jueves, diciembre 30, 2010

¿Caballerosidad, discriminación o todas las anteriores?

Mantengo un saludable conflicto con mis amigos más conservadores y “bien educados” respecto a todos aquellos gestos de “caballerosidad”. Pero antes de empezar a despotricar, me permitiré decir que me gustan las personas con buenos modales. Esto implica: saludar mirando a los ojos, respetar las normas de tránsito, ceder el asiento a quien esté más cansado o cansada, no aprovecharse malamente de los demás, etcétera.

(Admito variantes culturales, con total intolerancia a la auto humillación).

Pero el asunto de la “caballerosidad” va más allá del sencillo “estar bien”. Implica una clara relación de poder, donde el hombre protege y la mujer se deja proteger. Es propio de una "dama" dejarse proteger y las mujeres que han roto ese sistema, a lo largo de la historia, han sido llamadas de mil formas. Ahora mismo, somos “modernas”, “liberales” o “feministas” (en sentido peyorativo, además). Pero nunca, sencillamente, mujeres. Un calificativo debe acompañar nuestra forma independiente de ser, pues llamándonos sólo “mujeres”, somos incomprensibles.

Partiendo, entonces, de que la “caballerosidad” es fruto de un sistema de relaciones desiguales entre “el que conquista” y “la que se deja conquistar”, “el que mata dragones” y “la que espera ser rescatada por su héroe”, y demás imágenes épicas, me niego a ser parte del juego. No hay que ser muy listo para entender la carga patriarcal detrás del modo en que se han establecido las reglas. Todo a nuestro alrededor facilita el desenvolvimiento público de los hombres, en tanto las mujeres necesitamos constante vigilancia y compañía, porque nos encontramos expuestas y resultamos vulnerables. El inconsciente colectivo nos percibe en desventaja.

Es verdad, somos físicamente más frágiles que los hombres, pero si las estructuras sociales hubiesen sido pensadas con una visión de equidad, no por hombres-autoridad que "en la intimidad, consultaban con sus esposas”, el riesgo de sufrir acoso, abuso o malos tratos sería menor.

Quienes hicieron las reglas creyeron que la historia no cambiaría: nuestra prioridad, como mujeres, siempre será conseguir un marido que, entre otras cosas, cuide de nosotras.

El hombre es el único animal capaz de dañar a las hembras de su especie.

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El colmo de la tontería es cuando algún hombre lastimero y bienintencionado pretende hacernos sentir mal por rechazar sus atenciones y no dejarle ser educado. Olvidan, por ejemplo, que una primera regla de educación es preguntar: ¿Puedo hacer algo por ti? Si no, estaremos repitiendo la historia del boy scout que ayudó a cruzar la calle a la viejecita que no quería ir al otro lado de la calzada. No interferir, sino buscar la cooperación. Ahí hay equidad, por supuesto, pues se parte del respeto a la voluntad de la mujer, y no la imposición de una ayuda, sólo por mantener una trasnochada imagen de caballerosa galantería.

Tratándose de mí, algunas veces los chicos me piden llevar la bolsa pesada sólo para evitar las burlas y recriminaciones de sus amigos. Comprendo el reparo, pero yo misma he debido superar varios niveles de “qué dirán” a lo largo de mi vida, por tanto, al desatender la solicitud ("déjame ayudarte, por favor”) no estoy exigiendo nada que no haya hecho yo.

Ahora bien, me encantan los chicos bien educados, pero también las chicas. Me gustan mucho, adoro, muero por las personas que se fijan en los detalles y no desaprovechan oportunidades de hacer bien, de atender, de brindar, de acompañar, de sonreír a quien sea, a quien lo necesite. Lo veo en amigos y en amigas, en gente bien educada, pero además generosa. Eso está muy dentro y sale a relucir a través de gestos de caballerosidad o cualquier otra forma de hacer. Pero es diferente, está por encima de la convención.

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En Guatemala he vuelto a percibir esa necesidad masculina imperiosa de atender a las mujeres. Digo imperiosa por lo impositiva que resulta. Esta falsa vocación de porteadores...

