miércoles, abril 29, 2009

Asociación de ideas...

Nuevamente estaba yo alargando las horas de trabajo -esta vez porque me lo merezco, por tardona y huevona- y pensaba, resoplando y bufando, que estos europedos deben tener algo congénito que les hace creer firmemente en la belleza y trascendencia humanitaria antisistema etcétera de los nombres que ponen a sus ONGD.

Lo conectaría luego con muchas realidades palpables de contradictoria naturaleza, y la cooperación, y lo difícil que es tener un pie aquí y el otro allá, el ya no creer en nada de lo que te dicen porque así como el Kung Fu es para los chinos, las teorías elevadas sobre el desarrollo deben haber sido creadas para quienes pueden darse el lujo de estudiar memeces, mientras los subdesarrollados (y subdesarrolladas) nos quemamos las pestañas aprendiendo oficios con beneficio, pues de algo hay que vivir, bla bla bla...

Pero fue justamente en uno de esos amagos de naufragio en bilis propia que leí -oportunamente- sobre la existencia de una Asociación de Jovencitos Cristianos en La Rioja. Y sucedió el despelote. Es decir, llámenme superficial y cínica, pero ante la mención del nombrecito de marras y la correspondiente asociación con las siglas en inglés, no puedo evitar pensar en ESTO:

Y fue todo, me voy a casa, a veces es bueno dormir (sobre todo si se está resfriado).

lunes, abril 20, 2009

Forsaken

Decido subir por la rampa. Es más fácil si las escaleras de al lado, pero subo por la rampa porque me recuerda la ladera de una montaña, caminito cuesta arriba derechito, derechito nomás, mamita.

Me asfixio, bufanda, por lo menos doscientos metros, pendiente suave, pendiente aguda, faltaría el olor a tierra, la arcilla resbaladiza y caca de vaca.

Caca de perro, qué gente de mierda…

Descuelgo la mochila de un brazo para tantear el discman, ha empezado a fallar, da saltos, repasa pedazos de cada canción. Recuerdo a uno que haría ascos a mi selección musical. Aumento el volumen.

Pista número seis (teclado).

¿Por qué me miras si subo por la rampa y no por las escaleras? ¿Acaso te interesa saber quién soy o a dónde voy? Voy a la oficina, me toca abrir, como todas las mañanas desde que me comprometí en negro, casi a cambio de un favor. Nunca trabajes a cambio de un favor, Lucía, aún si tus papeles. Los favores se agradecen y el trabajo se paga según preparación, dedicación y mérito, dicen. Deberían agregar: nacionalidad.

Esta es mi hora de olvidar dónde y el frío y hacerme daño. Mi daño diario, cuando absorbo lágrimas por la nariz. Es el momento justo en que despierto y decido recordar la ladera de una montaña, caminito cuesta arriba, derechito, derechito. Y no quiero llegar al final, porque no encontraré mi casa, ni viejecitas sin peluquería, ni sonrisas picadas, ni.



Quince minutos para llegar antes del momento impuntual de mi cultura, señora, sí, señora, lo que usted diga, señora, sí, vale, bueno, venga, eso mismo, totalmente de acuerdo, señoras y señores, sin lugar a dudas, así es, sí, sí, sí, sí, sí, sí, he dicho que sí, ¿qué diablos hago aquí? (he softly wishpered in my ear)



¿Por qué sangro?

Porque te están naciendo alas, cariño.

Alas grandes, negras, blancas, amarillas, verdes, rojas, doradas de mangos maduros, juegos de niños, lápices de colores, abuelos y padres vivos, leche fresca.



(I’m waited faithfully) Pienso: debo correr por la rampa, porque es estrecha y no quiero que mis alas golpeen a la pituca adicta al pegamento o al joven marroquí que pasea un perrito con chaleco de marca fina por las escaleras.

Entonces…

Tranquila, ve despacio, mi niña, o llamarás la atención, mirarán tus alas y les sentará mal el café, les dará mal rollo. Tengo alas de colores y debería correr, pero no quiero llegar rápido al lugar donde no está mi casa. I have to know your name, where have I see your face before Ayúdame, por favor. My dear, why don’t you be afraid?

