lunes, abril 28, 2008

Relativo y Usual (labios de cereza)

Apenas me ocupé del asunto cuando supe que ella contaba por ahí de mi interés por su novio. Que le coqueteaba, que lo buscaba, que quería estar con él a como dé lugar.

Y eso, por supuesto, no era cierto…

Tú sabes quién buscaba a quién.

Claro, lo digo por eso.

Entonces sí hubo incomodidad. Es triste cuando las personas van por allí, diciendo mentiras.

Sí, pues.
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Entiendo a la muchacha, de todos modos. Cuando una está enganchada por alguien, cuando no ha logrado mantener atado aquél síndrome de pertenencia que sucede al enamoramiento ordinario, es usual pensar/sentir/alucinar que estamos saliendo con el tío más buenote del mundo, y todas las demás mujeres, infortunadas ellas, querrían estar con él.

Hace falta estar muy ciega…

O muy enamorada…

Es igual.

Casi. Pero me conmovió la chiquilla. Pobrecita, el tío poniéndole los cuernos incontables veces y ella, culpando a las niñas. ¡Y a mí! Mira que si le contaba las propuestas del cabrón no me las iba a creer…

Es lo que tiene.

Ya.

¿Y qué hiciste con eso?

Lo más lógico. Ya te dije que me daba lástima eso de que la novia estuviera diciendo mentiras, ¿no?

Sí, ya me lo has dicho.

Pues me cogí a su chico, para que empiece a decir la verdad.

domingo, abril 27, 2008

Bonita


Pensé: cómo quisiera tener miedo de ver la diferencia entre mí misma y lo que está más allá, superando mis cinco metros cuadrados. ¿Sería feliz? No me cabe duda, y tanto como ahora, en silencio, en dolor, en amistad, en soledad.

Admiración ante imágenes que embargaron mi corazón durante un segundo (hoy son fotos). Recuerdos. Fantasmas. Soles pasados… curiosidad por los soles que vendrán. Equilibrio.

Al final, lo sé, siempre acabaré andando de noche, por un caminito bonito, sin desplegar las alas, protegida por ángeles que susurran nada, pero alejan el daño. Siempre, con mi habitual nudo en el pecho, contención, sonrisas tristes, palabras a un amante fiel, imaginario. ¿Dónde está quien notará tu dolor y te regalará sus caricias, sin romperte... sin apropiarse de ti?

Eso. Literatura. Música. Sueños. Tú.

domingo, abril 20, 2008

Viejecita

Si hay algo que siempre agradeceré a Bea (además de los apuntes de Peinado) es haber cantado, con su voz preciosa, esta canción:

Velha Chica
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Antiguamente la vieja Chica vendía cola y jengibre, y por la tarde lavaba la ropa del patrón importante.

Y nosotros, los niños de la escuela, le preguntábamos a la abuela Chica cuál era el motivo de aquella pobreza, de aquel sufrimiento nuestro.

Mira, niño, no hables de política, no hables de política.

Pero la vieja Chica confundía nuestros pensamientos. Ella sabía, más no decía la razón de aquel sufrimiento.

Mira, niño, no hables de política, no hables de política.

El tiempo pasó y la vieja Chica se hizo más vieja. Levantó una cabaña con techo de cinc.

Mira, niño, no hables de política, no hables de política.

Pero quien ve ahora el rostro de aquella señora, de aquella señora…
Con las arrugas del sufrimiento, del sufrimiento, del sufrimiento…
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Y ella dice:
Mira, niño, antes de morir, quiero ver a Angola en paz…
Mira, niño, antes de morir, quiero ver a Angola y el mundo en paz...
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Por cierto, Waldemar Bastos, quien canta con Dulce Pontes en este concierto, es angoleño. Ella, fadista portuguesa, claro.

sábado, abril 19, 2008

Pasitos de colores

Ella

No es una, ni dos, sino tres o quizás cuatro, cinco, infinitas señales. De todos modos, descubriste en la boca del metro que vas a echarla mucho de menos, porque la convertiste, queriendo, en un pedacito de ti, por elección, pues ya sabes, aprendiste, reconoces que amiga, sí, eso, escogida, amada, compensada, tuya, suya. Incondicional. Siempre aparece, siempre. Siempre estará, como tú para ella, y por fin podrás sonreír y saber: no te voy a olvidar. No, no te voy a olvidar.