Salí del aeropuerto, me esperaban un vasco y un señor local, de logística, quien prácticamente me quitó la maleta de las manos para subirla al vehículo. Miré al vasco sorprendida y me dijo: “Aquí te tienes que dejar, o se va a sentir despreciado. Es más, déjame llevarte la mochila, o voy a quedar fatal”. Con dos frases intencionadas me introdujo a la situación, no tan distinta a la de mi entorno en Piura. Hizo bien.

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En este periodo, a mi condición de mujer se ha sumado otra característica: latinoamericana. Estoy aquí bajo “modalidad europea”, pero choco a la vista inmediatamente (el color marrón). Gracias a este privilegio ambiguo, he sido “víctima” varias veces de un trato desigual: algunos guatemaltecos guardan admiración y distancias respetuosas con las europeas “de verdad”, pero cuestionan fácilmente a las que perciben como “familiares”.

Sólo dos ejemplos, de muchos más:

1:

Durante mi primera semana aquí me llevaron a cenar con una cooperante italiana que estaba por irse. Ella y yo éramos “extrajeras”, además del vasco anteriormente citado. Los demás, de Guatemala. Las chapinas pidieron soda y jugos de fruta. Uno de los chicos, Coca Cola. El otro, una yarda de cerveza negra, al igual que nosotros, los foráneos.

Fui la primera en ser atendida y al ver el tamaño de la copa, el de la Coca Cola dijo, sorprendido: ¡Qué borracha!...

A veces es bueno fingir sordera. Calladito se quedó cuando trajeron la yarda de la italiana.

2:

Hace pocas noches tuve una reunión, también con gente relacionada al trabajo. Vi a dos chicos “solos” empeñados en conocer a un grupo de chicas suecas que andaban por ahí. Al poco rato, terminamos en el mismo grupo y uno de ellos, el más chulo, me preguntó: “¿Y tú no extrañas a tu familia? ¿Qué dice tu mamá de que viajes tanto? Es raro que una chica ande sola por el mundo, ¿verdad?”.

Con mi mejor sonrisa, dije: “¿Le has planteado esto a alguna de las suecas? Porque somos de la misma edad y ellas también tienen familia, madres...”

Me miró en silencio. Luego explicó que a mí me sentía más “cercana”, por ser latinoamericana (y eso le daba derecho a ser “impertinente sin mala intención”, claro). Que él tenía una hija adolescente, que las mujeres de acá somos más apegadas a la familia, más formales, más conservadoras, más...

Pese a que la discriminación me afectaba directamente, sentí tristeza por la percepción que algunas personas (algunos hombres) tienen de las mujeres europeas: la misma que algunos hombres españoles, en España, tienen de las mujeres como yo.

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Los caballeros pertenecen al medioevo. Quizás entonces era necesario un gobierno “por la fuerza”. Ahora, resulta retrógrada. Casi tan retrógrada como intentar mantener un sistema de castas y grupos tradicionales de poder. Ya no más.

miércoles, diciembre 29, 2010

Pfffff... En fin.

Hoy un guatemalteco “bien” me preguntó si acaso era posible que los extranjeros generásemos una real empatía con los problemas de su país. Empecé respondiendo que era esa una buena pregunta. Se burló un buen rato. Según él, aquello significaba: “No te sé responder”. Cuando me dejó hablar, entre carcajadas, le dije que la empatía no era cuestión de instituciones, sino de personas.

Luego me contó que los españoles no tenían autoridad moral para pretender cambiar las cosas, después de haber jodido tanto a Latinoamérica. Y que los indígenas no tenían otra opción que aprender a hablar perfectamente el español, eso les abriría las puertas al mundo, a las negociaciones, al desarrollo. Que si el latín era una legua muerta, los derivados de las raíces mayas podían serlo también.

Es latifundista cafetalero. Ha crecido pagando el mínimo vital a sus peones, pero aportando extras de acuerdo a su trabajo, a su rendimiento, a la riqueza que podían generarle. Así son las cosas, bonita, NO PUEDES CAMBIAR EL SISTEMA.

Pero, ¿les has preguntado a ellos qué quieren? ¡No, porque ellos no saben! Vale, ellos no saben. ¿Te das cuenta de que estás actuando como los españoles y extranjeros a los que tanto criticas? “Vienen a imponer un modelo de desarrollo improcedente, sin preguntarnos”, dices. Y tampoco preguntas a los indígenas qué es lo que quieren. “Es que ellos no saben”, insiste.

