martes, febrero 12, 2008

De-mente Feliz


El anuncio decía “Piso compartido. Tres habitaciones. Preferentemente chicas. No fumadores”. Qué más da, ya he roto la regla demasiadas veces y en los rincones del cuarto verde debe estar acumulado mi tabaco y el hachís de algún amante de fin de semana, a quien, de lunes a viernes, es mejor no recordar.

Piensas en el brillo de los ojos de Paquita, cada mañana, cada que abres la persiana y cantas “buenos días”, con la dulzura de tu madre cuando te escribe pequeños emails cargados de bendiciones. Es un trabajo, sí, pero por dar amor nadie te paga un extra y eso siempre, siempre será mejor.

Los ojos brillantes de Paquita. Te detuviste allí y la ciudad se iluminó con tu sonrisa, aunque nadie lo haya notado. La Ría apesta, la ría apesta y aún así ves pasar algunos cardúmenes. Te provoca echar miguitas de pan a los peces, más loca aún, más que sólo ir cantando en inglés mal pronunciado, pero nunca llevas pan contigo. Sólo te detienes, los miras pasar (loca, loca, loca), les deseas buena tarde, deslumbrada por el reflejo del sol en el Guggenheim, rumbo a la facultad, cada día extenuada, cada día agradecida, cada día menos mal todo se va a arreglando, que el dinero, aunque poco, ya sirve, ya.

Es la primera anciana, tan anciana, de ojos tan, tan, tan brillantes. Piensas, te vas, como siempre, pese a los tirones de Ani, de así se hace esto, así lo otro, la comida tal, el pañal cual, le limpias el culito con estas toallitas, usas esta servilleta, el señor come con la cuchara más grande, el guiso debe quedar jugosiiito, jugosiiito, repite Ani, en español ayacuchano, ese acentillo implacablemente dócil que no ha perdido en dos años de andar por aquí y por allá, buscándose la vida, lejos de su hijo, Ángel, de diez, a quien ya este día habrá vuelto a ver, comido a besos, abrazado hasta asfixiar.

Ibas pateando latas, cariño, aunque no hayan latas por la calle y todo esté muy limpio, pues a diario pasan carros barredores, limpiando (esparciendo) el polvo y aspirando algún desafortunado folleto publicitario, que algún desafortunado trabajador por horas (aburrido) entregó a alguna desafortunada oficinista (aburrida) al subir del metro, hace unos minutos.

Ani te salvó la vida, aunque lanzó el salvavidas a Ynga y ella decidió alcanzártelo a ti, pues te vio un poco más cansada de seguir sosteniéndote en el charco (la Ría), nadando de perrito, asqueándote de mierda y a punto de decir: tal vez, tal vez, tal vez algún extremo, tal vez huir, tal vez optar por, tal vez… ¿Hundirte? No. Hundirte hace mucho dejó de existir.

“Pero tienes que apurarte, pues, o si no se te va a ir la mañana en una sola cosa y no vas a avanzar más”, replica Ani, aconsejándote decir que tienes tiempo, que estás dispuesta, que tienes experiencia y que sabes cocinar. Cocinar. Mujeres liberadas, hombres tradicionales: no tienen idea de lo importante que es saber cocinar.

Estás nerviosa, pequeña Lucía. Nerviosa. Más nerviosa, Ani, que debe dejarte apta para reemplazarla, a la vez que prepara sus enormes maletas, llenas de regalos para su familia, allá en Perú.

Perú…

La sencillez de tu salvadora, Lucía. La sencillez. Se muere de gusto porque sabe que eres profesional (quiere presentarte a un hermano soltero, no es bueno que te enamores de españoles, dice, se portan raro, hacen daño, están locos), te cuenta: también estudió para profesora, hace años. Le sorprende saber de tu laptop, le sorprende, se ríe y acomoda muchas bolsitas del Corte Inglés. Balbuceas “El Corte Inglés tiene demasiada plata”. Te ha oído. “Tienen plata, ¿di? ¡Ya no voy a comprar ahí!”.

Se va. Te desea lo mejor. Te regala un par de zapatos nuevecitos, hacen el mismo número. Te agradece. Le ayuda su novio, otro peruano, cusqueño, tal vez. No te lo presentó nunca, sólo dijo “ese chico me da cólera”, porque tardó un poco en irla a buscar.

Te quedas sola. No, sola no. Don Florencio está en la cocina y Paquita, durmiendo a ratitos, en su habitación, la más grande e iluminada de la casa. Te ha tocado aderezar los garbanzos, guapa, ya no te escapas. “Luego, sirves la comida al señor, le das de comer a la señora con este postre, que ya debes sacar de la nevera (aquí le dicen nevera al refrigerador) desde la hora que llegas. Después cierras la persiana del señor, para que haga la siesta, limpias la cocina, el baño y ya te vas para la universidad”. Recuerdas paso a paso cada indicación de Ani, cada observación, cada detalle.

