lunes, enero 18, 2016

PROTOCOLO DE ATENCIÓN a personas que no son parte de nuestra población beneficiaria


Hace un año y un día, mi casa se vio invadida por personal del Ministerio de Salud Pública del Ecuador, sucursal Sucumbíos.

Mi compañero estaba de viaje con los jefes de la ONG, así que me dejó a cargo. De paso, y por accidente, se llevó mis llaves. Quien tenía la copia de seguridad, a su vez, olvidó el celular en algún lado y tardó una vida en responder.

Era aún temprano. A través de la ventana vi detenerse frente a casa una camioneta del MSP. Bajó un hombre, dio unos golpecitos, atendí, saludó y preguntó por la señorita Nombre-y-Apellidos. Ella vive en el apartamento de arriba, respondí.

Reacción siguiente: ¡Aquí es! Llamadas telefónicas, motos, gente con radios y celulares, dos camionetas más y el tipo inicial: señora, tenemos que fumigar su casa y revisar todas los posibles criaderos de zancudos. La señorita Nombre-y-Apellidos ha regresado de sus vacaciones contagiada con el virus de la chikunguña. Es el primer caso en la provincia y debemos evitar una epidemia. Ahora, si nos permite…

Así entraron a casa veinte desconocidos, en tropel, escudriñando cada rincón, haciéndome fotos, fotografiando a mi hija sin decir por qué, para qué.

Empecé a llamar al compañero. Ya estaba lejos, no podía volver.

En medio del caos, recordé que la señorita Nombre-y-Apellidos y yo nos habíamos encontrado de visita a un bebé recién nacido, días atrás. Llamé a la madre y le expliqué la situación. Mira, no sé cuál es el tiempo de incubación del virus, pero te lo digo por si acaso se puede hacer algo de manera preventiva, qué sé yo, tienes un niño chiquito, supongo que un mínimo de atención servirá para algo, aunque esperemos que no pase nada. Un abrazo. Que todo esté bien.

Esperé en el patio, impotente, sentada con mi hija en brazos, mirando cómo pisoteaban todo. Los invasores daban por hecho que el agua de las tortugas tenía larvas (pese a haberles explicado que la cambié unas horas antes), insistían con las fotografías, cogían sin permiso plátanos de un racimo colgado junto a la lavandería, reían, fingían no oírme cuando les hablaba, husmeaban, fumigaban.

¿Qué hacer? Dejarles, por supuesto. A fin de cuentas, los funcionarios sólo estaban haciendo su trabajo. Yo era una mujer anónima con una niña pequeña en brazos, sin llaves.

Fuera de casa, con otras dos mujeres del edificio, expulsadas por la misma razón que Ana y yo, nos encontró conversando la vecina rubia de la esquina. ¿Quién es la funcionaria internacional con chikunguña? ¿Eres tú?, me señaló. No. ¿Qué es eso de alguien con chikunguña?, agregó otra. Tengo entendido que es una intervención de rutina. ¡No me vengan con cuentos! Yo soy Otro-Nombre-y-Apellidos, Título-Rimbombante, he trabajado en el Hospital y el director me ha informado que el motivo de la intervención es para prevenir la expansión del virus que una funcionaria internacional ha traído a la provincia.

Siguió hablando, pero no la escuché. Como caída del cielo, apareció la portadora de las llaves de seguridad. Ana y yo podíamos entrar y… cambiarnos de ropa para salir a comer afuera. El olor del insecticida estuvo presente hasta la noche.

Días después intenté hablar con personas de la organización donde trabajaba la funcionaria internacional. Era gente allegada a nosotros, sin amistad ni gran afecto, pero allegada. De cenar algunas veces y conversar un poco sobre la levedad del ser y el calor amazónico. Pensé, estúpida de mí, que eso tendría que haberme hecho merecedora de un aviso. Algo sencillo, humano, comunitario, de tipo: oye, mira, te pido discreción con esto, ha sucedido tal cosa, tenemos entendido que ya no está en etapa de contagio, pero dado que tienes una hija pequeña y vives a tres metros de la señorita Nombre-y-Apellidos, te lo decimos por si consideras necesario fumigar. Ah, y por cierto, te va a llegar el MSP con toda la parafernalia mediática, FYI.

Sin embargo, antes de que pudiera abrir la boca, recibí recriminaciones, acusaciones de escándalo y malas caras por haber “divulgado” la noticia. El más formal tuvo el detalle de darme el número telefónico de la jefa de operaciones del MSP, para que fuera a reclamarle a ella por la exagerada intervención

Encima de todo, debí sumarme al protocolo de protección de funcionarios internacionales, callar y quedar bien con el grupo. ¿La niña? Bien, gracias, ¿ves que no pasó nada?...

La madre que los parió.

Post data: siempre estaré agradecida con la familia ítalo-ecuatoriana de Lago Agrio, por habernos auxiliado y acompañado el resto de ese fin de semana. 

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