jueves, marzo 29, 2007

Ensayo de "La Manuela" - Parte 1

Creo en los ángeles de la guarda. Acabo de llegar, dispuesta a escribir este post, y dejé andando mi lista de música en aleatorio. Subo volumen a los parlantes de la computadora, y escucho, desde el inicio, "Sólo le pido a Dios", que se había negado a sonar los últimos días, por no sé qué falla técnica.

Conversaba con Lariza en el restaurante donde solemos ir a comer menú (todo menos arroz, pues no me gusta cómo preparan el arroz en Cusco). Me contó sobre la posibilidad de que su familia entre en un juicio postergado durante años.

Sentí una opresión fuerte en el pecho y, con la voz temblorosa, le dije:
“amiga, no lo hagan. No entres en juicios, nunca. Aléjate lo más que puedas de esos asuntos. Son tristes. Desgastan, deprimen, desunen a la familia, causan desembolsos grandes de dinero y entristecen la vida”.

Recordé una tarea pendiente, el encargo trascendente de un ser amado muerto y mi promesa olvidada de contar una historia, mientras sea capaz de hablar y escribir. Trato entonces de dejar tejidos los sucesos, para no postergarlo mucho más.
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Y ella me dijo:

Papá fue uno de los hombres más cariñosos que he conocido jamás. Si soy dulce y amorosa, es gracias a su ejemplo, y al trato que me dio la mayor parte de su vida. El mal genio y las repentinas explosiones de furia, también se las debo a sus genes. De mi madre, tengo el orgullo, la paciencia (aunque se me agota con relativa facilidad y a ella, nunca), la intuición y la dignidad.

Un día murió mi abuelo, Miguel, quien no era mi abuelo, sino el señor que crió a mi papá, su tío abuelo, amor y conviviente eterno de Esther, hermana de la abuela materna de mi padre. Un enredo que debí aprender a ver claro a los 10 años, cuando conocí a mi abuelo paterno “de verdad”.

Sin temor a pecar de soberbia, y sin la más mínima intención de juzgar a mis mayores, puedo decir que he aprendido de ellos cuán importante es llevar una vida ordenada en cuanto a relaciones interpersonales. Casarse no es un juego, convivir, menos. Tener una pareja habiendo procreado hijos de anteriores matrimonios, es una decisión delicada y requiere de mucho cuidado y previsión. Criar hijos ajenos (no adoptados), habiendo propios, puede ser un acto de caridad admirable y divino, siempre y cuando esté motivado por el amor y haya amor en cada paso que demos.

Mi abuela, la de “verdad”, parió muy chiquilla a mi padre. Se enamoró de un policía diez años mayor que ella, y con la misma facilidad y veleidad juvenil, se desenamoró, luego de un matrimonio lleno de expectativas y dos alumbramientos.

Al verla sola y con dos niños, su tía Esther, recientemente emparejada con Miguel, respetable administrador de la hacienda “La Manuela”, allá por los años 50, le pidió criar al mayorcito, Hernán, y así consolidar su nueva familia, pues, algún tiempo antes, había quedado inhabilitada para tener hijos. Gracias a Dios ya tenía uno, de su anterior matrimonio, Gonzalito, un joven altivo, que nunca vio con buenos ojos al “recogido”, a quien, motivado por celos y una cruel inconsciencia juvenil (malacrianza total, diría yo), no dudaba en llamar “hijo de una puta”.

Miguel, por su parte, venía ya divorciado (o separado, eso nunca lo supe bien), de una mujer que le dio siete hijos.

Hernán, niño de campo, acostumbrado a montar a caballo, pasar las tardes trepado a los árboles de pacae y jugar con los hijos de los peones de la hacienda, tuvo una infancia feliz mientras duró esa dulce etapa en que uno no se da cuenta de lo que pasa a su alrededor. Había un río dónde bañarse, amigos, escuela rural…

No estaba en condiciones el pequeño de reclamar si la mamá Esther le pellizcaba para que no hable en misa, o para que vaya, con el corazón hinchado, a recibir la Santa Comunión. Tampoco protestaba si el domingo por la tarde, a última hora y por una mancha en el pantalón, se quedaba castigado en la hacienda, en vez de ir al cine, en Sullana, como lo había soñado la semana entera.