Me doy cuenta de lo que quiere: la razón. Diplomacia. Bueno, pues, seré diplomática. Entiendo lo que dices, eres un buen empleador (mentira cochina). Pero, ¿y los demás? Tú sostienes que es cuestión de idioma. No me parece el único impedimento. ¿Crees que sólo hablando castellano perfectamente van a salir de la pobreza? No, qué va. Están jodidos por todas partes. Qué bueno, por lo menos lo reconoces. No intento darte lecciones de nada, soy menor que tú, tienes más experiencia. No sé acerca de mis jefes, ni de tantos directores regionales que han pasado, ellos y ellas no son culpa mía. Me interesa crear cierta conciencia entre las personas como tú, tanto como me gustaría conseguirlo en mi país. Y no para que mis peones me guarden lealtad, sino, sencillamente, por justicia.

Sí, es que en el fondo todos somos “buena gente”.

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Actualización 30/12/2010:

Una amiga indígena, maya kaqchikel, a quien conocí en Bilbao (líder, la muchacha), ha comentado al respecto:

En verdad no me sorprende la conversación que tuviste, es una muestra del racismo arraigado en nuestro país, que con el pasar de los años ha ido tomando diferentes matices y líneas. Buscan los medios para justificar las desigualdades e inequidades existentes en nuestros países. Lo que escuchaste es sólo un lado de la modeda, sería bueno que pudieras conversar con personas de otros pueblos de nuestro país, como Mayas, Xincas, Garífunas, verás que tienen otra mirada y otra historia.

Ese pedacido de diálogo te da un panorama de los grandes retos que tenemos que enfrentar los pueblos indígenas, estamos en un sistema que aún no termina de reconocer nuestra existencia en derechos. Sí somos útiles para atraer turismo, pero no cuando demandamos derechos.

Ayer recorrí esta ciudad con algo de profundidad y encontré los vestigios de las dictaduras: intentos burdos de europeización. No es difícil imaginar regímenes empeñados en desaparecer "culturas inferiores", a fuerza de abuso y pistola. Percibo una separación entre: "nosotros, los mestizos casi blancos", y "ellos, los pobrecitos ignorantes". Me es imposible no hacer una comparación superficial con Perú. Aún con todo, tengo un país bastante más integrado, como consecuencia positiva de la emigración a Lima desde el interior, durante las últimas décadas del siglo XX.

Aquí, la tendencia a mantener las clases sociales de antaño es tan fuerte, que resulta ridícula por su nivel de atraso y negación de la realidad. Lamentablemente, una ridiculez que hace muchísimo daño.

jueves, diciembre 23, 2010

Ya que somos racionales...

A veces despierto llorando, acaba de morir mi padre. Luego de unos segundos respiro profundo. Murió, sí, pero hace ya varios años. Aquello que me duele tanto fue superado, no tengo por qué llorar. Dejo de hacerlo y, acto seguido, soy capaz de cambiar de pensamiento y hasta de reír (del día a día, del presente).

Hoy he optado por intentar dilucidar qué es el perdón. Ha sido un día de soledad, pese a que me hice amiga de las compañeras de Comunicación (el gato se fue de vacaciones, los ratones hicimos lo correspondiente a tal acontecimiento) y estuvimos de cháchara durante una hora de almuerzo alargada. Considero días solitarios aquellos en los que echo de menos y recuerdo. Recuerdo lo bueno, pero también lo malo. Lo bueno queda enmarcado o sirve para enviar un e-mail, SMS o llamada trasnochada a personas que nunca dejaron de quererme. Lo malo, qué sé yo, aprendizaje.

Dicen que perdonar es olvidar. Temo que es mentira. No padezco demencia senil, ¿por qué tendría que olvidar? Tal vez perdonar sea dejar de estar enfadada o triste, ¿pero eso quiere decir que mi relación con las personas que me hicieron daño debe ser maravillosa? No. Depende. Cuando alguien me ha perdonado, he intentado hacer méritos para ganarme nuevamente su confianza. Los méritos son importantes, las heridas sanan con cariño y cuidados.

