lunes, julio 28, 2008

A propósito del 28 de julio por aquí

.
No soy patriótica. En el colegio, tocaba una de las principales trompetas para la banda de guerra, con la que desfilaban nuestras compañeras ante un grupo de cómodas autoridades, cada día que a algún listo se le ocurriera. Todo un honor hacerlo en 27 de julio, víspera del aniversario de la declaración de independencia, en Perú.

No soy patriótica porque implicaría aceptar una serie de ideas que, como humana y libre, tengo derecho a analizar, discutir, discernir, aceptar, dividir, practicar y/o no practicar. En este preciso momento, por ejemplo, he empezado a generar una especie de tic nervioso, ante una irritante realidad: mi Familia está mirando por la tele toda la parafernalia limeña previa al desfile militar por fiestas patrias. Que si el presidente, que si el general, que si el entrenamiento en el ejército, que si esto o aquello.

Pienso, sin evocar a propósito, en todos los niñitos y niñitas que no pudieron desfilar ayer, porque sus zapatos escolares estaban viejos. Cuántos se habrán desmayado, cansados de esperar su turno tanto tiempo bajo el sol (¿a pan y agua?). Cuántos ni siquiera tienen oportunidad de ir al colegio. Pienso en tantas otras personas que, lo sé, desconocen por completo la importancia trascendental de estos días para el país, y siguen trabajando por una empobrecida subsistencia. .


Y me indigna el condicionamiento a expresar la propia peruanidad usando una escarapela, ese prendedor bicolor llevado en la solapa por muchas patrióticas personas en estos días, incluso por aquellos quienes, ahora mismo, están matando con indiferencia, evasión de impuestos y desigualdad a muchos, a muchas, y tienen el honor de ser entrevistados como “primera plana” en los programas de reportajes.

Sigamos resaltando la puntualidad del presidente García. ..
.
Que cada quién viva fiestas patrias como mejor le parezca, no voy a discutir las preferencias personales. Pero no tengo por qué admitir la imposición. ¿Por qué debo ser multada si no coloco bandera en mi casa? ¿Por qué Milagritos, mi ahijada de Chalaco, debe sentirse obligatoriamente peruana, si Perú, lo que formalmente Perú significa, lo que su mamá conoce de Perú, le concede, a manera de favor y por gotitas, un triste acceso a servicios vitales, a lo cuales, supuestamente, tiene derecho?
.


Pareciera resentimiento esto mío, pero no es tal. Soy peruana y me gusta serlo, aunque eso genere desconfianza en las oficinas de migraciones del resto del mundo (aún recuerdo el tonito de voz de la cónsul de El Salvador). Disfruto mucho cada detalle de este sitio, aunque no siempre me parezca positivo para nosotros (¡Por favor! ¿Cómo va a gustarnos que las combis no tengan paradero fijo y nos dejen en cualquier lado, si sabemos cuánto riesgo corren nuestras vidas en un sistema de tránsito así de desordenado?... ¿Por qué apoyar el asco a la formalidad y el fanatismo por la viveza criolla, si a fin de cuentas nos mantiene en un círculo vicioso de inseguridad y mediocridad?)

Me choca sobremanera esta tendencia tan básica a generar “amor” por el “suelo patrio” con pura sensiblería. Generarlo a todos los niveles, pero sin mostrar un mínimo de respeto por tantas diferencias culturales, raciales y sociales que pueblan esta demarcación territorial y geográfica llamada Perú…

Como diría Jaime Bayly: yo no soy capaz de amar países, sino personas. Y tampoco soy capaz de odiar países, sino también a personas, a propósito de la vecina que pintó la fachada de su casa con los colores de la bandera chilena (generando todo un problema social, con una cobertura mediática que llegó a darme vergüenza ajena).

Alan García ha empezado su mensaje presidencial... Voy a escucharlo, como buena peruana interesada en saber cómo van las cosas en su nación (¿?).

Intentaré tomármelo con buen humor. . .

martes, julio 22, 2008

Alguna más

Lucía recuerda que desde niña escuchó a su madre decir: ¡No quiero desgracias en esta familia! ¡No aguantaría la vergüenza!

Deben ser herencias forzadas de un pasado pseudo-burgués, porque apenas tenían todos ellos dónde caerse muertos. En fin, la opinión del vecino tiene alcances universales.

El problema es que con esto, la buena Lucía ha quedado totalmente condicionada. Mejor dicho, las “desgracias” mayores ocurrieron dentro de sus recuerdos, en sus secretos y en su corazón, y la convirtieron en eso que suelen llamar “maniaco-depresiva” y que, dicen, está muy de moda en estos días, sobre todo si se es mujer.

El caso es que de niña nunca la llevaron a un médico adecuado, porque es una vergüenza y son cosas que “Dios” nos ayudará a resolver, si confiamos en “Él”.

De adolescente, encontró un catalizador en los dibujos sangrientos, las heridas con navaja en toda la epidermis (que un dolor expulse al otro) y el heavy metal. Dice que le debe su vida a Metallica, que encontró un sentido, algo a qué asirse en algunas de sus canciones. Lo agradece y le creo.

Sin embargo, más allá de las pantomimas, nadie ha entendido algo muy importante: Lucía está enferma. Lucía está triste. Lucía es un corazoncito en carne viva que anda por la calle sin miedo a ser herido. Y la hieren, con inquina o sin querer, pero la hieren una y otra y otra y otra y otra y otra y otra vez.

