jueves, marzo 29, 2007

Ensayo de "La Manuela" - Parte 1

Creo en los ángeles de la guarda. Acabo de llegar, dispuesta a escribir este post, y dejé andando mi lista de música en aleatorio. Subo volumen a los parlantes de la computadora, y escucho, desde el inicio, "Sólo le pido a Dios", que se había negado a sonar los últimos días, por no sé qué falla técnica.

Conversaba con Lariza en el restaurante donde solemos ir a comer menú (todo menos arroz, pues no me gusta cómo preparan el arroz en Cusco). Me contó sobre la posibilidad de que su familia entre en un juicio postergado durante años.

Sentí una opresión fuerte en el pecho y, con la voz temblorosa, le dije:
“amiga, no lo hagan. No entres en juicios, nunca. Aléjate lo más que puedas de esos asuntos. Son tristes. Desgastan, deprimen, desunen a la familia, causan desembolsos grandes de dinero y entristecen la vida”.

Recordé una tarea pendiente, el encargo trascendente de un ser amado muerto y mi promesa olvidada de contar una historia, mientras sea capaz de hablar y escribir. Trato entonces de dejar tejidos los sucesos, para no postergarlo mucho más.
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Y ella me dijo:

Papá fue uno de los hombres más cariñosos que he conocido jamás. Si soy dulce y amorosa, es gracias a su ejemplo, y al trato que me dio la mayor parte de su vida. El mal genio y las repentinas explosiones de furia, también se las debo a sus genes. De mi madre, tengo el orgullo, la paciencia (aunque se me agota con relativa facilidad y a ella, nunca), la intuición y la dignidad.

Un día murió mi abuelo, Miguel, quien no era mi abuelo, sino el señor que crió a mi papá, su tío abuelo, amor y conviviente eterno de Esther, hermana de la abuela materna de mi padre. Un enredo que debí aprender a ver claro a los 10 años, cuando conocí a mi abuelo paterno “de verdad”.

Sin temor a pecar de soberbia, y sin la más mínima intención de juzgar a mis mayores, puedo decir que he aprendido de ellos cuán importante es llevar una vida ordenada en cuanto a relaciones interpersonales. Casarse no es un juego, convivir, menos. Tener una pareja habiendo procreado hijos de anteriores matrimonios, es una decisión delicada y requiere de mucho cuidado y previsión. Criar hijos ajenos (no adoptados), habiendo propios, puede ser un acto de caridad admirable y divino, siempre y cuando esté motivado por el amor y haya amor en cada paso que demos.

Mi abuela, la de “verdad”, parió muy chiquilla a mi padre. Se enamoró de un policía diez años mayor que ella, y con la misma facilidad y veleidad juvenil, se desenamoró, luego de un matrimonio lleno de expectativas y dos alumbramientos.

Al verla sola y con dos niños, su tía Esther, recientemente emparejada con Miguel, respetable administrador de la hacienda “La Manuela”, allá por los años 50, le pidió criar al mayorcito, Hernán, y así consolidar su nueva familia, pues, algún tiempo antes, había quedado inhabilitada para tener hijos. Gracias a Dios ya tenía uno, de su anterior matrimonio, Gonzalito, un joven altivo, que nunca vio con buenos ojos al “recogido”, a quien, motivado por celos y una cruel inconsciencia juvenil (malacrianza total, diría yo), no dudaba en llamar “hijo de una puta”.

Miguel, por su parte, venía ya divorciado (o separado, eso nunca lo supe bien), de una mujer que le dio siete hijos.

Hernán, niño de campo, acostumbrado a montar a caballo, pasar las tardes trepado a los árboles de pacae y jugar con los hijos de los peones de la hacienda, tuvo una infancia feliz mientras duró esa dulce etapa en que uno no se da cuenta de lo que pasa a su alrededor. Había un río dónde bañarse, amigos, escuela rural…

No estaba en condiciones el pequeño de reclamar si la mamá Esther le pellizcaba para que no hable en misa, o para que vaya, con el corazón hinchado, a recibir la Santa Comunión. Tampoco protestaba si el domingo por la tarde, a última hora y por una mancha en el pantalón, se quedaba castigado en la hacienda, en vez de ir al cine, en Sullana, como lo había soñado la semana entera.

Eran cosas de niños y de crianzas estrictas de antaño. Menos aún estaba en condiciones de preguntarse por qué tenía dos mamás, dos papás (uno de los cuales sólo podía visitarlo de vez en cuando) y una abuela… ni por qué una de sus mamás era hermana de su abuela y la otra, hija.

Pero la adolescencia llegó, y llegó para todos. Esa edad idiota en que aprendemos a almacenar prejuicios y complejos. Hernán se dio cuenta que no era hijo de sus padres, supo qué significaba ser llamado “hijo de una puta”, empezó a envidiar la condición de “hijo legítimo” de Gonzalito y de todos los primos que vivían con papá y mamá, pero papá y mamá de verdad.

Los niños de la hacienda también crecieron y empezaron a sentirse “hijos de los peones”, que no tendría nada de malo, si no marcara el inicio de las diferencias sociales, del recelo y demás porquerías humanas que vienen dividiendo al mundo desde nuestra aparición en él. Por supuesto, para no sentirse menos ante el “hijo del administrador”, los “hijos de los peones” adoptaron en su contra el repetitivo apodo de “recogido”, y, por supuesto, se acabó la amistad.

