lunes, enero 28, 2008

¡Desarrollémonos todos! (y todas, en lenguaje inclusivo)


Es justo y necesario (sobre todo necesario) terminar un trabajo para el Master. Sencillo: a partir de lecturas específicas y lo ya estudiado, debemos teorizar, una vez más, sobre el desarrollo.

Aún no he encontrado el punto de partida que me ayude a ordenar un poco las ideas. Tengo muchas y muy pocas, sumadas a mi renuencia a teorizar más (¡no más, por favor!) sobre un tema que ya tiene escritos muchos libros y repartido mucho dinero (no precisamente entre quienes lo necesitan).

Pero nos encontramos haciendo un Master, ergo, habrá que ponernos en “modo académico” y pensar un poco. La lejanía con lo que entiendo por “pobreza” tal vez me ayude a deliberar en abstracto, a ponerme por encima de la realidad y, a partir de una observación –incómodamente- objetiva, escribir propuestas personalísimas sobre un problema que no se va a acabar porque un grupo de mocosos (menores de treinta años, entre quienes me cuento) dediquemos tiempo a ello, por más aplicaditos que seamos... No por ahora, al menos (tengo fe).

Lo cierto es que me gusta poco estar aquí. Me explico: es maravilloso estar aquí, como fue maravilloso estar en Cusco, Puerto Maldonado o Chalaco. Agradezco mi estadía en Bilbao como una oportunidad importante: estudiar y sobrevivir en un entorno diferente hacen mucho por el crecimiento personal.

De algún modo, del cual, seguramente, no seré conciente, terminaré siendo más “fuertecita” una vez que se acabe el sueño-pesadilla y pueda sentarme a la mesa, con mis dos hermanos ya más altos que yo, a comer algo hecho por mamá o por mi abuela. Mi centro sigue siendo la casa de mi madre, aunque las raíces las lleve conmigo a todas partes. Y es ahí donde he de volver.

Pero no me gusta aquí, pues se trata de una comodidad harto concentrada: el azúcar es más dulce, la sal es más salada, los medicamentos acaban dopando y en fin, todo lo bueno es buenísimo por la cantidad de artificialidad que lleva dentro...

Y parece inconcebible que en otros países “esos pobres estén tan mal”, y vamos a hacer colectas, comprar sólo en las tiendas de Comercio Justo (que son carísimas), ver películas temáticas, consumir menos Coca Cola (pero no dejar de fumar) y estudiar, estudiar mucho, mucho, porque sólo los intelectuales salvarán al mundo (ya hablan como algún ex-jefe allá, en mi Alma Mater).

No me fastidia mirar por encima la realidad mundial, ni siquiera hacerlo con una clara discriminación económica de la vida y los pajaritos. Lo que me resulta imposible de tragar (y esto ya no tiene que ver con mis molares tardíos) es seguir calificando a un sector como “ellos”, ante “nosotros”. Y buscar nombres poco ofensivos para referirse a los países pobres, igual porque habemos latinoamericanas en el grupo y hay que respetar.

Bueno, estoy segura que mientras esta segmentación continúe, las cosas seguirán igual de mal. ¿Cuestión de orden? Sí, bueno, es que la vida no existe sin nombres ni adjetivos calificativos, ¿verdad? Una vez que nació el lenguaje, nos jodimos todos y ahora resulta que nada puede haber en el planeta si antes no fue pensado por algún sabio. Y como no podemos vivir sin calificar, entonces califiquemos y eso nos hará conocedores de la esencia de todo lo que miramos con el rabillo del ojo, pues nuestra labor de súper héroes no nos da tiempo para más.

Vaya, cómo me duele tener que hacer estos ejercicios (eres una llorona, Lucía). Pero como buen ser humano metido en el mundillo profesional, debo ir haciéndome de certificaciones que me permitan darme el lujo de ser como quiero. Tan simple como esto y no soy la única. He conocido, en el camino, a muchos hombres y mujeres que andan por ahí ganándose el derecho de estar vivos y ser como quieren ser. Es lo que nos ha tocado.