Luego viene a mí, hecha un ovillito de lágrimas, mocos y sonrisas frustradas, y me pregunta: ¿Acaso es divertido romperme? Y yo le contesto: No, pequeña. No.

La abrazo y ella se queda dormidita, tranquilita, bonita como es aunque tenga la cara hinchada. Y entonces soy yo quien se pregunta: ¿Cómo alguien puede siquiera atreverse a romperla?

Y me doy cuenta que muchas personas van por el mundo rompiendo a otras para conservarse completas, que así funciona la vida, que así están puestas las reglas. Algunas hemos aprendido del cinismo y nos vemos fuertes. Otras, como Lucía, no pueden ser cínicas…

Lucía es fuerte, es muy fuerte. No sé cómo sentirá ella, pero la veo levantarse, recoger sus pedacitos, armarse con cuidado, mirando a través de las lágrimas y los recuerdos que debe dejar atrás. La veo aferrarse a una vida que promete ser mejor, pero ahora es difícil. La veo queriendo estar viva para no hacer sufrir, para no escandalizar, para ayudar a las personas que la quieren, más no por sí misma.

La conozco. La quiero. Me lo ha dicho en transparente, sin pudor moral. Le creo. Ahí está.

Adaptación


Hace mucho sin alucinaciones de esta categoría. Hace mucho sin alucinaciones en sí. Hace mucho, simplemente oliendo, disfrutando, pese a no encontrar trabajo, pese a una renta demasiado alta, que nunca debí aceptar (ni pagar). Hace mucho siendo “buena”, esperando la recompensa neutra que da la tranquilidad de las cosas bien hechas, creyendo firmemente, confiando.

Es increíble lo diferente que es la realidad de cada lugar, de cada lugar mío. Tantas diferencias. Tanta desigualdad. Tanta lucha por aquello que algunos considerarían vano, mediocre, sin embargo vital para otros muchos. Caminar por Pardo con los ovarios encogidos, sin poder dar más, sin poder sostener una mirada esquiva, ni sonreír (sólo los locos sonríen).

Es distinto. Personas valiosas que necesitan de mí. Personas que me necesitaron hasta ayer, y no más, pasando en rápido, dejando sólo sombras, sensaciones, recuerdos tan lejanos, tan difusos.

¿Quién, entonces, está aquí adentro? ¿Quién me habla ahora y me impulsa a escribir algo pequeño, sintiendo, tal vez, fuego en los dedos, una conveniente retirada, un hasta luego prolongado que a fin de cuentas, es adiós, adiós simplemente y ya?

¿Por qué tanta pobreza? ¿Por qué el oportunismo de siempre, aunque las bases, aunque la oportunidad tiene las manos ensangrentadas y la billetera reventando de esperanzas muertas y billetes gordos?

No entiendo. No quiero entender. No quiero tener que entender.

Y aquellos con quienes me identifico, a kilómetros y kilómetros…

Me pregunto si todos los seres humanos pertenecientes a este grupo aciago, a este “sur” decorado de eufemismos y romance, debemos siempre, siempre ignorar… Debemos siempre fingir que no sabemos de dónde nos llega la bendición, la comida, la oportunidad, cerrando los ojos a las preguntas, agradeciendo porque no nos queda otra, alimentando egos económicos con gratitud ansiosa, sonrisas sin dientes y fotografías entrañables.

Ni siquiera la filosofía cristiana más pura ignora la dignidad, por si el progresismo quiere buscar culpables.

¿Por qué?

viernes, julio 18, 2008

Vaginas parlantes


Aún estaba yo un poco atontada del aterrizaje, desubicada, tratando de encontrar similitudes entre aquí, allá y más allá, pese a los esfuerzos de Eli y Myriam. Haber llegado a suelo patrio en pleno mes de aniversario por la independencia, la república y tal, me ha hecho encontrar a Lima más movida y bicolor que de costumbre. Poco falta para que los asentamientos humanos de alrededores se conviertan en un espectáculo contrapuntual de banderitas rojiblancas en medio del arenal, la miseria gris, la falta de servicios públicos, entre otros.

Es que encima, si no ponen bandera les multan.

Bueno… Estaba yo perdida cual huevo frito en ceviche, pensando en la inmortalidad del miedo, la mosca en la que me transformo cada vez que pasa y los amantes ingratos, cuando me topé con un anuncio en letras rosas y doradas, caído del cielo y gracias al talento y terquedad del señor Oswaldo Catone: “MONÓLOGOS DE LA VAGINA – Últimos días”.

De inmediato convoqué a mis vaginas más queridas de por estos lares, y les dije, casi a gritos: “¡Tenemos que ir! Además, actúa Bettina Oneto y me MUERO por ver a esa mujer en vivo, es toda loca, toda ella, toda barrunta, ME ENCANTA!”

Estuvieron de acuerdo, pero por un traspié financiero de Eli (niña, hay que saber cuándo le depositan a una las gratificaciones… ¡Es vital!) al final fuimos sólo Myriam y yo, toda emocionadas y sin dejarnos amedrentar por el precio de la entrada (que costaba el doble de lo que yo, desde mi taxi-nebulosa, había leído por la mañana).

Entramos al Marsano como quien atraviesa el umbral a tierras mágicas. Como se entra al teatro, quiero decir. O se camina por la montaña. O se conoce gente nueva. O se nada en el mar. O se toma un avión intercontinental. O un día de estos me verán en un centro de reposo, condenada y reprobada por los especialistas en inteligencia emocional, que no se puede andar por la vida con tanta intensidad, si queremos pasar de los cuarenta años, me han dicho.

