jueves, mayo 26, 2016

Aligerando el peso de "criar con apego"

Advertencia: este texto está basado en mi experiencia con especialistas en crianza con apego, que fue bastante mala. Lo comparto porque sé que no soy el único caso “de rebote” y, sobre el papel, resulta más fácil de analizar y sopesar. 

También es un desahogo.

Mi hija tiene ahora dos años y ocho meses. Es una niña saludable y nació bien, gracias a profesionales médicos de una clínica privada, en Quito. He puesto en práctica todos los tópicos de la crianza con apego: con algunos, la cosa fue llevadera; otros me costaron dejar un buen trabajo y sobrecargarme de quehacer para poder acceder a proyectos laborales por cuenta propia. Estoy convencida de que yo no fui formada para esto. Sin embargo, mi hija es una niña fuerte, enfática en lo que le gusta y no le gusta y, según puedo percibir, bastante feliz. 

Va a la guardería desde hace un mes.

Ana y yo, en la Laguna Cuyabeno, diciembre de 2015.

El paradigma de la crianza con apego, del modo en que viene siendo impuesto a la sociedad occidental, se me desvela cada vez con mayor claridad como una maliciosa forma de neo-machismo, con finalidades peligrosas: ratificar el papel de las mujeres como cuidadoras instintivas (sin pago mediante, por supuesto), relegar a los padres de responsabilidades reproductivas y, lo aún peor: obligar a las madres a agregar un ladrillo más a la inmensa carga de culpas que ya llevamos, normalmente, encima.

Si no tuviste la experiencia “piel con piel” cuando nació tu hijo, ya puedes empezar a sumar traumas. Así es. A partir del momento en que sólo pudiste darle un beso y dejar que se lo lleven para revisarlo y bañarlo (mientras te remendaban la panza), tu bebé pertenece al grupo de seres humanos con alto riesgo de desarrollar conductas violentas en el futuro. Da igual si le crías con todo el amor posible, has perdido la primera batalla. ¿Qué clase de buena madre permite que bañen a su bebé apenas nacer?

Yo tuve a mi hija recién nacida en brazos hasta el día siguiente. Como me gusta mantener todo bajo control, aún en momentos de crisis, me permití solicitar a las enfermeras no cortar el cordón umbilical hasta que éste dejara de latir. Es una situación llena de sangre, fluidos y olores. No hubiera deseado hacerlo de otro modo, sin embargo, por todo el respeto que me merecen las madres, no se me ocurriría conminar a ninguna a hacer lo que hice yo. Yo soy yo. Cada una de ustedes, señoras, es cada una de ustedes. Y habrán sido plenamente dichosas en sus respectivas historias. O no, pero si pueden tener a sus niños en brazos, vivos, imagino que todo lo demás, de momento, les da igual.  

Si no amamantas a tu cría hasta que la cría quiera, debes tolerar la etiqueta de madre desnaturalizada. Ningún/a gurú de la crianza con apego se esforzará por comprender que te duele, que estás cansada, que estás harta, que, desde tu instinto materno, consideras que tu nene o nena está ya en edad de no buscarte las tetas cada vez que te mira o, sencillamente, que no te da la gana. Como mucho, y flaco favor harán con ello, se dedicarán a analizar las devastadoras causas sociales (¡abajo el capitalismo!) que han distorsionado tu naturaleza mamífera, al punto que prefieres volver al trabajo y cuidar tu carrera, que ser la abnegada protectora a tiempo completo de un cachorro ultra demandante de cuatro años de edad. 

El biberón, por supuesto, es la encarnación del mal. Eres mejor madre si permites que tu bebé llore de hambre durante horas (porque no te sale suficiente leche) que dándole fórmula.

Yo di fórmula a mi hija entre los 2 y los 6 meses. Cuando empezó a comer, ella sola dejó el biberón. Siguió enganchada a la teta, claro. Un médico cercano a la familia, amigo, me dijo: “Te van a advertir constantemente que ahora tu hija corre mayor riesgo de contraer infecciones estomacales por usar biberón, porque así está en los Manuales del Ministerio se Salud, pero no hagas caso. Allí escribimos (sí, él asesoraba la redacción de esos manuales) consideraciones generales, teniendo en cuenta situaciones extremas. Evidentemente, en un ambiente sobre expuesto a las bacterias, la tetina del biberón podría ser un vector. Pero si tú mantienes todo limpio y esterilizado, irá viento en popa”. Los médicos que tienen interiorizado eso de cuidar y escuchar a las madres, para asegurar la salud de los hijos, merecen un altar.

