Solidaridad transnacional


Estimada Leidy:

Perdona que sea tan formal con mi exposición y, sin embargo, que este documento carezca de logos. Me han encargado comunicar a título personal una decisión institucional, pero ninguna persona con cargo gerencial (o, por lo menos, en nómina) ha querido tomarse la molestia. Tal parece que la responsabilidad es absolutamente mía, pese a todos los correos, intercambio de información, conferencias Skype y llamadas compartidas durante los últimos meses.

Verás Leidy, yo te aprecio. De hecho, si he llegado hasta aquí es porque, cuando te conocí y sentí tu entusiasmo, quedé verdaderamente conmovida. Estabas confiando en lo desconocido, apostaste tu tiempo y expectativas a un ente abstracto, cuyo nombre aún no sabes pronunciar con exactitud. Y eso que está todo en castellano. No te culpo, tus días transcurren en paralelo a mis rompederos de cabeza.

Ya casi hemos llegado al final. Ha sido difícil. Negociar decisiones con adultos implica, además de la propia negociación, sobrellevar rencores, enfrentamientos políticos, mala fe, mala disposición y egos dantescos. A eso, sumemos la burocracia. Aunque te parezca una broma, la burocracia es lo menos peligroso. Sabes que necesitas estos papeles, aquellas firmas y un poco de presión. Cansa, pero no tanto como el ego, propio y ajeno. El ego, mal manejado, es el peor enemigo de cualquier equipo de trabajo. No te lo deseo nunca, niña.

Como te decía, casi hemos llegado al final, sin embargo, vamos a abortar el proceso.

Sí, interrumpimos, se acabó, nos vamos.

Una de las organizaciones no ha querido firmar el documento necesario para formalizar el proyecto. Están acostumbrados a tranzar en altas esferas gubernamentales, conseguir ordenanzas o decretos. Un elemento pequeño, en un lugar perdido de las tres fronteras, sin suficiente visibilidad ni posibilidad de seguimiento personalizado, no es suficiente. Lo sé, hay entidades locales que quedan a cargo, pero no basta. Es decir, debería bastar, pero “es demasiado poca cosa”, dicen. “No tendrá impacto”.

Impacto. Literalmente, es la huella que deja algo, alguien, una acción. En la Cooperación Internacional, el impacto se mide por el número de personas afectadas de manera positiva por un proyecto (o intervención), el tiempo que los efectos permanecen activos, las decisiones locales que se toman en base a este proceso.

De ustedes no se esperaba ningún impacto. De hecho, con que contaran un poco del tema a sus compañeros de clase ya estaba bien. En cambio, han conseguido asesoramiento de técnicos de los gobiernos locales para cuestiones productivas, tendrán un centro de interpretación y sus padres están en contacto directo con representantes de una entidad gubernamental provincial, por si en algún momento les interesa algo más grande.

Sin embargo, la organización no considera que todo este desgaste de energía, sobrellevado sólo gracias a ti y tus compañeros, tenga en verdad un impacto. No me preguntes qué quieren, qué necesitan, porque no lo sé.

No te pongas triste y, por favor, trata de comprender: yo valoro todo tu esfuerzo. Valoro que hayas convocado a tus compañeros, que llegaras a la capital con tus propios recursos, sin pedir reembolso de pasajes. Valoro también que uno de los chicos del grupo promoviera que entre ustedes consigan comida para los trabajos comunitarios y camine 10 kilómetros hasta la carretera para asistir a cada encuentro. También me hace ilusión verles contentos, con ganas de aprender. Ustedes y yo sabemos que todo lo demás es un pretexto, un motivo, lo tangible que las personas materialistas necesitan para sentirse a gusto. Lo importante, como comentaron desde el primer taller, era aprender.

Pero bueno, ahora el proceso se ha interrumpido. Sin ese papel firmado, nadie continuará trabajando, son exigencias básicas. No se trata de voluntad, sino de recursos. Ninguno de los técnicos, por ejemplo, puede solicitar movilidad a su organización para llegar hasta donde estás, si no lo respalda un compromiso sellado. Así funciona y, perdóname, no lo puedo cambiar.

Entonces, así quedamos. O no quedamos. Lo siento, se me pega el estilo “e-mail institucional”, a veces digo o escribo cosas vacías, muletillas necesarias para transmitir una especie de neutralidad revestida de respeto. ¿Respeto a qué? No sé. Ya no sé qué es lo que respeto. A mí misma, en este momento, no, desde luego que no. A ti, sí, muchísimo, pero suena falso en estas circunstancias, suena a adulación.

Quizás, si cortaba esto de raíz, ni siquiera se habrían creado ilusiones y todos estaríamos más contentos ahora. No es sencillo tomar decisiones que hagan bien al grupo entero. Estoy confundida, avergonzada y lo siento mucho. Sólo te pido comprensión. 

Eventualmente, entenderás. Sin hacerte cínica, espero. Aunque tal vez sólo el cinismo nos hace capaces de entender estas cosas. O aguantarlas con la boca cerrada. O lo que prefieras pensar tú.

No me enojaré si, justamente, te enojas conmigo. 

Gracias, más bien, por terminar lo empezado. 

Gracias, en verdad.

Comentarios

Entradas populares