domingo, enero 28, 2007

Como una piedra

El dulce sufrimiento que a veces provoca una canción. Sería fácil pasar a la siguiente del disco, pero no, me detengo en ella y cada célula de mi sangre se traslada a esa cabina de Internet, donde escribiera un libro por contrato y revisara textos para una editorial de Lima, hace ya cinco años.

No estoy segura de poder hablar por mi cuerpo y mi corazón en este momento. El sabor de esa masa horneada con salchicha y la botellita de agua al lado, almuerzo diario, me da deseo y dolor. Fueron tiempos buenos, aún esta niña inocente que solí ser era capaz de llorar por un amor tonto, no correspondido, que, a fin de cuentas, nunca fue amor.

Oía la canción una y otra vez, para recordar la masacre que mis principios sufrieron entonces. Juré que esperaría su regreso, sentada en una habitación vacía, como una piedra, sin sentir nada más que esperanza en él. Esperanza. Esperanza en un ser humano, joven, imperfecto, mal habido para mucho, no sólo para mí.

¿Qué queda de ese amor ahora? Algún recuerdo del cual ya soy capaz de reír, algún ridículo propio que causó lágrimas imparables y ahora soy capaz de contar, por lo anecdótico y para repasar lo “estúpida y blanda” que fui a esa edad, sin más.

¿Soy menos blanda ahora? ¿Duele menos ahora? Esa historia ya no. Esa historia quedó en el pasado y aprendí de ella, como todas las personas a lo largo de su vida. Estuve enamorada de quien nunca me quiso. No fue la primera, ni la única, ni la última. Sin embargo, cada vuelta al ruedo va con más brío, cada fracaso tumba menos y cada nueva aventura, por desgracia, va acompañada de escudos, desconfianza y actitudes defensivas.

Me curé del amor que sentí, pero no de la mala experiencia. Lo sé. Es mi culpa. No supe sanar sin dureza, pero tampoco sé suficiente para no volver a caer en temas parecidos.

Hoy no estoy dispuesta a esperar como una piedra, sentada en una habitación vacía. Hoy sé que cada minuto del día, acurrucada con mi oso de peluche, está irremediablemente perdido.

Sin embargo, pese a habérmelo propuesto, no consigo estar dispuesta a dejar de amar (pero amar de querer, no de desear). Y quiero mucho a muchos, de manera desprendida, y a uno, de modo especial. Este corazón tonto es irremediablemente bueno y se equivoca tan dulcemente, que da risa, ternura, fastidio... Espero que alguna vez, los riesgos que corre no le cuesten la vida y, es más, que valgan la pena, que lo valoren, lo cuiden, lo comprendan, porque es bonito, frágil y no quiere seguir quedándose solo.

1 comentario:

El perro andaluz dijo...

A tomar la iniciativa y que sea lo que tenga que ser.
Un abrazo y muchas energias positivas.