Eran cosas de niños y de crianzas estrictas de antaño. Menos aún estaba en condiciones de preguntarse por qué tenía dos mamás, dos papás (uno de los cuales sólo podía visitarlo de vez en cuando) y una abuela… ni por qué una de sus mamás era hermana de su abuela y la otra, hija.

Pero la adolescencia llegó, y llegó para todos. Esa edad idiota en que aprendemos a almacenar prejuicios y complejos. Hernán se dio cuenta que no era hijo de sus padres, supo qué significaba ser llamado “hijo de una puta”, empezó a envidiar la condición de “hijo legítimo” de Gonzalito y de todos los primos que vivían con papá y mamá, pero papá y mamá de verdad.

Los niños de la hacienda también crecieron y empezaron a sentirse “hijos de los peones”, que no tendría nada de malo, si no marcara el inicio de las diferencias sociales, del recelo y demás porquerías humanas que vienen dividiendo al mundo desde nuestra aparición en él. Por supuesto, para no sentirse menos ante el “hijo del administrador”, los “hijos de los peones” adoptaron en su contra el repetitivo apodo de “recogido”, y, por supuesto, se acabó la amistad.

A partir del año 1969, empezó en Perú el proceso de Reforma Agraria. Las grandes haciendas dejaron de existir, entre ellas, La Manuela. Pese a ello, la administración seguía a cargo de Miguel, quien permaneció en la vivienda del campo hasta que la tierra fue repartida entre los trabajadores. El ex administrador y su familia se mudaron definitivamente a Sullana en 1973, cuando un terremoto hizo mella en la ya desequilibrada economía nacional (el mismo que provocó una avalancha en el callejón de Huaylas, sepultando totalmente a un pueblo llamado Yungay, en Huaraz).

Hernán tenía 17 años y ya había hecho la secundaria en la ciudad, así que estaba bastante habituado a ella, y enamorado de una chica del barrio vecino, Azucena, hija mayor de una costurera honesta, con bríos de señorona y costumbres de comadre, y un humilde relojero, trabajador y autodidacta. Era ésta una jovencita inquieta, quien, por aquél entonces, coqueteaba intelectual y descaradamente con los ideales socialistas y libertarios de la época. Ella quería estudiar música, pero no le dejaron en casa, por ello, debió quedarse tranquila y contenta con la carrera de Educación, que tampoco gustó a sus padres (habrían preferido Medicina, o algo así), pero no dijeron más.

El muchacho, ya capaz de molerse a golpes con quien osara insultarle, pagaba las consecuencias de una crianza llena de sobresaltos y sobrenombres. Amaba y respetaba a Esther, adoraba a Miguel, resentía del abandono de su padre legítimo y no sabía qué sentir por su otra mamá. Niño de hacienda, sobreprotegido para mostrarse siempre favorable a sus padres de cariño, carecía de carácter para darse valor suficiente y hacer las cosas sin importarle lo que dijeran tío, primo y sobrino.

Sin embargo, un día milagroso de esos, y como quien no quiere la cosa, se animó a rendir un examen de ingreso a la universidad. Periodismo. Ingresó en segundo lugar. Sólo Azucena, como buena mujer enamorada, se lo creyó de inmediato. Su familia dudó hasta no ver el papel con los resultados finales, y ni aún entonces… ¿Cómo es que este chico, tan atolondrado y descuidado, consiguió tal logro? Sólo Dios y él sabrán.

Un par de años de Humanidades, en una de las mejores universidades de Piura, regentada por miembros del Opus Dei e instaurada en esta zona, entre otras cosas, para frenar el avance intelectual del comunismo, que venía expandiéndose inconteniblemente desde las montañas. Hernán, ya bien metido en izquierdas y bohemias, sobresalía por sus calificaciones, más no por una “conducta apropiada”.

