miércoles, octubre 31, 2007

Positivo

Se lo conté a mi abuelita sin mucho entusiasmo, pues sé de sobra lo poco que le entusiasma este asunto. Aún no comprende, pobre, cómo llegué a “escapar” de la rectitud moral tradicional, que implica salir de casa sólo del brazo del esposo.

Mujer de su generación, a fin y al cabo, pero la he escuchado defenderme con el corazón en la mano, cuando alguno de mis hermanos, sólo para contrariar, empieza a burlarse de mi “soltería”. En fin, mujer de su generación y todo, pero mujer a fin de cuentas.

Me miró, abriendo mucho sus ojitos brillantes, y dijo:

- ¿Acaso no puedes quedarte quieta en tu sitio, muchacha?

Y respondí, amorosa, aún preguntándome cuál diablos será “mi sitio”:

- Lo siento, mamita… ¡Es que salí falladita!

Luego, la abracé. Aceptó mi abrazo con cariño, es más, se acurrucó en mí. No es una mujer cariñosa, mi abuelita, pero sabe cuándo. Sabe cuándo.

martes, octubre 23, 2007

Estupidez Media (se pronuncia "midia") - Parte I


Vengo quejándome hace mucho del modo en que ha degenerado la publicidad. Ya el hecho de crear una necesidad, a fin de posicionar un producto, me resulta maquiavélicamente inmoral, pero cuando el mensaje ralla en el completo desarraigo de afectos y principios importantes para cualquier ser humano, el asunto supera toda mi alicaída tolerancia ante el televisor (casi nunca veo tele y cuando lo hago, me convierto en un ser absolutamente criticón, renegón y pesado).

De todos modos, algo muy importante a observar en la publicidad es la creatividad. La creatividad es el elemento sublime que convierte a esas herramientas de venta en obras de arte, en segundos que merecen ser compilados, vistos, discutidos. En mi caso particular, casi nunca recuerdo el producto. Eso no quiere decir que el anuncio sea malo, pues yo no soy precisamente un “target” atractivo para casi ningún vendedor (salvo que ande en alguna de mis etapas pseudos bulímicas o con el síndrome premenstrual). Pero eso, que poco recuerdo al anunciante, salvo me llame mucho la atención, por bueno, malo o indignante.

Mi ventaja es que poseo muy mala memoria (todo exceso trae consecuencias). Entonces, la última publicidad que vi por televisión, antes de las dos desgracias comentadas en este post, fue una que pasaban por Navidad, el año pasado. En una academia, un limeñísimo profesor enseñaba a un grupo de tristes personas cómo poner una cara grata y emocionada ante un pésimo regalo de Navidad.

No voy a discutir aquí sobre el doble discurso de toda la vida, que se intensifica de modo nauseabundo durante estas fiestas. Sin embargo, apelaré a una universal decencia ante los dones y presentes. Ya lo dice un refrán forjado en pagano: “A caballo regalado, no se le mira el diente”. ¿Por qué no miramos los dientes del caballo regalado? Para no saber su edad, detalle importante al determinar la utilidad de estos equinos. Es decir, la calidad de un obsequio no se juzga, mucho menos en público, porque se trata de algo que nos han entregado voluntariamente, implicando un previo desprendimiento. Puede costar mucho o poco, pero ahí está, tiene su valor.

¿Quieres ser un profesional?

Efe es una cadena de tiendas de electrodomésticos que existe desde que me acuerdo. Precios módicos, crédito para personas con ingresos mínimos, sin trámites ni condiciones (mentira, siempre piden un aval), entre otras ventajas.

Está ofreciendo, desde hace un par de meses, computadoras personales de 1500 soles, a plazos. Genial, muchos padres de familia podrán ahora dotar a sus retoñitos de la herramienta de moda, para hacer las tareas escolares y tener “acceso al mundo”, a través de Internet (luego uno se pregunta por qué los adolescentes no pueden ir de viaje sin buscar desesperadamente algún cyber café, apenas hacen una parada).

Bueno pues, que tenga computadora quien pueda pagarla, es como la gente “se desarrolla” en este mundo nuestro, democráticamente liberal.

Sin embargo, ¿quién dice que para ser grandes, inteligentes y/o profesionales, necesitamos un aparato de estos en casa, con conexión a Internet? Pues la publicidad de turno de tiendas Efe, ni más, ni menos.

