martes, enero 20, 2009

Eva...

En verdad, si lo piensas, has disfrutado la dulce soledad y suavemente avanzas hacia sus brazos, dejándote proteger, acoger. Te da la bienvenida y miras para atrás, una última vez. No tienes duda alguna de las prendas que llevas en el corazón, insertadas en pequeñas heridas enriquecedoras, para no olvidar. Tu brillo, cariño mío, llegará hasta esos afectos sencillos que esperan tu regreso una y otra vez.

¿Lo ves, así de claro? El momento preciso de las cinco fronteras y el total desarraigo, cuando la no pertenencia deja de doler en el pecho y se asume como una ventaja, como un par de alas coloridas que has de aprender a utilizar, pues ya las tienes puestas y, así encogidas, ni siquiera te dejarán guardar equilibrio al caminar.

Acabas de trasgredir tu propio límite. Has tomado la decisión con el pecho apretado, pero sin miedo, ni ansiedad, ni taquicardias nocturnas (tal vez algo de ardor en, pero médico el lunes, antibióticos, análisis y). Aún lágrimas de te quieros contenidos pero, ¿te das cuenta?, ya no hacen daño…

En qué momento aquí, por qué, hacia dónde, demasiadas respuestas extraviadas en preguntas retóricas, curiosidades insatisfechas, intelectualidad soberbia, todo peso y medidas. Sonríes sin responder y callas porque se te da la gana. O hablas, sugieres: vete a la mierda. Y ya está, ya has aprendido la lección que te hacía falta para afrontar el pasado rencoroso y este futuro especialmente incierto que nos hemos echado a la espalda, por pura imposibilidad de dejar de andar.

Todo es nuevo. Todo está por empezar.

1 comentario:

Galileus dijo...

Alguna vez he logrado volverme insensible a la dulce soledad, aunque de dulce no tenga mucho... :(

El "vete a la mierda", "ojalá que te mueras" o "a volar a otra parte" funciona en verdad.

Aunque no olvido una frase de la película del "Crimen del Padre Amaro": “El infierno existe; el infierno es la soledad”.

Saludos desde Lima...