Supo, en algún momento, de la expulsión de alumnos militantes. “No les conocemos”, les dijeron, “en nuestros expedientes no figuran como estudiantes de aquí”. Hernán, impulsado por una rebeldía reprimida desde su niñez, continuó dejando panfletos en los baños y organizando reuniones para el joven Partido Comunista Peruano. Empezó a sentirse harto del lugar, a descuidar estudio y relaciones públicas. El romanticismo mal encaminado y la falta de prudencia le llevaron al despacho de su asesor, un sacerdote francamente amable, quien, con dolor, le aconsejó: “Esta universidad no es para ti”.

Se fue. Coherencia inmadura, autocondenación, quién sabe. Pero se fue.

domingo, marzo 25, 2007

Un país maravilloso

Escribí un comentario en el blog de mi amigo Ernesto, a propósito de la campaña "Vota por Machu Picchu", que invade las paredes de este hermoso ombligo del mundo. Me animó el tema, evadido por tantos días, para dejar espacio a los trámites de supervivencia que todo recién llegado debe asumir al mudarse de ciudad. Pero dada la oportunidad, publico aquí lo que escribí, comentando el post de Física 3. Por cierto, la primera frase fue respuesta a un "nacionalista español" (cosa rara) que escribió su opinión antes que yo.
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¡Que viva España y sus maravillas construidas por invasores árabes, no por godos!
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Respecto a Machu Picchu y la emotividad peruana que se solidariza de pronto para conseguir que esta ciudadela llegue a ser una de las Siete Nuevas Maravillas del Mundo...
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Bueeeno... no sé por qué recordé aquél episodio del astronauta peruano que trabajaba en la NASA. Creo que ni él mismo tenía plena conciencia de sus orígenes, hasta que se hizo reconocido en los medios de comunicación nacionales y era casi una obligación sentirse orgulloso de él, cuando en realidad se trataba de un inmigrante X, que, gracias a Dios, al esfuerzo de sus padres y al suyo propio, había conseguido ser astronauta.
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Hay algo aquí que está muy mal entendido. La individualidad no se comprende como un medio para formarse bien, ser mejor y, por ende, servir eficientemente a la sociedad, sino como una vía para obtener éxitos personales, uno tras otro, sin que interese el entorno.
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Por otro lado, nos solemos unir como una "sola gran nación" cuando queremos llegar al mundial de fútbol (comprando más cervezas) o, en este caso, por nuestro querido Machu Picchu, que, hablando en limpio, sólo reporta ganancias para cuatro "individualistas" muy listos y algunas agencias turísticas... Y claro, a algún humilde taxista cusqueño que se preste a llevarte hasta Aguas Calientes, por 50 soles.
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¿Conocen Aguas Calientes? ¿Saben que muchos pobladores no tienen derecho a vender libremente sus artesanías, si no pertenecen a alguna asociación respaldada por una agencia turística, o el mismo INC? Este pueblo, a las faldas de Machu Picchu, ha sido, desde los años 50, el testigo mudo de cómo un monumento histórico ha servido para despertar románticos sentimientos entre los visitantes foráneos y mayores diferencias sociales y discriminación hacia quienes tienen sus raíces puestas en la zona desde hace siglos.
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Entonces, antes de votar por Machu Picchu, me pregunté: ¿acaso que ésta sea una de las Siete Maravillas del Mundo, ayudará a los pobladores quechuas que habitan aquellos montes, en ceja de selva, a tener un mejor nivel de vida? ¿Los grandes organismos de ayuda internacional, especialistas en bufetes costosos, serán concientes de la atención que merecen estas contradicciones sociales? ¿O seguirán mirándolos cual monos en el zoológico, y ellos tendrán que seguir aprendiendo a ser "parte del paisaje", también sacando provecho con sus pocas ventas y eventuales estafas, de manera "individual"?
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Lo confieso, yo voté por Machu Picchu. Soy peruana y estas campañas me conmueven, pero no porque la crisis me tenga ahogada hasta las orejas y necesite algo de qué cogerme para no dejar hundir el amor por mi patria. Yo sé cuánto vale mi país, con toda su gente… Gente buena, gente solidaria, gente egoísta, gente de mierda. En fin, todo en un sistema tiene su razón de ser y mi esperanza es empedernida.
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Por cierto, un grupo de amigos de Piura llegarán mañana a Cusco para una capacitación. Me pidieron que les averigüe precios para ir a Machu Picchu. Les envié la siguiente guía: toman el tren a las 6 de la mañana: 15 soles c/u. Llegan a Aguas Calientes, donde pasan la noche. Hay hoteles baratos, entre 10 y 15 soles c/u. Luego pueden subir andando hasta el Santuario. Ahí pagan la entrada: 61 soles c/u. De regreso, vuelven a pasar la noche en Aguas Calientes, o de frente toman el tren. Más o menos, sin contar con la comida, el viaje sale por 110 soles por persona.
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Me dijeron: "No, es muy caro. Mejor nos vamos sólo a Sacsaihuamán". Y claro, si tenemos en cuenta que el ingreso mínimo vital en nuestro país es de 170 dólares, invertir la sexta parte de él (alrededor de 35 dólares) en visitar nuestro orgullo nacional, sin contar los gastos de llegada hasta Cusco, es, realmente, un abuso.
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También podríamos "nacionalizarnos" cusqueños, que así todo saldrá bastante más barato, jejejejeje… Pero no es una de mis opciones favoritas a estas alturas. Tal vez si me quedo hasta julio por estos lares, porque el Inti Raymi tiene que valer mucho la pena y ayer me dijeron que todos los foráneos deben pagar un derecho de 80 dólares para estar presentes. Ay... Pero bueno, de algo tienen que vivir los restos históricos y sus "protectores".
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Mi querido Ernesto, he aquí el post prometido.

