martes, enero 30, 2007

Algún 30 de enero


Estos últimos meses he hecho mucho lo que he querido. De una habitación súper linda, para “señoritas”, con vista al parque y caseros recelosos, mudé mi vida a un departamento compartido con un par de muchachos geniales, tuve una intensa aventura pasional con un hombre excelente, pasé año nuevo en Montañita, una bonita y recomendable playa de Ecuador, fui de paseo con amigos y familia cada vez que pude, dejé de acudir a la oficina los fines de semana, engordé de sentirme tan bien comiendo y no hice ningún esfuerzo por conservar mi trabajo, una vez vencido un contrato de tres años.

Además, me enamoré a la buena, pese a morir de miedo ante la idea hasta hace poco tiempo, y sin querer, aunque queriéndolo en el fondo, pues el muchacho en cuestión no vale para un asunto superficial, pese a que el muy perro se llena la boca afirmando lo contrario.
Hay personas en quienes la transparencia se delata de manera insoportable, casi insultante en un mundo de pareceres y buenas formas. Uno no puede sino admirar y querer a alguien así, aunque las circunstancias no sean las más adecuadas, aunque no sea el “hombre mayor, con los pies sobre la tierra, un buen trabajo y, mínimo, una maestría en su currículo académico”.

Este enamoramiento mío, debo reconocerlo, es bastante extraño. Es una sensación de libertad hermosa, condicionada a ciertos esfuerzos espirituales y físicos, que te exigen, simplemente, estar relajada y dejarte llevar. Como bucear entre corales con su impulso, sin saber tú bucear, o caminar tomados de la mano bajo una lluvia de verano, sin pensar en el resfrío que seguramente pescarás al día siguiente.

No me gusta por ser alguien importante en “potencia”, por los buenos trabajos que conseguirá si se esfuerza un poco o por el futuro prometedor que le espera, en cualquier sentido que se proponga. Me gusta porque está conmigo ahora, porque se muere de risa sin dejar de abrazarme cuando entro en alguna crisis nerviosa, y me acompaña suavemente en las noches, dejándome respirar mi aire y a mi danza.

Me gusta porque no me exige verme “bonita y contenta” junto a él, ni parecer felices. Porque no debemos lucir como una pareja acaramelada andando por la calle, aunque nuestros amigos más cercanos noten, en nuestros forzados “malos tratos”, lo involucrados que estamos. Me gusta porque puedo ser su amiga, sin complejos. Porque seguiré siendo su amiga cuando pase el tiempo, ya que no hay promesas por romper, ni daños trascendentes qué reparar.

Él demanda mucho cariño, eso es verdad. Y a mí me nace dárselo hasta con la parte más pequeñita de mi alma. Mi madre, aunque no sabe lo que hay entre nosotros (pero seguramente lo adivina) me ha dicho que le gusta mucho la capacidad que este chico tiene para despertar mi ternura. Y dicen que las madres no se equivocan…

Un sector de las personas inteligentes que me conocen me han dicho que yo ya no estoy para estas cosas. En fin, tengo 26 años, debería andar de “novia formal” hace un año, por lo menos, con un trabajo que prometa acogerme el resto de mi vida y una satisfacción más moderada. Pero no puedo. No quiero declararme “mujer seria y recatada”, cuando no me siento así.

A veces no entiendo lo que pasa dentro de mí. De un momento a otro he decidido dejarlo todo, tomar mi mochila e irme a vagar un rato, por ahí. Lo haré en breve, sólo debo terminar un jodido informe y ordenar los archivos de mi ex computadora, sin dejar parte de mi vida en ella. Este trabajo es bueno, no lo niego, pero me he cansado, necesito… aire.

Sé que no ha sido la decisión más “madura” que he podido tomar y eso me asusta un poco. No es fácil decir: “no quiero más responsabilidad”. No es fácil dejar algo que era ya parte de tu rutina y vida. Lo peor: no es fácil pedir a tu familia que se ajuste un poco los cinturones, porque tu aporte se acaba por dos o tres meses.

Pero no quisiera arrepentirme después de no haber hecho lo que pude, cuando tuve oportunidad… Además, no quiero estar aquí, la necesidad que me obliga a levantar vuelo supera toda mi capacidad de resignación y paciencia. Es como una llamada parecida a la vocación, es parte de mi sangre y mi alegría. No quiero reprimirla más.

¿Qué traerá todo esto consigo? Quién sabe, pero no estoy sola. Tengo amigos excelentes y estoy rodeada de gente buena. Tengo fe.

Quiero escribir un poco más, sobre mis niños del campo, la vida tranquila y apartada, lo hermoso que es mi país… Quiero aprender a hacer cosas buenas y bien hechas, y hacerlas cada vez mejor. Quiero que mi familia tenga la paz que una hermana mayor alegre y satisfecha consigo misma les puede dar y quiero… amar a mi chico con las yemas de mis dedos, los besitos más dulces y la compañía más sólida, mientras estemos juntos.

Creo que, pese a los matices dolorosos que nunca están de más, soy feliz.
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Por cierto, "pringa’o": que pases un lindo cumpleaños.

1 comentario:

David dijo...

me alegra mucho leer cosas como ésta de la gente que aprecio. un abrazo.