miércoles, agosto 31, 2016

El Vestido. Una catarsis, para empezar.

Estoy en Italia. He cancelado un día de playa familiar, para quedarme aquí, remordiendo el alma. 

Normalmente, cuando llego, disfruto. Contradiciendo a personas malintencionadas, no lo estaba buscando (de haberlo hecho, me habría quedado en Bilbao, hace 6 años). Tampoco lo sobrevaloro, pues la etapa de la ensoñación y las ansias de vivir la aventura ultramarina quedó bien satisfecha con horarios interminables de trabajo, concesiones y precariedad, allá por mis veinte y muchos. Sencillamente, disfruto o, al menos, lo intento.

Pero esta vez, Europa me pilla en otro lugar.

A finales de julio, mi familia y yo llegamos a Sullana. La casa de mi madre sigue siendo un espacio destartalado, plagado de cosas viejas. Sin embargo, es lo habitual, por tanto, no me incomoda.  Extrañamente, me hace sentir “en casa”. Esto es algo difícil de comprender para quien ha tenido un sitio más, digamos, “terminado”: sin rincones proveedores de polvo ni paredes de concreto crudo.

Hasta los 20 años, viví la “mediocridad” estructural latinoamericana sin vergüenza alguna, más bien como símbolo importante de mi identidad: la casita que los abuelos obsequiaron a mamá, fue construida sin instrucción arquitectónica, malas conexiones eléctricas y pésimo sistema de drenaje. Las inundaciones, durante el periodo lluvioso, eran pan de cada día. Llegué a pensar que tal cosa sucedía a todas las familias del mundo, que no había otra forma de vivir, baldear, trapear, soñar y morir.

Me ahorraré la historia de quiebra económica, es aburrida. Sólo compartiré un agridulce recuerdo de mi adolescencia: pasamos a una azotea mal cerrada, calaminas llenas de agujeros y cortinas en lugar de paredes. Mi mayor ilusión a los 14 años era tener una habitación con puerta. Nada más.

Ahora bien: aunque parezca mentira, no me quejo. Este pasado, tan presente, me ayuda a comprender por qué a mi madre le cuesta tanto invertir en remozamiento hogareño y mi abuela, de 82 años, sigue empeñada en habitar una casa que cae a pedazos.

He pasado el último mes pegada a mi abuela como garrapata, siguiéndola y llevándola a todas partes, con una cámara y una grabadora de voz. Todo muy informal, muy a salto de mata, sin mucho tiempo para planificar (mi trabajo remunerado de la temporada terminó dos semanas después de haber empezado las “vacaciones” familiares) y con bastantes conflictos de pareja. Debo reconocer que mi compañero se ha comportado a la altura de su estatura y de las circunstancias, pero no he podido evitar que las amenazas del “tercer mundo” desgasten su buen humor y generosidad habituales.

Como sea, he vuelto a compartir espacios personales con mi abuela y ha sido la mejor decisión del año. También la peor. Debí mirar de frente una realidad que me había empeñado en evadir durante una década. Ahora me siento egoísta, culpable y miserable, sobre todo cuando ella me mira sonriente y me dice estar bastante satisfecha de mis logros. ¿Cuáles logros, mamá Blanca? ¡Soy una (pinche) consultora sin trabajo estable, que se niega a reconocer su fracaso profesional! En fin, es lo que tienen las abuelas, mucha buena voluntad con los nietos, digo yo.

El caso es que ahora estoy en Italia, con la familia paterna de mi hija, y desearía con todo mi corazón seguir conversando con mi abuela sobre la cantidad de historias repetidas que no paraba de contarme. Necesito escucharlas mil veces más, para poder desterrar por completo aquellas narraciones que me habían llegado filtradas por sus hijos (mi madre y mis tíos). Los hijos podemos ser unos grandísimos cabrones con nuestras madres, incluso cuando intentamos juzgar desde el amor. Mejor sería no juzgar desde ninguna perspectiva (aplícate el cuento, nena).  

Que no se mal entienda: mi madre y mis tíos son seres humanos estupendos. Curiosos, pero estupendos. Sin embargo, esta vez, por primera vez en mi vida, he pasado de ellos, para bien.

En estos días, me estoy sorteando peligrosamente el afecto de la familia italiana. Yo lo advertí: esta introspección traería dificultades. Es normal que no haya una comprensión plena de la etapa que estoy viviendo, de la necesidad masoquista de mantener la contemplación hacia mis recuerdos y los diálogos con mi abuela, para no romper el círculo de este amor doloroso que acabo de reactivar. Soy la hija pródiga, soy la que se fue, me he permitido volver y hacer preguntas, remover heridas, invadir privacidades y secretos con una cámara y una enorme grabadora de audio…

¡Por el amor del cielo, me siento una mierda! Estoy totalmente rota por dentro, debo darle forma a una historia de ingratitud, no esperen que sea la persona más accesible del planeta justo ahora, ¡déjenme en paz!

Escrito esto, y compartido con el mundo, a falta de capacidad de decirlo claro y firme, en castellano, inglés e italiano, procedo a revisar el material audiovisual y detectar carencias logísticas.

Mamá Blanca: con todo mi complicado cariño, para ti.