Escogiste bien, Lucía. Muy, muy bien. He aquí tu chica entrañable, tu niña preciosa, dibujada en relatos, tus lágrimas al decir adiós, pero quizás no. Quizás será, como siempre, “hasta luego”.

Aún nos quedan dos meses.

Él

Una vez, que son muchas, conocí a un hombrecito más bien niño, o joven, o adolescente tardío, poseedor de una encantadora y espasmódica madurez, que conmovió mis pies y me animó a dar vueltas, vueltas, vueltas en mi eje, sólo por el gusto de sentirme infantil, tonta, feliz.

Él dijo “iremos”, “veremos”, “haremos”, y yo sabía, sonriendo tiernamente, que no iríamos, no veríamos, no haríamos, sólo nos miraríamos a los ojos, dormiríamos respirando yo su aliento, él el mío, sentiríamos fundirse nuestras manos, cuerpos, y trataríamos de pensar, en todo momento, esto no, no es verdad. Y sí, también sí.

Aún nos quedan dos meses.

Otro él

Amigo. Amor sin deseo.

Ya sólo quedan dos meses…

Ella y él

La adopción, Lucía. El cachorro, la dulzura, la protección. Ella y él sobre ti, ella y él contigo, ella y él, admirados, admirándote, guiando porque saben, dándote un pedazo de sí, sin razón, sin porqués, sin necesidad de lenguaje inclusivo o narco-rehabilitación.

La armonía. El calor. Un aroma. Paz.

Aún nos quedan dos meses.

Yo

Ausentismo. Abstracción. Autismo. Recordado autismo, vilipendiado autismo, incomprendido autismo, proclamado autismo, oportuno autismo, involuntario autismo, traicionero autismo, autismo de mierda, sobreactuado autismo, tranquilizador autismo, salvador autismo, nostálgico autismo, sabio autismo, autismo libertario, familiar, único, desgarrador, mío, mío, mío.

De todos modos lloraré. Satisfacción: tendré valiosos motivos para llorar. Felicidad escondida, felicidad autista, de mí, de aquí dentro. Callada, tímidamente feliz.

Música

Pasos de baile. Pasos de baile en la habitación. Pasos de baile esperando el metro. Pasos de baile camino al trabajo, a la universidad, al placer, al carajo, al bar Sarriko, al mar, al día siguiente, a la alegría. Muecas. Sonrisas. Cordura... Personalísima Cordura.
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jueves, abril 17, 2008

Flores varias


Es una pena haber escogido este momento para recuperar una vieja vocación de enfermiza, que hace mucho no me daba. Debe ser la cercanía a los 30 y una vida mínimamente dedicada a deporte alguno (salvo andar por la montaña), situación empeorada por el tabaco (y otras drogas), la alimentación mal balanceada y algún otro desarreglo, que ya no es pertinente citar aquí.

Entiendo que todo pasa por algo, siempre, y la mayor parte del tiempo podemos estirar nuestra capacidad de aguante a niveles insospechados. Entiendo perfectamente que no me voy a morir aquí (o quién sabe), pero debo admitir que la semana pasada, cuando estaba totalmente adolorida por la inflamación de mis mucosas y ovarios, que me perdonen todos los santos, pero la salvación del mundo me interesó un soberano rábano.

No puedo evitar quejarme. Conozco personas que sólo han querido conocerme quejándome, de lo que sea, por mí o por alguien más. Supongo que ser contestataria y anárquica influye en determinadas actitudes ante la vida. No se trata de no disfrutarla, en absoluto. Suelo ser estoica en diversos temas: profesores groseros, líos amorosos de otras personas, clima, inflación…

Sin embargo, la injusticia en todos sus niveles no suele serme indiferente (ni cuando va contra mí misma, pues aún no soy como la Madre Teresa).

Estas semanas, salvo con cuatro gatos (Erika, Iñigo, Mabel y el Gato), he sido muy poco social. Ya era una joda estar en el salón de clase algo afiebrada y limpiándome los mocos (esos amarillos con hilillos de sangre, que no sólo salen de a montón, sino que se ven horribles en los pañuelos y hay que saber disimularlos) cada tres minutos, como para ser la reina de la primavera. La primavera llegó, que todos los demás estén felices, yo me sentiré contenta cuando me nazca del útero.

