lunes, mayo 21, 2007

Noche de Mozart

Hacia mediados de los 90 entendí qué significaba “director’s cut”. Se refería a re-editar las películas, con detalles que, tal vez en un primer momento, no parecían trascendentes para la empresa productora, el tiempo o el público objetivo.

De pronto, los directores de varias películas, decidieron hacer un poco más lo que deseaban y agregaron nuevas escenas a sus cintas ya conocidas. Escenas que no eran nuevas, por supuesto, sino que estuvieron en el guión original y, por censura o adaptabilidad, se dejaron de lado en la edición final. Los casos que mejor recuerdo fueron: “Apocalipse Now”, de Francis Ford Coppola, y “El Exorcista”, de William Friedkin.

Sin embargo, hace unos días, de esos en que estaba dudando entre quedarme en casa o ir a la oficina a adelantar trabajo, un domingo por la tarde, en Cusco, fui al centro comercial de contrabando más conocido, reconocido y agradecido de la ciudad, “El Molino”. Aquí, entre otras joyas cinematográficas perfectamente clonadas, encontré la versión re-editada de “Amadeus”, una película estadounidense de 1984, dirigida por el checo Milos Forman (Oscar al mejor director por “The People vs. Larry Flynt”), que recrea, de un modo particular, la vida del compositor Wolfgang Amadeus Mozart.

Confieso que he visto muchas veces algunas escenas de “Amadeus”, por televisión. Sin embargo, nunca le había dado la importancia que en verdad merece. El momento llegó la madrugada del sábado pasado. Luego de unos tragos dulces con mi vecino y mi compañera de cuarto, ellos se fueron de discotecas y yo, me quedé acompañada de música.

La ciudad de Mozart

Salzburgo es una ciudad pequeña, preciosa, muy turística, muy estereotípica germano-europea. La conocí el año 2001, en una aventura “a dedo”. Recorrí sus calles antiguas recordando escenas de “The sound of music” (La novicia rebelde) y oyendo música diferente al doblar cada esquina.

Muy aparte de un conveniente montaje para el visitante extranjero, los habitantes de Salzburgo son capaces de hacer música con cada vibra de su cuerpo. Desde ópera hasta jazz, pasando por rock contemporáneo e improvisados cuartetos de cuerda con mandolinas, bajo los arcos de la catedral.

Esta madrugada recordé aquél viaje, pese a encontrarme frente a un Mozart renegado de su natal Salzburgo, “la ciudad de Mozart”, a la que el joven compositor nunca regresó, una vez que consiguió establecerse en Viena y ganar, hasta cierto punto, el favor del Emperador José II, hermano mayor de la reina María Antonieta.
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Es muy bueno para mí saber que pude conocer una de las casas de Mozart y ver de cerca sus partituras originales, manuscritas. La emoción me embargó cuando vi las notas de su puño y sentí que todo valía la pena. Era seis años más joven entonces y mi experiencia apenas empezaba a expandirse. Pero fui muy feliz y siento gran alegría al recordarlo.

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Música
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Conocí a Mozart cuando era una niña. Mis padres se empeñaron en que aprendiera a tocar piano y teclado. Aprendí muy poco, nunca me gustó interpretar, sino escuchar y dejar que la música llenara mi alma de sentimientos puros y básicos.

Lo mío no era tocar algún instrumento, pero eso no me impidió conocer un poco de teoría musical y pertenecer a algún par de coros (soy de esas personas que tienen “buen oído”). No más. Sin embargo, esa formación me ayudó a forjar cierta capacidad de apreciación "técnica" de la música en general.

Los compositores clásicos fueron siempre respetables y preciados a mi corazón, hasta que conocí a un profesor y laureado músico piurano en mi época universitaria. Hombre acostumbrado a la adulación fácil, casi terminó por hacernos creer en una división elitista de la música, llamando fácilmente “popular” a todo lo que no le significara clásico o, en lo peor se la subjetividad, agradable a su oído. Yo, por entonces, era una “metalera” bastante acérrima.