Pero claro, muy aparte de mis discutibles “capacidades” y las oportunidades que he tenido (gracias a las cuales ahora estoy endeudada hasta la médula, pero feliz), no debo olvidar, NUNCA HE DE OLVIDAR a las personas que se han cruzado en mi camino. Sería demasiado ingrata y demasiado soberbia si no tengo en cuenta sus oraciones, buenos deseos y suaves enseñanzas (suaves, como una garúa matutina, no como la vociferación prepotente de los podios) en las decisiones que tomo y he de tomar.

Lo “triste” es que muchas de esas personas geniales, incluyendo parientes, tendrían que estar consideradas estadísticamente entre los grupos humanos meta de la ayuda internacional al desarrollo (¡qué ostentoso suena, caramba!). Y es aquí donde sucede la ruptura que me está atragantando: soy parte de “ellos”, soy uno de “ellos” y hasta me sienta mal saberme tan lejos, pero debo “abstraerme”, como un ejercicio académicamente útil, que me igualará a mis compañeros de clase y me hará parecer menos tonta.

No estoy en contra de teorizar. Teorizar es interesante, divertido, es un buen ejercicio mental. Pero el respeto a realidades que he podido palpar y que son parte de mi sistema, no me permite fumar tranquila un porro y pensar que mis palabras en trance ayudarán a que Hilmer y mi tía QQ no se mueran de esa infección que tienen en los huesos. Y así con todos los chiquillos llamados Hilmer y todas las tías amorosas del mundo.

Un amigo ha estado satirizando mucho últimamente, vaticinándome un futuro espeluznante como “señorona oenegera”, de esas que usan gafas oscuras enormes y sólo suben a los cerros en Land Rover 4x4, dos veces más costosas que las de los “chulos” de la minera Yanacocha.

No lo culpo, es como casi todos terminan. Yo aún no consigo encontrar la utilidad totalmente positiva a muchas ONGs que conozco y siempre les “he dado por su lado” debido a que sé que de toda la cascada de dinero que llegará del extranjero, alguito, alguito quedará (y los comercios de los pueblitos se verán beneficiados por la presencia de ingenieros, médicos, maestros, biólogos, antropólogos, sociólogos y alguna comunicadora, todos profesionales A-1, sí señor).

Pero la desigualdad se hará más grande. El bodeguero de Chalaco, que nos alquilaba habitaciones casi en exclusividad, trataba muy mal a los campesinos que llegaban a venderle papas y tomates, les amenazaba y convencía de comprar sus productos a la mitad de los que ellos pedían (menos de 25 céntimos de dólar el kilo).

Y cuando la niña tonta denunciaba el hecho ante sus superiores, la respuesta era contundente: el respetable don Perico de los Palotes nos brinda habitaciones limpias y entrega factura, que nos lo pide la Agencia Española de Cooperación Internacional. No se diga más. ¡Vaya usted a seguir tomando fotos de gente miserable para que los del Gobierno Vasco nos aprueben el nuevo proyecto y tengamos trabajo, faltaba más! (qué asco me doy a veces).

El mismo crecimiento económico desigual, a todo nivel. Modelo repetido, de pequeño a mayor y mayor y mayor y mayor. Metidos en el sistema estamos. Somos parte de la economía, somos parte de la injusticia y el mal reparto de los recursos, somos parte del hambre, la muerte y la tiranía, somos parte y… ¿No podemos hacer nada? Seguramente, sí. Soy partidaria de los aportes personalísimos, desde donde cada quien tiene la fortuna de estar. Pero para eso hay que tener conciencia… Difícil.

No se trata de salvar al mundo (ni de ayudar al mundo a salvarse a sí mismo). El mundo es una generalización, quienes trabajamos a diario y afectamos la realidad con nuestras acciones somos las personas. Rostros, nombres, miedos, mujeres, hombres. Gente. Poco a poco, aunque suene a cliché. Expandir hasta donde se pueda, ¿para qué más? Si quieres más, lánzate a la política y conviértete en un nuevo inútil.

