, la elegancia de Afrodita, la cultura que adornó a Safo.
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No era, sin embargo, diosa ni poeta. Al igual que a mí, su humanidad la contaminaba constantemente, la corrompía, la, en resumen, afeaba estrepitosamente, condenándola a una carrera sin tregua por demostrar, gritar, demostrar, conseguir, demostrar, tener, demostrar. Atenea se vio reducida entonces a la burda ambición que hace girar el mundo de los humanos, los intereses básicos de las personas que, desde su nimiedad, buscan la inmortalidad sin poseer el don.
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Habría amado de igual manera su vulgaridad reconocida, su humildad. Pero no era ella una mujer humilde. Buena gente, sí, no lo voy a negar, ni dejaré de reconocer su bondad sencilla. Pero no pude soportar el envilecimiento progresivo de su alma, que tal vez no fue tal, tal vez ya estaba, como característica indeleble de su personalidad que no vi debido a mi ceguera, al deslumbramiento inicial que me hizo amarla, admirarla y respetarla.
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Pensé que podría soportar y acompañar, pero soy débil y fui doblemente débil al no irme a tiempo, asustado, y por irme luego, sin ser capaz de explicar, sencillamente porque siempre es difícil decir: te dejo porque ya no me gustas. Eso siempre requiere explicaciones extras, metáforas y eufemismos vacuos, palabreos inútiles que sólo agrandan las heridas y restan tiempo al tiempo.
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Entonces, ella se hizo fea y algún romántico podrá añadir que el conocimiento recíproco me ayudó a mirar su alma, la cual, a diferencia de su rostro de porcelana pura, siempre estuvo sucia. Y yo responderé: ¿Puedo ser capaz de atribuirme el derecho de juzgarla, si fue buena conmigo? Porque lo fue, lo fue a su modo. Entonces, intento no objetivarla, no catalogarla, no encasillarla. El esfuerzo es bueno, me enriquece. Pero no puedo evitar percibirla afeada, saberla fea, feísima, y sentirme profundamente herido por esa fealdad. Es entonces cuando digo: me voy, y ella me recrimina, se lanza sobre mí, intentando clavarme las uñas. Me insulta, me culpa, me acusa, y yo sólo puedo mantener sostenidos sus brazos, contener su desesperación, sin ganas ya de mirarla a los ojos, sin justificar mi huída -no tan- repentina, sin nada más qué decir.

3 comentarios:

Malu dijo...

Mi querida Lucía,

Como bien dices, quien decide una ruptura suele pasar previamente por una "degeneración" de la percepción que tiene de la otra persona.

Me alegra que dejes claro que esa percepción, si bien viene motivada por detalles que observa y que son reales, contiene mucha subjetividad de parte del observante, quien en un determinado momento se vuelve, sencillamente, incapaz de ver belleza en aquello que antes amó.

Es el desencanto que prosigue al "enamoramiento", cariño. Es lo que sucede cuando se profundiza más, se conoce más. Es un proceso normal de toda relación y no tiene nada de malo “dejar de querer”, si sucede de manera natural y persiste pese a las ganas de luchar. A veces estas cosas pasan.

Un abrazo!

Galileus dijo...

Qué tal Ángela!
Como varios de tus post, éste es de esos que te dejan un sabor enigmático a tal punto de querer preguntarte, pero sin atraverme por temor a caer en la impertinencia.

Yo creo que la "primera persona" referida en este post, quien escribe, no la dejó porque era fea, sino porque ya no la necesitaba. Ella ya no le hacía la vida más feliz.

Saludos y besos desde el Perú!

Galileus.

Angela dijo...

Mi querida Malu, mi querido Galileus:

El desamor tiene un alto grado de degeneración del observante, pero no podemos negar la objetividad que contiene la decadencia del observado.

Mi narrador dejó de amar a aquella mujer, porque descubrió en ella un brote de mezquindad que le asustó. Olió una especie de necrosis en lo más profundo, un defecto que no estuvo dispuesto a pasar por alto, porque, sencillamente, le hacía daño.

No sólo no le hacía la vida más feliz, sino que le aportaba angustia, obstáculos e infelicidad.

Da igual, en toda "ruptura" siempre hay un malo y un perdedor. Y el perdedor suele estar tan cegado por el dolor de su pérdida, que no suele darse cuenta de la victoria pírrica del "malvado" ganador.