El discurso iba algo así:

Un grupo de niños están en el colegio, pensando en qué quieren ser cuando seas grande. Uno dice doctor (¿licenciado en medicina con doctorado? ¿Licenciado en derecho, con doctorado? ¿Licenciado en comunicación, con doctorado?), otro, arquitecto, y el protagonista de los 30 segundos de gloria, anuncia con decisión: ¡Yo seré ingeniero!

Entonces, una voz en off excesivamente emocionada, le da al niño la solución milagrosa para que su sueño se haga realidad: ¡Para conseguirlo, necesitas una computadora!

A partir de aquí, empieza el anuncio puramente técnico (modelos, costos, formas de pago) y, por supuesto, la repetición del mensaje de marras: “Necesitas una computadora para poder ser profesional”.

La verdad es que sentí asco. Pensé: acabo de comprar mi primera computadora, una laptop, a plazos (y no en tiendas Efe). ¿Por qué? Porque soy trabajadora independiente la mayor parte de mi tiempo, porque viajo continuamente, porque soy escritora reprimida y fotógrafa aficionada y ya vi la necesidad de ordenar mi vida artística en un soporte de fácil acceso, yo, a mis 27 y sin saber qué será de mí los próximos 15 meses.

Pero, ¿acaso necesité de una computadora en casa, durante la secundaria? Por entonces, ya algunos profesores nos encargaban trabajos digitados, y para eso estaban los centros de cómputo, donde podías mandar a hacer una monografía sin mucho problema.

En la universidad, lo mismo. Igual alguno tenía una computadora en la pensión y nos las arreglábamos para las impresiones y demás pormenores. Además, las cabinas de Internet empezaban a popularizarse, así que acceso a este medio masivo, teníamos.

Entonces… ¿En qué momento mis compañeros de promoción y demás contemporáneos necesitaron de una computadora para ser ahora profesionales? Ni qué decir de nuestros padres y hermanos mayores, quienes apenas soñaban con conseguir un acceso tan indiscriminado a cualquier tipo de información, sino que leían enciclopedias y libros, como dios manda.

La existencia de una determinada tecnología condiciona mucho la vida, es verdad. Yo tengo un blog colgado en la Web, no me quejo de ello. Resulta que escribir aquí se me hace vital, aunque no publique tan seguido.

Tener una computadora en casa facilita mucho la vida, es verdad, pero la vida no va a ser igual de fácil para todos y quienes la tienen más difícil, no van a morir de frustración, ni se quedarán en algún tipo de absurda mediocridad, como sugiere el ¿creativo? de la publicidad de tiendas Efe.

Las herramientas son eso: herramientas, sirven para ayudarnos a conseguir algo. Un automóvil no atropella a las personas, sino su conductor, por los motivos que sea. Una computadora, en sí misma, no ayudará a nadie a ser profesional. Cada quien puede llegar a ser lo que le plazca, si tiene una guía firme y positiva durante su niñez, si se presentan ante él las oportunidades adecuadas, si buenos maestros, si información (sea en libros impresos, sea en alguna computadora del Plan Huascarán), si fuerza de voluntad, si se le da la gana y tal.

Mejorar el nivel educativo de un país no es cuestión de infraestructura, ni de herramientas. Es cuestión de sistema, de formación, de personas, de presupuesto, de compromiso, de equidad, de justicia.

Es cuestión de empresas responsables, que tengan cuidado al dar mensajes públicos, porque puede desconcertar, confundir, engañar, generar expectativas falsas, necesidades totalmente innecesarias, complejos y más desigualdad.

Espero que todos los niños que deban ver esta publicidad, tengan una persona al lado, que sepa explicarles por qué eso que dicen en la tele es una estupidez, por más que sea la tele. Y que los responsables de imagen de tiendas Efe empiecen a contratar publicistas con criterio, respeto por su trabajo y compromiso social.

Aunque para esto tardará, ya que el segundo spot de la misma empresa me resultó un baldazo de agua fría aún más intolerable, no sólo porque el mensaje era errado, sino por el modo morboso en que se regodeaba en su equivocación.

Eso, en una segunda oportunidad de protestar un poco.

viernes, octubre 19, 2007

(In)completas

A Lucía, principalmente.
A mi segundo día de regla.
Y también a Daniel, Iván, José y Manolo.
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Escuchábamos juntas a Calamaro, tratando de decirle a una reciente exnovia, que desespera de esperarle, que no salía a buscarla juntamente porque corría el riesgo de encontrarla, que día y noche sigue mordiéndose las uñas del rencor, que aún le debe una canción de amor.

Admitía que el corazón se aferraba a lo perdido. Es verdad. El corazón suele aferrarse a los amores que ya se fueron, porque quisieron. Olvidamos los defectos suyos, que nos llevaron hasta el punto de ruptura, pero cómo recordamos los nuestros, cómo nos regodeamos en destriparlos, en culparnos, en insistir hasta, digamos, entender por qué, sumergidos en un tradicional estado de contemplación confusa que siempre, siempre, nos hará más daño del necesario, de lo justo.

Pero las relaciones reales -y sus respectivas rupturas- son sólo un modo de vivir, sufrir y aprender. Son tal vez la mitad de lo que forma nuestro querer “de pareja”, nuestra insistencia, nuestra esperanza terca y nuestra ilusión.

Existe otro tipo de “relaciones”, relaciones que, valga la redundancia y la contradicción, no existen. Son amores sin receptor, pese a que el receptor es real, sabe y también, a su modo, entrega amor. No podríamos llamarles “platónicas”, pues el platonismo implica silencio. Sin embargo, es contemplación, es construcción de fantasías en bases reales que jamás ocurrieron. Es amor en estado puro, sin justificación racional y sin experiencia, que puede fortalecerlo, como destruirlo de un momento a otro.

Nos encontramos tú y yo, amiga mía, mirando a una dulce pareja de enamorados jóvenes, y ambas tuvimos la misma idea que, luego de algunos indicios, nos animamos a confesar: “que les dure”. Podría parecer, siendo muy superficiales, que tiramos la toalla ya, que nos “amargamos”.

Pero, querida, ¿no soy acaso una mariposa libre, que emigra cuando la estación cambia, que prueba el placer momentáneo y se niega a bajar la plenitud de su vuelo? ¿No eres tú un ave espléndida, de alas firmes, que desprecia con honestidad los lugares mediocres, que no le servirán de nido? Tal vez sea un poco, un poco de amargura, consecuencia de saber o, aún peor, saber en carne propia. Saber es una ventaja, también una maldición.

Pero no podemos engañar a nuestro corazón. Hemos decidido protegerlo y me parece perfecto. Pero no le diremos que deje de dar saltitos si está emocionado. Y daremos saltitos con él, aunque debamos manifestarlos con coquetas estiradas de cuello, miradas fulminantes o sonrisas pícaras, pues así va este juego de poderes y, créeme, es lo que más nos conviene aquí, donde estamos.

Sin embargo, existe el momento clave, tal vez frente a la computadora, gracias al bendito Messenger, o una llamada al celular. “Sí, corazón, yo también te quiero mucho. Ve a dormir, que ya es muy tarde allá. Besitos. Buenas noches. Chau”, con voz melosa, emoción evidente y cariño totalmente sobreentendido.

¿Quién era?, preguntaste. Uno. No, uno así nomás, no. Se nota que es especial. Y sí, pues, es especial. Así como especial es ese muchacho guapo, que todos los días conversa contigo, Internet mediante, que no ves desde hace más de tres años y te empeñas en conservar dentro de tus afectos más importantes. “Porque no has estado con él, porque no ha tenido tiempo de quedarte mal”, te digo, sin ningún sarcasmo. “¡Conmigo no tienes que ser cruel!”, respondes. Y yo: pero sí honesta, corazón.

Tal vez es injusto suponer que nuestra musa lejana va a decepcionarnos de cerca, pues eso implicaría dar por hecho que en cuanto esté a nuestro lado, “intentaremos algo”. Y no, no necesariamente. Además, planificarlo con puntos y comas podría resultar hasta estúpido. Siempre es mejor que los sentimientos fluyan con suavidad, con naturalidad. Ese “hombre perfecto” al otro lado del teclado, pese a su imperfección, no es utilizable, en absoluto. No es “lo que evita que nos sintamos solas”, sino alguien que comparte con nosotras tiempo valioso entre el trabajo y el sueño, alguien amigo, pese a las insinuaciones, la sexualidad expresa y la nostalgia por lo no ocurrido.

Se trata de seres humanos con quienes compartimos nuestros sentimientos de manera personalísima, que no sería posible con un novio normal o alguna confusión de estas, pues generaría celos, malos entendidos, peleas desgastantes y demás enfermedades de riesgo crónico.

Nuestras musas lejanas son, sobre cualquier cosa, amigos. Amigos-pareja que no son pareja, y que nunca nos hicieron pasar por el embrollo de enamorarnos, desenamorarnos, justificar, pretender que nada ha pasado, mentir, jugar sin querer… En fin, que nunca nos hicieron llorar a la mala (porque hemos llorado, por supuesto que sí, sobre todo cuando recordamos cuán poco tiempo tuvimos).

Amigos porque, si queremos, podemos decirles, sin medir intensidad, que “me cogí a Fulano el fin de semana” o, simplemente, callar, pues todo lo que está sucediendo en este día a día normalísimo (con trabajo, familia, amigos, preocupaciones, responsabilidades, vocación, sueños por alcanzar, viajes, fiestas y días pico de excitación sexual), no tendría por qué perturbar la dulce armonía del momento exclusivo de ideas puras, de cariño sin barreras, de dormiré pensando en ti y sonrisas, porque no hay más preguntas y la realidad puede quedarse guardada en algún cajón, hasta mañana.

Extraño suceder de acontecimientos, extraño compromiso que implica una decisión personal, que podría ser “paso de esto” y sigo en mi usual rutina. Extraña inclinación iniciada con una sonrisa tímida, ante aquellos ojos preciosos y ese saludo dulce, allá en una playa ecuatoriana, luego de un año nuevo triste; o un intercambio de ideas en el Congreso de la República, seguida por cierta admiración profesional, consumada con una pizza comida con manos y dientes, risas y la última cerveza, que nunca llegó; o esa visita esperada con curiosidad y algo de vergüenza, en Cusco, y ganar confianza gracias a dos palabras (o exceso de mojitos), sentir confirmada toda la presunta bondad en su caballeresca abstención y decir adiós, con el corazón comprimido y los ojos brillantes, sin saber si sabrás más…

O mirarte durante tantos años, esperando una respuesta amable. Sentir tu amor-odio y seguirte el juego, para no ser menos, para no ser más. Hasta que por fin, tú también me quieres, cuando estabas a punto de partir…

Historias incompletas… Historias completas, destinadas a vivir una vida fantástica, alimentada sólo por la voluntad de querer y un cariño surgido en algún recodo del camino, sin justificación, pero con total verdad y admiración.

Otro tipo de amor, un platonismo evidenciado ante ambos, un procuremos vernos, aún sabiendo que será diferente, porque sí. Aún sabiendo que la realidad duele demasiado, pero existes y, de algún modo u otro, te amo.

Y así seguimos, mi querida Lucía, cantando para no olvidar, con muy poca maldad, pero cansadas de esperar. Seguimos alimentando sueños, poniendo rostros intercambiables a los “novios imaginarios”, mientras resolvemos nuestra vida con cuellos de camisa almidonados y sonrisas serviciales, porque todas esas personas lindas que nos miran atentas, no saben que algo nos duele por dentro.

Continuemos, pues, fantaseando. ¿Total? Por ahora no tenemos a alguien insoportablemente real junto a nosotras, que pretenda acaparar nuestros suspiros. Ni siquiera historias cortas, sino cuentos, por lo pequeñitos y simples, con final contundente y sin dar lugar a pensar más. Nada más.

Mientras tanto, amiga mía, aquí en el asfalto, procuremos ser como las musas de Sabina o Calamaro. ¿Oyes cómo sufren ellos por ellas? ¿Oyes cómo las aman, sin ser correspondidos? ¿Oyes lo que han debido pasar para alcanzarlas? Podremos parecer muy por encima de todo, muy putas, por lejanas, por duras. Pero merecemos lucha y no menos, princesa. Merecemos a quien ahora desespera de esperarnos y llegue hasta nosotras, pese a los muros, los escudos, las garras y las máscaras. Así de difícil. Así de claro.


jueves, octubre 11, 2007

Trámites

Día invertido en ordenar archivos y avanzar algunos diseños urgentes, mientras los de la embajada española pueden tomarse el tiempo que quieran en decidir, a partir de una incoherente primera impresión, resultado de una entrevista a gritos de 5 minutos, si somos aptos o no, en vez de llamar a la universidad interesada y algunos contactos, que por las puras no hemos proporcionado cantidad de datos y papeles de solvencia, buscando visa para un sueño…
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