¿Conclusiones? Soy demasiado dispersa y desordenada para atreverme a concluir nada. Además, en mi "País Feliz" siempre será demasiado pronto para DEFINIR, con puntos, comas y valoraciones éticas. Cuestión de seguir…

Eso sí, luego de esta experiencia tendré un nuevo pesar: realmente me dolerá pensar en cómo se está utilizando el dinero de los españoles y españolas, llevado a los proyectos de desarrollo. No creo que les guste mucho saber de las Land Rover. ¿Que tienen dinero? Pues no más que yo en Perú, medianamente (aquí no tengo un duro y aún no lo paso mal, lo cual evidencia lo bien que me están tratando, vaya).

Bueno, no se diga más. Aquí, una banda de punk "sano", cortesía de mi buen Ernesto, contando en pocos minutos el sistema de descentralización de la producción masiva imperante en Estados Unidos (y demás países industrializados). ¡Que se jodan los pobres, a fin de cuentas, nadie les va a hacer caso cuando empiecen a protestar!. Sí… Seguro. Ya NOS quiero ver…
.
Mientras tanto, a terminar el trabajito éste, que ya casi es día de entrega.


viernes, enero 25, 2008

Catarro


No se trata de una decisión, más bien del modo apropiado de hacer las cosas mal, o bien, pero hacerlas sin desperdiciar recursos, hacerlas sin sentir que nos dejamos el pellejo en ello, pero con suficiente valor y trabajo para merecernos la cerveza al final de la jornada.

Y anhelo tanto estar en Cusco ahora. Cusco con S, como me lo enseñaron en las clases de quechua. Cusco a secas y bien. Cusquito de fines de semana sin búsqueda de príncipes rosas, ni gringos coqueros venidos a menos, pero guapos a fin de cuentas.

Cusco, de la Monki, de Fausto Felino Andino Papetti, de días sin dinero pero no recuerdo cómo carajos sobreviví y debería recordarlo, pues no estuve drogada todo el tiempo, salvo la droga propia de estar lejos, asumiendo un viaje personal, necesario, previo al gol final, a qué mierda hago en Bilbao y cómo diablos llegué hasta aquí.

Lejos… ¿De qué? Especifica, niña. Lejos del Casco Viejo y aún devorando un libro, pese a la fiebre y el exceso de Ibuprofeno. Lejos de la gente que te quiere. Sí, podría ser un referente válido, probado en la necesidad de madrugar cada noche, para intercambiar el día con los tuyos, con los que aún pueden ver el sol a la misma hora en que tú te despides para ir a dormir, porque mañana hay que levantarse temprano, conservando un hábito sano, mientras consigues trabajo.

Lejos del dentista que te habría cobrado sólo seis euros por liberarte de esa maldición que te tiene ahora ahogada entre esputos de sangre y ganas de morir de hambre, porque tragar duele mucho más. Seis euros no, querida, veinticuatro soles.

Pero nunca lejos de tu ombligo, Lucía. Nunca lejos de tu centro. Ahí está, lo llevas contigo. ¿De qué te sirve? ¡Yo qué sé! Pero es mejor tenerlo a no, ¿verdad? ¿Qué no? Eso dices ahora porque te sientes triste, pero ya sonreirás de esto y de todo. Ya sonreirás.

Tal vez sea el Ibuprofeno (es lo más seguro a estas alturas), pero qué sensación de vacío tan densa, pequeña. Qué manera de entrar el aire fresco de la Ría, por debajo de tu chaqueta granate y tu bufanda de hilo. Qué modo tan concreto de sentir la soledad en abstracto, la unicidad que eres tú sola, tan sola que ya puede venir un ventarrón y llevarte de paseo por las estrellas, sin un paraguas, con ilusiones, sobre las nubes, a espiar humanos sin nombre, que no quieres espiar, pero es mejor mirarlos desde arriba, comiendo algodón dulce, a seguir más tiempo entre ellos, sin acercarte siquiera para sentir su calor (o que sientan el tuyo, ¡cuánto desperdicio, guapa!).

