Fueron niños buenos

El actor Jeremy Black en la película Los Niños del Brasil (Estados Unidos, 1978).

Yakov Liebermann siempre ha sido, para mí, la representación de una forma muy clara y sublime de justicia. Convertido en cazador de criminales de guerra nazis, tras la caída de Hitler en la segunda guerra mundial, y habiendo sufrido el dolor y la pérdida, no duda en hacer lo extremadamente correcto cuando se encuentra ante la disyuntiva ética de prevenir un potencial peligro a costa de la vida de 94 personas inocentes. Eso es grandeza.

Desafortunadamente, sólo se trata de un personaje de literatura, creado por el escritor y dramaturgo estadounidense Ira Levin en 1976, como protagonista de Los Niños del Brasil.

El debate sobre "cortar de raíz la posibilidad de un problema futuro" de manera violenta está siempre sobre nuestras mesas, en la cotidianidad. Lo enfrentamos, por ejemplo, cuando hablamos a la ligera sobre instalar programas de esterilización para personas de escasos recursos o en situación marginal. Lo traemos a la pista de baile cuando damos por sentado que un adolescente infractor de 14 años está condenado a convertirse en delincuente, al margen del tiempo que pase en un centro de rehabilitación (o, precisamente, debido a ello).

Pero hay una verdad que olvidamos constantemente y a propósito: ningún ser humano, aunque todo a su alrededor nos indique lo contrario, nace determinado a ser o hacer algo específico, bueno o malo, nos guste o no.

Quizás por comodidad, nos hemos acostumbrados a admirar a personas inmaculadas y asumimos a los antihéroes como "seres ajenos a nosotros, sin dimensiones, sin humanidad", cuando es precisamente nuestra condición de seres humanos la que nos hace falibles.

En este sentido, tender hacia el mal, provocar daño, es también una característica humana, aunque termine convirtiendo a quien ejerce la agresión en una indiscutible amenaza que, por supuesto, necesita ser frenada, controlada o, incluso, anulada.

Pero es fundamental observar el proceso previo, para entender el fenómeno. Los 94 niños de la novela con la que empecé este post no eran malos. Anakin Skywalker, a los 8 años, no era malo. O-Ren Ishii no era mala antes de la masacre de sus padres. Arthur Fleck no era malo cuando, de pequeño, su mamá lo molía a golpes. Eren Jaeger no se hizo malo al ver la terrible muerte de su madre y tampoco era malo a los 15, al unirse al ejército...

Ninguno, ni uno solo de los miembros de las maras centroamericanas, causantes de crímenes espeluznantes, eran malos a los 6 años, antes de que alguien mayor les haga adictos al pegamento y les enseñe a usar armas. Tampoco son malos los niños enrolados por guerrillas, narcotráfico, paramilitarismo, sectas extremistas. Ni siquiera podríamos decir que un pequeño carterista de 10 años, pese a que ya está distorsionando sus decisiones morales, sea una persona mala (y que vaya a serlo toda su vida).

Detrás de estos personajes, imaginarios y reales, hay circunstancias, condiciones de vida, decisiones políticas, necesidades básicas insatisfechas, voluntades, abstenciones, injusticia, abandono, violencia, patrones de conducta negativos e, incluso, condicionamiento intencionado por parte de adultos.

Llega un momento en que cada persona es responsable de sus actos y de sus decisiones. Pero antes de la primera infracción hay una historia.

No tengo intenciones de justificar a quienes cometen delitos. Por supuesto, los infractores, delincuentes y criminales merecen los castigos legales correspondientes, como un esfuerzo mínimo por asegurar la justicia y el bienestar de la comunidad.

Pero una comunidad que constantemente produce infractores, delincuentes y criminales, y donde las leyes no se cumplen a cabalidad debido a la corrupción, las conexiones y el compadrazgo, tiene un problema estructural muy serio, que no se va a resolver con mayor seguridad en las cárceles ni leyes babilónicas.

Corresponsabilidad.

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