jueves, abril 26, 2007

One dollar please!

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Debes pretender que no existen para seguir viviendo con tranquilidad. Eso, si desde niño te enseñaron a conmoverte con este tipo de imágenes. Si no, si puedes seguir comiendo tranquilo o muriéndote de frío cada vez que te cruzas con alguno o alguna, bastante hambrienta, bastante desnudo para la ocasión y el clima de Cusco, entonces, bien por ti, has alcanzado un nivel superior al mío, yo aún no consigo sacar una maestría en insensibilidad, ni un doctorado en pragmatismo. Ya sé, ya sé que si no me especializo pronto en estos temas, no sobreviviré en el mundo, así como está. Pero prefiero morirme, ¿sabes? Morirme como ser humano estúpidamente sensible, con el corazón reventado y la dignidad totalmente indignada. Creo que no podría vivir de otra manera.

Una vez, en Loja, un concejal nos contó que todos los mendigos de la ciudad tenían trabajo como baja policía o en los centros de procesamiento de basura. Que no se les permitía mostrarse en harapos por la calle, ni pedir dinero o comida, pues daban una pésima impresión a los turistas.

Vaya mierda, pensé. No les importa que su gente esté mal, que haya desempleo o que sus compatriotas tengan un mejor nivel de vida porque sí, porque se lo merecen, porque, como autoridades, tienen como principal obligación ayudar a las personas de sus comunidades a estar mejor. Trabajo conjunto, claro. Súper buena idea eso de capacitar a los indigentes en procesamiento de basura y darles empleo. Pero ese motivo, ese “no dar mala impresión a los turistas”… No sé, no acababa de encajar en mi, por entonces, romántica cabecita de joven recién egresada, haciendo sus pininos en comunicación para el desarrollo.

¡Bacán!, decían mis compañeros de pasantía. ¡Qué chévere que hayan conseguido sacar a los mendigos de las calles, y que les hayan dado trabajo! Sí, es que la iniciativa estaba muy bien, pero el concejal aquél, con amaneramientos de burócrata y pulcritud petulante, no me daba confianza. Y la ciudad… tan sin identidad, tan… extraña. Tan al gusto del turista, claro, pero con una cultura propia cada vez menos notoria.

En fin… De todos modos, hay algo que admiro mucho de Ecuador: el nivel de educación de sus pobladores. Educación democrática, formación generalizada para pobres y adinerados, para blancos, mestizos e indios, que los hace sentirse más orgullosos de sus raíces, su sangre latinoamericana y su país.

¿Racismo y discriminación? Sí, en todas partes hay cabezas gangrenadas con estos “frutos de la inteligencia humana”.

En Perú, una buena educación, para muchos, es un lujo. Sin embargo, sé que existe un gran porcentaje de maestros con verdadera vocación, que se las ingenian diariamente para enseñar cuestiones básicas y universales a sus niños, en condiciones deplorables.

Sin embargo, la pobreza extrema, generada por políticas implantadas sin conocer bien a las poblaciones, la discriminación y el liberalismo, se hace notar en cada esquina. Lo más lamentable: la indiferencia se nota más.

En Piura, la mendicidad es uno de los problemas sociales más duros y difíciles de combatir. Además, un reportaje aparecido en televisión hace algunos años, el cual mostraba a falsos mendigos ganando diariamente más que un jornal de albañil, ha hecho que muchos ciudadanos, incluyendo autoridades, endurezcan esa virtud llamada caridad, y no dediquen ni un poquito de sus presupuestos locales, siquiera para censarlos y descubrir los motivos de su condición.

Los resultados son alarmantes. Hace cinco años no existían en esa calurosa ciudad la cantidad de niños indigentes que hay ahora, sobre todo a los alrededores de Saga, Topi Top y Cineplanet. Son pequeños aún, pero crecen pronto y se están volviendo agresivos. ¿Así habrán empezado los pirañitas de Lima? Niños abandonados o incitados por sus padres a pedir dinero. Niños que han sido convencidos de que merecen recibir “propina” de desconocidos, niñas que llegan a pensar, por influencia de adultos convenidos, que tienen derecho a tomar lo que no les pertenece, porque son pobres y lo necesitan…

Pero a los ciudadanos decentes no les interesa, pues. Esto, que seguramente será un problema público importante en algunos años, aún puede prevenirse. Aún es posible dar un hogar a estos pequeños, saber para qué mafia trabajan, conocer a sus padres. Por el amor de Dios, Piura es una ciudad mediana, hay cosas controlables. Pero no, pues, no, mejor esperemos sentados a que estos niños se hagan mayores y, entonces, quejémonos, llamémosles “lacras”, sigamos llenando el penal de Río Seco con delincuentes menores y vayámonos todos al cielo, por no meternos con nadie.

