martes, abril 17, 2007

Apenas nada más


Hoy recordé que una vez él me contó que estuvo muy enamorado de una chica italiana. Se conocieron en un intercambio universitario. Luego de ello, se mantuvieron “juntos” por dos años, viajando, buscando prácticas en ciudades cercanas…

Pero también me dijo que esa relación ya estaba muriendo. Que no eran novios, que habían luchado hasta donde pudieron (por lo menos él, creo que ella seguía luchando) y al final, nada pues, que era una joda querer a alguien tan alejado… Y que por ello no se enamoraría de nadie donde estaba en ese momento, pues ya bastante duro había sido un mar de distancia, como para buscarse ahora todo un océano.

De acuerdo, respondí. Tampoco me enamoraré de ti. Y pensé: no debo quererlo, entonces, no debo encariñarme, ni debo… No debo hacer nada.

Muy bien, pues, programémonos para que no surjan sentimientos que al final nos entristezcan, o cortemos el rollo. Debimos cortar el rollo, pero confiamos en que seríamos buenas máquinas, que funcionarían las claves y la predisposición emocional, que nos importaría un rábano tener una historia bonita, sentirnos a gusto, y decirnos “adiós”, como quien despide a un cliente de su discoteca, a las 4 de la madrugada.

Sin embargo, mi búsqueda no ha sido fructífera, la dureza que he procurado de todos los modos posibles, no ha logrado ennegrecer mi corazón como lo habría querido. Y él… él era alguien con quien disfrutaba estar, en todo momento. Él era… no lo sé ya, no quiero recordarlo tampoco…

No quiero volver a meterme en un asunto de estos, no quiero volver a fingir superficialidad en mis afectos, ni creer que soy capaz de querer a alguien por pedacitos y por momentos, pues no he sido criada para ello y no tengo una especialidad en “amor moderno”, aunque el mundo la demande.

Un día descubrí que le quería. Otro día, decidí ser valiente y decírselo. A la vez, quise alejarme de él, porque… Aquello de “no enamorarme” no había funcionado y él de todos modos se alejaría de mí. No tenía caso. Él solía recordarme que no valía la pena implicarnos mucho, porque nuestra relación no tenía futuro. Traté de seguirle el juego, pero de pronto, me vi perdida, ante la inminente lejanía y la inseguridad de su actitud.

Dolía.

Entonces, manifesté en voz alta: “me gustas, te quiero, me voy”. Y él, respondió del modo más inesperado, teniendo en cuenta su practicidad y celeridad: “yo también te quiero”.

Entre susurros y sonrisas, surgió una engañosa esperanza en mi corazón, que alimenté día a día con su cariño, sus palabras y sus miradas.

Algún tiempo después, él se fue, agradeciendo por todo lo bueno que soy, diciendo que había sido un placer coincidir. Y nada, a seguir viviendo.

Me quedé rota. Me sentí sola en esta ciudad que no es la mía, rodeada de personas desconocidas, que corrían de un lado a otro, sin parar.

Empecé a andar yo también, no podía darme el lujo de quedarme quieta. Además, esa mal nacida esperanza aún calentaba mi corazón por las noches, consolando mis lágrimas y arrullándome para dormir.

Pasaron algunos días, él habló conmigo por teléfono. Me dijo, tal vez borracho, tal vez hinchado de alguna emoción que ni él mismo se explica: “ya veremos cómo hacemos con esto”…

Yo creí, entonces, que tenía derecho a seguir cultivando ese amor. Yo creí que era amor.

Semanas más tarde, con pocas noticias de su parte y discutiendo su falta de atención, me dejó claro, a través de un mensaje al celular, que yo estaba confundida, que él nunca me dijo que seguiríamos juntos cuando él se vaya, que sólo le importaba mi amistad.

¿Confundida?

Sola…

Sin él.

¿Quién soy? –Volvió la sensación de vacío, de flotar en medio de la calle, sin sentido, sin recuerdos- Dolor.

¿Qué decirle? Enfurecerme, sí, primera opción. Me enfurecí. Pero no tenía caso reclamar, él se mantenía firme en su posición y, además, estaba tan lejos… (Me pregunto si habría sido capaz de decirme todo lo que escribió, a la cara).

No quise hablar más con él, quien continuaba demandando toda mi amistad, sólo mi amistad y nada más que mi amistad. El corazón me hablaba bajito, me suplicaba: “No me expongas más, mi niña. Lo que sea que él diga, te dañará, te dolerá. Tú lo sabes. No necesitas dejarle herirte. Permanece alejada, date tiempo, piensa en ti”.

Pero no pasaron más de dos semanas antes de darle la tribuna que necesitaba. Alguien me contó algo que no debió contar, respecto a deslices masculinos y noches de putas. Sentí asco. Inicié un nuevo canal de comunicación. Él, defendiéndose, insultando, pidiendo que no le atacaran, todo a través de mensajes y mensajes, durante una triste madrugada.

Rato después, sonó mi celular. Era él, explicándome cosas que ya no tenían sentido, pero que era necesario explicar, tal vez para no quedar tan mal.

Y entre datos y datos, escuché lo siguiente: “No quiero que sufras por nada. Tú, cuando caíste, sabías que te dolería al final. Desde el principio, ambos lo sabíamos. Tú también sabías que yo no me iba a enamorar de ti, porque tenía una pared en el corazón, estabas advertida. Pero sí te quiero. Si no te quisiera, no habría…”

Él siguió hablando. Yo, seguí llorando de dolor y de impotencia.

Ahora… Pues ya se acabó. A ratos quiero ser la gran amiga que él necesita, pero tengo miedo de sufrir más. No sé qué sentir. Como arranque pintoresco de autodestrucción, puse ayer en mi nuevo documento de identidad que sí estoy dispuesta a donar órganos, en caso de accidente (creo que es lo único humanitario que he hecho en los últimos días). Nada más, nada más. Sé que me lo merezco, porque yo me lo busqué… Pero ya no quiero que duela.

1 comentario:

Ernesto dijo...

Creo que ya todo te lo dije, y solo queda reiterarte que sacaras valor de dentro para avanzar y sobrellevar este mal trago dejado por quien no te merecia, pues no supo ser claro cuando debia.

Fuerza!!!! Eres lo maximo, solo que a veces se te olvida!!!!