martes, julio 10, 2007

Coito interrumpido


Hace una semana, o dos, leí en el blog de Majo lo que cito a continuación, refiriéndose a la película "The Holiday":
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Uno de los personajes, casi al final de la película, grita desaforadamente “yes, yes!” luego de botar de su casa de vacaciones a su “amor tóxico”. La euforia era comprensible tras 3 años de infructuosa contemplación, porque el tipo en cuestión era un tremendo villano y porque, como dije antes, ese amor era “tóxico”. ¿Y qué es un “amor tóxico”? Es aquel que te sume en un grado de estupidez tal que te inhabilita de lograr el balance perfecto entre cabeza y corazón, con la consecuente pérdida de objetividad para darte cuenta de que la otra parte no le conviene a tu integridad física, psicológica y espiritual.
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Me dio una punzada en el corazón, que quedó latente. Busqué la película, la vi, por supuesto, compartiendo mis impresiones cinematográficas (es sosa, pero me ha hecho llorar) vía sms con aquél hombre respetado, admirado y amado (en un sentido espiritual del término), una vez más, como tantas otras.

Mi historia no tiene villano y se reduce sólo a un año. Un año estando sola, sin sentirlo totalmente, gracias a él. Un año de caídas, decepciones, daños, que daban igual, ahora lo sé, porque siempre estaban sus respuestas acertadas, sus consejos y su cariño.

¿Qué más se podía pedir, que no coactara mi libertad, ni mis desatinos? Mantenía, a la distancia, una relación de preciosa “amistad”, una amistad bonita, extraña, disimuladamente interesada. En el fondo, un amor-cariño que se hacía más fuerte, conforme crecía la admiración y la, debo reconocerlo, dependencia.

Dependencia emocional. Convencerme a mí misma que eso era lo que quería para mí: un amor sin ataduras, un bien recordado ex – novio de dos meses, una persona bastante madura en quién poder confiar, un ángel cariñoso que me sostenía en sus brazos imaginarios, cada vez que me veía caer hacia uno de mis tantos abismos, un potencial amante con quien compartir calenturas de medianoche, por el celular.

Fue maravilloso. Fue especial. Fue la relación más parecida al amor, que nunca tuve. La confianza entre ambos no tenía barreras, ni límites (al menos, era lo que yo pensaba). Su cariño nunca se acabaría, pese a mis múltiples amantes pasajeros y mis obsesiones narcóticas. Ahí estaba él, siempre él, cual dios pagano, protegiéndome, cuidándome, buscando mi bien.

Pero no era dios, sino humano…

La diferencia entre ambos fue nuestro nivel de tolerancia (que él llamaba liberalidad): yo podía estar con quien quisiera, eso a él no le molestaba en absoluto. Pero una tarde lluviosa de mayo, en medio de una selva contaminada de friajes, supe que yo no podría con algo así…

Aclarando un poco los detalles, una cosa era ir por ahí, vacilar, agarrar, tontear y se acabó. En esas andaba yo y chévere. A veces le contaba, a veces no. De todos modos, estábamos lejos y daba igual. Él, supuse yo, andaría en las mismas, ¿y qué? ¿Me molestaba? No…

Entonces, él me escribió que sería muy feliz por mí, si yo encontraba un hombre bueno, que me cuidara y me diera alegría, en una relación de verdad. Pero claro, añadió que prefería que entonces no me topara con algo así, pues sabía que necesitaba tiempo en soledad, para aprender más sobre mí misma y estar bien así.

Me di cuenta que no le importaba perderme. Admiré su desprendimiento, pero a la vez, su desinterés me sobrecogió. Algo en mi cabeza no conseguía encajar lo que estaba pasando.

Yo, lo entendí entonces, estaba dispuesta a continuar una relación así, sin compromisos, siempre y cuando ambos nos quisiéramos, por lógica, por coherencia. Pero… ¿Tú de qué vas, hombre?

Y fui sincera. Le dije que a mí me gustaría que él sea feliz también, que fuera capaz de enamorarse sin miedo, pero que… así como estábamos, no iba a ser capaz de aplaudir su alegría con otra, en primera fila y sin sentimientos ocultos.

Creo que nunca me expliqué bien. Lo quiero tanto, que me gustaría no desearlo de otro modo. Lo quiero tanto, que me gustaría poder ayudarle como a cualquier otro amigo amado y especial. Pero no puedo, no así, no ahora.

Le dije que necesitaba aclarar muchas cosas dentro de mí, para que esta relación no sea dañina para ninguno de los dos. Le dije que quería quererlo bien, sin interés, sin celos. Le dije que me gustaría ser capaz de saberme sola y ser feliz con ello.

Él me dijo que no le importaba si mi amistad era interesada, que le alegraba poder ayudarme a conseguir paz y que lo quisiera como yo quisiera, sin más.

Quedé de una pieza ante eso. No entendí bien y no quería entender mal tampoco, así que pedí tregua, separación, basta por ahora, necesito tiempo.

