domingo, agosto 04, 2013

Los niños, las niñas y yo


He de confesarlo: no me gustan los niños. Suelo llevarme bien con ellos (dicen que tengo “ángel”), pero una cosa es ser capaz de establecer relaciones saludables y otra bien diferente que me gusten porque sí, porque son niños y eso debería ser suficiente motivo para gustar de ellos. No, no, y no, aunque me llamen amargada a todo nivel.

Desde que cumplí 18, sólo he estado totalmente cómoda con cuatro niños: Salma, Andrea, Iñaki y Lucas.

Andrea, 3 años, hija de un amigo vasco. Nos queríamos mucho, pero no porque ella era niña y yo, una adulta soltera que podía prestarle atención. Con los niños pasa como con cualquier ser humano: al principio hay distante observación. Luego, si sucede el “gancho”, empieza a nacer el cariño. Y cuando quieres a alguien, le quieres con niñerías incluidas. Y es recíproco.

A Andrea yo no le tomaba el pelo y ella no hacía berrinches mientras estaba conmigo. Podía hablarle sin mimarla y ella, llamarme para jugar, sin cansarme. Nunca tuve intención de hacerla comportarse “como adulta”, sencillamente exigí un razonable respeto de espacios que ella asumió sin dejar de ser niña. Quizás por eso éramos capaces de estar juntas durante mucho tiempo, haciendo trastadas, corriendo y muriendo de risa.

Salma, de 2 años, fue mi compañera de piso por varios meses en Guatemala (larga historia). En tales circunstancias, no es difícil conocer y querer.

Me contrataron para cuidar a Iñaki durante la temporada del Máster en Bilbao. Era un bebé. Bicho despierto y llamativo. Gran compañero de paseos.

Lucas, el hijo de mi amiga Indira, sencillamente genial. 

Entonces, me gustan Salma, Andrea, Iñaki y Lucas, en sus respectivas singularidades. Pero no todas las niñas y niños del mundo.

En general, niñas y niños son sujetos de derecho, merecen mucha protección y comprensión, nadie debería hacerles daño, condicionar su conducta a golpes, insultarles, forzarles a trabajar en actividades riesgosas, privarles de garantías básicas, violarles, secuestrarles, asesinarles. Frente a tales circunstancias, soy una defensora incansable.

Pasando a ámbitos más personales, se me encienden las alarmas cuando veo una adolescente cuidando de un hermano o hermana mucho menor. Esos típicos casos del embarazo inesperado de la madre, 12 o 13 años después de su último parto, que convierten a las hermanas mayores en empleadas a tiempo casi completo, al servicio del “nuevo gran motivo de felicidad”. Y una mierda.


Cuidar de un bebé es duro. Más duro aún si eres chica, tienes 13 años y te ha caído la responsabilidad de ayudar a criar al esperado varón. Probablemente, padre y abuela paterna se pondrán en tu contra y te regañarán de manera violenta por todas las travesuras del pequeño, tu madre estará irritada y cansada, se hará de la vista gorda y aprovechará tu mano de obra sin dudarlo mucho, otros miembros de tu familia se comportarán cual consentidores babosos, luego que a ti te metían bronca hasta por caminar con los pies torcidos. Y deberás comprenderlos: todos han envejecido desde tu nacimiento. 

Esto suele suceder, con mayores o menores malos tratos a las niñeras de turno. Cuando he podido preguntar a algunas madres sobre la situación, me han respondido, muy sueltas de huesos: “Le toca, pues, para eso es la hermana mayor”. ¿Le toca? Perdone, señora, pero la criatura es suya, usted tuvo el orgasmo (si lo tuvo), usted la parió y si a alguien “le toca” es a su digna persona y a su digno cónyuge, no a la pobre muchacha que seguramente no puede ni estudiar bien ni tontear con sus amigas, por atender al reyezuelo.

Comprendo que las familias se organizan internamente como mejor pueden, pero asumir el apoyo de cada miembro como una obligación, sujeta a correcciones prepotentes, es un riesgo que siempre, siempre se corre en estructuras desiguales. La mayoría de núcleos familiares son estructuras desiguales.