martes, marzo 20, 2007

Mujer Amante

No es el mejor vídeo del mundo, lo acepto. Pero la canción relata una nostalgia desgarradora. Una adolescente muerta soñó alguna vez con un hombre bueno, libre, de cabello largo recogido y pintas desarrapadas, como solían gustarle cuando no conocía el prejuicio. Ese hombre, joven, murió con ella. La ahora adulta emotiva quiso olvidarlo para siempre, pues era un sueño, un corazón sin dios capaz de depositar su amor sobre ella, todas las noches, antes de dormir, pero desaparecer al amanecer. Ella despertaba siempre sola, tal vez por eso decidió morir y matarlo a él. Creció.
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Mujer Amante
Rata Blanca

Siento el calor de toda tu piel en mi cuerpo otra vez
Estrella fugaz que enciende mi sed misteriosa mujer
Con tu amor sensual cuánto me das
Haz que mi sueño sea una verdad
Dame tu alma hoy, haz el ritual
Llévame al mundo donde pueda soñar
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Uh, debo saber si es verdad, en algún lado estás
Voy a buscar una señal, una canción
Uh, debo saber si es verdad, en algún lado estás
Solo el amor que tu me das me ayudar
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Al amanecer tu imagen se va, misteriosa mujer
Dejaste en mi, lujuria total, hermosa y sensual
Corazón sin dios dame un lugar
En ese mundo tibio casi irreal
Deberé buscar una señal
En aquel camino por el que vas.
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Uh, debo saber si es verdad, en algún lado estas
Voy a buscar una señal, una canción
Uh, debo saber si es verdad, en algún lado estas
Sólo el amor que tu me das me ayudará
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Tu presencia marco en mi vida el amor, lo sé
Es difícil pensar, el vivir ya sin vos.
Corazón sin dios dame un lugar
En ese mundo tibio casi irreal
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Uh, debo saber si es verdad, en algún lado estás
Voy a buscar una señal, una canción
Uh, debo saber si es verdad, en algún lado estas
Sólo el amor que tu me das me ayudará


domingo, marzo 18, 2007

jueves, marzo 15, 2007

Brichera

Cuando el español se enteró de lo que significaba “brichero”, tuvo la mala idea de decirme, en son de broma: “entonces, tú eres mi brichera”.
Yo, sin inmutar el rostro, le respondí con plena intención de devolverle el daño:
“si fuera una brichera, no estaría aquí perdiendo el tiempo contigo, sino que hace rato me habría buscado un partidazo a quien poder sacar provecho de verdad”.