A partir del año 1969, empezó en Perú el proceso de Reforma Agraria. Las grandes haciendas dejaron de existir, entre ellas, La Manuela. Pese a ello, la administración seguía a cargo de Miguel, quien permaneció en la vivienda del campo hasta que la tierra fue repartida entre los trabajadores. El ex administrador y su familia se mudaron definitivamente a Sullana en 1973, cuando un terremoto hizo mella en la ya desequilibrada economía nacional (el mismo que provocó una avalancha en el callejón de Huaylas, sepultando totalmente a un pueblo llamado Yungay, en Huaraz).

Hernán tenía 17 años y ya había hecho la secundaria en la ciudad, así que estaba bastante habituado a ella, y enamorado de una chica del barrio vecino, Azucena, hija mayor de una costurera honesta, con bríos de señorona y costumbres de comadre, y un humilde relojero, trabajador y autodidacta. Era ésta una jovencita inquieta, quien, por aquél entonces, coqueteaba intelectual y descaradamente con los ideales socialistas y libertarios de la época. Ella quería estudiar música, pero no le dejaron en casa, por ello, debió quedarse tranquila y contenta con la carrera de Educación, que tampoco gustó a sus padres (habrían preferido Medicina, o algo así), pero no dijeron más.

El muchacho, ya capaz de molerse a golpes con quien osara insultarle, pagaba las consecuencias de una crianza llena de sobresaltos y sobrenombres. Amaba y respetaba a Esther, adoraba a Miguel, resentía del abandono de su padre legítimo y no sabía qué sentir por su otra mamá. Niño de hacienda, sobreprotegido para mostrarse siempre favorable a sus padres de cariño, carecía de carácter para darse valor suficiente y hacer las cosas sin importarle lo que dijeran tío, primo y sobrino.

Sin embargo, un día milagroso de esos, y como quien no quiere la cosa, se animó a rendir un examen de ingreso a la universidad. Periodismo. Ingresó en segundo lugar. Sólo Azucena, como buena mujer enamorada, se lo creyó de inmediato. Su familia dudó hasta no ver el papel con los resultados finales, y ni aún entonces… ¿Cómo es que este chico, tan atolondrado y descuidado, consiguió tal logro? Sólo Dios y él sabrán.

Un par de años de Humanidades, en una de las mejores universidades de Piura, regentada por miembros del Opus Dei e instaurada en esta zona, entre otras cosas, para frenar el avance intelectual del comunismo, que venía expandiéndose inconteniblemente desde las montañas. Hernán, ya bien metido en izquierdas y bohemias, sobresalía por sus calificaciones, más no por una “conducta apropiada”.

Supo, en algún momento, de la expulsión de alumnos militantes. “No les conocemos”, les dijeron, “en nuestros expedientes no figuran como estudiantes de aquí”. Hernán, impulsado por una rebeldía reprimida desde su niñez, continuó dejando panfletos en los baños y organizando reuniones para el joven Partido Comunista Peruano. Empezó a sentirse harto del lugar, a descuidar estudio y relaciones públicas. El romanticismo mal encaminado y la falta de prudencia le llevaron al despacho de su asesor, un sacerdote francamente amable, quien, con dolor, le aconsejó: “Esta universidad no es para ti”.

Se fue. Coherencia inmadura, autocondenación, quién sabe. Pero se fue.

4 comentarios:

Enzo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Enzo dijo...

Hola doña Angela

Lástima que no haya podido disfrutar de sus post los últimos tres meses... Mi prisión es móvil... Mis fechorías me impiden terminar vivir el día al máximo.

Pero ahora no hay remilgo que valga...

Mostrar realidades cuasi-parecidas de cualquier lugar del mundo suele ser un negocio redondo de vez en cuando, la misería ahora y casi siempre; tiene precio... (post 11/2)

El buscar el abrazo de mamá nos recuerda que aún el cordón umbilical no puede romperse...

Parece estar de moda salir con extranjeros... Bueno, yo habito la República Independiente de Arequipa... (¡jajá!)...

... Créame que el patriotismo no es la fórmula que nos hará sentir mejor cuando volvemos a dejar que nuestros zapatos sigan raspando el suelo oriundo...

Hum... "De existir Dios y los ángeles... yo sería su ángel guardián y, si soy hombre es porque mis álas... se quedaron con usted..."

Malu dijo...

Amiga mía, te presento a Enzo, el "inquisidor" de mi blog. Tiene la particularidad de dictar sentencias absolutas, desde alguna especie de altar autogenerado, pero en el fondo es buena gente.
Por cierto, tu historia me resulta muy familiar...
Un abrazo.

mherrero dijo...

Hola,

Llegué a tu blog, en forma inversa, vi una entrada a mi blog que me llamo la atención.
Pusiste la foto de un niño que a su vez yo tome de el sitio Flickr.

Me ha gustado mucho tu ensayo, tiene el aire de los relatos de José María Argedas. Espero disfrutar de las siguientes partes.

Te pido un favor, en la foto del niño podrías poner la referencia del autor de la fotografía hacia su sitio Flickr, más especificamente hacía la página que contiene esa fotografía es esta

Gracias por publicar el ensayo, ha sido un gusto disfrutar de su lectura.

Mario Antonio Herrero Machado
Córdoba, Argentina