No he estado triste, no. Lloré un poquito cuando pensé tener mi cita para el médico, del seguro social, y media hora después recibí la desgraciada llamada y “siempre no”, dizque por mi tipo de visa, permiso de residencia de estudiante, seguro escolar, la universidad no se hace cargo y lo siento mucho, divino hedonismo, pero no me alcanzó la plata para comprarme un seguro privado de 800 dólares en Perú, antes de venir aquí (y el de 300 que pude adquirir, tampoco me sirve en esta zona… torpezas que nadie debe cometer).

Endeudada hasta las orejas. Aún si vendiera uno de todos mis miembros pares, me quedaría corta (con lo mal que cotiza el mercado de órganos por estas fechas). La prioridad fue llegar aquí. Lo hice y perdiendo dinero. Luego, sobrevivir sin joder a nadie. Hecho, creo que lo estoy consiguiendo, aunque la chica que duerme al lado se asquee por mi pérdida de cabello (¡que te den, mocosa!).

Aquí el principal problema es la falta de plata. Si estuviera en la capacidad de hacer una llamadita estratégica y decir: “Mamá, necesito un giro”, tal vez todo más fácil. Pero no, estamos en otro momento de la vida y la responsabilidad. Pedir dinero a casa no es una opción, sobre todo si no estamos aportando un ápice en líquido, sólo preocupaciones y nostalgia.

Pero parece que los españoles (sí, el sistema burocrático migratorio español) no han previsto el interesante “término medio” al cual me enorgullece pertenecer: los estudiantes de postgrado, con carreras universitarias terminadas, que vienen sin beca (es decir, sin seguro médico, ni gastos de vida cubiertos), a buscarse algún trabajillo y tratar de compaginar el día a día (frijoles incluidos) y la especialización profesional.

Nadie ha entendido que, para algunas personas, una maestría es un escalón de suma importancia en la vida, una oportunidad de definir rumbos, de reafirmar conceptos, de aprender nuevas técnicas, de obtener acreditaciones importantes (sobre todo si se es peruana y se estudia en Europa), etcétera, etcétera, etcétera.

¿Y qué estamos dispuestos a sacrificar para conseguirla? Pues algo tan simple como vital: la certidumbre. Dejamos trabajos seguros, dejamos el país de origen, la familia, las amigas del alma, los amigos fieles. La gente, la piel, el corazón. Y aquí nos encontramos, frente a todo y nada, sin empleo, con fondos para dos o tres meses (prestado, claro), sin mucha ayuda de los “propios” más cercanos, que bastante trabajo tienen ya en su ir y venir.

He llegado hasta aquí por algo que en verdad quería hacer. Me siento contenta hasta ahora, aunque no he tenido tiempo para ponerme al día en todo. Sigo trabajando como niñera, he conseguido una prácticas a medio tiempo, ya relacionadas con mi tema de postgrado; gracias a la Providencia y buenos amigos, no paso hambre, puedo pagar el piso (jodido y costoso piso), puedo tomarme tres cervezas algún fin de semana (por cierto, el viernes tuve una buena juerga, en honor al primer sábado en varios meses que no debía trabajar), puedo celebrar tonterías, sólo para estar con gente a la que estimo, y que nadie me venga con estupideces comparativas, pues estar bien para mí significa, sí, poder tomarme un trago, además de tener las necesidades básicas cubiertas.

Esto me lleva al comentario de un profesor del curso, con quien nos encontramos ese día de nuestra salida no planificada, en un bar. Se acercó para contarme su "sabia" conclusión: yo seguramente pertenezco a una de esas familias peruanas con cuentas en el extranjero (en dólares), o a alguna casta que me permita ahorrar lo suficiente para venirme a hacer una maestría a Bilbao, y darme el lujo de gastármelo en juergas…

Es el vicio de ser comunista y luchador social convencido de la maldad de todo lo que parezca “contrario” (¿alguien dijo "...ismo"?). Entendí el prejuicio del buen hombre (y buen profesor, además), pues él trabaja con colectivos de inmigrantes. Es decir, ve casos realmente graves, realmente dolorosos, de personas que apenas se pueden comprar un pan, etcétera.

Pues bien, tal vez no me he privado de suficientes cosas, ni demostrado con ello que no tengo dinero para pagar un médico particular y curarme una tonta enfermedad de niña pituca (pues las personas pobres no sufren de sinusitis, sino de hambre, dolor, miseria, injusticia, sida, tifoidea, tuberculosis, entre otras), pero ¿quién es él para juzgar nada? ¿Quién es quién, por último, para decirme de qué quejarme y de qué no? ¿Por qué satanizar lo que ni siquiera conoce?

