martes, julio 21, 2009

Día 13 (aún no debería)

Lucía lucía deslucida en el bar de la esquina, quién sabe si por las luces azul pálido o esa soledad que siempre lleva a cuestas, agradable a veces, un lastre otras, insoportable cada fin de mes.

Lloró un poco en el baño de la oficina, por tener que masturbarse habiendo habido abundancia, rechazando de cuajo todos esos recuerdos, sucios de interés, conveniencia y tantos ornamentos modernos de tantas relaciones infrahumanas, en tanto un corredor de rally, al parecer famoso, anuncia en el telediario que donará su casco a Naciones Unidas, subasta pública y algunas decenas de niños sin hambre el mismo par de días que faltan para que todo se vaya al carajo.

El barman ha tenido el buen tino de bajar el volumen del televisor.

La cerveza cuesta euronoventa y ya se la puede pagar (vamos avanzando, vamos progresando, vamos floreciendo). No tiene caso seguir cargando la mochila si nadie va a robarla (¿quién, a fin de cuentas, querría llevarse tu soledad?)

De todos modos, el dinero está en el bolsillo, las llaves colgadas en la carterita jipiguay, las cicatrices cubiertas con la vincha naranja y la primera cerveza ha empezado a hacerse de un lugar privilegiado en ese mar de glóbulos rojos con riesgo de alto colesterol y neuronas dañadas de depresiones, marihuanas y mariconadas varias. Es lo que tiene ayunar desde la mañana, si nos atrevemos a llamar ayuno al bocadillo turco de turno y las náuseas contenidas con trabajo intensivo y música disco de los sesenta, setenta, ochenta, noventa y cien.

Lucía piensa en pedir una segunda cerveza antes de llegar a casa (el barman habla con sus amigos sobre Stevie Wonder o así) y a lo mejor es una buena idea doparse sin fármacos y con suficiente lucidez para afrontar labores atrasadas y ganas de recibir el salario completo a fin de mes.

Segundo vaso.

Está contenta, Lucía, no por la fermentación amarga, sino porque ha podido robar unos minutos a la contemplación y el cumplimiento del deber (hay que pagarse la vida y ganarse el derecho a vivir) y garabatear su día en una servilleta, cortesía del bar de la esquina. Ya se puede ir, tranquilita, a dormir.

A trabajar, niña. A trabajar, quise decir. Eso, a trabajar.

domingo, julio 19, 2009

Chabolas

Hace unos meses me inscribí en un curso sobre Género y Desarrollo, organizado por el Ayuntamiento y a cargo de una especialista de donde hice el máster. Personas cultas, con reconocimientos de calidad europea, etcétera.

La mujer nos dejó bastante claro que su metodología universitaria nos forzaría a leer cantidad de documentos para poder pasar el curso satisfactoriamente. Confesó, además, ser feminista militante y nos comentó algunos detalles de su vida, para ilustrar el tema de las relaciones de poder en un matrimonio, épocas pasadas y demás.

Haciendo énfasis en la importancia de estudiar rigurosamente, comentó lo siguiente (y sin dar mayor detalle al respecto):

“El otro día vi un reportaje en la televisión, donde un gitano decía que no quería que su hijo estudiara mucho, porque se iba a volver loco. La periodista le preguntó si eso se lo había dicho un profesor o de dónde lo había sacado, y el hombre respondió que eran cosas que él sabía. ¡Es una vergüenza que a estas alturas haya gente que piense así!”

Yo había visto el programa y creo que fue poco objetiva: no contextualizó el diálogo y atribuyó gratuitamente contenidos negativos a un grupo racial determinado. El lugar de “un gitano”, pudo haber dicho: “un hombre que vive en chabolas con toda su familia”. De ese modo, sabríamos que se trata de personas en pobreza extrema, con niveles altos de ignorancia y tal.

Creo que es importante dejar que la gente saque conclusiones inteligentes a partir de datos útiles, no trasladar prejuicios. Yo soy nadie, tengo un tonto blog. Ella es académica, se codea con la crema y nata de la Cooperación Internacional y la Diplomacia Europea. Es de Izquierda. Sabe idiomas.

No volví a sus clases (pobre, triste, radical y cansada de mí).

viernes, julio 17, 2009

Un pequeño homenaje

Además de sus vídeos más emblemáticos y admitir (sí, así es) que aún recuerdo algunos pasos de Triller, cuidadosamente ensayados para una presentación escolar, nuestro momento más íntimo y familiar fue cuando, después de la comida y en un espacio en blanco de la CNN, vimos a colores la canción que rezongaba: “no les importamos”, en favelas cariocas.

En tanto los adultos ochenteros y la adolescente recuperábamos el aliento y nuestra piel volvía a ser tersa, el bicho de dos años, tambor de plástico en mano, empezó a reproducir, una y otra vez, el mismo redoble, exactamente el mismo. Creo que fue el momento en que supimos que la suerte de mi hermanito estaba echada.

Ahora es cantante. Y un poco vago, también. A ver si te pones las pilas, pendex.

En fin, hay gente que nunca muere del todo (lo sé bien).