Vuela o escóndelas. No sé volar. Sabes volar. No, no, no, no sé. No aprendí porque nací sin alas, mi especie no las necesita, no debería tenerlas. Las tienes porque debes tenerlas. Pero han crecido tarde, cuando sólo estorban y me hacen daño. ¿No te gustan? Son hermosas… Son mías. Rompen mi piel y deforman mis huesos, pero quieren ayudarme a volar. Vuela entonces. No puedo. Pensé que nunca tendría alas y me acostumbré a andar rapidito, escondida, encorvada bajo mi mochila, corriendo, corriendo, Take me far away mirando al suelo para que nadie note que estoy ahí Close your eyes and hold your breath y no se molesten en echarme ‘Til the ends of the earth y no me hagan daño.



No me obligues a volar. Déjame aquí, tengo miedo.

Ya estás volando.



¡No, es mentira, es mentira! No te he visto, no me has dado la mano, no estás aquí, no me abrazas, no cuidas de mí. I have come for you tonight. ¡Cállate! Me cortaré las alas cuando llegue a la oficina, porque me hacen pensar en ti y creer que puedo volar. Look in my eyes and take my hand ¡No existes! ¡Déjame! ¿Por qué haces esto? ¿Te gusta hacerme llorar? Fly away whit me tonight ¡No quiero! Ya casi llego, ya casi llego, ya casi, ya casi, ya vete, ya vete Renew my life, now you are mine ¡Deja de decir mentiras! Give yourself up to me ¡Calla, déjame! ¡No soy como tú, no soy como tú, no soy como tú! No puedo volar, no puedo volar, no puedo volar, no debo volar, no debo volar, no debo volar, no debo volar, no debo, no debo, no debo, no debo, no, no, no, no, no, no, no, no…



Pista número siete. Vaya, es la canción de mi hermano...

¿Qué miras, carajo?

sábado, abril 18, 2009

Izquierda

La Izquierda que yo conocí estaba compuesta de obreros jóvenes y sindicalistas de clase media. Era la Federación de Empleados Bancarios donde un hombre de 27 años organizaba reclamaciones de pago justo, renovaciones de contrato y reconocimiento de derechos laborales, en tanto que su mujer, también de 27, preparaba volantes explicando, punto por punto, los motivos de la huelga nacional que estaba organizando el SUTEP. Eso sí, se hacía cargo de adelantar clase para que las alumnas no se vieran perjudicadas, como hacían todos los maestros comunistas de antaño.

Era reuniones en las que se hablaba de política en voz baja, mientras hijos e hijas, ninguno mayor de 7 años, jugaban a hacer banderitas y adivinar el significado de las letras “IU”; criaturas inocentes, como Manuel, del libro de, por quienes los padres lucharían en pos de un mundo mejor, con equidad, plenos derechos y, sobre todo, libertad.

Personas jóvenes, padres y madres valientes, enardecidos por la carga histórica y la pobreza. Seres humanos sin mayor ambición que ver escuelas en los pueblos jóvenes y el campo llenas de estudiantes, atención médica de calidad, trabajo decente, cese de expropiaciones y beneficios para quienes siempre tuvieron dinero.

Casi todos, maestros. Otros, antropólogos de vocación y multioficios de profesión, iban y venían observando y padeciendo la desigualdad, la opresión de gobiernos respaldados por las armas y la degeneración ideológica que significó el surgimiento de movimientos armados y dos décadas de una guerra civil que acabó arrastrando consigo a los inocentes, a los más pobres y vulnerables, por quienes todos los bandos decían luchar.

Los hombres y mujeres de Izquierda que yo conocí no tuvieron miedo de hablar, de romper filas de militares ondeando banderas, coherentes con su lucha juvenil e inmadurez teórica, que no les permitió optar por refugiarse en la seguridad de una burocracia laboral cómoda y estable. Con sus manifiestos y marchas se jugaban el trabajo, el prestigio social y, muchas veces, la vida.