No entiendo la libertad de la que todos me hablan aquí. No entiendo una libertad que no esté basada en el respeto y en la empatía, en la dignidad que a todos nos hace iguales en nuestras diferencias. Para mí, Paquita y Herminia son dos mujeres entrañables. Herminia, una campesina peruana, del bosque de Mijal, muy pobre, en cuya casa viví temporadas enteras, durante uno de mis trabajos. Paquita, una señora bilbaína que me permitió alimentarme y pagar el piso los dos últimos meses, gracias a que era necesario limpiarle el culito y darle de comer en la boca.
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No soy un ejemplo de nada, pero no me jodan. Me duele la nariz, que ya está bastante dañada a estas alturas de la moqueadera, debo resolver mi vida los próximos 6 meses (renunciando a algo que me hacía mucha ilusión), estoy en cuenta regresiva, tomando fotos, terminando informes como desquiciada, gozando de mi Erika, el Gato y amigos y amigas y hoy no tuve ganas de estar triste, es estúpido pensar que alguien está triste por purita terquedad. Es más, ahora mismo no estoy triste, sino cansada (lógico, ya es de madrugada).

Pero sí me vi frente a una decisión que me bajó las pilas y dije: ¡Mierda! Porque si la casera no hubiera tardado tanto en empadronarme, entonces yo habría descubierto antes que por ser estudiante no tengo acceso al seguro médico universal, por tanto las medidas adoptadas habrían sido más oportunas, etcétera.

Bueno, todo pasa por algo, incluso este proceso de aislamiento autogenerado desde hace ya varios días. Es un modo de protegerme cuando me siento vulnerable, una manera de escoger mis espacios y guaridas, y el método perfecto para decir “adiós” sin caer en una normal y aceptable emotividad, que a mí no me hace bien (soy rara y NO lo siento).

En fin… Hasta mañana.

domingo, abril 13, 2008

BellA

Al final me perdí las jornadas feministas. Demasiada juerga y resultó más atractivo ir con el Gato por los tejados, saltar sobre patios, jardines, perros engreídos y la piel cortándose por ese ariecito frío y despiadado que a veces embarga Bilbao y Getxo y, tal vez, el Cantábrico. El rostro desnudo. Un gato (que ignora su condición de gato). Libres.

Pero era necesario (justo y) aparecer por la fiesta, esa de “sólo para mujeres”, causa intermedia de ciertas actitudes forzosamente machistas de algunos chicos de clase. Aquello de “sólo para mujeres” fue un decir, vi a un muchacho, uno y naturalmente biológico, bailando de lo lindo con un grupo de guapas, guapísimas.

Esto de “noche de chicas” sonaba bien. Una quedada entre amigas, pero a gran escala. Sólo la música un problema, suele gustarme más la de las reuniones “socialmente heterosexuales”.

El ambiente, limpio. Limpio y fresco, mucho alcohol, sin gritos ni alardes. Mucha cola para el baño, pero paciencia, respeto a los turnos, ningún espejo (¿quieres que esté cada día más guapa? ¡Pues no entiendo pa qué!)…

Volvía, creo, de mi primera visita al servicio (suelen ser enésimas), la presentación de un espectáculo (bastante cutre) sobre matar la necesidad de estar maquilladita y linda, para gustar, para que me mires, para tal y cual (una conversación filosófica, luego, con una amiga, sobre el gusto de maquillarse porque sí, para estar contentas, sin más).

Y pasó ella a mi lado, sin mirarme, sin reparar en, sin enterarse que, sin sospechar siquiera la conmoción, el júbilo, ni los pasos tontos tras los suyos, a saber dónde va, para sentarme cerca (casi empezaba un espectáculo de trapecio, lo mejor de la noche), ¿tendrá pareja ahora mismo? ¿Qué posibilidades tengo de hablarle y…? ¿Qué puedo…? ¿Qué pasa aquí? (loca cabecita, loca, loca, loca).

Algunos pedacitos de su olor en tres segundos, imaginar lo demás. Imaginar. Contemplar. Era preciosa. ¿Yo? Tonta. Tonta. ¡Sonsa!

Le dije a Nadia (Nadia siempre entiende). Dejé de despreciar mis deseos de ir al baño, pasar al otro lado del salón, la posibilidad de verla. Empezó un mini-concierto punk, le perdí el rastro. Igual hay que mear. Volver, sospechar: “seguramente está delante, bailando en pogo”. Acerté.

