miércoles, enero 14, 2015

Excusas razonables


Me cuesta escribir. Temo sentarme frente a mi laptop y tener que levantarme en el preciso momento de la inspiración, para atender algún requerimiento (natural y justo) de mi hija de 16 meses. Arrastro el mismo miedo desde hace años, extrapolado al trabajo, la pareja, el corte de energía eléctrica. Excusas, sí, pero excusas razonables, posibles, adecuadas a cualquier procrastinación con algo de clase.


El tema central es el siguiente: a veces, cuando tengo tiempo y no estoy muriendo de sueño, releo algunas publicaciones pasadas y siento un retortijón en las tripas. No me reconozco. Me gusta, pero no soy yo. Quien escribe es una mujer joven, ansiosa de experiencia, idealista, temeraria y dulcemente triste. Lo anterior a dulcemente es manejable, pienso. No se llega a los 34 años sin escarmientos, digo. Pero la tristeza... La tristeza me puede, me asusta, no tengo ganas de enfrentarla y verme dividida en piezas, piezas multicolor que laten, cantan, cuentan una historia, escriben sin dudar, transmiten sin descanso, disfrutan enredando la narración hasta reventar y hacerse aún más pequeñas, más sangrantes, más tristes...

¿Por qué no escribes más?, me preguntó, hace poco, un querido amigo escritor. Porque no quiero despertar a la bestia, respondí. Asintió, entendió, comprendió y, con respeto, calló.

En todo caso, puedo intentar narrar el día a día o hacer una insoportable crónica sobre las vacaciones más trabajosas de toda mi vida adulta y consciente. Estuve a punto de matarlo, estuve a punto de morirme, pero los bajones y las crisis del tercer tipo no pueden sostenerse mucho tiempo si tienes al lado una niña pequeña, llena de alegría, amor por la vida y frugívora avidez. 

Por cierto, acaba de despertar y es hora de almorzar. Hasta luego, pues.

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