martes, octubre 11, 2016

El fantasma de la sagrada chancla y (múltiples) teorías sobre crianza infantil


Hace pocos días conversé con uno de esos especialistas en cualquier tipo de crianza infantil (siempre me los topo, debo tener un imán) acerca del maltrato a los niños. Para no ir demasiado lejos, nos centramos en los castigos físicos como métodos educativos.

Voy a ser clara desde el principio: considero que ningún castigo físico es un método adecuado para educar a seres humanos. Golpear a alguien puede, de hecho, disuadirle de volver a cometer una acción no deseada por el castigador (dejemos en suspenso si es por el bien de la persona agredida, o no), escarmentarle o hacerle sentir miedo.

Sin embargo, no voy por la vida evitando que mi hija sienta miedo. Me explico: no la amenazo con el cuco, pero sí le diré lo que podría pasar si manipula de manera irresponsable la llave del gas o se lanza a la pista sin mirar a ambos lados o con el semáforo en rojo.

Volviendo al castigo físico: en algún momento, se tuvo como norma indiscutible que los azotes desapasionados, como consecuencia de una “mala” acción, eran necesarios para que el ser humano “en formación” (nota: el ser humano siempre es, nunca está en formación) aprendiera a comportarse. Ahora, por supuesto, están siendo promocionados, a diestra y siniestra, cientos de métodos para educar a los niños sin levantar la mano ni subir mínimamente la voz.

Todo esto es muy bonito y ha generado interesantes títulos de incontables libros. Sin embargo, debemos tener en cuenta dos cosas fundamentales:

Primero: leer no nos convierte en especialistas en crianza positiva. Puede ser que tengamos toda la buena intención del mundo pero, eventualmente, perderemos el control. En tales circunstancias, lo último que necesitamos es un experto recordándonos que somos un fiasco.

Segundo: la mayoría de gente que conozco, de mi generación, fue “corregida” a latigazos y sopapos. Algunos están replicando exactamente lo recibido, pues no hacerlo significaría haber pasado por un proceso de reflexión, aceptación del daño, perdón a los agresores (mamá, papá, abuela, etcétera) y búsqueda de alternativas diferentes. Llegar a esto cuesta y duele mucho. Ponerlo en práctica, es constante (y conflictiva) paramnesia. No nos engañemos: muchas veces no nos sale bien. Quien diga lo contrario, no pasa más de 2 horas al día en dedicación exclusiva a sus hijos y/o tiene asistencia doméstica a tiempo completo y/o siempre está fumado.

Creo que no estamos siendo justos con nosotros mismos. Nos estamos exigiendo demasiado, queremos dar a nuestros hijos algo que no tenemos. Porque ¿quién nos ha enseñado a corregir sin gritar o golpear?

¿Los hijos son inocentes del pasado? ¡Es verdad, qué genios son, ahora les doy su premio, listillos! ¡Por supuesto, nuestros hijos son inocentes! Además, en el mejor de los casos, nosotros escogimos tenerlos. Pero sí son parte de nuestras vidas y nuestras vidas son una adición de constantes experiencias.

Que los Estados conviertan el castigo físico en algo ilegal, me parece un paso importante. No obstante, un Estado ineficiente, corrupto, violento, explotador, propiciador de inequidad, tiene más bien poca autoridad para exigir(nos) a padres y madres mantener siempre la compostura.  

Actuar para reducir las formas violentas de crianza es un proceso social que implica políticas públicas adecuadas, acompañamiento profesional (no sólo presencia policial y castigo) y la participación de toda la ciudadanía.

Por favor, entréguenos los mecanismos adecuados para no estallar si la niña cambia de opinión y ahora desea un helado de fresa en vez del que pidió hace dos minutos, de chocolate, justo en el momento de cierre de una consultoría (tras varios días sin dormir y sólo beber café). ¿Cómo podemos iniciar un proceso de apoyo a una madre no acompañada, que tiene a cargo tres criaturas y siempre está histérica, gritándoles? Dígannos de qué manera podemos ayudar a un niño que sufre maltrato leve no premeditado, porque su padre cree (con fe) que un golpe oportuno es mejor que años de sufrimiento por acciones delictivas.

Explíquennos el modo de comprometernos con el bien superior del niño, desde el principio, desde que no es urgente llamar al 911.  

Y dejen de juzgarnos. Dejen de pretender que los demás debemos actuar del modo que ustedes consideran “correcto”.

Está claro, entonces, que el maltrato, de cualquier tipo, es algo malo.

Pero dimensiona. Contextualiza. Deja la teoría e intenta comprender: si tu esposa, criada bajo el principio de la sagrada chancla voladora, está a punto de un colapso, tras  seis horas de dedicación exclusiva al nene de dos años y medio, por piedad, por empatía, por humanidad, no intentes darle un sermón erudito sobre la civilización occidental y sus maravillosos resultados (poniendo de ejemplo a tus amigos o tu familia).

Más bien… ¿Más bien? ¡Qué te voy a decir yo! ¡Tú sabrás! ¿Hablas de amor? ¡Sabrás, entonces, cómo usar ese amor de manera adecuada para resolver una crisis! Y sabrás, también, evitar que tu hijo meta un clavo en el tomacorriente, a una distancia de 10 metros (créeme, ninguna persona con algo sentido común te criticará si, en tal circunstancia, te ves obligado a gritar o lanzar algo).

¿Por qué nos resulta tan fácil caer en el vicio de creernos infalibles y enseñar a todo mundo cómo hacer las cosas?

Voy por un café. Valeriana, mejor.