Los hombres y mujeres de Izquierda que yo conocí nunca fueron asesores de gobiernos surgidos de la guerrilla, ni viajaron por el mundo buscando pobreza. La vivían en sus carnes, en sus cercanías y en su propia vergüenza. Aprendieron a compartir mucho, de lo poco que poseían. Se enfrentaron a una sociedad marcada por el silencio conciliador y el dedo acusador. Y en este contexto, criaron hijos e hijas a quienes concedieron la oportunidad de saber, leer, escuchar, cantar. Hijos e hijas que se creyeron aquello de la libertad.
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En algún momento, entre mi niñez y mi adolescencia, pregunté a mamá (mucho más prudente, como buena mujer): “¿Por qué si papá siempre sería como es, decidió tener familia? Creo que las personas como él no deberían crear este tipo de lazos, porque les mantiene al pendiente de quienes sufren por ellos y, a la vez, les hacen sufrir”.

Mamá me explicó (no recuerdo sus palabras textuales) que algunos seres humanos no pueden amar sólo a quienes tienen cerca, pero que sus afectos más íntimos eran justamente los que les daban fuerza para avanzar.
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Por eso me dolían aquellas reflexiones sobre miseria e injusticia, ahogadas en cerveza y aromatizadas de marihuana, mi querida Lucía. Y sustentadas por la seguridad que da el dinero. No juzgué, pero tampoco pude evitar la tristeza de saber (siempre supe) que ese no era mi lugar.

Por eso me quedaré algunos días más, pues aún tengo un poquito de fuerza para cerrar el ciclo y no dejar que nadie pase por encima de todo esto que te he contado, de todo lo que a ti y a mí nos ha costado cada oportunidad.

miércoles, abril 15, 2009

De lo que hablamos el lunes

Mi querida niña,

Esta mañana llegó a mi buzón electrónico el boletín semanal de la coordinadora de ONGD correspondiente a nuestras actuales coordenadas, y casi por inercia repasé las ofertas de trabajo remunerado. Lo hago cada vez que tengo tiempo para mirar “cosas mías” por Internet, bajo la opresión corriente en la ofi bonita. En fin, que hace mucho no envío curricula porque el papel y el sello y ni siquiera las gracias. Pero la fe, dicen, entonces miro y leo especialidades múltiples, ni rango de edad, ni nivel de sentido común.

Por supuesto, me llamó la atención la convocatoria de una reconocida organización, buscando técnico en cooperación (supongo que nuestro master nos acredita a llamarnos así) en zona de intervención. Un formulador de proyectos en Cuba, que además hiciera de manitas para todo lo demás y lo que fuese necesario. Bien. Continué leyendo.

Y bueno, cariño, mira lo que encontré como una condición indispensable:
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Respiré hondo. Intenté, entre inhalación y ahogo (debo dejar de fumar), entender los motivos por los cuales, ya sabes, papeles, visados, documentos, NIE en lugar de DNI, preferencias, comprensible que se esfuercen por brindar oportunidad de trabajo y experiencia a los suyos, porque bueno, la crisis, la acreditación, cada quién tira agua para su molino y la jodida idea esa de que somos muy bonitas para admirar de lejos, ultrajar de vez en cuando pero eso, a su sitio, señorita, no me quite espacio, ni se ponga delante. Puede quedarse cuanto quiera, pero eso sí, procure que nadie se dé cuenta.

No sé si interpretar esto como un nuevo alarde de doble moral, amiga mía, pero, ¿sabes?, al menos alguien se atrevió a decirlo así de claro y con todas sus letras. En un mundillo como éste, la sinceridad oportuna, aunque bestial, se agradece.

Eh… Te quería preguntar si te animas a quedarte un año más por aquí, ten en cuenta que cumpliendo requisitos apropiados y ajustándonos los cinturones una temporadilla de nada, igual adquiriremos “nacionalidad europea”. Ahora bien, estoy segura de que surgirán otros impedimentos. Y cada vez estoy más convencida de que no vale la pena y no voy a bajar el tope, ya no más, nunca más.

