miércoles, septiembre 30, 2009

En defensa propia

Iba yo por la calle, mirando intensamente -por demanda de mi gradación de astigmatismo- una cartelera, cuando sentí acercarse veloz hacia mí una especie de puño que detuve sin mucho esfuerzo. En dos o tres segundos pude razonar y mis ideas pasaron por “a lo mejor la broma de alguien que me conoce y no saludé”, “un carterista”, hasta que la vi: se trataba, ni más ni menos, de una mujer rabiosa, quien a lo mejor pensó que la estaba observando (hay muchos enfermos sueltos en esta ciudad).

Una vez razonado y hallado el motivo de encontrarme sosteniendo un brazo ajeno, evitando con tal reflejo un certero golpe en la nariz, lo apreté fuerte, con toda la intención de hacerle daño, y lo lancé contra el pecho de su dueña, gritándole: ¿Eres idiota o qué? ¡Estoy mirando los carteles, no a ti, pobre loca!

No, no dije “de mierda”, últimamente esa palabreja no me sale con facilidad, ni siquiera cuando merece ser gritada con vísceras y contundencia. Será que estoy envejeciendo...

Lo grave de este asunto es que luego me quedé pensando, ¿y si no estaba loca en verdad?, ¿y si yo estaba interrumpiéndole el paso y decidió abrirse camino de forma poco ortodoxa?, ¿y si llegó a creer que podría actuar de esa manera conmigo porque, digamos, soy “marrón”? Es decir, ¿habría hecho lo mismo con una persona “nacional”?, ¿se habrá atribuido el derecho de hacerme daño por ser ella bilbaína -además de estar loca, claro- y yo extranjera?

Así, hasta llegar al metro.

Dos conclusiones: la primera, que no debo pensar tanto. La segunda: debo salir de este pueblo lo antes posible, el miedo ha empezado a hacerme mala.

viernes, septiembre 25, 2009

Autobús


Yo sé que él ha hecho muchas cosas que me favorecen, pero ese no es el espíritu.

¿Qué quieres decir con “el espíritu”?

La forma, la intención. Él me ha ayudado para que yo, a cambio, le brinde un servicio. Y ese servicio ha sido bueno, regular o malo, según mi nivel de especialización y mis capacidades, pero no se trató en ningún momento de un acto de gratitud, sino de trabajo…

Entonces, lo que dices es que él ha llegado a generar en ti la sensación de que al tenerte trabajando para sí, te estaba haciendo un favor, y que cada encargo era una oportunidad de aprendizaje, por tanto, le debías gratitud, ¿me equivoco?

No. De hecho, él ha dicho ver potencial en mí y yo me he preguntado –muchas veces- con qué derecho la gente de este país se lo pasa viendo “potencial” en las personas que venimos de fuera, como si sólo la praxis y la metodología locales fuesen válidas para generar “actos” y “actores” en el mundo profesional y en la vida…

Pasando por alto las experiencias previamente adquiridas. Es como estar condenado a ser un “diamante en bruto” para cualquier alma caritativa que quiera “ayudarte”, no alguien capaz de hacer bien varias cosas puntuales. Entiendo la buena intención al contratarte para hacer algo que no corresponde a tu perfil, pues al menos te generó una fuente de ingresos. Pero eso no es lo normal. A una persona se le da trabajo porque puede hacer ese trabajo (dejando de lado el proceso de adaptación y adiestramiento previos que corresponde brindar a cada empleado nuevo). Y como consecuencia, el “tener claro” desde el principio que esa no era tu especialidad, sino que se trataba de una “excusa” para incluirte en el equipo e ir superando tus "carencias" en el proceso…

Ha acabado generando una relación de dependencia bastante insana…

De gratitud ilimitada. Siempre le deberás un favor y tendrá potestad para reclamarte gratitud cuando lo crea conveniente. Qué situación más incómoda…

Incómoda y retorcida.

Tu as raison. ¿Y cómo se sale bien librado de eso?

Bien librado no se puede salir. Cuando a una relación laboral se anteponen sensibilidades, lo más seguro es que no haya forma de salir ileso…

No entiendo.

