martes, marzo 08, 2011

Da igual cómo, siempre deben mantenerse bonitas y "limpias"



Un gran número de hombres (demasiado alto) tiende a pensar y sentir que el sacrificado sufrimiento de las mujeres es muy romántico. Desde la abnegación maternal (elevada a niveles angélicos) hasta la "dulce" locura que ayuda a evadir el recuerdo del amante ausente, historia, música y literatura están plagadas de mujeres-víctimas cuya salvación y dignificación no es otra que ser las privilegiadas donantes de ese inmenso amor doloroso y cansino, sádico generador de dignidad.

La heroica prostituta ha de ser reconocida como tal (como heroica pese a puta) por el valiente (aquí: caballero andante, vaquero, antropólogo blanco, marine, escritor, etc.). Entre putas, no hay lugar para la admiración. O tal vez sí, en historias escritas por hombres "bohemios" y mujeres menospreciadas por ser "feministas", como si ser feminista fuese un virus que reduce la capacidad intelectual, en lugar de brindar una perspectiva diferente para mirar la vida.

Cualquier ideología o persona que cuestiona el sistema establecido será subversiva. Lo fue Jesús de Nazaret. Occidente se ha hecho cargo de encumbrar a unos y sepultar a otros y ha ponderado las corrientes filosóficas más convenientes, según la época. Esto se sabe. ¿Existen, entonces, verdades incuestionables?

Como agnóstica ilustrada, respeto la fe de los demás, pero me estoy volviendo irritable en una sociedad anestesiada e invadida de superstición, llena de creyentes decentes que van por la vida mirando hacia el otro lado y pecando de omisión.

Tiendo a teorizar sobre comportamientos sociales, pero trato de jugar con generalidades y probabilidades y, con mucho esfuerzo, evitar prejuicios. Sin embargo, muchas veces no me libro de ser juzgada. Prerrogativa de cada quién, qué se le va a hacer.

Pocos días atrás, un hombre decente decidió despreciar mi amistad y cariño al enterarse que hace algún tiempo, en España, en mi condición de mujer inmigrante latinoamericana y pobre (aunque no en la miseria), me planteé la posibilidad de aceptar las atenciones de un joven a cambio de asegurar un negocio favorable a la mujer que me pagaba el salario. ¡Eso es prostitución!, expresó indignado. ¡Y no, tú no, tú no!...

¿Yo no? ¿Por qué no? ¿Qué me hace diferente y menos vulnerable que cualquier otra mujer en mi situación? Desesperada, confusa, incapaz de percibir mis propias capacidades porque alguien -otra mujer- se había hecho cargo de reducirlas al mínimo, lo justo para tener una servidora fiel. Sin recursos.

El hombre decente no me dejó terminar la historia, se despidió diciendo "fue un placer" y manifestó un simpático deseo: "espero que la próxima vez que lo hagas con alguien, sea porque quieres".

Catalogada y descartada sin posibilidad de réplica, me guardé cualquier explicación extra. Borré, apagué y me fui.

El final era éste: no tuve necesidad de hacer nada por interés, pues soy una chica afortunada y tengo buenos amigos. El joven del favor nunca otorgado es ahora uno de ellos. Los límites de la moral tradicional varían cuando prima la necesidad de supervivencia y haberme encontrado cerca de la frontera me ha permitido ser capaz de no juzgar. O por lo menos, dejarme de tarea constante intentar no hacerlo.

Y procurar ser feliz...

jueves, marzo 03, 2011

Lo que no debería cambiar



Temo haber perdido el sentido de la diversión. Estuve en una clase de Karate hace algunos días, el Karate es una disciplina (un arte) que llamó mi atención desde siempre. De 5 a 8 años la practiqué con ahínco, mis padres me metieron a la academia porque los ejercicios podían ayudarme con la rehabilitación. Volví a intentarlo a los 14, pero ya era una adolescente gorda y llena de complejos. Lo dejé irremediablemente.

Estuve en una clase de Karate hace algunos días, una clase de prueba, para mirar qué tal. El gimnasio queda por aquí cerca, en un edificio grande y elegante. Demasiado caro. Pero también demasiado divertido para ser Karate. Quizás estoy juzgando con atrevida ignorancia una moderna metodología probada, comprobada y bien valorada. Pero era divertida y acelerada, según los parámetros del siglo XXI, y el único que pegaba gritos era el sensei (con musculatura de pesas y mancuernas). A nosotras nos recomendó echar el aire con fuerza al tirar cada patada. Eché de menos el kiai.

A pocos sufrimientos físicos me he sometido los últimos diez años. Ha habido regímenes alimenticios estrictos y prolongados, complementados con otras prácticas nada saludables que me han dejado como recuerdo una deliciosa gastritis crónica. Eso, entre los 19 y 21 años. A los 22 años cambié la estupidez del peso por otra peor: el enamoramiento. Pero esa es otra historia. A los 23 fui por primera vez a la sierra y empecé a viajar por Perú. Conocí las montañas. Descubrí que tenía excelente forma física para el senderismo y desde entonces hasta los 27, fui una caminante respetada en mis círculos más cercanos.

Abocada a esta actividad “deportiva” (que yo siempre consideré de espiritual contemplación), perdí las uñas de los pies en repetidas ocasiones, padecí ampollas, picaduras de insectos antediluvianos, quemaduras de segundo grado, moretones y lesiones varias. La peor, en las rodillas, que aún se hace sentir, sobre todo cuando hay frío. Pero era feliz. De hecho, con ninguna otra actividad física me he sentido tan inmensamente feliz, aunque se tratase, muchas veces, de un sencillo medio de locomoción entre dos caseríos distantes, uno a cada lado del valle, a más de dos mil metros sobre el nivel del mar.

Me gustaba caminar, además, porque eso me permitía compartir por algunas horas el día a día de personas aisladas. Comprendía sus pies enormes y feos, sus uñas gruesas, su musculatura desarrollada a base de pico y pala, atados de leña, durezas de vida, de las de verdad.

Creo que tiendo a hacerme demasiadas preguntas. Ahora mismo soy la chica más fea. En Bilbao, nadie notaba que era fea. En Perú, creo que tampoco. Aquí lo soy, y bastante. Pero sólo en determinados momentos, con algunas personas. Cuando estoy cenando con mis compañeras de piso, por ejemplo, no me siento fea. En la oficina, tampoco. No soy fea en el Carmelo, ni en el Buen Pastor. No fui fea en Santa Cruz de Chinautla, aunque todo el tiempo me rodearon niñas aún más bonitas (que pensaban que la bonita era yo, pobrecillas). Pero soy fea en la calle, en este barrio, en el área de alrededor. Y soy fea, entre otras cosas, porque digo cosas idiotas de las que nadie quiere hablar y no tengo suficiente dinero -pese a la beca- para vestirme con mejor ropa (y disimular que no soy flaca).

El otro día le dije al espejo que no es ésta una buena edad para dejarse avasallar por ciertas actitudes discriminatorias (todas inconscientes, claro). Quizás soy la única en el ámbito que no habla fluidamente el inglés (eso me hace más fea todavía), pero al menos sé que aún queda mucho…

Pasado mañana es el cumpleaños del hijo de Olga. No recuerdo cómo se llama el niño. Debo comprarle un juguete (NO OLVIDAR).