Estábamos en Lima, el último 14 de febrero, con intención plena de celebrar un día “normal” y el inicio de dos semanas inolvidables, juntos. Fuimos a cenar a la terraza del hotel España, luego dimos algunas vueltas por Quilca, entramos a La casa de la Cerveza y, saliendo de allí, nos topamos con los Doors, a todo volumen, desde una discoteca en casona colonial, segundo piso.

Ni siquiera nos lo preguntamos. Fue mirarnos y entrar.

El ambiente, agradable. Avanzando un poco encontramos un sillón largo de madera, frente a un baúl que bien serviría de mesa para nuestra “Cristal gigante”. Brindamos por nosotros y por un día común y corriente. En realidad, no era necesario hablar más. Yo estaba concentrada en vivir su compañía segundo a segundo, pues, luego de aquél viaje, no le vería más… certeza dolorosa que, aún a estas alturas, aguijonea mi corazón.

La música mejoraba. Incluso escuchamos “Bigmouth stikes again”, de los Smiths. Ahora sé lo que sintió Juana de Arco, imagino que al verse sola, en la hogera. Casi lo sabía yo también. La felicidad condicionada a una etapa sobradamente delimitada no se puede disfrutar con respiraciones profundas y sonrisas totalmente despreocupadas, aunque uno se lo proponga una y mil veces.

En eso, noté que un grupo de chicos y chicas, vestidos para discotequear (nada que ver con las fachas de trotamundos que traíamos mi niño y yo), nos miraban curiosos. Por la confianza de una de ellas, pensé que tal vez nos conocían. Respondimos con amabilidad, hasta que se animaron a acercarse. Una chica, muy simpática, preguntó a mi compañero: ¿Eres israelí?

El pobre hombre, impostadamente autodeclarado “anti-semita”, tuvo que soportar por enésima vez que alguien le confundiera con judío. Pero superó rápidamente el mal momento, al darse cuenta que, una vez más, se convertía en el centro de atención de algún grupo.

¿De dónde eres?, me preguntó Rebeca (así se llamaba nuestra primera interlocutora). De Sullana, respondí. ¡No lo puedo creer! Resultó que una de las chicas del quintento era también sullanense. Casi nada en común, en realidad. Dejé de participar en la vida pública de mi ciudad de crianza (porque la natal es Piura) cuando ingresé a la universidad, y nunca me he caracterizado por ser “fiesteramente sociable”.

Uno de los muchachos, que Rebeca llamaba “cuero” (es decir, “guapo”) por tener ojos claros y piel blanca, acaparó al falso israelí y le contó sus tristes experiencias como hijo de un narcotraficante, mientras el hermano de la jovial muchacha me hablaba de lo rica que estaba mi paisana, de lo bonito que era el color de mi cabello y, muy buen dato, de lo hermosa que era la isla de Amantaní, en el Titicaca.

La conversación general se hacía cada vez más íntima, al punto de enteramos que Rebeca tiene un niño, hijo de un español catalán, a quien los abuelos, también catalanes, adoran. Y también tiene un novio francés, que estaba a punto de llegar a Lima, con un amigo, el cual me presentaría (es verdad aquello de lo que cree el león sobre su condición), y que ella se iría a Europa a como dé lugar, viviría en Europa, sí señor, acuérdense de lo que dijo, como sea, viviría en Europa...

Mi niño fue por más cerveza. Entonces, Rebeca se acercó a mí, achorada, lanzada, sincerándose hasta el hígado, malinterpretando completamente el afecto que vio entre él y yo:

  • Ella: Amiga, ¿qué te traes con el español? ¿Es tu agarre?
  • Yo: Es… mi chico.
  • Ella: ¿Pero es tu agarre, sí o no?
  • Yo: Es mi chico.
  • Ella: ¡O sea que te lo tiras!
  • Yo: Es mi chico…
  • Ella: ¡Te lo tiras, huevona, te lo tiras! ¡Qué suerte tienes, cojuda! ¡Qué suerte, qué suerte!

En ese momento, él volvía. Me miró interrogante y me preguntó si ya quería irme. Yo le pedí esperar un momento. Salimos a bailar, con Rebeca, los tres. Los demás ya estaban en la pista.

