viernes, junio 17, 2011

Taxi viejito

NOTA: esta es una experiencia sui géneris, no intento inducir a nadie a cambiar sus hábitos y precauciones. Yo soy yo y mis circunstancias. Que quede claro.

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La gente siempre quiere subirse a los carros bonitos, desprecian los destartalados como quien huye de un pasado turbio, aún cuando lo han detenido segundos antes y el conductor ya está preguntando a dónde van. “No, no”, balbucean, haciendo un gesto estúpido con la mano. ¿Tanto cuesta agacharse un poco, mirar al chofer, decirle: “Lo siento, lo paré por error, muchas gracias y perdón por las molestias”. No, lo dejo sin explicación y me voy a buscar un carro más chévere, como si eso me asegurase que nadie me va a violar o robar allí. Vaya criterio...

Era mayo, por la noche. Me encontraba en plena Avenida Faucett, frente al Jorge Chávez, con los rezagados de Armonía 10, intentando buscar un taxi que me llevara a Surco por veinte soles. No desvariaba, existen. Fue buena la espera, pude dar a mi hermano todos los besos y apretujones que se me antojaron entre cada “no” rotundo o arranco sin dar respuesta, porque así de chulo creo que soy. Quizás un poquito de buena educación me habría animado a pagar más.

Se hacía tarde y al día siguiente tocaba viaje interamericano (gracioso asunto, bien podría haberme quedado allí de haber llevado las maletas). Empezaba a inquietarme. Pensé que tendría que aflojar un poco la cartera y ofrecer algo más, pero me daba rabia haber llegado hasta San Martín (y luego al Callao), desde Surco, en transporte público, y tirarme 400% más de taxi para la vuelta. Todas las combis “fuera de servicio”, por supuesto.

¿Qué hacer ante tal tesitura? Fingir que todo está bien frente al respetable, intentar que la espera no resulte aburrida y de pronto ver que se detiene un taxi blanco bastante feo y pequeño, y el hombre de dentro pregunta con los ojos negros muy abiertos y un gesto sereno: ¿A dónde va, señorita? ¡A Surco! ¿Cuánto para Surco? Quince soles, me dice. Y yo corro a despedirme de mis compañeros de faena, dar muchos más besos a mi hermano y acomodarme en el asiento del copiloto, colocarme el cinturón y hacer “chau” con la mano, toda sonriente y sin pizca de reina, pero satisfecha

Se hace llamar Juanito. Juanito Mil Oficios. Es tacneño, divorciado, tiene dos hijas casi de mi edad y trabaja porque así hace frente a las emergencias económicas que siempre ocurren. Se cuida mucho de quién sube a su carro, habla con amabilidad e interés, no da consejos sin que se los pidan y cuenta su vida de manera divertida. Por entonces, se mostraba algo escéptico al panorama electoral, todo lo escéptico que puede ser un estoico de solemnidad. Pero prefería el respeto a La Memoria, sin más. Por lo general, quienes se dedican a vivir, poco tiempo tienen para filosofar.

Me llevó durante 25 minutos y por larguísimas carreteras a mi destino. Me dejó en la puerta de casa, me dio su teléfono para cualquier otra carrera (no fui capaz de decirle que estaba a punto de salir del país) y una dirección de correo electrónico, por si surge una eventualidad. Creyente y educado, como buen cincuentón criado a la antigua y con cierta formación militar, me dio un apretón de manos que se convirtió en abrazo honesto y muchas bendiciones.

Creo que en verdad soy una buena copiloto.

No se hizo de rogar cuando le dije que se quedara con el vuelto de veinte, dada la distancia. Agradezco a la vida el poder permitirme estos gestos. Llegué con bien. Fue un domingo genial.