No perdí mis inclinaciones musicales, pero sí lamenté la gran falta de respeto y esa tendencia estúpida a creerse muy “culto” por oír a Bach, Mozart o Beethoven”, en comparación con “el ignorante llano”. En fin, así con quienes viven en cajitas de cristal.

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La película.

Escena de "Amadeus". La esposa de Mozart lleva a Salieri las partituras originales del compositor, para que éste las evalúe y le ayude a conseguir alumnos a Wonfgang, porque tenían problemas económicos.

“Amadeus” es una película basada en una obra de teatro. Ficticia. No narra la biografía fiel de Mozart, sino que se vale de una serie de elementos dramáticos que dan vida y desenlace a la historia.

Salieri fue un gran compositor, forjado con disciplina y vocación. Mozart, un genio, capaz de memorizar partituras con sólo verlas u oír su interpretación. Era de esas criaturas a las que algún dios, sino Dios, dotan de una capacidad única para hacer con relativa facilidad lo que a otros nos cuesta mucho más.

Mozart, sin embargo, no fue un improvisado que descubrió la pólvora una mañana, al despertar. Su padre lo apoyó, le proporcionó fuerte y seria formación musical desde que tenía 3 años, cuando dejó ver el brillo que llevaba dentro.

En “Amadeus” se muestra una seria rivalidad entre Salieri, compositor oficial de la corte del emperador de Austria, y el joven Mozart, quien aparece de 26 años, con las hormonas totalmente revueltas, sin saber qué hacer de su vida, paseándose por encima de cualquier protocolo y, sobre todas las cosas, componiendo, componiendo sin parar, con alegría y pasión.

Las imágenes, coloridas, hacen juego con una banda sonora compuesta en el siglo XVIII, por el propio Mozart. La edición, cuidadosa y audaz, es capaz de mantener en constante atención al afortunado espectador, aunque no esté familiarizado con interpretación cinematográfica o musical. Lo bueno siempre se aprecia con cariño y admiración.

Salieri, el “villano”, sufre durante toda la película de sentimientos encontrados. Él, siempre grato con Dios por haberle dado la oportunidad de dedicarse a la música, se ve burlado ante aquél joven desordenado, que puede tocar complicadas melodías con una venda en los ojos. No sabe a quién culpar, sino a la divinidad que le hizo creer ser el mejor, y ahora lo humilla de ese modo. Es un buen músico, por eso reconoce la genialidad de Mozart, pero reprime la admiración, se ahoga en su soberbia y deja entrar en su alma a uno de los sentimientos más dañinos que somos capaces de sentir los seres humanos: la envidia.

El compositor de la corte opta por no querer a Mozart. No ve, por ejemplo, que Mozart necesita dinero, pues no tiene una buena posición económica. No se detiene a pensar que ese joven burlón es… joven. No, simplemente le envidia de un modo muy doloroso, pues sus sentimientos negativos siempre están entremezclados con una gran admiración.

Es un personaje difícil de categorizar (como todas las personas), a quien no se le puede culpar de hacer bien o mal, sin fundamento. Después de todo, su interpretación es totalmente actual, puede notarse en personajes diarios, en actitudes comunes que solemos pasar de largo, en ese “no querer que otro salga adelante, aunque sé que se lo merece”, no dejar crecer, ni avanzar.

Salieri, el de la película, se llama a sí mismo “mediocre”. ¿Es mediocre porque ha conocido a un compositor más hábil? ¿Por qué tendría que compararse con él? ¿Por qué su vida y sus cosechas tendrían que perder valor ante una persona que acaba de llegar? Mozart es bueno, por supuesto. Es uno de los mejores compositores de la historia. Pero era inexperto y Salieri pudo haberlo orientado. Tenía un estilo propio y Salieri pudo haberlo complementado.