Si no llevas a tu bebé encima a todas partes, estás haciéndole sentir abandonado. Así de sencillo. El cochecito es un invento nefasto que las aristócratas europeas usaban para desentenderse de sus crías, por eso luego todas merecieron pasar por la guillotina (madres y crías, por supuesto, porque al ser criadas en cochecitos, no salieron buenas personas). Al bebé se le lleva cargado, envuelto en fulares de telas indias o fibra de bambú, de colores andinos, así te ves más chic.

¡Chic se va a ver la giba precoz que te va a salir dentro de pocos años, mi reina! ¿Sabes qué te digo? ¡Haz lo que te salga de los ovarios! Y si quieres portear a tu cachorro, porque no te alcanza para el coche y/o te identificas ideológicamente con el asunto, pero eres torpe para anudar telas y pañuelos (como yo), consigue alguna mochila ergonómica que se ajuste fácilmente a tu cuerpo (puedes encontrarlas de segunda mano) ¡y a caminar! 

Si no quieres dormir con tu bebé recién nacido, empezará la cantaleta de la regulación de la temperatura, la disminución del riesgo de muerte súbita, los japoneses y la madre que te parió. Los “expertos” aseguran que tu instinto hará que duermas bien y no aplastes a la criatura, pero a ninguno de ellos le importa saber tus particulares deseos. Y es que, si eres madre, deberías dejar de pensar en dormir (lo poco que puedas) en la posición que te resulte más cómoda. Más bien, te corresponde convertirte en una extensión biológica de tu cachorro, servirle de almohada, colchón, teta express y cualquier otro elemento básico de supervivencia.  

Mira: si quieres hacer colecho, hazlo, pero no hay derecho a que te miren con reprobación, como si estuvieras comiéndote a tus crías, sólo porque no se te antoja compartir la cama con ellas.

Si decides contratar una niñera en cuanto se te acabe la baja por maternidad en el trabajo: ¡Perdiste tu acreditación como madre! Pero claro, así de feo no te lo van a decir, se esforzarán por ser políticamente correctos y empezarán a trabajar la culpa desde “el sistema”. Ese maldito sistema que obliga a las mujeres a trabajar en lugar de dejarlas quedarse en casa, cuidando a sus bebés. Espera, what? ¿De qué estamos hablando? Años de lucha feminista para que las mujeres podamos gobernar la construcción de nuestras vidas, ¿y ahora resulta que la opción de insertarse en el sistema laboral es mala? ¿Me pueden explicar por qué?

Vamos a ver: las contrataciones ordinarias no son inclusivas, discriminan a las mujeres por características inmanentes, como la posibilidad de quedar encintas, parir hijos o sufrir cólicos premenstruales. A esto, sumemos  la diferencia de salarios y la exigencia de horas presenciales inútiles para valorar perfiles de ascenso. Eso es injusto y tiene que cambiar. Injusto es, también, que no haya guarderías en las oficinas. Injusto es que el padre de la criatura no asuma su co-responsabilidad reproductiva en esta historia (vale, hombre, no podrás dar teta, pero todo lo demás, sí). Injusto es que una madre con deseos de trabajar deba sentirse avergonzada por ello.

Si le pones horarios, podrías estar anulando la sabiduría natural que tiene tu hijo para mostrar sus necesidades y cumplir sus actividades biológicas. Esto tiene lógica. Lo bebés son puro instinto y sensaciones, no tienen malicia, ni necesidad de adaptarse a rutinas para estar mejor. Admitamos de una vez que establecer horarios es una necesidad de los adultos cuidadores: porque debemos trabajar, porque estamos acostumbrados a tres comidas cada día, porque así nos han formado y ya está.

No es ilícito generar rutinas en torno a un bebé, para que la vida de todos pueda ser más armoniosa, dentro de lo que cabe. No está mal pedir ayuda a la abuela para que la madre parturienta pueda tomar una ducha, tranquila. Pero pretender que el cachorro comprenda nuestras necesidades sólo nos va a traer frustraciones y enojos. No comprenden nuestras necesidades, están ocupados intentando canalizar las suyas, son puro impulso de sobrevivencia y la mamá, como primer sujeto de afecto (luego hay más), significa el ser que les mantiene a salvo. Entendamos eso, para empezar. Luego, construyamos alternativas. La abuela es una. Contratar una niñera, otra. Que mamá trabaje por la mañana y papá por la tarde, una más. La guardería, como apoyo social, también cuenta. La decisión es totalmente íntima. Quien te salga con remilgos, ya podría ofrecer apoyo logístico antes de hablar.