La llegada al escenario de las actrices Elena Romero (¿era actriz?), Laura Borlini (argentina fachosa) y Bettina Oneto (Ave Bettina) fue de musical. Emocionante verlas a las tres, ahí cerquita, haciendo ojitos, tirando besitos e instalando con suavidad un interesante sistema de comunicación con el público. Yo, alucinada como buena provinciana, me moría de gusto cada vez que mi miradita astigmática se cruzaba con la de alguna de ellas. Divas.

A partir de ahí, los monólogos: diferentes historias de diferentes mujeres relacionadas con su sexualidad. Con su vagina, vamos. VA-GI-NA. Repitan una y otra vez, que es una palabra incomprendida y muchos la disfrazan de nombres graciosos. Pero es vagina. Vagina, vagina, vagina.

Me di cuenta de inmediato que conozco más de vaginas que la mayoría de personas allí convocadas, casi todos mayores que yo. Supe, también, cuán necesario resulta este tipo de reivindicación femenina, para generar comprensión y equidad en la sociedad. Podría decirse que la obra es subversiva, en tanto que ataca y desmorona tabúes y permite que las mujeres hablemos como el todo que somos: nosotras, nuestra emotividad, nuestras hormonas, nuestras vaginas, nuestro lugar en el mundo, nuestras responsabilidades socio-culturales, nuestro sufrimiento, nuestros miedos, nuestras esperanzas, nuestros sueños grandes y pequeños.

Y también, nuestro derecho a tirarnos pedos (vaginales): cuando estamos cansadas, cuando hace mucho no nos visitan y echamos de menos un preludio más emotivo antes de metérnosla (sí, metérnosla, en todo sentido), cuando el apuro no dio tiempo a buscar una mejor posición, cuando estamos hartas, cuando no queremos, cuando no podemos concentrarnos porque muchas otras cosas están mal, cuando nos duele, cuando no nos gusta... ¡O cuando a la vagina se le da la gana, sin más!
.

A ratos cómica, a ratos dramática, la obra mostró, entre actuaciones bien logradas y algunas un tanto flojas, distintas situaciones de las mujeres, distintas luchas, exaltación y represión, amor y abuso, decisión, independencia, honorabilidad personal pese a cualquier prejuicio y santísimo rosario. En fin, liberación.

Y recordé dónde estaba, por un detalle más bien anecdótico, protagonizado por la gran Bettina. Es que en todas partes hay "impresentables". Nos dijeron más de 5 veces: “por favor, apaguen sus celulares o pónganlos en silenciador”. Ni caso. Desde que las actrices salieran, hasta el suceso gracioso, habrán sonado al menos 3 celulares diferentes, unas 6 ó 7 veces. Para matarlos.

En el momento cumbre de la interpretación más dura de Laura, sonó una vez más un asqueroso, antipático, incivilizado y jodido celular. Entonces Bettina, tan expresiva como es, apoyada por una mímica nada pudorosa, movió su enorme boca gritando, sin emitir sonido alguno: “¡MÉTETELO AL POTO! ¡AL POTO!”.
.

¡Jodé, macho, estoy en Perú!... Digamos que me llamó la atención que ella no dijera “al culo”, que habría resultado sumamente castizo, un sustantivo de común usar en España, como me lo dejara demostrado el slogan: “Culitos felices, con Pampers”.

Pero aquí no se dice culo, sino poto. Ubicaína total. Gracias, Bettina.

No se volvió a escuchar un celular en el resto de la obra, la cual, por cierto, recomiendo a hombres y mujeres con humildad, pues vale la pena pasar un buen rato tomando conciencia y conociéndonos más.

jueves, julio 17, 2008

Losing my Religion

¡Despierta!

Mientras Carola hablaba sobre lo que le parece mejor, sobre la obligación de buscar tranquilidad y por el amor de Dios, mujer, tienes 28 años, déjate de temeridades y consigue algo estable de una vez, Lucía carburaba y carburaba, buscando una respuesta que sonara medianamente lógica y decidiendo, finalmente, suspirar y decir: ya veremos, amiga. Ya veremos.

Lima despierta a las 7 de la mañana, hora razonable. Sin embargo, hoy tuviste pereza. Desde que llegaste, no sentías pereza. Hoy, además de pereza, has dejado encendida la terma (menudo regaño te espera, ay).

Bueno, entonces, a leer, elaborar cuadros de análisis, sistematizar información útil para la organización, y enterarte bien de todos los datos que te hacen falta para dejar de trabajar en estos temas, de una buena vez.

La cooperante española… Que te compre quien no te conoce, Lucía. Que te compre y piense que tienes plata. La lógica es tan simple: si justamente porque eres estudiante de allá, con un ingreso de acá, deben cobrarte medio pasaje en el bus y demás rebajas universitarias. Te cuesta hasta el aire, aunque en Perú no tanto. En Perú puedes morirte de hambre, pero nunca de hastío, ni de soledad.

Oh, la vida… la vida es más grande que tú y tú no eres yo, venías cantando en el taxi, rumbo al banco. Son amables los taxistas. Son amables los policías de la entrada. Son amables contigo las personas sencillas que te cruzas en la calle y sonríes toda orgullosa, evitando pensar (ni se te ocurre, porque eres sonsita para estas cosas) que en realidad podrían estar mirándote el culo.