Ahora estoy lejos de mi ciudad. Vivo en el centro del mundo, en uno de los destinos turísticos más importantes de Latinoamérica. Cusco, ciudad imperial, con paredes de piedra pulida, callejuelas estrechas, discotecas de nivel europeo, restaurantes carísimos, agencias de viaje, automóviles contaminantes de hace veinte años, educación centralizada en el servicio turístico, grupos elitistas de conservación del idioma quechua, citadinos despectivos con la gente del campo, a quienes, estúpidamente, llaman “indios”, pero no como definición de una raza, sino como adjetivo peyorativo, con todo el contenido ofensivo imaginable…

Y mendigos. Mendigos por doquier. Mendigos en la avenida El Sol, mendigos camino al mercado de San Pedro, mendigos frente a la Plaza de Armas, junto a cada iglesia, en la puerta de los restaurantes… Mendigos y pobladores campesinos vendiendo en las calles, cobrando 1 dólar por foto, exponiéndose, siendo en su mayoría mujeres, a que algún gringo, cansado de su insistencia, les diga, groseramente: “¡Nou me tocas, nou me tocas!”.

¿Cómo hacer entender a estas personas que no necesitan humillarse ante nadie? ¿Cómo, si sus mismos paisanos les menosprecian? Ayer fui al mercado a comprar un jugo. La señora, con permanente y cabello pintado de castaño, amabilísima, se dispuso a licuar las frutas, cuando apareció una campesina a vender zanahorias. Le pidió 1 sol por cuatro zanahorias enormes (la mujer cobra dos soles con cincuenta céntimos por un jugo de fresas, agua y azúcar). La casera le dijo a la “cholita”: ¡No, el kilo está setenta céntimos, no más!

Es algo que he visto en Chalaco, en cualquier otra zona rural en la que he estado. ¿Dónde quedó la solidaridad, el respeto, el reconocimiento por el trabajo ajeno, el agradecimiento a las personas del campo, quienes, finalmente, son los que nos salvarán de perder toda nuestra cultura, semillas y tradiciones? Buena pregunta. Lo único que yo puedo hacer es dejar de consumir jugos donde la mujer aquella. Comprar fruta a los campesinos, que también tienen su lugar en el mercado más turístico del Perú, y preparar mis menjunjes en casa.

Y mendigos. Esta mañana le conté a Mónica que en Loja solían meter en “ghettos” a los indigentes, para que los turistas no se llevasen una mala impresión. Cusco en bonito, pero tiene poco dinero propio. Las empresas más productivas son de limeños, arequipeños o extranjeros. ¿Por qué los cusqueños no han participado de la competencia? Aún no lo sé bien, pero… Resulta casi imperdonable que haya tanta gente durmiendo en las calles, con el frío que hace aquí. ¿Acaso no hay casas deshabitadas, que pueden rehabilitarse para los “sin hogar”? ¿Acaso cuesta tanto a los municipios investigar las raíces de esta pobreza?

Hay muchas ONG’s aquí, hay mucha gente que trabaja, pero casi todos son de fuera. La iniciativa de estar mejor no nace de los cusqueños (ni de los piuranos), sean ciudadanos de a pie o autoridades. Claro, es que siempre es más fácil esperar, con la mano extendida, la ayuda externa. Y claro, la cooperación internacional tampoco es un organismo que ande siempre bien encajado en principios fundamentales. A la larga, la pobreza es un negocio, un negocio indignante, un negocio de mierda, que me ha pagado el sueldo alguna vez, que se lo paga a muchos, que genera más desigualdad y más desidia en las personas que deberían tomar al toro por las astas, pero que, a este paso, nunca lo harán.

Anoche íbamos rumbo a casa, luego de una cerveza bien conversada. Moríamos de frío. Pasamos por esos pasajes bonitos, con arcos, que hay frente a la Plaza de Armas. Delante nuestro, tres agentes municipales de Seguridad Ciudadana. Vi al señor que siempre pide limosna junto a la discoteca Mamá África. Tenía un táper de tecnopor, con comida. Me tranquilicé. Más adelante (los agentes caminaban riendo, como si nada), una mujer… Una mujer sola, temblando, acurrucada en sí misma para darse calor… Una mujer, a las 12 de la noche, a unos 6 ºC, con un jean roto y un polito harapiento, de mangas cortas, sin zapatos…

Mi amiga se ganó una de las sonrisas más bonitas que he visto en mi vida. Yo, dejé de sentir tanto frío. Los agentes seguían riendo, sin enterarse de nada. Es que su trabajo es proteger a la gente que va de juerga de asaltos y sustos, no auxiliar a quienes mueren de frío en las calles. Así es la vida, no se les puede culpar. No se puede culpar a nadie en realidad, pero cómo jode…

6 comentarios:

٭٭D€m€nT¡∂٭٭ dijo...

Me gusto mucho lo que escribiste, es tan cierto, se tiene que hacer algo para evitar tanta miseria... well evitarla no, sino tratar de ayudar los que estan en ella... yo soy igual que tu, siempre que ando por las calles de lima, ando dandole dinero a los indigentes... mucha gente me dice que no deberia hacer eso y blah blah... pero no se pes yo no puedo, me siento mal si no hago algo...
saludos

Angela dijo...

