miércoles, marzo 03, 2010

Extrapolaciones

Vengo acumulando temores estúpidos y precisos, que se repiten sin sentido desde que puedo recordar. No he sido consciente de muchos de ellos a lo largo de mi vida, pero he empezado a enumerar los últimos. Aún no entiendo a cuenta de qué, y dada mi edad y experiencia (“pequeña experiencia”, para no sonar pretenciosa ante los VIEJOS entendidos), vienen y me asaltan estos fantasmas, obligándome a revivir una y otra vez un miedo absoluto en aquello que, racionalmente, sé que no ocurrirá. Es como soñar que caes...

Hacia setiembre de 2009, habiendo renunciado a mi trabajo de entonces y cargadita de malas vibraciones como andaba, encontré por la calle al chico del máster que “me rompió el corazón” (por decirlo de algún modo). Iba yo con el pelirrojo, en plan “especialmente amical”, y vi pasar a éste y otro compañero. Ambos me saludaron con un hola rápido y discreto, no tuvieron a bien detenerse y cumplir las formas diplomáticas de ocasiones anteriores, cosa que agradecí. Fue como verles y no verles a la vez, una especie de intermitencia visual o las figuras que quedan dibujadas en la pantalla del televisor después de apagarlo.

Semanas después, viajé a Madrid, y una noche de cervezas, volviendo a casa de Ernesto, metí los pies, engalanados con zapatitos de charol recién estrenados, en un círculo de nylon, cual foca desprevenida. ¿Qué hacía eso en medio de la acera? A saber, luego los españoles se jactan de su civismo. Tropecé y, evidentemente, caí de bruces. La primera caída física en años. Aparatosa. Llevaba falda larga, afortunadamente, pero no evitó que me hiriera las rodillas, calamitosas y feas rodillas marcadas por una infancia de botines ortopédicos. Me han quedado manchas, de recuerdo. Las cicatrices tardan más en desaparecer cuando se alcanza determinado umbral etario.

Pasado un tiempo, noté que solía asaltarme un recuerdo falso, con aroma a premonición, compuesto por dos sucesos reales, mezclados arbitrariamente por mi caprichoso subconsciente (mucho más sabio y prudente que yo, por donde se mire): Veía al chico del master pasar y saludarme, con esa misma sensación de intermitencia visual, y, acto seguido, yo caía al suelo, debido al nylon aquél. Esa imagen me asaltaba una y otra vez, me tomaba por sorpresa mientras leía en el autobús o andando por ahí. Me llenaba de tristeza y miedo. Me llevó a aislarme más.

No me di cuenta de que se había acabado hasta que me descubrí atrapada por una nueva sensación de inseguridad, esta vez a cada paso que daba por la calle, sobre todo en el Casco Viejo de la ciudad: tenía la certeza de que en cualquier momento podría pisar una mina antipersona y quedarme sin piernas. Iba siempre mirando al suelo con atención y me alejaba precipitadamente de paquetes, bolsas, colillas encendidas y todo bulto u objeto extraño que pudiese encontrarme delante. En esos días, aprendí a apreciar más el metro, los ascensores y cualquier máquina que me evitara andar. Estaba realmente asqueada.

El agobio de un trabajo de diseño me hizo olvidar el temor a las minas urbanas, pero dio lugar a otro miedo, infundado ante la razón, perfectamente justificable -aún inexplicable- en el mundo de las sensaciones: cada vez que me sentaba frente al ordenador para meter todo mi empeño y concentración en las imágenes y la composición, temía que alguien, un hombre fuerte, vinera por detrás, me tomara del cabello y empezara a golpear mi cara contra el escritorio, hasta romperme la nariz y hacerme sangrar.

Digamos que “el embrujo” de ese último miedo se rompió la semana pasada, debido a una serie de acontecimientos que, además de desilusionarme, me hicieron recuperar las ganas de protegerme a mí misma, pese a todo y todos.

Esta mañana, cuando venía para la oficina, noté que he empezado a vivir y revivir una nueva imagen cuatridimensional. Quito el seguro de una pistola (clic). Muevo la corredera (clic). Se dispara accidentamente y le doy a alguien a quien quiero mucho, mucho...

La verdad, prefería que mis fantasmas, si tiene que haberlos, continuaran haciéndome daño sólo a mí.

3 comentarios:

Ernesto dijo...

Abracito, solo eso puedo decir ahora, no dejemos que nuestros fantasmas nos dominen.

Anónimo dijo...

Querida Angela, ante los fantasmas que suelen asechar, esto no es otra cosa que una pueba de resiliencia y la capacidad que tienes para hacerles frente y continuar con tu proyecto de vida ante la adversidad.
Una abrazo.
Victor Hugo Estrada

Santiago Stucchi Portocarrero dijo...

Representaciones obsesivas.