Rebeca se cansó de nosotros en menos de un minuto, sacó de un tirón a un muchacho que se caía de borracho y danzaron una salsa de antaño, sabrosísima, al mejor estilo chalaco (referido, esta vez, al Callao, no al lugar de la sierra de Piura donde antes trabajé). Mi niño y yo mirábamos admirados su desenfado. Nos gustó la chica, pero era nuestro momento de flotar sobre todos, mirarnos con cariño y desaparecer (como siempre ocurría cuando bailábamos juntos, como sea y lo que sea).

Decidimos irnos. Nos acercamos a los muchachos para despedirnos. Y ocurrió que mientras le decía adiós a mi paisana y al joven de los ojos claros, Rebeca aprovechó para morder el cuello de mi acompañante, darle un "piquito" furtivo al separarse éste de ella, sorprendido, y despedirse inolvidablemente agarrándole con fuerza el paquete de la entrepierna.

Por supuesto, él se quedó de una pieza. Salimos tomados de la mano, yo, afortuna ignorante, pude tener un gesto de amabilidad que pudo interpretarse fácilmente como desinterés y egocentrismo extremo. Al salir de la discoteca, mi chico me contó lo ocurrido. Le dije, con algo de vergüenza ajena, que sí pues, que hay personas así, en Piura, en Lima, en Cusco, en todas partes. Que no quise contarle, pero ya lo vio.

Lo que él no entendía era cómo Rebeca se había atrevido a hacer algo así, sabiendo que él estaba allí con su chica. Supuse que la muchacha habría pensado que yo estaba en su misma situación, cazando a alguien que me lleve a vivir fuera, disfrutando del “honor” de tener relaciones sexuales con un extranjero “blanco y guapo”, o qué sé yo.

De haberme dado cuenta en la discoteca, mi actitud habría sido más bien soberbia, habría demostrado, a propósito, más clase de la que me salió naturalmente, pero nada más… ¿Qué se puede hacer? ¿Pelear? No podría. Esa chica se lo está pasando realmente mal...

Claro, mi niño, que ella no sólo te ha acosado de ese modo porque eres español, también lo ha hecho porque eres guapo y muy lindo. Eso sí, esta noche no duermes conmigo si antes no te lavas el cuello… ¡Que te laves el cuello, he dicho!

martes, marzo 13, 2007

Una amiga

Creo que han pasado dos años desde la última vez que la vi. Quiso subir conmigo a Chalaco, para despejarse, habituarse un poco a lo que, creía ella, le esperaría en Cusco, y acompañarme, claro, porque me consideraba una buena amiga.

Cuando la conocí, fue una bomba. Un momento prejuicioso de esos en que dices: ¡Dios, ¿de qué árbol se cayó esta niña?! ¡Ubícala!

Fuimos de paseo-trabajo con Su, cuando tenía a su cargo el seminario “Periodismo de viajes”. Animó a su grupo de aburguesados pupilos a pasar el calvario de sus vidas: un fin de semana en la sierra de Piura, casi inhóspita, muy fría, hermosa y sin ninguna comodidad de casa. Su me pidió ayudarle a monitorear a los chiquillos (la gran mayoría de mi edad) y me apunté sin ningún problema, pues, por entonces, me encontraba sin trabajo, estaba a punto de largarme a tontear a Huaraz, mochita al hombro, y quería volver a mi Palo Blanco, lugar de paso de la curiosa expedición.

Dos combis citadinas a cargo, una de ellas, de un conductor cusqueño, experto en montaña y curvas, y la otra, al mando de un bienintencionado caballero que acabó fundiendo el motor en un vano intento por vencer una de las tantas cuestas del camino afirmado Yamango-Choco.

Fue así como la mitad de la expedición debió pasar la noche en un hotelito humilde de la capital distrital, mientras los más “afortunados”, entre ellos, yo, debimos ingeniárnoslas para dormir sin congelarnos mil metros más arriba, en el caserío Choco, famoso por sus machetes, tejidos e historias oscuras de fiestas serranas.

En ese duro camino, la conocí. Y mi primera frase hacia ella, ante su insistencia de que cierre o abra la ventana que tenía al lado, fue: ¡Si tanto te fastidia, cámbiate de sitio, o ven y ciérrala tú!