Te explico: de entrada se han confundido lo subjetivo y lo objetivo en la contratación. Un jefe no da trabajo a un empleado para “ayudarlo”, sino porque necesita de sus servicios. Pero, en este caso, ha sido al revés. El empleado (o sea, yo) ha sido contratado porque el jefe le ha considerado “potencialmente bueno”, y le ha puesto a trabajar “sin que éste tenga especiales capacidades para las funciones que debe hacer”. Ergo, el jefe está convencido de que está haciendo un favor al empleado y el empleado, a fuerza de costumbre y por no tener otra opción, acabará pensando-sintiendo-creyendo lo mismo.

Por tanto, una abdicación laboral adquirirá visos de ingratitud, deslealtad y “ruptura”.

Eso mismo. Y en una ruptura siempre entran en juego sentimientos heridos, pasiones y dolor.


Vale… ¡Carajo, qué pesadilla!

Dímelo a mí.

¿Y entonces, qué piensas hacer?

No sé… Alejarme un poco, para empezar. Y buscar otro trabajo.

Búscate uno donde tengas que describir lo que observas y en el campo…

Sí, sí, en esas ando. Y…

¿Y qué?

Nada, nada. Me distraje. Es que ese sonido de celular era igual al mío, de Lima, y me he acordado de cosas…

¿Qué cosas?

Cosas. Olores, sabores, voces, sensaciones. Cosas.

Cosas…

Sí… ¡Hey!

¿Qué pasa?

¡Que nos hemos pasado de parada!

¡Pucha!... Caminaremos, pues.

Sí, sí. Caminaremos un poco, que caminar siempre hace bien.

jueves, septiembre 24, 2009

en una especie de Limbo...

Asuka (¡As-KA!), la hija adoptiva de mis anfitriones...

Sophia y yo, luego de la compra, esperando el autobús.

A veces ocurre que se acercan. Los pichones tenían hambre. Mantuvieron un diálogo fluido conmigo, hasta que llegó Sophia, con la gata, y la madre cisne se nos enfadó.

¡El sol!

lunes, septiembre 21, 2009

Anacronía

Y hablando de finales, hace un par de días supe un detalle, un detalle pequeñito que debí saber hace dos años (por lo menos), frente a una conciliadora taza de café. Pero las vueltas de la vida no siempre permiten que los mensajes se transfieran de emisor a receptor, de manera personalizada, sin medio alguno. Los hados se empeñan en promover el infortunio, pero, oh, providencia, también llevan y traen noticias, palabras pequeñas, hilos sueltos de todos los colores que dejan colgados de los árboles, del portal de tu casa, bajo la almohada. Y habrá que tener ojos para ver, prestar atención y descubrir que lo que esperabas oír ha sido ya dicho y viene a ti, cargadito de ese contenido que tanto dolor te habría ahorrado y que ahora, aún a la distancia, te trae algo de paz.
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El hilito azul estaba sobre la mesa de centro, en el salón de una vieja amiga . Benditas sean las amigas.
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Por fin puedo...

domingo, septiembre 20, 2009

Preludio - esta vez interesa mucho la letra

Ya por la tarde supe que el haberme pasado la mañana repitiendo la misma canción-soundtrack de hace algunos años tenía valor clarividente, aunque claro, también es cierto que si tememos que el pan podría quemársenos en la puerta del horno, es justamente porque no se trata de una simple posibilidad entre varias, sino que, efectivamente, contamos con una serie de elementos que, sin mayor impulso, se acomodarán del modo adecuado, específico, justo para conseguir que todo, todo lo que venimos planeando y/o haciendo, termine mal.
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Es la historia de cómo a veces resulta imposible dejar un lugar llevándonos un buen recuerdo, de cómo sirve de poco dar cariño o poner empeño en una relación, si el final, ese final feliz o por lo menos conveniente, esa última, única oportunidad que tenemos de cerrar, poner la guinda, decir adiós, sale torcido, sucio, podrido, y manda al diablo -por un tiempo- todo lo bueno que pudo acontecer hasta un segundo antes del fin. Digo por un tiempo, porque el tiempo, cliché o mentira, siempre acaba poniendo las cosas en su lugar.
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En todo caso, advertir que no deberíamos meternos en situaciones cuyo desenlace presumimos fatal, pese a todos los esfuerzos in extremis. Eso es insano, dañito. Eso no merece la pena. Deberíamos ser más inteligentes la próxima vez, colega. Sí, eso mismo. La próxima vez...
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Afortunadamente, el cinismo. Para algo ha de servir la experiencia. Además, ya nos hemos curado del complejo de culpa, aunque a veces, las reminiscencias…
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No, no se trata de una jodida ruptura amorosa (puf).

