jueves, octubre 30, 2008

El precio de la libertad

He dejado de lado mi trabajo para escribir este post, que lleva algunos días dándome vueltas en la cabeza. Ha sido resultado de una interesante mezcla de emociones, gracias a sucesos vividos las últimas dos semanas:

PRIMERO:

Mi nuevo arribo a España. Sí, era lo que quería. Sin embargo, pensé quedarme en Lima, tenía ya casi un trabajo y todo. El trabajo no salió, entonces debí revisar nuevamente mis opciones. Ay… El calor y la paz que llegué a sentir al pensar en permanecer cerca de mi familia, amigas y amigos fue tan dulce… Dudas.

Dos cuestiones determinantes: tenía un pasaje de vuelta y aún permiso para retornar, sin problemas en migraciones. Habría sido un escupitajo al cielo no tomarlo (al cielo y a cientos de personas que, a diario, luchan por tal oportunidad). Aunque tomarlo, a su vez, fue otro escupitajo, quizás de mayor envergadura, eso sólo el tiempo lo dirá.

El caso es que estoy aquí, satisfecha una parte de mi esquizoide espiritualidad. Pero lejos, muy lejos de todo lo que más amo en la vida, de lo único que aún puede hacerme sentir cargo de conciencia por alejarme: mi familia. Mi mamá. Mis adolescentísimos hermanos.

Sobrellevar este costo de oportunidad sin tener aún logros compensatorios sólo es posible adoptando un saludable cinismo o manteniendo un comportamiento evasivo, fácil de conseguir sumergiéndome en el trabajo, la socialización entre gente nueva e interminables lecturas de textos rebuscados y películas difíciles que siempre terminan haciéndome llorar.

Eso sí, una cosa que no podemos olvidar nunca las personas que migramos por temporadas, de manera desagregada, es la clara y contundente posibilidad de no encontrar, al volver, todo tal como lo dejamos. Ni a todos los seres amados. No es pesimismo, ni determinismo, no señor. Es, ni más ni menos, experiencia.

SEGUNDO

La incertidumbre. Sí, ya estoy aquí. ¿Y ahora qué? Esta temporada, a pesar de mí misma, no tengo proyectos precisos a mediano plazo, que dependan totalmente de mi control. Los factores externos pesan mucho. Encontrar un trabajo (prioridad absoluta, con todo y crisis) y conseguir renovar mi permiso de residencia. Esto último ha presentado dificultades. La policía me pide pruebas de que tengo dinero para vivir aquí y quieren saber cómo he vivido hasta hoy. Lo último es fácil de demostrar, ya está hecho, no aparecí en Bilbao por generación espontánea. Lo primero, complicado.

Y mientras mis hadas, hados y yo pensamos en una solución razonable, me considero afortunada al poder dedicar buena parte del día a las prácticas del máster. Una de mis compañeras posee un rigor metodológico admirable para cada acción, para estudiar cada documento. Hoy descubrí parte del motivo: es historiadora. En general, además, se les nota buena fe a las colegas. Conocimientos favorables para una trotamundos con ganas de trabajar en proyectos sociales y dar clases en universidad. Nada ambiciosa.

TERCERO:

El encuentro con recuerdos buenos, malos, tristes, alegres, interesantes, intensos, recorriendo las calles de Bilbao. Esta ciudad, ahora tan mía y ajena como otras ciudades del mundo (incluyendo aquella donde nací) consigue conmoverme al punto de la familiaridad. Sabrá Dios si se trata de una buena señal. Sabrá Dios cualquier cosa.

CUARTO

La confirmación del desarraigo. La irrupción del ego inquieto que se empeña en alejarme de mis afectos más sinceros, porque algún filósofo paterno le convenció en su más tierna edad de que las cajas de cristal no son el lugar más adecuado para vivir y aprender.

Será cuestión de carácter. Hay quienes consideran que echar raíces es una muestra de madurez. Las personas como yo, quizás por pura conveniencia, pensamos que la madurez no ha de estar peleada con el propio bienestar (masoquista bienestar, en algún momento, hay que reconocerlo).

En todo caso, a algunos bichos nos corresponde aprender a desenvolvernos en cualquier espacio, sin bajar la mirada.