Vi sus ojos abrirse sorprendidos. Esperé una respuesta típica de pituquita engreída, pero no llegó, no dijo nada. Volteé a seguir concentrada en el camino, y en uno de los israelíes que venía con nosotros en el grupo, quien se había pasado la noche hablando conmigo (esa es otra historia). No estaba para nenas delicadas, mucho menos a esas alturas de mi hiperactividad y mi reencuentro con el olor a tierra arcillosa, queso y carbón, a sierra.

Ocurrió que una de las combis se quedó atrás. La mía subió, sin más inconveniente que tener que avanzar tramos de más de media hora con la “carga” (es decir, nosotros) a pie.

Ya en Choco, supimos que el otro grupo decidió regresar a Yamango. Su, como profesora y responsable de la integridad de todos los universitarios (alrededor de 20 almas), nos encargó sobrevivir, mientras veía que todo abajo estuviera bien. Y eso intentamos…

Vi, sorprendida, como Kary, la “nena”, asustadísima, alteradísima, nerviosísima, iba de un lado a otro, consiguiendo comida, un lugar dónde dormir, mantas, cocina, no para ella, sino para todos. La oí llamar a sus padres, para que vengan en auxilio de sus compañeros. La gocé (porque, créanme, era un mate de risa) cocinando pasta en un ollón tiznado, sobre leña, cosa que no hizo antes en su vida, ni siquiera en cocina de gas.

Los demás le ayudaban, por supuesto. Pero resaltaban ella y un muchacho más bien callado, muy moreno, héroe del día, pues, junto a otro chico, Elías, habían logrado subir andando hasta Choco, desde donde los dejara abandonados la combi que regresó. Era Ronald. Esa también es otra historia.

Estaba yo atravesando días tristes, los recuerdos de la sierra me aguijoneaban el corazón y sólo tenía cabeza para recordar y sufrir (pobre tonta de mí). Aharón, el israelí que subió con nosotros, no me quitaba el ojo de encima y Cliff, un periodista estadounidense invitado por Su, tampoco dejaba que le abandonase, pero este último porque su dislexia no le permitía hablar en español, ergo, sólo podía comunicarse conmigo.

Comimos la pasta más pegoteada de nuestra vida, pero, extrañamente, la disfruté… Luego de echarle un poco de sal, por supuesto. Y fue Kary, ayudada por Ronald, Guillermo (otro de los chicos que encontró su vocación en ese viaje) y algunos más, quien organizó la repartición, entregó los platos, etc., etc.

Es más, ella misma me llamó la atención preocupada, al verme salir con mi sleeping al prado, pues, con algo de experiencia, ya sabía que me iría mejor a campo abierto, que sobre el piso de concreto de la escuelita donde los pobladores nos dejaron pasar la noche. Le expliqué, pero no la convencí. De todos modos salí.

Fue una noche larga y extraña. Un grupo de muchachos decidió hacer fogata y beber cañazo hasta quedar ciegos, a varios metros de mi sitio. Las chicas, tratando de no congelarse en el aula, ni morir de miedo a causa del esqueleto de la clase de Ciencias Naturales. Aharón unió su saco de dormir al mío y me prestó una esterilla.

Esa noche, él me dedicó una canción en hebreo, que hablaba sobre las estrellas brillantes del cielo. Llovió, pero debajo de nosotros. Estábamos sobre una montaña, nos rodeaban las nubes, formando una alfombra que, de cuando en cuando, brillaba de relámpagos. Maravilloso.

Karina despertó cansada al día siguiente. Como buena “mamá gallina”, nos reunió a todos, para contarnos que su padre llegaría al rescate, en cualquier momento. La chica temerosa del día anterior aún tenía miedo, pero una fuerza respetable había empezado a nacer en sus ojazos. Me arrepentí del maltrato anterior, de ser una grosera por nada, de creer, por complejo, en las tontas diferencias entre “niños bien” y “niños normales”, y me recriminé el no conocer mejor a las personas, antes de calificarlas… Por último, ¿qué derecho tengo yo para calificar?