Como comenté hace poco a una amiga, estamos pasando del paradigma de la “superwoman”, que apenas avanza y vive estresada (gracias a la sobrecarga de trabajo productivo - reproductivo), a la falacia de la “flowermother”, que anda todo el tiempo exhibiendo una amplia sonrisa prozac, aunque su vida esté patas arriba, y nunca termina lo que empieza, porque, ¿total?, ahí sigue la sobrecarga y peinar  a los niños no es prioridad.  

Pues fíjense lo que tengo que decir a todas y todos los expertos en crianza con apego del mundo: para gurús, mi bisabuela materna, que no escribió un solo libro en su vida, ni terminó el colegio, pero apostaba por un acercamiento humano, real, con ternura y exabruptos, con días buenos y días malos, sin obligación de dar pecho a tiempo completo, con capacidad comunitaria para contener y apoyar a una madre cansada, sin juicios, ni presiones. Además, se llevaba a los nietos a dormir con ella para que sus hijas pudieran estudiar.

Eso es empatía y lo demás, paté. 

viernes, mayo 20, 2016

Eri

Bilbao, 2009

No recuerdo cada día a Erika. Es decir, no todos los días recuerdo que no está. Como sucede con las amigas alejadas por giros de la vida, podría ser que hace mucho no nos escribimos, pero, en algún momento, un destello rememora la recíproca existencia, sonreímos y seguimos felices de sabernos queridas.

Sin embargo, Erika se fue hace algunos años.

Suelo recordarla sin dolor. Hoy no. Estos días, habría querido que esa enfermedad haya sido una pesadilla y nunca se la llevara.

Erika era fiel lectora de mis desvaríos y, en público o en privado, desde Madrid, México, Francia o Guinea, respondía a mi llamado y me acompañaba. ¡Cuántas veces me acompañó, sin estar a mi lado!

Deseo que Ana pueda tener, algún día, una persona como Erika en su vida. Pero que no la pierda, que no la pierda, porque es una falta inmensa.

Aquí me quedo, con ganas de recibir un comentario suyo, alegre, pese a su propia melancolía.

De pie. 

jueves, mayo 19, 2016

Las compañeras del fondo

Siempre hablo de mis gallinas, lo sé, soy muy pesada y lo admito con orgullo. Pero es que las gallinas son, para mí, criaturas directamente asociadas a la vida de los seres humanos. Cuando Ana nació, por ejemplo, no podía concebir su aprendizaje del mundo sin el murmullo de gallinas y pollitos, allá al fondo.

Ana y Totó, primer (y único) pollito-mascota de la casa.
- 25 de febrero de 2015 -

Adoro a mis gallinas. Están locas, son asustadizas, pero identifican rápidamente a quien las alimenta, a quien asea su espacio y, por supuesto, a quien las daña. Cuando me acerco al gallinero, vienen corriendo a la puerta, para recibirme. Pero si voy con una persona desconocida, se contienen, aunque les acaba venciendo la curiosidad. 

Una vez, en un panfleto bilbaíno, leí un artículo que intentaba desprestigiar a las gallinas. El autor, antropocéntrico, afirmaba burlón que nada podía haber tan triste como la vida de un pollo. Quizás es más triste un activista de izquierdas que necesita despreciar a las gallinas para dar algún sentido a su propia existencia, digo yo. En todo caso, es verdad que los seres humanos, con nuestras ansias de consumo, hemos generado una industria dedicada a arruinar la vida de criaturas que, a su muerte, nos darán de comer. Y eso es, como poco, miserable.

Ana y Pepe, pollito que sufrió las consecuencias de ser criado por una gallina de pelea.
- 13 de septiembre de 2015 - 

La tía Quiqui criaba gallinas, preparaba remedios caseros y procuraba ejercicios de autoabastecimiento doméstico. Además, tejía, con cuatro panillas finas, unas medias de hilo maravillosas.