Pero es mejor correr un poco y descender a los túneles del infierno, entrar por el costado del enorme gusano y confiar en que te llevará a casa, sin digerirte. Confiar mientras lees sobre Lucía y tienes miedo de lo que pasará a Lucía, porque es como tú, mil veces Lucía, mil veces sola, mil veces loca, pensando “un emparedado de pavo y queso”, “ojalá María tenga aceite normal, hoy la oliva me sabe a rayos”, “menos mal compré pan esta mañana”, “¡puta muela del juicio!”.

Tus manos huelen raro, pero no son tus manos, sino el olor que tu nariz ha decidido sentir esta semana. Tu aliento huele a Ibuprofeno y eso que redujiste la dosis, no confiaste en un médico sufrido de seguridad social, que da igual, de todos modos tendrás que ir al dentista, de todos modos en Perú te habrían atendido de inmediato, sacando un ticket, no importa si existes o no en los padrones oficiales de la municipalidad.

¿Entonces, Lucía, vendrás con nosotros al bar? Es mejor que seguir encerrada en casa, pero mejor sólo agua, el humo del cigarro sabe a chocolate, U2 debería dejar de ganar dinero con su domingo sangriento, tú no quieres conversar, ni analizar, ni pensar en salvar al mundo anulando el curso de religión de las escuelas (te importa un rábano el curso de religión, pero crees firmemente en Dios, como en ti misma, niña, y eso nunca te lo voy a discutir).

¿Aburrido? Tal vez. Al fin sola, en medio del grupo de amigos no amigos que te rodean y demandan sonrisas que no puedes fingir, porque te duele la boca y te duele la garganta (garganta profunda, venida a menos). Y no tienes líbido, y puedes dejar que te toque el pecho y la cintura, que lama tu cuello o te susurre amor hedonista por el Messenger, de todos modos te quedarás dormida a su lado, pese a sus ganas y su olor (no sientes olores reales estos días, el catarro te ha dejado ciega).

Has empeñado tu sonrisa por un abrazo, Lucía, por un abrazo sexual, que disfrazas de ilusión momentánea y fuerza sobrehumana. Has empeñado tus deseos y tus expectativas por un placebo contra la soledad. Sabes que es falso. Sabes que es pasajero. Sabes que te hará llorar. Pero ¿quién te convence a ti, niña tonta, obstinada, de saber esperar entre nubes, de que no necesitas, de que no es justo, si yo misma disfruto de esta dulce nada, tanto como tú?

Ya es hora, el gusano te expulsa. Ve a casa y espera que María tenga aceite de girasol, que la navaja llegue con suficiente filo, que el baño esté desocupado, que no haya llamadas en el celular, porque no las habrá.

Y María sólo tenía aceite de oliva. Qué demonios. Decides que la oliva no te resulta tan asquerosa el día de hoy, que es normal, que ni siquiera sentirás el sabor. Fríes el embutido, cosa que hace mucho no haces, preparas un emparedado de queso y carne de pavo con ese pan de la mañana, porque te provocó comprarlo, porque te fastidia seguir comiendo de molde, aunque es barato y dura más.

Un poco de leche con café, pero poquito café, acá se concentra demasiado, como el jodido Ibuprofeno y otros analgésicos clínicamente recomendados, que te están dejando ciega y destrozando los nervios (y pensar que la cocaína parecía mala), y venga, a cenar. A cenar. A intentar cenar. El emparedado es demasiado grueso. Demasiado. Duele la encía. Duele… No puedes abrir suficientemente la boca…

¡Dios!

