lunes, enero 18, 2016

Des-categorizar


Tengo una hija de dos años y cuatro meses. Se llama Ana. Es lo más inmenso de mi vida. Gracias a ella, río hasta las lágrimas, incluso las veces en que la mandaría a freír monos. Tiene carácter fuerte. Me gusta. Pero debo controlarme siempre para no denigrarla cuando se obstina con algo que a mí me parece mal. Quizás el objeto de su deseo, en ese momento, no sea lo más conveniente. En eso, creo, todas las mamás de algún niño o niña de esa edad podemos estar de acuerdo, pasa a menudo. Sin embargo, y lo sé ahora, no sé corregir sin categorizar.


Crecí creyendo ser una especie de niña “superdotada”, por mis calificaciones escolares, pero también poseedora de un carácter malo. “Te traerá muchas desgracias”, sentenciaba mi madre, una y otra vez. “Así nadie te va a querer”, agregaba la multitud de tíos; “salió al padre, pues”, concluía mi abuela materna.

El único que nunca catalogó mi carácter endemoniado fue, por supuesto, papá. Ambos tuvimos siempre los mismos exabruptos (los aprendí de él). Intentó ejercer control para ahorrarme malos ratos, pero sólo consiguió que callara la rabia por varios días y la soltara toda de golpe, sin pensar. Pretender ser quien no eres, sólo para tranquilizar a los demás, nunca ha sido una buena práctica.

Tengo, por tanto, un carácter terrible, pero soy incapaz de cortar en seco y desde el principio a quien me está mortificando, sobre todo en el ámbito laboral (herencia, quizás, de una conducta “impecable” en el colegio, por obligación). Con los años, admito que he aprendido a ser más oportuna y clara al expresar mis deseos y exponer mis decisiones. Pero aún hay mucho que des-aprender.

Entonces, mi niña, que no mide un metro, lanza un sonoro “¡no!” y me quedo fría. Lo automático es: pellizcar y/o dar un palmazo en las nalgas y/o pegar un grito. Pego el grito, ¡ahí te quedas, pues! ¡Ya me avisarás cuando se te antoje! ¡Entonces me voy sin ti! Y me alejo para bajar el calentón.

Quienes estamos programados para criar pegando (porque nos pegaron), sólo tenemos dos posibles reacciones iniciales: 1) damos el golpe o 2) no lo damos, pero nos lo aguantamos. Dar el golpe desfoga y lleva, poco a poco, a la normalización de ese acto de violencia. Aguantarlo, en cambio, genera conflictos internos. ¿Por qué aguantar? Porque, de momento, no hay más. Tener más posibilidades implica haber pasado por un proceso racional que cuesta mucho. Se trata de cuestionar el modo en que nos criaron. A los 35 años y con una hija, desaparece esa capacidad adolescente de juzgar a los padres sin compasión. Es diferente. Duele.

Estoy entrenando para no insultar ni desacreditar. Ana no tiene mal carácter, ni es nerviosa (como ya algún pariente ha empezado a decir). Ana es Ana. Dichosa ella que puede negarse a hacer algo que no desea hacer, sin cargo de conciencia, sin miedo a quedar mal, sin sentirse comprometida a complacer. Y me vuelve loca, lo admito. No estoy acostumbrada a sentir frustración y mi perfeccionismo se me atasca en la garganta cuando la nena decide que quiere ir al parque con la camiseta más vieja y manchada que tiene, sin poder humano que pueda convencerla de lo contrario.

Mi compañero, en cambio, lleva todo esto de mejor humor y va por ahí con su pequeña y maravillosa harapienta, bien orgulloso y feliz. 

Paranoia alucinógena post conflicto



Acabo de volver del pediatra. Ana tiene dermatitis. Tratamiento: jabón de avena para el baño (justo ahora que bañarla es una tortura china), crema y jarabe antialérgico. ¿Demasiado para una niña de dos años? Qué se yo. Sabrá el médico, para eso tiene un título. El problema no es que Ana se la haya pasado llorando a gritos en la clínica, evitando cualquier observación detenida o retorciéndose para sacarle el termómetro del sobaco a como diera lugar.

El problema más grande es el siguiente: mi compañero verá la receta, querrá consultarlo con la Tía Caléndula (toda familia tiene su ser de luz), ella le dirá que tanta medicina para una niña así de pequeña es inhumano, anti ecológico y anti natural, nos pondremos a la búsqueda de alternativas menos agresivas y me va a tocar preparar, cada día, un menjunje de avena (mejor si de producción nacional y orgánica, porque imagina si, encima, usamos transgénicos) para aplicarlo a la nena con todo mi amor de madre y toda mi flácida fuerza bruta, porque Ana nanay mamá, eso no me lo echas encima ni loca, qué asco, puaj

El punto es que la vida debería ser más sencilla y la desconfianza preventiva aplicarse sólo en caso de antibióticos y auto medicación. Pero me encuentro aquí, cruzando los dedos para que el ungüento no tenga corticoides y vaya si los tiene, entonces, carajo, debo poner manos a la obra y empezar a preparar el menjunje de los cojones, que para eso conseguí un trabajo desde casa. Todo sea porque a la niña se le pase la picazón y pueda dormir tranquila. Pobre.