Puede que esté susceptible a este tema (puede que, no. Lo estoy). Puede, además, que esto en verdad no tenga nada de malicia, pero yo, criatura con el instinto de supervivencia más activo que el de la mayoría de mis actuales vecinos, pues la adivino, la huelo, es más, me estoy atragantando de tanta malicia disimulada, ¡qué carajo!

El lunes hablamos de la tolerancia y la comprensión. Créeme, lo he intentado. Al menos tengo un refugio y lo más parecido a un “maestro”, pero hasta él sufre con estas cosas. Según yo, no se trata de compasión, sino de respeto y empatía. La empatía implica haber aceptado que soy igual a aquello que me conmueve, a aquello con lo que me identifico, aquello cuyo dolor me daña y cuya alegría me hace sonreír. Sentir empatía implica, de algún modo, amar. Y no se me da la gana empatizar con esta gente, cariño. No, no, no se me da.

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Aquí la convocatoria completa (por si hay interesad@s):


En el documento de información ampliada, a descargar en Word, dice: "Se valorará Licenciatura en agronomía, ecología, biología, ciencias ambientales o estudios afines." O sea, el tener una especialidad en temas directamente relacionados con los proyectos importa menos que el tipo de papeles que llevas encima. Hombre, yo entiendo que en el sistema capitalista -que estas personas tanto dicen rechazar- el individualismo y la conveniencia de base muevan cualquier engranaje, pero ya aquí, creo que no nos vendría mal algún tipo de explicación razonable, ¿no?

jueves, abril 09, 2009

Bendito estrógeno, poderosa imaginación...

Días libres en Pamplona. Reunión moderada de chicas adultas, películas para escoger, Internet en pantalla gigante. Resultado:

Horas y horas y horas... y hoooooooras... ¡Y yo que estaba tranquila en Bilbao, muriéndome de apatía! ¡DIOS!

lunes, abril 06, 2009

E-mail de Lucía

Creo que nunca he sido tan feliz como a los quince, cuando encontré la bicicleta reluciente, nuevecita, junto a las escaleras de la azotea-casa donde vivimos durante siete años. Fue la primera vez en mi vida que lloré de alegría, porque sabía muy bien el gasto que significaba, la situación económica-judicial de la familia y el cariño con el que papá y mamá habían tomado la decisión de darme semejante sorpresa.

Llegué al colegio emocionada y lo conté a mi pequeño grupo de amigas. La noticia se expandió en cuestión de minutos y el chismorreo de regreso tardó sólo un poquito más. Alguna de la clase tuvo a bien decir: “¿Bicicleta por sus quince años? ¡A los quince no se regalan bicicletas, sino motos!”.

Tiempo y vueltas de vida después, debimos vender la bici para inscribirme en una serie de conferencias sobre periodismo y comunicación internacional, con sede en mi universidad y ponentes extranjeros. Valía créditos y alguna emotiva profesora nos animó a dejar nuestros CV, sembrándonos la ilusa idea de que por ser buenos estudiantes alguno de esos especialistas diplomático-burócratas se fijaría en nosotros.

Por supuesto, nada, salvo que ofreciéramos prácticas no remuneradas por tiempo indefinido, capacidad de trasladarnos y vivir en Lima una temporada con nuestros propios medios y dominio alto de inglés. En ese entonces, me era imposible cumplir estos requisitos, porque no estaba el asunto como para trabajar gratis, ni siquiera por una causa elevada. El negocio familiar necesitaba de mi totalmente disponible presencia todos los fines de semana y aprender inglés a nivel “experto” costaba dinero. No tenía más bicicletas para vender.

Tengo casi 29 años y me he pasado más de la mitad de mi vida trabajando. Trabajando y estudiando o sólo trabajando. No me quejo, el nivel de aprendizaje ha sido bueno y los recuerdos son historias que alguna vez contaré a quien las quiera escuchar (o a quien no tenga más remedio). La satisfacción de lo bien hecho, el colegueo derivado a entrañable amistad, los jefes de toda la vida, maestros y aliados, son compensaciones justas ante la sensación de tiempo ajustado y etapas no vividas que me han generado este carácter entristecido pero alegre y una madurez a pedazos.

Creo que merezco un descanso.