Pero no, no fue así y casi nunca es así. ¿Qué es mediocridad? ¿Por qué esta lucha ciega para ser siempre el mejor en todo? ¿Por qué aferrarse a un “puesto” o un “título”, como si mi vida y mi personalidad dependieran de ello, como si mi familia me quisiera sólo con este trabajo importante, o como si mis hijos me llamaran “licenciado” o “doctor”?

Por lo visto, esto de la “lucha por la excelencia” tiene siglos de moda y de mal entendimiento.

En fin… ¿Envidiarían ustedes, hasta llegar al odio más dañino, a una persona inteligente, a uno de los mejores músicos de todos los tiempos, quien murió joven y tan, tan pobre, que debió ser enterrado en una fosa común?

En tanto lo piensan, disfruten del Maestro:

9 comentarios:

Ernesto dijo...

Visite Salzburgo el 2002 en mi primera salida de fuera de España, pueblito chiquito con cierto aire rural y muy tranquilo, tan tranquilo que ha quitado completamente sus reflejos a mi prima, de tal manera que se siente incapaza de salir por Lima sin "escolta", si perdiera esa capacidad de hacer lo que quiero en Lima .... simplemente se me partiria el corazon.

Con respecto al villano, debe ser duro para quien ha basado su carrera en el trabajo duro y el esfuerzo ceder posiciones frente a la estrella ascendente, que si en este caso esta basado en el talento, igual puede ser porque "esta mejor relacionado", es mas carismatico (ahora dirian que se "vende" mejor) o estuvo en el lugar correcto en el momento adecuado.... tantas cosas que hacen sentir a la persona que el camino previo fue inutil a pesar de lo duro.......

Juan Arellano dijo...

No se porqúe extraña razón perdí el rastro de tu blog, le cambiaste algo?

Bueno, sigues haciendo muy buenos posts, si no es por el Blog de Ernesto (Que dicho sea de paso me había perdido el rastro a mi) no te reencuentro. Saludos.

Y ya me dio ganas de ver de nuevo Amadeus, buscaré el dvd en Polvos Azules.

Angela dijo...

Hola, chicos.

Bienvenido de vuelta, Juan. Suerte en Polvos Azules!

Ernesto, tienes razón en aquello de que muchas veces el “nuevo” llega de improviso y por estar bien “relacionado”. Sin embargo, no es el caso de la película, pues aquí Salieri se debate entre la envidia y la admiración. Reconoce lo bueno que es Mozart, por eso mismo, resulta ser un personaje tan rico e interesante…

Respecto a llegar a creer que el propio esfuerzo al final no vale la pena, frente a “nuevos valores que se lo llevan más fácil”, pues es una actitud muy humana y válida, pero también debiera ser pasajera, pues nadie tiene derecho a machacarse la propia frustración todo el tiempo. Esto sólo degenera en depresión y sentimientos negativos de mayor calibre.

Muchas veces, en un trabajo, se encuentran dos fuerzas de choque: la edad, que da prudencia y experiencia, y la juventud, que da ímpetu y nuevas ideas. En este caso, ambos sujetos deberían saber respetarse mutuamente. El adulto, reconocer que el más joven puede asumir retos que él mismo ya superó; el joven, que debe ser modesto y respetar la experiencia de sus mayores, porque así aprenderá mejor.

El problema es que esta tendencia actual de pretender que todos deben ser jóvenes por siempre, ha disminuido el respeto del que antes gozaban los mayores. Teñirse canas, hacerte bótox, levantarse los músculos caídos, todo por no envejecer, cuando envejecer es parte de la vida y los viejos tienen la ventaja de ser capaces de enseñar todo el tiempo…

Por otro lado, algunas personas mayores deberían ser concientes de que lo son, y no pretender entrar en competencia al mismo nivel, sino ser buenos guías.

Lo malo es que no hay equilibrio. Muchas empresas se dedican a contratar siempre practicantes, sólo para no pagar seguro social y poder echarlos a los tres meses. Así se hacen de mano de obra económica todo el tiempo y se deshacen de los de mayor edad.