martes, septiembre 15, 2009

Los orígenes

Como he dejado de trabajar de manera formal (aunque en algunas condiciones humanas, la formalidad tiende a ser relativa), pude detenerme a conversar con los amables señores que me detuvieron justo en el cruce de cebra del bidegorri, rumbo a mi ex-oficina, con una actitud calmada, muy distante (lo noté después) de la cara de apuro y ansias sobreactuadas que suelen acompañarnos las repetitivas mañanas de rumbo al trabajo.

Sabía que se trataba de testigos de Jehová. Una infancia cargadita de tolerancia, apertura y contracorriente al catolicismo de los abuelos, me hizo conocerles desde hace mucho. Y ya está, buenos días, maja. Buenos días, díganme.

Un poco lo de siempre, el reino de Dios y el exterminio del maligno, etcétera. En verdad, me enternece oír a personas que con tal convicción intentan salvarse a sí mismas (para empezar, no nos hagamos los magnánimos) y a las demás, enseñando la palabra de Vida. Les expliqué que les conocía de hace mucho, que me gustaban en general, gente tranquila, intentando vivir de manera coherente. Eso es bastante respetable, aunque no se esté de acuerdo con todo y tal.

Resulta, para terminar el palabreo (el mío, aquí) que Dios quiere que todas las personas seamos felices y cuando Él (con mayúscula) gobierne el mundo, luego del Juicio, todos los seres humanos viviremos en Paz (con mayúscula, también), trabajaremos tranquilamente para cubrir nuestras necesidades, araremos la tierra, gestionaremos nuestros recursos de manera justa, compartiremos lo que tenemos, no nos faltará lo indispensable, no habrá explotación, no habrá maldad, no habrá dolor… ¿Te imaginas ese paraíso?

No, no me lo imagino, contesté con una sonrisa enorme. Yo conozco muchos lugares donde la gente es así, vive así. Y en cifras de estadísticas, esas personas son consideradas poblaciones vulnerables en extrema pobreza, o culturalmente atrasados, o ignorantes por "no querer progresar".

Y así.

Extraño, me dijeron que había sido un placer. Supongo que por educación.

sábado, septiembre 12, 2009

Bolsas


Estaba yo haciendo cosas serias en la mini laptop que un alma convenientemente estratega me ha dejado, tramando los argumentos necesarios para (aquí seguiría información confidencial del curro, así que no), en tanto pensaba que la negra bonita me iba a cerrar el locutorio, entonces tendría que esperar hasta mañana para enviar el archivo, bajo riesgo de llamadas matutinas (porque hasta las diez a-eme, nada), pero hoy no he sido capaz de llevar el recuento de horas y me distraje un rato hablando por teléfono (a veces pasa), ¿y desde cuándo hago cuentas milimétricas de mis minutos laboralmente productivos, digo yo?

Así, en tanto tomaba conciencia de mis niveles de ansiedad y habiendo comprobado que la argumentación (en el archivo de la mini laptop) quedó convincente y bien redactada, me di el lujo de notar que he invitado a la (otra) peruana a comer mañana (si la noche del viernes se lo permite) y no tengo más que atún, galletas dulces y una bolsa de papas fritas a medio consumir.

Entonces, un amago de preocupación-desesperación y ganas de esmerarme en preparar algo rico, sólo por presumir, y considerar la posibilidad de ir de compras muy temprano (después de enviar el archivo de trabajo, claro), de paso aprovechar y abastecerme para la semana, etcétera.

