miércoles, septiembre 24, 2008

Samsa


Lucía despertó y era una polilla. Sus alitas temblaban impacientes, pero la habitación, demasiado pequeña, no le dejaba volar. Además, se veía demasiado grande en el espejo del tocador y entendía que, pese a haberle ocurrido de un día para otro (lo cual debería dar cierto sentido de normalidad al hecho de ser una polilla), no podría salir así a la calle, por una sencilla cuestión de sentido común.

Recordaba haber estornudado mucho la noche anterior, culpa de los ácaros y esa alergia de viajero tan arraigada y poco elegante que siempre lleva a cuestas. También lloró mucho, pero no ha sido la noche en que más lo ha hecho. Suele pasar a esas alturas del mes y ante decisiones extremas. Algunas veces hemos criticado su debilidad y su deseo de que alguien más, un ser “X” o “Y” o “Z” tome decisiones por ella, sin obligarla a pensar o equivocarse. Que cada quien es dueño de su vida, decimos, que esto y aquello. Pero bueno, un guía sabio, ¿por qué no?

Sabe que como buen “término medio” está obligada a trabajar todo el tiempo, sin descanso, en asuntos no siempre motivadores, pero reguladores sociales, normativos, esos dadores de status perseguidos por todos y todas sus iguales, sencillamente porque alguien ha dicho que antes de los treinta se debe estar ya ganando un sueldo fijo y buscando un buen hombre dispuesto a ayudarnos a salir de problemas.

Una pena no haber sido desplazada, o perdido un ojo en pleno enfrentamiento guerrillero, o acusada de algún tipo de subversión ideológica para, amenazas mediante, hacerse nombrar refugiada política. En su país, estar sana y tener estudios la condena a ser vergonzosamente de derechas o desfasadamente de izquierdas. Una opción populista de baja popularidad tampoco estaría mal. En Europa, no vale un carajo y más bien debería sentirse avergonzada de ser confiable y acceder a créditos. Tú, que tienes para pagar un vuelo en avión, deberías bajar la vista ante los pobres inmigrantes que llegan en patera. Tú, que te has dado el lujo de hacer una maestría (pues seguramente tus padres, acaudalados empresarios latinoamericanos, explotadores de indios y pobres, te la han pagado), deberías callar y seguirnos el ritmo sin chistar en todas nuestras juergas progres, porque has de tener dinero. Tú, que no traes pinta de mendiga y tu pasaporte dice “estudiante”, deberías tener un costoso seguro privado que te permita pasar con asco por sobre la seguridad social.

Sin embargo, la casa materna está llena de garrapatas y le corresponde a ella atraparlas, una a una, y echarlas al fuego. No hay voluntad para llamar a sanidad, no hay dinero más que para la comidita de cada día y que los hermanitos vayan a la escuela. Entonces, Lucía siente en verdad vergüenza de sí misma por procurarse una vida que jamás le correspondió, y sabe que debe atrapar hasta la última garrapata, antes de que se metan en los oídos de mamá y hermanos y no sabe qué hacer para que sus sueños no la aparten tanto de las únicas personas que, pese a putearla, nunca le dirán que no la quieren o que nunca la han querido. Le dirán que le odian, cosa que es normal cuando hay amor y frustración, pero que no la quieren, jamás.

En eso pensaba Lucía antes de dormir y dejar de llorar, pero esta mañana despertó y era una polilla. Sabe lo que ha de pasar con ella: su entorno mejorará. La madre tal vez se anime a seguir trabajando y se case de nuevo, pese a los machistas, inconcientes y heridos hermanos. Los hermanos crecerán y olvidarán la estupidez adolescente que les embarga. Y ella se quedará arrinconada, olvidada, rechazada por su aspecto sucio y terrible olor, las alas tullidas de no volar, hasta que una manzana lanzada por alguien se le pudra incrustada en su espalda blanda (las polillas no tienen caparazón), le provoque una infección general y una noche, sin mucho ruido y con la patitas tensas, acabe de morirse de una buena vez (si no se quema antes en el fuego de las garrapatas, según su naturaleza de polilla).

Eso sí, intentará dejar una cuenta bancaria accesible, para pagar el entierro y la vergüenza y que luego no se hable de más.

2 comentarios:

Galileus dijo...

Trato de comprender a Lucía, desde la perspectiva de que todos en algún momento nos hemos sentido polillas. Cegadas por la luz... una luz mas bien artificial que no nos deja ser libres.

Dejemos que Lucía llore un poco más o mejor aun... que llore todo lo que tenga que llorar. Pero que cuando detenga su llanto, vuelva a mirar al mundo, con esos ojos pícaros que la caracterizan...

Saludos galileanos!

JozeLuiz dijo...

Llanto y poco entendimiento.. buscamos quien nos entienda, y cuando los encontramos queremos que no nos entienda nadie...

Say no more... say...say...


JL

Esperando por un rayito de luz por muy pequeño que sea que me saque de esta oscuridad tan gris... y que cuando encuentre alegria me enseñes como hacer para que toda esa alegria no tropiece consigo misma y se convierta en una nueva tristeza...