Y me di tiempo. Yo ya estaba desahuciada en muchos aspectos de mi vida, para entonces. Ya estaba metida en asuntos que ahora me cuesta dejar. Pero pude salir de eso, creí, y pese al dolor y las lágrimas, era lo mejor. Sí, era lo mejor, era lo mejor, debía convencerme de ello, debía hacerlo, debía…

No pude. Fue su cumpleaños algunas semanas después y reanudé el contacto. ¿Total? – pensé – es así como lo quiero y es así como me siento bien. Libertad. Amor sin ataduras. Confianza, más confianza que en nadie, eso es cierto, eso sigue en pie, eso no se va a acabar porque me alejo, ¿entiendes, corazón?

Y otra vez la compañía, pese a la distancia. Y la posibilidad de vernos.

La irresponsabilidad. Una crisis. Temo no poder con esto. Temo estar metida en esto. Temo desear esto con tantas ganas. Temo que mi madre o mis amigos me vean ahora, con escalofríos, la piel pálida, los ojos desorbitados y las pupilas dilatadas. Temo ser adicta. Temo irme al infierno. Pero no temo que él me vea. Lo sentí tan cerca, lo vi tan claro, y entendí que el amor es amor, que la necesidad se ha hecho fuerte y gracias, gracias por todo tu apoyo.

Mi amor, me siento perdida, me siento avergonzada por lo que he hecho, crisis, miedo, por favor, prométeme que vendrás a Cusco, de verdad estoy asustada, prométemelo. Te lo prometo, amor, haré todo lo posible, pero no te hagas daño.

Pudimos vernos, en circunstancias diferentes a las esperadas. Pudimos vernos y estar juntos. Pude ver que me quiere y necesita mi necesidad, que el cariño que lo envuelve todo es dulce y de colores bonitos. Y pude ver, también, que hay una persona llamándole por teléfono con regularidad, haciéndole sonreír. Pude ver que esa persona estará cerca de él muy pronto, por algún tiempo. Pude ver que tal vez es su oportunidad de tener algo real y de terminar con esto, de dejar de hacernos daño, de dejar de hacerme daño.

Me contó que se trataba de algo superficial, pero una mujer sabe. Una mujer mira las señales. Una mujer buena, porque soy buena, no provoca dolor a personas inocentes, aunque jamás hayan tenido con ella esa consideración, “en nombre del amor”. Una mujer, además, tiene aliadas en todas partes, mujeres también, que están cansadas de llorar y ver llorar, y saben cuándo decir lo apropiado, aunque duela, porque la verdad siempre es mejor.

Una dama, ¿recuerdas la última película que vimos juntos y abrazados, cariño?, una dama sabe cuándo debe retirarse.

No sólo es especial, también le amo, sin estar enamorada de él. Pero tengo que irme.

Es duro, ¿saben? Esta mañana me fue difícil dejar la cama sin sus palabras de aliento y sin saberlo cerca de algún modo. Sin embargo, creo que soy más libre que antes, ¡pero, Dios mío, cómo duele!

Un par de consejos:
  1. Nunca se involucren sentimentalmente con alguien más, apenas terminen una relación. Eso no les ayudará para nada a superar el asunto solos/as, sino que les confundirá. A la larga, puede que hayan postergado muchas batallas, que se les vendrán encima cuando menos se lo esperen.

  2. Las personas que nos quieren merecen cariño, respeto y confianza. Sin embargo, si van a apoyarse emocionalmente en alguien, procuren que no se les haga costumbre y asegúrense de quererle de manera alegre y desinteresada. Si en algún momento se les cruza por la cabeza el deseo de hacerle el amor, ¡olvídenlo! ¡Cambien de confidente! No es bueno jugar con fuego, ya saben por qué..

Créditos finales: gracias Majo y Malu, por la inspiración y el valor. Gracias, Monki, por los chocolates. Gracias, Carlita, por existir.

4 comentarios:

Majo dijo...

Amores tóxicos, le llamé... amor tóxico, le llamo a este. Malditos, benditos, no lo sé... pero sí sé, como tú, que se pierde la razón, que se entrega el corazón y que a cambio se recibe... experiencia. No todo cae en balde, querida Ángela, y tú lo sabes. Pero hay que saber leer y aprender. Hay que saber llorar, escribir, pensar y matar el sentimiento, aunque sea un ratito, porque si bien no estamos hechos ni de metal ni de madera, tenemos que dejar entrar a la razón para que nos recuerde que todo aquello que somos capaces de dar necesita un buen receptor. No un amigo que nos quiere "regalar calma", no un amor resignado... un verdadero compañero que sí o sí, sin componendas ni rodeos, acepte ser nuestra bella -aunque inexacta, quizás- mitad. El resto es solo dolor de estómago, sudor, frío, pasión. No cuenta, no juega, no va en el momento de decidir. A ver si lo apuntamos (me incluyo yo) en el libro de las invalorables experiencias "pre-30" "pre-el hombre de la vida" y "pre-consejos de una futura madre". ¿Les parece?

Pasión dijo...

Claro que duele y mucho, pero tienes razón a veces uno debe de irse... en fin
Me encanto el post.

Malu dijo...

De nada, corazón. Eres bienvenida las veces que quieras. Ánimo.

Anónimo dijo...

Me has dejado sin palabras, emocionada, con lagrimas y pensando.

Wow...!!!

Inés María