He pensado (a veces pienso) que el perdón, a fin de cuentas, es aprender a vivir con lo ocurrido. Da igual el otro (o la otra). ¿Quién es el otro? Perdonar podría ser sonreír y confiar en mí y en otras personas, pese a aquello (a todo aquello). Sin odiar, por supuesto, pero sin amar. Lo contrario al amor no es el odio, sino el desamor.

Pero doy por hecho que a veces pasará como en mi sueño: recordaré el daño y tal vez me dolerá tanto como cuando me lo hicieron, hasta respirar unos segundos y decirme: “Oye, ¿acaso esto no lo superé ya?" Y luego, seré capaz de cambiar de pensamiento y hasta de reír (del día a día, del presente).

Creo que la mirra le sienta mal a mi sinusitis.

sábado, diciembre 18, 2010

Reconociendo(me)

A ratos me siento invadida por una sensación cálida, similar a la que produce la ternura. Intuyo que se debe a mis circunstancias, he dejado de permanecer en tránsito y empiezo a adherirme a un entorno cargado de certezas, pese a la incertidumbre de apenas llegar.

Hace unos días fui a un mercado bonito, lleno de gente parecida a las personas que he visto a mi lado desde que puedo recordar. Estaba en un barrio antiguo y sencillo, de casas bajas y cuadradas, cristales finos en las ventanas, colores vivos. Se trata de una zona considerada “insegura”. Sin embargo, desde mi arribo no sentí tanta libertad como allí. Quizás las sonrisas devueltas...

Me encuentro en una situación estratégica y a la vez complicada. Estoy aquí avalada por un organismo gubernamental español. Soy sudamericana. Y de clase media baja. Puedo permitirme saber que es más fácil ser asaltado en una zona comercial de nivel elevado, que en un mercado con alta presencia indígena. También entiendo que la prudencia es importante y no deseo pasar por una experiencia de esas en este -bonito- lugar.


miércoles, diciembre 15, 2010

Pura percepción

Me enteré después de haber hecho los planes para Navidad y era el segundo correo electrónico en ese tono: Nosotras tenemos el control, ustedes obedecen y se aguantan. Me pasó un mes antes, a la semana de llegar a Perú. Según me dijeron inicialmente (debí tener una grabadora conmigo entonces, y siempre) no era necesario hacer cierto curso de “introducción a”. O lo era, pero podría considerarse “motivo de fuerza mayor” estar en otro país. Vale, bien. Les creí. Entonces, me avisaron que sí, que todo concedido y el dichoso curso. Expliqué: me encuentro en otro continente, les consulté antes de irme, ¿sería posible algún aplazo? Ninguna respuesta.

Días después, mensaje general: “Os dijimos desde el principio que no tendríais subvención sin curso”. Frustración y 300 euros perdidos por adelanto de vuelo. Ninguna otra opción así de buena en el horizonte (hay que decirlo). Las manos atadas. Había costado mucho llegar hasta allí (demasiada mierda).

Y ahora, otra vez. Días antes: “Os dije que no hiciérais nada antes de consultar”. Días después, y en everyone: “Si no se van en noviembre, no hay subvención”. E Indira, yo, Zigor, todos montando ilusiones tontas: Navidad en Suecia, encuentro cercano en lugar neutral, algunos trabajos pendientes de diseño. ¿Opciones? Ninguna. ¿Razonar? Las condiciones estaban dadas (¿o no?).

Acatar. Pero hay desánimo, ganas de mandar todo al carajo. Si niegan lo escrito, ¿no negarán con más ahínco lo dicho sin registro? ¿Merecerá la pena reclamar? ¿Es esto lo que las personas poderosas llaman “tener clase”? ¿Entonces qué? Lo dicho, acatar, como soldados en reserva. Ya estoy en ello, gestionando visado (punto) Es todo cuanto puedo informar por ahora (punto) En cuanto tenga novedades, retomaré comunicación (punto final)

Aún deprimidos, comentamos el suceso a David, haciendo especial hincapié en las contradicciones. Y David, de quien sólo es preciso afirmar que es muy sueco, observó: “Bueno, no me sorprende. Eso es muy latino”.