Se trata de una búsqueda. Buscamos algo difícil de explicar con un discurso expositivo bien elaborado. A veces, para describir y transmitir lo que estamos buscando, hace falta música, colores, aromas o, sencilla y lógicamente, encontrarlo.

Eso, la confirmación del desarraigo. Nos damos cuenta de ello cuando nos es absolutamente posible abandonar cualquier espacio y, al mismo tiempo, se nos quiebra el corazón al dejarlo, pues hemos tenido tiempo de construir afectos entrañables ahí.

Nos adaptamos a cualquier lugar con mucha facilidad, pero no llegamos a pertenecerle, ni nos interesa poseerle.

QUINTO

La bendición de tener amigas y amigos. Es hermoso saber que existen estas personas en mi vida. No estoy sola. Donde quiera que me lleven la curiosidad y terquedad gatunas, no estoy sola. Y puedo darme el lujo de confiarme, confiarme tanto que ni siquiera me interesa no tener dinero suficiente para un pasaje de regreso en temporada baja (y es aquí cuando el pensamiento evasivo debe entrar a tallar para salvarme de una crisis de pánico o algo peor).

SEXTO

La lectura constante de estudios sociológicos y documentos centrados en el complejo tema de la cooperación internacional y el desarrollo humano. Vaya, tendríamos que agradecer a todos los dioses por habernos dado a una figura como Amartya Sen, para recordarnos cómo debemos comportarnos las personas respecto a otras, con justicia y demás.

Intentando digerir las buenas intenciones de las cincuenta primeras páginas del borrador del nuevo Plan Director de la Cooperación Española 2008-2012, encontré perlitas repetitivas que hablaban solemnemente de potenciar el desarrollo de capacidades en los seres humanos, para que puedan escoger el tipo de bienestar que prefieren, entre una serie de opciones, remarcando la importancia de que esta elección se haga mediante un proceso valorativo individual y adecuado, lo cual hace necesario: 1, que haya más de una opción (lo otro sería determinismo, fascismo o comunismo tradicional… ¡Venga, ya!); y 2, que haya total conciencia y capacidad de elección (ídem).

Bueno, veamos, mi país, Perú, tiene uno de los índices más lamentables en cuanto a acceso a la educación, lo cual resulta estrepitosamente peor en zonas rurales. De salud, ni hablar. Esto, a niveles gubernamentales. Luego están los/las héroes y mártires de toda la vida, con corazones enormes, fina capacidad de indignación e incansable vocación de servicio.

De ese dulce pandemonio, muchas veces, surgen especímenes como esta servidora, con ganas de tocar pelotas y pellizcar paredes internas de úteros varios, preguntando a la cooperación cosas de tipo:

Señoras y señores donantes, yo, una “socia” del “Sur”, en condición de inmigrante en su pobrecito país asolado por la crisis, quiero saber si tengo derecho a procurarme la libertad de tránsito y estancia pasajera en cualquier lugar del mundo, estudiando y trabajando, sin despertar sospechas, ni toparme con todos los muros administrativos que me corresponden por haber nacido donde nací. Eso, como opción válida para obtener el desarrollo que a mí me da la gana alcanzar… ¿No se trata acaso de elecciones personales? ¿O es que está bien que nos desarrollemos, pero sin salir de nuestras fronteras? A ver, ya que tanto hablan de políticas coherentes...

¿Nada?... ¡Bah! Luego no quiero oírles hablar mal de Berlusconi.



Libertad de tránsito, sin necesidad de tener dinero o ser diplomática… ¿Por qué no? Libertad para buscar y encontrar.

La necesidad apremia, el dinero siempre es necesario, pero a veces hay más motivaciones, diferentes, contradictorias y aún así complementarias.

Libertad para mantener esas motivaciones escondidas en mi más secreta intimidad.