Una canción

La importancia emocional que tiene esta canción para mí es indescriptible. Es mi padre, es mi mejor amigo, es el momento en que descubrí “hay algo anormal en mí” y acepté: “así soy”. Es el silencio si la escucho en el aire y el eterno respeto. Es el recuerdo de haberla cantado junto a sus creadores, en un reciente concierto, dando saltos de felicidad, pese a ser triste, a hablar de una ruptura, un alejamiento, el modo en que, heridos, nos deshacemos de aquello en lo que creíamos, para protegernos y no sufrir más.

Los sentimientos son universales. Los seres humanos somos criaturas maravillosas…

Oh, la vida… la vida es más grande que tú y tú no eres yo. Todo lo que recorreré, la distancia en tus ojos… Oh, no, hablé demasiado. Lo hice.

Aquí estoy, en la esquina. Aquí estoy en la luz del reflector, perdiendo mis creencias, tratando de mantenerme contigo. Y no sé si pueda hacerlo. Oh, no, hablé demasiado. Pero no he dicho suficiente.

Pensé que te escuché reír, pensé que te escuché cantar… Creo que pensé verte intentando.

Cada susurro, en cada momento lúcido estoy escogiendo mis confesiones, tratando de mantener mi mirada en ti, como un tonto que ni ve ni siente el dolor… Oh, no, hablé demasiado. Lo hice.

Considera esto. Considera esto: la clave del siglo. Considera esto: el resbalón, que traje hasta aquí de rodillas, falló. Qué pasaría si todas estas fantasías vinieran, golpeándome por todos lados. Ahora sí he hablado demasiado…

Pensé que te escuché reír, pensé que te escuché cantar… Creo que pensé verte intentado… Pero eso fue sólo un sueño. Intenta, llora, ¿por qué?, intenta. Pero eso fue sólo un sueño, sólo un sueño, sólo un sueño… un sueño.

El novio imaginario de la cooperante española


Lucía dice que es feliz, bailando como un enorme monigote de año nuevo, dejando caer aserrín por todas partes, llena de agujeros, remiendos y pólvora.

Hoy conversó con su jefe temporal (pocas cosas en la vida de Lucía no son temporales), quien intentó convencerla de parapsicologías cristianas y capacidad de descubrir la verdad más allá de lo evidente. La pobre ha debido vérselas con tantos desmadres neuronales y trascendentales que a estas alturas ya suele arrullarse recordando tales historias antes de dormir.

¿Estaré loca? Se pregunta. Desconfía de quien intenta descubrir los motivos de cada sensación que exterioriza. Y eso que ha exteriorizado muy poco últimamente, parece una vara de madera, la pobre. A lo mejor el joven talentoso de la oficina ha notado cierta tristeza en el proceso de readaptación y no se conforma con la lógica deducción: claro, es que acaba de llegar del otro lado del mundo y andará un poco tocada, o así.

Lo cierto es que Lucía siente haber caído en medio de este departamento miraflorino como un saco de papas andinas. Papas pequeñitas, de todos los colores, sabores y olores, papas de semilla tradicional valiosa y centro de atención de cuanto cooperante extranjero amante de la biodiversidad se les cruce en frente, para abanderar, vociferar, protestar, experimentar, pero ni pensar en recoger alguna, llevarla a casa, ponerla en un vasito medio lleno de agua templadita y esperar que dé flor.

Entonces Lucía, como buena papa andina con 200 euros mensuales en su cuenta, va por ahí confiando en un favorable tipo de cambio y compra “Mrs. Grasses” a cuanta viejecita se lo ofrezca, porque 3 solcitos no la van a empobrecer y, pese a vivir ajustadita, ajustadita, no es una persona pobre de verdad. Porque una cosa es ser pobre y otra andar misio. Lucía siempre anda misia, pero pobre, no es.

Ni siquiera son las 10 de la noche y ya tiene sueño. Tal vez está cansada de lo del otro lado del mar, de días largos. Aquí hay un calorcito especial, el sabor de lo familiar que le da seguridad, aunque no se le note al hablar. Anda un poco tonta, balbucea. Dice que quiere enrollarse, hacerse chiquitita, meterse en un huevo y que mamá gallina le dé calorcito, para dormir en paz y sonriendo, como suelen dormir los bebés y las personas que nunca han sentido miedo.

Ayer le escuché pensar que no está dando todo de sí (hija, llevas una semana). No quiere ser permisiva, porque apenas tendrá tiempo de readaptarse y vendrá una nueva transferencia de datos, cuerpo, espíritu, corazón, costumbres y manías. La vida, esta vida, esta vida. Y que le hizo gracia lo de antes, en la reunión institucional aquella para empezar un nuevo proyecto. Que la presentaron como “cooperante española”.

Casi sin levantar la vista y sonriendo, se apresuró en aclarar: no soy española. Luego se dio cuenta que debía explicar su situación de estudiante expatriada por cuenta propia y blablabla, pero ya lo había hecho el jefe temporal. Es que está un poco lenta, Lucía. Se pasa el día escribiendo frases entre concentración y concentración (del trabajo, digo) y cuando tiene que mirar por la ventana y ya no encontrar a su amiga Myriam (quien, hasta ayer, ocupaba esa oficina en el edificio de al lado), se da cuenta de que es hora de volver a casa de Kari, la bella. Entonces se echa el caparazón a la espalda y sale andando, confiada en que tal vez esta vez Alejandro se digne a ayudarle a llevar parte del peso.

