martes, marzo 16, 2010

Cuando llegues...

Hay personas que graban en sus memorias acontecimientos que cambiaron el rumbo de la historia, episodios de injusticia y/o dolor. Yo he tenido una vida "fácil", en comparación, por ello sólo he conseguido contener entre mis recuerdos sucesos superfluos a la vista del respetable, de los que suelo hablar en este blog.

Uno de esos momentos "estúpidos" e "indignos" para todo buen luchador social, sucedió hace quince años, cuando escuché por primera vez esta canción:



Ya he comentado que solía trabajar con mi padre, haciendo vídeos de eventos sociales. Durante mucho tiempo, esa pequeña empresa y la pensión de mi madre sirvieron para mantener a la familia a flote, en Sullana, a mediados de los noventa. En algún momento, mi "aporte a la causa" llamó la atención de adolescentes apenas menores que yo, quienes preferían encomendar sus recuerdos (léase: vídeos de fiestas y varios) a una chica "como ellas", ante la natural desconfianza de sus progenitores, claro, pues qué garantía les iba a dar una mocosa con cámara al hombro, ¿verdad?

Tuvimos una temporada intensa gracias a una promoción del colegio Santa Ursula, tanto el año de los quinceañeros como el siguiente. A las fiestas rosas, llenas de flores, siguieron propuestas discotequeras, oscuras, acordes con la madurez propia de jovencitas entrando a los dieciséis. Había detectado por entonces, siempre detrás de la cámara, varias parejitas de moda. Solía mirarlas compartir su cariño con mucha ternura, como una tía o hermana mayor, por encima de esos afectos, aún sin haberlos vivido.

Una vez, en un salón grande a media luz, oí los acordes de guitarra y la voz suave de Dolores O'Riordan. Continué mi trabajo como me correspondía, apagando la luz del reflector, para no dañar el ambiente, y colocando un filtro adecuado, difuso, que ralentizaba poéticamente (según yo) los movimientos en la pista. No reparé en la intimidad del momento, sino que avancé de aquí para allá, llevada por la música y el calor que me transmitía. En eso, me detuve. Vi, por el visor, a un chico casi niño y una chica casi niña, con sus cabecitas muy juntas, dándose besos cortos y tiernos, sin dejar de bailar.

Sentí un sobrecogimiento tremendo. Acto seguido, lágrimas incontenibles, limpiadas de mala manera con la manga de la chompa, tragar saliva y seguir, que el jefe que tenía por entonces no admitía errores, ni sensiblerías sin explicación.

Estoy llena de canciones que me traen recuerdos. En esos recuerdos, siempre estoy sola, ejecutando labores "de provecho" que me ayudarán a "ser mejor". Pero no soy mejor y daría cualquier cosa por recordar cinco minutos bailando con algún amor sencillo, que, por lo menos en ese momento, desee estar conmigo toda la vida...

A veces siento que no he dejado de mirar a través del visor de esa cámara.

...

Por cierto, la parejita aquella no prosperó... ¡Pero que les quiten lo bailado! (Nunca mejor dicho).

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