Lo irónico de esta historia es que todos los (que nos estamos peleando por ser) protagonistas sólo queremos su bien. Espero que Ana tenga pronto capacidad de mandarnos a la mierda y tomar sus propias decisiones. Lo siento, querida, pero desvacunarte no podrás. En compensación, te voy a permitir escoger si te bautizas o no. Es lo que hay. Tras todas estas batallas, debes saber que te quise con toda mi alma desde que eras pequeña como un grano de sésamo. Y ahora muevo el culo, que el menjunje no se hará solo. ¡Cumple tu deber de madre, mujer! Protege a tu hija y obedece a tu marido, que viene de un país más desarrollado y por eso sabe. 

¡Señor, sí señor!

Ah no, que no es obediencia, sino concenso...

Va pué. 

PROTOCOLO DE ATENCIÓN a personas que no son parte de nuestra población beneficiaria


Hace un año y un día, mi casa se vio invadida por personal del Ministerio de Salud Pública del Ecuador, sucursal Sucumbíos.

Mi compañero estaba de viaje con los jefes de la ONG, así que me dejó a cargo. De paso, y por accidente, se llevó mis llaves. Quien tenía la copia de seguridad, a su vez, olvidó el celular en algún lado y tardó una vida en responder.

Era aún temprano. A través de la ventana vi detenerse frente a casa una camioneta del MSP. Bajó un hombre, dio unos golpecitos, atendí, saludó y preguntó por la señorita Nombre-y-Apellidos. Ella vive en el apartamento de arriba, respondí.

Reacción siguiente: ¡Aquí es! Llamadas telefónicas, motos, gente con radios y celulares, dos camionetas más y el tipo inicial: señora, tenemos que fumigar su casa y revisar todas los posibles criaderos de zancudos. La señorita Nombre-y-Apellidos ha regresado de sus vacaciones contagiada con el virus de la chikunguña. Es el primer caso en la provincia y debemos evitar una epidemia. Ahora, si nos permite…

Así entraron a casa veinte desconocidos, en tropel, escudriñando cada rincón, haciéndome fotos, fotografiando a mi hija sin decir por qué, para qué.

Empecé a llamar al compañero. Ya estaba lejos, no podía volver.

En medio del caos, recordé que la señorita Nombre-y-Apellidos y yo nos habíamos encontrado de visita a un bebé recién nacido, días atrás. Llamé a la madre y le expliqué la situación. Mira, no sé cuál es el tiempo de incubación del virus, pero te lo digo por si acaso se puede hacer algo de manera preventiva, qué sé yo, tienes un niño chiquito, supongo que un mínimo de atención servirá para algo, aunque esperemos que no pase nada. Un abrazo. Que todo esté bien.

Esperé en el patio, impotente, sentada con mi hija en brazos, mirando cómo pisoteaban todo. Los invasores daban por hecho que el agua de las tortugas tenía larvas (pese a haberles explicado que la cambié unas horas antes), insistían con las fotografías, cogían sin permiso plátanos de un racimo colgado junto a la lavandería, reían, fingían no oírme cuando les hablaba, husmeaban, fumigaban.

¿Qué hacer? Dejarles, por supuesto. A fin de cuentas, los funcionarios sólo estaban haciendo su trabajo. Yo era una mujer anónima con una niña pequeña en brazos, sin llaves.

Fuera de casa, con otras dos mujeres del edificio, expulsadas por la misma razón que Ana y yo, nos encontró conversando la vecina rubia de la esquina. ¿Quién es la funcionaria internacional con chikunguña? ¿Eres tú?, me señaló. No. ¿Qué es eso de alguien con chikunguña?, agregó otra. Tengo entendido que es una intervención de rutina. ¡No me vengan con cuentos! Yo soy Otro-Nombre-y-Apellidos, Título-Rimbombante, he trabajado en el Hospital y el director me ha informado que el motivo de la intervención es para prevenir la expansión del virus que una funcionaria internacional ha traído a la provincia.

Siguió hablando, pero no la escuché. Como caída del cielo, apareció la portadora de las llaves de seguridad. Ana y yo podíamos entrar y… cambiarnos de ropa para salir a comer afuera. El olor del insecticida estuvo presente hasta la noche.

Días después intenté hablar con personas de la organización donde trabajaba la funcionaria internacional. Era gente allegada a nosotros, sin amistad ni gran afecto, pero allegada. De cenar algunas veces y conversar un poco sobre la levedad del ser y el calor amazónico. Pensé, estúpida de mí, que eso tendría que haberme hecho merecedora de un aviso. Algo sencillo, humano, comunitario, de tipo: oye, mira, te pido discreción con esto, ha sucedido tal cosa, tenemos entendido que ya no está en etapa de contagio, pero dado que tienes una hija pequeña y vives a tres metros de la señorita Nombre-y-Apellidos, te lo decimos por si consideras necesario fumigar. Ah, y por cierto, te va a llegar el MSP con toda la parafernalia mediática, FYI.

Sin embargo, antes de que pudiera abrir la boca, recibí recriminaciones, acusaciones de escándalo y malas caras por haber “divulgado” la noticia. El más formal tuvo el detalle de darme el número telefónico de la jefa de operaciones del MSP, para que fuera a reclamarle a ella por la exagerada intervención

Encima de todo, debí sumarme al protocolo de protección de funcionarios internacionales, callar y quedar bien con el grupo. ¿La niña? Bien, gracias, ¿ves que no pasó nada?...

La madre que los parió.

Post data: siempre estaré agradecida con la familia ítalo-ecuatoriana de Lago Agrio, por habernos auxiliado y acompañado el resto de ese fin de semana.