viernes, julio 12, 2013

Relato (cuasi escatológico) doméstico


El único indicio de que aquello pudo haber empezado a ocurrir antes de ir a Perú para las fiestas de fin de año, es una extraña respuesta que di, con plena espontaneidad, cuando alguien me preguntó por mis impresiones iniciales de la nueva ciudad: huele feo.

Mi compañero me miró preocupado y un poco incómodo, pues conocía muy bien mi mala predisposición hacia Lago Agrio (aún activa en ciertos aspectos). Entonces, hice un pequeño "arreglo": debo haber percibido un mal olor y se me ha grabado, entonces ahora estoy generalizando y digo que la ciudad huele feo, pero no es verdad.

Terminaron las fiestas y volvimos a Lago, atravesando Ecuador de suroeste a noreste. Tras 18 horas de viaje en uno de los peores buses de mi historia, y casi sin sentir el taxi desde la terminal, entramos a casa y aquella miasma agridulce y fosforescente me recibió con un fuerte golpe en la cara.

Intenté atar cabos: teníamos ratones en el solar del fondo y una noche nos topamos con una rata husmeando en la cocina. Ratas y ratones + olor agridulce: por aquí hay un cadáver.

Lo comenté a mi compañero, quien nunca en vida sua se había topado de cerca con un animal muerto en estado de descomposición. Ignoraba, por tanto, cualquier indicio olfativo referente al tema y como buen hombre (además, italiano) decidió que yo estaba alucinando.

Como usté diga seño, intentaré seguir viviendo normalmente pese a la hediondez imaginaria, pué.

Pasaron pocos días, cuando una mañana de esas en que me encontraba intentando ser una buena ama de casa (afortunadamente para ambos, tal situación duró un suspiro) percibí el origen indiscutible del hedor. ¡Imaginario, mis tetas! ¡Aquí ha muerto un bicho y un bicho grande, además! 

Esperé a mi querido esposo con una sonrisa en los labios y una demanda firme: debemos abrir la estufa, lo que apesta está allí. 

Aún incrédulo, pese a admitir que, en efecto, olía a rayos, fue por la caja de herramientas y, de mala gana, levantó la lámina de las hornillas. El algodón que rodeaba el horno estaba roído y manchado por un líquido marrón y baboso. ¿Habrá habido un nido? Sí, seguramente. Pero, ¿y si movemos un poquito aquí? 

Gusanos. 

La lógica del compañero nos llevaba a la conclusión de que era un nido de gusanos. Con bolitas de caca de roedor, claro. Pero nido y de gusanos. Punto. Eché un vistazo... 

Amor, en serio, hay un cadáver. 

¿Cómo lo sabes?

Porque huele a cadáver...

Ah, pero también puede ser la caca y...

¡Y estos son gusanos de muerto! 

¿Eso cómo lo puedes saber?

Pues verás...

Hice una lista ligeramente ilustrada de la cantidad de ratas difuntas que habíamos encontrado en casa, cuando vivíamos en un primer piso, techo de calamina, espacios entre nuestra pared y la del vecino y una extraña obsesión de mis padres por poner veneno en todas las esquinas.

El pobre, anonadado, procedió a desenroscar todos los tornillos circundantes, a fin de abrir la estufa lo más posible y ver qué encontrábamos. Moviendo aquí y acá, asomándome por las rendijas, pude ver, por fin, a un costado y ya casi en el suelo, la enorme y macabra silueta. 

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Limpiar todo el despelote fue un reto asumido en equipo, aunque me tocó llevar la voz cantante debido a la acumulación de experiencias similares. Lo más difícil fue eliminar totalmente la pestilencia, nos llevó una semana de lavados con lejía, perfumes, ventanas abiertas y ventiladores. 

Una de las decisiones positivas luego de esto fue que, en definitiva, no usaríamos veneno para combatir ratas y ratones, pues ninguno de los dos tenía intenciones de acarrear cuerpos (la casera y los vecinos ya andaban promocionando un raticida industrial ultra químico). Entonces, gato. Mejor gata, las hembras cazan más. 

A las dos semanas llegó Rita y nuestra vida se hizo más feliz. 

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