Y fue el preciso momento en que recordé (ya que estamos puestas a divagar) la primera vez que tuve la gran idea de ir al supermercado cuando me mudé a Sestao. Salí una mañana con la camiseta remangada, bien macha, yo, dispuesta a comprar los cinco litros de leche y demás insumos quincenales que me harían vivir tranquila y feliz, como una lombriz comiendo regaliz (¡puaj!).

Ya carrito en mano, o delante, para ser exactas, no tuve el menor reparo en coger toda mariconadita que, según yo, necesitaría para preparar comidas variadas en una casa que me ofrecía una cocina equipada a mi total disposición, durante un mes. Así, sobreemocionada, llené el jodido carrito de la compra hasta el tope, porque tengo la cabeza programada para medir el límite de gasto que puedo hacer, llevando marcas blancas, productos base y tal, pero siempre, siempre me falla el peso mínimamente aceptable que un ser humano de 160 centímetros, 54 kilos y sin ninguna afición a los deportes, puede cargar por ahí.

Debí prestar atención cuando la señora de atrás de la cola me preguntó si iba a pedir que me llevaran todo eso a casa. No, le contesté, fresquísima y sin acabar de reparar en las señales de alarma encendidas a mi alrededor. Lo mismo la cajera, y yo ¡Me he traído una mochila, llevaré todo allí! Y claro, mochila apropiada habría sido la verde que me llevé a Choquequirao, con ropa y comida para media vida, pero la joroba negra, aunque bastante grande respecto a quien suele llevarla a cuestas (…), no era en ese momento el artículo más apropiado, no, señor.

Ilusa y terca, me conseguí un rincón donde no agobiaría a nadie con mi proceso de empaquetamiento milagroso, y empecé a ordenar los productos, tetrabricks debajo, latas y frascos de vidrio encima, y según yo sólo me quedarían las verduras para llevar en la mano (hasta entonces no había notado que la malla con cinco kilos de papas no iría caminando solita, claro… ni los cinco litros de leche, ni los 4 kilos de fruta, ni los 2 kilos de arroz, ni las 3 bolsas de pasta, ni…)

Así me encontré, en la puerta del supermercado, con una mochila llena hasta reventar y cinco bolsas en cada mano, una por dedo. No podría decir qué diablos llevaba en ellas, pero sí que empezaron a tirarme de los brazos al segundo paso, estirándose de esa manera tan pendeja y dolorosa con que sólo saben estirarse las bolsas de la compra.

Me pesaba avanzar, sudaba entre frío y caliente y sentía hasta punzadas en el estómago. Empezaron a dolerme los hombros, no sabía cómo llevar los brazos, si dejarlos caer (y entonces, las bolsas en mis dedos) o levantarlos como quien hace pesas, alivio momentáneo. A esto sumémosle que era un sábado al mediodía, todo el pueblo por la calle mirando raro, ¿qué pasa, carajo? ¿Nunca han visto un ekeko? ¡Sabrán estos lo que es un ekeko!
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Tardé un buen rato en encontrar el modo más equilibrado de caminar, con todo ese peso a cuestas. Por supuesto, iba despacito y ya cerca de casa, se me dio por parar cada cinco portales, colocar las bolsas en el escaloncito de la entrada y descansar. Un par de viejecitas que pasaban por ahí observaron amablemente ¡pues sí que vas cargada! Sí, eso mismo, fíjese que no me había enterado, pensé, claro, sólo faltaba que me pusiese respondona y malcriada en circunstancias tan desfavorables, pero el nieto buena gente de la viejecita comprensiva nunca llegó, mejor dicho, si esperabas que de tu paciencia con las buenas señoras surgiera una espalda dispuesta a aligerarte la carga, estamos mal, hermana, ¡Manan canchu!

El esperado encuentro con la puerta de casa me sirvió para notar que aún debía llegar al segundo piso, sin ascensor. Pero bueno, ya podría dejar cosas debajo, subir poco a poco y tal. Final de la historia: toda la tarde con dolor de espalda. Es que ya no estamos para estos trotes, niña, ¡que tenemos casi treinta años, que siempre habrá algún/a cabrón/a dispuesto/a a recordárnoslo, para discutir nuestro nivel de madurez y cosas por el estilo, por Dios!