Mirarla. Mirar protegida por las sombras y la ignorancia de quien es observada. Mirarla bellísima, etérea, tan etérea que no me atrevería a hablarle en segunda persona, ni siquiera en letras. Es “ella”, no “tú”.

Al saber qué sienten los chicos cuando tratan de llamar la atención de una chica, me volví muy “comprensiva” con ellos (craso error). Dar saltos de un lado al otro de la “línea”, condiciona la afectividad de manera distinta: la amplía. No todas las virtudes que me gustan de una persona tienen relación directa con sus genitales. Así de sencillo.

Y la belleza es belleza, es ella, es el Gato sin coraza, es el amigo húngaro de Paolo, es la sonrisa de mi “niña de cristal”, es mi familia feliz, es la justicia, es el coraje, es la música, es un libro, es la paz, es mi nariz sin pus y tanto más, tantísimo más.

Hora de irnos, me dijeron. Me habría quedado, pero… pero… No, ya flechada, mejor no. Vale más la retirada digna, pienso, y el olvido prematuro que siempre le sucede (por eso lo escribo, para tardar un poco más en olvidar).

Pero la había visto, sabía dónde estaba, sabía que ahora se hacía cargo de poner música (era la culpable de esos ruidos incomprensibles, entonces). Y Nadia: “venga, sólo una vez, una prueba, ve y pídele fuego”. Yo: “no, no me atrevo, no”… Ella(s, que ya todas las féminas del grupo le entraban al juego): “vamos, tía, es algo normal, ve y háblale”.

Fui, con mi sospechoso y único cigarrillo. Me detuve a su lado con la torpeza de una adolescente. No podía dejar de mirarla y no me atrevía a hablarle. No sólo era una de las mujeres andróginas más bonitas que he visto en mi vida, sino que, para empeorar la situación, me gustaba (estupidez acumulada, mandíbulas paralizadas, sonrisa tonta).

Entendió, la pobre, que le estaba pidiendo música bailable (yo, pidiendo música bailable). ¡Maldición! ¡Para colmo, simpática! No tenía fuego, me invitó su porro (un beso pírrico). Encendí mi cigarrillo gracias a unas chicas de al lado. Agradecí. Le devolví al ángel el peta. Gracias (bella). Me despedí. Me fui.

Caminé un poco, junto con mis amigas, sintiendo un agujero en el estómago y cierta melancolía. Con las chicas es diferente, me repetía. Es verdad, es diferente. ¿Qué le gusta a una chica de otra chica? Yo sé lo que les atrae físicamente a los hombres de mí, pero las chicas… ¿Qué le gustó de mí a la niña de cristal, por ejemplo? A mí me gustó su sonrisa y la expresión de sensualidad-seguridad que llevaba a todas partes. Ahora mismo no recuerdo qué me gusta de los chicos, estoy en “out”. ¿Qué me gusta del Gato? ¿Qué me gustó de todos mis perros y todos mis gatos?

Vaya… buena forma de empezar un domingo con tamaña crisis de identificación afectiva (que no es, en absoluto, una de identidad sexual).
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Da igual, despierto y me dedico una canción (a mí y a todas las mujeres del mundo):
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martes, abril 08, 2008

Algunos trámites (largo-s)


La primera buena noticia de la semana fue: “El lunes está en casa mi hermana, no es necesario que vengas. El resto de días, ven a partir de las 9 de la mañana”. Fenomenal, significaba dos cosas importantes: 1, que no tendría que madrugar, dadas mis moquientas condiciones y mis fiebres nocturnas; y 2, que no me vería obligada a lidiar con la pequeña Ane y sus poquísimas ganas de cooperar a fin de que el proceso de vestirla para ir a la Ikastola no sea un calvario.

La segunda buena noticia está relacionada con el Gato, y de eso sólo comentaré una cosa: es justo y necesario terminar absolutamente TODOS los informes pendientes de la maestría, para que luego el cargo de conciencia (hoy descubrí que tengo la conciencia del tamaño de un mamut) no me dé palo.

La tercera: ME SEMI-INVITAN A HOLANDA EN JUNIO, gracias a la sapientísima intersección de mi querida Su.

Tanta emoción acumulada no sólo ha impedido un adecuado proceso de curación de mis infecciones respiratorias, sino que hoy llegué tarde a clase y heme aquí, tonteando frente al ordenador (¡Arg! ¡Computadora! ¡Se dice COMPUTADORA!), intentando describir los sucesos de los últimos días, a fin de hacer algún bien a la comunidad.