Es cuestión personal. Tengo una amiga a la que "no le gusta" dar dinero a nadie que pida o trabaje en la calle, su mamá le enseñó así.
Yo tengo una filosofía diferente: si me está engañando, da igual, porque lo que doy no me empobrece, ni me enteraré en qué lo usó, ni me quita o pone nada. Si no me está engañando, tanto mejor. No voy a convertir a nadie en "resentido social", si puedo evitarlo de algún modo...
Dios nos pone muchas pruebas en el camino, y nos coloca en el lugar apropiado, para responsabilizarnos por asuntos que podemos afrontar.
Espero poder ayudar de mejor manera luego. Por ahora, se hace lo que está al alcance de la mano, sin desesperar.
Gracias por tu comentario.

Malu dijo...

Bueno... es un tema difícil y muy opinable (no porque sea discutible la idea de ayudar a que las personas vivan mejor, sino por lo que cada ser humano pueda pensar al respecto).
De todos modos, la tendencia "natural" a ser buenos con los más pobres en una suerte de sentimiento positivo que todos los seres humanos llevamos dentro, mezclado con una necesidad de autoafirmación y reivindicación por nuestros errores y pecados.
Me explico: el dar dinero a un mendigo no nos hace, necesariamente, buenas personas. Recuerda a los fariseos bíblicos. Actualmente hay muchos de esos andando por ahí. Pero al menos colaboran, ¿no?
Culturalmente, además, siempre ha sido una obligación social ayudar a los indigentes. La mendicidad era una alternativa urgente de las personas que no tenían cómo cubrir sus necesidades básicas. ¿Recuerdas cuando Odiseo llega a su palacio vestido de mendigo, y Penélope lo acoge y alimenta, como "mandaba la ley"? Por lo visto, todos los dioses del mundo han apelado siempre a ese "lado caritativo" de las personas, para equilibrar el funcionamiento económico de la sociedad: el que tiene y puede, que ayude al que no.
De todos modos, reconozco que es necesario que todas las personas mantengan en alto, por sobre cualquier necesidad, su dignidad de seres humanos. Quienes piden dinero en la calle valen tanto como tú, Dementa o yo. Es algo que no deberían olvidar. La compasión que inspiran, que no es malo inspirar compasión, no debe "deshumanizarlos", ni humillarlos. Quienes tenemos mejores oportunidades, deberíamos aprender eso: la solidaridad es importante para que una comunidad salga adelante y no tenemos derecho a mirar a nadie por sobre nuestro hombro, ni siquiera cuando estamos dando una limosna, pues es nuestra obligación dentro de la sociedad a la cual pertenecemos, aunque nadie nos lo haya enseñado desde pequeños.
Pero en fin, como dije antes, el tema es, desgraciadamente, opinable.
Amiga, no olvides lo que tienes escrito en tu blog. No lo olvides cuando estés "mejor preparada y con mayor autoridad profesional", por favor.

Ernesto dijo...

Es triste que no se quiera aprender de los ejemplos cercanos, Lima, mi Lima ya esta muy jodida (su tamaño no ayuda) en estos aspectos, pero su realidad deberia ser ejemplo de como no hay que hacer las cosas, Piura y Cusco por no ser tan grandes lo tienen mas sencillo para manejar los problemas que comentas, pero no.... seguimos con la tendencia de fijarnos en lo inmediato y de ignorar selectivamente.

Alberto dijo...

Es muy difícil ver a una persona pobre en la calle, pienso que si la ayudamos quizás podamos solucionar en algo sus problemas, en su mayoría de casos referidos a alimentación.
Hoy se han creado muchos planes de desarrollo, pero se debe evitar lucrar con los recursos de los pobres y ver la manera correcta que el apoyo llegue a ellos.
Se podría además, crear una cultura solidaria hacia ellos.

nicky dijo...

Pobreza, miseria y exclusión son problemas que una politica económica de corte neoliberal no puede resolver.
Lamentablemente, el crecimiento economico que es evidente en nuestro país, incluso en cuzco, donde voy frecuentemente, no ha generado las condiciones necesarias para incluir a aquellas poblaciones historicamente excluidas del sistema.
Que se debe hacer, pues lo que todo el mundo dice, crecimiento con distribución. Como se hace eso, no tengo la menor idea. Solo se que las politicas socialistas, populistas y de esa tendencia, generan mucha mayor pobreza que las liberales. Y si las liberales no soluciones el problema, ¿quien lo hace? ¿el chapulin?
En Cuzco el contraste es chocante en extremo, como tu dices, junto a un primer mundo vinculado, sobre todo, al turismo, convive una pobreza apabullante con niños, mujeres y ancianos muriendo de hambre y frio en las calles.
Una lástima, y más lastima y rabia me dan las infinitas ong's que viven de esa pobreza sin haber hecho nunca nada por remediarla o paliarla.