Como respuesta, en vez de mostrar una clara indignación a este facilismo, vivimos muy de acuerdo con el sistema, y desarrollamos cada vez con mayor maestría el “oscuro arte” de meter la mano, serruchar el piso y jugar deslealmente, sólo para ocupar “un sitio”, de manera temporal.
Un verdadero círculo vicioso.

Una vez, esperando en la puerta de una productora de televisión, departía estúpidamente con cuatro imbéciles bastante jóvenes, con quienes había bebido el día anterior, por ser aún más imbécil que ellos y asumir que no tenía nada mejor qué hacer.

Ellos estaban sentados en la acera, con las piernas extendidas. Entonces, pasó por ahí una anciana, que además de anciana se veía un poco desequilibrada. Pidió permiso. Los chicos, con esa maldita costumbre de reír y murmurar, obedecieron. Uno de ellos dijo al otro: “¡Oe, saca las patas!”.

La señora, pensando que se referían a ella, volteó y nos dijo: “Estas no son patas, son piernas. Ahora se ríen de mí, ¿verdad? Pero no rían tanto y respeten, porque la vejez a todos les llega”…

Ellos se quedaron mudos. Yo me adelanté a ofrecer disculpas y explicar el malentendido. Ella se fue, sin creerme mucho. Los jovencitos, de entre 19 y 28 años, rieron más discretamente, asumieron la locura de la señora y, sin más, volvieron a hablar de cerveza, de la universidad y de “puta, wón, no me gusta que me jodan con el maricón de Mengano, ¡yo tengo mi enamorada!”.

En ese momento, decidí asumirme convenientemente “treinta añera”, ubicarme, por más snob que suene, en un nivel muy diferente y reconocerme descaradamente intolerante a ciertas conductas, vaya.

Ernesto dijo...

El problema va cuando se esta cerca del siguiente paso y se pelea con el de la carrera meteorica que ha venido quemando etapas.... pues pasa lo que pasa.

Y ahora en España va a pasar eso con esto de la paridad de los altos puestos, aceleraran la carrera de las mujeres que estaban en el mid level aun cuando sean pocas dentro del grupo (porque en los niveles bajos por cuestion de edad ya hay paridad) anulando la carrera de varios solo por ser hombres....

Y si, vaya jovenes estupidos los que viste... entiendo tu actitud.

Enzo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Enzo dijo...

EL MOZART DE LLUTA

Y yo, sólo visité la casa del grupo folklórico más famoso de Caylloma... Los paisanos me asombraron con las cuerdas de mandolina y charango... Era de un virtuosísmo celestial el son que paría del violín del más anciano... Ah, y ya no me trae nostalgia... Mis paseos por los que puedo hacer alarde son de altura, mucha altura y gracias a la compañía de Maricucha...

Bueno pues ya que ésta conversa es de "hi level" entre people "in", "top"... Cierro el pico...

Angela dijo...

Dios bendiga a los cientos de personas que he conocido, en el campo, en la vida, que pese a llevar los pies llenos de callos y andar por doquier con hojotas, son incapaces de guardar resentimiento en sus corazones, y, muy al contrario, nos enseñan lo que saben con paciencia y una sonrisa que sólo se borra de sus rostros cuando recuerdan sus penas (y lloran por dentro, sin mostrar las lágrimas y sin renegar, siquiera contra sus apus). Me encantaría estar en el nivel superior en que están ellos, por encima de cualquier pasión negra que me haga incapaz de admirar a quienes saben hacer cosas que yo no, o alegrarme por las cosas buenas que ocurren a los demás, sólo por el puro gusto de ser feliz en esta vida tan jodidamente contrapuesta.

Botox dijo...

bellas las melodías d emozart

Implantes Dentales dijo...

El trabajo duro vence al talento natural, en su caso Mozart tuvo ambos...