Días después, pude conversar con ella. Me contó que, al responderle feo, la dejé preocupada, pues pensó que había hecho algo malo…

Luego de un tiempo, aún me llamaba la atención el modo en que una chica tan “linda” pudiera meterse, por puro gusto en asuntos de gente “recia”, buscar el campo, la sencillez de las personas humildes. Paciencia para ello no tenía, pero sí ilusión.

La he encontrado en Cusco, era mi único contacto aquí. La veo cansada y conociendo muchas cosas que antes no. La veo tratando constantemente de no ser la “impaciente de mierda” que dice ser, trabajando en lo que aprendió a hacer aquí.

Se vino hace dos años, a sacar adelante algunos proyectos con comunidades andinas desplazadas. Las cosas no salieron como esperaba, ha debido desviarse un poco, dedicarse a otros asuntos, resolver problemas y dedicarse a sí misma… Pero no olvidó su razón principal para estar aquí.

Aún no entiendo del todo qué es lo que la motiva, sin embargo, he decidido ayudarle con lo poco que sé, porque quiere hacer las cosas bien. Es bueno tener una amiga como ella, sobre todo aquí y ahora. Gracias a Dios por eso.
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P.D.: No se fijen en los granos, son consecuencia de andar por el monte sin repelente...

Con ustedes, mi futuro esposo:

¡Oh, amado mío, cuán hermoso eres mientras estás muriendo! Ya me hacía falta una buena dosis de HIM, desde que empecé este viaje no había tenido oportunidad de escuchar por escuchar, o de ver por ver...
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Gracias, mi querido Ernesto, por los vídeos y la música. ¡Eres lo máximo!
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Y bueno, ya tengo con quién soñar esta noche (para variar, porque el bicho con el cual vengo soñando desde que se fue, aburre un poco, jejejejejeje)... ¡Grande, Valo! A ver si viene a Cusco un día de estos, que me vuelvo toda una brichera, PERO DE LAS DE RESPETO.
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¿Qué? ¿Acaso no puedo tener mi momento de relax vacío? ¡Callen y disfruten!

lunes, marzo 12, 2007

Domingo


Mamá insiste en que no me preocupe por nada, las madres son así. Por lo pronto, sin un trabajo asegurado, aún se mueve el piso y las cosas no acaban de ser tan bellas como cualquiera de mis amigos o amigas podrían imaginar.
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Sin embargo, hoy ha sido un día bonito. Soleado durante la mañana, ideal para lavar ropa y salir a comer en sandalias, pantalón suave y una chompa sencilla, color pastel. Por la tarde, lluvia, fortísima y corta. Por la noche, llamada de mi niño y alegría en el corazón. Con mamá, todo bien, no puedo hablar con ella hasta tener claro lo del trabajo, aunque suene repetitivo el tema. Las madres se dan cuenta de todo y no quiero inquietarla más.
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La noche estuvo tranquila, no tan fría como otras veces. Tal vez estoy acostumbrándome, pero mi resistencia física ha disminuido un poco, de tanto cigarrillo (prometo que será mi última cajetilla). Lariza me cuenta sus planes de boda, con inocente insistencia. Yo no sé bien qué aconsejarle, pero me gusta escucharla. Ha sido una mano amiga en este sitio nuevo, me ha ahorrado más lágrimas sin un abrazo. Quiero que esté bien.
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Tantas cosas juntas, domingo por la noche, una banca de la plaza de armas y un delicioso helado de algarrobina. Quizás la semana que viene sea mejor...

miércoles, marzo 07, 2007

Mi niño

Hoy he despertado del sueño más bonito que he tenido en esta vida que decidí vivir hace pocos años. Desperté en Cusco, en una cama desconocida, pero mía, acurrucada en mi fiel saco de dormir, con el corazón dolorido y agitado. Desperté llorando y deseé el abrazo de mi dulce mamá, pues él no estaba más a mi lado..

Gracias por tu amistad, tu cariño y tu compañía, corazón. Todo va a estar bien dentro de esta cabecita, una vez que encuentre el modo de acostumbrarme a no ir más a la par contigo, como todo este tiempo. Te quiero mucho.

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