He aquí la diferencia entre Descartes y Kant. Para que luego los de Europa del sur crean ser lo que no.

Indira, por estos lares me esperaban en enero. Mucho temo que el "apuro" vino sólo de una o dos oficinas y querían despacharnos pronto, para no arruinar-se las fiestas de fin de año (no lo pensé antes, aún he de conservar un poco de inocente buena fe). Coméntalo por ahí.

viernes, diciembre 10, 2010

La maldición de Lady Oscar

No lo pensé hasta que uno de mis novios más influyentes estuvo quejándose del daño que “Candy Candy” hizo a mi generación. Desde entonces, afirmaba, todas las mujeres deseaban un Terrence Grandchester en sus vidas. El hombre perfecto, aristocrático, distante, hermoso, que tanto podía querernos como rechazarnos. Eso, según él, ponía en desventaja a “los hombres buenos”. El pobre inocente se consideraba así, lo máximo, tal cual, y yo, por pura inexperiencia, me sentía obligada a cargar con la responsabilidad de ser una mala novia, estúpida mujer influenciada por Candy Candy, tras la búsqueda del “antihéroe patán por excelencia que me amara pese a odiar al resto de la humanidad y no valorar debidamente lo presente”.

Lo peor de todo es que, durante mucho tiempo, fui víctima de esa culpa.

Sin embargo, y pese a que estuve totalmente dominada por su sabiduría y saber estar en las relaciones, recuerdo haber tenido suficiente fuerza para decirle, uno de esos días de recriminaciones varias relacionadas con traumas de mi niñez, que no, que no fue Candy Candy el anime que me había marcado, sino otro, uno de una chica a la que crían y educan como chico, noble, bella, elegante, fuerte, amada en silencio durante toda la vida por el único hombre amigo que fue capaz de quererla pese a ser ella, a veces tan “hombre” como él.

Y sin embargo, tan mujer.

martes, diciembre 07, 2010

La Sirenita estaba en China

M
¿En vez de ir a Cristiania decidieron caminar todo eso para ver a La Sirenita? ¡Pero si es una estatuilla de nada, chiquitina!

A
Ya lo sé. En principio no pensábamos ir a verla (ni se me había ocurrido, satisfice mi frikismo escogiendo un hostal en la avenida Hans Chistian Andersen), pero alguien nos dijo que la estatua estaba en el pabellón danés de la EXPO 2010, en Shanghai, y en compensación un artista chino había puesto una pantalla donde podríamos verla en circuito cerrado, con público alrededor.

M
¿Y?

A
¡Teníamos que sacarle fotos a esa pantalla para reírnos!

M
Ya, pero bueno, no entiendo por qué los daneses le dan tanta importancia a esa estatua...

A
Es por el personaje que representa. Y por Andersen, claro.

M
¿Ese quién es? ¿El escultor que hizo a La Sirenita?

A
Casi. Es el que escribió el cuento.

M
Ah...

A
...

miércoles, diciembre 01, 2010

Paciencia, valor y FE

Acabo de terminar con mis maletas, luego tocará dejar un paquete de 20 kilos en Correos, porque sale más barato que comprar un bulto extra en el avión. Por lo demás, intento pensar poco, sólo porque es imposible no pensar.

Me quedan algunas horas. Quizás la emoción de “lo nuevo” y la cantidad de trabajo que aún tengo pendiente, estén contribuyendo a esta saludable inercia. Sin embargo, llevo varios días con espasmos de tristeza. Voy a dejar muchas cosas buenas aquí, gente que me quiere de verdad. Pienso en Zigor y su camino de regreso, desde el aeropuerto, y desearía encontrar el antídoto ideal para ahorrarle ese dolor tan bien conocido. Lo que sería capaz de sacrificar a cambio de...

Ayer me despedí de Bilbao y su apestosa Ría. Le devolví algo que un amigo me regaló hace dos años, cuando una funcionaria pública rechazó mis papeles de renovación de permiso de residencia con muy agria actitud. El contenido me lo llevo dentro, donde no pesa el exceso de equipaje.

Por ahora, no más vueltas al asunto. Guatemala, próxima estación.