(Momento, debo sonarme la nariz).

Seguimos:

Anoche planifiqué maquiavélicamente cada paso de esta mañana. Llevaría a Iñaki de paseo por ayuntamientos y locutorios, a fin de conseguir empadronarme de una buena vez y poder contar con atención médica gratuita, gracias a la seguridad social vasca (y española, sí).

Terminé de despertar (dos horas después de dejar la cama) cuando escuché al pequeño balbucear algo así como “¡An-gla, An-gla, An-gla!”, al oírme llegar. Su madre me dio la gran noticia: el bicho ya camina. Al cuidarle sólo dos semanas al mes, no me entero de todos sus procesos. Siempre sucede algo en cada reencuentro: o está más grande, o dice nuevas palabras. Esta vez resulta que me recuerda, dice mi nombre y camina, ni más ni menos.

Bueno, decía que anoche tomé la decisión de llevar el contrato de arrendamiento (alquiler) del piso (departamento) donde vivo al ayuntamiento (municipalidad), para inscribirme en el padrón de habitantes de Getxo, el pueblo honrado de tener a esta señorita pisando sus calles, por la temporada actual.

Explico detalles: en todo España, es un deber y un derecho de cada ciudadano empadronarse en el municipio al que pertenecen. Esto les da acceso a una serie de beneficios públicos, uno de ellos es, justamente, la seguridad social (hablaré de los trabajos con contrato más adelante).

¿Cómo funciona aquí la Seguridad Social? Pues como en todos lados: el trabajador o trabajadora aporta mensualmente parte de su sueldo y afecta con su inversión a todos los miembros de su familia.

Durante el paro, las personas también pueden hacerse atender en los centros públicos de salud. No sé más al respecto.

Con los inmigrantes, sucede algo particular: resulta que uno o una puede y debe empadronarse, sea legal o ilegal, pues de este modo, el municipio sabrá de su existencia y podrá tomar medidas adecuadas para ayudarle a satisfacer las necesidades más urgentes. No es color rosa en absoluto, es un proceso que pasa por demoras administrativas, riesgo de deportación y funcionarios con mal carácter, pero debemos reconocer que se trata de una gran ventaja.

Yo soy inmigrante. Estudiante, sí, pero inmigrante. Mi condición de inmigrante hace, por ejemplo, que yo no pueda acceder a ningún trabajo formal de media jornada, pese a calificar para ello, si la empresa que me contrata no se come antes un trámite de 3 meses con la policía. No basta darse de alta en la oficina de empleo, no. Yo pensé que sí. Hace falta la historia completa, aunque ya esté aquí, instaladita, bonita y alborotadita.

Como inmigrante, además, debo empadronarme. Es importante, sobre todo por el tema de salud. Resulta que los estudiantes inmigrantes podemos recibir atención médica, medicamentos y análisis, simplemente con estar empadronados en el ayuntamiento correspondiente.

Lindo. Fácil. No.

Parece haber toda una paranoia colectiva respecto al tema del empadronamiento. Muchas personas que alquilan pisos no pagan el impuesto correspondiente al Ministerio de Hacienda (Vivienda) y demás estamentos. Entonces: el costo de arrendamiento es barato, pero no hay derecho a registrar la dirección en ningún lado, para evitar problemas al casero.

No se trata de una tontería, sino de “existir” o “no existir”. De que te atiendan o no en un Centro de Salud simple y ordinario, por alguna infección que aún te permite estar de pie (es decir, no es de urgencia), por ejemplo, mi sinusitis.

En enero, iniciando el año, pesqué un resfriado potente, acabé guardando cama por cuatro días. A eso se sumó que me dolía la boca y garganta, porque mi última muela del juicio quiso acabar de crecer. Por entonces, solucioné el asunto de dos formas diferentes:

EL RESFRIADO: fui al médico por Urgencia (Emergencia), con la excusa de “ser nueva aquí y no tener la más peregrina idea de cómo funciona el sistema”, y el buen hombre me recetó Paracetamol, no sé qué más y que vaya al dentista, quien sólo atendía por Seguridad Social o consulta privada…

LA MUELA DEL JUICIO: compré un juego de navajas para cortar papel, alcohol, algodón, coagulante y gasa. Desinfecté el material como me enseñaron en un curso de primeros auxilios. Coloqué el flexo de mi habitación de modo que diera luz de frente a mi boca totalmente abierta, hice algunas incisiones nada precisas, frente a un espejo, a fin de que la jodida muela tuviera campo libre para salir sin tirar de mis encías. Alcohol, algodón, un caramelo por ser tan valiente, la niña, y sanseacabó.