Anoche me desvelé viendo la película Persépolis. Genial Sátrapi. Sátrapi migrante. Dejo un segmento que se entiende perfectamente en su contexto: la protagonista ha pasado una temporada deprimida, medicada y todo. Motivo: la no pertenencia a ningún lugar. En esta escena, despierta de aquello (previa conversación con Dios y Marx). Muy animada. Muy realista, hasta en lo de las piernas velludas (es lo que tiene esto de pasar varios días en cama hecha un moco). Nunca la canción “Eye of the tiger” me pareció tan bien utilizada. Hay muchas “Marjanes” dando vueltas por ahí…


Acaba de estallar una bomba en Pamplona, aquí al lado, en la Universidad de Navarra… Ha retumbado todo...

domingo, octubre 26, 2008

Forsaken

He llegado a Pamplona. Esta tarde. Fue una bonita tarde. Clara. Dulce. Ahora me muero de miedo, como siempre que empiezo algo nuevo, da igual si ya pasé por esto antes o hace ocho años di alguna vuelta por esta ciudad.
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Bilbao, bien, gracias. Lluvioso, humillante, afectuoso a su modo.
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Días extraños. Eso. Lo único que quiero es que me lleves lejos de aquí (y de cualquier otro lugar). Creo que, sin querer, en algún momento lo has conseguido. Nada más por ahora. Te quiero, pero este afán de autodestrucción. Gracias por entender y no darme la espalda. Mil gracias.
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martes, octubre 14, 2008

jueves, octubre 09, 2008

Víspera

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Hoy es mi última noche en casa. No es la primera vez, sin embargo echo de menos la adrenalina de otros tantos episodios similares, pues gracias a ella, sentí menos la incertidumbre y la lejanía futura, tan cercana, tan autoimpuesta, tan sin sentido a veces y tan... tan... ¿inútil?

Tal vez, por primera vez no sé el motivo, ni encuentro alegría en lo que (ya sé) me voy a encontrar. Si tan solo tuviera un poco más de paciencia, un poco más de fuerza, un poco más de dinero, un poco más de tiempo.

Me siento enferma.

Será que... la incertidumbre no me emociona más. O la certeza de que el mundo está lleno de buenos amigos y amables rompecorazones (da igual hacia dónde mire). O este jodido no encajar, este ir y venir del carajo y tanto afecto despediciado, a cambio de ingratitud y culpabilidad, pues dicen las teorías nuevas que cada quién es culpable de dejarse hacer, justamente por dejar hacer... Dejar hacer.

Corrupción por televisión. Otro presidente vociferante. Puro cinismo.

jueves, octubre 02, 2008

Mi cuarto de hora (de minuto y medio)

El saxofonista Jhonny Carter, en el hospital, respecto a sus médicos y demás:

Lo que pasa es que se creen sabios –dice de golpe-. Se creen sabios porque han juntado un montón de libros y se los han comido. Me da risa, porque en realidad son buenos muchachos y viven convencidos de que lo que estudian y lo que hacen son cosas muy difíciles y profundas. En el circo es igual, Bruno, y entre nosotros es igual. La gente se figura que algunas cosas son el colmo de la dificultad, y por eso aplauden a los trapecistas, o a mí. Yo no sé qué se imaginan, que uno se está haciendo pedazos para tocar bien, o que el trapecista se rompe los tendones cada vez que da un salto. En realidad las cosas verdaderamente difíciles son otras tan distintas, todo lo que la gente cree poder hacer a cada momento. Mirar, por ejemplo, o comprender a un perro o a un gato. Esas son las dificultades, las grandes dificultades. Anoche se me ocurrió mirarme en este espejito, y te aseguro que era tan terriblemente difícil que casi me tiro de la cama. Imagínate que te estás viendo a ti mismo; eso tan sólo basta para quedarse frío durante media hora. Realmente ese tipo no soy yo, en el primer momento he sentido claramente que no era yo, lo agarré de sorpresa, de refilón y supe que no era yo. Eso lo sentía, y cuando algo se siente… Pero es como en Palm Beach, sobre una ola te cae la segunda, y después otra… Apenas has sentido ya viene lo otro, vienen las palabras… No, no son las palabras, son lo que está en las palabras, esa especie de cola de pegar, esa baba. Y la baba viene y te tapa, y te convence de que el del espejo eres tú. Claro, pero cómo no darse cuenta. Pero si soy yo, con mi pelo, esta cicatriz. Y la gente no se da cuenta de que lo único que aceptan es la baba, y por eso les parece tan fácil mirarse al espejo. O cortar un pedazo de pan con un cuchillo. ¿Tú has cortado un pedazo de pan con un cuchillo?
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Fragmento de "El perseguidor"
Julio Cortázar