Dejé de trabajar para hacer un master el año pasado. Vine a parar a Bilbao, gracias a amigas y amigos a quienes aún cuando pague toda deuda material, seguiré lealmente agradecida. De todos modos, debí conseguir un par de “cachuelos” por las mañanas, con viejecitos y bebés. Así, me di tiempo para cuidar personas, comer un sándwich, salir corriendo a la Facultad, escuchar a sobrios pensadores de izquierda concluir sobre el daño que la globalización hace al mundo, y, de vez en cuando, dormir con un enamoradito de cariño interesado y temporal que surgió por ahí.

Ya están los lagrimones otra vez. Llevo casi cinco años sin poder marcar en el calendario dos días seguidos sin llorar. Soy una llorona declarada, me es tan fácil como reír, pero con deterioro emocional. Lo más jodido de esto es que nunca parece que he llorado suficiente, pues aún tengo sensación de frío, ansiedad, compresión de pecho y ahogos. Se supone que si moqueas un buen rato luego ya pasó y no vuelves a hacerlo en muchos días. Se supone que es así. De niña, cuando era muy pequeña, sólo lloraba cuando, gracias a mis pies planos, me caía y hacía algún chinchón en la cabeza. Lloraba mucho, mi mamá me abrazaba y daba besitos, curaba mi herida y yo, con ella, sentía que todo estaba bien. Entonces, no había por qué llorar más.

Debo preparar un proyecto de tesis. Espero convencer al coordinador del programa de doctorados de que mi tema es suficientemente interesante y útil y que puedo con esto. Saqué buenas notas en el master, no las mejores, pero en fin, hice lo que pude. No tengo un perfil de investigadora académica, sino capacidad de observación y experiencia en campo. Soy una profesional pragmática, me gusta la eterna retroalimentación, un poco por el sesgo de la carrera periodística, otro tanto porque mi aprendizaje ha debido reflejarse en mi trabajo desde que tengo trece años y debí complacer al jefe más exigente, cabrón, explotador y perfeccionista que tuve en la vida: mi padre.

También debo convencerle de que necesito una beca. Es decir, que necesito una beca (y ayudas de cualquier tipo) es obvio, tengo un nivel de estrés por exceso de curro, preocupación y falta de dinero que me provoca fiebres cada tres semanas (sumado al síndrome de inmigrante-profesional-discriminada que nos ha dado a mí y a unas cuantas que conozco, por motivos varios). Pero bueno, todo esto al director del programa de doctorados le importará un rábano. Sé que la institución va tras una mención de excelencia europea, lo cual ya me pone de pies en la tierra con cierto mal sabor de boca, pues, imagino, buscarán temas, tutores e investigadores que les aseguren prestigio.

En fin, como suelen decir acá, que por no intentar no sea.

De todos modos, la idea de ir a Perú madura cada vez más. Dejar hilos atados, claro, por si apetece volver y no tener que hacerlo a lo loco. A estas alturas de mi estadía en tierras lejanas, entre otras infecciones he pillado una que suelo llamar “trámitefobia”. El sólo pensar en todo lo que debo hacer para asegurarme un regreso en condiciones primariamente humanas me pone mal, me provoca tristeza y desgano. Ya he respondido agresiva a pobres inocentes por la sola mención de la palabra “papeles” en mi entorno, da igual el contexto. No quiero pensar en el destino cruel que le espera a la próxima persona que tenga la mala idea de pedirme documentación…

Ayer finalmente fui al Guggenheim. Vi una estatua de arcilla que se parecía a Anita y otra igualita a papá Pedro. Afortunadamente, mi compañero de sesión cultural resultó ser de esas almitas libres y autodidactas y no le pareció extraño verme hablar con las figuras de tamaño natural de Cai Guo-Quiang o buscar las bragas a las chicas-anime de Murakami. Es más, descubrió mi sinestesia y le encontramos sentido al aprendizaje inconsciente a partir de experiencias de vida que da base al argumento de “Slumdog Millionarie”.

Fue una buena tarde.

Esta canción es para mi dulce, sencilla, complicada, amada Kithara y todas sus envidiables ganas de estar en Piura: