miércoles, septiembre 26, 2007

Diferencias...

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Escuché hace poco a un músico de mi agrado, Enrique Bunbury, en una entrevista. Le preguntaron si había probado Peyote en alguna sesión de chamanismo en Latinoamérica, en su búsqueda por espiritualidad. Aceptó ser cristiano, que no es católico, por lo cual no había tenido necesidad de buscar “espiritualidad” en otras culturas. Sin embargo, dijo admirar el chamanismo y las culturas indígenas en general, por su alto grado de respeto y gratitud hacia la naturaleza.

Tal vez Bunbury no sea el mejor filósofo a citar, pero a estas alturas, creo que los filósofos más escuchados deberían ser quienes han dejado de lado la idea de un mundo creado para satisfacer al hombre, un mundo antropocéntrico que, mal entendido como está, se deprime cada día más. También aquellos que ceden la actitud erudita a los académicos más conservadores y comparten su sabiduría con sencillez y, sobre todo, mucho respeto.

¿Por qué no podemos admirar a otras culturas? Es difícil admirar lo que consideramos está “por debajo” de nosotros. Y ocurre mucho con los habitantes de las ciudades: el estar alejados de realidades diferentes ha afectado nuestros valores de tal modo que pareciera inconcebible poder vivir sin luz eléctrica. Pero sí se puede y tal carencia no significa “atraso”, sino, simplemente, otro ritmo, otras prioridades, otra manera de vivir, que puede ser buenísima o muy triste, según con qué dignidad queden cubiertas las demás necesidades.
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Recordé con cariño un pago a la tierra que presencié frente al nevado Colquepunko, durante la celebración al Señor del Coyllur Riti, hace algunos meses. Conocí a habitantes de Q’eros, el último remanente quechua de Perú. Totalmente quechua. Si alguna persona en este país puede jactarse de la pureza de su etnia, sería algún miembro de esa comunidad, a más de 4 mil metros sobre el nivel del mar.

Benito, uno de los señores, me saludó muy atento, muy encorvadito, como suelen ir ellos. Tomó mi mano con ambas suyas y me dijo: “Allillanchu, señorita”. Yo, que en unas cuantas clases de quechua pude aprender a saludar, respondí pronunciándolo todo mal y recibí una sonrisa cordial de respuesta.

Este joven llamó mi atención, por su rostro alegre y sonrisa que nunca desaparecía, pese a los sacos pesados que llevaban encima, desde Cusco, de vuelta a Q’eros, pasando por Colquepunko, para saludar al Señor y hacer el pago anual a la Mama Pacha. En el camino, conocí a dos más. Me dijeron que ya en el valle encontraríamos a Martín. Martín inspiraba obediencia, noté. Seguro era un anciano importante en su comunidad.

No era anciano, sino un adulto de cuarenta y muchos años. Nunca tan risueño como Benito. Soy respetuosa por principios y convicción, por ello, mi actitud hasta el momento había sido bastante agradable y el trato, horizontal. Sin embargo, conforme avanzaba el día y llegaba la hora del pago, los hombres de Q’eros se tornaron solemnes y serios. Entonces, entendí que algo muy valioso los colocaba por encima de mí y debía otorgarles ese lugar, aunque ellos no quisieran.

Ya no era solamente el hecho de ser ellos los conocedores de la zona, los agricultores fuertes que resisten el frío sin andar con una casaca de plumas, como la mía, los quechuas puros, los guías. Ellos eran los que sabían todo allí, yo no.


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Mi compañero de viaje, y buen amigo, contestó mi pregunta muda: Martín es un chamán de rango elevado, un Altomisayoq. En las actuales culturas andinas, estos son quienes están más cerca de lo divino. Son admiradísimos en sus pueblos. Todos los curanderos y brujos que hay en Cusco y alrededores, han debido pasar por la mano de estos hombres alguna vez. Los otros son Pampamisayoc, también chamanes, pero de poder más limitado. Sin embargo, son buenos también y respetados.

Benito era un chamán y ni siquiera se me había ocurrido. Tan acostumbrada que estaba a los chamanes emperifollados, que hacen espectáculos ruidosos y coloridos en la televisión, o en las plazas, o en sus oficinas, o en las mismas lagunas Huarinjas de Huancabamba, para satisfacción de políticos, gente del espectáculo limeño y turistas.

No sólo un chamán. Tenía el privilegio de haber sido escogido por el cielo. Es que la zona de Q’eros es tormentosa y, de cuando en cuando, el rayo escoge a un aprendiz. A Benito, literalmente, lo había partido un rayo a los doce años, así, huérfano y sin mayor gracia. Por cierto, tan “jovencito” no estaba, tenía treinta y ocho, esposa y dos hijitas preciosas.

Creencias populares que tal vez no interesen mucho a personas como nosotros, “occidentalmente sabios”. De acuerdo. Sin embargo, ¿qué sería lo universalmente admirable de estos señores? Muy sencillo: ellos son personas importantes, muy importantes... y no se les nota, porque no lo van pregonando por el mundo, ni colocándose por encima de nadie, ni pretendiendo ser dueños de cuanto material interesante se les cruce por la nariz.

¿Por qué sentirnos mejores que otros? Si lo pensamos claramente, casi todo lo que consideramos “diferenciador” nos viene de afuera: el dinero, las posesiones, la carrera universitaria, el estilo de música que preferimos… Hasta el modo en que hemos clasificado nuestros valores y metas ha tenido intervención externa.

Acepto que nuestra cultura y formación nos haga diferentes y, a veces, incompatibles (puedo avalar mi teoría citando desafortunadas experiencias amorosas con un par de españoles, o con un piurano conservador B+), pero ser “diferente” no significa ser mejor, ni peor. Además, apelando a nuestra “ventajosa” racionalidad, ya que somos humanos, podemos darnos cuenta que existen tipos de relaciones en las que es posible superar barreras de toda índole y ser totalmente inclusivos.

Una vez me pasé el día entero cuidando y conversando con una niña sordomuda, sin tener idea del lenguaje de señas. He sido guía y buena amiga de un israelí por Lima y Huancabamba. Un ángel iraquí me salvó de pasar la noche en una banca, cuando fui a Munich, y nos contamos nuestras vidas en un inglés decadente. Puedo seguir contando y admitir que si no he superado alguna “diferencia” evidente, ha sido por pura pereza.

Gracias a mi trabajo y andanzas, he conocido a muchas personas admirables que, en su vida diaria o en circunstancias difíciles, son capaces de abrir su corazón, acoger, ayudar, cuidar, confiar, conversar, amar, salva vidas de desconocidos, sin distinción. No vamos a decir, entonces, que no podemos siquiera tratar bien por instinto, más que por norma de buenos modales, a las personas de nuestro entorno y de nuestro país. A fin de cuentas y si pensamos un poquito, respetar las diferencias no cuesta mucho y puede ahorrarnos cientos de historias tristes, de intolerancia, de racismo, de masacres masivas, de desapariciones…

Sí pues, a eso iba, a propósito de noticias y opiniones a favor y en contra de dictadores venidos a menos, que no por dictadores me desagradan tanco como por genocidas y opresores.

domingo, septiembre 23, 2007

Nostalgia a futuro


Cuando Cayetana le dijo a Zulema que a veces sentía nostalgia de algo que no había ocurrido aún, la centroamericana sonrió con una dulce mezcla de compresión y tristeza. Carla, Rocío y yo, que observábamos y oíamos atentas el diálogo de las Princesas, suspiramos.

¿Quién no ha sentido nostalgia del futuro? Tal vez suene incoherente, sin embargo, sé que es posible. Cosa extraña y repetitiva en las mujeres, soñadoras por excelencia cuando se trata de amores. Es que no sentimos esta nostalgia por nada más.

Me explico: lo demás son retos, metas que iremos alcanzando con esfuerzo y trabajo, con sacrificios grandes y pequeños, con fe, pero en fin, incluso aunque no lleguemos a conseguirlas, estará bien, iremos a por más, a por algo nuevo, y seguiremos, porque es parte de nuestra naturaleza, ya no como mujeres, sino como seres humanos.

Cayetana sentía nostalgia por el amor que nunca tuvo y que, como prostituta, tal vez le era del todo vedado. Qué problema tratar de amar si hemos aprendido a lucrar con ello, pensarán los menos capaces de entender fondos y formas. Ningún problema. Cualquier persona, hasta la más fría del mundo, puede amar y, por supuesto, quiere ser amada.

Existe la esperanza de conocer al hombre especial que no será como los que le antecedieron. El que no nos juzgará, ni nos dirá, muy comprensivamente y tal vez para ganar puntos, que no nos juzga (pues entiende que con no decirlo basta).

Podría ser verdad eso que dice mi amiga Indira, que debo cambiar de ambiente, que merezco al caballero más bueno del mundo a mi lado. ¿Por qué no? Cualquier mujer buena lo merece, aunque tenga maneras fuertes, malinterpretadas como “masculinas”, o no pueda quedarse quieta en ningún lugar, ¿no es verdad, Susana?

Algunas hemos entrado en una etapa difícil. Es el momento donde los parientes mayores, que el ser parientes no les hace amigos, empiezan a preguntar: ¿Y tú, cuándo te casas? ¿Por qué no te casas? ¿Por qué no te has casado aún? ¿Cuándo consigues un novio? ¿Cuándo consigues un esposo? ¿Cuándo tienes hijos?

Me encantaría tener un hijo, lo prometo. Quiero ser una madre canguro, eso está clarísimo. Quiero un pequeño o una pequeña salida de mí, más otra amorosamente adoptada, a quienes pueda enseñar cosas, no importa si ahora mismo creo estar débil y prefiero la protección de un cómodo núcleo familiar. Puedo aprender, como cualquier mujer aprende, a ejecutar, con técnicas, lo que por instinto nos viene dado (es el instinto animal dentro de mí).

Quiero ser madre, pero no contemplo un padre en mi nostalgia…

No pretendo discutir aquí sobre la necesidad que un hijo tiene de un padre y una madre. A mí me crió la pareja humana, natural. A mis hermanos los crían dos hembras, la mamá y, a veces, la hermana mayor. No son menos que nadie por eso, ni mejores. Son modos de vivir, modos de crecer, como modos hay de ser feliz.

Pero no contemplo un padre en mi nostalgia.

Añoro un compañero y lo acepto. Reviso mis apuntes viejos y no encuentro en aquellas letras a quien quisiera recuperar del pasado, para tener conmigo hoy. El pasado pasó. Es experiencia, nada más… Y la experiencia sólo es útil si seguimos viviendo.

Ha sido un año bastante triste para mí, en afectos amorosos. Me crucé con algunos chicos que reabrieron mis heridas, buscando ellos curar las suyas conmigo. No me quejaré más al respecto, yo se los permití y ellos tenían derecho a intentar. Personalmente, prefiero sanar sola.

Duele, lo digo en voz alta y lo escribo, por si queda alguna duda. Duele mucho. La vida sigue y esto es una pequeña parte de todo lo que tengo. Lo sé, no necesito repetírmelo tantas veces. Lo sé muy bien, que tampoco me paso todo el día escribiendo.

Es sólo que tengo nostalgia de algo que nunca he tenido, de un amor de verdad, sin miedo, sin prejuicio. De valorarle y ser valorada por él, del mismo modo en que me valoran mis amigos y amigas: tanto, tanto, que no se arriesgarían a perderme. Tanto, tanto, que harían cualquier cosa por mantener alegre mi corazón.

Pensaba en todo esto mientras escuchaba una canción que se quedó en mí desde la primera vez que la oí. Es de Los Rodríguez, de hace algunos años ya. Me gusta porque dice lo que alguna vez podré decir (espero) y me hace “recordar” aquello que aún no he vivido.

No reniego de lo que ha pasado ya, pues todo, a fin de cuentas, tiene su gracia. Hoy tengo miedo y está bien. Imagino que ese sentimiento acabará algún día (mi cigarrillo sabe a pegamento). Una vez un ex novio me dijo: “Yo no soy un ensayo”. Respondió así a una frase que hace mucho dejó de ser mía: “Es que no sabía cómo hacer las cosas… no sabía”. Ahora sí sé y sé más bien que soy yo quien no es un ensayo y no lo seré más.

Ya no quiero darle vueltas a este asunto, hasta aquí estuvo bien, ya basta.

Y ahí vamos, Andrés…


sábado, septiembre 22, 2007

Otra vez un adiós definitivo

Dice el Dr. Bobadilla que no se puedes quedarte quieta en ningún sitio… y tiene razón. Acabas de subir a otro bus, el cuarto de la semana. Ya es costumbre, pues, y unos minutos luego de esa opresión liviana en el pecho, de nuevo al camino, como si nada, como siempre.

No podrás decir que duele, pero sí se corta un poquito la respiración. En algún lugar del camino aprendiste a reprimir las lagrimas, ¿total? Volverás, siempre vuelves, aunque tardes un poco. Y siempre dejas amigos detrás, sin proponértelo pero con ganas, a fin de cuentas, ¿a quien no le gusta hacer amigos, dime?

Tramposa. Reprimes las lágrimas porque sabes que si lloras, no pararás en mucho rato y eso te hará doler la cabeza, si bien también te ahorrará algunos sueños pesados y cierto amargor que a veces te escuece la lengua.

De todos modos, has quedado satisfecha. Una nueva clase, con nuevos universitarios. La vida académica te atrae, lo sé, pero no es todo lo que quieres. Te pican los pies. La psicóloga de esa empresa donde fuiste a aquella entrevista, hace un mes, pudo interpretarlo como inestabilidad. Bueno, sí, ¿y que?

Lo tienes asumido hace tiempo y te importa cada vez menos. Sabes lo que quieres, pero aún eres incapaz de sistematizarlo, colocarlo muy ordenadito en letras, separado en guiones o números, para resaltar la importancia de un objetivo sobre otro. Por ahora, estás esperando una respuesta que, sin ser vital, tensa hasta la médula.

Cruce

Ya en el bus, el celular que no ha parado de dar noticias curiosas desde ayer. Esta vez, Mario, el de la productora. “¿Aun estas en Chiclayo?”, pregunta. Él seguramente vuelve de Cajamarca y se va para Lima por la noche (otro viajero). Demasiado tarde y tú sin saldo, señorita trabajadora independiente. Ni modo. ¿Te bajarías del bus por verle? Hoy no, hoy debes llegar a casa y contar a tu madre que te presentaron como “especialista en comunicación para el desarrollo”, que a las madres siempre les gusta escuchar eso. Ya nos veremos otro día, Mario, aunque eso implique tener que despedirnos luego de unas horas. La vida es una correlación de encuentros y adioses, imparable, no sé si para los demás, para ti, sí.

Domestícame

Tuviste tiempo de ver a tu chico de Cusco y conversar. Conversar. Esencial, ¿verdad? Nunca conversaste antes con él, sólo acariciaste y sentiste. Sentiste lindo y luego sentiste cómo el patrón de hombre complicado se te repite hasta en las historias cortas. Preguntas: ¿Por qué tanto miedo? ¿Por qué siempre el fantasma de la ex novia amada? ¿Por qué todos? No encuentras respuesta. ¿Existe una respuesta? No estás de humor para pensar en ello, pero este adiós te dolió, no el de Cusco, que la celeridad de tu viaje te era prioritaria y el cinismo te mantuvo “regia” a tiempo completo.

Te dolió esta vez, porque antes de irse le dijiste: esta soy yo, así soy yo. Demasiado tarde, pero mejor así, ¿no? Imagina si le abrías tu corazón antes, cuando había tiempo. La misma lejanía seguramente y más triste aún.

Pudiste decirle, pudiste llorar un poco y luego, suspirar. Verlo alejarse con una ilusión nueva en el pecho conseguida allá en la selva, y mucho optimismo, el mismo brillo en los ojos que te hicieron confiar en él y luego, al decepcionarte, inventar una metáfora:

Cuando te echaste para atrás, mi niño, sentí haber pasado la tarde jugando con una linda niña de Chalaco, allá donde trabajé. Jugué llena de alegría con ella, corrí entre los árboles, arrebatada de inocencia y confianza, como si todo fuera bueno, sabiendo que me iré de Chalaco y no volveré en mucho tiempo, pero no importa, no importa.

Entonces, mi pequeña niña me dijo que debía ir a casa y me despedí con un abrazo amoroso. Y la vi alejarse, aún sonriendo, aún satisfecha. Luego, antes de dar la vuelta también y seguir mi camino, revisé mis cosas. Y descubrí que mi linda niña fue linda para distraerme, distraerme y no darme cuenta que se estaba robando mi cámara digital de fotografías, ni siquiera mía, sino del trabajo.

Así sentí cuando te echaste para atrás. Era imposible pensar en volver a correr contenta entre los árboles, contigo. Siento mucho no poder decir lo siento. Eres el segundo chico en el año que demuestra lo fácil que es olvidarme (el sexto de toda mi vida amorosa, todos, para no variar) y mi cariño hace algún tiempo dejó de ser idiota.

Aeropuerto

Juraste, luego de despedir tantas veces a ese novio que tuviste alguna vez, que no volverías a despedir a ningún amante pasajero (ni derivados), que no pasarías nuevamente por el pasaje oscuro de sensaciones contrapuestas, del cual siempre salías con un pedacito menos de tu corazón.

Pasaste el día a su lado, entre Miraflores y Quilca, entre Larcomar y el centro de Lima, bajando con ello la tensión del día siguiente, del día decisivo, ese en que te tocó enfrentar a un estresado funcionario del consulado, a ver si te dan la visa y puedes estudiar tu maestría de una vez.

Aún estabas en trámites y llevabas tu vida entera en un fólder institucional. Andar con el archivo en la mano no resultaba cómodo en absoluto, por eso le pediste a tu chico de Cusco que lo guardara en su mochila. Bien.

Al final, antes de partir al aeropuerto, besos y ninguna promesa, porque las promesas son peligrosas y eres realista, pese a ti misma. Además, la niña de Chalaco nunca te devolvió la cámara, aunque reconoció el robo y te ofreció disculpas. Peor es nada. No podrías volver a confiar en ella, aunque tu cariño sigue intacto o ha crecido, porque le dejaste ser parte de ti diciéndole quién eres.

Se fue. Fumaste el último cigarrillo que te convidó en el portal de tu amiga Karina, frente al Ministerio del Interior. Fumaste y evitaste pensar mucho. Echaste la colilla en el basurero de la entrada y subiste las escaleras hasta el primer piso. Entonces…

¡POR UN DEMONIO, MIS PAPELES!

Y buscaste un taxi a las doce de la noche. Y enrumbaste al aeropuerto, sabiendo que rompías un importante juramento hecho a ti misma, aquel día en que te cansaste de sufrir.

Taxi

Él se habría dado cuenta del asunto al chequear su pasaje, si no llegabas antes. Llegaste, menos mal.

Otra despedida, menos cálida, algo de cinismo recuperado y buen humor. Parece que no, pero sí has aprendido.

Ya con tu aspiración a la visa en las manos, subiste a un taxi blanco y desapareciste en la carretera, con el viento de Lima en la cara y sin saber qué sentir, qué pensar, qué querer. Lloraste. Demasiadas emociones en un día, demasiadas incluso en un mes, demasiado, pero bien.

Iván, también de Piura, te dejó llorar y te llevó, ya sin cobrar la carrera, a comprar cigarrillos. Compartió uno contigo. Conversó contigo. Es que hay ángeles en todos lados y eres afortunada, niña, porque encuentras uno cuando lo necesitas. A algunas personas no les sucede tan seguido (o sí, pero no se dan cuenta).

Necesitabas llorar, para llegar a casa con solo una cosa en tu cabeza: ordenar tus papeles, la entrevista es en unas horas más. Ordenarlos uno a uno, con paciencia, con cuidado, revisando una y otra vez. Lo que pasó al día siguiente aún no lo puedes descifrar, pero al menos recibieron todos tus documentos.

A esperar y que sea lo que Dios quiera.

Trotamundos

¿Por qué te mueves tanto, pequeña? ¿Por qué huyes tanto? ¿Huyes de ti? Imposible, te llevas doquiera que vayas, doquiera que estés vas pegada a las suelas de tus zapatos, como esas raíces que nadie ve. Es que van contigo. En la selva crecen palmeras que se mueven, ¿lo sabías? Eres como ellas, o como un trompo, hermoso y estable sobre su propio eje sólo cuando da vueltas y vueltas. Eres como la Tierra, como un explorador, sin freno.

¿Qué sembraron en tu alma cuando crecías? ¿Quién lo sembró? ¿Por qué? ¿Tendrá algún sentido tu búsqueda, servirá de algo, si no a ti, a otras personas, de modo que también a ti?

¿Qué estás buscando? ¿Paz? ¿Dios? ¿Algún compañero de tu especie, que disminuya con cariño la velocidad de tus pasos y permanezca cálido, a tu lado, pese a cualquier ex novia determinante, pese a cualquier “trauma” oportuno?

Quizás no sea una búsqueda, ¿has pensado en ello? Quizás sólo eres así y de ningún otro modo, aunque suene loco o incomprensible (me pregunto que dirán los psicólogos de esto). Quizás, simplemente, eres tú.

Colofón

El que valga no te “desquerrá” tan rápido, dice Ernesto… Ojalá tengas razón, amigo mío. Ojalá, algún día, alguien te dé la razón.


miércoles, septiembre 12, 2007

Eva ebria

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Y, claro, ya ni siquiera te acuerdas, aunque hayan pasado veinte minutos solamente y pensaste “no más”, pero de nuevo, meses después, qué diablos. Dijiste que no querías más y sientes que cumples, porque no es más para ti, has visto y sabes que aquello gelatinoso arraigado en tu pecho sólo vibra un poco, lo suficiente para recordarte que eres humana, pero se queda quieto en breve porque quiere lo mismo, o lo contrario, o menos aún.

Te das cuenta que en la ciudad seca y fría no sólo era el clima lo que mantenía tu crónica panza contraída, las drogas también ayudaron. A veces deseas volver allí, otras no sabes dónde diablos estás, sólo sigues como en automático. Esas tres personas importantes son las únicas que mantienen un color sonrosado. Ellas y los amigos que amas con todo tu corazón, aunque hace poco has conocido a uno de ellos, pero no te importa, porque las lágrimas que ha arrancado de tus ojos han calentado un poquito tu corazón, desde hace varios días ya, así que no culpes a tu síndrome premenstrual.

A lo mejor guardas recuerdos del tal Carlitos, ese que te quiso muchísimo en un par de días y, dos días después, desapareció, para luego explicarte en letras virtuales que temía al compromiso. Dijiste ¡Qué joda, tío! ¡Qué joda! ¡Ahora tendré que devolver el puto vestido de novia que ya había encargado en Miami! (porque escuchaste en algún programa de modas eso de Miami y los bonitos vestidos de novia) ¡Qué joda, tío! ¡Que te den!

No entendías, ¿verdad? Pensaste será una bonita historia corta, sin muertos, ni heridos, y escribes ahora, desde tu tumba: ¿Por qué? No respondes, esto no puedes responderlo tú, ni él. Esto fue el último suspiro de tu ilusión, en esa ciudad fría, de trabajo arduo, nuevos amigos, ángeles y drogas, donde matas por volver. Tu ilusión está muerta. A veces agradeces por ello. A veces maldices por ello. A veces, sabes, tampoco lo quería mucho, pero igual, ¿por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Debes ser amable y explicar que te vas, antes de irte. Lo sabes tú, ¿quién más? Quienes se van sin decírtelo. Sí, deberían saberlo también, para no hacerlo de nuevo, siquiera con las siguientes.

¿Tenemos derecho a vivir en orgasmos perpetuos, matando ilusiones? ¿Tenemos derecho a herir? ¿Crees que nunca has herido? Sabes que sí, pero no, pero tanto así no.

Duele, no a ti, sino a la ilusión. ¿Es la misma ilusión que abre tus ojos cada mañana? ¿Ese mismo amor maternal que nunca te abandonará? No, era otra, una prima hermana de la bondad que no has perdido, pero se ha parcializado, convertido en esto que brota ahora de tu delirio y agota tus ojos hasta hacerlos deshacerse en lágrimas inexplicadas.

Ha empezado esa canción de recuerdos bonitos, de cuando eras pequeñita y jugabas entre los sillones de madera blanca y cojines negros, que salía de esa grabadora antigua, celeste, que tu papá guardaba como maletita en un rincón, junto a la biblioteca, en aquella salita con olor a aceite de moto, mamá corrigiendo exámenes y una felicidad simple que nunca más entenderás.

No estás sola, ni lo sientes. Sabes que esa canción sabe a chocolate, pero las lágrimas no cesan, no quieren dejarte, te ayudan a disfrutar mejor el momento dulce que añoras. Sigue, recuerdas ese amante que tenías cuando apenas llegaste a la ciudad fría, que decía quererte y te olvidó, sin ser su culpa, porque nunca hay culpa, nunca, aunque tal vez tuya y luego, tu amigo aquél que apenas conoces y te quiere, y confía, y te hace sonreír por ser su cariño más puro que el de los tantos “divos” que pasaron por tu cama.

Sabes lo que sientes y lo dejas allí. Te conmociona, te… No sabes, no sabes por qué lloras y es mejor seguir achacándole el ataque de sensiblería al síndrome premenstrual, así deslindas la pataleta de cualquier sentimiento. Has aprendido, cuando murió esa ilusión parcial, que no, que no más, que ya basta, que hace mucho rompiste el cordón umbilical, pero de pronto quisieras tenerlo y que con mucha ternura, ella te diga que todo estará bien, sólo por decirlo, sólo porque siempre le vas a creer, aunque ya eres mayor.

Has puesto esa canción en una carpeta llamada “muy especiales”, porque es muy especial, aunque no sea la Sosa cantándole al pequeño negrito, mientras su madre está en el campo, trabajando y no le pagan, trabajando. Te gusta, pues. Te gusta y ya y no hace daño, sino más bien limpia tu alma y piensas: toda la incertidumbre, todo el frío, todas las drogas valieron la pena.

Recuerdas los muebles blancos y el olor de tu papá, sus anteojos y esa sonrisa que has heredado junto a tus hermanos, que te hace única y fuerte y a ellos, tuyos y de sí mismos. Y quieres hacer más, pero es difícil. Te sientes sola. Alguno que es varios se pregunta por qué sufres (ni siquiera imaginan que tienes panza) si eres bonita. No respondes, no saben lo que te gustaría ahora, por eso no respondes.

¿Sabes lo que dices? Sí y no te lo discuto, porque el amor que has conseguido de los ojos azules, grises, caramelo y muchos pares negros, compensan para toda la vida, así como los brazos que acogieron tu retorno. Has entendido el amor y desaparecido los nudos de tu espalda. Aprendes que los tres pajaritos que cantan bonito sobre tu puerta lo hacen cada vez más alto, gracias a dios.

¿Cuántos en un mes? Tres múltiples besos. Tres tipos sin más, a quienes guardas algún cariño, ya, chévere, nada. ¿Los recuerdas? No. ¿Los amas? No. Cariño es cariño. ¿Respeto? A uno de ellos, tal vez. Al último, tal vez, aunque no recuerdas sus besos y prefieres ser cordial, porque no pierdes nada y algo se ha roto dentro de ti. Elegiste no pensar bonito, porque habrías besado sin parar y necesitabas saber hasta dónde llegar. Por último, no quieres enamorarte de nadie en especial, que el mundo entero te quiera, ya lo mereces, ya que se vaya al carajo lo demás, ya has compensado tus carencias y hasta las ganas de tirar se han ido, porque todo cansa. Además, el primero de la temporada, el recurrente allá donde estabas, mató la ilusión. Prudencia.

No te arrepientas si no has hecho mal.

Mañana, otra vez sonrisas, otras vez gente amable y amada, otra vez letras bonitas y ganas de estar viva, porque estás viva y sana, porque sufres menos que muchos y lo sabes, por eso has aprendido a llorar menos y reír más.

Ay… ¿Recuerdas cuando recordabas los besos que dabas y los dabas porque querías? Recuerdo que dolía. ¿Quieres que duela otra vez? No. No sé. No.

domingo, septiembre 09, 2007

Más MeMes...

Venga, Enetoooo… Aquí voy con tu Meme.
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Las reglas son: Cada jugador comienza con un listado de 8 cosas.Tienen que escribir esas 8 cosas en su blog junto con las reglas del juego.Tienen que seleccionar a 8 personas más para invitar a jugar y anotar sus nombres o el nombre de su blog.
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No olviden dejar un comentario en sus blogs respectivos de que han sido invitados a jugar, refiriendo al post de tu blog.Tons… las 8 cosas son:
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  1. Hice karate hasta los 14 años. Nunca pasé de cinturón verde. Ya no puedo dar esas patadas.
  2. De niña, era alérgica a los gatos. Se me pasó cuando me regalaron uno muy lindo y mi madre me amenazó con que lo echaría de casa si me daba el ataque. Santo remedio.
  3. Tuve el primer puesto en la primaria, el segundo en la secundaria y el tercero en la universidad. Sí, todo un perfil de “nerd”.
  4. La primera vez que un chico me besó, yo tenía 21 años. Tuve que irme a otro continente para que eso ocurriera.
  5. La canción de mi primer beso se llama “Instinto Animal”.
  6. Solía escribir cuentos donde mataba de maneras despiadadas a las personas que me hacían daño en la realidad.
  7. Optimus Prime era el “hombre de mi vida” cuando yo tenía 8 años (¿en qué momento me empezaron a gustar los idiotas?).
  8. Me gusta N’Sync y algunas canciones de Shakira.
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Le paso la pelota a: Ángel, Susana, Peregrino, Carlos, David, Ronald, Erick, Juliana.

martes, septiembre 04, 2007

Pitbull

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Nunca ha sido mi raza de perros favorita (y, para ser honestos, no hay una raza que me guste más o tal, prefiero tratar de reducir los niveles mundiales de discriminación siendo totalmente neutra en éste y otros temas).