Pero Alejandro sólo aparece ya entrada la noche, escribe en sus manos, le da mil besos y le dice, acariciándole su cabecita de niña tonta: todo va a estar bien, pequeña. Todo va a estar bien.
.

martes, julio 15, 2008

Lo que las mujeres solemos callar


Tuve que hacer un reordenamiento de palabras, para que no quede igual que título de telenovela mexicana. No sé si se trata de una cuestión cultural, a propósito de la pregunta de mi amiga Angie: ¿Es cierto que los huesos de los europeos son de hielo y que corre mercurio por sus venas?

Los prejuicios se mueren de miedo

En verdad, al recordar la guitarra de Bea y las sonrisas compartidas los pasados meses, no pude sino responder con una rotunda negación a idea tan arraigada entre mis semejantes, pertenecientes a la doctrina del abrazo inesperado y el “te quiero” sin reservas, ni objeción.

En mi aparatosa lucha por convertirme en una “ciudadana del mundo” se me olvida a veces la diferencia entre éstos, ellos y yo. Consigo meterme tanto en el papel que me toca actuar, de un lado y del otro (que no son papeles, sino yo misma) y olvido que, pese a unificaciones humanas doctrinales, comunistas y cristianas, sí se sienten, sí se perciben, sí se imaginan diferencias.

Y acaso no las he vivido yo, en mi recorrido infructífero por centros de salud, en Bilbao, buscando un sitio donde curar mi sinusitis, y recibiendo negativas por ser legal (sí, tal como lo oyen) y extranjera. Extranjeramente legal. Extranjera no, inmigrante. Extranjeros son los demás europeos y los estadounidenses. Para efectos administrativos, y cualquiera haya sido mi situación, yo siempre fui inmigrante. Peyorativamente inmigrante.

Sin embargo, esas sonrisas amistosas de gente desconocida, que luego se hizo conocida y nunca dijeron más que “vuelve y cuando lo hagas, avisa”, me hacen pensar: prejuicios. Los seres humanos completamos lo que no sabemos con prejuicios. Tapamos vacíos legales, administrativos, espirituales y culturales, con prejuicios. Curamos heridas armando un cascarón de prejuicios. Nos protegemos con prejuicios.

Y no es unilateral. Ellos también nos tienen miedo, compatriotas. Ellos también están asustados. No nos conocen. Nuestro exotismo les atrae, pero les amenaza. Nuestra disponibilidad humilde al trabajo duro les conmueve y altera el orden. Nuestra capacidad de ser felices con poca cosa les confunde. Nuestra naturalidad al querer y demostrar cariño, les aterra. Y si por ahí dejamos ver parecidos niveles educativos o profesionales, ¡ya es la ostia, joder!

No exagero. No digo que sea gente incapaz de sentir lo mismo, sino que es diferente, lo canalizan distinto, les afecta en vida según sus propios intereses, les enseña en tanto les sirve para después, en sus respectivos rumbos.

Además, hemos de reconocer que estas “diferencias” se dan en todos los niveles, y no sólo entre peruanos y españoles, o latinoamericanos y europeos. No, señora, se dan también entre piuranos y limeños, sullaneras y piuranos, costeños y serranas, serranos y selváticas. Citaditos y campesinos. Nunca, nunca dejarán de formarse y alimentarse los prejuicios.

¿Qué tienen que ver estas reflexiones con el título del post? Poca cosa, algo sustancial que me distrajo: las diferencias. Es que empecé a darle vueltas al asunto y me fui a otra ciudad.

La “absoluta” verdad

Lo que pensaba antes de detener mi trabajo y escribir todo esto era en esas “verdades innecesarias” que a veces las personas se empeñan en gritar a la cara. Verdades inútiles, que pueden reforzar la bravuconada o el momento valiente de quien las suelta, pero finalmente hacen daño.

Recordé que mi papá a veces me decía que era mejor no decir, a decir algo desagradable.

Puede que a mí no me guste el vestido lila de mi compañera de oficina, pero es MI gusto, MI percepción, MI manera de valorar una determinada realidad. Son cosas que no van a reflotar la Atlántida si no se dicen, mucho menos conseguirán que el aborto deje de ser el abanderado en la lucha de las mujeres por el derecho sobre su propio cuerpo… Es decir, no son trascendentes.

Y pensaba en las verdades que nunca dije, para no herir. Y no las dije porque, sé, eran innecesarias. Porque tal vez fueron verdad en un momento determinado de mi vida, por lo general agitado, y todo cobraría sentido luego, así que mejor callar.

O matizar.
.
Una cosa es decirle a tu jefe: “Me parece que la gente del consejo general debería tener más contacto con la realidad campesina para que sus decisiones sean coherentes y no nos obliguen a todos a hacer cosas fuera de contexto y sin sentido”, que lapidar al buen hombre con un contundente: “¿De qué sirve intentar hacer las cosas bien, "con la gran experiencia que tenemos", si al final tus superiores te van a ningunear, seguirán tratándote como títere y nos joderemos todos?”.

Es decir, una cosa es ser sincero, claro y oportuno. Otra, es ser bestia. O peor: ser bestia y, encima, trasnochado. Si nos detenemos a aprender de los animalitos, nos daremos cuenta que ellos también tienen una serie de ceremonias y protocolos para actuar y determinar. Los lobos no se atacan por la espalda cuando pelean por una hembra y la violencia por supervivencia se da en momentos extremos, no en el día a día de una oficina o cualquier relación.