Moja el pan en leche, pues, como los pajaritos. Sí, ríete, Lucía, ríete. Lo mereces aunque duela. Lo mereces porque si te ríes de ti misma, créeme, pronto estarás bien.

lunes, enero 21, 2008

Aharon

.
Me viste llorar. La herida empezó a hacerse en el mismo lugar donde más tarde penetrarían palos, piedras y veneno, pero así pequeña, sabías tú, ya dolía. Por eso te quedaste conmigo, pese al frío, me obsequiaste la mitad de tu aislante y tu lado del saco, más caliente que el mío.

Cantaste en hebreo a las estrellas. Dulce. Miraste conmigo los relámpagos, debajo de la alfombra de nubes a nuestros pies, en algún lugar de mi sierra. Olvidamos a los demás y las cuentas y las vergüenzas y tú hombre, yo mujer. Me abrazaste con el calor de tus pasos, tus batallas, tus búsquedas. Y velaste mis sueños.

Cuidaste de mí como lo más importante que tenías en el mundo. Pocas personas me han amado de ese modo y en eternidad. Sólo tú has hecho por mí ese viaje que he viajado tantas veces, por otros.
.
Debí aprender más de ti.

Me llevaste en tu diario… ¿Aún me tienes?

Sé que estás bien.

lunes, enero 14, 2008

El monito


Por estos días, piensas, la tristeza no es voluntaria. Nunca lo es, recuerdas, y te jode, realmente te jode escuchar: “Debemos hacer algo para resolverlo” o “no permitas que eso te suceda más”. ¿Permitir qué? ¿Cuál excusa? ¿Acaso eras conciente de los árboles, la montaña y el puente colgante? ¿Acaso sabías “quiero morir”? ¿Acaso sabes ahora, “quiero estar triste”?

Además, está “me duele tu dolor”. ¿Te duele mi dolor? ¿Y a mí qué me importa? A mí me duele el dolor con que él me mira, pero no puedo hacer nada al respecto. Me duele, mas no le reprocharé eso, ni procuraré que no le duela más, porque sus motivos de tristeza no son más que marihuana concentrada y ganas de nada, no hay más allá, no hay razones reales. ¡Eh, cariño, que estás vivo, pese a cualquiera de mis amantes! ¡Que fuiste tú quien se fue! (Gracias al Cielo).



¿No estés triste, que me entristeces a mí?

Egoísta.

Estoy triste porque me he dejado contagiar de nostalgia, porque a veces me falla la química cerebral (y eso, aunque te pese, aunque pretendas que puedo resolverlo con buena actitud, pues no, porque no, no obstante tu raciocinio… cierra los ojos para entrar en mi mundo). Estoy triste porque aquél imbécil sintió tristeza de perder lo que aún no tiene, o lo que tiene ahora y no tendrá más, dentro de algunos meses.

Y yo… Yo tengo tantas cosas que no tendré mañana. Y oler tu cobardía disfrazada de pragmatismo me ha hecho pensar: ¿Cómo he sobrevivido, con tanta intensidad, todos estos años?

Bendito sea Dios por permitirme amar. Bendito, por no dejarme olvidar rápidamente y por esta manía de borrar los defectos de otros. Bendito porque pensé que no tenía lágrimas, pero parece que hay cada vez más (¿o serán, nuevamente, los días premenstruales?)… ¡Bendito sea Dios porque me está por venir!



Sí pues, fue leyendo a Isabel Allende que lo recordé. Fue Paula o ella misma, hablando con cariño de un muchacho costero que pudo violarla y no lo hizo.

Borré durante muchos años el recuerdo del monito. El monito, el monito bonito, que tenía aquél anciano entre las piernas, que me dijo: “Toca al monito, toca al monito, el monito se va a endurecer porque le gusta que le toques, toca al monito”.

¿Cuál monito? Ese es un pene… A los 6 años sabías lo que era un pene, pero no tenías maldad.

No tocaste al monito, ni miraste la revista con gente desnuda que tenía el viejo aquél. Tu nana (porque tuviste nana) se dio cuenta del peligro y pese a sus amoríos con el portero, vino a verte. Justo a tiempo… Ella te enseñó a guardar secretos.