Por este motivo, y luego de recordar en un minuto lo que he escrito en cuarenta, decidí que mañana no repetiría, que iría preparada, que llevaría un mejor medio de transporte. Hice un recuento rápido de mis posibilidades: mochila negra, descartada. Mochila verde, descartada también, por aparatosa. Entonces, maleta. Así es, la maleta con ruedas, la que he estado usando estos días para llevar y traer cosas de la oficina (estoy en cierre y entrega de puesto, puf), la que hizo creer ayer a un colega que estoy durmiendo bajo el puente del Arenal, esa misma maleta. Menos bolsas, menos contaminación. Campaña ecológica contra las bolsas de plástico, todos (y todas) a usar maletas. Sí, mañana por la mañana despertaré temprano, iré al locutorio, enviaré el archivo de los cojones, luego pasaré por el supermercado con mi maleta y…

Mi abuela: ¡Muchacha loca!
Mi mamá: Ay, mi hijita…
La Chío: ¡Ve, esta enferma!
La Blanca: No te conozco.
La Carla: ¡Qué linda, mi gato! Ella es un gato viajero, lleva su maleta.
Myriam: (no puede hablar, se está partiendo de risa)
La Eli: (tampoco puede hablar...)
Zigor: (no puede hablar, pero del espanto... pobre vasco)
Ernesto: ¡Esta Angie! Ayyyyy…
La Pía: ¡Pero qué buena idea! Yo hice algo parecido la vez que…
Silvia: ¡Qué jjjjjjjarta eres!
Adrián: ¡Qué bicho!
Mario: ¡Mírala a ella, qué apaña’íta!
Erika, la mexicana: Venga, yo te ayudo (roja hasta las orejas, claro)
Erika, la abogada: ¿Y no es mejor que pidas el servicio de entrega a domicilio? Digo yo.

A ver qué pasa.
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Por cierto, he descubierto un supermercado de la misma cadena mucho más cerca de casa.

jueves, septiembre 10, 2009

de fainal cauntaund

A veces las personas nos ponemos tristes, muy tristes, y lo único que podemos hacer para no morirnos de la tristeza es aplaudir tres veces, mordernos los labios, secarnos las lágrimas a manotazo limpio (porque si te ve la gente pensará que estás loca, etcétera) y romper todos esos lindos hilitos de colores que nos mantienen atadas al tonto sueño que un día nos hizo creer que podía ser vivido.
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He estado buscando un algo que no he encontrado. He estado buscando algo que no es para mí. Sigo incompleta, pero más llena de recuerdos bonitos que un día andarán sueltos y desordenados por casa... cuando tenga una casa.
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Voy a buscar una montaña, una escuela y unos niños que no necesitan entender para sonreír. Voy a esconderme de mi autodestrucción y buscar un lugar, en mi reino, donde el dolor no me mate de a poquitos y pueda llegar a mi mamá con sólo dos autobuses.
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Me he cansado de estar asustada, Lucía. De no saber, de no avanzar, de no tener dinero. Me he cansado de abrazarme a mí misma, imaginarme conversaciones y creer que él me acompaña todas las noches, acariciándome la cabecita hasta que me quedo dormida.
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Quiero un lugar a dónde volver y alguien real que quiera quererme y compartirse conmigo. Quiero un trabajo normal. Quiero a mis amigas. Quiero ver a mi abuelita y conocer a mi sobrina. Quiero estar cerca cuando tengamos que enterrar a alguien de la familia. Quiero...
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Ya queda poco. Ya queda poco. Ya se va a terminar.
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Antes de ayer mi papá vino a despertarme, muy temprano, luego de doce horas de sueños dulces. "Levántate ya, que aún no has terminado tu trabajo", me dijo. Tenía razón, aún no.
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Hoy desperté cantando una rumba y he andado con mi maleta ruidosa por el jodido casco empedrado y las menestras de lata y unos ojos bonitos y algún adiós.
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En este preciso instante entro a un túnel sin cobertura, sin pasaje de vuelta, sin papeles, sin paro y sin ganas de hablar. Me llevo un libro inesperado y una tarjeta mensual del metro, un sueldo congelado y alguna posibilidad. Es el último tramo. El conteo final.
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