Una vez (o muchas) dije a alguien (o a algun@s) que no quería estar con él (ell@s) porque no me sentía en condiciones para establecer el tipo de relación que me estaba pidiendo. Parece la típica respuesta de chica que quiere quedar como “educada” y suele pedirse mayor explicación, incluso con desgarro. Bueno, deshilacharé la respuesta con desgarro, a ver si luego de eso quedan con ganas de averiguar por más.

No quiero estar contigo: No me gustas. Y no me gustas significa que no me atraes ni emocional, ni sexualmente. No me causa ninguna gracia la idea de compartir saliva contigo, tampoco tiempo. Además, tengo dudas de que esto cambie, así que evitaré hacerte daño y hacerme daño a mí misma, entrando sin motivación en una relación. Ojo, todo esto no quiere decir que no te quiera, porque querer tiene niveles. Te quiero con todo mi corazón (o tal vez con parte de él), pero no quiero tener que acostarme contigo (otra vez), así de simple.

No me siento en condiciones para establecer el tipo de relación que me estás pidiendo: Más de lo mismo. Una reafirmación clarísima, que no tiene nada de morbo, ni de maldad. Si no me gustas, ¿cómo voy a involucrarme en una relación, más aún sabiendo lo que sientes por mí? ¿Crees que soy cruel? Cruel sería si me aprovecho de tu afecto y te utilizo de algún modo, sea como consuelo, compañía u objeto sexual.

Mi mamá me dijo el otro día que debería querer a quien me quiere, en vez de buscar quererle yo. Mirando atrás, ella se casó con quien le dio la gana y en contra de los deseos del abuelo. Vaya, creo que habré perdido una buena amiga luego de esto… Mala suerte, no soy mi mamá.

Sinceridad + Oportunidad = PAZ

El asunto es que así como a callar se aprende, también se aprende a no pedir explicaciones, a no querer escuchar más detalles acerca de algo que, así, en crudo y simple, es ya claramente doloroso.

No necesito que me cuenten cómo fue la agonía de mi papá antes de morir, sino saber que estuvo tranquilo y acompañado. A los moribundos hay que dejarlos morirse tranquilos y contarles que el mundo es bello y que todos vamos a estar bien, porque somos fuertes, aunque les echaremos de menos toda la vida.

A mí me han dicho demasiadas verdades hasta hoy. Verdades que en sí mismas formaban un halo oscuro y ni siquiera necesitaba escuchar, porque ya las sabía. Otras verdades han sido clavadas en mi pecho como un estandarte, para que no me quepa ninguna duda. Las verdades que más aprecio son aquellas que saben decir mis amigas. Todas, loquillas como yo y con estilo propio cada una, tienen un arte único para tejer el discurso apropiado y decir, de la manera más brutalmente dulce (¡buena, Monki!), alguna gran verdad.

Otras se montan un mundo, un agujero negro de negatividad y regaños, para hacerme “entrar en razón”. Mi mamita últimamente ha tomado la costumbre de enviarme testamentos autodestructivos por email, por lo poco que me ve, pobre. En fin, cada quién desarrolla su estilo de decir la verdad (su propia verdad), según su estado de ánimo, matizando además con narraciones de los acontecimientos recientes y expectativas grandes y pequeñas. Formas de interactuar.

Sin embargo, en esta maraña de cosas dichas y calladas, existe un nivel de amor que unifica, da claridad y da sentido a lo que siempre se dice y siempre no. Cuando mis amigas me hablan, sé que no quieren su bien, sino el mío (que en nuestra relación, es también su bien). Cuando estoy con ellas, pese a regocijarme en su compañía, quiero que estén contentas, sonrían, se olviden por algunas horas del tictac del mundo y suban a dar una vuelta en mi nebulosa. Sé que les gusta, por eso lo hago. Porque las amo.

¿Por qué no te callas? (emulando a un rey que no es mi rey)

Ya para terminar, estaba pensando en algo que me dijo un chico a quien quise mucho, en Cusco. Vía “Short Message Service”, claro, porque son verdades tan, tan importantes y determinantes en la vida e independencia de un joven, que no suelen lanzarse a la cara, no señora (a lo mejor es que tenía miedo de mis lindos ojos).

Pequeño contexto: anduvimos algunos meses en agarres intensos y las últimas semanas, viajando por ahí, en plan “enamorados”.

Tras muchos pequeños detalles, ambos estábamos convencidísimos de que aquello era un amor bastante transparente, aunque sin futuro de pareja (actualmente somos amigos-casi-hermanos, así que el amor siempre tiene futuro, ¡he dicho!).

Entonces se fue. Al alejarse su taxi, rumbo al aeropuerto de Cusco, me escribió un SMS describiéndome su sentir y todo el cariño que siempre guardaría por mí.

Chévere.

Luego pensé que sería posible volverle a ver, porque yo iniciaba mis trámites para irme a España (así es, señora, el nene es español). Y se lo dije, aún atontada por la distancia y con ganas de hablarle. Había pasado un mes.

La respuesta fue contundente: “Lucía, lo único que quiero de ti es tu amistad. Yo nunca estuve enamorado de ti y eso creo que debió quedarte claro desde el principio. Todo ese cariño que ha habido entre nosotros es porque eres un solecito y te mereces el mejor trato del mundo, pero nunca porque yo haya sentido algo más por ti, porque nunca sentí nada más por ti”…

Tras leerle escribir “nunca sentí nada más por ti” innumerables veces, me di cuenta que algo en mi corazón olía a cal. De todos modos, las lágrimas no se me secarán nunca, así que estuve por ahí evitando los sitios a donde habíamos ido juntos, porque no podía con el dolor.