No toqué al monito.

Días después, te salieron varios granos en la cara. La bisabuela dijo: “Esos han sido besos”.

Recuerdo que sentí vergüenza, sin saber por qué.



Deberías agradecerme que no haya sentido asco de ti.



¡Mierda!



Luz…



Debo ir al ayuntamiento.

miércoles, enero 09, 2008

Dolor... ¡Dolor!


Ahí está la muy perra, la desgraciada. Ahí sigue, sin acabar de brotar, pero sin posibilidad de retroceder. Ahí está y duele, como dicen que siempre duele lo que al final vale la pena.

Podría ser peor, podría no tenerla o estar creciendo torcida, bajo el inminente deber de aburguesarme cinco minutos (prejuicios míos) e ir al dentista, para que la saque, porque me está deformando el resto de la dentadura.

Estoy segura que el cuerpo se acostumbra a sufrir lo que el medio le permite curar. Es que por ahí donde he andado, en mi propia familia, cuando cuenta cada sol, a nadie se le ocurre morirse por una muela del juicio, mucho menos ir al médico.

En fin, qué sé yo, aquí sigue este dolor indefinido, aguantable por su poca intensidad, pero insoportable por su constancia, por su finísima y jodida constancia. Ya va una semana. Una semana sangrando cada vez que me cepillo los dientes, una semana recordándome lo común y corriente que soy.

Ya era hora de que acabaran de crecer, las muy malditas. Desde los 18, han estado creciendo, deteniéndose, tal vez escondiéndose un poco, creciendo otra vez… En intervalos de 3 á 8 meses. Iba yo tan tranquila y, de pronto, el babeo de niño (es cuando entendemos por qué lo bebés fastidian tanto cuando les están creciendo los dientecitos) y la incomodidad en toda la encía, la cara, la cabeza.

La izquierda de arriba creció primero. La derecha, ni asomo (y en mis condiciones, creo que nunca aparecerá). Las de abajo han dado más guerra. La izquierda tuvo ayuda del dentista, justo el día en que pedí un préstamo bancario para venirme a España, que me hubiesen dado gustosamente con un aval millonario. A la mierda…

Mi pobre madre, traduciendo mis balbuceos.

Bien por el dentista, ¡Que viva! Me trituró la encía con el taladro de siempre, ese que suena sssssssssssssssssssssssss… Y pasé las dos siguientes semanas drogándome con Dolocordralán de tres millones.

¿La otra muela, hijita? ¡Ni muerta!

Está bien, la izquierda luce ahora radiante y feliz, toda limpiecita. Tuvo el camino fácil, la muy vaga. Las consecuencias las pagué yo.

¡Ni muerta, que la próxima salga sola! Dije. Y me arrepentí dos segundos después, pero en fin, tampoco tenía tiempo. Y me vine a vivir (momentáneamente) al país donde los dentistas cobran 16 veces más por la misma faena… ¡NICA!

Así me ha tenido, la de la derecha, empujando la encía con los dedos, haciendo masajes, para que duela menos, para que no hinche ni infecte, para que no tenga mucho qué romper.

Y así me tiene ahora, soportando que su momento llegó y se abre camino entre carne y cartílago. Bien, bien, bien, una semana más y todo estará bien (espero).

Por lo que hay que pasar para tener “juicio”, carajo…

jueves, enero 03, 2008

Cuervos y lobos



Mi amado Peregrino, ¿por qué he de cambiar por quien aún ni siquiera me quiere? ¿Desde cuándo una relación que apenas empieza establece límites sobre el pasado y el presente íntimo, en vez de ser el punto de partida para que crezca el amor, si es que crece? ¿Por qué el amante adecuado y único es aquél que no te aceptaría tal cual eres hoy?