Pero en fin, no me gustan los niños. Ni los “bien educados”, que comen los chizitos a pequeños mordiscos (créanme, para algunas madres esa es la gran cosa) ni los “mal educados”, que lanzan manotazos a sus pobres progenitoras al primer deseo no satisfecho. Soy perfectamente capaz de llevarme bien con un modelo o con el otro, una vez superadas las presentaciones iniciales, siempre y cuando el cachorro humano entienda que no me voy a tirar al suelo a jugar sólo porque se le da la gana y que al primer manotazo se queda allí, sin perro que le ladre. A mí no me vale esa estupidez de “es chiquito, no sabe”. Si un niño golpea, conoce muy bien el poder de los golpes. Probablemente, ve golpes a su alrededor, tal vez los padece. Adultos del entorno: déjense de cojudeces y busquen ayuda psicológica cuanto antes.

No me gustan los niños, por tanto, no les hago el más mínimo caso cuando lloran por capricho. ¿Cómo sé que es por capricho? Un ejemplo: están dibujando juntos y de pronto tú pintas uno de los pétalos de tu flor de un color, él/ella te dice que lo quería de otro, tira todo y empieza a llorar. Eso es capricho. Si se porta así “porque está cansado/a” (excusa típica), que lo aguanten sus padres o abuelos, principales responsables de su poca tolerancia al fracaso. Yo, a lo mío, sin cargo de conciencia.

Como no me gustan, me irrita cuando les obligan a darme besos o abrazos. Pequeño o pequeña: si no quieres, no me beses. Yo tampoco tengo ganas de besar a un desconocido. Quizás, luego de jugar, conversar un poco y ver que nos llevamos bien, a ti y a mí se nos quite el reparo. De momento, establece tu relación conmigo como te plazca, pero no se te ocurra abusar, porque te voy a poner el pare. 

Ahora bien, si se trata de jugar, y tengo ganas, me apunto sin problema. Una de las cosas que admiro de los niños (no me gustan, pero tampoco estoy ciega) es esa capacidad de correr por correr, saltar por saltar y jugar por jugar, sólo por disfrutar el proceso, sin pensar quién llega primero. A la gente de mi edad se le enciende el afán de competencia antes de saber siquiera de qué va el asunto. No hay nada más patético que un treintañero reclamado un punto. En este sentido, los niños no son naturalmente idiotas.

Entonces, sí, cuando quiero jugar con una pelota o correr un poco, tener niños al lado es maravilloso. Además, aunque no me gusten los niños sólo por el hecho de ser niños, no me molestan alrededor (salvo me duelan las muelas). Es cuestión de personalidades. El “dejad que los niños vengan a mí” no va conmigo. Prefiero saber quiénes son, antes de decidir si me gasto en un afecto o no. A fin de cuentas, ellos también deciden, tienen personalidad, gustos y preferencias.

Así voy por el mundo: admitiendo que no me gustan los niños, pero dando la impresión de que me encantan y que yo les gusto a ellos, quizás porque no les huyo: los niños son parte de nuestras sociedades, su coexistencia con los adultos es necesaria. No me resulta para nada incómodo cargarlos, entretenerlos, cambiarles los pañales y conversar con ellos, da igual si tienen 7 meses o 7 años. Soy capaz de comprender sus limitaciones sin subestimarlos, pero también de establecer mis pautas, para evitar que se me suban a la yugular, todo esto porque parto de un principio básico: los niños no son tontos.

Escribo todo esto porque llevo meses reflexionando acerca de mi real actitud hacia los niños...

Además, aún me quedan aproximadamente 47 días para permitirme altas dosis de sarcasmo y cinismo, antes de tener conmigo a mi hija o hijo. Dicen las malas lenguas que el bebé me transmitirá una especie de infección crónica, disminuirá mi sentido de la vista, agudizará mi olfato y oído, me producirá hipertrofia cardíaca, empezaré a alucinar con ángeles y padeceré paranoia compulsiva el resto de mi vida.

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