¿Qué me dolía? El saber que muchos momentos que parecían el paraíso, el cielo, no tuvieron en verdad el sabor dulce que un amor sincero, aunque momentáneo, les habría dado. Entendí que el chico haya reaccionado de esa manera, pues “le asusté” con aquello de que estaba preparando papeles para ir a su país, pero, pero… pero… pero… PERO NADA, CARAJO.

No tenía derecho. Tal vez “me equivoqué” al decirle que me gustaba la idea de volver a verle, pero era algo que sentía en ese momento y que no tenía por qué reprimir. Quiero decir, yo no soy así, y si es ante alguien con quien he vivido durante cinco meses, menos.

Pero bueno, el caso es que me descascaró el corazón (insisto, es de cal, no se rompe) y lloré muchos días, hasta que una vida bohemia, buenos amigos y proyectos importantes me lo quitaron de la cabeza… un mes después.

Es que tampoco se había tratado del amor de mi vida y yo lo sabía, aunque no por eso le quería menos o le quería "de mentira". Por experiencia, podía adivinar observándole que la cosa no iría a más. Pero por supuesto, mientras compartíamos caricias y miradas dulces, no le iba a salir con algo así como: “Mira, hijo, tú no te pareces al hombre que quiero para mí. Es decir, no es nada personal, pero eres demasiado inmaduro y yo no necesito un hermanito más en casa, que ya tengo dos adolescentes insoportables (además, tu ortografía es pésima). Eso por un lado. Por el otro, yo aún guardo traumas y dolencias de relaciones anteriores (blablabla). Tengo miedo. Pese a que nos llevamos bien, que te quiero y me gustas muchísimo, me doy cuenta que tú no estás ni siquiera medianamente dispuesto a luchar por mí. Eso me duele un poco en el orgullo (que suele aliviarse pronto) y cuando hacemos el amor, porque bueno, las mujeres solemos sentir estas cosas, pero en fin, aquí estamos, entreteniéndonos, llenando espacios vacíos, queriéndonos bonito y superficialmente, compartiendo intimidad… Aprovechémoslo mientras dure”.
.
Todo tiene su momento. Luego, es despecho, es pánico, es ingratitud, es amargura, es miedo, es... herida. Yo he hablado demasiado por mis heridas, sé de qué va el asunto y sé que no quiero más.
.
Es gracioso. El “joven independiente” que me golpeara en aquél entonces es ahora un firme candidato a establecer conmigo un contrato matrimonial por conveniencia, de ser necesario, para dejar de ser puteada en Europa debido a mi procedencia. La vida y sus vueltas…

Sin embargo, y pese a no ser rencorosa, el cristal con que le miro ya tiene una rajita y aunque digo y defiendo que es un gran tipo, no volvería a poner mi corazón totalmente en sus manos, por puritito miedo, nomás.

Es lo que a veces genera “la verdad”.

viernes, julio 11, 2008

Cuestión de formas

.
Mi familia me espera y no puedo dejar de llorar (tengo miedo). Ya no sangro, ni por dentro ni por fuera. Es diferente. Tampoco se nota que estoy llorando. Es extraño cuando se rompen ilusiones que nunca existieron, o que siempre supe: no deben existir. Pero a veces el corazón va solo, y pretende, nuevamente, ponernos al borde, en el límite del abismo o en plena caída libre, tan ciega, tan dolorida, que es difícil recordar que hace mucho, mi niña, aprendiste a volar.

Es como cuando todo empezó. La primera vez que amé a alguien, no estuve enamorada de él (¿he estado enamorada alguna vez?). Fue tan fácil… Entonces, recuerdo, no conocía el dolor y tal vez por no poder identificarlo, no supe que estuvo allí, no melló mi andar, ni mi sonrisa.

Pero luego de conocerlo, luego de saber que los días son noches y que morir no es una opción válida, aunque podría ser la única opción, entonces sí sabes cuándo te está doliendo, cuánto te está doliendo, en qué momento debes decidir que no te dolerá más.

¿Es necesario decir que el amor no existió? ¿No sería mejor dejar que la ilusión se muera sola, sofocada por la salvadora desesperanza? ¿Quieres un nuevo compañero? Sí. ¿En las mismas condiciones? No. Tal vez en mejores condiciones, esas que ocurren sin esperar, sin pensar. Necesitas abrazos espontáneos que no generen cargo de conciencia, ni agobio, ni retracción tardía o inoportuna.

Hace falta, mi niña, madurez. Hace falta, corazón mío, constancia. Hace falta un pintor que dibuje tu risa en el aire, con colores azules y rojos, con cariño eterno y sin condición. Hace falta un artista que entienda tu manera de querer, querer hasta los huesos, sin quedarte, sin detenerse ambos aunque las ganas apremien, porque los gitanos parieron tu alma en un hechizo de luna y te dijeron: ve, no contengas tu andar.

Quieres un amor sin ataduras, pero amor. Quieres alegría sin temores, sin necesidad de repetirte, una y mil veces: esto se va a terminar. Quieres a alguien como Miguel, por ejemplo, que es incapaz de amar, pero te ama. Porque él es como tú, aunque sientas, a veces, que está demasiado lejos de ti. Que estás demasiado lejos de él.

