lunes, marzo 17, 2008

Atontada (¿cansada?)


Una niña de quince años deseaba que él apareciera, tan de negro, tan solitario, tan dulce, tan comprensivo, tan como ella, y le diera una canción adorada ahí mismo, cuando todos los demás opinaran lo contrario, mientras ambos, corazón y sonrisas… corazón y sonrisas.

La niña grande, de casi treinta (pero aún no, aún falta un poco para eso), desearía tener quince y no saber que es posible sentir en él aquella canción, mientras prueba sus labios dulces y olfatea sus pecas, sin amar, pero amando en tiempos alternos y únicos.

Rarezas.

Nostalgia de un recuerdo que aún es presente. Nostalgia y calor. Nostalgia, “sin más”. ¡Ay, con esta mía compulsión!

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Y el gato que no respondió, según Cortázar, me hizo reír tanto, tanto, de aquella vez, cuando crucé la calle para llegar al perro (perra, era una perra color caramelo, ese día lo descubrí), camino al trabajo.

Cinco lunas antes, la inconfundible perra negra de por mi casa mordió al chico con quien salía por entonces. Él venía a verme en bicicleta (deportivo y sano, el muchacho). Escuché un barullo inusual, todos los perros del barrio (o sea, la negra y la caramelo) amedrentaban al infeliz. La negra, la malagradecida a quien alimenté algunas veces, se atrevió a agredir al buen ser humano que, por entonces, era de las personas más importantes en mi vida.

Preocupación típica generada por la experiencia de tres sesiones de vacunas antirrábicas, debido a aquella olvidada costumbre de andar llevando a casa –de mis padres- todo cuadrúpedo viviente encontrado por ahí… Habría que hacer seguimiento al bicho (la perra, no el noviecillo), notar si su comportamiento se tornaba agresivo o si aparecía muerta (a saber si de rabia o envenenamiento) y tomar las medidas del caso.

Sin embargo, desapareció. Cinco días estuve buscándola. Ni una, ni otra. Desapareció junto a todos los perros del vecindario (es decir, la caramelo) y yo, desperada, angustiada, casi me quedo viuda y todo, vaya.

Hasta que por fin vi a la otra, sí, esa, la caramelo, recostada frente a mí, tomando sol a las nueve de la mañana, en el portal reclamado como suyo por apropiación ociosa. Ahí estaba, ahí estaba ella, ahí estaba yo cruzando la calle decidida, pensando –de manera muy razonable, por cierto- que encontraría por fin a la negra (tal vez llamada “Panchita”), que su amiga sabría donde estaba, que su amiga…

¡¿Pero qué carajo estoy haciendo?!

Bueno, eso, que el gato de Cortázar me lo recordó.

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“Frikie encantadora”. Suena bien, Lucía, suena muy bien. Suena lindo.

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¿Cómo que te da pereza ir a la cama? Tienes sueño, ¿verdad? Entonces, ve a dormir. Ok, ok, te da pereza. Pufff…

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