Entre los varios conocimientos de la tía, estaba prever precisamente el día en que una gallina empezaría a poner huevos, dejaría de hacerlo, enfermaría, se recuperaría, nacerían sus polluelos, o moriría. Lo sabía con la precisión de un reloj suizo. Por supuesto, también determinaba cuándo debía sacrificar a una de sus protegidas. Y es que, para ella, criar gallinas era eso: alimentar, cuidar y acompañar la vida de unas criaturas que, a su muerte, darían a su familia de comer, ayudarían a sobrellevar una anemia o aliviarían el resfriado infantil de alguna querida sobrina.

El Negro y el Canche, primeros pollitos nacidos en #LaCasa.
- 5 de abril de 2015 -

A partir de ese principio, con intención de combatir una plaga de hormigas sin insecticidas y bajo los efectos eufóricos de La Gallina Pintadita y El Pollito Amarillito, mi compañero y yo decidimos criar gallinas. Empezamos en febrero del año 2015, con una madre de edad mediana y dos hijos adolescentes, adoptivos (larga historia). Les pusimos Nonna Papera y los Juveniles. Luego nos obsequiaron a Totó. La Papera tuvo dos hijos más: el Negro y el Canche. Y entre una cosa y la otra, llegamos a una población de 13 aves en 16 metros cuadrados. Afortunadamente, el control de natalidad está funcionando, ahora sólo son 7 hembras en el gallinero, 2 de ellas en producción de huevos, y 3 pollitos sueltos por el jardín (de allí saldrá el próximo gallo reproductor, que quizás llevaremos a alguna finca).

"Ya vienen": de este modo anuncié que llegarían las salvadoras del huerto, para acabar con la plaga de hormigas. ¡Estaba muy emocionada! ¡Me lo imaginaba con todo y la harmónica de Once Upon a Time in the West! Cosas de frikis, no intentar comprender.
- febrero de 2015 -


Requieren mucha atención: el agua se cambia a diario; reciben dos raciones de comida al día: una de maíz y otra de sobras de verduras y frutas; limpio el gallinero superficialmente cada 3 días, para recoger el estiércol y ponerlo en la compostera (así reducimos su acidez) y, una vez a la semana, sábado o domingo, hago una limpieza profunda, que implica pasar agua con legía y remover el suelo con una pala. Esto último es de gran importancia, pues las aves entierran semillas y restos orgánicos que luego se pudren y, ¡ala, fuegos fatuos en el corral! ¡A ver a quién asesinaron esta vez, las bichas esas!

Las gallinas no son semilleras, es decir, no esparcen semillas enteras con las heces. Más bien, las semillas son la base de su alimentación, entonces, poseen un aparato digestivo que les permite triturarlas y extraer nutrientes de ellas. En compensación, la gallinaza (o pollinaza) es un abono riquísimo. Otra ventaja: las aves mantienen bajo control estricto la población de insectos dañinos para las plantas. Gracias a todo este sistema, conseguimos sostener de manera casi autosuficiente nuestro pequeño espacio de producción familiar.

A estas alturas del texto, noto que hablar o escribir sobre gallinas me hace feliz, tan feliz que olvido, voluntariamente, la parte dura del proceso: nuestras gallinas producen huevos, pero también carne. Y para obtener la carne, ya se sabe, es necesario matar.

Tercera generación: la Juvenil (gallina de pelea, A.K.A. "fina") descansa junto a sus crías (empolladas, no biológicas) en una deliciosa piscina de tierra.
- 9 de agosto de 2015 -
Cuarta generación: Nonna Papera empolló 5 huevos y sacó 4 pollitos, todas hembras: dos cariocas y dos negras.
- 18 de noviembrede 2015 -
Los polluelos crecen: el poderoso gallo Gris, la gallina Pintada y la gallina Roja (los tres de la tercera generación).
- 4 de marzo de 2016 -

Hasta el momento, no me he atrevido a matar, siempre lo hace alguien más. Yo sólo cumplo el vil encargo de coger al ave, tranquilizarla y entregarla. Aprovecho la confianza generada y la traiciono. Por convicción animista, suelo pedir perdón a la elegida o al elegido. La última vez, expliqué a la Pintada que mi hija estaba enferma y yo me encontraba seriamente preocupada. En tanto seamos consumidores de carne, no veo una opción más humana de hacer las cosas.