(Por favor, nunca intenten hacer esto, podrían no tener tanta suerte como yo).

Pensé que mis penas habían terminado, pero no fue así. Se me había olvidado un pequeño detalle: sufro de rinitis alérgica. Soy de esas personas que cuando respiran polvo, estornudan y tosen hasta los intestinos. De niña, estas crisis me tumbaban. Hoy no llegan a tanto, pero es necesario que cada resfrío quede totalmente curadito, o acumulo virus, acumulo bacterias, y luego: bronquitis, ataques asmáticos, catarro, sinusitis…

Nunca me curé de la gripe de enero. La mantuve latente todos estos meses y se ha manifestado con cierta regularidad, cada dos semanas. El cuidar personas adultas puede haber agravado la situación, supongo, pues se trataba de asearles, cambiarles pañal, cosas de esas… Además, debemos reconocer que muy pocas personas “solteras y a su bola” se caracterizan por tener una alimentación adecuada y balanceada, lo cual afecta gravemente las defensas.

Y el cigarro, pues, el cigarro. ¡Y el clima de este pueblo, tremendamente húmedo! ¿Qué hacemos mis rinitis y yo aquí, me pregunto a veces?

Es fácil ser la “niña-macho” en los Andes, cuando el talón de Aquiles físico no se ve afectado por el aire seco, por más frío que haga.

Sigo. A la vez que los virus empezaban a pasearse por mi organismo como Pedro en su casa, yo procuraba buscar solución práctica a mis penas: un médico. ¿Particular? Demasiado caro y no tengo plata, pues. Seguridad Social, sí, entonces empadronamiento, entonces mi casera no quiere y no quiere, insiste en que no y no…

Placebos van, placebos vienen. Hablé con ella varias veces. El piso está en orden. Ella es una mujer muy recta y me constaba, antes de que me lo dijera, que no evadía ningún impuesto. No podía entender sus negativas a dejarme inscribir en el ayuntamiento, no se me podía ocurrir, siendo ella tan razonable.

Ayer fue un día difícil. Es necesario, esta vez sin remilgos, que me vea un médico, no sólo por la sinusitis, sino por una serie de análisis que necesito, antes de irme a hacer prácticas en algún lugar aún no develado del mundo (así nos tienen a todos los de la maestría, estos días).

Ante esto, sencillamente me envalentoné y dije: “¡Qué carajo! ¡Yo tengo el contrato, iré a la oficina y me empadronaré solita! ¡Ya que me diga algo luego, si quiere!”.

Por supuesto, fiel a mi estilo, hice las últimas averiguaciones respecto al tema de empadronar a un extranjero. No quería que la mujer se viera perjudicada en absoluto. Todo parecía tan fácil: me inscribo un día y cuando me vaya, me doy de baja. Si no hay trampas (eso de Hacienda y tal), irá bien.

Y bueno, hoy, llena de brío, mocos, y empujando el cochecito de Iñaki, fui al ayuntamiento y expuse mi caso. Me dieron unos formularios para rellenar y me fui a un parquecito, a hacer lo propio.

Sin embargo, el mamut. Y llamé a la casera para pedirle por última vez su autorización y explicarle los motivos. Insistió en que no, que su asesora legal, que tal y cual. Me puse contundente (y llorona), le expliqué, enfadada, que ella y yo no estábamos en la misma situación, que estar empadronada era mi derecho, que no le pasaría nada malo, que seguía en el piso pese al costo (y mis necesidades) porque me había comprometido con ella y no quería fallarle y no podía entender cómo ella no podía hacer algo tan simple como darme una autorización blablabla…

Luego, a casa de Iñaki, a darle de comer. Después, a mi casa, a limpiar la cocina y evitar chillidos.

Saliendo hacia aquí (ya tarde), la casera: lo siente mucho, no sabía bien cómo eran la cosas, tuvo una bronca con su asesora por este motivo, que todo está en orden ahora, que empadrónate, niña, que lo siente otra vez.

Y ya.

Creo que he perdido 20 kilos de peso y mi sonrisota estúpida combina muy bien con el moco sexy. Por varios minutos he olvidado que estoy en un pasillo atestado de vascos y vascas, en alguna universidad pública, allá, lejos, esperando el descanso para unirme al grupo habitual de por las tardes.