Entonces, te das cuenta que posees ese amor, que es tuyo y del mar, de la brisa que acaricia tus brazos fríos y tu carita arrugada de 28 años y de llorar.

Sabes que no has perdido nada, que lo más importante te espera el fin de semana (tengo miedo), que no podrás ya contar con alegría la historia bonita que viviste hasta antes de llegar aquí, porque algo se ha roto. Porque siempre, siempre, algo se rompe. Y no es justo, pero es lo normal, pequeña. Es lo normal.
-
Has mancillado mis recuerdos... ¿Por qué? ¿Por qué tú también?
.-
Es triste saber que sí, te has quemado una vez más. Es triste saber que no volverás a besar esos labios, los más bonitos que has besado. Y que dejarás la sensación de tristeza en alguna combi, un día de estos, porque sabes que así será y lo sabías ayer, y hace una semana, y sólo querías un amor de dos horas, porque dos horas es lo más que él podía regalarte y tú mereces plenitud, aunque sea un minuto, pero plenitud, porque no existe otro tipo de eternidad.

Es fácil decir, a lo lejos, tantas cosas, sin mirar a los ojos, cuando el deseo no será satisfecho, cuando huir no es una alternativa, porque ya has huido, porque ya te fuiste, porque vas a volver una y mil veces pero nunca volverás como te fuiste, nunca con las mismas caricias, ni la misma inocencia que cierta dulzura te permitió recuperar, siquiera un día, siquiera dos horas, siquiera ese minuto en que pudiste amar sin pesar en que al final, al final, todo se acaba.

¿Te arrepientes? Sólo de una cosa: de no haberme ido antes. No me fui, porque pensé: no lo merece. No me fui, porque pensé: no seré quien le deje el recuerdo de que todo, siempre, es igual.

¿De eso te arrepientes? Un poco. También de la elección terca un día, frente al mar, bajo una tormenta intensa en San Sebastián, cuando decidiste volver porque, sabías, hay un tesoro en su corazón y quiero que sepa que yo (sí, yo) soy capaz de apreciarlo, cuidarlo, darle besitos cariñosos a sus heridas y acurrucarme en ese calor reconfortante que me hizo sentir tan especial (es piadoso dejar morir a alguien con una sonrisa).

Algún día, mi niña, algún día, alguno (o alguna) hará lo mismo por ti. Y tal vez la esperanza resucite. Y tal vez el miedo se extinga. Y tal vez esa forma de amar tan tuya, tan de darlo todo sin esperar lo mismo, encuentre un lugarcito compartido, y desaparezca la noche, y el día brille, y los recuerdos no duelan, y la condición se calle, y no te detengas, sino sigas andando de su mano, aunque esté lejos, muy lejos, muy lejos, muy, muy lejos…

Ojalá.

De todos modos, es bueno saber que por fin estás sana de eso que tenías antes de dejar tu tierra. Por favor, no vuelvas a enfermar.

jueves, julio 10, 2008

Extranjera

Estoy sintiendo por fin esta falta de pertenencia que me hacía falta para empezar a ser realmente feliz. Me explico: soy feliz, aún deprimida, aún angustiada, aún rota, soy feliz. Porque estoy completa. Porque sana. Porque mi familia (convulsionada familia). Porque mis amigos y amigas. Porque nada sobra.

Y voy cargada de recuerdos hermosos. Pequeñitos, pequeñitos, bonitos y hermosos. Voy cargada de recuerdos nuevos y antiguos, chiquitos, dulces, dolorosos, gratos, hermosos, rotundamente hermosos.

Este ir entre flores venenosas y ortigas medicinales. Este enriquecimiento, este poder escoger aunque cueste trabajo, este “ser privilegiada” sin soberbia, este (por fin) llegar a ser aquella que no pertenece a nada y es capaz de pertenecer a todo y ser parte de, tan solo callando.

Este acordeón de película agridulce, una noche junto al mar.

Ay…
..
Esta vida.
.

martes, julio 08, 2008

Amig@s (y Gato)

Desperté (que no es dejar de dormir, sino de soñar) al escuchar las palmas de alegría. El avión pisó suelo. Suelo peruano. Horas antes, me hizo bien hacer ruido a los del asiento de atrás, contando mil cosas dignas e indignadas, con Quique, el otro enviado aquí.

Noto paz. No alrededor, alrededor es igual. Noto paz en mi percepción y aún tengo bajo el volumen. Tal vez, si lo subo, empiece a llorar otra vez. Lo guardaré para el fin de semana.

Es hora de la comida en España y ayer fue un día precioso, de esos tranquilitos en los que sólo deseo sonreír (recuerdo un olor).

El Pacífico me saludó tempranito, cuando aún no amanecía. Ahora ya hay ruido afuera y empieza la faena. Me gustaría tener conectividad a Internet, que el teléfono de mamá no esté cortado por enésima vez, que las distancias no sean tan largas.

No he conseguido quitarme de la cabeza esta canción… ¿Tú sí?
.

domingo, julio 06, 2008

Resumen

Debo decir que ha sido maravilloso despertar en este sofá, sin angustia, y desayunar con mis nuevos amigos entrañables. Que me gustó ese abrazo fuerte cuando Sting cantaba "no es necesario que enciendas la luz roja", porque ambos estábamos emocionados, y tu mano calientita mientras saltábamos gritando, anoche, bajo la lluvia: "That's me in the corner, that's me in the spotlight, I'm losing my religion!"...
.
Mañana, Perú.