lunes, enero 14, 2008

El monito


Por estos días, piensas, la tristeza no es voluntaria. Nunca lo es, recuerdas, y te jode, realmente te jode escuchar: “Debemos hacer algo para resolverlo” o “no permitas que eso te suceda más”. ¿Permitir qué? ¿Cuál excusa? ¿Acaso eras conciente de los árboles, la montaña y el puente colgante? ¿Acaso sabías “quiero morir”? ¿Acaso sabes ahora, “quiero estar triste”?

Además, está “me duele tu dolor”. ¿Te duele mi dolor? ¿Y a mí qué me importa? A mí me duele el dolor con que él me mira, pero no puedo hacer nada al respecto. Me duele, mas no le reprocharé eso, ni procuraré que no le duela más, porque sus motivos de tristeza no son más que marihuana concentrada y ganas de nada, no hay más allá, no hay razones reales. ¡Eh, cariño, que estás vivo, pese a cualquiera de mis amantes! ¡Que fuiste tú quien se fue! (Gracias al Cielo).



¿No estés triste, que me entristeces a mí?

Egoísta.

Estoy triste porque me he dejado contagiar de nostalgia, porque a veces me falla la química cerebral (y eso, aunque te pese, aunque pretendas que puedo resolverlo con buena actitud, pues no, porque no, no obstante tu raciocinio… cierra los ojos para entrar en mi mundo). Estoy triste porque aquél imbécil sintió tristeza de perder lo que aún no tiene, o lo que tiene ahora y no tendrá más, dentro de algunos meses.

Y yo… Yo tengo tantas cosas que no tendré mañana. Y oler tu cobardía disfrazada de pragmatismo me ha hecho pensar: ¿Cómo he sobrevivido, con tanta intensidad, todos estos años?

Bendito sea Dios por permitirme amar. Bendito, por no dejarme olvidar rápidamente y por esta manía de borrar los defectos de otros. Bendito porque pensé que no tenía lágrimas, pero parece que hay cada vez más (¿o serán, nuevamente, los días premenstruales?)… ¡Bendito sea Dios porque me está por venir!



Sí pues, fue leyendo a Isabel Allende que lo recordé. Fue Paula o ella misma, hablando con cariño de un muchacho costero que pudo violarla y no lo hizo.

Borré durante muchos años el recuerdo del monito. El monito, el monito bonito, que tenía aquél anciano entre las piernas, que me dijo: “Toca al monito, toca al monito, el monito se va a endurecer porque le gusta que le toques, toca al monito”.

¿Cuál monito? Ese es un pene… A los 6 años sabías lo que era un pene, pero no tenías maldad.

No tocaste al monito, ni miraste la revista con gente desnuda que tenía el viejo aquél. Tu nana (porque tuviste nana) se dio cuenta del peligro y pese a sus amoríos con el portero, vino a verte. Justo a tiempo… Ella te enseñó a guardar secretos.

No toqué al monito.

Días después, te salieron varios granos en la cara. La bisabuela dijo: “Esos han sido besos”.

Recuerdo que sentí vergüenza, sin saber por qué.



Deberías agradecerme que no haya sentido asco de ti.



¡Mierda!



Luz…



Debo ir al ayuntamiento.

5 comentarios:

Galileus dijo...

Justamente la semana pasada estuve en la encrucijada de hablarle a alguien (a cualquiera que pudiera escucharme en realidad) sobre la tristeza que me embargaba. Y recordé que en la mayoría de los casos, sobretodo cuando ese supuesto confidente no respira tu problema, te jode cualquier frase consoladora o culpabilizadora (no sé si existe esta palabra)... creo que en realidad jode cualquier cosa que te diga... pero bueno.

Por otro lado, respecto de ese "monito" que ha resultado de una ecuación polinomial de tu estado de ánimo y de tu memoria... pues ese viejo maldito solo merece una cosa: la pena de muerte. Pero bueno, ese es otro tema...

Saludos afectuosos desde Lima!

Galileus.

Angela dijo...

Era un indigente y estaba loco, amigo. Los niños sienten miedo cuando hay maldad. Los locos suelen joderla muchas veces, pero no tienen maldad.

Igual puedo hablar así porque me libré... Pero si miras estadísticas, los victimarios suelen ser de otro tipo.

Un abrazo! Qué bueno tenerte por aquí.

Carlos dijo...

Siempre me agradaron los amigos de Job en su primera actitud: lloraron, se rasgaron las vestiduras y se sentaron a su lado por siete días... pero "ninguno dijo una palabra, porque veían que el dolor era muy grande". Pero creo que las malograron todas cuando abrieron la boca. Si, es una experiencia curiosa. ¿Cómo alguien puede curarte si la herida está precisamente en lo íntimo, allí donde nadie puede entrar? ¿Has escuchado aquello de San Agustín: "Dios es más íntimo que la intimidad mia"? Te quiero mucho amiga. Un abrazo

Anónimo dijo...
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Angela dijo...

Yo también te quiero, Carlos, con mi corazón tal cual es.
¡Un abrazo!