Aún no termina el día, pero ya tiene buen final.
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P.D.: La sinusitis no es contagiosa.
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Luego de lo visto (2 días después):
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Me encuentro en tierra de nadie. Como estoy viviendo aquí con "permiso de residencia para estudiantes", sólo puedo acceder a la seguridad social universal a través del seguro escolar, del cual apenas nos han hablando en la matrícula y cubre accidentes, no más.
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Esto quiere decir: a pagar un médico privado. Sí, ¡Mi útero, ¿no te jode?!

domingo, abril 06, 2008

Tres de la tarde


Va siendo un domingo aburrido. Estuve estudiando hasta hace algunos minutos, pero no consigo mantener atención continua en nada especial. A ver si luego de algunas pinceladas de locura.

Los resfríos y gripes mal curadas han degenerado en una temible sinusitis. Llevo tres días echando pus y sangre por la fosa nasal derecha, con dolor al agacharme y demás mareadas que trae consigo esta infección. La última vez que me dio algo así, recuerdo, era aún pequeña y papá y mamá se encargaron de todo, hasta de sonarme los mocos. Gran responsabilidad nos cae encima al tener que cuidar de nosotros mismos.

Mañana me toca ser niñera. Qué pereza. Hay que llegar a las 7 de la mañana, bajo riesgo de que la compañera de piso -que duerme al lado- vuelva a quejarse porque al abrir la puerta de mi habitación hago ruido y la despierto (y de que alguien dejó la calefacción encendida, y de que el café, y de que se me cae el pelo, y demás).

Iñaki está a salvo de mí, la sinusitis no es contagiosa. Además, ha sido él y su hermana quienes me contagiaron la última súper gripe que padecí aquí, en Bilbao, hace dos semanas o así.

Ayer me despedí de Paquita y Florencio, los señores a quienes atendía al mediodía. Antes del final, sentí algo de tristeza, pues en esa casa he sentido mucha paz. Florencio estaba atento de que acompañara mi almuerzo con un poco de vino y que comiera fruta. Paquita era mi oráculo particular. Sin embargo, llegada la hora del “adiós”, apuré el trago, ya por costumbre. Estoy tan curtida en esto de las despedidas…

Me cuesta mucho conversar con la gente latinoamericana de clase. Cada quién tiene montada su propia historia y adolece de un mal muy común: diagnostica sin escuchar. No generalicemos, Erika es un pancito dulce, igual que el matrimonio germano-boliviano. No me quejo de cómo son, sino de no poder hablar sin que me envíen al psicólogo o a hacer un análisis de mí misma en diversos factores. Es importante esto de los autoanálisis, pero no cuando el asunto se vuelve cosa de vibraciones y autoayuda. Me torno insoportablemente snob con mis cuatro estudios de Antropología Filosófica, a veces…

Carla no ha estado en el msn últimamente, la verdad es que necesitaba hablar con ella. Ha sucedido algo triste esta semana, en Piura. De eso que a veces nos hace desear matar, por pura “justicia”. Creo que esto me resultaría bastante menos pesado si fuera totalmente atea. Admito que no soy una buena cristiana. Una buena cristiana, así como la pintan en las normas eclesiásticas, no tendría necesidad de hacerse análisis de sangre cada cierto tiempo. Bueno, pues. Nunca dije que lo fuera, a fin de cuentas.

Hace pocos días pensé que había cambiado “amor por placer”. Fue necesario nadar hasta mi pequeña isla, para pensar sin interrupción y darme cuenta de algo muy simple: no he cambiado nada por nada, simplemente he escogido lo que más deseaba, tratando de ser coherente conmigo misma. Alivio. Debo reconocer que es bueno tener amigos sexólogos. Mejor aún, tener buenos amigos.

De pronto, todas las contradicciones emocionales han desaparecido.

Pero sigue la pus y la sangre, y la fosa nasal congestionada, y la incomodidad de estar en este departamento, siendo tan caro y con tan pocos beneficios, entre otros.

Recomendación: nunca alquilen por Internet. Mejor es gastar un mes en hotel o albergue, mientras recorren la zona y encuentran algo más acorde con la economía y el gusto propio. No dejen que escojan por ustedes, porque una vez con la soga al cuello, no habrá manera de echarse para atrás.

A seguir estudiando, pues.