Como dije, nunca mi favorita, pero aprendí a querer al buen Apu porque jamás usó sus poderosas mandíbulas (creadas por humanos sin naturaleza, especialmente para destrozar los cuellos de sus oponentes en peleas caninas) en contra de ser vivo alguno. Se mete en broncas masivas, por supuesto, como cualquier macho de cualquier especie, pero nada más, nada más. Que no tiene muertos en el prontuario, quiero decir.

Carla decidió que Apu debía acompañarnos esa madrugada, cuando Rocío debió tomar su taxi para ir a casa. Dos películas seguidas, un exceso, la verdad, sobre todo si debemos despertar temprano al día siguiente. ¿Pero a quién le importó? Buenas cintas, claro, y muy tarde, más de las dos de la mañana, menos mal que la avenida está aquí al lado, vamos, pues.

Salimos las tres mosqueteras, valerosísimas, a buscar un taxi amarillo, con Apu dando saltos a su aire, sin mucha gana de seguirnos el paso. Va a ser difícil hacerle entrar, pensé. Vaya trajín nos espera luego.

Rocío cogió un taxi que pasaba por la vía de enfrente, se despidió rápidamente y nos advirtió del grupo de muchachos que venía a cincuenta metros o más, hacia nosotras. Que entremos rápido, que tengamos cuidado y nos vemos mañana, chévere.

De todos modos, ya era tarde. Los chiquillos aceleraron el paso, silvando, gritándonos piropos gastados y agresivos, más rápido, primero los de adelante, luego los de en medio, al final, envalentonados todos, por alcohol, o capricho, o drogas, o qué sé yo, no tendría ninguno más de veintidós años, corrían.

Nunca he olvidado el miedo, pero a veces es más fuerte, se dispara. A veces, además, los segundos se alargan y Carla tarda muchísimo, demasiado, horas de horas en abrir la puerta. Me quedo unos metros detrás de ella y miro a los agresores, que están cerca. Levanto del suelo dos puñados de arena y piedras, grito ¡Apu! con autoridad y amenaza, Apu deja su ir y venir, aparece de alguna fantasía y se sienta a mi lado. Los observa y se mantiene sereno. La jauría se detiene.

Entramos a casa. Buen chico, Apu. Menos mal que sacaste a tu perro, Carla, ni siquiera quiero pensar… No, ni siquiera eso. Bien ahí, amiga, bien ahí, Apu. Bien ahí.

sábado, septiembre 01, 2007

Nudos


Echo de menos a los serranos. Estaba implícito en mi sonrisa y una tonta espera de respuestas similares, por la calle, en el bus, en la combi, aquí y allá. Extraño esa educación tan formal, tan buena, que aunque se estén quejando, lo dicen bonito, o la amabilidad y las sonrisas sencillas de quienes llegan del campo.

Echo de menos a los serranos y nunca antes lo sentí con tanta nostalgia. A veces, cuando volvía a Piura de las alturas de Chalaco o Ayavaca, notaba entusiasmo en mi ánimo y se me escapaban buenos días por la calle, sin ton ni son, sólo porque todas las demás especies animales se saludan de algún modo cuando se encuentran. Me quedaba con la mano levantada o recibía miradas extrañas y sólo podía optar por acostumbrarme nuevamente a mi “civilidad” estándar.

Ahora es diferente.

Demasiada melancolía, días nerviosos de planes que dependen de una respuesta difícil para empezar a ejecutarse, mucho por postergar, demasiado por ganar. ¿Debo seguir viviendo mi vida, sola? Hace mucho que soy una hembra adulta, me cuesta forzar un poco el intelecto, para que ahogue temporalmente estos espasmos de instinto puro, que quieren irse, que quieren husmear cada rincón, que aún esperan, la naturaleza es así, encontrar un lugar propio, con un espécimen similar a mí.
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Pero, francamente (humana y racionalmente), ya no creo en nada. Sólo echo de menos a los serranos, porque la viveza criolla, la descortesía y la vulgaridad instalada como actitud de vida en muchas personas de la ciudad que me crió (con lo bonita que era), me provocan un poco de asco. Será falta de costumbre. Espero nunca acostumbrarme a esto. Vaya, mis niveles de tolerancia disminuyen significativamente cuando estoy cansada. La tensión, también. Tristeza. Demasiados hogares. Selectividad, apertura. Dormir.