“No te preocupes, Lucia, así se aprende. Yo también aprendí aquí”, sonríe. Y tú, el día anterior, el día en que dijiste: “Vengo en lugar de Ynga, ella no podrá venir”, ibas muerta de miedo, muerta de vergüenza (porque reemplazabas a Ynga sin previo aviso, porque eres una inútil en labores domésticas y porque sí, porque hay complejos que se llevan dentro y contra esos, créeme, también se tiene que luchar un poco, antes de respirar hondo y decir: puedo).

Te sentaste en el metro, asustada, como un pollito, pensando: mis hijos (los paridos y los adoptivos) tendrán que saber, tendrán que estar preparados, tendrán que sonreír ante dificultades como la de hoy, como la de ayer (problemas con funcionarios públicos, eres una jodida inmigrante y eso nada ni nadie lo cambiará, por mucho Máster y mariconadas de esas), como las que vengan, porque les enseñarás, Lucía, les enseñarás.

No eres una niña (aunque lo pareces). Tienes 27. A los 27 se es ya mujer, digan lo que digan los imbéciles que se han acostado contigo. A los 27 puedes. A los 27 eres fuerte. A los 27 eres responsable. A los 27, todo va a salir bien, cariño, a esa misma edad, tu madre cargaba contigo y viajaba de Piura a Lima, cada tres meses, a la clínica de rehabilitación, porque desde chiquitita diste problemas (y no paras, ¡no paras!).

Es una bonita familia, piensas. Las hijas van todas las tardes, los ancianitos no están abandonados. Las criaron bien. Tu madre lo reafirma cuando le cuentas por teléfono, y se alegra por ti, de lo que vas a aprender. Te recomienda paciencia. Se preocupa: “Hijita… ¿Acaso sabes cocinar?”. La tranquilizas contándole que Koldo (Koldo para arriba, Koldo para abajo, Koldo tu amigo, Koldo en todos lados) te ha dado ya algunas recomendaciones (es que Koldo es cheff, pero ahora estudia docencia – corazón materno derretido doblemente: Ani, maestra. Koldo, maestro. Ella misma, maestra).

Y aquí te tenemos, mi linda Lucía, cansada cada tarde, aún más atenta en clase, sin pulgas que quitarte y realmente amiga del “gehtto latinoamericano + Daniel”, porque ellos (y Koldo) entienden muy bien lo que estás pasando, se entusiasman al saber que el señor ha comido con gusto el guiso de conejo que preparaste y están planeando una caminata por las playas, el domingo que viene, con camping, comida peruana y poquísimo presupuesto, como debe ser.

Ya dan más ganas de estudiar y todo, ¿verdad?

Me siento como algún personaje secundario de Cortázar...
.

6 comentarios:

david santos dijo...

Bueno trabajo, Angela.
Una imagene adorable.
Gracias por compartirlo con nosotros

Anónimo dijo...

Como siempre está perfecto, me encantó tu relato. Un beso y un abrazo amiga querida.

Myriam

Majo dijo...

Pues ya leíste mi nick: it's time to be a big girl now, and big girls don't cry. Bueno... lloran solo las tardes grises y en los días de luna llena, pero a la hora de poner segunda en la carrera de la vida, nadie nos para :)

Enigma dijo...

Me preguntaba por qué en tus últimos relatos siempre leo algo referente a tus amantes; no es que sea cucufato (y lo sabes bien), pero me parece innecesario, salvo que desees hacerlo notar; si es esa la intención, ya lo lograste! ;)
Por otro lado, noto un desmesurado interés en demostrar la fuerza masculina que llevas dentro (ya sé que eres una fémina, pero igual llevas esa fuerza por dentro).
En parámetros generales, el relato sólo motiva hcia una dirección: el esfuerzo.
Hasta la próxima

Angela dijo...

David: buen trabajo el tuyo, con tu blog. Te apoyo en las protestas y en la causa...

Myriam, preciosa, tú eres perfecta (aunque le duela a tanto "simple mortal" que anda por ahí) :)
Te quiero mucho!!!

Majito, las niñas grandes también lloramos y tal vez por más motivos que antes, sólo que a ratos más cortos.
Y eso, se pone segunda y para adelante, a aprender, a seguir y a ser agradecidas, también.

Enigma: mis "amantes" (por no entrar en detalles de los diferentes tipos de relación) son imaginarios o reales, atemporales, inconclusos, abstractos y, sumamente importante, nunca suceden a la vez.
Y sí, quería que se noten. Es un modo de reunciar, poco a poco, a cierta "esquizofrenia" bloggeril de la que ya tendrán noticias luego.

Para cerrar el comentario: la fuerza de una mujer nunca es masculina. Como la fuerza de un hombre no es femenina.

Se les quiere mucho.

Enigma dijo...

Plop.! Creo que no te gustó mucho lo de tu fuerza masculina...!, la verdad la idea no fue mía. disculpa. ;)
Pero, a decir verdad, la fuerza siempre ha sido identificada como algo masculino (por lo menos así encaja en nuestro perfil "tercermundista" y "retrotraído" del peruano ¿o no?)
Suerte