jueves, julio 13, 2006

Instinto Animal

Otra vez una canción…


Por esos días tarareaba la tonadita de moda en el lugar, de moda porque se oía en un comercial de automóviles. Cuánta fama tienen las bandas sonoras de los comerciales por esos lares, tanta, tanta, que a veces anunciaban discos con “la canción del comercial tal”. En fin, interculturalidad consumista, que ni eso es igual en todas partes.

La tarareaba y el buen Miguel se daba cuenta, le apretaba más la mano y se ponía rojito, rojito, sin decir nada, porque, salvo todo lo que sabía de historia y Francia, nunca decía gran cosa, ni sonreía, ni demostraba sentimiento alguno. Tanto mejor, no estaban para complicaciones ni amores. Además, ella ya andaba toda ilusionada por el “lindo chico” que le dejaba mensajes todos los días en su correo electrónico, y que en poco tiempo podría ver (cuando lleguen las vacaciones y esté a punto de volver a Perú).

Pero le dio igual y el día que quedó en verse con Miguel y dar una vuelta por Pamplona-España, la tarde del sábado, no recuerdo la fecha, pero casi cumplía 21 años, esa misma tarde de la pizza recalentada, de la cercanía del implacable verano europeo (“con vientos sub saharianos”), ella sabía que tal vez recibiría su primer beso, el tan esperado, idealizado y demonizado primer beso, de un chico que le gustaba relativamente poco, pero bastante agradable de conversar, acompañar y dilucidar.



Luego de algunas vueltas, y ella sin dejar de tararear esa canción tan dulce que decía cosas “bizarras”, pero en inglés, así que da igual, que sin esfuerzo no se entiende y a veces una no está de humor para entender canciones, fueron al súper mercado y la cajera estaba seguramente de mal día, porque se puso pesadísima a la hora de pagar. Miguel se indignó un poco, pues a su amiga peruana nadie la iba a tratar mal, ¡pero qué le pasa a esta tía! Tranqui, “galo”, que da igual.

Y seguía con la dichosa cancioncita, no sabe cómo Miguel la soportó tanto tiempo así. De vez en cuando conversaban sobre historia de Francia, que ni un francés de mi edad, que no estudie Historia, sabe lo que tú, ¿cómo así, eh? Es que hice trampa, leí “María Antonieta” de Stefan Zweig, cuando tenía 10 años, porque me gustó un dibujo animado llamado “Lady Oscar”. Como también me gustaba Mozart (los fanatismos de mamá), supe algo temprano de Austria y todos esos sancochados territoriales germano-eslavos. Y con papá comunista… Bueno, bueno…

Además, recalentar la pizza precocida, claro está, y preparar “omelettes” con queso, o de queso, o du fromage, para que pruebes y luego me dices qué tal. Y más y más comida, para tolerar mejor la pésima televisión española de sábado por la noche (tal vez sea una estrategia para obligarlos a todos a salir de juerga).

Imposible que no haya algo de incienso y “maría” en casa de un estudiante “erasmus”. Líate un porro, aunque sólo quede poquito, ¿total? Y quién sabe por qué, pues hasta ese momento ella sabía que tal vez recibiría su primer beso y siempre quiso estar totalmente lúcida para ello, aceptó “maría” y vino, se relajó un poco, continuaron hablando de historia francesa, de cómo los habitantes de París sintieron mucha tristeza cuando Luis XVI intentó huir, cómo lo recibieron con un silencio sepulcral, en los filos del camino, casi llorando, decepcionados de un rey en el que, hasta el final, confiaron…

Y el primer beso…



Sabe que, algunos años después, Miguel preguntaba por ella a una amiga en común, de Francia. Y la amiga de Francia le contaba lo mucho que él quedó prendado. Prendado, no enamorado. Tal vez, aunque no lo recuerda tanto así, ella fue especial.

Es gracioso que una canción tan dulce, que dice cosas bizarras, pueda recordarle el calorcito casi inocente de esos momentos.


1 comentario:

digler dijo...

la musica es la compañía de todo momento (y recuerdo)