Pensaba en la constante relación yo-entorno, que nos determina desde la concepción. De haberme criado los lobos, la condición social continuaría en todo mi existir, salvo al aparearme. Seguramente querría aparearme con humanos, así como ahora, siendo humana, mi olfato me alerta de la presencia de algún macho alfa separado de la manada y adoptado por nuestra respetable comunidad.

Sin embargo, esos machos alfa también son hombres. Hombres solitarios que ansían ver reflejados en hembras sus pecados, sus temores, su adicción. Porque las hembras son fuertes. Las hembras tienden a callar el infortunio y seguir andando. Simplemente seguir, porque en cualquier espacio, bajo cualquier condicionamiento genérico, se nos cría para eso. Calladas o haciendo ruido, seguimos. Seguimos porque el sitio que ocupamos hemos de merecerlo, porque nuestras camadas necesitan (o necesitarán) crecer saludables, porque es parte de la naturaleza y ya.

Es lo que toca. Ser felices bajo cualquier circunstancia, es una elección y la opción más recomendable, más sana, más íntegra. Es lo mejor.



Me educaron entre seres humanos especiales. Ovejas negras, dije una vez. Protegida de todo mal, por un lado; preparada para enfrentar la dureza de la vida, por el otro.

Me enseñaron que no hay personas pequeñas, sino todos más grandes que yo, todos capaces de mostrarme algo nuevo, de interactuar, de beneficiar y dañar.

Me mostraron la grandeza de un corazón benevolente, pese a las limitaciones corporales y materiales; que una casa no cabría en mi ataúd y que siempre se puede estar peor… y también mejor.

Me instaron a aprender muy joven, ¿por qué no iba a ser así?, que la maldad existe y suele vestirse de gala, aparecer en la prensa esbozando la mejor de las sonrisas, atacando sobre todo a quien no puede defenderse de inmediato.

Y supe que el hambre es, sencillamente, injusta.

Mi madre está allá, trabajando duro por mis hermanos, mientras yo madrugo tras mi laptop. Mi padre cumplió 7 años de muerto hace dos días, y creo que olvidé hacer una oración especial por él.



Los cuervos me acogieron por entonces. Los cuervos son la especie más vulgar entre los automarginados. Los lobos, los más respetables. Tendría que haber sido un lobo a estas alturas del cuento, pero no. Escogí ser un gato, tener más sigilo, más independencia, más libertad… No vivir en manada.

Sin embargo, cuervos y lobos son mis hermanos de emociones y nostalgia. A los cuervos les debo haber sobrevivido a mi adolescencia. A los lobos, la necesidad de evolucionar, aunque al final no me convertí en ellos.

Pero aún me acogen en el siniestro grupo que forman, sin intención de formarlo. Se protegen, pero se dejan ir. A mí me reciben esporádicamente, pero no soy como ellos. Han decidido respetar mi capacidad de escoger, dejarme sola cuando nos provoca (porque es bueno, de vez en cuando, descansar unos de otros).



Tanática. Tanática y viva, más viva o menos viva, según haga caso al despertador. Desesperada con esperanza, tan humana en virtudes y vicios, como mis vecinos bípedos, y como cuervos, lobos y gatos. Los gatos casi nunca se dejan ver por otros gatos, parece que somos incompatibles entre nosotros.

Ayer encendí el televisor del salón por primera vez en dos semanas. Insoportable. Lo apagué en quince minutos. Insoportable, insoportable, insoportable.

Necesito trabajar.



Alguien me preguntó hace poco: ¿Cómo pasaste de lo gótico a la cooperación internacional? Respondí: “no sé”, pues esos días intentaba yo ser solamente bípeda, vestida de frambuesa. Tener una única naturaleza, volver a ser pura.

Pero no lo soy. Es más, nunca lo fui. Sin embargo, soy humana hasta en el más intrascendente de mis pensamientos, en mi más oculta frivolidad, en mi médula, mis colmillos y mis garras.

Y es que es imposible catalogar, rotular, encerrar a un ser humano, reducido sólo a esto y no aquello. Es imposible y es también cruel.