Última parvada (quinta generación), hijos biológicos de Nonna Papera y el gallo Gris. Actualmente, los pollitos tienen 3 meses y andan sueltos por el jardín.
- 14 de marzo de 2016 -
Producción: sólo Nonna Papera y la Roja se encuentran en edad fértil. El color de los huevos depende de la pigmentación de las gallinas.
- 18 de mayo de 2016 -

La vida de una gallina no es naturalmente triste (que la hagamos triste es otro asunto). Sin embargo, no me gustaría ser una gallina.

Voy a verlas ahora. Les daré una ración extra de maíz triturado (lo prefieren al de grano, están aniñadas) y les agradeceré la compañía y el aprendizaje. Pensar en la felicidad de mi hija al ver nacer pollitos, me ayuda a descansar de mi estado de tensión defensiva habitual. 


El grupo -casi- completo: dos gallinas de la tercera generación (Roja y Brava) y cuatro gallinas de la cuarta generación (cariocas y negras).
- 18 de mayo de 2016 -

lunes, mayo 16, 2016

La Bestia

Nunca he presumido de ser una persona buena. Tal vez íntegra, pero buena, en el sentido religioso y moral, no, nunca llegué a tanto. De hecho, mantener un equilibrio entre acciones y pensamientos me ha costado disgustos por montones, humillaciones, heridas en el orgullo y cientos de mantras u oraciones, según el momento espiritual de la vida. El tema es que no soy naturalmente buena: hacer el bien no es lo primero que se me viene a la cabeza en una situación determinada.

Fuente: http://www.fondos7.net/wallpaper-original/wallpapers/oscuridad-10915.jpg

Hacer lo correcto, eso sí. Es más sencillo hacer lo correcto, seguir un protocolo, callar si no se tiene respuestas que en verdad ayuden, acompañar si hay miedo, proteger. Lo correcto es más simple, no necesitas un móvil interno, una epifanía. No hago cosas “buenas” por ser buena persona, sino porque es así como sé que se debe hacer, por civismo, compañerismo, contrato social, aptitud, vocación u otro.

Pero no soy buena. Ni empática. Mi única acción en pos de la empatía es cerrar la boca y escuchar. Ah, y tragarme los juicios. Tengo grabados en el pecho todos los esfuerzos por no resultar demasiado prejuiciosa, ni juzgar a quien, por una razón u otra, he tenido la afortunada idea de confiarme algún sentimiento, problema o secreto. ¿Por qué a mí? ¿En verdad parezco estar medianamente interesada en tu historia? ¿En serio?

Sin embargo, sí estoy interesada en escuchar tu historia, aunque me la hayas contado cientos de veces, y seguramente intentaré ayudarte de la mejor manera posible, porque es lo que he visto hacer toda la vida a personas que quiero y admiro y, honestamente, no sé de qué otro modo actuar.

Pero sufro mucho. No es hipocresía, no me duele proceder de forma correcta, lo hago con gusto. Sufro porque los años, la experiencia, el hecho de tener una hija, no han conseguido arrancar de mí aquella bestia pegajosa y oscura, que siempre ha mantenido atrapado mi corazón y lo ha oprimido hasta provocarle infelicidad crónica. Nada, sigue allí, activa, respirando con pereza, como si en eso se le fuera la vida, soplo a soplo, latido a latido, y ni se inmuta cuando me embarga la alegría o me conmociona alguna pena.

Entonces, concluyo que no soy buena, porque las personas buenas suelen tener mucha paz, mucha calma, mucha satisfacción y mucha seguridad en avanzar hacia el futuro sin arrastrar deudas de ningún tipo. Yo, sin embargo, llevo procrastinando mi propia historia ya dos décadas. Vivo de espaldas a lo que debería haber significado mi búsqueda primigenia, el inicio de la locura, aquello que alguna vez, muerta de miedo, decidí dejar enterrado y olvidar.

Entonces, se acabó mi capacidad de escribir líneas acerca de mis destellos y de plasmar demonios en papel. Se acabó la oscuridad. Pasé a ser una deconstrucción de mí misma, sonrosada, multicolor, preocupada por alcanzar la felicidad de otros pero incapaz de asesinar a la bestia. Y allí sigue, chupando y doliendo. Allí sigue. Y, ¿sabes qué? No la enfrento porque soy cobarde, porque tal vez la batalla me lleve a perder personas sagradas y, a decir verdad, en esta lucha me encuentro inmensamente sola.

Me pregunto si mi hija se da cuenta de todo esto.

Como siempre, hay prioridades. Lantier debe descansar. Lo demás, es el espectáculo de variedades de siempre, sin otro particular.