La respuesta era sencilla, sin embargo, no quise decirla: ¿Acaso una persona gótica no puede ser sensible a la injusticia? ¿Acaso las armaduras negras y las prácticas no convencionales, impiden a un ser humano mantener y defender la dignidad? ¿Acaso no tengo derecho a ser compleja, como cualquier otro animal racional?

Perder es, infinitas veces, una bendición.



No me gusta jugar. No me gusta que jueguen conmigo. Me gustan los cuervos, porque jamás niegan que lo son. Me gustan los lobos, porque me permiten entrar en sus ojos. Me gustan los gatos, porque no ocultan su afecto interesado y su amoralidad. Me gustan los seres humanos que practican la sinceridad con oportuna sabiduría, y que no dejan que la irresponsabilidad de la juventud y la ceguera del materialismo les engangrene el corazón de malicia y prejuicio. Por eso son lobos, por eso son cuervos, por eso son búhos o caballos, por eso… por eso les puedo amar sin medir y odiar sin remordimiento. Por eso.

Me gusta mi amante de aquella noche, porque me preguntó: ¿qué quieres tú? Cascó nueces con sus manos, para mí, sin buscar gratitud, y me acompañó al mar. Creo que era un lobo. Olía a lobo.



La luna llena ha prometido enseñarme a interpretar lo que sé sin preguntar. Es una cualidad difícil de administrar a veces, pero me ha tocado. Los dones no se rechazan. Los dones son un compromiso. Estoy comprometida a. He escogido seguir con. Me he propuesto ayudar (y querer hasta que duela).

No se puede renegar de la propia naturaleza, lo sabes, lo sé. No se puede, sino vivir. Vivir amando y vivir pensando. Vivir tomándome en serio a los demás y disfrutando lo disfrutable. Vivir para mí y para ti, aunque no te enteres, porque es mi elección, amada mía. Y ya está.



No debes negarlo, aunque quieras: puedes pensar. Pensar te hace libre, siempre y cuando no te esclavicen tus propios pensamientos, volviéndote fanática. Siempre y cuando el pensar no envilezca tu corazón con superioridad, volviéndote soberbia. Siempre y cuando conserves la humildad dentro de este todo al que perteneces, en el cual eres hermosa, pero ni mejor, ni peor. Hermosa, sin más.

Esta canción es tuya. Recuerda que todos tus cuervos te la han obsequiado alguna vez y hasta ese guapo niño-gato, que apenas te conoce. Vívela como sabes hacerlo.

.

martes, enero 01, 2008

Noches nuevas...


Él trata de entender cómo podría generalizarse en el mundo la propuesta de Amartya Sen, sobre el desarrollo de las capacidades humanas como base de un cambio internacional. Yo recordaba aquél triste texto sobre África y la ayuda europea que hará posible su salvación. Repetía por dentro: anular la deuda externa y dejar de joder. Y trataba de olvidar que el mundo es un sistema podrido en bases y aires, que la diplomacia es una excusa para alargar los procesos burocráticos (y elevar los presupuestos de viáticos) y nada, pues, no vamos a negar que muchas personas trabajan en diversas partes, para que todo esto se vea menos malo.

Entonces, no sé. No sé por qué este parámetro del desarrollo tan habitual, tan arraigado en el colectivo, que hasta en la escuela me lo enseñaron. Y algunos, muy bien intencionados, pretenden hacerme sentir afortunada por haber dejado el Tercer Mundo. Yo no he dejado el Tercer Mundo, sino un continente llamado América y un paisito bonito llamado Perú. Y es momentáneo. Y es riquísimo. Y me cuesta trabajo seguir disfrazando de intelectualidad el hecho de sentir culpa por nuestros excesos de medianoche, cuando ni siquiera puedo tragar un sorbo de agua.
.
Él continúa pensando en altruista, me pide el número del celular, fingiendo desinterés, y yo… yo no quiero desear más.